sábado, 24 de marzo de 2012

LUIS ALEMANY


(Luis Alemany. Foto: Diario de Avisos)

Siempre, como una presencia tutelar, pero sin embargo esquiva, extraterritorial, apartada y enigmática, estuvo allí: la figura de Luis Alemany, con su aura solitaria, recorriendo las mismas calles por las que yo había ido de niño al colegio o por las que, más tarde, descendería hasta los aledaños del mar para no saber muy bien qué hacer con tanto mediodía y tanta inmadurez, se superponía a los párrafos extensos de Los puercos de Circe, leída al final de mi adolescencia, a las circunvoluciones urbanas de la ciudad de otro tiempo descrita en esa novela de 1973, esa misma ciudad en la que yo lo veía siempre desde lejos como entregado a una errancia que, algunos lo sabíamos, se traducía en la soledad del hogar en líneas apretadas de prosa duradera, contumaz, transitable. Así que, al menos para mí, adolescente o estudiante universitario en la extrañeza de una ciudad que no comprendía del todo, que parecía desarbolarse por cada uno de sus recovecos, por cada uno de sus márgenes, pero que siempre, en cambio, conseguía restablecerse para que los pasos no se perdieran del todo, Luis Alemany era una especie de cautivo o de hechizado en el recinto de aquella capital atlántica, alguien que conocía todos los pasajes y a quien podía encontrársele en cualquiera de sus esquinas, siempre de camino a otro lado, sobre todo en las tardes, en la inquietud de los atardeceres que son a veces allí, en el indefinible espesor de aquellas calles, un momento de magia o de temblor. Él, que se había ido y había regresado o que, según su biografía, había llegado siendo un niño a la isla, compañero de mi padre en el colegio de San Ildefonso, parecía estar marchándose siempre o siempre regresando, en cualquier caso su mundo era el de un tránsito constante, ninguna pose estable, ningún pedestal desde el que pontificar, ninguna permanencia en estados de ánimo o en ideas, ni siquiera la constancia de una escritura metódica: más bien la alocución repentina, el impromptu fulgurante, las rachas de prosa que son como las ráfagas del viento que va y viene, un vaivén permanente, un ir y venir entre los géneros, un malestar profundo ante cualquier endiosamiento de sí mismo, es decir, ante el hecho de convertirse en una baba que rezuma de algún lugar del yo para alimentar los falsos yoes multiplicados y triunfales que muchos bobos con ínfulas generan sin remedio. Luis Alemany se escondía siempre, pero no para dejar de ser visto, sino para ver mejor. Creo que tenía la capacidad de cruzar de un barrio a otro de la capital por pasadizos que sólo él conocía. Podía vérsele a una hora en la Plaza de la Paz y al cabo de unos diez minutos frente al Cuartel de Almeida, desde el que se desplazaba más tarde, sin que se supiera bien cómo y en el espacio de unos pocos minutos, hasta los aledaños de la Piscina Municipal para, finalmente, en un alarde de agilidad que solo los prosistas extraordinarios poseen, terminar por dejarse ver poco después en la Alameda, sombrío o sonriente, viajero disoluto, viandante sin prosapia, enérgico, errabundo, memorable. Un día hablé con él por primera vez. Yo había encargado por teléfono una pizza en la pizzería que entonces se llamaba Bella Napoli, en la esquina de la calle en que vivía con el cruce de las calles Méndez Núñez y García Morato (nombres como estos ostentan u ostentaban las calles y avenidas de aquella ciudad generalísima). Cuando llegué para recoger la pizza encargada, vi a Luis Alemany acodado en la barra, con un whisky entre manos, conversando con alguien con palabras fosfóricas, veloces, sobre teatro de cámara y otras hazañas insulares. Me atreví a saludarlo, le dije que era hijo de un antiguo compañero suyo de colegio, es probable que le confesara mis pinitos literarios, pues, si no recuerdo mal, aquel encuentro ocurrió durante mi primer o segundo año universitario. Me quedé allí más de una hora escuchando una conversación que me transportaba a un pasado del que casi nada sabía: en las palabras volvía a cobrar vida todo un mundo perdido al que se me había invitado, por un golpe de azar, y por el que me guiaba, guía sin ninguna solemnidad, guía casi travieso, imperturbable entre el aroma de los whiskys bebidos (tres o cuatro, él; yo, uno), Luis Alemany, quien nunca, a pesar de que a partir de aquel día se convirtió para mí en alguien cercano y entrañable, ha dejado de irradiar un cierto misterio, como el de los seres cuyo destino es intercambiar con la noche confidencias sin fin.  

