viernes, 15 de octubre de 2010

CALLE JOSÉ NAVEIRAS

Sé que hay, detrás de alguna de estas líneas que ahora comienzan, un fondo indecible. Las motas de polvo se han ido depositando imperceptiblemente en la pantalla del ordenador desde que, anoche, dejé la pantalla abierta después de ver una película. Cuántas capas han de atravesarse para llegar a lo que nos espera, sin que parezca esperarnos, detrás de las palabras. Lo mejor será empezar por los pasillos. Había un silencio en ellos, cómo decirlo, atroz o condensado, atesorado o intacto, después de que muriera mi abuela. Era un silencio como el de los animales disecados, sobre todo las aves, que parecen estar a punto de moverse o saltar o levantar el vuelo. Al recorrerlos sentía que pisaba sobre un suelo acolchado, me apoyaba en las paredes acolchadas de túneles que conducían a las habitaciones. En las varias esquinas de las distintas eles que formaban aquella red de pasillos mi abuela había dispuesto esquineras de las que a veces sacaba una taza, un mantel, una botella, una caja. La casa era como un diamante de muchas facetas, pero la luz nacía siempre de la sala desde la que se veían balancearse las ramas de los castaños mecidos en una brisa que parecía perpetua. Desde allí, el hilo de la luz se iba adelgazando hasta llegar al final del laberinto: la humilde cocina en la que nos sentábamos para comer como en una plegaria junto a los fogones. Los pasillos mezclaban la luz candente que recibían de las ventanas del lado de la calle y la otra, más esquiva, de las que daban al patio interior. En cambio, había habitaciones interiores más luminosas que algunas exteriores, pues en ese juego extraño de los intercambios de luz mi abuela había creído conveniente compensar el ruido de la calle con una penumbra siempre acariciada por los rayos finísimos que entraban a través de las rendijas entrecerradas de las contraventanas. Todos estos malabarismos parecían seguir manteniéndose en frágil equilibrio cuando visité la casa a los pocos días de morir mi abuela. Pero es verdad que, igual que hay motas de polvo invisibles que modifican la mirada sin que nos demos cuenta, tal vez yo no veía los cambios que se habían producido. Me senté en la cama del cuarto de invitados, donde yo había dormido alguna vez, y los muelles crujieron como siempre. Comprobé que sobre la cómoda del dormitorio de mi abuela había un pequeño espejo de mano con el mango de plata y el azogue desgastado: no parecía haber sufrido el más leve temblor desde que ella se fue. Todo era una giratoria mudez de escombros ordenados: la ropa en los armarios, las cortinas solemnes que llegaban hasta el suelo, las jaulas que colgaban de aros de metal, las esquineras, el televisor, las sillas. Todo era un peso que se desplomaba en la hora ingrávida de aquel atardecer, un cuerpo que cruzaba los pasillos en busca de otro cuerpo que ya no los cruzaba. Todo era tan simple que no lo comprendía. Yo la veía y no la veía sentada y no sentada en el sillón que ya no era su sillón. Y no sabía si era más fuerte el vacío de la ausencia o la insistencia del recuerdo, la irradiación de cada huella o el silencio de todo. Entonces decidí que aquella tarde, de algún modo, debía darle vida de nuevo a aquella casa, insuflarle un aliento con el que ella, mi abuela, volviera a respirar y a estar allí conmigo para siempre, aunque no fuera su aliento, como alguien que se acerca a una lechuza disecada y le sopla en los ojos para que vuelva a mirar.

2 comentarios:

  1. Hermosa reflexión sobre el vacío y la ausencia, un abrazo. Pepa

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  2. Gracias por tu comentario, querida Pepa. No sé si lo que habla a través de las huellas es la ausencia o la presencia. ¿O serán ambas una misma cosa?

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