martes, 29 de octubre de 2019

BESO

Veo en tus ojosojos lo que nuncanunca
pude verver, aunque en tus labioslabios
muerdamuerdo lo que nuncanuca
pude morder: la saviasavia
que nosnos devuelvevuelve a la vidavida
perdidaída,
fluidoído, señalsoñar
de que el origen rige
un cesto de sustancias, ansias
de detenertener un ratorrato la miradamirada
y volvervolver a las fuentesentes de la vidavida,
los saborolores de las papilaslilas,
los aromasramos
del paladarradar.

Veo en los ojosojos de tus labioslabios lo que nuncanunca
pudedude oler, aunque en tus ojosojos
muerdomuerto el hálito
de algo escondidoído entre la saviasabia
que se propagavaga por entre el troncotronco
del árbolinvisibleárbol donde vemosvamos
a través de espejos,
autorretratotrato de nosotrosotros
mismosmimos que nos admiramos,
tú en mis ojosojos,
yo en tus labiosabios
que libaniban la sustancia, el ansia
de beberver tu bocaboca
hasta lo más profundo de tu palardor.

miércoles, 9 de octubre de 2019

LA IMAGEN

Es una imagen, siempre una imagen, pero ¿qué hacer cuando la imagen se ha perdido? Saber que la hubo hoy, que al doblar una esquina o mientras esperaba a que cambiara un semáforo, en medio de la ansiedad, de pie frente al asfalto ensordecedor, como alguien desorientado en una ciudad que no entiende o como quien perdió hace mucho las señales de ruta, vislumbró esa imagen, pues no llama imagen a lo que ve sino a lo que se entrevé, a lo que se sugiere desde detrás de cientos de cortinas invisibles, saber que estuvo frente a esa imagen y que esa imagen lo sostuvo en medio del desorden, no contribuye a aminorar la inestabilidad que se ha traído consigo del paseo, al contrario: saber que estuvo a punto de retenerla, de identificarse con esa imagen o de reconocer en esa imagen un filamento de lo que pudo ser una vez o de lo que algún día será, es decir, una hebra del precario tejido que conforman juntos su presente, su pasado y su futuro, una chispa en medio de la disipación, no disminuye el sentimiento de orfandad, como si hubiera sido mejor no darse cuenta de nada, andar vagando como una marioneta por las calles, con el rumbo al revés, parado en medio de los puentes viendo el cauce seco del barranco, las oficinas vacías de las mutualidades laborales, una luz al final de los pabellones deportivos como si hubiera allí un campamento donde alguien alumbraría con un quinqué el espacio vacío entre unos sacos de dormir. Seguro: la imagen sigue circulando por las pasarelas que conducen a los pabellones, o permanece a la espera en las plataformas metálicas que sostienen esas pasarelas, como si fuera allá abajo, en el punto en que la ciudad se confunde con las orillas del cauce, adonde la imagen quisiera conducirlo, mientras que él prefiere permanecer en lo alto, asomado al puente desde el que puede, a un lado, ver el mar que se oscurece con las luces de los barcos varados a lo lejos, y, al otro, el contorno de las montañas como trazado al carbón sobre el cielo reacio a ser devorado por la noche, asomado al puente, que es donde mejor se está en esta ciudad, pues en cualquier momento puede dejar de estarse, basta con encaramarse en el borde e impulsarse con las manos como quien salta a una piscina que no existe, sino el abismo de cincuenta metros al fondo del cual las rocas, teñidas por el contacto centenario con las materias fecales, y los arbustos, renegridos por el abandono que la ciudad ha dedicado a su barranco más célebre, serían magros colchones para su caída, caída que al día siguiente sería contabilizada en el registro más secreto de la ciudad como la número seiscientos veintitrés desde que se inició en 1857 la contabilidad de las caídas por los distintos puentes que cruzan el barranco, un registro