martes, 19 de marzo de 2019

UNA PREGUNTA CUYA RESPUESTA ES DESEO

Volviste a desear todo el deseo,
pero el deseo deseaba
no ser ya deseado.
Contra tales deseos, desear el deseo
era desear lo imposible,
era posibilitar lo indeseable.
Sólo cabía entonces desear que lo deseado
bajo el nuevo deseo
no fuera ya materia deseada,
o al menos materia deseada como entonces,
que resurgiera otra vez el deseado destello
que nos llevaba a desear lo indeseable.
Creció en ti de nuevo el deseo de ser
el más puro deseo en los ojos que clavaban
en los tuyos su impuro deseo formado de impaciencia.
Desear, desear, en un sentido estricto,
no era ya lo mismo que entonces deseabas:  
cuando el deseo no estaba carcomido por la huella
de un deseo anterior que te desconcertaba,
te convertía en un ser de deseo que serpenteaba
por la piel subvertida de cada cuerpo deseado
como si la vida fuera algo que pudiera dejar de desearse,
atrapabas miradas deseosas,
coleccionabas gestos del más candente deseo
que no se desdecían al tocarte: deseabas
ser por el deseo acariciado, subvertido,
convertirte en una cápsula de deseo portátil,
ser mucho más deseo, más deseo, más deseo,
todo el deseo del mundo
llovido sobre tu piel, la deseada
por todos, la que se hacía desear
porque sabía que el deseo
es una pregunta cuya respuesta es deseo.

sábado, 16 de marzo de 2019

LA ROUTE D'OROTAVA


Basta ahora con saborear la luz de una mañana, sin música alguna, sin la obligación de buscar, basta con dejarse columpiar por las alteraciones de la luz y de la sombra, con cruzar de una acera a otra y merodear por barrios de casas de juguete, hasta dar con una calle que parece desembocar en el azul caído del cielo, como en otro tiempo, cuando nos dejábamos ir detrás de cuerpos atractivos, seguíamos el hilo que nos conducía a un zaguán, frente a un espejo, o a un atajo, hasta un claro de luna, intentando recordar los vericuetos por donde nos conducían sin saberlo para no perdernos al volver, entonces todos los sueños estaban llenos de nombres, todos los nombres estaban llenos de sueños, me decía, y al final de esa calle, en un recodo que no parecía tener salida, aparecía un camino, en el interior de un rincón aparecía un camino a lo largo del cual todo se transformaba, dejábamos atrás la ciudad con sus ridículos escaparates, con sus terrazas de bricolaje en donde tomarse un barraquito se había vuelto un acto de lo más chic, y nos adentrábamos en el mundo de las cabras, convivíamos con los balidos –¿balan las cabras?– y los solares en donde iban a construirse bloques de edificios constituían los apriscos donde abandonados rebaños se fundían con la fragilidad, sí, esas cabras habían llegado hasta el borde mismo de la civilización, y los cabreros conducían ahora motocicletas relucientes, pero yo miraba hacia el círculo de las montañas y había luz allá arriba, esa luz me atravesaba las sienes y por la noche volvería a visitarme en forma de migraña, pues a diferencia de otras veces el valle estaba despejado, el volcán lanzaba al aire silenciosos manotazos de sombra, y en las tiendas las empleadas contaban los minutos para el momento del cierre, no veían la hora de que llegara la noche que las sumergiría en las sombras de la indefinición y del deseo, les tiraría de las trenzas como si las pescara con anzuelo en un río poco profundo, y serían el difuso cementerio de los más vívidos placeres, esas muchachas, esas empleadas, que a las tres de la mañana volverían –o no– a sus casas tras desactivar –o no– todos los intentos de abordaje del mundo de las sombras, volverían al borde, al lugar en el que la sal, la levadura y la luz hacen de nosotros lo que verdaderamente somos, astillas clavadas en la carne de los demás, duros maderos que ardemos en una combustión milenaria, aquí, aquí es donde los sueños han venido a exhibirse en los escaparates de las farmacias, el anillo del placer, la depravación del dolor, la fragancia de los geles y la hipersensibilidad de los condones hacen milagros, ¿por qué no se encuentra nunca el lugar exacto en el que nos perdimos?, ¿por qué perdemos siempre el lugar exacto en el que nos encontramos?, pues en otro tiempo, cuando perseguíamos, abrasados de deseo, los más hermosos cuerpos que nos salían al paso, no sabíamos adónde nos conducirían, se abrían ante nosotros todas las posibilidades y no era la luz lo que queríamos saborear, sino la piel, la piel tostada en el verano, la piel llena de sal recién emergida de un baño en las playas del atardecer, no como ahora, ahora que esas playas nos resultarían impracticables, incómodas, y preferimos el adocenado circuito de las tiendas y los bares, sentarnos en una terraza a saborear un té de frutas mientras los cuerpos pasan a nuestro alrededor despojados de cualquier talento para la incitación, impermeables y abstraídos en sus absurdos monólogos, exhaustos de vivir y encadenados a una lejanía que los aleja aún más de nuestra propia lejanía, tan distinta de la suya, una lejanía a flor de piel, la nuestra, por decirlo así, y acaso el sentido de nuestra divagación era permanecer allí en el centro de nuestra propia desaparición, sin más fundamentos que la inencontrada memoria en la que se escarba y se escarba, siempre en vano, pues no es sino lábil y perfectamente inútil enganchar caballos a carruajes desvencijados, lo mismo que, aunque los cimientos del edificio empezado a construir en el solar de las cabras no impida que crezcan las más bellas flores, tampoco las más bellas flores que crecen en el solar de las cabras ocultan los cimientos del edificio empezado a construir y abandonado por toda la eternidad, fue ese el incierto pensamiento que tuve al bajar hacia el centro de la ciudad, después de dar todo un rodeo y comprobar que en realidad, ya lo sabía, aunque no conseguí calmarme sino buscando el lugar que había aparecido en mis sueños de los dieciocho años, esos sueños que se repetían como si quisieran avisarme de algo, y es verdad que durante muchos años busqué ese lugar sin encontrarlo, creía saber el sitio donde estaba ubicado, pero cuando llegaba hasta allí no estaba, como si sólo en mi sueño volviera a aparecer, a pesar de estar seguro de que era bajando una calle precisa de aquella ciudad precisa donde se encontraba el edificio majestuoso que en mi sueño parecía simbolizar el inconsciente dentro del inconsciente, y era como un cuartel o un enorme colegio, un palacio o una cárcel, un museo o un seminario, un hospital o una universidad, cualquiera de esas cosas, y yo bajaba por aquella calle y me quedaba soñando dentro del sueño con mi vida en el interior de aquel imponente edificio sin identificar, y así durante años hasta que un día desapareció el sueño y apareció el edificio, un día lo encontré y luego volví a perderlo, pero saber que lo había encontrado era como haber conjurado un sueño, haber regresado al mundo de los vivos y tener la certeza de que todo puede perderse y encontrarse siempre que se lo sueñe y se lo pueda dejar de soñar.

