domingo, 21 de noviembre de 2010

HOSTAL LOS ALPES

Siempre me han gustado los cuartos de hostal. Fueron en algunas épocas moradas ocasionales desde las que salía a pasear por ciudades más o menos desconocidas. No tiene sentido ahora elaborar un recuento (la memoria no es un listado de instantes, sino más bien una amalgama en la que se superponen las distintas capas de lo que hemos ido viviendo). Ayer, después de mucho tiempo, acabé en un cuarto de hostal. No lo planeé, claro. Fue el resultado de una coincidencia sobrevenida durante la noche, de un encuentro que requería una prolongación más íntima, la demorada continuidad de una noche compartida aunque se sepa que tras ella llegarán el corte inevitable, la despedida, la separación (el viaje, en este caso), la intensidad del recuerdo que se enfrenta a la pérdida, la progresiva disolución de lo sentido esa noche, el desapego, el olvido. Pero mientras los cuerpos se devoran en la hoguera del deseo no piensan en nada, y mucho menos en despedidas, disoluciones u olvidos. El cuarto era pequeño, opresivo. No daba a la calle, sino a un patio interior que ni siquiera se veía, pues la única salida a él era un ventanuco situado a altura considerable sobre la cabecera de la cama. Esta era como cualquier cama de hostal barato: un lecho para descansar en el que no se descansa, no solo porque no se ha ido allí para descansar, sino porque a la hora de dormir los cuerpos se hunden en el colchón desvencijado, y en las vueltas que dan constantemente en busca de la mejor posición para el descanso se acaban topando enseguida con la pared o con el suelo. Así que la noche transcurre, tras las furiosas o tiernas embestidas, tras todos los encaramamientos y los roces, las cosquillas y los abrazos, las incorporaciones y las omisiones, las mordidas, las torsiones y los apuntalamientos, en un insomnio casi placentero, en el que los cuerpos, erizados el uno por el otro, se acoplan aplacados durante lo que queda de noche. Junto a esta pareja aparentemente idílica que parece dormir aunque no lo haga hay un lavabo, una bañera, una mesita de noche y un armario. Las ropas yacen junto a la cama. Un ventilador de techo combate el calor del cuarto, caldeado en exceso. Los pensamientos conforman en la mente una maraña de cuartos habitados una noche, cuartos que se parecen todos y en los que se ha dormido solo o acompañado (y no siempre fue lo mismo una cosa que otra). ¿Qué es el insomnio sino un modo de poblar la noche, de llenar su oscuridad y su vacío con imágenes que surgen de donde no se esperaba que aún quedara nada? ¿Y puede en esta vida desearse algo mejor que un insomnio como este, poblado por dentro y acompañado por fuera, en el que los recuerdos imprevistos se enredan con las caricias de un cuerpo dulce y hermoso a nuestro lado?

2 comentarios:

  1. A mi en cambio no me gustan los hostales, me dan casi miedo, serán las malas experiencias vividas en alguno de ellos. Prefiero algo más arriesgado.

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  2. En mi caso, es tal vez esa mezcla de protección y de riesgo, de refugio y de intemperie, de intimidad y de desamparo lo que me atrae de los hostales, sobre todo cuando uno acaba sin proponérselo en uno de ellos una noche... Gracias por tu lectura y tu comentario.

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