viernes, 19 de julio de 2019

AVENTURA MALSANA EN LAS INMEDIACIONES DE UN BARRANCO ENCAUZADO


Quisiera, en este breve y prescindible texto, contar cómo inventé la palabra ventanario, cómo descubrí uno de los límites de la ciudad, cómo entré y volví a salir de un barranco encauzado y cómo, por último, me encontré dentro de una antigua finca vallada de la que pude salir por un hueco abierto en la alambrada.

Nadie debería inventar palabras porque sí. Eso es un atrevimiento y una necedad. Las palabras del idioma son suficientes para expresar lo expresable. En cuanto a lo inexpresable, puede recurrirse a otros lenguajes o, mejor, al silencio. Hay quien opina que la poesía consiste en someter a la lengua a una torsión tal que sea capaz de expresar lo inexpresable. Siempre que oigo sandeces como esta me imagino al poeta haciendo de contorsionista, doblándose cuatro veces sobre sí mismo y acabando convertido en una masa de triste carne amorfa. No. La poesía es otra cosa. Yo no sé lo que es, ni me importa ahora mismo, pues no es de eso de lo que quería hablar aquí. Lo que quiero decir es que si alguien, un día, se encuentra en su mente con una palabra nueva, de cuya inexistencia tiene fehaciente certeza, debe preguntarse cómo, por qué y de dónde ha salido. No basta con dejarla existir, darle carta de naturaleza y ensuciar el idioma con una ocurrencia. Subía yo esta tarde una escalera de muchos peldaños y, a pesar de llevar tanto tiempo viviendo en esta condenada ciudad, no tenía ni idea de adónde llevaba. Incluso quise, lo que no deja de ser una majadería, compartir mi perplejidad sacándole, cual émulo de Eisenstein, una foto a la escalera y compartiéndola en Instagram junto al texto “¿Adónde lleva esto?”. Tenía la esperanza de que alguien interactuara respondiendo de vuelta: “Ya nos lo cuentas luego” o “Estoy ansiosa porque me reveles el misterio”. Hubiera aceptado incluso bromas del tipo: “Eso lleva al mismísimo infierno” o “Si subes ese pedazo de escalera tu cuerpo acabará disolviéndose y nunca más te encontrarán”, pero nadie dijo nada. Al fin y al cabo, a quién le puede importar adónde lleva una escalera salvo a quien la sube o la baja. Cortázar, que no siempre tiene razón, la tiene cuando afirma algo así como que una escalera es una especie de túnel del tiempo que nos transporta a otra época o a otro lugar. No estoy seguro de que esto lo dijera Cortázar, pero si lo dijo tenía razón. A mitad de la escalera, de pronto, me di cuenta de que estaba viendo, a un lado y a otro, ventanas de edificios. Muchas, decenas, incluso cientos de ventanas. Veía dormitorios con cuadros en la pared, salones con la televisión como un garabato de luz dentro de una clepsidra, camas sobre las que se recostaban jóvenes semidesnudos preparados para incendiar inminente la noche (pido disculpas: siempre quise emular a Virgilio con un hipérbaton de estos), despachos en los que alguien, antes de cenar, repasaba los apuntes de una oposición. ¡Esta escalera es un ventanario!, me dije. Una colección de ventanas. Un depósito de vidas enmarcadas. Un oteadero de la miseria de los demás (va por ti, Julián Rodríguez). Fue así como inventé la palabra ventanario.

Al final de la escalera había una calle por la que nunca había pasado. A ambos lados, adosados de alto estandin. Ahí sí que no había nadie en las ventanas, nadie en los jardines. Al final de la calle, que no tenía salida, había un aparcamiento casi despoblado. Más allá del aparcamiento ya estaba la montaña. Había descubierto uno de los límites del perímetro de la ciudad. Superé una cadena y bajé a un barranquillo en el que había unas charcas de agua verde. Al otro lado, subiendo un talud de rocas y matorrales, se llegaba a una carretera de cemento. Fue difícil subir el talud, pero enseguida pensé que hubiera sido casi imposible bajarlo. Es decir, que no había vuelta atrás. Era tarde y no me pareció buena idea subir por la carretera, que parecía internarse en la montaña. Fui bajando, por tanto, hacia la ciudad. Pasé junto a un depósito de agua. Había después unos galpones abandonados, un camión oxidado, una suerte de lavaderos en ruinas y, más abajo, lo que parecían unas dependencias anexas a la entrada del caserón de una antigua finca. En una pared, con letra grande y descuidada de color rojo, decía: “Propiedad privada” y “Prohibido el paso” (como si una cosa no conllevara la otra). Entonces pensé en los perros. Siempre que paseo junto a este tipo de propiedades semiabandonadas pienso en posibles perros sueltos. Contra ellos, si los había, en aquel momento, en medio de aquellos terrenos que sin duda eran también privados, y sin escapatoria alguna, estaba completamente indefenso.