depositado en el archivo provincial, entre otros legajos de difícil consulta como el que contiene el número de criaturas humanas de menos de un mes encontradas entre los callaos de las antiguas playas junto a las dársenas pesqueras o el que contabiliza la cantidad de casas de contratación de sicarios que desde 1914 actúan con el fin de hacer desaparecer a los habitantes más díscolos de la ciudad, números y cantidades que asombrarían a los cronistas más incrédulos, y que los historiadores oficiales no siempre conocen y, cuando lo hacen, tienden a esconder para que así sus empleadores, los alcaldes de la ciudad, no tengan que dar explicaciones a los medios. De modo tal que, a pesar de perder la imagen que resolvía buena parte de sus incomprensibles circunstancias como transeúnte ocasional de la ciudad, pues, de algún modo, estaba relacionada con anteriores paseos de los que no había tomado registro y que se habían perdido en el tiempo como lágrimas en la lluvia, quiso, creyó o pensó que, parado en el borde la baranda del puente, a medio metro del abismo, pero protegido por kilos de hormigón armado, podría recibir cuando menos un efluvio de la imagen, un aroma o sinsabor de lo que, difuminado por el dióxido de carbono, por el griterío de las manadas barbudas de milenials neandertales y por el coruscante ondear de las banderas de la patria en las oficinas vacías de las mutualidades laborales, se le hubiera ofrecido como una guía propicia, el geolocalizador de su ansiedad, la perfecta contraprogramación de su distorsionado cronograma vital destinado a un accidente o a la caída desde una pasarela silenciada por la puñetera historiografía de esta ciudad de mil demonios, es decir, si no una guía de perfección, sí al menos el camino hacia alguna morada desde donde verlo ya todo más claro, su perfil de aire, su cara aligerada desgracia, como si la imagen presentida y enseguida abolida lo situara en la más radical de las indisciplinas respecto de sí mismo, es decir, dispuesto a bajar por una de las plataformas hasta el fondo del barranco, buscar en una de las cuevas las perdidas señales de ruta, robarlas como se roba el fuego en un campamento, cruzar los pedregosos senderos que atraviesan el cauce bordeado de antiguas tumbas aborígenes de las que ya no queda el más mínimo rastro, buscar en la arenilla los anillos de los recién casados que en la noche de bodas se emborracharon tanto que descendieron al barranco y se perdieron el uno al otro para siempre antes de hacer por primera vez el amor, ascender penosamente por las cuerdas y ganchos dispuestos en las paredes, subir por el barranco a las partes altas de la ciudad, no tan pestilentes como afirma la prensa de derechas, salir por el barranco fuera de la ciudad, encontrarse en tierra de nadie, en medio de la noche, como si fuera un peregrino en busca de posada, y llegar a la casa donde, en uno de los primeros sueños que recuerda, cuando era un menor de edad absolutamente alelado, había un hombre que tocaba la guitarra en una habitación iluminada, un hombre junto al que se sentaba a escuchar los acordes de un grupo de rock cuyo nombre ha olvidado, y acaso ya en el sueño fumaba y se asomaba a la ventana para aspirar el silencio de la noche rodeada por los campos fragantes de un mundo que era imposible que existiera, una casa y un mundo que él imagino como ciertos y que a través de la imagen que ha perdido pueden volver a él para decirle al oído no tanto que volvió a perderlos al perderla esa tarde, como que siguen estando ahí mientras no la recupere, mientras el recuerdo de la imagen perdida siga siendo una especie de imagen de la imagen, la imagen de la imagen que conecta sus diferentes y perdidas vidas entre sí.