jueves, 22 de marzo de 2012

LE BORDOLAIS À L'AFFÛT

Para Claude Chambard

Cuando se le acabó el papel higiénico empezó a usar unas servilletas blancas de papel, muy grandes, que encontró colocadas en la repisa de la taza de uno de los váteres. Las usa también para sonarse, y no le resulta fácil a veces evitar mancharse los dedos con un poco de mucosidad acuosa mientras va desplegando la servilleta circularmente en busca de espacios intactos para descargar los restos que aún puedan quedarle en alguna de las dos fosas nasales.

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Siempre duda si tirar al váter la servilleta manchada (de cualquiera de las distintas manchas que soporta). Al final siempre lo hace. Comprueba que la cisterna tiene potencia suficiente para que el váter no se atragante con ese objeto algo insólito, en cualquier caso menos asumible a priori que las serpentinas de papel higiénico que tan bien se deslizan por el hueco del váter cuando la cisterna activa sus gárgaras.

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Mientras suenan, a lo lejos, las campanas de Saint Séverin, busca palabras en el diccionario: las que no conoce, para alumbrar como con una antorcha la línea que traduce; las que conoce, para sortear cualquier trampa dispuesta por la confianza excesiva. Así, al final, se posa sobre el texto un manto evanescente de sentido igual que sobre el aire se posan, fluctuantes, las campanas.

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Si no fuera por los borrachos que tocaron el timbre de la puerta a las tres de la mañana ayer y antes de ayer, la casa sería el más perfecto reducto de tranquilidad que ha conocido. La moqueta de color marrón claro, el papel de las paredes, que imita un entramado de mimbre, las ventanas y las puertas, todas blancas, y la luz que nunca entra de forma violenta y se diría que acaricia el interior de cada habitación: sólo apetece quedarse ahí todo el tiempo posible, trabajar o dormitar, lo mismo da, pasar de un cuarto al otro en una trashumancia por la paz de la tarde. Concentrarse o distraerse en pensamientos y palabras.

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No tiene ninguna historia que contar. Atado a unas pocas imágenes volátiles, como el anciano al bastón pese al cual no pudo evitar caerse esta tarde mientras él lo miraba por la ventana, gira una y otra vez en torno a los mismos vacíos. Si alguna sustancia pudiera llenarlos, se dice, o si alguna presencia apareciera frente a él sin que fuera su propia figura en el espejo, tal vez volverían las historias, o al menos no oiría el vacío alrededor de sus pasos, de sus imágenes.

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En un poema toda la memoria. Se interna uno por él como quien baja en canoa por un río, rodeado por árboles no menos ávidos de agua y de respuestas que el rostro del remero. Algún lugar a la sombra, recuerda que dice el poema del recuerdo, es bueno para dormirse. O al contrario, más bien. Da igual: giramos en medio del río y las sombras se transforman en luz y el sueño en atenta mirada e incluso, acaso, las orillas en agua y las palabras en cuerpo. ¿Qué es lo que permanece? ¿Tal vez lo que coincide siempre consigo mismo, lo que no cambia nunca, o lo que acepta transformarse manteniendo incorrupta alguna íntima parte de sí mismo? Memoria recobrada para siempre jamás: el poema.

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Se queda despierto hasta tarde. Incluso hoy, que debería estar cansado por el poco sueño de anoche, pierde la noción del tiempo. Cuando mira el reloj son las dos y media.

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En esas horas de la noche avanzada el silencio es profundo. Los oídos se aguzan. Oye pequeños ruidos. La lámpara genera en su interior ligeros restallidos, como si allí adentro revoloteara un insecto. Alguna madera cruje. La nevera no deja nunca de ronronear. Pero hay también sonidos que no identifica, músicas apagadas que oye de pronto como brotadas del interior de las paredes, o del sótano de la casa (al que ha bajado una sola vez). Breves estiramientos, soplos mínimos o silbidos en sordina conforman un extraño tejido que se superpone o desmiente al del silencio. Heráclito diría: todo suena.