sábado, 9 de marzo de 2019

EL CAMINO


Muchos años después, emprendí el mismo camino, el camino que no había podido terminar, pero desde el extremo contrario al de entonces. Esta vez, sin embargo, sabía que no iba a poderlo terminar, pues conocía su distancia y era consciente de que la noche caería como una losa sobre el cuerpo. Habían pasado casi veinte años y yo no había vuelto a acercarme por allí. Había evitado ir como si fuera un lugar maldito. Sabía que aquel camino se había convertido en una obsesión, en un malsano rasguño en la memoria. Desconocía lo que me había impedido entonces terminarlo, pues nada se había interpuesto entre el camino y yo: era algo extraño, una sensación que no sabría verbalizar, lo que, apenas a la media hora de empezar, me había hecho darme la vuelta. Sentía como si me vigilasen, pero no desde fuera de mí, sino desde dentro. Cuando veía una retama, había en su interior ojos que se confundían con los míos. Una tela de araña desprendía de su centro una irradiación que me cegaba como si colapsase mi entera capacidad de ver. Era acaso el sol, la caída a pico del sol sobre el cuerpo en medio del camino, lo que me había impedido continuar. O tal vez el volcán. Allá arriba, inmenso o, mejor, sin una dimensión cuantificable, tumultuoso y voraz, vertiginoso y terrible, el volcán amenazaba succionarme en cualquier momento, arrastrarme hasta sus laderas estriadas, izarme hasta su cráter blanquecino. En cada paso repercutía una vibración, cada paso sonaba como si no fuera exclusivamente en el camino donde se daba, sino en la piel del tiempo, una piel muy delgada y sensible, una costra formada sobre innumerables heridas que yo venía ahora a rasguñar con mis pisadas de senderista aficionado. Ahora, muchos años después, todo era distinto. No importaba gran cosa casi nada. El volcán estaba del otro lado, pues, como dije, había iniciado el sendero desde el extremo contrario. Desde ese otro lado, ahora, el volcán no parecía ya una amenaza. Seguía siendo inmenso, sí, no había cambiado ni un ápice desde entonces, y sentía su tiempo geológico superponerse al mío biológico como una ola que arrastra un grano de arena hasta el interior del océano, pero, a diferencia de entonces, esa succión, esa capacidad infinita para subsumirme en el tiempo del volcán no me turbaba, al contrario: era un alivio, me sentía ligero a su lado, como un niño que correteara a los pies de un gigante benévolo. Otra, muy otra era ahora la amenaza: procedía de entonces, de la presencia en mi memoria de aquel otro camino, que era el mismo, pero intacto, no pisado todavía, no conocido como lo era este de ahora, aunque lo hubiera abordado desde el extremo contrario. En filigrana, bajo el camino que había empezado a recorrer, se transparentaba el camino de entonces, con la impotencia de entonces, con los murmullos de entonces susurrándome que no debía seguir. A mi alrededor iba agolpándose la tarde y lo que había sido bendecido por la gracia de una luz prístina, dorada, caía en manos de la sombra con la facilidad con que se apaga en un castillo el tumulto de las antorchas: roque a roque, cresta a cresta, planicie a planicie, los lugares iban perdiéndose en la intangible penumbra, y la luz se retiraba al extremo del castillo, a un borde o línea de demarcación entre lo visible y lo invisible, y se convertía en una rosa frágil, en un balbuceo rosáceo. Llegaba un momento en que no se sabía si de aquel borde procedía la luz que quedaba o si era allí donde se derramaba la luz final para morir. El camino se había transformado ya hacía rato en la imposibilidad del camino. Por mucho tiempo que hubiera dejado pasar, estaba maldito. Nunca lo recorrería por completo. No eran sino cuatro kilómetros y medio, pero entre su principio y su fin, que eran intercambiables, se interponía la putrefacción de la memoria, la lepra del recuerdo. Había, de hecho, en sus inmediaciones, un antiguo y poco conocido sanatorio donde en otro tiempo llevaban a enfermos desahuciados. Cuando salió a mi encuentro, de improviso, me pregunté si sería parte de la maldición del camino, si esos cubículos abandonados serían algo más que la proyección de mi propia calamidad. Supe que nunca volvería a transitar por allí. Había intentado recorrer el camino en dos momentos distintos de mi vida. Sus sinuosidades, las pavorosas figuras que se iban mostrando a medida que avanzaba, bloques rizomáticos con los que el viento jugaba desde hacía milenios, paredes de piel de cocodrilo, farallones de lava o máscaras funerarias, quedarían para siempre contraídas en la imposibilidad de recorrerlo. El camino, todo él, quedaría, de hecho, convertido en un vertiginoso bucle del que yo no saldría jamás y al que tampoco podría entrar nunca. Poco antes de volver, como si fuera a quedarme en una de las celdas del antiguo sanatorio, miré por la ventana y vi que lo habían dispuesto todo para la cena. Una cena de retama cocida, arena gratinada y viento al pilpil en salsa de eternidad.    

martes, 5 de marzo de 2019

RECUERDOS CON MI MADRE EN OFICINAS A ORILLAS DEL TIEMPO


Debía de ser en períodos de vacaciones, navidades o semana santa, pero no en verano, pues los veranos solíamos pasarlos en el sur. En esos recuerdos vinculados a oficinas, a trámites, a montes de piedad, en los que acompaño a mi madre, yo soy muy pequeño y a veces miro desde abajo un mostrador al que se asoma la cara de un señor con bigote. Mi madre lleva un bolso del que saca unos papeles, intercambia unas palabras amables con el empleado, entrega unos documentos o empeña algún objeto, quizá de mi abuela, un reloj, una cadena, o deposita una cantidad para recuperarlo, y entonces yo veo su sonrisa de perfil, le oigo dar las gracias, dejo atrás para siempre esa oficina donde el colgante o la pulsera de mi abuela estuvieron retenidos durante no sé cuánto tiempo.


