lunes, 30 de abril de 2018

MUERTOS JÓVENES


Extraño –ahora que ya pocas cosas siguen siéndolo– es haber creído que se escribió un día sobre algo vivido, no haberlo hecho y sentir la necesidad de hacerlo creyendo retomar algo ya escrito y tal vez abandonado, como si, al escribir lo que se creía haber escrito, se cosieran con palabras momentos separados en el tiempo, lo inacabado, lo borrado y lo dicho. Extraño, digo, porque no haberlo escrito entonces, cuando se tuvo el deseo o la necesidad de hacerlo, llevando consigo los utensilios apropiados –la libretita de bolsillo, el bolígrafo–, habiéndose sentado uno en un pequeño parque con una fuente en el centro de un laberinto de paseos de grava, resulta, cuando se echa la vista atrás, de una confusión inenarrable: primero, porque esa libreta que llevábamos entonces no aparece ahora por ninguna parte, y, sin embargo, las palabras que estuvieron a punto de usarse, que se mascaron en silencio y se barajaron junto a otras que fueron descartadas, siguen anotadas en la mente como si lo estuvieran en alguna página perdida o arrancada; y, segundo, porque no haberlo escrito entonces, cuando las condiciones eran las idóneas para hacerlo, constituye una anomalía que pone en cuestión todo lo hasta entonces escrito, hasta el punto de que nos preguntamos si alguna vez habremos escrito realmente algo, si no habremos creído tan sólo escribirlo sin que en realidad lo hayamos hecho, si lo posteriormente publicado no habrá tenido su origen en apuntes ajenos, apañados aquí y allá, cosidos de cualquier manera como trozos de patchwork para darlo a conocer en blogs o libros. Extraño, por lo anteriormente dicho y por otros motivos que se expondrán más adelante, resulta entonces haber circundado el cementerio de una localidad habitada mucho tiempo atrás, haberlo circundado entonces por primera vez, como si durante todos aquellos años en que allí se vivió ese cementerio no hubiera existido o no hubiéramos sabido dónde se encontraba –pese a estar situado no muy lejos del centro–, haberlo rodeado por completo, como trazando un círculo necesario para no dejar nada fuera de él, y no haber recordado entonces a los muertos conocidos que allí se encontraban, como si esas personas no estuvieran muertas, o como si nunca las hubiéramos conocido –pues ¿no están únicamente muertas las personas conocidas, mientras que las no conocidas no están ni vivas ni muertas?–, no haber asociado entonces ese lugar con aquella época, o esta época con aquel lugar, quiero decir que entonces, cuando vivíamos muy cerca de estos caminos que ahora transitamos no resultó necesario constatar que los muertos estuvieran enterrados en algún lugar, ni siquiera se nos hubiera ocurrido que tuviéramos la posibilidad de recordarlos dando un simple paseo alrededor del cementerio, pues si los recordábamos era más bien porque sus muertes habían sido incorporadas a nuestras vidas, compartíamos unos mismos espacios, las casas donde ellos vivían y las casas donde vivíamos nosotros eran vecinas de la misma calle y nadie nos hubiera convencido nunca de que se hubieran alejado tanto como para obligarnos a abandonar el centro del pueblo e ir al cementerio cada vez que queríamos visitarlos. Ahora, sin embargo, mientras creía haber escrito sobre todo esto –después de recorrer los caminos que rodeaban el cementerio–, sentado en el pequeño y coqueto parque junto al ayuntamiento, recordaba haberlos recordado, a dos de los muertos conocidos, dos muertos de mi misma edad a cuyos entierros no asistí pero a quienes había tratado de forma inconstante a pesar de haber vivido en la misma calle que ellos, dos muertos que no debieron morir nunca tan jóvenes (como no deberían nunca morir tan jóvenes los jóvenes), los recordaba con minuciosidad, pues para escribir lo que creía estar escribiendo debía reconstruirlos dentro de mí, había de recurrir a todo el archivo de instantes compartidos, que no por escasos dejaban de ser intensos, tenía que apalabrar sus voces, bosquejar sus sonrisas, medir sus pasos silenciosos en la noche, alimentar mi escritura, en definitiva, con los detalles que lograra rescatar de sus vidas; ¿y no sería tal vez la imposibilidad de hacerlo lo que me había impedido escribir, lo que me había hecho fantasear con que había, en aquel parque coqueto, sacado la libreta, enarbolado el bolígrafo, sentado como estaba en uno de los bancos a la sombra, y así, desconocido para cualquiera que pudiera verme, pues hacía mucho tiempo que ya no vivía en aquel pueblo, trazar a vuelapluma mis impresiones de ellos dos, agradecido al azar que me había llevado a recorrer caminos que desembocaban en el cementerio donde estaban enterrados – pues ¿dónde iban a estar si no?–, aunque yo sólo los recordara más tarde, cuando ya estaba en el parque de juguete dispuesto a escribir con la libreta y el bolígrafo apoyados en un banco. Por qué, me digo ahora, me detuve en la puerta del cementerio y, a través de la verja cerrada, introduje los ojos que, como culebras, se deslizaron junto a las lápidas y corretearon por el pasillo central hasta llegar a la tapia del fondo. Pensé primero que debía escribir sobre aquella sensación de haberme colado por lo que estaba cerrado, pero luego me di cuenta de que quizá eran precisamente ellos quienes me habían tendido sus brazos, sin que yo entonces lo supiera, para que mi cuerpo, o al menos mis ojos, se deslizaran entre los barrotes de la verja y los acompañaran entre los nichos cubiertos de lápidas. Acaso si no escribí entonces, acaso si creí haberlo hecho, si cuando, ya de noche, por la carretera que tantas otras veces había recorrido, conduciendo un coche que tampoco era el de entonces, estaba convencido de llevar conmigo, en el asiento de al lado, un texto escrito en el que todo quedaba más o menos claro, o al menos un texto en el que había conseguido convocar a un par de fantasmas, fue porque la escritura invisible que se practica con la mente, el minucioso proceso de combustión y de cántico que tiene lugar cuando escribimos a la sombra de un encuentro con los muertos se había dado allí de un modo que no requería ya papel y lápiz, libreta ni bolígrafo, sino que las palabras nacían para morir y morían para nacer, una y otra vez, eran palabras de encantamiento y palabras de escucha, calles en un laberinto que desembocaban en calles de un laberinto, como hace el viento cuando se enreda en los agujeros de las esquinas rotas antes de llegar a desembocar en el lecho pedregoso del barranco que una vez lo engendró. David, Diodoro, nombres que hubiera debido escribir y no supe hacerlo. Extraño, nos decimos entonces, es tener que volver a escribir lo que una vez se escribió, decir sobre lo dicho, cantar sobre lo cantado, borrar lo ya borrado, barrer lo ya barrido, y a pesar de todo esto ser consciente de no estar aportando gran cosa y no darle importancia, escribir sobre lo escrito y sobre lo no escrito como si nunca se hubiera dejado de escribir.  

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