sábado, 5 de octubre de 2019

DE DENTRO DEL CAÑAVERAL



Debió de haber salido por un agujero abierto en la valla de protección, aunque cree recordar que en aquella época no había valla de protección sino tan sólo el espeso cañaveral que a ellos les parecía impenetrable. Si los dueños del solar mandaron construir más tarde el vallado –salvo que estuviera hecho ya en aquella época–, no debió de haber sido porque quisieran evitar que alguien entrara en su propiedad, pues, en primer lugar, no había nada allí, y, en segundo lugar, parecía muy difícil atravesar el cañaveral de tan tupido como era. Alguna otra razón debían de tener. Lo cierto es que tuvo que haber sido por allí, por algún agujero abierto en la valla de protección o por algún resquicio entre las cañas, por donde salió al saco sin fondo de la calle una tarde, mientras ellos jugaban con otros niños vecinos de los alrededores. El saco sin fondo era el lugar donde los coches daban la vuelta al final de la calle sin salida, y tenía una forma circular lo bastante amplia como para no tener que dar marcha atrás al realizar el giro de sentido. Era muy poco común que aparecieran coches en aquella calle, al menos en la época de su infancia, pues había sólo cuatro o cinco casas en la calle y la mayoría de ellas tenía garaje. Alguna vez, sin embargo, ellos y los otros niños tenían que subirse a la acera para dejar pasar a un coche desde el que los miraba una pareja, o un hombre solo, que claramente no vivían en aquella zona sino que o bien se habían equivocado de dirección o bien deambulaban sin rumbo en busca de vaya a saberse qué. No recuerda que nadie se bajara de ninguno de los coches que pasaron por allí aquel día, por lo que debió de salir, como queda dicho, del cañaveral que empezaba en el lado derecho del saco sin fondo y continuaba hacia la calle de atrás, que, sin embargo, a ellos les parecía que estaba mucho más lejos de lo que realmente estaba. Alguien así tenía que haber salido de allí. No recordaba sus facciones, ni siquiera su sexo ni su edad, pero lo que sí creía haber conservado en la memoria era el aspecto desaseado, la vestimenta descuidada, un cierto aire a aparición sobrevenida desde otro mundo, otra época u otra dimensión. Ellos siguieron jugando, es verdad que cohibidos entonces por la presencia misteriosa de quien los miraba a medias con asombro y a medias con reconvención. Parecía irradiar un halo de venganza heredada, de destino incumplido, de fantasmal y acuciante relación con la desdicha. Los juegos que ellos practicaban eran en aquella época inofensivos: pintaban con tiza rayas en el suelo y las convertían mentalmente en casillas por las que brincaban, reunían en un montículo ramitas que recogían agitando los árboles que sobresalían de los otros solares; perseguían a algún lagarto o espantaban a los pájaros que se posaban en los muros que protegían los jardines de las casas. Era él quien por lo general proponía o inventaba los juegos. Conseguía que los demás niños se sumaran a la fiesta que él dirigía desde dentro, como uno más, pero con la conciencia de haber sido el creador de aquella placentera burbuja. No había perversidad alguna, salvo la de saberse el escrutador de los juegos que él mismo inventaba para su propio disfrute y el de los demás niños. Se reían todo el tiempo, se tiraban por el suelo, daban volteretas y se perseguían mientras sabían que dentro de la casa los adultos iban desapareciendo con la caída de la luz: las siluetas de sus abuelos, las siluetas de sus padres y, más abajo, en las demás casas, las de los padres y abuelos de los otros niños, se disipaban como si una mano gigantesca las fuera borrando con un paño. Mientras tanto, esa misma caída de la luz era para ellos un alborozo, la fiesta de saberse inmersos en un tiempo infinito que se perpetuaba a sí mismo mediante la generación de la luz por la sombra y viceversa. Debió de ser aquella persona, si lo era, que salió por un resquicio del cañaveral, o por un agujero en el vallado, quien le susurró un nuevo juego que a él le pareció original, divertido, pues nunca lo habían practicado. Debían recoger las cañas secas que se habían ido cayendo en la acera del fondo de saco, cañas resecas que medían metro y medio o dos metros y que se iban acumulando junto al cañaveral, recogerlas y colocarlas en el centro del círculo. Enseguida se pusieron los niños manos a la obra. Muy pronto hubo seis o siete cañas que a una palmada suya debían ser retiradas del montón y, tras una breve carrera de alejamiento, lanzadas contra otro de los niños, que a su vez lanzaba su caña contra otro niño, y así sucesivamente (pero todos al mismo tiempo). El efecto era el de una pelea entre apaches y comanches en el que las lanzas casi nunca acertaban a dar en el cuerpo del contrario y, si lo hacían, caían a sus pies sin haberle hecho apenas daño. Alguien que debió de ser el desharrapado personaje aparecido desde el otro lado del cañaveral le susurró que las cañas debían lanzarse con mayor puntería, sobre todo apuntando a la cabeza del contrario. Así se lo transmitió a sus compañeros de juego, que una vez más recogieron las cañas, las amontonaron en el centro del saco sin fondo, las recogieron, se alejaron unos cuantos metros y, al oír la palmada, las lanzaron en dirección a las cabezas de sus víctimas. Volvió a haber pocos aciertos, aunque alguna dio de lleno en una frente o en un cuello, lo que provocaba algún gemido y la risa de los demás. El tercer lanzamiento se efectuó siguiendo la misma estrategia que el anterior, pero esta vez él se encontró de frente a su hermana, tres años menor que él, y le lanzó la caña. Esta fue directa al ojo derecho de su hermana. Llegó impulsada con tanta fuerza que el ojo empezó a sangrar. Su hermana se tiró al suelo, llorando. Él sólo supo salir corriendo al interior de la casa para avisar a sus padres. Cuando volvió a salir con ellos a la calle, la persona misteriosa ya no estaba allí. Les preguntó a los otros niños y estos dijeron no haber visto a nadie. Él les describió a alguien de aspecto descuidado, que vestía una camisa vieja y que había estado allí mirándolos jugar. Los niños afirmaron no haber visto a nadie. Estaban espantados por la sangre que salía del ojo de la hermana. Él permanecía como hipnotizado. Miraba la sangre y lo que veía era una voz. Oía una voz y lo que escuchaba era sangre. En mitad de la calle, con sus padres y sus abuelos agachados consolando a su hermana, se preguntaba dónde estaría aquella persona que había salido del cañaveral, si existiría de verdad, si no sería otra de sus invenciones, si no sería, incluso, él mismo, pero... ¿cuándo había tenido él un aspecto tan sucio?, ¿cuándo había vestido ropas tan desgastadas?, ¿cuándo, en qué momento de su vida había hablado consigo mismo como si lo hiciera con otro?  

