viernes, 3 de diciembre de 2010

ANTIGUA CALLE DE LOS CAMPOS

Para María José Alemán

Como las dos casas eran vecinas, alguna vez pensó —¿o lo piensa ahora por primera vez?— en la posibilidad de conectarlas mediante un túnel labrado por su imaginación por el que, mientras la troupe familiar confabulaba sobre cláusulas de contratos, últimas voluntades y demás disposiciones testamentarias, podría escabullirse desde el cuarto de los pájaros hasta la casa aledaña y desembocar así en el suntuoso salón de sillones morados, fotografías arracimadas sobre pacientes veladores y una televisión al fondo, casi siempre encendida aunque con el volumen muy bajo. Detrás de la cortina que dividía en dos el cuarto de los pájaros para que no estuvieran a la vista los tarecos diversos que su abuela guardaba como restos de otras épocas o, a veces, como repuestos para la presente, entre un sofá desvencijado y una cómoda inservible, se encontraba el comienzo imaginario del túnel. Hasta allí se llegaba cuando lo aburrían los cónclaves sobre viejas herencias que terminaban siempre con fumata negra y caras largas: escarbaba en la pared, o apoyaba en ella, en el lugar exacto en donde se abría el acceso a la otra casa, su oído, impaciente por saber si del otro lado sesteaban, charlaban animadamente o tan solo permanecían tumbados con las piernas estiradas sobre escabeles desgastados, indolentes, ociosos. Las dos ramas de su familia, separadas únicamente por ese tabique que él taladraba con su imaginación, en casi nada se parecían. Los de acá eran ruidosos y los de allá parsimoniosos. Los de acá eran campesinos y los de allá burgueses. Los de acá eran transparentes y los de allá laberínticos. Así que, lo mismo que de vez en cuando tenía que escapar de las sobremesas airadas de la casa de acá, otras veces necesitaba alejarse de la desangelada parsimonia del otro lado. Para eso era el túnel: para vivir dos vidas cuando estaba condenado a vivir solo una, para no sentirse nunca encerrado en un modo exclusivo de ser, en un único lugar, para ausentarse sin dejar de estar presente, para presentarse aun permaneciendo ausente. Nadie sabía que existía, pero un día su abuela descorrió la cortina y le preguntó qué andaba buscando en aquella esquina del cuarto, sentado junto a la pared, como si estuviera escuchando lo que ocurría al otro lado.

2 comentarios:

  1. Muchas gracias por el texto, es hermoso. Ese lugar detrás de la cortina es como las manos en la cara de un niño que cree que así está escondiéndose. También me sugiere la otra vida, la que quisimos tener y no fuimos capaces de vivir. Un abrazo, Rafael.

    ResponderEliminar
  2. Otro abrazo para ti, querida Pepa. Cuando acabé el texto pensé en tu mundo de intimidades protegidas, de rincones de casas de la infancia en los que nos descubrimos otros en otro tiempo, así que me dije que el texto debía ser para ti. Un beso, hasta pronto. Rafael

    ResponderEliminar