lunes, 31 de diciembre de 2012

¿QUÉ PLAYA?


        A José Carlos Cataño

A qué playa llegar
desde otro sueño
y para qué
si ya sé que no has ido por la costa
bordeando las risas de los tarajales
para ir a dar al roque
que encandila el perfil
de las gaviotas
cuando brilla en el centro
de la entraña del día,
a ese roque que luego desemboca,
por caminos que son,
bien que lo sabes,
para mí inaccesibles por el vértigo,
en esa playa,
¿qué playa?,
la que tuvo otro nombre en nuestras bocas
y ahora dudo si existe.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

PRESENTACIÓN DE MI POESÍA REUNIDA


(Si se pincha sobre la tarjeta de presentación se verá ampliado y podrá estudiarse con cierto detalle el prolijo y meritorio currículum de este autor, así como las canas que pueblan su barba y que, iluso, creyó poder disimular con el rictus de pasmo socarrón con que se acerca al micrófono en una instantánea más que mejorable. Presentarán el acto dos de los mejores maestros de ceremonias imaginables. Ninguno de ellos ha sido nunca acusado del delito de aburrir a un público. Prometen no citar a Valéry, a Eliot o a Benjamin. Se sospecha que el autor leerá, además de algunos de sus poemas adolescentes más memorables, algún texto posterior que los críticos futuros describirán como la antesala de la poesía canaria de la segunda década del tercer milenio. Si fuera posible, se rogaría que la laca utilizada por los y las asistentes sea de las que irradia ese olor aterciopelado que, como se ha comprobado en otras ocasiones, combina tan bien con los versos del autor. En cuanto a aquellos que sientan ojeriza por este poeta cuyos blogs tanto han afrentado, escarnecido, afeado, ridiculizado y difamado a grandes damas y grandes caballeros de las letras canarias, se ruega que acudan, si tienen intención de hacerlo, pertrechados con tomates, pepinos, alcachofas y otras hortalizas --preferiblemente en mal estado-- para que puedan así desahogarse al final del acto en una furibunda tomatina o pepinada poéticas. Eso sí, tendrán que apechugar luego con la respuesta del poeta, que quizá lleve preparada una de esas parodias o profanaciones a las que nos tiene acostumbrados. Así que, estimados amigos: no se pierdan ustedes esta presentación tan prometedora en más de un sentido. Nota.- La tarjeta de presentación ha sido cortesía de mi primo Gabriel Pérez Díaz. ¡Gracias y besos!)

sábado, 8 de diciembre de 2012

LAS TRANSMISIONES


No sé qué tienen las rememoraciones de la infancia que están como aureoladas. Cada momento recordado o cada escena recuperada aparecen recortados en un fondo de extraña mansedumbre. Esta aureola se pierde en cuanto se la quiere decir. La escritura es, por tanto, el gran desagüe de las rememoraciones desgastadas, de los sueños empobrecidos y de los instantes despojados de cualquier realidad. No nos engañemos pensando que la palabra es capaz de crear algo cuando lo único que está a su alcance es rescatar y almacenar lo que una vez se perdió.

Lo digo e intento volver con la mente a un lugar en el que pasé muchos veranos, con un cuerpo que era entonces otro cuerpo, más vivo o menos abrumado que el de ahora. El fogonazo es reacio al muladar de las palabras. Se resiste a la petrificación y a la baba de ser dicho. Pero somos lo suficientemente presuntuosos como para pensar que, nuestro como es, debemos capturarlo, encadenarlo y exhibirlo como un trofeo de caza.

Así que: nueva intentona. Estoy asomado a la ventana de un apartamento del sur. Es por la noche, un recodo del día en el que todo sigue fluyendo pero de otro modo ya, no del todo desaparecido pero sí como transparentado. Los cuerpos se han transformado en meras voces que se susurran las unas a las otras como si se rozaran o acariciaran. Los árboles se mecen entre las luces de las terrazas desde las que llega la música de una fiesta recién comenzada. Miro hacia la ventana de enfrente. En ella se ven, como sombras fugaces que huyen de la luz, los cuerpos de quienes se deslizaban junto a nuestros cuerpos en la promiscuidad de la piscina. Pero ahora estamos separados y, aunque sigamos pendientes los unos de los otros, hay algo que ha tocado a su fin.

