viernes, 30 de junio de 2017

EL CUMPLIDOR

Son las dos y media de la tarde del viernes 30 de junio de 2017. El que fuera durante dieciséis años alcalde de Santa Cruz de Tenerife, Miguel Zerolo, apura su cigarro y tira la colilla al suelo. La colilla cae frente al portal de un edificio de la calle Sabino Berthelot. Después de rodar unos centímetros, desaparece en una alcantarilla situada en el centro de la calle. Esa colilla, que hace unos segundos humeaba todavía en la boca de Miguel Zerolo, y que era chupada ansiosamente por sus labios en pos de la última bocanada, se acaba de perder para siempre en el subsuelo. Antes de abrir el portal, Miguel Zerolo comprueba que la colilla ha caído entre las ranuras de la alcantarilla, lo que demuestra que se trata de un ciudadano con sentido cívico, con urbanidad, con conciencia ecológica, con un alto sentido de su responsabilidad como ciudadano. Miguel Zerolo, que también llegó a ser consejero del gobierno autonómico, diputado regional y senador, no es lo que se dice una persona intachable –varias causas judiciales jalonan su carrera y recientemente fue condenado a siete años de cárcel por prevaricación y malversación de fondos–, pero en lo que atañe a civismo nada puede reprochársele. Estaríamos dispuestos a asegurar que si, por alguna razón, la colilla no hubiera caído por sí sola en la alcantarilla, Miguel Zerolo la hubiera empujado con la punta del zapato, no la hubiera dejado, todavía humeante, allí, en plena calle, ¡por nada del mundo! Es verdad que esa colilla, que hace nada estuvo en contacto con la saliva de Miguel Zerolo, no es una colilla cualquiera. Por la forma casi desesperada con que el expolítico fumaba, se diría que no es la primera colilla que Miguel Zerolo tira al suelo hoy. Ha habido unas cuantas anteriores. Y estamos casi seguros de que todas han sido chupadas con la misma fruición, con la misma avidez de quien parece fumar para no ahogarse, fumar para huir del mundo, fumar para sobrevivir. Miguel Zerolo, que durante el breve trayecto en que lo hemos seguido entre la Plaza de Weyler y la calle Sabino Berthelot, vestía una ropa informal, descuidada, y que parecía, con sus gafas de sol y sus andares ágiles, querer pasar lo más desapercibido posible, se detiene, sin embargo, por un instante, a vigilar que la colilla haya caído, sin lugar a errores, en la alcantarilla de Sabino Berthelot. ¿Qué quiere decir esto? Vemos aquí, y acaso sea esta la explicación más plausible, la victoria de la urbanidad sobre el desasosiego, el gesto cívico de alguien que, a pesar de haber sido perseguido por la justicia con toda la saña de que esta es capaz, se muestra como un ciudadano de primera, cuidadoso con su entorno, íntegro. Es evidente que no está pasando por la mejor época de su vida, síntoma manifiesto de lo cual es su extrema delgadez, que, junto a la ropa descuidada y las gafas de sol, lo ayuda a pasar desapercibido en uno de los lugares más concurridos de la ciudad cuyo bastón de mando ostentó con firmeza durante década y media. Sin embargo, denota elegancia y hasta podría despertar en nosotros cierta simpatía esa atención suya por las pequeñas cosas, por los detalles. Cualquier otro, incluso los más rimbombantes defensores de la sostenibilidad, los ecologistas de boquilla o cualquier activista de medio pelo en favor del medio ambiente, tiraría una colilla al suelo y se despreocuparía de su destino, de cómo podría afectar a sus conciudadanos, de los perjuicios que generaría ese residuo no biodegradable en la diversidad ambiental de la ciudad. Miguel Zerolo, en cambio, hace todo lo contrario: antes de entrar en lo que no sabemos si es un piso suyo, una oficina, su más reciente guarida o el zulo donde guarda los millones que ganó jugando a la lotería, si es que aún le queda algo de ellos, cumple. Cumple como ciudadano, que es lo fundamental, en definitiva. ¿Debiera importarnos más lo que una persona hace con el dinero que gana que lo que es capaz de hacer como ciudadano, en lo que a todas luces parece un gesto espontáneo, hecho a solas, sin que el exsenador crea estar siendo observado por nadie, una acción sincera y salida de su lado más solidario y comprometido? Miguel Zerolo, su yo más íntimo, no el personaje público con sus bondades y defectos, no el exalcalde que amó como nadie a su ciudad y convirtió su amor en una locura que lo llevó al banquillo de los acusados, no el político, sino el hombre, no el que todos conocen, sino el desconocido, el ser-humano-de-carne-y-hueso, se nos ha revelado. No podemos quedar indiferentes ante esta revelación. A veces la verdad nos encandila, nos frotamos los ojos y no creemos posible haber visto determinadas cosas, pero en tales circunstancias debemos ser valientes para aceptar el vértigo de la revelación, por mucho que nuestros prejuicios y nuestras debilidades nos indiquen la dirección contraria. Miguel Zerolo cumple. Podrán ser mentiras deliberadamente maquinadas todos sus alegatos exculpatorios ante el tribunal que lo juzgó, podrá tener razón la justicia al condenarlo como líder de una mafia de especulación inmobiliaria capaz de saquear las arcas públicas en unos pocos años, podrá ser cierto que prevaricó, que malversó fondos, pero, en lo que a civismo se refiere, Miguel Zerolo es un auténtico dechado. Este señor, sépase bien, no va a dejar nunca una colilla tirada en plena calle. Atribúyase tal celo ciudadano a la educación esmerada que recibió en el seno de su familia o a la autenticidad de su amor por una ciudad que lo ha acabado tratando como a un apestado: lo cierto es que esa colilla da testimonio de una verdad oculta, subterránea. Una verdad que no podemos permitirnos menospreciar. En estos tiempos de posverdad en los que tan difícil resulta distinguir lo cierto de lo probable, lo verdadero de lo dudoso, lo sabido de lo sospechado y lo comprobado de meramente atribuido, una verdad tan palpable como esta, como la de que Miguel Zerolo, el exalcalde condenado a siete años de cárcel, es un ser humano cívico, alguien consciente de sus deberes para con los demás, no debe quedar relegada al olvido. Sirvan estas líneas como testimonio de que hoy, 30 de junio de 2017, a las 14.30 h., en Santa Cruz de Tenerife, Miguel Zerolo cumplió con sus deberes de ciudadano.

