lunes, 30 de septiembre de 2019

SOPLO DE VIDA, SOPLO DE ESCRITURA: SOBRE NILO PALENZUELA


Todo verdadero vivir es un despojamiento. Reconocer en cada momento en qué ficción hemos creído con tanta pasión, al tiempo que observamos el paisaje al que dimos el soplo de la vida. Empiezo con estas palabras del propio Nilo Palenzuela. Se trata de uno de los primeros fragmentos de su libro Parada para salir al campo. Uno de esos libros seminales que, hace unos quince años, iluminaron a quien les habla. Seminal porque alumbraba un territorio fronterizo entre el pensamiento, la narración y la poesía. Seminal porque en cada fragmento podía uno detenerse, pararse, para salir desde él a una realidad abierta, más allá de las palabras, ese campo al que, según el refrán, no se le pueden poner puertas, pero al que Nilo Palenzuela le ponía puertas constantemente: pero puertas abiertas, puertas movedizas, puertas giratorias –nada que ver con el burdo sentido que a esta modalidad de puertas se le ha dado en los tiempos corruptos que vivimos. Se paraba uno allí y se quedaba pensando que era posible escribir de otro modo, que escribir no era únicamente escribir ensayos, poemas, cuentos, reseñas. Que había un territorio de lo indefinible, una escritura de la explosión, libros que se escribían para abrir perspectivas insólitas. Todo verdadero vivir es un despojamiento, nos dice. Parece una frase atribuible a un místico. Ya entonces la asocié con otra, también importante en mi memoria de lector, que sugería que borrarse era un modo de resplandecer. Quien así hablaba, l'effacement soit ma façon de resplendir, no era un místico, sino un poeta contemporáneo, alguien, de hecho, muy alejado de la mística, el suizo Philippe Jaccottet, que escribía, y sigue escribiendo, para borrarse y, mediante esa autodestrucción, resplandecer. Pero el fragmento de Para para salir al campo continúa: Reconocer en cada momento en qué ficción hemos creído con tanta pasión, al tiempo que observamos el paisaje al que dimos el soplo de la vida. Parece fácil comprenderlo, pero no lo es. Es más, como ocurre con ese libro, y diría incluso que con buena parte de la escritura de nuestro invitado de hoy, no hay en ella nunca un mapa que nos permita orientarnos y muchas veces se duda de si se ha llegado a entender lo que se lee. Pues lo que se nos ofrece se ramifica, explosiona, se transforma siempre en otra cosa. La vida, leemos, la vida verdadera –pues ya sabemos, desde Rimbaud, que hay otras que no lo son– es, además de un despojamiento, un reconocimiento, es decir, una toma de conciencia. La toma de conciencia de la ficción en la que hemos creído con pasión, es decir, aquel cuadro, aquel poema, aquel sueño, aquella imagen, aquel recuerdo a los que nos hemos entregado como se entregan los amantes sin pensar en las consecuencias. Reconocer, entiendo, que tales objetos del deseo eran ficcionales, pero que la pasión los convirtió en otra cosa, en verdad propia, en pertenencia íntima, pues el fragmento termina diciendo que esa toma de conciencia será simultánea a una observación: la del paisaje al que dimos el soplo de la vida. Y aquí es donde comienzan las dificultades, pues no estamos seguros de que ese paisaje coincida con la ficción en la que creímos, y tampoco está claro que la vida verdadera pueda ser generada por el soplo de vida que a la ficción le insuflamos. Si no lo he entendido mal, la observación, el reconocimiento, simultáneo de ella, y el despojamiento que a ambos se suma para conformar el verdadero vivir, son tres momentos o tres caras de una misma apuesta: la de la vida que, sin dejar de observarse y reconocerse, se destruye a sí misma en la ficción para volverse auténtica.

Sólo escribe el que no sirve para otra cosa, dice más adelante Nilo Palenzuela en este mismo libro, Parada para salir al campo. Fustigarse como escritor recordando que escribir es la marca de un fracaso, la conciencia de una imposibilidad, es la verdadera revuelta que caracteriza toda escritura auténtica. Ese que no sirve para otra cosa y que, por lo tanto, se ha contagiado del virus de lo inservible, de lo inútil, encuentra en el territorio clandestino de la literatura, en el revés del lenguaje, todo un mundo fascinante en el que nada es como parece ni como le enseñaron que era. Su misión, a partir de entonces, será dar testimonio de la ruina que es su propia vida, y de las alhajas que, en medio de esa ruina, va encontrando a medida que la recorre. Una mirada amorosa lo mantiene pegado al suelo, como si buscara, pero sin buscar, pues lo único que hace es recoger los aldabonazos, las llamaradas, las quemaduras de lo que fue.