En la habitación, mi hermana y yo somos como niños angelicales que no forman escándalos ni discuten ni se pelean. Llevamos una vida misteriosa que ni siquiera nuestros padres conocen. Nos turnamos para asomarnos a la ventana y emitir signos con los que nos comunicamos con nuestros vecinos de enfrente. Luego, ya acostados, juntamos nuestras manos y nos transmitimos los mensajes mediante pulsaciones acordadas del pulgar y del índice. Cuando nos dormimos estamos siempre a punto de avistar el sentido del siguiente mensaje.

Pero todo es inútil. Una nueva mañana nos devuelve a la luz. Nos levantamos, desayunamos y nos lanzamos de nuevo a la interminable algarabía de los paseos y los céspedes. No habría ninguna palabra para vastedad como aquella. Por eso me refugio en la noche, porque creo que para la noche, más delgada y recogida, más interior y más serena, encontraré traducción. Cuando la mañana y el mediodía y la tarde terminan se encogen y se doblan hasta que logran meterse en la caracola de la noche. Allí los espero con mi red preparada.

Estoy asomado a la ventana y no hay lenguaje todavía, es decir, que el lenguaje conforma una unidad con la vida. Lo que digo es parte del momento en que lo digo. No hay aún contorsiones ni evasivas, no hay desencantos ni recuerdos. Estoy asomado a la ventana, una noche cualquiera del verano en el apartamento, y transmito el mensaje que hemos acordado lanzar a nuestros contrincantes. Me escondo tras la cortina y hay un instante en el que ya no recuerdo cuál era la siguiente señal. Así que interrumpo la transmisión e inmediatamente me llega la respuesta de enfrente, que no sé descifrar. Entonces me siento perdido porque he olvidado las claves y ya nunca lograré reconstruir el mensaje que necesitábamos para seguir viviendo al día siguiente en medio de la transparencia, la gracia y la verdad.

