jueves, 30 de diciembre de 2010
DESPUÉS DE UN BREVE REGRESO A LA ISLA
miércoles, 22 de diciembre de 2010
LA MESA DE PIMPÓN
lunes, 20 de diciembre de 2010
GAVETAS
domingo, 19 de diciembre de 2010
EN UN LOCUTORIO DEL NORTE DE MADRID
jueves, 9 de diciembre de 2010
CALLE MARÍA CRISTINA
domingo, 5 de diciembre de 2010
CALLE BERNABÉ RODRÍGUEZ
- Dejemos más bien que las imágenes vayan poco a poco empujando las cáscaras invisibles que parecen envolverlas: las que logren salir acaso puedan guiarnos a medida que hablamos.
- ¿Fueron tú y él compañeros de clase?
- Sí, desde los primeros cursos del colegio, desde que tengo memoria. Y lo seguimos siendo hasta que yo dejé el colegio por un instituto público. Siempre estuvimos en la misma clase, pues ninguno de los dos repitió curso.
- ¿Frecuentaste mucho su casa?
- Calculo que habré estado unas quince o veinte veces en ella, a lo largo de los años. Allí vi por primera vez un ordenador personal, que sus padres le habían regalado. Nos recuerdo tumbados en la cama de su dormitorio, obnubilados con aquella pantalla en la que unas figuras que hoy serían irrisorias conformaban unos juegos en los que ya no había juguetes.
- ¿Es ese tu recuerdo más intenso de aquella casa?
- No sabría decirte. La ropa que caía de los armarios empotrados a lo largo del pasillo cuando a algún otro compañero y a mí se nos ocurría abrir una de sus puertas nos hacía retorcernos de risa. En eso éramos crueles y, en cierto modo, creo que inconscientemente nos descolocaba esa cultura de la acumulación, proliferante, en la que la ropa, en cantidades industriales, parecía introducida a presión en aquellos armarios y abandonada allí durante un tiempo indefinido como si no hubieran podido o querido desprenderse de ella. También hay otros recuerdos, claro.
- ¿Te refieres a las fotos gigantescas de familiares muertos rodeadas de flores y de varas de incienso?
- Sí, y era como si su presencia siguiera flotando de algún modo en el aire. De hecho, llegué a conocer a un abuelo suyo que murió poco tiempo después. Cuando vi el altar en que lo recordaban, la inmensa fotografía en que lo habían fijado para siempre, en medio del salón, me dio realmente la impresión de que siguiera vivo.
- ¿Te hablaba mucho de su país?
- Casi nunca. Ni siquiera cuando volvía al colegio después del verano, tras haber pasado uno o dos meses allí, hablaba demasiado de su país. No recuerdo que me haya dicho de qué parte era su familia. Tampoco recuerdo que hablaran entre ellos otra lengua que no fuera el inglés o el español. Parecían querer borrar, al menos de cara a los demás, cualquier huella de su diferencia. Debían de haber heredado de la generación anterior el desprecio o la antipatía con que fueron acogidos en la isla.
- ¿Qué más podrías decirme?
- Eran sonrientes, pero también melancólicos. Te contaré una anécdota. Creo que habían pasado ya algunos años desde que yo había dejado el colegio cuando un día visité a mi amigo. Es posible, incluso, que haya sido la última vez que estuve en su casa. (Luego se mudaron a otro piso, que ya no conocí.) Al despedirnos, él en el descansillo y yo en el ascensor, nos dimos la mano y noté que durante unos instantes no me la soltó: sintió siempre hacia mí un verdadero cariño, pero sabía que en ese instante la vida iba a separarnos, como en efecto ocurrió. Y creo que lo supo con más lucidez que yo. No nos habían separado las religiones, las lenguas ni las costumbres, pero iba a separarnos el tiempo, contra el que nada se puede. Esa imagen contiene uno de los momentos más tristes de mi adolescencia.
- ¿Nunca más lo viste?