lunes, 30 de septiembre de 2019

SOPLO DE VIDA, SOPLO DE ESCRITURA: SOBRE NILO PALENZUELA


Todo verdadero vivir es un despojamiento. Reconocer en cada momento en qué ficción hemos creído con tanta pasión, al tiempo que observamos el paisaje al que dimos el soplo de la vida. Empiezo con estas palabras del propio Nilo Palenzuela. Se trata de uno de los primeros fragmentos de su libro Parada para salir al campo. Uno de esos libros seminales que, hace unos quince años, iluminaron a quien les habla. Seminal porque alumbraba un territorio fronterizo entre el pensamiento, la narración y la poesía. Seminal porque en cada fragmento podía uno detenerse, pararse, para salir desde él a una realidad abierta, más allá de las palabras, ese campo al que, según el refrán, no se le pueden poner puertas, pero al que Nilo Palenzuela le ponía puertas constantemente: pero puertas abiertas, puertas movedizas, puertas giratorias –nada que ver con el burdo sentido que a esta modalidad de puertas se le ha dado en los tiempos corruptos que vivimos. Se paraba uno allí y se quedaba pensando que era posible escribir de otro modo, que escribir no era únicamente escribir ensayos, poemas, cuentos, reseñas. Que había un territorio de lo indefinible, una escritura de la explosión, libros que se escribían para abrir perspectivas insólitas. Todo verdadero vivir es un despojamiento, nos dice. Parece una frase atribuible a un místico. Ya entonces la asocié con otra, también importante en mi memoria de lector, que sugería que borrarse era un modo de resplandecer. Quien así hablaba, l'effacement soit ma façon de resplendir, no era un místico, sino un poeta contemporáneo, alguien, de hecho, muy alejado de la mística, el suizo Philippe Jaccottet, que escribía, y sigue escribiendo, para borrarse y, mediante esa autodestrucción, resplandecer. Pero el fragmento de Para para salir al campo continúa: Reconocer en cada momento en qué ficción hemos creído con tanta pasión, al tiempo que observamos el paisaje al que dimos el soplo de la vida. Parece fácil comprenderlo, pero no lo es. Es más, como ocurre con ese libro, y diría incluso que con buena parte de la escritura de nuestro invitado de hoy, no hay en ella nunca un mapa que nos permita orientarnos y muchas veces se duda de si se ha llegado a entender lo que se lee. Pues lo que se nos ofrece se ramifica, explosiona, se transforma siempre en otra cosa. La vida, leemos, la vida verdadera –pues ya sabemos, desde Rimbaud, que hay otras que no lo son– es, además de un despojamiento, un reconocimiento, es decir, una toma de conciencia. La toma de conciencia de la ficción en la que hemos creído con pasión, es decir, aquel cuadro, aquel poema, aquel sueño, aquella imagen, aquel recuerdo a los que nos hemos entregado como se entregan los amantes sin pensar en las consecuencias. Reconocer, entiendo, que tales objetos del deseo eran ficcionales, pero que la pasión los convirtió en otra cosa, en verdad propia, en pertenencia íntima, pues el fragmento termina diciendo que esa toma de conciencia será simultánea a una observación: la del paisaje al que dimos el soplo de la vida. Y aquí es donde comienzan las dificultades, pues no estamos seguros de que ese paisaje coincida con la ficción en la que creímos, y tampoco está claro que la vida verdadera pueda ser generada por el soplo de vida que a la ficción le insuflamos. Si no lo he entendido mal, la observación, el reconocimiento, simultáneo de ella, y el despojamiento que a ambos se suma para conformar el verdadero vivir, son tres momentos o tres caras de una misma apuesta: la de la vida que, sin dejar de observarse y reconocerse, se destruye a sí misma en la ficción para volverse auténtica.