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Es la primera vez que se baja de la cama por el lado izquierdo en esta casa. Nunca antes, que recuerde, había dormido con dos ventanas frente a él: al despertar, cada ojo tiene un espejo en el que beber su propia luz. Para llegar a la puerta ha tenido que rodear entera la cama. Unas gotas en los cristales de las ventanas le indican que está lloviendo o que ha llovido durante la noche.

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Pasan los vientres de las nubes, amenazadores: como colosos que pudieran planear por los cielos sin apenas dañar, por piedad, a los terrestres. El vaivén de la luz, tras la mañana lluviosa. Los postigos se cierran de pronto. Sobresalto. No se deja engañar por la calma que sigue al momento en que sujeta los postigos al gancho en forma de dama medieval.

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Al masturbarse, antes de dormir, observa que la cantidad de semen vertida (entre el ombligo y los pezones, como es habitual cuando lo hace tumbado boca arriba) es similar a la de otras ocasiones en que ha estado varios días sin actividad sexual, ni siquiera solitaria. En cambio, le ha parecido que el placer era inferior al de otras veces, como si los espasmos propagados por la uretra fueran menos intensos. Ha pensado fugazmente, como suele ocurrirle, en alguna enfermedad, en algún principio de tumor adherido a las paredes interiores de su pene, que le impidiera a este proporcionarle el placer físico de siempre. Se propone probar de nuevo mañana y, sobre todo, observarse con atención para determinar si la mengua de placer, en caso de que persista, es efectiva o si se debe tal vez a que ya está condicionado mentalmente a sentirla.

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Se recuerda en la cama, en acción, esta mañana, y apenas se reconoce. La imagen que de sí mismo forma su memoria inmediata le resulta tan extraña como la de un desconocido. Sofocado por cuatro jadeos, torpe, lento, carente de sensualidad, impotente a ratos, incapaz de sentir nada intensamente. Asco o desapego, no otra cosa siente cuando recuerda esa cita a hora tan temprana, la breve conversación en el sofá, la subida a la habitación después de los primeros besos, insípidos. Y luego la claridad en la habitación, que proyectaba el más cruel contraste sobre la escena oscura de aleatorios abrazos, de hambre saciada con sórdidas mordidas, de sudores mezclados que manchaban las sábanas. El único momento cuyo recuerdo no es turbio: cuando, empapado en sudor, se le ocurrió abrir la ventana como si, inconscientemente, más que dejar entrar el aire fresco, estuviera intentando hacer salir del dormitorio todas las impurezas, el vaho pestilente que allí habían formado los dos cuerpos.

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Al despertar (duerme siempre sin almohada, apoyando un lado u otro de la cabeza directamente sobre la sábana) ve, a unos centímetros de sus ojos, una pestaña y un pequeño pelo también curvo, probablemente de una de sus cejas. Forman, vistos de tan cerca, la curiosa figura de dos arcos uno junto al otro, pero de distintos tamaños y grosores. Se queda un buen rato contemplando adormilado esta pequeña escena. Aunque no cree que quiera decir nada (¿por qué tendría nada que querer decir nada?), le resulta relajante y al mismo tiempo absurdo quedarse así un buen rato: libre de afanes, de prisas, de trabajos y hasta de sí mismo.

(Burdeos, julio de 2007)