- Años más tarde me puse en contacto con él. Yo era ya profesor en un instituto del norte de la isla. Él era director de un hotel en esa misma zona. Me invitó a almorzar allí, junto con dos de sus subordinados. La conversación fue insulsa, protocolaria. Había engordado. Seguía igual de sonriente y de atento. Se había casado y tenía un hijo. Nos despedimos en la calle, junto al hotel, y nunca más lo he visto.
- ¿Sabes algo más de él?
- Dejó el hotel y pasó a trabajar con su padre en lo que siempre le gustó: la informática. Sufrió la tragedia de ver morir de cáncer a una hermana menor. Lo llamé cuando me lo contaron, pero no lo localicé: tal vez haya cambiado de número. Sé que viaja con frecuencia a su país por asuntos de trabajo. Y sé que volveremos a encontrarnos un día, de casualidad, en alguna de las calles de nuestra pequeña ciudad, y que al mirarnos a los ojos seguiremos reconociéndonos como si el tiempo nunca hubiera pasado.
viernes, 3 de diciembre de 2010
ANTIGUA CALLE DE LOS CAMPOS
Como las dos casas eran vecinas, alguna vez pensó —¿o lo piensa ahora por primera vez?— en la posibilidad de conectarlas mediante un túnel labrado por su imaginación por el que, mientras la troupe familiar confabulaba sobre cláusulas de contratos, últimas voluntades y demás disposiciones testamentarias, podría escabullirse desde el cuarto de los pájaros hasta la casa aledaña y desembocar así en el suntuoso salón de sillones morados, fotografías arracimadas sobre pacientes veladores y una televisión al fondo, casi siempre encendida aunque con el volumen muy bajo. Detrás de la cortina que dividía en dos el cuarto de los pájaros para que no estuvieran a la vista los tarecos diversos que su abuela guardaba como restos de otras épocas o, a veces, como repuestos para la presente, entre un sofá desvencijado y una cómoda inservible, se encontraba el comienzo imaginario del túnel. Hasta allí se llegaba cuando lo aburrían los cónclaves sobre viejas herencias que terminaban siempre con fumata negra y caras largas: escarbaba en la pared, o apoyaba en ella, en el lugar exacto en donde se abría el acceso a la otra casa, su oído, impaciente por saber si del otro lado sesteaban, charlaban animadamente o tan solo permanecían tumbados con las piernas estiradas sobre escabeles desgastados, indolentes, ociosos. Las dos ramas de su familia, separadas únicamente por ese tabique que él taladraba con su imaginación, en casi nada se parecían. Los de acá eran ruidosos y los de allá parsimoniosos. Los de acá eran campesinos y los de allá burgueses. Los de acá eran transparentes y los de allá laberínticos. Así que, lo mismo que de vez en cuando tenía que escapar de las sobremesas airadas de la casa de acá, otras veces necesitaba alejarse de la desangelada parsimonia del otro lado. Para eso era el túnel: para vivir dos vidas cuando estaba condenado a vivir solo una, para no sentirse nunca encerrado en un modo exclusivo de ser, en un único lugar, para ausentarse sin dejar de estar presente, para presentarse aun permaneciendo ausente. Nadie sabía que existía, pero un día su abuela descorrió la cortina y le preguntó qué andaba buscando en aquella esquina del cuarto, sentado junto a la pared, como si estuviera escuchando lo que ocurría al otro lado.
jueves, 2 de diciembre de 2010
DOS VOCES
― Y tú, ¿para qué quieres coleccionar palabras, falsario, como si pretendieras parecerte a la savia de la vid que genera los racimos, impostor, como si no supieras que cualquier racimo nacido de la tierra será siempre más verdadero, más hermoso, más pleno y más invulnerable que tus pobres ristras de palabras, pelele, como si no te dieras cuenta de que los días se pierden como semillas esparcidas en el viento, se desparraman sin remedio, se disuelven hasta que nadie diría nunca que existieron? ¿Y tú quieres oponerles, tenorio, personilla, los espantapájaros de tus versos, las apocadas estrofas de tu pálida musa, el siniestro tesoro de tus noches sin vida, simuladas?