lunes, 26 de junio de 2017

BREVE DICCIONARIO DE POESÍA CANARIA ACTUAL

A



Aprendizaje: lento proceso mediante el cual un poeta canario interioriza un idiolecto procedente de otro poeta canario y lo transforma para adaptarlo a una realidad que, una vez completado el proceso, afirmará ser suya y exclusivamente suya. El aprendizaje en la poesía canaria termina siempre en una especie de ventriloquia: sobre la voz que se escucha --la voz del aprendiz inconfeso-- planea siempre la sombra de la voz de otro poeta, una voz superior e instigadora que, de alguna manera, dicta inconscientemente las palabras o, cuando menos, la melodía que las une. 



B



Baño: proceso de purificación ejecutado durante el verano en alguna playa por el cual el cuerpo de un poeta canario –no necesariamente atlético– se desmaterializa y se funde con la verdad del instante como si escuchara la llamada de los númenes telúricos. Un baño se realiza siempre al mediodía. Y el mediodía es siempre la morada de los dioses.



Beneplácito: acción mediante la cual un poeta canario concede a otro poeta canario el permiso para utilizar determinados rasgos de estilo que a partir de entonces lo identificarán como “miembro” de una determinada corriente. El poeta beneficiado con un beneplácito sólo tiene que escribir una reseña al año sobre algún libro del poeta benefactor; en algunos casos, basta con mencionarlo en una nota al pie o con invitarlo a un congreso.

Bucle: espiral de sentido mediante la que un grupo de poetas canarios puede sostener durante décadas las mismas e inalterables majaderías. Los bucles tienen en esta microtradición algo de las cárceles de Piranesi: los personajes que las habitan son los reyes de las sombras y emanan una fosforescencia que sólo los conduce cada vez más hacia el interior de su tenebrosa y autocomplaciente telaraña.



C



Can: estatuilla con forma canina hecha de telurio a la que algunos poetas canarios adoran a modo de ídolo y frente a la que, antes de escribir un poema, rezan una breve plegaria. En algunas ocasiones esa plegaria ha pasado a convertirse en el propio poema. A estos poemas prepóstumos se los denomina preces telúricas o cánones caninos.   




