viernes, 9 de noviembre de 2018

CHARLA-COLOQUIO SOBRE ANNE PERRIER EN GRAN CANARIA

El próximo viernes, 16 de noviembre, a las 19.00 h., daré en la Casa Museo Tomás Morales (Moya) una charla sobre la gran poeta suiza Anne Perrier en el marco del nuevo ciclo 'De poeta a poeta'. Se trata de una iniciativa en la que antiguos Premios Tomás Morales de Poesía impartiremos una charla sobre un poeta de nuestra elección. Las próximas charlas estarán protagonizadas por Pedro Flores, Federico J. Silva y Tina Suárez. En este mismo blog, hace ya siete años, compartí mis primeras traducciones de Anne Perrier. Me agradará mucho compartir la charla, seguida de un coloquio, con quienes puedan acercarse hasta la brumosa Moya.



sábado, 3 de noviembre de 2018

MULTIPLICACIÓN INFINITA DEL INFIERNO (SOBRE GEORG HEYM)


 Resultado de imagen de el día eterno georg heym

Quizá no todos ni todas se hayan dado cuenta, pero mientras ustedes venían hacia aquí, en cada esquina, en cada tejado, en las azoteas y los zaguanes, agazapados, al acecho, asomaban dioses o demonios a los que Georg Heym hubiera llamado los dioses de la ciudad, los demonios de la ciudad. Se trata de personajes con los que convivimos diariamente y que nos susurran, cuando pasamos a su lado por las grandes avenidas o por las callejuelas más polvorientas, sus maldiciones, nos inoculan sus más espantosos infortunios y nos atrapan en su círculo de tiniebla y ceniza, de sangre y suciedad. Cualquier ciudad, y esta no pude ser menos, cualquier ciudad moderna es un tejido de individualidades arrastradas por vientos racheados, personas convertidas en personajes, personajes a los que, como a Franz Biberkopf, el protagonista de Berlin Alexanderplatz, los persigue la desdicha  y que deambulan como sonámbulos al modo de los presos en el patio de una penitenciaría, sin escapatoria ni esperanza. Cualquiera de ellos podría declamar (si aún fueran capaces de pronunciar palabra alguna) aquellos versos del poeta Antonio Gamoneda: “He atravesado las creencias. Durante mucho tiempo / nevó sin esperanza. / Había madres que enloquecían al amanecer: oigo sus gritos amarillos. / Aún nieva. Creo en la desaparición. / Creo en la ira.” El habitante de la ciudad moderna, la misma ciudad de la que habla Georg Heym en sus desoladores poemas, ha atravesado las creencias. Está más allá de ellas. Sus únicos sostenes son ahora las fuerzas elementales de la ira y la destrucción. Es él mismo una especie de dios vengador de su propia existencia. Con frecuencia estos habitantes se tiran de los puentes, lanzan sus coches (con ellos dentro) a la bahía, aparecen colgados de una lámpara en una cocina maloliente. Quién no conoce unos cuantos casos. Han consumado una venganza que es a la vez su único acto de heroísmo. Mucho antes, en su infancia, en su primera juventud, estuvieron cargados de ilusiones, hasta que un día se toparon con la cueva de un barranco, o con un rincón de la plaza con tres o cuatro colchones sucios, hablaron en un idioma desconocido que no había necesidad de entender con quienes allí malvivían: mediohumanos, infrahombres, caminadelado, submujeres, transeres, individuos a medio camino entre la existencia y la desaparición, seres demediados por los hachazos de la vida, esa tómbola, con grandes historias que contar pero sin lenguaje para contarlas, o al menos sin contenidos semánticos comprensibles para nadie. Un poco, se me ocurre, como los extraños personajes de las películas de Béla Tarr. Así, los habitantes de la ciudad moderna se convierten en seres que quieren escuchar historias inaudibles, habitar los márgenes de la propia ciudad, sumergirse en la niebla visionaria que sólo se encuentra en el subsuelo, en las calles mal iluminadas, en los diques portuarios, en los barrios de las afueras, allí donde cada noche se reúnen en intratable aquelarre los dioses y demonios de la ciudad, sus Molochs, sus Baales.
 