Sólo escribe el que no sirve para otra cosa, dice más adelante Nilo Palenzuela en este mismo libro, Parada para salir al campo. Fustigarse como escritor recordando que escribir es la marca de un fracaso, la conciencia de una imposibilidad, es la verdadera revuelta que caracteriza toda escritura auténtica. Ese que no sirve para otra cosa y que, por lo tanto, se ha contagiado del virus de lo inservible, de lo inútil, encuentra en el territorio clandestino de la literatura, en el revés del lenguaje, todo un mundo fascinante en el que nada es como parece ni como le enseñaron que era. Su misión, a partir de entonces, será dar testimonio de la ruina que es su propia vida, y de las alhajas que, en medio de esa ruina, va encontrando a medida que la recorre. Una mirada amorosa lo mantiene pegado al suelo, como si buscara, pero sin buscar, pues lo único que hace es recoger los aldabonazos, las llamaradas, las quemaduras de lo que fue.

Este nuevo párrafo debía empezar con una cita de Cámara oscura, el libro que Nilo Palenzuela escribió a partir de sus conversaciones con el fotógrafo Carlos Schwartz y que constituye lo más cercano a la escritura narrativa, al relato, que nuestro invitado haya escrito hasta ahora. Son 26 fragmentos de una especie de antinovela que dialogan con 53 fotografías de Schwartz. Debía empezar con una cita de ese libro que leí con asombro hace unos años, pero, como no lo encuentro en mi biblioteca, renunciaré a la cita y tiraré de memoria. Es cosa seria lo de los libros que desaparecen, como si tuvieran vida propia. Bien es verdad que el título tampoco ayuda a encontrarlo: Cámara oscura. Sumergirse en las entretelas de la propia vida, o de la vida compartida con los amigos, o de la vida compartida con los autores que nos iluminan, y tirar de un hilo que nos conduce a lo imprevisto. No doy el libro por perdido: yo mismo tendré que sumergirme en mi biblioteca porque seguro que hay algún otro –estas cosas ocurren– que, creyéndose más importante, lo tapa con su orondo lomo de libro tocapelotas. Hagan limpieza en sus bibliotecas, pues estas cosas ocurren.

(Nota de hace una hora: el libro apareció, alabado sea. Estaba entre dos catálogos. Lo peor que puede ocurrirle a un libro. Los catálogos a veces son como los ataúdes: encierran a los libros y los sumen en la negrura. Vaya por detrás la cita, que es lo que importa: Prefiero escribir cartas a las golondrinas que inmolarme. No nací para. No nací para andar quieto. Ni para estar oyendo ruidos de rapaces diabólicas en el interior de la habitación negra. Dirás lo que dirás, verás lo que verás, pero ahí, entre los dedos tienes la piel del mundo en su fatiga.)

Pero… continuemos. Y citemos, una vez más: De escribir, hacerlo a carne viva. Se escribe para vivir, como se miente para sobrevivir, o se roba, o se ama. Hay un punto donde el verdadero escritor deja finalmente de jugar a las ficciones y a las desapariciones. Abandona el gran juego y comprende que sólo algunas cosas merecen las manchas de algunas palabras. Qué miseria la del escritor con su mundo siempre a cuestas, sin ser capaz de lanzarlo alguna vez al infierno. Pasajes y partidas, el libro del que tomo esta cita, se publica como un conjunto de ensayos, pero en realidad puede leerse como una colección de aforismos, de relatos sin historia, de poemas en prosa, de crónicas escritas en países imaginarios. Recuerda a Parada para salir al campo, pero está escrito con mayor desinhibición y más sentido del humor. Nilo Palenzuela muestra aquí una mano prodigiosa para enhebrar visiones, lecturas, contemplaciones de obras de arte, vivencias, con las más diversas reflexiones sobre el tiempo y nuestra laberíntica condición, sobre utopías desfondadas y amaneceres que revolotean cada día con nueva luz, como si el tiempo se reinventara con el paso del tiempo. Lo que asombra en este libro es cómo un tesoro tan deslumbrante de conocimientos puede verterse en unas páginas de un modo tan chispeante, tan poco ceremonioso, y al mismo tiempo tan enriquecedor, tan entrañable. 