― Ya no quiero vivir. Me he resentido de todo lo que siempre quise vivir y nunca pude. Toco un arpa con dedos cada vez más delgados, cada noche, y dejo que su sonido quede resonando hasta que el sueño lo apaga como a lo que no tiene vida. Me he dormido en los brazos insomnes de la noche: resuenan como los de un esqueleto contra los míos cuando me acunan con su nana de nada. Para qué vivir ya. Qué me ofrece la vida. Para mí no fue siempre, ¿o quizás sí?, una canción escuchada a lo lejos, cantada con los labios cerrados a través de una garganta enferma. Los poemas que mi afán intenta componer no siempre fueron como colgajos resecos de cuerpos ahorcados junto a un camino polvoriento: un pútrido recuerdo de lo que alguna vez debió de ser la fuente y el galope de la vida.
― Ahora pretendes confundirme aludiendo al tarot. No me creo ya tus zarandajas. ¿La fuente y el galope de la vida? No dejas nunca de coleccionar palabras, casi siempre al tuntún. Intentas deslumbrar con medio gramo de paralelismos, una pizca de aliteración, cuatro rancias metáforas, unas puntitas de calambur y alguna renqueante paradoja. Muestras ante el respetable, como el escudo del gran héroe homérico, tu ekfrasis personal, los tatuajes absurdos con que abrumas tu piel todos los días, tus necios atributos que ni siquiera, como pretendes, vivieron épocas mejores. Simplemente te adornas como un pavo real de ojuelos falsos, de gastadas miradas que a la más mínima arremetida del exterior se repliegan, se esconden como lo que son: temerosas máscaras tras las que nada hay.
― ¿No es eso lo mismo que haces tú? ¿O son tus palabras más puras que las mías, más auténticas, o es que están hechas de una pasta diferente, de un aliento con mayor porcentaje de alma humana? ¿Por qué no las usas, tus palabras, como un espejo en el que mirarte? Tal vez aprendieras algo. Me preguntas, me defines, me instigas, me recriminas y me abates. ¿No sería más útil que ejercieras sobre ti mismo tus higiénicas prácticas? Pues desde el momento en que hablamos nos alejamos de la vida, y desde el mismo instante en que nos alejamos de la vida se desgasta nuestro rostro, y a partir de ese momento hemos empezado sin remedio a perdernos no solo para los demás, sino para nosotros mismos. Así que, si quieres permanecer intacto e impoluto, ¿por qué no empiezas por dejar ahora mismo de hablar?
miércoles, 1 de diciembre de 2010
AGRIMENSOR DEL DESIERTO
Para Mariano de Santa Ana y Orlando Franco
1) Crece el desierto: la extensión del desastre es mayor que el tamaño de la esperanza. 2) La cultura milenaria del mar que agoniza nada podrá hacer para salvarlo. 3) Ante el asedio imparable de los titanes de asfalto y de cemento, las antiguas pirámides apenas brillan ya en su ilusoria eternidad: sepulturas que acabarán, a su vez, sepultadas. 4) Ni siquiera las islas bendecidas con bosques de otras eras, santuarios habitados aún por ninfas y por faunos, han sabido protegerlos: unas horas han bastado para destruir la tela urdida durante milenios. 5) Recorrí el bosque quemado: la andrajosa memoria de las ramas en que, intacto, glorioso, gorjeó en tantas tardes de dicha el mágico pinzón azul me salía al encuentro a cada paso. 6) Cadáveres de árboles que fueron templos vivos de la brisa, de los juegos de niños confiados, de las risas del aire mezcladas con sus risas. 7) Quise bajar al mar, a acantilados que recordaba majestuosos, a playas en que el agua estaba antaño tan limpia que traslucía la piel del cuerpo amado entre mis manos: todo era fango y podredumbre y urbanizaciones turísticas y polígonos y fábricas y muros y vigilantes y putas y dolor y piscinas y solares alineados para la masacre futura. 