Concreta (poesía): estilo poético nacido en Brasil e imitado por poetas canarios de los años noventa con desiguales resultados. En homenaje a las Galaxias de Haroldo de Campos --aunque sin que necesariamente hayan leído ese libro--, estos poetas produjeron en unos casos galaxias a medianoche y, en otros, galaxias a mediodía. En algunos manuales se ha llegado a hablar de galaxitis. Lo más probable, en cualquier caso, es que el término galaxia sea para estos poetas una metáfora hiperbólica del archipiélago. Las islas serían, por tanto, soles, y los poetas, dioses generadores de la luz. Los autores de este tipo de textos son canarios concretos. Son entre tres y seis. Hay concretos mayores y concretos menores. Se considera barbarismo y no está aceptada por el Instituto de Estudios Canarios la expresión los concretos canarios.



Congreso: encuentro de tres o cuatro mesas redondas a lo largo de una semana organizado cada diez años –a veces cada veinte– por la sección de literatura de alguna institución centenaria de San Cristóbal de La Laguna. A los poetas que participan se los escoge según criterios contrastadamente objetivos y se busca en todo caso ofrecer la mayor pluralidad posible. Hay quienes afirman, sin embargo, que para organizar un congreso de poesía no hace falta saber una sola palabra de poesía ni media palabra de congresos. Los congresos de poesía canaria existen para que los poetas canarios se pongan finos los unos a los otros.   



Coralidad: subterfugio con el que los poetas menos dotados de una generación pretenden camuflar su medianía aprovechándose del lustre de otros miembros de la misma. En algunos casos, y con el paso del tiempo, la coralidad se ha revelado como un sistema de complicidades que permite a los poetas medianos ayudarse los unos a los otros a mantenerse a flote en los ambientes literarios.




Crítica: modalidad de escritura que en el caso de Canarias ha quedado reducida o bien al más empalagoso de los halagos o bien a la parodia más soez. La crítica de poesía es en esta comunidad autónoma especialmente repulsiva, pues ha elevado al olimpo a poetas pésimos, ha ignorado a poetas buenos, ha ridiculizado a poetas óptimos y ha dado a conocer a poetas que ni siquiera lo son.




D



Dios: escrito en minúscula, entidad simbólica frecuentemente utilizada por algunos poetas canarios para referirse a sí mismos como contempladores privilegiados de la realidad o, según otras interpretaciones, para aludir a la realidad misma transubstanciada por la mirada privilegiada del poeta. Completado a menudo con el adjetivo “diurno”, el término supone la cristalización más acendrada de toda una poética de la divinización del ser que constituye una de las líneas más radicales (o más radiantes, según otros manuales) de la poesía española actual.



E

Escritura: acto con el que la existencia cobra sentido y queda trascendida. Escribir no es simplemente emborronar unas cuartillas. Escribir es prometerse escribir. Escribir es proclamar que se escribe. Escribir es renunciar a escribir. Escribir en Canarias no es llorar: es, sobre todo, no escribir. 


Existencia: sinónimo de escritura en la poesía canaria actual. Para un poeta canario, existir es escribir. Sólo se existe para escribir. Y la escritura es la mejor de las existencias posibles. De hecho, aquellos que no escriben no existen. Y existir sin escribir es la mayor de las vilezas posibles. (Para la definición de escribir, véase la entrada anterior.)
 
F

Fiesta: revoltijo extático de luz o de palabras. Se usa casi siempre en las expresiones “fiesta del lenguaje”, “fiesta de la luz”, “fiesta de las palabras”. La poesía canaria es festiva por naturaleza. Es más, a veces ese gozo lumínico o verbal se denomina con el término aún más exultante de festín

G

Genio: sinónimo de poeta en la poesía canaria actual. La genialidad se demuestra sobre todo publicando lo menos posible. Es más, si un poeta logra publicar sin ni siquiera escribir su genialidad se considerará absoluta.  

H 


Hornada: grupo de poetas que se reúnen en los bares de San Cristóbal de La Laguna para recitar delante de un micrófono. Se habla, así, de la "hornada" de El Siete o de la "hornada" de El Otro o incluso de la "hornada" de Los Nibelungos Tristes. 