Este nuevo párrafo debía empezar con una cita de Cámara oscura, el libro que Nilo Palenzuela escribió a partir de sus conversaciones con el fotógrafo Carlos Schwartz y que constituye lo más cercano a la escritura narrativa, al relato, que nuestro invitado haya escrito hasta ahora. Son 26 fragmentos de una especie de antinovela que dialogan con 53 fotografías de Schwartz. Debía empezar con una cita de ese libro que leí con asombro hace unos años, pero, como no lo encuentro en mi biblioteca, renunciaré a la cita y tiraré de memoria. Es cosa seria lo de los libros que desaparecen, como si tuvieran vida propia. Bien es verdad que el título tampoco ayuda a encontrarlo: Cámara oscura. Sumergirse en las entretelas de la propia vida, o de la vida compartida con los amigos, o de la vida compartida con los autores que nos iluminan, y tirar de un hilo que nos conduce a lo imprevisto. No doy el libro por perdido: yo mismo tendré que sumergirme en mi biblioteca porque seguro que hay algún otro –estas cosas ocurren– que, creyéndose más importante, lo tapa con su orondo lomo de libro tocapelotas. Hagan limpieza en sus bibliotecas, pues estas cosas ocurren.

(Nota de hace una hora: el libro apareció, alabado sea. Estaba entre dos catálogos. Lo peor que puede ocurrirle a un libro. Los catálogos a veces son como los ataúdes: encierran a los libros y los sumen en la negrura. Vaya por detrás la cita, que es lo que importa: Prefiero escribir cartas a las golondrinas que inmolarme. No nací para. No nací para andar quieto. Ni para estar oyendo ruidos de rapaces diabólicas en el interior de la habitación negra. Dirás lo que dirás, verás lo que verás, pero ahí, entre los dedos tienes la piel del mundo en su fatiga.)

Pero… continuemos. Y citemos, una vez más: De escribir, hacerlo a carne viva. Se escribe para vivir, como se miente para sobrevivir, o se roba, o se ama. Hay un punto donde el verdadero escritor deja finalmente de jugar a las ficciones y a las desapariciones. Abandona el gran juego y comprende que sólo algunas cosas merecen las manchas de algunas palabras. Qué miseria la del escritor con su mundo siempre a cuestas, sin ser capaz de lanzarlo alguna vez al infierno. Pasajes y partidas, el libro del que tomo esta cita, se publica como un conjunto de ensayos, pero en realidad puede leerse como una colección de aforismos, de relatos sin historia, de poemas en prosa, de crónicas escritas en países imaginarios. Recuerda a Parada para salir al campo, pero está escrito con mayor desinhibición y más sentido del humor. Nilo Palenzuela muestra aquí una mano prodigiosa para enhebrar visiones, lecturas, contemplaciones de obras de arte, vivencias, con las más diversas reflexiones sobre el tiempo y nuestra laberíntica condición, sobre utopías desfondadas y amaneceres que revolotean cada día con nueva luz, como si el tiempo se reinventara con el paso del tiempo. Lo que asombra en este libro es cómo un tesoro tan deslumbrante de conocimientos puede verterse en unas páginas de un modo tan chispeante, tan poco ceremonioso, y al mismo tiempo tan enriquecedor, tan entrañable. 