8) Y orondos, en despachos con vistas, propietarios de hoteles caribeños, titulares de cuentas en dudosos bancos suizos o cómplices de mafias extranjeras, los culpables de toda esta historia universal de la infamia se frotan las manos manchadas con la sangre de su propia tierra. 9) Contempla, contra el asco, contra la desazón, contra la impotencia cada vez más profunda, una flor que renace en medio de cenizas, un delfín que aún da saltos en el pútrido mar. 10) Boquearan hasta hundirse en ese mar los miserables causantes de esta ruina sin retorno, de este lento apagarse de la luz de la vida. 11) Lo que perdura, me he dicho mientras escribía, un tiempo en la palabra es el brillo ocasional, condenado a extinguirse, de un ala imprevista, de una nube blanquísima, de un labio esperanzado sobre otro sometido, la efímera dulzura de un milagro ahí al lado, aquí mismo, junto a ti, junto a mí: nada más. 12) De ninguna otra hazaña es capaz la palabra, ni siquiera la palabra heroica del poema, liberada de cualquier atadura o convención: no va a enmudecer frente al más mínimo abuso, pero sólo podrá, aunque lo condene, decirse en soledad, acallada su voz por el estruendo de un mundo sordo a sus secretos, a su inútil lucidez. 13) No va a callarse, pero nadie va a oírla. 14) Y aun si alguien la oyera, le serían impedidos, como al agrimensor K., los accesos a las dependencias (¡oh sí, lujosos despachos con vistas!) del castillo en que los infames deciden la lenta pero implacable destrucción de la tierra. 15) Y un humus putrefacto absorberá nuestros huesos.
jueves, 25 de noviembre de 2010
EL NUEVO REGALO
martes, 23 de noviembre de 2010
ANTES DE DORMIR
domingo, 21 de noviembre de 2010
HOSTAL LOS ALPES
lunes, 15 de noviembre de 2010
ESCARAMUZA
Al final te has dormido. Deben de ser las tres o las cuatro de la mañana cuando te despiertas. Una luz muy tenue entra por la rendija del balcón, seguramente la luz de la farola del paseo. La escalera está oscura. Tus padres deben de estar profundamente dormidos en su habitación del piso de abajo. Crees incluso escuchar cómo respiran. También tu hermana duerme, en la cama de al lado. Sientes unas ganas intensas de orinar. En alguna rara ocasión te ha ocurrido lo mismo: te has despertado a media noche con ganas de orinar y, cuando estabas llegando al final de la escalera que desemboca en la puerta misma del baño, has oído la voz de tu madre que te llamaba, desde la cama, preguntándote qué te ocurría, si te sentías mal, si no podías dormir. Ahora no quieres despertarla. Sabes que son los crujidos de la escalera los que la despiertan, pues su sueño es ligero, y sabes también que no hay forma de evitarlos aunque bajes despacio y con el máximo cuidado. Así que se te ocurre algo.
La idea es orinar sin tener que ir al baño. Como las ganas te apremian, no te lo piensas: lo harás en una de las gavetas vacías del armario. Así mismo, como suena. Te levantas muy lentamente, para que tu hermana no se despierte, y te acercas a la puerta de madera del armario, la abres, empiezas luego a abrir la gaveta con sumo cuidado, y allí tienes ya el lugar en el que podrás orinar sin temor a que se despierte tu madre. Orinas. Durante medio minuto sientes el alivio, esa sensación de liberación, como si te estuvieran desinflando desde dentro. La gaveta es grande y el orín se reparte por toda su superficie, formando una fina capa, una especie de charquito que brilla a la tenue luz que entra desde fuera. Como luego cierras la gaveta, y a continuación la puerta del armario, como además esa parte del armario apenas se utiliza, y como, por si fuera poco, en el colegio te han enseñado que el agua se evapora al contacto con el aire, confías en que, tal vez al día siguiente, habrán desaparecido ya las huellas de tu escaramuza nocturna. Vuelves a la cama, te acuestas, y enseguida te quedas dormido.