Es importante escribir poemas con muchos años / porque ya sabes lo inútil que es escribir poemas. Estos dos versos pertenecen a uno de los poemarios más sorprendentes que conozco entre los escritos en español en las últimas décadas. Un libro, La hoja seca, que Nilo Palenzuela publicó en 2014, pero que recoge poemas escritos durante muchos años y con muchos años. Algunos de estos poemas se publicaron en una bellísima edición de la Escuela de Arte de Mérida junto a unas acuarelas del artista José Herrera. Hay quienes se creen poetas y lo único que hacen es rendir sacrificios ante altares de dioses vacíos. Y hay quienes no se creen poetas y, casi sin darse cuenta, tocan con unas pocas palabras el milagro de la vida. Es posible que todos tengamos en mente ejemplos de lo uno y de lo otro. Si digo que La hoja seca es un libro sorprendente es porque es difícil encontrar un conjunto de poemas concebido con tal grado de libertad, de frescura, de despreocupación. La escritura es aquí un juego casi primitivo. Podemos reírnos, recordar, reflexionar, amar, viajar, navegar o padecer entre las páginas de este libro, cualquier cosa imaginable, pues está concebido como un espacio de libertad y de encuentros singulares. Su arquitectura está llena de pasadizos y jardines, con árboles e islas que no son nunca los esperados, besos que nos enseñan a besar de otra manera y vértigos que son despojamientos o caídas en los lugares misteriosos del origen. Nada de lo que sabemos sobre poesía sirve aquí como guía de navegación. Es quizá en este libro donde mejor se cumple lo que Nilo Palenzuela denominó, en un hermoso proyecto que codirigió hace unos años con Orlando Britto Jinorio, horizontes insulares. Como esas palomas mensajeras que Nilo conoce tan bien por su pasión colombófila, asistimos aquí como a vista de pájaro a una deriva a través de islas de todo tipo, llenas de animales majestuosos o ínfimos, en las que el amor, la pasión, la nostalgia o la incertidumbre son parte del paisaje, encarnaciones de la materia insular. Lo único que se nos exige en esta travesía es una mente libre de prejuicios, una pizca –o un fisco– de socarronería y algo de tiempo para leer a solas –y al sol– al encuentro de los demás.

Junto al avestruz somos unos dichosos enanos. Entramos ya, con esta cita del libro Animales impuros, en la parte final de esta presentación que se me está haciendo ya demasiado larga. Bestiario de seres reales e imaginarios, de animales o presencias cotidianas que nos los recuerdan, el libro puede leerse como un inventario de imágenes y obsesiones, de encuentros y pasajes, un conjunto de metamorfosis posmodernas capaces de aunar los parapentes con los avestruces, los televisores con los pájaros de Hitchcock –y fíjese cómo unos animales no se entienden sin los otros– o las arañas obsesivas de la infancia con la pintada por el simbolista Odilon Redon. Ahora que se nos acaba de marchar Francisco Toledo, el gran pintor mexicano sobre quien Nilo Palenzuela ha escrito sugerentes ensayos, cabe preguntarse si, en definitiva, escribir –o pintar– no tiene sobre todo que ver con el deseo o la necesidad de mantener vivos los lazos invisibles que nos unen con el mundo del subsuelo, del subsuelo físico, ese subterráneo flujo que nos sigue alimentando, y del subsuelo mental, en el que nos reencontramos, muchos años después, con nuestros antepasados, con nuestros miedos y obsesiones, los mismos que, conjurados por la escritura, se convierten en presencias acaso salvíficas o quizá aún perturbadoras, pero en cualquier caso vivas, vivas como la herida en la cicatriz, como la nervadura en la hoja y como la pléyade de amores y deseos detrás de la ventana, detrás de la desierta claridad de una lámpara.

* Palabras leídas el 20 de septiembre de 2019 en el Ateneo de La Laguna para presentar la lectura de Nilo Palenzuela dentro del ciclo 'Mapas provisionales'.

  

domingo, 22 de septiembre de 2019

FESTIVAL DE LITERATURA DE COPENHAGUE


Muy feliz de participar por primera vez en el Festival de Literatura de Copenhague. Comparto aquí el programa. Allí estaré entre el 25 y el 28 de este mes.