sábado, 10 de marzo de 2012

LAS RECEPCIONES ILUSORIAS

Sin duda porque no reconoce que su cuerpo ya no es más que un páramo minado y porque sigue pensando que puede maltratarlo como antaño sin que apenas se resienta, como un jardín exuberante, tropical, en el que, por mucho que se las pisotee, las plantas vuelven a brotar sin dilación y sin esfuerzo; sin duda porque se cree todavía aquel joven profesor que acababa de obtener en un instituto del norte de la isla su primer destino, el otro día regresó a aquellos lugares y se sintió extraño. Visitó el hotel en cuyo restaurante había celebrado con sus compañeros la cena de navidad: escondido entre chalés y solares preparados para que se levanten en ellos aparatosas urbanizaciones de adosados unifamiliares, el hotel conservaba su apatía de hacía años, su escaso atractivo, los salones pomposos y desordenados, las balaustradas mendicantes, la recepción ilusoria. No logró descubrir en cuál de aquellos salones había bailado, ya entrada la noche y después de una cena sin demasiados alicientes, con una de sus compañeras, o con dos, mientras veía a otra de sus compañeras sentarse en el regazo de uno de sus compañeros, ya ambos completamente beodos, y comenzar a besarlo. Visitó también el propio instituto, rodeado de unos antiguos hornos de cal a modo de testimonio de un pasado insólito, de una época no demasiado lejana en la que todo parecía, sin embargo, remoto, incomprensible, extraño. La mayoría de sus antiguos compañeros no trabajaba ya allí. Uno de ellos, incluso, que era, precisamente, uno de los cuatro o cinco con los que mejor se llevaba, había muerto de un cáncer galopante, con menos de sesenta años, no hacía demasiado tiempo. Saludó al director, que seguía siéndolo (y que, extrañamente, apenas había envejecido, como si, en medio de tantos estragos y cancelaciones del tiempo, hubiera permanecido como el guardián inquebrantable de aquella época quizá no del todo acabada). Saludó también a un antiguo compañero de su departamento, el que mejor lo acogió, el que lo guió en aquel primer año de joven profesor sin experiencia. Su mirada había perdido mucho brillo. Sus hombros se habían encorvado. No se arrastraba aún por los pasillos para llegar hasta las aulas, pero se le notaba ya la aterradora visión de su propia caducidad, de su progresivo marchitamiento en el interior de aquel instituto de un pueblo costero de una provincia de ultramar. Ninguno de los alumnos a los que había dado clase continuaba en el instituto. Todos habían acabado ya su etapa de estudiantes de bachillerato o habían abandonado sus estudios secundarios. Le sorprendió su dificultad para recordar la mayoría de los rostros de quienes habían sido sus alumnos. Si exceptuaba a dos o tres con los que había mantenido algún tipo de enfrentamiento o a unos pocos a quienes se había encontrado años después en algún lugar (una playa, un aeropuerto, una discoteca), el resto de sus alumnos había desaparecido de su memoria: no eran ni siquiera un nombre, ni siquiera un rostro, ni siquiera una voz o unos modales, sino una masa amorfa a la que recordaba sentada frente a él mientras hablaba. La cafetería del instituto, situada en una esquina del patio del recreo, estaba administrada ahora por un matrimonio distinto del de entonces: la recordaba a ella, una mujer de mediana edad de andares voluptuosos y figura insinuante; y un poco menos a él, unos años mayor y siempre al acecho. En aquella cafetería había fumado sus primeros cigarrillos, solo uno cada día durante los primeros meses. A veces prefería pasar su media hora de recreo sentado en una terraza de la plaza del pueblo, un lugar acogedor en el que la camarera, con el paso del tiempo, le servía ya sin preguntarle su barraquito y le contaba entresijos de su vida de madre soltera poco afortunada en amores. La plaza no ha cambiado mucho. Sigue siendo uno de sus lugares preferidos en la isla. Sin embargo, las veces que ha vuelto a sentarse en la terraza ha notado la ausencia de aquella camarera, el hueco abierto entre su época de joven profesor sin experiencia y el presente, la imposibilidad de volver a sentir aquel cigarrillo, el único del día, fumado por su cuerpo joven en las mañanas soleadas, la carga de todo el peso de la vida que entonces no llevaba consigo, más ligero como era, más joven, más despreocupado. La casa donde vivió durante aquel curso continúa existiendo. Era la planta baja de una vivienda cuyos dueños ocupaban la planta alta. Al detener el coche frente a aquella vivienda, se entremezclaron con ese instante de inmovilidad algunos recuerdos de entonces, quizá no los más importantes o los que con más frecuencia habían vuelto a su memoria, sino unos recuerdos cualesquiera, como entresacados al azar: la escalibada que intentó preparar un día en el horno y que no resultó del todo comestible; las tortillas que en alguna ocasión encargaba en el restaurante de enfrente, que ha cambiado de nombre; la visita de alguien, para una cita a ciegas, a altas horas de la noche de un sábado y la larga conversación en el salón destinada a eludir lo ineludible. Acaso hubiera preferido recordar el ruido de las olas que llegaba lejano hasta su dormitorio los días de mar brava, el retumbar en sordina del agua contra los acantilados, o el cigarrillo que, unos meses después de empezar a fumar, reservaba para antes de dormirse, el segundo y último del día, acodado en el balcón acristalado que daba al valle fresco, a las noches tranquilas, esos pocos instantes que no acaban de regresar como debieran ahora que ha parado su coche frente a su vivienda de entonces. Debería arrancar y proseguir su camino por esas carreteras del norte de la isla, reconocer sin remedio que su cuerpo no es ya más que un terreno minado en el que en cualquier momento podría estallar la mina que lo mate y, sin embargo, seguir un poco más, no en busca de recuerdos y ponzoñas, sino en busca, esta vez, de lo nunca vivido.