Y, claro, al día siguiente tu madre lo descubre todo.
viernes, 12 de noviembre de 2010
TAHODIO, UNA VEZ MÁS
MI LUGAR PARA LA ETERNIDAD
miércoles, 10 de noviembre de 2010
EL LAGO, AL FONDO, ACARICIADO UN INSTANTE
ENTRE LENGUAS ANDA EL JUEGO
domingo, 7 de noviembre de 2010
SEGUIR AVANZANDO, SEGUIR PERDIÉNDOSE,
miércoles, 27 de octubre de 2010
EL CALCETÍN
¿Hasta cuándo vas a dejar que ese calcetín agujereado que lavaste hace unos días y colgaste para que se secara en la barandilla de la litera, y que, sin que sepas exactamente cuándo ni por qué, acabó cayéndose, siga tirado por el suelo en el cuarto de invitados? (Hasta aquí el cruce entre las palabras y la imagen, entre la imagen y el objeto, entre la alteridad del mundo material y la subjetividad de tu mirada sobre él, entre las palabras y el mundo, entre el espacio y el objeto, entre el presente y el fondo incierto del tiempo transcurrido hasta él, entre el objeto y el tiempo, entre las palabras y el tiempo, entre la mirada y la pregunta, entre el misterio y un calcetín, ¿o entre la eternidad y un día?) Cuando eras niño detestabas los cuellos altos de los jerséis que tu madre y, sobre todo, una vecina que era como tu segunda madre insistían en que te probaras cuando llegaba el invierno, hasta que un día dijiste que preferías seguir llevando una chaqueta raída a la que le tenías cariño, que nada te importaba vestir ropa nueva y que la pobreza, una de las exigencias de la religión que profesabas —algo así dijiste ante la perpleja mirada de tu madre y de la vecina—, no solo la pobreza en el vestir sino también la pobreza en todos los aspectos de la vida, era para ti más importante que cualquier presión social que quisiera ejercerse sobre ti. (Aún hoy sigues detestando los cuellos altos: ese rechazo de tu piel ha durado más que aquella religión en tu alma. Lo que no sabes muy bien es cómo las palabras convocan a las palabras, o cómo una vez atravesado el umbral que separa las palabras del silencio empieza un viaje con frecuencia retrospectivo en el que son rescatados, sin ninguna premeditación, fragmentos de recuerdos que parecían sepultados. Es, en cierto modo, como si se descubriera una filigrana que une diferentes puntos dispersos y se mantiene oculta hasta que se sopla o se pule o se raspa sobre ella.) Sobre la tapa de la cisterna descansan desde esta mañana el suéter y los calzoncillos que usaste ayer y que siempre colocas en el mismo sitio antes de ducharte. Los recoges y los llevas a la cesta de la ropa sucia. Durante el breve trayecto a través del pasillo piensas que una de las rutinas del día es precisamente ese traslado de las prendas sucias que dejaste en el baño antes de marcharte al trabajo y que allí siguen cuando vuelves a casa; pensar en este traslado rutinario te hace reflexionar también sobre el arco o la fisura que señalan las prendas por la mañana y las prendas por la tarde, esos objetos que son y que no son los mismos, sobre la ausencia del cuerpo que esas prendas dejadas allí todos los días de una manera inconsciente te hacen ver: no solo la ausencia del cuerpo que se despojó de las prendas y las transformó en trapos sucios que habrá que lavar, sino también la ausencia del cuerpo entre la mañana y la tarde, el peso de esas horas en que las prendas esperan sin moverse a que las recojas y, en cierto modo, cierres, al hacerlo, esa fisura o ese hueco en que el cuerpo no estuvo. (Y es el movimiento, el movimiento del cuerpo, el toque de algo íntimo aunque inerte, o la mirada que se detiene un brevísimo instante en un calcetín caído en el suelo, lo que, dirías, pone en marcha el movimiento del lenguaje, la cascada de palabras que en cierto modo asedian lo que no has podido ver ni tocar, lo que la sensación del cuerpo vivo que se mueve por la casa no puede transmitirte porque se esconde dentro de ella, muy dentro de esa vida tuya que vives sin apenas vislumbrar lo que en su fondo contiene —salvo, alguna rara vez, por medio de unas pocas palabras que son como las lámparas de la vida.)