I



Isla: en la poesía canaria actual, porción de materia divinizada elevada a residencia mística de las potencias irradiadoras de verdad y protección. A la tautología “Una isla es una isla” los poetas canarios han respondido con valentía solar: “La isla soy yo”. A los habitantes de las islas puede llamárselos "isleños" o "insulares". La única diferencia entre un isleño y un insular es que el primero rezuma isla y el segundo ve islas donde no las hay. 



J



Jefe: dícese del ur-poeta, del poeta primordial del que derivan todas las temáticas y estilemas. La poesía canaria actual constituye una estructura jerárquica en la que las jefaturas se van distribuyendo según la cantidad de temas y recursos que se es capaz de poner en circulación. En última instancia, el jefe o ur-poeta de la poesía canaria actual es un griego llamado Odysséas Elýtis.



K



Kamikaze: poeta que dispara contra sí mismo, poeta que se estrella contra su propio destino, poeta que se lanza contra su propia sombra, poeta que desaparece en los abismos de su propia nada, poeta que combate su mismísimo y mesmérico ser. Los kamikazes afloran de vez en cuando en la poesía canaria, pero, por su propia esencia y condición, no duran mucho. El lema de los kamikazes es: Hacia ninguna parte.



L



Levedad: sensación de ingravidez que el poeta canario debe sentir inmediatamente después de la escritura de un poema. Se escribe para perder peso. Se escribe para sentirse más cerca de los dioses. Un poeta canario que no se vuelva más leve al escribir o no es poeta o no es canario. También puede ocurrir que sufra sobrepeso y quede, por tanto, exceptuado del duro precepto de la levedad.  



M



Mar: término que en la poesía canaria puede simbolizar la voz del inconsciente colectivo, la profunda imbricación coral de las mentes sintonizadas o el correlato objetivo de la conexión del poeta con las divinidades del fondo, oceánicas, tenebrosas. El mar es, de algún modo, el sueño eterno de los poetas-dioses canarios.

Metafísica: Preñez del ser acogotado por la luz, unción de soledad y de palabra, de una casa solitaria y de un desierto de juguete, misterio de la inconcebible materia encumbrada a puro perfil del aire por la pulverizada palabra de los poetas canarios. Metafísicas son la poesía, la pintura, la música, la fotografía, la danza, el cine, el teatro hechos en Canarias desde el momento en que las islas son también, por definición y sin remedio, entidades metafísicas.  


Ñ



Ños: Interjección que algunos poetas canarios utilizan en sustitución de la canónica "ah" o incluso, a veces, del elegante "oh". Así, hay versos de la poesía canaria que suenan de un modo tan curioso como: "Ños, el horizonte límpido bendice nuestros besos" o "Supiste, ¡ños, dios!, del declinar del día". 



O



Orilla: lugar definitorio de la insularidad en el que los poetas canarios suelen acampar en verano con el objetivo de escuchar lo que el mar viene a decirles al oído. Hasta la orilla llegan a veces naranjas (cosa que la mar no tiene), pero la mayor parte de las veces sólo llegan los pecios del gran buque naufragado de la poesía canaria, que sería algo así como una nave de los locos, pero con poetas en vez de locos.



P


Pintura: arte hermanado con la poesía que puede servirle a un poeta canario para una de las dos siguientes cosas: 1) Para practicarlo en los momentos en que no escribe poesía (y en estos casos el resultado es lo de menos; para ellos, como para Leonardo, la pintura es una “cosa mentale”); 2) Para escribir y conferenciar sobre arte, demostrando que con sensibilidad, unos cuantos poemas publicados y unos buenos contactos se puede ser el mejor crítico de arte de la isla aunque no se sepa casi nada de pintura.



Plaquette: publicación de tirada corta que todo poeta canario debe publicar al menos una vez en la vida y que algunos publican una vez al mes.

Poesía: género literario en el que las palabras surgen súbitas como chispas de una luz primordial y salvífica. Quienes nacen tocados por la magia de la poesía son seres iluminados, impolutos, sabios y silenciosos. Los "poetas", como se los conoce, son a veces tan silenciosos que se muestran incapaces de escribir absolutamente nada. Esa nada que no escriben pero que con frecuencia publican es un silencio precioso que debería ser admirado como la decantación más pura del lenguaje. El verdadero poeta es también, necesariamente, un excelente crítico de arte, de cine, de literatura. Puede ser también pintor, bailarín, músico. Puede ser lo que quiera, pues lo esencial ya lo lleva consigo: su capacidad de no decir nada sin por ello callarse nunca. 