domingo, 2 de diciembre de 2012

LO QUE NO PUEDE DECIRSE



Lo que de aquel verano recuerda sobre todo son las horas que pasó imaginando su vida en la casa de la costa. Había llegado a Boca Cangrejo al final de la tarde, después de recorrer otras localidades costeras de más reciente creación, avenidas entreveradas de bloques de viviendas en los que los días transcurrirían, pensó, como supurantes heridas en una piel expuesta al más inclemente de los soles. Las urbanizaciones construidas al borde de los acantilados, sobre antiguos terrenos militares disputados por ricas familias latifundistas que acabaron recuperándolos en largos procesos judiciales, no le atrajeron demasiado. Había allí una paz impostada, una gravitación de sueño espurio que condenaba los chalés adosados, todos idénticos, a una vida sin vida, a un tiempo sin pasiones, a la más atroz inexistencia. Boca Cangrejo era otra cosa. Hasta allí llegaba únicamente una carretera de asfalto envejecido, apenas transitada, llena de baches, rodeada de escombreras, repleta de curvas. A pesar de que era verano, quienes vivían en Boca Cangrejo no se dejaban ver. Parecían estar recogidos en sus casas o, todo lo más, sentados en las hamacas de sus terrazas tomándose una caña mientras caía la tarde. Las casas habían sido construidas al borde del mar, aprovechando los recovecos de las rocas para disponer una despensa aquí, un dormitorio allá, un minúsculo aseo junto a una cocina bajo un saliente escarpado. A las terrazas se accedía por lo general por medio de escaleras exteriores que las unían a la parte construida de las casas. Disponían de hamacas, sombrillas, barandas y jardineras como cualquier terraza del mundo civilizado, pero lo singular aquí era que desde ellas podía accederse directamente al mar. El laberinto de casas amontonadas en la costa estaba atravesado por caminos que conectaban unas viviendas con otras. No parecía, sin embargo, que las visitas de extraños fueran bienvenidas, pues en las entradas de esos caminos se habían colocado cadenas que, aunque podían saltarse con facilidad, indicaban una cierta privacidad y hacían prever los riesgos que conllevaba internarse sin permiso. Imaginarse una vida allí era para él una más de sus fantasías sin destino, un juego al que se entregaba como parte de las extrañas visiones de aquel verano extraño. Solo más tarde supo que habría de olvidar casi todo lo que pensó o imaginó entonces excepto, precisamente, la vida que imaginó en Boca Cangrejo. A ello contribuyó quizá el hecho de que, en determinado momento, y confiado en la aparente tranquilidad que desprendía aquel momento del atardecer en el que todos los vecinos parecían estar preparando sus cenas —cenas que imaginó compuestas de samas o viejas recién pescadas, pulpos recién capturados o lapas preparadas a la plancha con el tradicional mojo verde de cilantro—, confiado, decía, en la calma aparente del lugar a aquellas horas, decidió internarse por uno de los caminos por los que se accedía al laberinto de viviendas. La noche empezaba a caer con la rapidez con que lo hace siempre en aquellas islas. Su figura, pensó, quedaría medio camuflada por las sombras del atardecer. Avanzó lentamente a través de los cercados, muros, terrazas y puertas sin que nadie diera muestras haberlo visto. Al llegar a una parte en la que el camino parecía desaparecer en medio de unas tabaibas resecas y de repuestos oxidados de automóviles, buscó el modo de llegar hasta un estrecho promontorio que le pareció adecuado para sentarse a escuchar el oleaje. De la casa más cercana le llegó entonces una especie de quejido que se repetía a un ritmo regular, como si alguien estuviese reconviniendo sin palabras a alguna otra persona reticente a sus deseos. No se trataba de gemidos eróticos ni tampoco parecía que fuera una madre hablando con sus hijos. Era una voz indeterminada, que tanto podía ser la de un hombre como la de una mujer, que no parecía ser capaz de vocalizar los sonidos que componen las palabras, sino que emitía como unas vocales prolongadas que sustituía por otras vocales más agudas o más graves componiendo unos quejidos con cierto tono de impostura. Escuchó aquello durante un tiempo que luego no supo si había sido corto o largo. Era una cantilena hipnótica. No entendía ni siquiera cómo podía escucharla con el mar tan cerca. Pensó que si se acercaba a la casa lograría escuchar palabras o al menos reconocer el sentido de todo aquello, si es que lo tenía. Regresó por el camino. Cuando pasó junto a la casa vio, a través de la única ventana —era una casa como de juguete, que parecía tener solo una pequeñísima habitación, salvo que hubieran excavado otros cuartos en el interior de la roca—, una cama en la que estaba recostado un hombre de mediana edad con la cabeza proporcionalmente más grande que el cuerpo. No logró distinguir a nadie más. El hombre tenía la mirada perdida y no lo vio pasar. No quiso permanecer durante mucho tiempo por fuera de la casa, un poco por el extraño respeto que nos imponen las vidas privadas de los demás y un poco porque temía que alguien le reprochara haber llegado hasta allí sin permiso. El rumor quejumbroso se fue apagando a medida que regresaba hasta donde había dejado aparcado su coche. Era un sonido inequívocamente humano, pero no estaba seguro de que fuera aquel señor afectado de acromegalia quien lo emitía desde la cama en la que parecía convalecer. En el camino de vuelta no se encontró con nadie. Cuando estaba ya sentado al volante, pensó en aquella casa junto a la costa como un lugar misterioso, la vivienda de seres que han llevado vidas muy distintas de la suya, quizá un matrimonio sin hijos o con criaturas afectadas por la misma enfermedad que su padre. Imaginó la casa como un lugar de padecimiento y soledad. La imaginó años después, abandonada por los hijos ya adultos de unos padres muertos entre insoportables dolores. Se imaginó llegando entonces, después de muchos años, otra vez hasta allí, hasta el recodo en el que el camino se borra, y escuchando de nuevo el quejido sin palabras, escuchándolo nacer de su propia boca o incorporado quizá a su propia escucha desde entonces. Imaginó su vida allí, en aquella casa, como un modo de seguir diciendo frente al mar lo que no puede decirse.