lunes, 9 de septiembre de 2019

RAROGNE O LOS PASEOS DE UN TRADUCTOR


                                                                                            Julián Rodríguez, in memoriam

En el invierno de 2013 visité por primera vez Rarogne, en el cantón de Valais. Acudía con una beca para traducir un libro de Maurice Chappaz, La haute route.* Enseguida me di cuenta de que eran el lugar ideal y la estación perfecta. El trabajo de traducción resultó más duro de lo que pensaba, y tras unos primeros días de acomodación en la Zentriegenhaus, la casa-taller que el cantón pone a disposición de los traductores beneficiarios de la beca, me propuse distribuir mi tiempo de manera regular. Decidí que traduciría el libro de Chappaz de 10 a 13 h. y de 16 a 19 h. La pausa del almuerzo se prolongaba con una sobremesa en la que escuchaba música, veía alguna película o leía alguno de los libros que había llevado para amenizar los tres meses de estancia. Al final de la tarde, en cambio, cuando terminaba mi jornada de trabajo, salía a dar un paseo por los alrededores de Rarogne. Los caminos estaban helados, helado en parte estaba también el Bietsch, el arroyo que cruza Rarogne y desemboca en el Ródano, helados estaban el aire, las ramas de los árboles, las orillas del río. Sin embargo, yo me sentía lleno de una energía candente, quería entrar en combustión, fundirme con aquel paisaje solitario de invierno. Cuando llegaba a lugares en los que la nieve era demasiado abundante y no se podía avanzar, buscaba alternativas, daba rodeos, me agarraba de los troncos de los árboles para no perder el equilibrio. Luego me di cuenta de que, en cierto modo, en esos paseos estaba llevando a cabo una frenética actividad que replicaba la descrita en el libro de Chappaz. En La Haute Route el escritor valesano nos describe en catorce capítulos un viaje al mismo tiempo exterior e interior a través de una de las más conocidas rutas alpinas. La torsión de la sintaxis intenta reflejar los estiramientos corporales del autor. Las onomatopeyas buscan reproducir los mil y un sonidos del cuerpo en el silencio de la nieve. Los breves textos situados al margen, en letra cursiva, que nos vamos encontrando a medida que avanza la lectura –como las antiguas glosas medievales–, simbolizan los descubrimientos, los cambios de perspectiva, las atalayas desde las que la mirada se adentra en un mundo cada vez más fascinante.

 

Los fines de semana no trabajaba. Los reservaba para excursiones más largas. Recuerdo sobre todo la que hice a Eischoll, un pueblo situado a 1200 metros de altura que se divisaba desde las ventanas de la Zentriegenhaus. Se llegaba hasta él en un teleférico. Allí la nieve era más densa, más abundante que en Rarogne, a orillas del Ródano. Llegaba un momento en que realmente no se podía continuar avanzando. Los carteles que señalaban las distintas direcciones de los senderos eran señuelos que dejaban un regusto de aflicción: no se podía ir más allá, se estaba obligado a no ver lo que escondía la montaña. Yo no sabía esquiar, como Chappaz. No estaba provisto de calzado ni vestimenta adecuados. No era un aventurero, sino un traductor que intentaba aproximarse al texto que traducía viviendo experiencias similares a las que allí se recogían. Podía serpentear entre las casas de madera, los graneros, las cuadras. Podía imaginarme las avalanchas que un pueblo como aquel sufría en primavera. Respiraba el silencio del impoluto cementerio lleno de grandes cruces de madera a los pies de la iglesia. No conversaba con la gente, que era amable pero arisca y por lo general permanecía en el interior de sus casas. También fui a otros lugares, algunos de ellos vinculados íntimamente a Chappaz: el bosque de Finges, fascinante escenario de encuentros y desencuentros; Geesch, al lado de Rarogne, donde Chappaz residió dos años después de la Segunda Guerra Mundial; Veyras, la comuna de Sierre donde a partir de 1958 residieron durante veinte años Chappaz y su mujer, la escritora S. Corinna Bille, y en cuyo cementerio está enterrada C., como la llama Chappaz en otro de sus libros mayores, Le Livre de C., escrito tras la muerte de su esposa. Traducir es una suerte sutil invasión de un mundo que no nos pertenece y que, con el paso del tiempo, se nos entrega para que, a través de nosotros, acabe formando parte de la vida de unos cuantos lectores.

 

Recuerdo que al cabo de un mes y medio de trabajo en las condiciones descritas –las mejores condiciones posibles– terminé la traducción de La Haute Route. Dediqué unos días a contrastar los pasajes más complejos con las traducciones de este libro al alemán y al italiano, debidas respectivamente a Pierre Imhasly y Maurizio Citran. La primera, más literaria y libre, me ayudó a desentrañar términos específicos del Valais y a resolver las endiabladas onomatopeyas. La segunda, más literal y ceñida al original, me fue útil para comprender mejor algunos pasajes de sintaxis compleja. Los traductores de un mismo libro a distintas lenguas formamos una especie de comunidad invisible cuyos miembros casi nunca se conocen entre sí a pesar de compartir un secreto, haber cruzado el mismo territorio pedregoso y fascinante y haberlo incorporado como parte de nuestras propias vidas.