Q



Quietud: estado místico alcanzado unas cuantas veces por dos o tres poetas canarios inmediatamente después de escribir un poema. Logran estarse quietos, es decir, no escribir nada a continuación. Nada de nada. En alguna ocasión la quietud ha sido total y han dejado de escribir para siempre. Ese tipo de quietud es la meta más sublime que un poeta canario puede ponerse a sí mismo.



R


Revista: publicación colectiva y periódica cuya finalidad esencial es dotar de pensamiento único, solidario, riguroso y coral a la poesía canaria, aunque para ello haya que arruinarse enviando ejemplares a México o a Francia, pagando honorarios a los colaboradores --que tienen derecho a cobrar por su trabajo, ¿o no?-- o supliendo con el propio bolsillo las subvenciones municipales que no llegan o llegan tarde y mal (¡Ej que no pue habé perras pa' to', mi niño!). Todos contra uno y uno contra todos: ese ha sido siempre el lema de las mejores revistas canarias.
  

S



Silencio: mecanismo retórico que permite acumular la mayor cantidad de palabras posible para decir lo mínimo imprescindible. La mejor poesía del silencio será, por tanto, aquella que, con el más suntuoso de los discursos, sea capaz de no decir absolutamente nada. 



T



Támara: véase “dios”. Canarismo en desuso que en algún libro se utiliza como epítome de la incandescencia matricial de la materia, es decir, como nódulo del que irradia la luz primordial del ser, del yo, del mundo y de la isla.

U



Ubicuidad: método o capacidad que les permite a los poetas canarios actuales participar en tres recitales al mismo tiempo sin que por eso se les eche de menos en ninguna parte.



Umbral: territorio difuso que algunos poetas canarios han confundido con no se sabe bien qué estado del espíritu con la exclusiva finalidad de parecer sublimes y apasionados. Quienes hablan de canto en el umbral hacen, así, el ridículo ante sus semejantes al proponerse como seres transmisores, iluminados y más sensibles que la mayoría.



V



Verdad: Conciencia de la realidad del mundo que un poeta canario, por el mero hecho de serlo, concibe en su mente y defiende a capa y espada por medio de su poesía. La verdad es aquello que justifica el poema. Y un poema es la sede más visible de la verdad. Poesía y verdad son, por tanto, en Canarias –ese otro “país donde florece el limonero”, como cantaba Goethe–, una sola e indisoluble cosa.  



W



Whisky: bebida que algún poeta canario bebe antes de recitar para que su voz suene borboteante, mística, irreverente y zafia.



X



Xilófono: instrumento de percusión que un poeta canario menor identificó en una ocasión con el brillo del sol repercutido en un acantilado a lo largo de todo un día. La majadería de tal comparación, tanto más cuanto que el susodicho no sabía ni papa de música, ha sido uno de los momentos más ridículamente sublimes de toda la historia de la poesía canaria.



Y



Yoga: conjunto de ejercicios que todo poeta canario debería realizar antes de componer un poema. El poema es el doble del cuerpo, ¿no? Entonces habría que disponer el cuerpo de un modo propicio antes de escribir. La incomprensión de este principio ha llevado a muchos poetas canarios a escribir gran cantidad de poemas sin cuerpo, sin eje, sin peso ni contrapeso. No en vano para algunos poetas canarios escribir una columna semanal es casi tan relajante como una asana



Z


Zen: Estética oriental a la que se adscriben unos cuantos poetas canarios que, tras haber leído alguna antología del haiku japonés y las Sendas de Oku traducidas al castellano por Octavio Paz y tras haber visto sin comprender nada tres o cuatro películas de Ozu, se declaran poetas zen y escriben a partir de entonces poemas de incalculable brevedad capaces de transformar el mundo con la callada por respuesta. La imagen emblemática del zen canario es una roca a la que se llega desde otra roca por un puente colgante hecho de bambú: en medio del puente el poeta canario ve saltar una rana, croa un breve poema, se calla, reza a un can, pim, pam, pum.

martes, 20 de junio de 2017

EL PAGO JUSTO DEL DESEO

* Sobre Noctilunia, de Roberto Toledo.