LO POCO O NADA QUE SÉ SOBRE LA PÁGINA EN BLANCO
martes, 26 de octubre de 2010
Y APOYADO EN LA PARED, LLORABAS
sábado, 23 de octubre de 2010
ESTA VIDA EN DESORDEN
miércoles, 20 de octubre de 2010
EL ARQUERO Y YO
viernes, 15 de octubre de 2010
CALLE JOSÉ NAVEIRAS
viernes, 8 de octubre de 2010
EL HUÉSPED
sábado, 2 de octubre de 2010
SANGRE EN LOS LABIOS
jueves, 30 de septiembre de 2010
PALABRAS QUE UN RAYO REFLEJADO EN LA VENTANA TRAJO HASTA MIS LABIOS
domingo, 26 de septiembre de 2010
UN POETA
Después de cada poema que escribía se le agotaba la voz. Se quedaba como vacío, despojado, estéril. Permanecía así durante meses, como si en su interior hubieran estado cavando en busca de algún tesoro escondido y al final no hubieran encontrado sino tierra, paletadas de tierra arrojadas a su alrededor, inútiles. Y luego, de pronto, surgía una palabra, como una minúscula grieta de luz abierta entre la tierra, alojada allá dentro, pensaba, desde siempre, un surco que podría conducirlo, si se tuvieran las fuerzas para seguir excavando, a insospechados círculos de claridad cada vez mayores, pero que únicamente le servía, una vez descubierto, para dejarlo agotado. Y los días pasaban entonces en torno a él, ajenos, como tapices de tiempo más o menos borrosos, cada vez más extraños a medida que se iban alejando del centro del que nacían, de esa palabra insólita que solo parecía haber surgido para transformarse luego en semanas y semanas de desolación. Todo fulgor no era más que el comienzo de ese vasto tejido de sombras en que se iba convirtiendo su vida. Y cada vez se espaciaban más los encuentros, los descubrimientos, los instantes de gracia que lo iluminaban. Hasta que dio en pensar si no era preferible fundirse con las sombras, considerar que no eran más que espejismos las aberturas de luz, espejismos provocados por su sed, por su cansancio, por su torpeza o por su soledad. ¿No podría hallarse precisamente allí, en esa fusión con las sombras, el secreto que buscaba, el otro lado desconocido, el punto en que su cuerpo se convertiría por fin en todo lo que no era su cuerpo?
LAS ÚLTIMAS CERILLAS
lunes, 20 de septiembre de 2010
LA FOTOGRAFÍA
1
No he podido ir a ver la exposición de fotografías. Me cuesta romper el aislamiento que me he impuesto (la excesiva vida social me estaba dispersando, me exponía a tentaciones que ahora quiero evitar, no me dejaba concentrarme). Además, la galería está lejos de donde vivo. En la exposición participa una amiga con una fotografía suya. Según me ha dicho, se trata de un trabajo reciente en el que, a partir de una experiencia concreta, ha alcanzado un resultado que la satisface y que, en cierto modo, la ha liberado. Lo que ha hecho es someter a una serie de objetos personales, con los que lleva conviviendo bastante tiempo, a una especie de extracción o de purificación. Los ha ido colocando, a razón de uno por día, en una mesita junto a la ventana de su estudio, una mesa blanca que yo vi hace tiempo, muy sencilla, pintada por ella misma, en la que normalmente suele tener un jarrón con flores. Durante una semana esta mesa ha sido el escenario de ese extraño experimento: por ella han ido pasando los objetos que ahora están reunidos en la fotografía que mi amiga ha enviado para la exposición. Al levantarse, cada mañana, escogía un objeto, lo sacaba de donde estuviera, lo colocaba sobre la mesa, lo dejaba allí hasta por la noche, lo contemplaba durante todo el día, no como una posesa ni como una contemplativa, sino de un modo distraído, de vez en cuando, en los ratos perdidos entre una actividad y otra, o al ir a colgar la ropa a la terraza, o mientras tomaba un café o hablaba por teléfono con alguien. La idea del experimento era dejar que los objetos le hablaran (o que no le hablaran en absoluto) fuera de su contexto habitual, que dijeran, si querían, lo que eran por sí solos, sobre aquel fondo aséptico de la mesa blanca y contra la luz cambiante durante un día entero que entraba por la ventana. Así me lo contó. Por su tono y por la pasión con que me hablaba, supuse que el experimento había sido importante para ella y que el resultado la había transformado de algún modo. Me da lástima no haber podido ir a ver la exposición. La fotografía que reúne esos objetos, ya todos juntos sobre la mesa, tomada al final de la semana del experimento, quería, según mi amiga, ser la prueba visible de una transformación: sin dejar de ser lo que cada uno es, cada objeto es ahora distinto de sí mismo, ha dejado de estar sometido a lo que lo rodeaba y se proyecta en una nueva dimensión rodeado de otros objetos que también han sido descontextualizados, liberados. Intento imaginarme esa fotografía, pero no lo consigo.