Hay muchos recuerdos como ese. Siempre estamos solos mi madre y yo. Hemos tenido que atravesar la ciudad, callejear por barrios que no son los habituales, adentrarnos en alguna galería, preguntarle a un portero, subir uno o dos pisos de escaleras –a veces recuerdo incluso el tacto del pasamanos de madera, liso, algo frío– hasta llegar, al final de un pasillo, a una oficina muy estrecha en la que nunca hay nadie y parecemos los únicos clientes esa mañana. El empleado sale de una habitación que no vemos al llegar, pero no inmediatamente: nos hace esperar durante unos minutos delante del mostrador, pero sabemos que está allí dentro por el sonido de una conversación telefónica, o por el de una máquina de escribir tecleada con paciencia. Cuando sale a recibirnos, el empleado, tímido, esboza una sonrisa que no parece demasiado auténtica, y sus ojeras denotan falta de descanso, un trabajo abrumador para una sola persona, las coacciones de un jefe que no acude a diario pero que, cuando lo hace, exige mucho más de lo que el empleado puede acometer por sí solo. Mi madre intuye todo esto, pero yo sólo intuyo la intuición de mi madre. Somos en ese instante una posibilidad de conversación, aunque la timidez del empleado y la acumulación del trabajo lo obliguen a resolver con la mayor premura el trámite, a encerrarse de nuevo en la oficina contigua y despedirnos con otra sonrisa que, esta vez, parece ensombrecida por un toque de melancolía. La soledad volverá a succionarlo mientras nosotros bajamos las escaleras, salimos a la calle y nos vamos a una cafetería a tomarnos un jugo de naranja. En el bolso de mi madre faltan ahora unos papeles o, con suerte, hay un reloj que pudo rescatarse de la casa de empeños, pero el jugo de naranja hace que lo olvidemos todo, la oficina, el empleado, los trámites, la soledad. Para mí, en esos momentos, acompañar a mi madre a resolver unos asuntos que no entiendo es como bañarme en un mar de olas muy suaves por las que puedo dejarme transportar hasta una orilla mullida.


Recuerdo, especialmente, una de esas visitas. Debía de tener yo seis o siete años, pues el bolso de mi madre y mi cabeza están a la misma altura frente al mostrador de la oficina. Hay un sofá a la derecha, pero yo prefiero permanecer de pie, miro con avidez una cristalera –lo estoy recordando ahora– que da a la calle y por la que entra mucha luz, aunque los muebles oscuros de la oficina, el tono viscoso de la voz del empleado, que parece contrariado, e incluso la parte del mostrador, demasiado alto, que me impide ver la cristalera completa, sustraen gran parte de la luz que entra del exterior. El recuerdo es más intenso que el de otras ocasiones. Puede deberse a que era más importante lo que mi madre debía resolver allí, acaso yo la había notado nerviosa por el camino, más preocupada que de costumbre por las complicaciones administrativas. Me transmite, lo percibo, cierto desasosiego y, mientras conversa con el empleado a quien apenas le veo la cara, me escurro por un lado del mostrador para contemplar la oficina, las mesas, los archivadores, los tinteros, el papel secante, las perforadoras, los calendarios, la radio, que a esa hora debía de sonar baja, todo un mundo nuevo para mí en el que siento que, durante un tiempo incalculable, mi madre está atrapada sin saber bien por qué. La conversación se demora más que otras veces. No hay la cordialidad habitual, sino una seca negociación en la que ninguna de las dos partes parece querer ceder. El ventanal sumerge la oficina en una luz que la hace flotar fuera del tiempo. Alguna vez ha regresado a mí en sueños esa imagen y la he ubicado en otra ciudad, en otro país, en algún lugar del cono sur en el que mi madre y yo somos emigrantes de primera generación y los empleados, de segunda o de tercera. El proceso llega en algún momento a su fin. Mi madre consigue que su demanda sea atendida o que le sea devuelta la pieza empeñada, o acaso simplemente poder recoger un envío con recargo de aduana, cualquiera de esos trámites que en esta ciudad, hace cuarenta años, debían de resultar especialmente tediosos. El bolso de mi madre está de nuevo junto a mi cabeza. Sé que guarda en él algo valioso. Me tranquilizo. Vamos a salir de aquí triunfantes. Sospecho que nunca más tendremos que volver. Tengo la sensación de que ese lugar ha estado a punto de engullirnos como una espiral y propulsarnos a una dimensión paralela del tiempo. Por suerte, mi madre se despide del empleado gris, me toma de la mano, bajamos en silencio la escalera y, cuando estamos en la calle, hemos regresado a la realidad, somos quienes somos, madre e hijo sonrientes, y nos espera un delicioso jugo de naranja.

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