 (Foto: Magdalena Fernández)

Georg Heym, que estaba, en principio, por tradición familiar y trayectoria académica, predestinado a una vida burguesa, a un trabajo reglado relacionado con la abogacía, se encontró de pronto subvirtiéndolo todo, introduciéndose en un mundo prohibido que le pareció mucho más auténtico, mucho más real que aquel del que procedía. Podría decirse que pasó al otro lado. Que encontró el modo de relacionarse con los muertos. Eso que tanto empeño pusieron en buscar autores como Musil o Mann, por nombrar sólo a algunos de sus mayores o contemporáneos, vino a descubrirlo Heym sin apenas moverse de Berlín, con la única arma de su hipertrofiada sensibilidad: descubrió lo que se esconde detrás de lo que vemos. Descubrió el horror y, además, que detrás del horror no hay nada salvo cuencas vacías pobladas por gusanos. Y, leyendo sobre todo a Baudelaire, a Rimbaud, descubrió las palabras para decir ese horror. Allí, en las estaciones destartaladas, laberínticas, en los pisos sin cuarto de baño de sus amigos, acaso en los prostíbulos de Mitte o de Charlottenburg, en los salones de baile, en decadentes Wintergarten, al atardecer, en los cementerios, en las morgues, el hijo del fiscal se extasiaba ante la degradación y la impudicia, se desprendía de lo aprendido en los infames pupitres prusianos de tantos institutos por los que pasó y fue capaz, incluso, de dejar atrás los temas sobre los que había escrito sus primeros poemas: la naturaleza, el amor, las reflexiones metafísicas. Ahora se encuentra solo con sus visiones, y estas lo son de lo que está detrás, detrás de lo visible y detrás de lo presente, más allá de lo vivo. Espacio y tiempo se desarticulan ante sus ojos para engendrar un antiespacio, la ciudad apocalíptica, y un antitiempo, el día eterno, es decir, el infierno en la tierra. Lo que Heym descubre en el interior de la vida, dentro de sí mismo, en las entrañas de la hiperindustrializada Berlín, es precisamente la no vida, el infierno. No sabe, acaso sólo intuye quién ha traído este infierno a la tierra –infierno que Heym identifica con frecuencia con el invierno, la estación de la muerte–, no sabe si han sido los propios seres humanos quienes lo han creado o si ha sido un condena impuesta contra ellos por algún demiurgo envidioso y manipulador, pero lo cierto es que, una vez reconocido el lugar donde se encuentra, el único recurso para conjurarlo, e incluso la única excusa para seguir residiendo en él, será la poesía. Una poesía que Heym comienza a concebir no como una escapatoria de aquello de lo que es imposible escapar, sino como una especie de termómetro para medir la temperatura infernal. Todo, cree Heym, va encaminado a una combustión purificadora, todo se dirige a una conflagración apoteósica que hará estallar el mundo y arrasará, por tanto, con el infierno en él asentado. La esperanza en una Gran Guerra es, pues, la ilusión, la creencia en la destrucción, en la ira, una vez cruzadas todas las creencias. Lo que vendrá después, como sabemos, Heym no lo conocerá. Su muerte accidental no le permitió ver, como sí hicieron otros compañeros de su generación, que la destrucción anhelada no liberaría al mundo de su gangrena sino que, por el contrario, traería males aún mayores, nunca antes vistos, imposibles de nombrar. Es decir, la multiplicación infinita del infierno.*

 (Foto: Nela Ochoa)

* Este fue el texto que escribí para la presentacion de El día eterno, de Georg Heym, traducido por Montserrat Armas y recientemente publicado por la editorial Trotta, que tuvo lugar el viernes 2 de noviembre de 2018 en la Librería de Mujeres de Santa Cruz de Tenerife.

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