Es importante escribir poemas con muchos años / porque ya sabes lo inútil que es escribir poemas. Estos dos versos pertenecen a uno de los poemarios más sorprendentes que conozco entre los escritos en español en las últimas décadas. Un libro, La hoja seca, que Nilo Palenzuela publicó en 2014, pero que recoge poemas escritos durante muchos años y con muchos años. Algunos de estos poemas se publicaron en una bellísima edición de la Escuela de Arte de Mérida junto a unas acuarelas del artista José Herrera. Hay quienes se creen poetas y lo único que hacen es rendir sacrificios ante altares de dioses vacíos. Y hay quienes no se creen poetas y, casi sin darse cuenta, tocan con unas pocas palabras el milagro de la vida. Es posible que todos tengamos en mente ejemplos de lo uno y de lo otro. Si digo que La hoja seca es un libro sorprendente es porque es difícil encontrar un conjunto de poemas concebido con tal grado de libertad, de frescura, de despreocupación. La escritura es aquí un juego casi primitivo. Podemos reírnos, recordar, reflexionar, amar, viajar, navegar o padecer entre las páginas de este libro, cualquier cosa imaginable, pues está concebido como un espacio de libertad y de encuentros singulares. Su arquitectura está llena de pasadizos y jardines, con árboles e islas que no son nunca los esperados, besos que nos enseñan a besar de otra manera y vértigos que son despojamientos o caídas en los lugares misteriosos del origen. Nada de lo que sabemos sobre poesía sirve aquí como guía de navegación. Es quizá en este libro donde mejor se cumple lo que Nilo Palenzuela denominó, en un hermoso proyecto que codirigió hace unos años con Orlando Britto Jinorio, horizontes insulares. Como esas palomas mensajeras que Nilo conoce tan bien por su pasión colombófila, asistimos aquí como a vista de pájaro a una deriva a través de islas de todo tipo, llenas de animales majestuosos o ínfimos, en las que el amor, la pasión, la nostalgia o la incertidumbre son parte del paisaje, encarnaciones de la materia insular. Lo único que se nos exige en esta travesía es una mente libre de prejuicios, una pizca –o un fisco– de socarronería y algo de tiempo para leer a solas –y al sol– al encuentro de los demás.

Junto al avestruz somos unos dichosos enanos. Entramos ya, con esta cita del libro Animales impuros, en la parte final de esta presentación que se me está haciendo ya demasiado larga. Bestiario de seres reales e imaginarios, de animales o presencias cotidianas que nos los recuerdan, el libro puede leerse como un inventario de imágenes y obsesiones, de encuentros y pasajes, un conjunto de metamorfosis posmodernas capaces de aunar los parapentes con los avestruces, los televisores con los pájaros de Hitchcock –y fíjese cómo unos animales no se entienden sin los otros– o las arañas obsesivas de la infancia con la pintada por el simbolista Odilon Redon. Ahora que se nos acaba de marchar Francisco Toledo, el gran pintor mexicano sobre quien Nilo Palenzuela ha escrito sugerentes ensayos, cabe preguntarse si, en definitiva, escribir –o pintar– no tiene sobre todo que ver con el deseo o la necesidad de mantener vivos los lazos invisibles que nos unen con el mundo del subsuelo, del subsuelo físico, ese subterráneo flujo que nos sigue alimentando, y del subsuelo mental, en el que nos reencontramos, muchos años después, con nuestros antepasados, con nuestros miedos y obsesiones, los mismos que, conjurados por la escritura, se convierten en presencias acaso salvíficas o quizá aún perturbadoras, pero en cualquier caso vivas, vivas como la herida en la cicatriz, como la nervadura en la hoja y como la pléyade de amores y deseos detrás de la ventana, detrás de la desierta claridad de una lámpara.

* Palabras leídas el 20 de septiembre de 2019 en el Ateneo de La Laguna para presentar la lectura de Nilo Palenzuela dentro del ciclo 'Mapas provisionales'.

  

domingo, 22 de septiembre de 2019

FESTIVAL DE LITERATURA DE COPENHAGUE


Muy feliz de participar por primera vez en el Festival de Literatura de Copenhague. Comparto aquí el programa. Allí estaré entre el 25 y el 28 de este mes.