Fue entonces cuando vi el túnel. La carretera, que ya no era de cemento sino de tierra, llevaba en un desvío a la entrada del barranco encauzado. Pensando en evitar a los posibles perros que quizá anduvieran por los alrededores de la casa –aunque ya habrían ladrado, me dije, si me hubieran olido–, me dirigí hacia el túnel con la intención de atravesar por él el residencial y salir probablemente cerca de la costa. Había un cartel que prohibía el paso a las personas. Ya sabemos que la mayoría de esos carteles se ponen para que la gente como yo no vaya por ahí metiendo las narices donde no debe. Qué peligro podía haber en un barranco seco que, a todas luces, no tenía otra alternativa que desembocar en la parte baja de la ciudad. Saqué el móvil para iluminarme con la linterna. A todas luces, dije, pero la oscuridad dentro del barranco encauzado era de tal calibre, que ni siquiera con la linterna veía por dónde pisaba. La suciedad era hedionda (parece una redundancia pero no lo es). No voy a huir de los perros para acabar en brazos de las ratas, pensé. Luego, cuando caen las trombas y el agua tiene que pasar por estos barrancos y se encuentra con tales montañas de obstáculos, pasa lo que pasa. Seguía sin ver un pimiento, pero tenía la esperanza de ver luz al final. Encauzar los barrancos está muy bien, y es lo que hay que hacer para que la gente que vive en estas urbanizaciones exclusivas no vea cómo el agua arrastra sus propiedades cuando las tormentas tropicales azotan la ciudad. Pero, ya que se encauzan, podrían habilitarse como salidas de emergencia para los paseantes que huyen de los perros, o simplemente como lugares curiosos que merece la pena visitar para no aburrirse tanto en una de las ciudades más aburridas del universo.

Una vez que salí del barranco encauzado no me quedó más remedio que volver a la carretera. Volví a ver los amenazantes carteles de propiedad privada y prohibido el paso. Como me temía, el final de la carretera era la entrada vallada y cerrada con un gran candado por detrás de la cual transcurría apaciblemente la calle Alejandro Cioranescu –no todo son pifias en nuestro callejero–, por la que tantas veces he pasado en mis garbeos. Claro que no había forma de salir por allí. Miré hacia la casa que, en lo alto, con las ventanas cerradas y envuelta en la semioscuridad del atardecer, recordaba la de Psicosis. De allí podía salir cualquiera con un cuchillo en las manos. Es verdad que no parecía haber nadie, pero eso no significaba que no pudiera haber perros. A veces los propietarios que sólo frecuentan ocasionalmente sus propiedades dejan perros sueltos para protegerlas. A esos perros no se les puede explicar que uno subió una escalera, miró por unas ventanas, inventó una palabra, descubrió uno de los límites de la ciudad, trepó por un talud, intentó atravesar un túnel y ahora se encuentra en medio de una finca privada de la que está dispuesto a salir sin destruir ni llevarse nada. No, eso los perros no lo van a entender. Yo seguía sin escuchar ladridos, pero así y todo no las tenía todas conmigo. Me acordé de que al final de aquella finca, al comienzo de la calle Cioranescu, había un hueco en la alambrada, un hueco que siempre me había atraído y por el que nunca había entrado. Ahora era el momento de salir por él. No había caminos en aquellas terrazas de cultivo abandonadas hacía muchas décadas y llenas de cardos secos que me raspaban las piernas, pues iba en pantalones cortos. Pero mejor los cardos que los perros. A los diez minutos llegué al hueco, lo atravesé y salí a la calle. Mulţumesc mult, don Alejandro Cioranescu.  

Este fue, pues, el final de la pequeña y prescindible aventura durante la cual inventé la palabra ventanario, descubrí uno de los límites de la ciudad, entré y volví a salir de un barranco encauzado y, por último, me encontré dentro de una antigua finca vallada de la que pude salir por un hueco abierto en la alambrada.

  

EN LA MUERTE DE EMILIO BEAUTELL



 [Emilio Beautell --primero por la derecha-- en 1961 en la boda de mi tía María Cristina Díaz. Frente a él, mi padre, primero por la izquierda.]