martes, 27 de noviembre de 2012

GÉNESIS DE UN RELATO*


El relato surgió de una conjunción azarosa. Los caramelos y la botellita de poppers habían coincidido no en la misma mesa, ni siquiera en la misma habitación, sino en una cadena de acontecimientos que se habían desarrollado a lo largo de un único día. La botellita señalaba, por decirlo así, la plenitud del instante, el momento de máxima tensión, la fusión de los cuerpos, el éxtasis de una penetración sin condiciones. Los caramelos, dejados en la mesa del salón junto a una nota de despedida y gratitud, eran como un colofón, el epítome azucarado y un poco nostálgico de todos aquellos momentos turbadores que habíamos compartido. Solo más tarde, cuando empecé a chuparlos con fruición —acto inhabitual en mí, poco dado a la confitería—, me di cuenta de que, junto a uno de limón y otro de café, había sobre todo caramelos de anís. No recordé haber probado nunca caramelos de anís. Mientras desleía el primero desplazándolo suavemente hacia arriba y hacia abajo, a un lado y a otro de la cavidad bucal, dejando que su sabor pasara de mi lengua a la garganta y de esta al estómago hasta subir al cerebro, notaba un cierto ritmo, una cierta sensación sustitutoria de algo. Fue luego, cuando estaba saboreando el segundo, cuando me dije que el ritmo del saboreo, el paso agitado de un caramelo al otro recordaban un poco al ritmo de la inhalación del poppers, esa sustancia al parecer vasodilatadora que convierte la experiencia sexual en un desbocado galope de todos los sentidos. Chupaba los caramelos con las mismas ganas con que inhalaba el poppers, salvo en un detalle: ahora se trataba de un acto póstumo, por decirlo así, un acto solipsista en el que el cuerpo se recreaba consigo mismo en una acción demorada a falta ya de la otra parte de la brava coyunda de horas antes. Así que, de pronto, sentí que, de algún modo, caramelos y poppers, saboreo e inhalación debían de mantener un vínculo y que ese vínculo me estaba siendo comunicado desde el mismo instante en que me di cuenta de la rara conjunción de ambas presencias. Puede que influyera también la relativa abundancia de caramelos que me fueron depositados como regalo improvisado junto a la nota de agradecimiento en la mesa del salón. Puede que también tuviera algo que ver el hecho de encontrarme al regresar a casa la botella de poppers en la mesilla de noche, fuera de su lugar habitual, como una señal de la incruenta batalla. Lo que nos habla no son quizá los objetos, como tantas veces hemos leído en poemas o relatos sin duda demasiado fantasiosos, sino los encuentros con objetos y sus conjunciones en un determinado momento o lugar. Entonces asociamos, preguntamos, recordamos u olvidamos. Y esa asociación, esa pregunta, ese recuerdo o ese olvido desencadenan una secuencia de palabras que estamos obligados a transcribir de un modo casi ansioso, inexorable. Lo demás —lo que no forma parte de esta armazón esencial— son los vericuetos propios de las palabras que se han puesto en marcha. Un albornoz para cuando se sale de la ducha. Unas sábanas revueltas al amanecer. Un viaje a oscuras por el interior de una casa. Doblamos por aquí, nos desviamos por allá, seguimos hasta ese punto, nos detenemos en esta coma, meditamos un poco al final de algún párrafo y perdemos en todo momento la orientación, pues no logramos estar nunca en el centro de nosotros mismos. Pero algo nos guía, un estremecimiento inicial que tenía que ver con la propia disposición de los caramelos sobre la mesa o con sus envoltorios blanquiazules. Seguimos sintiendo un olor persuasivo, la sensualidad incrementada por la vaharada del poppers que entra en nuestro cuerpo como una descarga y nos convierte en machos cabríos completamente fuera de sí. El relato nace de todo esto aunque se dirige hacia otro lugar. No intenta reconquistar nada de lo que se ha perdido, tampoco celebrarlo o lamentarlo, ni persuadir a quien lo escribe de que ha comprendido nada, y mucho menos azuzar a un lector hipotético a engañarse a sí mismo durante un par de minutos. No: el relato es quizá la única manera de permanecer atado —si bien por un hilo muy frágil y durante la escasa duración de su escritura— a unos instantes que no son ni siquiera los mismos que entonces se vivieron —algo del todo imposible—, sino otros instantes que se viven como una conmoción paralela a la otra, casi, se diría, emanada de la otra, pero no por ello menos auténtica. 

* Este texto hace referencia al relato "La inhalación", publicado hace unos días en este mismo blog