jueves, 5 de septiembre de 2019

EL HOMBRE QUE VIVE EN LOS BARRANCOS


El hombre que vive en los barrancos, cuando sale, acaso porque tiene hambre o porque tiene ganas de fumar, llega a las primeras estribaciones de la ciudad y las contempla como si hubiera sufrido una alucinación, como si hubiera consumido raíces venenosas, algo parecido al múerdago o a la belladona. El hombre que vive en los barrancos porta una barba de cañones gruesos, difíciles de afeitar, y viste un pantalón sucio y una chaqueta de chándal descolorida, de esas que se encuentran en los vertederos cercanos a los clubes deportivos. Ese hombre atraviesa la primera calle que se encuentra, tambaleándose, y en la esquina le pide a alguien un cigarrillo que continúa fumándose cuando regresa a los barrancos. Habla solo y suspira como si su vida estuviera marcada por el agobio o la desesperación. Se sienta a veces a la entrada de un supermercado y, mientras expulsa el humo compulsivamente, mira con ojos desplomados a los clientes que entran y salen. El hombre que vive en los barrancos nunca compra comida, pues se alimenta de la caridad o de las sobras, y a veces, cuando tiene suerte, de algún animal muerto que encuentra en los cauces secos: conejos, lagartijas, ratas, palomas. Ha adaptado su dieta a su hábitat y también es capaz de alimentarse de distintas clases de bayas y frutos que crecen en árboles dispersos por las laderas y en los cauces. Al hombre que vive en los barrancos no se le conoce más actividad que la de recorrer los cauces en busca de alimento o de algún cachivache perdido que pueda utilizar para trocarlo por comida o cigarrillos. El hombre que vive en los barrancos debe de tener un nombre, una familia, pero nadie lo llama por su nombre y para la poca gente con la que trata de vez en cuando en los intercambios de cigarrillos o comida es una especie de expósito: como si no tuviera padres y como si fuera el barranco, uno de los tantos barrancos que rodean la ciudad, quien lo hubiera engendrado. No se sabe si recuerda algún tipo de vida anterior a la que lleva ahora, pero lo cierto es que nunca habla del pasado y si alguien le pregunta por algún acontecimiento de su vida anterior afirma no recordarlo, asegura que su memoria se remonta a los barrancos y que cree haber vivido en ellos desde siempre. El hombre que vive en los barrancos no ha olvidado la lengua con la que se comunica con los habitantes de la ciudad, pero el vocabulario que emplea es el mínimo imprescindible. En los días, semanas, que pasa solo deambulando por las laderas y los cauces, entre formaciones rocosas o desfiladeros, no se tropieza con nadie y su pensamiento ha ido desprendiéndose de los moldes verbales para acercarse a una especie de interacción inmediata con el mundo. Piensa más a través de imágenes que a través de palabras. Cuando siente ganas de fumar, ve con la mente la forma de un cigarrillo, siente el olor del tabaco, paladea de antemano el sabor del humo que le recorre la garganta y sólo recurre a la palabra cigarrillo cuando es absolutamente imprescindible. De resto, pasa sus días en una mudez visionaria, nutriéndose de animales en descomposición y plantas alucinógenas que, mezclados en su estómago desacostumbrado a cualquier refinamiento, le producen la sensación de flotar entre los arbustos, caer suavemente de las laderas a los cauces, remontar como un cernícalo hasta los roques más elevados y rodar como una piedra por los desfiladeros abajo. A veces ha estado a punto de matarse sin saberlo. Para él no era más que un viaje, una levitación, un desprendimiento placentero, pero lo cierto es que ha sufrido caídas que han estado a punto de acabar con él. En esas ocasiones ha aparecido ensangrentado por los alrededores del club náutico y entonces el portero lo ha llevado a un pequeño cuarto donde, con la ayuda de un botiquín, le ha limpiado sin muchos miramientos las heridas antes de pedirle que se vuelva por donde vino. El hombre que vive en los barrancos no ha estado nunca con una mujer. A las que ha visto de lejos, en los caseríos de las montañas, las ha saludado a veces, pero ellas nunca bajan hasta el barranco y casi siempre van acompañadas de sus maridos. Con las mujeres de la ciudad no habla, salvo alguna rara vez en que una clienta del supermercado le ha preguntado algo. El perfume que desprenden, la limpieza que denota su piel tersa y cuidada lo trastornan, lo desequilibran, y prefiere retirarse hasta donde encuentra a algún hombre al que pedirle un cigarrillo. Para el hombre que vive en los barrancos el tiempo que pasa en la ciudad no tiene la misma realidad que el que pasa en los cauces o laderas. Vive, por tanto, no sólo en dos realidades espaciales diferenciadas, sino en dos dimensiones temporales distintas y separadas. En los barrancos el tiempo es fluido, lo mismo que los cauces se prolongan desde las montañas hasta el mar e incluso, cuando llueve, llevan agua en abundancia y se convierten en ríos. En la ciudad el tiempo es sólido, se divide en compartimentos estancos: la entrada, la espera en el supermercado, la petición de cigarrillos, el regreso. El hombre que vive en los barrancos nunca aprendió que el ser humano fuera algo distinto del lugar donde vive. Por eso, cada vez que abandona los barrancos, sufre.  