2
Algún tiempo después de escribir las líneas precedentes, me encontré con un amigo que también lo es de la fotógrafa. Me dijo que nuestra amiga, una vez clausurada la exposición, que había sido visitada por bastante público pero apenas había encontrado eco en la crítica especializada, se había mudado a un nuevo estudio, en otra zona de la isla. Su fotografía era una de las pocas que se habían vendido. Me reveló un dato que yo no conocía: los objetos que aparecían en la fotografía eran y al mismo tiempo no eran propiedad de mi amiga. Se trataba de objetos que había dejado en su casa una persona con la que había convivido en pareja durante un tiempo. Al decidir romper la relación y marcharse precipitadamente, esa persona había olvidado llevarse un libro, una camiseta, un cuaderno, un desodorante, un reloj, una cadena y un bañador. Posiblemente se trataba de objetos de tan poco valor que ni siquiera se molestó en volver a buscarlos, así que allí permanecieron durante meses. Al parecer, nuestra amiga no los tocó nunca, no los movió del lugar donde se habían quedado, por lo que se habían ido convirtiendo en emblemas de una desaparición, en signos de un hueco, de una ausencia que irradiaba cada vez con más fuerza a través de ellos. Lo único que a nuestra amiga se le ocurrió, tras varios meses de depresión y de parálisis, fue ese ritual que hemos descrito y cuyo objetivo era desplazar los objetos, taparles en cierto modo la boca o dejar que hablaran con una voz distinta y, finalmente, trasladarlos a la nueva dimensión de la fotografía para que quedaran encerrados allí para siempre. Unos días después de que mi amigo me contara todos estos detalles, quise contactar con la fotógrafa, preguntarle cómo le iba en su nuevo estudio, pero al parecer también había cambiado de número de teléfono.
3
He conseguido hace poco su nuevo número. La he encontrado tranquila, mucho más animada que las últimas veces que hablé con ella. Me dijo que está trabajando en nuevas fotografías: de orillas, de acantilados, de rocas. Su estudio no está lejos de la costa y baja hasta ella casi todos los días. Se baña, recorre los charcos, contempla los cangrejos, respira el aire y la sal. Una vida sencilla. Le dije que también yo llevaba una vida similar, solo que sin mar ni charcos ni cangrejos ni sal. Poco antes de despedirnos, me contó que aquella fotografía que nunca pude ver fue, en efecto, una de las pocas que se vendieron en la exposición. La compró, me dijo, la persona a la que habían pertenecido los objetos que en ella aparecen.
sábado, 18 de septiembre de 2010
PASEO DE LA DIRECCIÓN
ENTRADA DESTACADA
ENTRADAS POPULARES
-
Tras el inmenso éxito del proyecto de canalización exterior de las aguas fecales, que había convertido a la ciudad en una suerte de Veneci...
-
(Luis Alemany. Foto: Diario de Avisos) Siempre, como una presencia tutelar, pero sin embargo esquiva, extraterritorial, apartada y e...