Tengo un amigo que publicó su primer libro hace ya muchos años. En aquella época mi amigo firmaba con sus dos nombres y sus dos apellidos. Debió de haber un momento en que se desprendió del primero de sus nombres y otro momento posterior en que lo hizo de su segundo apellido. Creo que no ocurrió al mismo tiempo porque yo, que soy algo más joven que él, lo recuerdo firmar de ese modo sólo a medias recortado: Roberto Toledo Palliser. En algún momento decidió firmar únicamente como lo hace ahora: Roberto Toledo. Yo no leí aquel primer libro suyo cuando se publicó. Por cronología, podría haberlo hecho, pues el libro tiene fecha de 1991, el año en que me encontraba cursando el tercer curso de la carrera; pero si tenemos en cuenta que el libro circuló tan sólo entre un pequeño grupo de “iniciados” y que en aquellos tiempos yo me contentaba con leer a autores como Lezama Lima o Marcel Proust, no había muchas posibilidades de que el libro de Roberto cayera en mis manos. Los libros tienen sus tiempos propios, no hay que apurarlos. Nunca se sabe cuándo llegan al lector que los desea, y tampoco el lector puede forzar los plazos: le basta con esperar y proyectar su deseo en un tiempo de lejanías que podrá o no ser fructífero, propicio. 


El libro del que hablo es un libro de portada negra. Las letras de su título y las del nombre del autor figuran en blanco sobre un negro brillante que tiene algo de espejo sombrío, nocturno. Un espejo que brilla iluminado por luces que sabemos oblicuas. Un espejo nocturno traspasado por el deseo de la luz. Noctilunia. Noche de luna. Libro noctívago y lunar, de reflectantes y turbios secretos. Su portada se completa con una extraña ilustración. Es una de esas imágenes que quedan resonando en la mirada sin que las comprendamos del todo. Durante un tiempo pensé que representaba una clave de sol desdibujada, un modo visual de aludir a la música que se desmorona, a la melodía desdibujada de las noches. Pero un día me di cuenta de que había algo más. Es como una decalcomanía o como uno de esos dibujos automáticos realizados por los pacientes de no recuerdo qué psiquiatra de mediados del siglo pasado. Una especie de laberinto en forma de espiral, la representación de un cráneo que gira hacia el interior de sí mismo. Una prisión con aberturas desconocidas que llevan a otra prisión, y así sucesivamente. Y todavía no hemos entrado en el libro. Estamos, de momento, al nivel de la portada.


Qué fascinación la de esos libros únicos, libros que son como el preludio a un gran silencio. Nos preguntamos qué hace que este tipo de escritores prefiera no seguir publicando. En el caso de Roberto Toledo, sabemos, porque todo figura manifiestamente expuesto en los primeros versos de este libro único, que la necesidad de crear nunca fue para su autor una pose, que no decidió callarse por no tener nada que decir, sino quizá por algo que era precisamente lo opuesto: el temor de decir demasiado, de quemarse en las palabras, o de desgastarse en la gesta de la creación, de desgastarse o corromperse en el incontenible apalabramiento de la vida. Para este tipo de escritores el mayor escándalo es la palabrería, eso que para otros es pan cotidiano y hasta necesaria deriva en su compulsivo deseo de estar siempre presente, de decir por decir. “Detente, instante”, dijo al parecer Goethe en algún momento de su vida, o le hizo decir a Fausto. Este tipo de autores dice: “Detente, palabra”. Prefieren retener el impulso de escribir antes que tener que confrontarse con un discurso que no esté a la altura de sus vivencias y convivencias. De Roberto Toledo se conocen, además de Noctilunia, unas pocas plaquettes, materiales escasos que revelan quizá también el distanciamiento de quien quiso permanecer fiel a un modo de ser sin por ello dejar de convertirse permanentemente en otro. Como si el silencio fuera lo único que le permitía esa transformación y esa lealtad radicales, su obra fue creciendo hacia adentro, hacia la dispersión y la profundidad, hacia donde sólo podrían llegar a encontrarlo quienes estuvieran dispuestos a sumergirse en un viaje difícil, abrupto, una especie de particular viaje a la semilla
 