Cuando se va alguien así, alguien que era un íntimo por razones familiares –Emilio era primo segundo de mi padre– y por razones personales –nos tratamos poco, pero siempre con el cariño de la verdadera amistad–, uno siente como si le arrancaran una parte de sí mismo. Hay un conjunto de recuerdos, de experiencias, de conocimientos, que está tan estrechamente ligado a esa persona que se ha ido, que de pronto se lo siente vacío, un conjunto vacío que un momento antes estaba repleto de todo lo que esa persona nos legó y compartió con nosotros.

A Emilio lo conocí desde niño. Era alguien singular, una persona destacada en los vagos aledaños de la vasta familia de mi padre, tan vasta que hay incluso ramas de ella que no conocemos o cuyo recuerdo se pierde en la noche de los tiempos. Emilio, en aquella época, era alguien mítico para mí: tenía una aureola que le daba un brillo especial. Además, era un vecino del barrio, había estado siempre vinculado a la calle Numancia, donde vivieron sus padres. En el edificio construido en el solar en que había estado la casa familiar, Emilio vivía en un ático desde el que tenía vistas al Parque García Sanabria, que tanto amaba, hasta que las dudosas reformas a que lo sometió el ayuntamiento hace unos años despertaron en él sentimientos encontrados de amor, odio, nostalgia y desasosiego hacia el parque.

La galería que fundó, y que fue su último proyecto profesional, estaba también en el barrio que compartíamos. Mácula: no parece un nombre elegido al azar. Dice probablemente algo de su vida, de ese sentimiento de haber sido quizá un verso suelto en la historia familiar, alguien con un halo misterioso, con un carisma que no necesariamente compartía con los demás, que lo hacía a la vez extremadamente sociable y celosamente solitario. Fue allí, en Mácula, donde empecé a visitarlo: acudí a varias de las inauguraciones, pero recuerdo sobre todo algunas tardes en que me acerqué cuando no había nadie en la galería mientras Emilio, sentado en su mesa del fondo, ocupaba su tiempo en consultar catálogos y páginas de internet. Allí tuvieron lugar nuestras primeras conversaciones sobre arte, rodeados de cuadros o esculturas que él había escogido para su última colectiva, en la penumbra del fondo de la galería. Algún libro mío le llevé por entonces. Él los quería dedicados con buena letra.

Cuando surgieron las redes sociales, Emilio se convirtió en un apasionado feisbuquero. Creo que para él era sobre todo un juego, una plataforma donde declarar sus desacuerdos con el mundo que lo rodeaba, con el deterioro de la ciudad, con el abandono de las buenas costumbres. Ironizaba sobre las batucadas que el ayuntamiento organizaba en el parque, sobre las ínfulas de los restaurantes en los que, a falta de buena cocina, se ofrecían los platos sobre “tablas de pizarra”. No había aspecto irrisorio de este grotesco mundo provinciano donde le había tocado vivir que no fuera objeto de subversión por su parte. También yo, en aquellos tiempos, lanzaba mis parodias e invectivas a los cuatro vientos virtuales de la red. La única vez que se enfadó conmigo fue cuando puse en tela de juicio la calidad de Pedro González como pintor. Era lógico: él lo adoraba y había sido su amigo. Ojalá todo el mundo se enfadara como Emilio: como si no hubiera pasado nada, al día siguiente ya nos estábamos riendo de nuevo.

Recuerdo sobre todo dos encuentros de hace unos años. Los dos frente a whiskies que íbamos pidiendo a su ritmo, superior al mío, y que hicieron que no quedara títere con cabeza en tres horas que se nos pasaron volando. En el último de ellos, en un lugar coqueto de Santa Cruz llamado Macusamba –por entonces Emilio no estaba enfermo todavía–, desplegamos nuestra inofensiva artillería para descabezar a popes y santurrones, a vacas sagradas y generalísimos, a todo aquel que había creído tener la sartén por el mango y al final se había quemado (o iba camino de quemarse). Creo que esos whiskies deliciosos nos hicieron darnos cuenta de todo lo que compartíamos, de todo aquello que se nos había quedado por decir en aquellos tiempos en que nuestra amistad era más ceremonial y estaba más teñida de impronta familiar que de cercanía intelectual.

Cuando se va alguien así, alguien como Emilio Beautell López, es toda un época la que se marcha; toda una sección del mundo la que desaparece. Sé que había muchos Emilio Beautell: el de su juventud de nadador, el de los viajes, el de los amigos, el de la familia, el del savoir vivre, el gourmet… Quiero pensar, sin embargo, que en esas últimas horas que compartimos en el Macusamba, antes de que enfermara, frente a la tarde que caía a lo lejos, quiso asomar algún fragmento del Emilio desconocido para todos, el más íntimo, el solitario, el entrañable, el entregado a la pura intensidad de vivir. Es así, al menos, como me gustaría recordarlo. 

jueves, 11 de julio de 2019

LA ENFERMEDAD DE LA ISLA


Es, unas veces, el excesivo silencio. Otras, el ruido desbocado, interminable.