lunes, 26 de noviembre de 2012

LA INHALACIÓN


La inhalación de aquel nuevo producto le causó, a altas horas de la madrugada, unas convulsiones que lo despertaron. No había contado con ningún efecto secundario y, por lo tanto, no se las esperaba. El inductor no cabe llamarlo facultativo ni nada por el estilo de aquella novedosa terapia le había recomendado que combinara la inhalación del producto con la ingesta de dos o tres caramelitos de anís que podían despacharle en cualquier tienda de chucherías. Quizá se había propasado con la dosis inhalada que debía ser la equivalente a la exposición de la nariz al producto durante tres o cuatro segundos o con la cantidad de caramelitos ingeridos, pero lo cierto es que cuando se despertó de madrugaba sudaba un sudor frío, se retorcía como alma que lleva el diablo, sentía las arremetidas de impacientes retortijones y unas palpitaciones que le hacían estremecerse desde la coronilla hasta las uñas de los pies. La botellita que contenía el producto que le habían inducido a inhalar se encontraba en la mesita de noche. Dos o tres caramelitos de anís, reservados para la siguiente inhalación que, según el programa prescrito, debía tener lugar a las seis de la mañana, antes del primer café, permanecían envueltos en sus envoltorios de plástico adornado de unos puntos azules que rodeaban la palabra anís. Se levantó y fue al baño. Instaló el calefactor cuyo chorro de calor lo resarcía durante sus duchas de primera hora de la mañana. Faltaban todavía dos horas para las seis, pero decidió que no iba a poder dormirse de nuevo y que era preferible buscarles remedio a las convulsiones, sudores, retortijones y palpitaciones que lo habían despertado. La primera solución que se le ocurrió fue una ducha de agua fría. Preparó las dos toallas y el albornoz en los que se envolvería después del amargo pero, pensó, necesario trago, reguló el calefactor a la máxima potencia, dejó correr un poco el agua como para acostumbrar el tacto por medio de la vista y el oído pensamiento absurdo, pues, pese a lo que creyeran los poetas simbolistas, no hay ninguna correspondencia entre nuestros sentidos, que no son, ay, más que compartimentos estancos y entró precavido en el plato de ducha. Lo cierto es que, después de unos minutos de estéril sufrimiento, sus convulsiones habían aumentado, el sudor frío se había transformado en una costra helada que le cubría todo el cuerpo, los retortijones habían dejado paso a unos pinchazos atroces en el bajo vientre que solo pudo aliviar a medias dejándose evacuar en plena ducha y, por último, el corazón ya no le latía sino que gemía y aullaba desde que la cascada de agua fría parecía haber empezado a filtrarse hasta la cueva en la que vivía encerrado. Al cabo de dos o tres minutos, decidió interrumpir el suplicio, apagó el calefactor, cuyos servicios habían sido esta vez inútiles, se enfundó en las dos enormes toallas como para dejarse morir dentro de ellas y remató su propio embalsamamiento con un albornoz a modo de sudario que se amarró con un doble nudo alrededor de lo que unos minutos atrás había sido su cuerpo. Ahora, se dijo, voy a regresar a la cama. Atravesó como un alma en pena salvo que las almas, se dice, no sufren ya los tormentos corporales el salón en que otro tiempo había leído tratados de álgebra, libros de viajes por el extremo oriente, novelas sobre la paz y sobre la guerra y poemas del cancionero tradicional, ese mismo salón en donde había sido feliz viendo películas mudas, escuchando preludios wagnerianos, bebiendo selectos whiskies escoceses y haciendo el amor a mansalva, y llegó al dormitorio. Contempló con una mezcla de escepticismo, candor, rabia y delectación la botellita que contenía el producto inhalable y los dos o tres caramelitos de anís. Eran aproximadamente las cuatro y cuarto de la mañana cuando decidió adelantar su próxima dosis, dispuesto a reventar de una vez o a tirarlo todo por la borda con la insana esperanza de alcanzar con el acabamiento una migaja de paz. Cuando se metió en la cama y se tapó, podía decirse que lo que quedaba de su cuerpo, allá perdido en el fondo, rodeado de mantas, sábanas, albornoces y toallas, no era más que un miasma balbuciente, una mindundez recorcovada, un guiñapo o un gorgojo infectos, contraídos. Aun así, consiguió liberar dos dedos de una mano, una de las ventanas de la nariz y un pequeño recodo de la comisura derecha de su boca, que le sirvieron, respectivamente, para agarrar y destapar la botellita, inhalar durante unos segundos el producto y embutirse los dos o tres caramelitos preceptivos. Lo que ocurrió entonces no podía extrañarle a nadie, y menos a él. Imaginemos pues hay cosas de este mundo que solo pueden contarse por medio de metáforas un bulto formado por tripas desgajadas de las entrañas de las más inmundas bestias, un bulto irreconocible para la supuesta conciencia que a aquel bulto animó en un tiempo ya del todo inexistente, un bulto cuyas tripas comienzan a rebullir en todas direcciones en medio de una batalla campal con el único objetivo de estrujarse unas a otras y escapar al tormento atenazante de unas mantas, unas sábanas, un albornoz, unas toallas. Al cabo de unas horas, después de un largo y profundo sueño, amaneció curado. La única señal de lo que le había ocurrido era un leve sabor a anís en la boca del estómago.*

* La génesis de este relato se relata en el relato titulado "Génesis de un relato", que constituye la entrada posterior a esta en el blog.