 

Seis años después, en la primavera de 2019, volví al Valais. En esta ocasión, el proyecto que ganó la beca del cantón fue la traducción al español de Polenta, de Jean-Marc Lovay. Durante la estancia de 2013 había traducido algunos poemas de Lovay, había comprado algunos de sus libros e incluso, gracias a su editora, Marlyse Piétri, de la editorial Zoé, le escribí una carta a Lovay, que me contestó amablemente a las pocas semanas. Traía la traducción de Polenta empezada desde España, por lo que no creí conveniente marcarme un horario tan estricto como la vez anterior para traducir. Sin embargo, pronto me vi inserto en una inercia, en una especie de memoria involuntaria que me llevaba a traducir tres horas por la mañana y tres por la tarde. Una extraña compulsión me hizo traducir incluso los fines de semana. Me sentía absolutamente atrapado por el mundo de Polenta, un territorio claustrofóbico, obsesivo, de repeticiones rituales y conversaciones absurdas en medio del extraño triángulo formado por el narrador, Hector y la chiquilla, un mundo de psicosis, enfermedades y crímenes soñados que giraba en mi cabeza y que yo iba creando de nuevo mediante el teclado del ordenador. Los largos párrafos de la novela, cuyo sentido era muchas veces difícil de captar, pero que tenían la capacidad de envolver y seducir, como si en vez de una narración se tratara de un texto poético, exigían una dedicación continua, sin interrupciones. Creo que por eso, durante más de un mes, no descansé ni siquiera los fines de semana. Había caído en el pozo, en el estanque, en el laberinto de Polenta y, por muy asfixiante que fuera, sentía que mi misión entonces era reconstruir la novela en mi lengua materna.

Curiosamente, no encontré la dirección de Jean-Marc Lovay que años atrás me había facilitado Madame Piétri. No era posible, pues, consultarle nada al autor, al menos en esa fase inicial de la traducción que es la más compleja: como si se metieran las manos en la arcilla para formar una figura, pero la arcilla no tiene forma, o su forma es incierta, y nuestras manos son torpes, lo desconocen todo o casi todo de la figura que quieren construir. Cuando terminé ese primer borrador de la traducción, desde luego muy imperfecto, pasé a una segunda fase que consistió en releer párrafo a párrafo mi traducción para contrastarla, párrafo a párrafo, con el original. Tachar, añadir, restablecer, reconstruir, variar, pulir, y sobre todo tomar decisiones que, aunque no fueran definitivas, harían que la figura resultante de nuestro trabajo adquiriera ya un contorno inequívoco. Fueron varias semanas de trabajo minucioso. Seguía sin descansar los sábados y domingos. Por último, una vez completada esa segunda fase, pasé a la operación final: leer en alto, sólo en español, el texto de Polenta. Fueron tres días, mañana y tarde, en los que deambulaba por la casa con los folios impresos en la mano como quien ensaya un papel para una obra de teatro. De hecho, recitaba, buscaba el ritmo adecuado, procuraba olvidarme del original y encontrar el tono necesario para que ese mundo de cabañas, de nieve, de cereales, de búhos, de miedos, de deseos, de violencia, de pobreza, de inmovilidad y de infortunio quedara correctamente dicho en español. Es lo que podría llamarse la fase mística de la traducción: la fase en la que el texto, desprendido de su cuerpo original, vuela solo, como si levitara, adquiere una vida propia y se olvida del peso del origen.


Mientras tanto, cada tarde, hacia las ocho, daba un paseo por los alrededores de Rarogne y recordaba los lugares donde había estado seis años antes. La primavera me permitió explorar lo que el invierno sólo me había permitido presentir. Uno de los últimos días visité Pinsec, el pueblo del Val d’Anniviers donde Lovay escribió Polenta en 1973. Vi los animales y los chorros de agua, los letreros en las puertas de las casas y los graneros, toda la soledad, toda la desolación.


Estoy seguro de que en el futuro, en otra estación, volveré a Rarogne. Sé que allí todo está esperándolo a uno si uno sabe esperarlo en su corazón.


* La traducción de La Haute Route sería publicada con el título de La Alta Ruta por la editorial Periférica en 2018. Esta misma editorial publicará próximamente Polenta, de Jean-Marc Lovay.   

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