Cree haber identificado el origen de la inquietud, pero la inquietud se sobrepone al origen, pasa sobre él y lo arrastra consigo hasta donde el cuerpo, e incluso todo posible destino reservado a las postrimerías, se revelan inermes, indefensos.

Ocurre, la desazón, todos los días. No da tregua. Es algo que está ahí hasta cuando parece no estar. Algo perverso e invisible, agazapado bajo la piel, dispuesto a florecer en cualquier momento.

Es la inestabilidad, la ruina presentida. Como estar atado a una cuerda atada a un árbol atado a una raíz atada a una piedra atada a una tierra atravesada de temblores. Y esos temblores, el amortiguado zumbido de cada mínimo seísmo, llegan hasta él en forma de leves e implacables sacudidas.

Tiene que ver con la isla. Cree que podría tratarse de una enfermedad producida por la isla. Es la isla la que le causa los tormentos, la que desprende ese vaho infecto que él respira sólo para dejar de ahogarse.

Y, cuanto más lo respira, más se ahoga. La isla infecta, origen de la enfermedad, atravesada por una red subterránea de puntos de infección, supura por cada accidente del terreno los turbios resplandores que a cada paso lo deslumbran y laceran.

Ha trazado mapas mentales de los lugares a los que no debe acercarse para no verse manchado por la azarosa corriente de las emanaciones. Pero, al estar atado, su libertad de movimientos es relativa. Periódicamente vuelve a pasar por los mismos terrenos bajo los cuales bullen silenciosos y nocivos efluvios.

Padece la enfermedad de la isla. Hace tiempo que la detectó. Descubrió sus síntomas, pero no le parecieron distintos a los de otras alteraciones somáticas o anímicas. Poco a poco fue comprendiendo que las consecuencias de la enfermedad serían devastadoras porque se trataba de un trastorno nuevo, incomparable a lo sufrido hasta entonces.

Las pocas veces que ha logrado escapar de la isla se ha encontrado con la paradoja de no saber si los síntomas se aplacan o se intensifican. No está seguro de si la lejanía de la isla alivia o agrava. Sabe fehacientemente que no cura y por eso, cada vez que ha regresado, su reencuentro con la enfermedad no tiene de traumático sino el reconocimiento de su carácter crónico, incurable.

Ensaya posturas corporales con la esperanza de que en alguna de ellas se encuentre la clave del aplacamiento. Se recuesta, se estira, se pone de cuclillas, en posición fetal, boca abajo, de puntillas, con la cabeza gacha, con los pies en alto, con la espalda recta, de rodillas, boca arriba, con los codos contra el estómago. En ese abanico de posturas que va recorriendo a lo largo del día no encuentra sino la confirmación de que la enfermedad está instalada no en una parte del cuerpo sino en su totalidad.

Intenta lo mismo con la respiración. Ha inventado varios modos de respirar con la esperanza de que, al mantener el mayor tiempo posible el aire expulsado, la enfermedad, que acaso permanece en su cuerpo junto con el aire, lo abandone durante ese intervalo. En alguna ocasión ha llegado a creerlo: que era en el aire donde la enfermedad habitaba. Sigue sin saber si esto es verdad y, si lo fuera, de qué modo respirar un aire diferente al que expulsa.

Es, unas veces, el ruido desbocado, interminable. Otras, el excesivo silencio.

Como si la isla se enroscara alrededor de su cuerpo, suele sentirse envuelto por una gasa malsana que, en vez de curarle las heridas, se las abre una y otra vez para volver a fingir que se las cura.

No sabe si es preferible buscarle un nombre a la enfermedad o, por el contrario, dejarla sin nombrar. En el primer caso, la enfermedad cobraría vida propia y, de algún modo, se separaría de él para poder atacarlo luego con más saña. En el segundo, la enfermedad seguiría apegada consustancialmente a su cuerpo y, desde dentro, no dejaría nunca de atormentarlo.

En sus sueños más favorables, lleva la isla sobre la espalda como si fuera una tortuga que ha emprendido un viaje interminable: la isla entonces no pesa, pero no deja nunca de estar sobre su espalda. En sus sueños más terribles, sin embargo, es él el que, infinitamente pesado, va a lomos de la isla, que lo lleva de viaje al fin del mundo.

Cuando se despierta, está acostado boca arriba y es un nuevo día. La isla es entonces un recuadro de luz recortado en la ventana. Sabe que en unos pocos minutos se habrá convertido en la pestilencia que le recorre la sangre.


ENTRADAS POPULARES