lunes, 5 de marzo de 2012

ALARCOMA

Para perro viejo yo, no ellos. Intentaron engañarnos, Alarcoma, pero, aunque se hayan ido sin pagar, te aseguro que esto no va a quedar así. La lengua que hablaban no nos resultaba comprensible y, sin embargo, estoy seguro, pretendían que algún día también nosotros acabáramos hablándola. Lo que pidieron eran unos vinos, ¿o acaso eran unos vermús de grifo? Los restos aceitosos del plato en que escupieron las cáscaras de los altramuces no me permiten discernir, Alarcoma, si a aquellos dos sibilinos clientes que llegaron a nuestro bar hacia las doce les serviste como aperitivo una —como hubiera sido lo correcto— o dos raciones de altramuces. Casi siempre te extralimitas, pero en esta ocasión creo que te has sobredimensionado. Están hablando en rumano, me susurraste al oído, pero yo escuchaba rudas consonantes eslavas, verbos búlgaros, giros ucranianos, preposiciones serbias o hasta cosas peores. Otro cantar es que tú, Alarcoma, estés dispuesto a confundirlo todo y que tu desconocimiento de las ramas lingüísticas del primitivo indoeuropeo no te permita distinguir unas familias troncales de otras. Una vez más, estaba casi seguro, habría que empezar de nuevo. Los barrios en que vivimos, lo sabes, no están bien comunicados. Te he dado trabajo en mi bar, te he consentido casi todos tus caprichos —algunos inconfesables—, pero tú sigues rechazando mi amor y negándote a trasladarte a vivir conmigo en mi casa. Las copas de vino o de vermú, a saber, apuradas antes de que aquellos dos salieran corriendo del bar, con sus miradas hoscas, retadoras, en torno a la una de la madrugada, reflejaron durante un breve instante —un instante precioso— el rayo de luna que se colaba por la sucia cristalera tornasolada. Tus ojos inquisitivos, Alarcoma, les dijeron a los míos, contemplativos, que no, que ya estaba bien, que había que decidirse a poner los puntos sobre las íes y a no dejar títere con cabeza, es decir, o al menos eso interpreté yo, que alguno de los dos debía salir corriendo tras ellos para atraparlos y darles su merecido, sobre todo porque, después de visitar los lavabos del local en cuanto los dos clientes se esfumaron, habías aprendido que la imaginación no era, como tu limitada mente creía, una facultad omnipotente, al menos en lo que al sentido del olfato se refiere. Se habían marchado sin pagar, Alarcoma, tú mismo habías visto su ojeriza, su repentina desbandada, sus malos modales de eslavos buscavidas: entonces, ¿qué importancia podía tener que no hubieran tirado de la cisterna, que toda la cagalera producida probablemente por nuestros altramuces en mal estado hubiera quedado flotando en el agua que cubría hasta los bordes el inodoro, y que, por si fuera poco, se hubieran dedicado, acaso como venganza, a restregar en las paredes de nuestros lavabos los restos de sus apestosas deposiciones? Habían vociferado delante de nuestras narices su lengua bárbara, su viscoso dialecto no latino (o su latín corrompido de provincia olvidada, si es verdad, como me dijiste, que era rumano lo que hablaban); habían flirteado contigo, Alarcoma, que no tuviste reparo alguno en sonreírles, coqueto, y en servirles un vino tras otro, ¿o es que eran vermús de grifo, desgraciado?; habían guiñado sus rasgados ojos lascivos a algunos de nuestros más reputados clientes, quiero decir a algunas de nuestras clientas más putas, y, para más inri, incluso habían estado manoseándose mutuamente las respectivas entrepiernas a modo de provocación dirigida a incautos ignorantes como tú, Alarcoma. Y ahora, dime, ¿tengo que ser yo quien les limpie la mierda que han dejado en los servicios de nuestro bar para que tú salgas tras ellos, no a darles la paliza que se merecen —que para algo te pagué las clases de kickboxing—, sino a pedirles, seguro, sus números de teléfono? Ni hablar, Alarcoma: esos lavabos vas a limpiarlos ahora mismo tú, bonito.