martes, 3 de septiembre de 2019

EL BORDILLO


En el último paseo que dio –el último hasta ese día o el último en sentido definitivo: eso está por saberse– trazó un imprevisible mapa que sólo le serviría, si acaso, para un siguiente paseo, si llegaba a producirse. Ese mapa representaba sus vaivenes por unas calles que nunca se habían combinado en sus paseos de aquella exacta e inintercambiable manera. Las calles habían sufrido muchas combinaciones, cientos, miles de combinaciones, azarosas o no, en los paseos que había dado hasta entonces. Habitualmente dejaba que sus pies caminaran solos, como culebrillas retozantes, en un ejercicio de autonomía y desprendimiento de su condición individual y consciente, de la impronta cerebral que casi siempre gobernaba su trato con el cuerpo y, por ende, con el mundo fuera de su cuerpo por el que este transitaba. Dejar que los pies caminaran solos no era, por tanto, un temerario ejercicio de irresponsabilidad, ni tampoco un alarde de libertad exacerbada: era únicamente una forma de huir, un modo de escapar de su penosa condición de individuo consciente. Si llegó a elevar a la categoría de mapa –mental, imaginario– el recorrido que había dado en aquel último paseo, fue porque le pareció haber encontrado en él un atisbo de extrañeza, un matiz que lo hacía distinto de otros recorridos igualmente aleatorios. Había llegado a un lugar en el que parecían concentrarse y anularse todos los demás recorridos. Era un punto de fricción entre el espacio y el tiempo. En ese preciso lugar al que había llegado –y lo curioso es que había pasado otras veces por allí, pero sin detenerse a considerar la importancia que aquel punto adquirió entonces para él– el espacio se arrugaba tanto que parecía estarse dejando comprimir por el tiempo. Se abrían grietas allí por las que la materia se convertía en un caleidoscopio que permitía asomarse a la multiplicación de los tiempos. Grietas físicas y grietas temporales. Pasar por allí no le había costado ningún esfuerzo, y tampoco se había detenido demasiado en aquel lugar: lo había rebasado tras titubear unos segundos, pero parecía que esos segundos hubieran bastado para ampliar de forma incalculable no sólo el tiempo que había permanecido allí sino las dimensiones mismas del lugar. Lo extraño es que se trataba de un bordillo. De un simple bordillo de acera hecho de asfalto y de cemento. Uno de esos límites que separan la calzada de la acera y que basta levantar un pie para franquear. Es verdad que había algo especial en aquel bordillo, y quizá eso tenía que ver con lo que le pareció sentir allí en relación con él: se trataba de una esquina. Era el bordillo de una acera en el cruce entre dos calles. La forma redondeada de ese bordillo intersectal, y el hecho de que las raíces de un árbol cercano hubieran formado bultos y oquedades en el cemento, daba a aquel lugar una especie de obstinación, una cierta soledad, casi un desamparo que permitían identificarse con él, verlo como el resto de una ciudad que ya no existía y a la vez como el último indicador de la decadencia de todo. Ese pequeño límite, ese lugar en el que nadie se fijaba pero que tantos pies debían de pisar cada día para pasar de una acera a la otra, de la calle a la acera y viceversa, parecía estar esperando una discreta redención. Lo que había más allá de ese bordillo era la absoluta dispersión, la desorientación, el sinsentido de una ciudad mal construida, de una vida difícilmente gestionada, la decadencia final, la disolución, el caos. Detenerse allí, por lo tanto, aunque no fuera más que unos segundos, y sentir alrededor los árboles como dadores de una vida más plena, las terrazas como centros de intercambio de ideas, el puerto como entrada y salida de viajeros, las escaleras de un edificio como el acceso a un mundo de intimidades y secretos, no era una acción del todo banal y no lo era, sobre todo, porque él no había decidido detenerse allí esos segundos. Dejaba que sus pies corretearan por la ciudad para huir de sí mismos y se encontraba con que sus pies habían querido detenerse un instante para huir de la huida. En las grietas por las que supuraba la resina que los árboles habían infiltrado desde hacía muchos años en el asfalto él veía una señal de que el tiempo se seguía contorsionando, aunque el contorsionista cada vez ostentara menos gracia y menos flexibilidad. La ciudad seguía siendo un lugar en el que perderse, aunque parecía que ya únicamente los bordillos, los bordillos que hacían esquina, sombreados por algunos árboles, constituyeran los lugares donde guarecerse de uno mismo. Así, en aquel último paseo –no se llegó a saber si era el último de ese día o el último en sentido definitivo– supo que el mapa que había trazado le serviría para futuros paseos hipotéticos, incluso serviría para futuros paseos que otros, quizá menos huidizos que él, darían hipotéticamente por una ciudad que iba desapareciendo. Supo que atenerse a ese mapa era la única manera de perderse definitivamente. Y que hacerlo era su única oportunidad de escapar.  