Lo único que queda es el anonimato para quien rompe con su historia: no se puede decir más claro. Hay que pagar un precio por ser otro, por deshacerse de la gastada piel, por reinventarse. El precio es el olvido, el olvido de sí y el de los otros, el anonimato, es decir, la carencia de nombre, la innominación, el desnombramiento o como quiera que podamos llamar a la acción de arrancarse el propio nombre como si se arrancara una máscara del rostro. La historia, en el caso de este libro, es una especie de secreto desmenuzado en poemas que son como los pecios de un enorme naufragio. Los poemas están ahí como testimonio de una parte de la historia, pero muchas veces parecen estarse escribiendo en medio de la historia, como si historia y poema fueran las caras inseparables de una misma moneda. Como toda moneda, refulge, es manoseada, pierde su valor, se oxida, es enterrada y acaba siendo descubierta mucho tiempo después. Con la particularidad de que aquí, en todos los casos, hay una cara que se ha borrado: la cara de la historia, la cara de la carne, la cara de los labios ha desaparecido para siempre y lo único que queda como recuerdo o como olvido de aquella cara borrada es el poema, la cara del poema. 


Un libro escrito así, con las vísceras, desde lo interior de la carne, sin otros filtros entre lo vivido y lo dicho más que esas fantasmales y brumosas formas del olvido que llamamos palabras no pretende tanto contarnos una historia cuanto hacernos partícipes de ella. De algún modo, el lector se convierte en la cara que falta. Viene a ser como el amigo o el confidente al que, a altas horas de la noche, se le cuentan entre lágrimas las vicisitudes de los últimos meses, los adioses, los desgarros, los desprecios, los olvidos. Es en esa figura tan difícil en la que hemos de convertirnos: porque es difícil ese papel, sentir todo el peso de la historia sobre nuestros hombros como si fuéramos el último sostén, el débil hilo que impide que la historia se pierda para siempre entre las sombras.


Pero en Noctilunia no hay una sola historia. Las historias son varias. Cada una tiene su tiempo propio. No se nos cuentan, pero están ahí. Una historia sobrevive a otra historia. Y a veces una historia no es sino el estremecimiento de otra historia dejada atrás. Igual que en el bosque forman un manto las capas de las hojas otoñales, un tejido del que sería difícil saber su exacta composición, su estratificación más precisa, las historias de este libro se superponen y encadenan, resuenan una en la otra, se despedazan, a veces, como si el sentido de una historia fuera desembarazarse de todas las demás. Yo he andado siempre desprendiéndome, dice Roberto Toledo. Y más adelante, en el mismo poema: Nada tengo y tantas cosas me acompañan


La última parte del libro, “Oniria”, describe un paisaje después de la batalla. El poeta ha regresado a la isla, regreso del que da cuenta la sección central, “Archipiélago”, que configura una personal poética de lo insular caracterizada por la exaltación y la melancolía. En algún momento, ese regreso ha debido de convertirse en rutina, desencanto, ruina. Se levanta entonces acta de un encuentro con las sombras. Como mercaderes en una plaza, las sombras se han reunido para cobrar sus mercancías al mejor precio posible. Sólo hay un comprador. El poeta regatea; sabe hacerlo, pues en ningún momento ha dejado de regatear con la vida. Sin embargo, los mercaderes están ahora perfectamente conjuntados. Se inicia la sangría. El expolio. Es entonces cuando el poeta saca la última carta que le queda. La que nunca ha querido usar en medio de las anteriores pujas y refriegas. Se adentra entonces en los sueños. Son ellos los que van a salvarlo. Los mercaderes desconocen ese lenguaje de monedas sin valor, quizá aquellas mismas monedas de las historias borradas, pero convertidas ahora, por obra de la poesía –esa alquimia precaria–, en talismanes capaces de salvar al poeta que ha arribado a la última frontera. Los mercaderes, las pérdidas, la mentira, el desamor, el envejecimiento, la soledad, el mundo, se enfrentan a un enemigo para el que no están preparados. Tendrán que negociar, así pues. Habrán de asumir que el intercambio no va a darse en los términos que habían previsto. El poeta sabe que habrá de poner sus sueños en las manos ávidas de los comerciantes. Pero, al desprenderse de ellos, va a salvarse a sí mismo. Ofrece sus sueños para la salvación de su alma. Lo dice mucho mejor, en el último verso del libro, Roberto Toledo: Todo lo que devoramos nos devora, es el pago justo del deseo.