jueves, 30 de septiembre de 2010

PALABRAS QUE UN RAYO REFLEJADO EN LA VENTANA TRAJO HASTA MIS LABIOS

La primera condición es la ternura. (Pero somos lo que podría llamarse hombres de decisiones solitarias.) Ninguna necesidad hay de otra piel o de otro cuerpo para acercarse de un modo tierno aunque sea a ningún lado. (¿Y si tanta aspereza, tanto resquemor, nos hubieran convertido en seres bruscos, levantiscos, rasposos?) Toda aspereza puede limarse y todo resquemor refrescarse siempre que el corazón bombee sangre perfumada cuyo aroma acabe humeando por los poros de la piel. (Nuestra sangre no es más que un modo de sobrevivir en medio de un aire cada vez más seco.) Imaginad un viento que soplara dentro de vosotros y que de pronto estuviera también soplando fuera de vosotros. (Nos hemos ido transformando casi en autistas, cada vez más alejados unos de los otros, incapaces de tendernos la mano o de mirarnos, y cuando nos dirigimos alguna palabra sus sílabas raspan.) La segunda condición es el silencio. (Antes parecías exigirnos que habláramos, que nos acariciáramos con las palabras.) El silencio es la resonancia interior de lo que, si fuera pronunciado, se desmoronaría; esa resonancia es unas veces estruendosa y otras veces taciturna. (Cómo vamos a alcanzar algo que no sabemos ni siquiera qué es, pues no puede decirse.) Nada hay que alcanzar: hablo de lo que existe desde siempre como un don en vuestro interior, de lo que incontables capas mantienen amordazado allá dentro. (A veces hemos sentido los arañazos de nuestras propias uñas en nuestra propia piel como si estuviéramos intentando desgarrar una coraza.) La tercera condición es la entereza. (Todo empezó una tarde: permanecimos quietos cuando hubiéramos debido reaccionar; nos despedimos de quienes nos necesitaban; nos engañamos pensando que acudíamos a quienes, en vez de llamarnos, nos encandilaban.) Enteros son quienes se dan del todo a sí mismos. (¿No es preferible entonces renunciar de una vez? Todo es intransferible; cuanto más cerca nos sentíamos de otra persona más lejos de ella estábamos: nadábamos siempre en la soledad de un atardecer en dirección a un horizonte cada vez más tenebroso.) La entereza puede, aunque parezca extraño, contener la renuncia. (No te entendemos.) Cada una de vuestras brazadas, ¿no era plena en sí misma, no empezaba y terminaba en sí misma como un movimiento en el mar que os contenía y al que a la vez vosotros conteníais? (Sí.) La entereza es eso: no dejar que nada vuestro se aleje de su propio centro. (¿Hablas de algo parecido a la fidelidad?) Ternura, silencio y entereza son solo las tres condiciones para que algo nazca, pero una vez que nace, si nace, habrá que alimentarlo cada día.

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