domingo, 1 de septiembre de 2019

LEYENDO "LA NUEVA NOVELA", DE JUAN LUIS MARTÍNEZ


a) Cuando me apoyo en el cristal de la ventana de mi cuarto a leer una página de La nueva novela de Juan Luis Martínez, un día del final del verano, habiéndome quitado la camisa por el calor que sofoca estos días la ciudad, sé que, desde una ventana del edificio de enfrente, otro poeta, joven, cuyo nombre no coincide con el mío ni con el de Juan Luis Martínez, puede ver mi espalda llena de lunares, mis hombros decaídos, pero no el libro que leo, la página concreta de La nueva novela que tengo abierta entre las manos, puede ver cómo apoyo la piel desnuda de mi espalda sobre el cristal de la ventana, puede ver las manos, al final de los brazos, en actitud de sujetar alguna cosa parecida a un libro, pero no puede confirmar si se trata de un libro, de qué libro se trata o qué página de ese libro tengo abierta entre las manos.

b) Cuando me apoyo en el cristal de la ventana de mi cuarto a leer una página de La nueva novela de Juan Luis Martínez, un día del final del verano, puedo imaginar, mientras la leo, que un joven poeta cuyo nombre no coincide con el mío ni con el de Juan Luis Martínez apoya, tras quitarse la camisa por el calor que sofoca estos días la ciudad, su espalda sobre el cristal de la ventana de su cuarto del edificio de enfrente mientras lee una página de La nueva novela de Juan Luis Martínez, puedo imaginar su espalda sin lunares, sus hombros espigados, pero no la página concreta del libro que lee y, aunque también puedo imaginar que lo que tiene entre las manos es un libro y que ese libro es La nueva novela de Juan Luis Martínez, no podría confirmar, ni aun dándome la vuelta y mirando a través del cristal de la ventana, que se trata de ese libro y tampoco podría saber qué página concreta está leyendo el joven poeta cuyo nombre no coincide con el mío ni con el de Juan Luis Martínez.

c) Cuando me apoyo en el cristal de la ventana de mi cuarto a leer una página de La nueva novela de Juan Luis Martínez, un día del final del verano, habiéndome quitado la camisa por el calor que sofoca estos días la ciudad, imagino que otro poeta, joven, cuyo nombre no coincide con el mío ni con el de Juan Luis Martínez, ha terminado la lectura de La nueva novela y está recostado en su cama, sin camisa, en un piso del edificio de enfrente, pensando en mi espalda llena de lunares y en mis hombros decaídos, y al final de los brazos mis manos, que parecen estar en actitud de sujetar un libro, pero no estoy seguro de que él pueda saber si realmente es un libro lo que sujeto entre las manos, de qué libro se trata ni por cuál de sus páginas lo tengo abierto mientras lo leo, aunque pueda imaginar que sabe que se trata de La nueva novela de Juan Luis Martínez. 

d) Cuando me apoyo en el cristal de la ventana de mi cuarto a leer una página de La nueva novela de Juan Luis Martínez, un día del final del verano, habiéndome quitado la camisa por el calor que sofoca estos días la ciudad, sé que estoy leyendo la última página de La nueva novela mientras imagino que en un piso del edificio de enfrente un joven poeta cuyo nombre no coincide con el mío ni con el de Juan Luis Martínez se dispone a leer otra vez La nueva novela una vez que se ha quitado la camisa por el calor que estos días sofoca la ciudad y, aunque no tengo manera de estar seguro de que ese libro sea La nueva novela, me dan ganas de volverme para intentar confirmar que su espalda carece de lunares, que tiene los hombros espigados y que al final de sus brazos unas manos sujetan un libro que, con un poco de suerte y si todo lo que sobre el tiempo y el espacio dice Juan Luis Martínez es cierto, tendría que ser exactamente el mismo ejemplar de La nueva novela que yo acabo de terminar y tengo todavía sujeto entre las manos.  

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