miércoles, 27 de octubre de 2010

EL CALCETÍN

Para José Herrera

¿Hasta cuándo vas a dejar que ese calcetín agujereado que lavaste hace unos días y colgaste para que se secara en la barandilla de la litera, y que, sin que sepas exactamente cuándo ni por qué, acabó cayéndose, siga tirado por el suelo en el cuarto de invitados? (Hasta aquí el cruce entre las palabras y la imagen, entre la imagen y el objeto, entre la alteridad del mundo material y la subjetividad de tu mirada sobre él, entre las palabras y el mundo, entre el espacio y el objeto, entre el presente y el fondo incierto del tiempo transcurrido hasta él, entre el objeto y el tiempo, entre las palabras y el tiempo, entre la mirada y la pregunta, entre el misterio y un calcetín, ¿o entre la eternidad y un día?) Cuando eras niño detestabas los cuellos altos de los jerséis que tu madre y, sobre todo, una vecina que era como tu segunda madre insistían en que te probaras cuando llegaba el invierno, hasta que un día dijiste que preferías seguir llevando una chaqueta raída a la que le tenías cariño, que nada te importaba vestir ropa nueva y que la pobreza, una de las exigencias de la religión que profesabas —algo así dijiste ante la perpleja mirada de tu madre y de la vecina—, no solo la pobreza en el vestir sino también la pobreza en todos los aspectos de la vida, era para ti más importante que cualquier presión social que quisiera ejercerse sobre ti. (Aún hoy sigues detestando los cuellos altos: ese rechazo de tu piel ha durado más que aquella religión en tu alma. Lo que no sabes muy bien es cómo las palabras convocan a las palabras, o cómo una vez atravesado el umbral que separa las palabras del silencio empieza un viaje con frecuencia retrospectivo en el que son rescatados, sin ninguna premeditación, fragmentos de recuerdos que parecían sepultados. Es, en cierto modo, como si se descubriera una filigrana que une diferentes puntos dispersos y se mantiene oculta hasta que se sopla o se pule o se raspa sobre ella.) Sobre la tapa de la cisterna descansan desde esta mañana el suéter y los calzoncillos que usaste ayer y que siempre colocas en el mismo sitio antes de ducharte. Los recoges y los llevas a la cesta de la ropa sucia. Durante el breve trayecto a través del pasillo piensas que una de las rutinas del día es precisamente ese traslado de las prendas sucias que dejaste en el baño antes de marcharte al trabajo y que allí siguen cuando vuelves a casa; pensar en este traslado rutinario te hace reflexionar también sobre el arco o la fisura que señalan las prendas por la mañana y las prendas por la tarde, esos objetos que son y que no son los mismos, sobre la ausencia del cuerpo que esas prendas dejadas allí todos los días de una manera inconsciente te hacen ver: no solo la ausencia del cuerpo que se despojó de las prendas y las transformó en trapos sucios que habrá que lavar, sino también la ausencia del cuerpo entre la mañana y la tarde, el peso de esas horas en que las prendas esperan sin moverse a que las recojas y, en cierto modo, cierres, al hacerlo, esa fisura o ese hueco en que el cuerpo no estuvo. (Y es el movimiento, el movimiento del cuerpo, el toque de algo íntimo aunque inerte, o la mirada que se detiene un brevísimo instante en un calcetín caído en el suelo, lo que, dirías, pone en marcha el movimiento del lenguaje, la cascada de palabras que en cierto modo asedian lo que no has podido ver ni tocar, lo que la sensación del cuerpo vivo que se mueve por la casa no puede transmitirte porque se esconde dentro de ella, muy dentro de esa vida tuya que vives sin apenas vislumbrar lo que en su fondo contiene —salvo, alguna rara vez, por medio de unas pocas palabras que son como las lámparas de la vida.)

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