miércoles, 19 de abril de 2017

LOS MODERNÓLATRAS


De un tiempo a esta parte, ha proliferado en este avispero de los mil demonios un tipo de escritor que, a falta de otra cosa mejor que hacer, juega a los dados media hora todos los domingos, sólo que no con dados de verdad, ni con casitas de fantasía, sino nada menos que con palabras. Y no con grandes cantidades de palabras, sino con unas pocas, con unas pocas palabras que, de tanto manoseo –son ya muchos, incontables los domingos que este tipo de escritor lleva jugando a ese juego– han quedado completamente desgastadas, borrados de sus bordes los significados, las cifras, de tal manera que las palabras, los dados con que juega, se han vuelto intercambiables, sirven lo mismo para componer un artículo que un cuento, un poema que una crítica de arte, un discurso que un aforismo. 


Yo no sé si se trata de una enfermedad provocada por el sinvivir que significa vivir en islas tan sucias y pequeñas o de una especie de epidemia que se propala a golpe de exposición, de plaquette, de ratón. Veo aquí y allá cómo las sacrosantas instituciones que en otro tiempo defendieron la libertad del pensamiento, la autonomía de la palabra y la crítica al poder caen en brazos de esta pléyade de modernólatras, de estos cruzados de la pureza que, provistos de unos pocos libros de poemas por montera, o de una dilatada experiencia en la participación en talleres de traducción colectiva que, sin embargo, no parece haberlos animado a traducir libro alguno por cuenta propia o, en algún otro caso, munidos de un único libro aderezado de plúmbeas poéticas explicativas de tanta parquedad, se han acantonado lo más cerca posible de todo tipo de fundaciones, museos, concejalías y festivales con el legítimo objetivo de proclamar a los cuatro vientos las virtudes de su discurso modernófilo –además, claro, de poder echarse algo de vez en cuando al coleto.  


Cansino resulta ya leer una y otra vez los mismos anatemas contra la posmodernidad, las mismas citas de Valéry y de Gadamer, el anquilosamiento de las lecturas, la insipidez de los discursos, el sospechoso parecido de las prosas de unos y de otros, en definitiva: el círculo vicioso en que han caído unas mentes que aprovechan cualquier oportunidad, cualquier tribuna, para adoctrinarnos a todos, con la certeza que dan los oropeles de provincia, sobre unas verdades que son, cuando menos, cuestionables. 


La literatura y el arte de vanguardia –Klee, Celan, Webern– no necesitan a estos señores para que los defiendan. Lo que se necesita es que estos señores comprendan alguna vez que su monolítico discurso, instalado en una nostalgia de lo que ni siquiera vivieron y mucho menos han comprendido cabalmente –¿cómo si no podrían escribir lo que escriben?–, los invalida como intelectuales. Lo que sería deseable es que, de una vez por todas, se atrevan a desembarazarse de dogmas y doctrinas, de anteojeras y prejuicios, de mímesis y seguridades.


Si todavía creen que su vocación es la escritura, ¿no sería quizá saludable, uno de estos domingos, que se dieran una vuelta por ahí, lejos de las divinidades luminosas, que dejaran a un lado los amaneceres tutelados, se tiraran a sí mismos del aguijón y vieran si así es posible nombrar el mundo de otro modo, con otros presupuestos? ¿Es decir: que dejaran de escuchar por un día la voz interior que clasifica y relega, el discurso predeterminado que instaura y ordena, el metrónomo que halaga la cantinela y condena las discordancias, los arrebatos, los vuelos? Por otra parte, empieza a ser alarmante que, camino de los cincuenta, algunos estén más preocupados por hacerse un nombre entre los próceres de la cultura insular –acudiendo, si hace falta, a comisiones parlamentarias en las que disfrutan hablando de sí mismos y de su grupo de amigos como ejemplo de creadores a los que no se ha atendido como se hubiera debido– que por escribir algo de valía, algo que no siga estando a la sombra de otros nombres. 


Los lectores, los museos, las universidades, la red no están ahí para sufrir cada semana las cargantes proclamas de estos señores que, lo han demostrado con creces, no tienen ya nada que decir. La coralidad que en otro tiempo defendieron –una coralidad que no era probablemente sino un subterfugio con el que los menos dotados pretendían camuflar su medianía– se ha revelado con el paso del tiempo como un sistema de complicidades que les permite ayudarse los unos a los otros a mantenerse a flote en este avispero de los mil demonios.


En un poema publicado recientemente por Alejandro Krawietz se habla de unas piedras que “los parias” arrojan sobre unos “jóvenes” que han sido convocados a no se sabe bien qué por un ser de rostro luminoso. Pero esas piedras, según se lee en el mismo poema, las habían rescatado de la noche los jóvenes como regalo para los parias. Las habían suspendido sobre sus propias cabezas a modo de ofrenda. Y los parias, ¿no las convierten entonces en un arma arrojadiza porque se atreven a desestabilizar la posición, la posición central, que ellos, los descubridores del tesoro, han establecido para esas piedras? (Piedras, por cierto, que si fueran, al menos, rubíes o zafiros, explicarían tanto celo, pero ¿qué son, qué son esas piedras, tienen más valor que el mero cascajo, señor Krawietz?)


Quizá si los detentadores de la claridad se pararan a pensar por un momento que el resto de los mortales estamos hartos de sus seguridades y de sus dioses, de sus escuelas y de sus coros, sería mucho más fácil volver a recuperar cierta cordura: la de un espacio literario en el que la poesía que se escriba no nazca encadenada por poéticas manidas, en el que un autor de casi cincuenta años no acuda a un recital a demostrar soporíferamente lo bien aprendida que lleva la lección; un espacio, en definitiva, en el que las divergencias y las individualidades no sean denostadas como lo son, a día de hoy, en este avispero de todos los demonios.