lunes, 19 de febrero de 2018

LOS OLIVOS

En uno de esos días en los que las vacaciones aún no han empezado, pero ya están al caer, seguro que saben de lo que hablo: de cierta sensación de frágil libertad, de la conciencia de una expansión inesperada; en uno de esos días tan especiales, un hombre se sienta a tomar una cerveza en una terraza poco concurrida. Véanlo ahí, sin ningún misterio, provisto de una bolsa de gran tamaño en la que lleva dos radiografías de tórax –frontal y lateral, lo acostumbrado–, un libro, un estuche con sus gafas de sol, una factura. Todo vulgar, todo anodino, sin interés, sin gracia. Es por la tarde, a una hora ya avanzada en la que todavía hay luz natural para que ese hombre saque su libro, que ha comprado un par de horas antes, y lo empiece a leer. Así lo hace: véanlo. Ha hecho lo mismo otras muchas veces en su vida, y no hay nada que podamos subrayar de una acción semejante: quizá tan sólo la extrañeza cada vez mayor que produce ver a alguien leyendo en la vía pública, o simplemente leyendo donde quiera que sea, alguien que, sentado solo, no consulta su móvil sino que lee un libro. La terraza en la que ese hombre está sentado pertenece a un bar como tantos otros, uno de esos establecimientos pertrechados de una barra alargada, unas cuantas sillas altas y un camarero chino que prepara cafés de mala muerte o barraquitos. La luz afuera no es la mejor para leer. La singularidad de esa terraza reside en que quizá sea la única de toda la ciudad situada bajo una fila de olivos. Seis olivos –y el hombre que lee intenta recordar en vano otros olivos plantados en la misma ciudad– jalonan el comienzo de una de las calles comerciales más transitadas. Un poco más allá, la plaza que todas las guías consideran la más bella del lugar, o al menos la más animada, un rectángulo ajardinado cuyo centro ocupa una fuente a la que parecen haberse encaramado unos cuantos ángeles sonrientes. En uno de los bancos que conviven con las mesas de la terraza está sentado otro hombre, alguien a quien podría considerarse el prototipo del desheredado propio de esta ciudad: enjuto, con camisa de manga larga de una talla mayor que la suya, casi siempre de rayas, con la piel tostada, el pelo corto, aceitoso, la nariz afilada, enrojecida, entre treinta y cincuenta años, con un cigarrillo colgando de la mano izquierda, que cae sin gracia por fuera del apoyabrazos del banco, la mirada perdida, la otra mano entretenida en dar golpecitos periódicos al respaldo del banco con una vaga finalidad musical que materializa con el sonido metálico de lo que podría ser quizá un anillo o, mejor, una pulsera. Un tintineo que llega a ser cansino y que constituye un trasfondo típico para ese momento y ese lugar precisos. La musiquita. Después de un rato, ese hombre se levanta, tira al suelo la colilla, agarra con ambas manos, por encima de su cabeza, una de las ramas del olivo, se sostiene de ella como si de una barra olímpica se tratara, se estira, y el entumecimiento parece consustancial a su cuerpo, un cuerpo que podría llevar quizá horas sentado en ese banco, abandonado a la cadencia de una mano que golpea la madera y le saca una canción con un anillo de bisutería. Todos agradecen, de algún modo, que ese hombre se vaya, pues había llegado a resultar cargante su musiquilla sin encanto. El otro, el lector, ha guardado su libro, quizá porque ahora sí que ya apenas hay luz para leer. Véanlo cómo se dedica a seguir la estela de la gente que pasa: jóvenes con camisetas que les llegan a las rodillas y gorras que les ocultan buena parte de la cara, mujeres de mediana edad que llevan en el rostro, marcada a fuego, la oportunidad desvanecida años atrás, parejas de ancianos que deambulan como si la vida pudiera llevarlos todavía a otro lugar, hombres solitarios que no desearían volver nunca a sus casas por miedo a encontrarse con su propia sombra recostada en el sofá. Silencioso, en la mesa de al lado se ha sentado otro hombre, uno de esos solitarios que piden una cerveza, pasan quince minutos distraídos mirando también a la gente que pasa y luego se van como si su presencia allí hubiera sido tan etérea como la de un fantasma. Los olivos dan más sombra que otros árboles: parecen comerse la luz que los rodea. Esa terraza es como la avanzadilla de la oscuridad, de lo que ocupa luego, poco a poco, sigiloso, el resto de la calle, la plaza, los rostros. Quienes allí se sientan parecen sufrir algún tipo de mutismo. En la mesa de al lado, junto al lector que ya no lee, una anciana conversa, pero conversar es en este caso un decir, con una mujer de mediana edad. Esta última no habla, escribe la parte que le corresponde en el diálogo en unos papeles que va arrancando y que la anciana lee en voz alta antes de contestarle. Padece, al parecer, las secuelas de una operación de garganta, pues a veces se le oye una voz ronca, muy impedida, que la anciana casi parece incapaz de escuchar, pues con frecuencia la instiga a ofrecerle más papeles, escríbemelo, dice, pónmelo por escrito, le grita, y la mujer de mediana edad vuelve a coger el taco de papeles y escribe con letra no siempre inteligible –“¿qué pone aquí?, ¿ansia?, entonces le faltaría una i”– lo que quiere decir. No hay forma de saber qué piensa el hombre que ha guardado su libro, quizá no piensa en nada, quizá se siente tan vacío como el tórax de la radiografía, un mero armazón de huesos enganchados los unos a los otros con carne delicuescente dentro, algo que podría no estar ahí, una imagen adherida al papel fotográfico de la vida. La cerveza está deliciosa, bien fresquita, y eso que es de la marca local que tantas decepciones le ha procurado. Estirarse y colgar de un árbol, de un olivo, en concreto, eso sería lo que quisiera hacer, repiquetear obstinadamente la canción y luego irse con la música a otra parte, como aquel, como el desheredado que se marchó de allí tambaleándose. Los olivos son árboles que inspiran calma, comunión. Arrancarse de ellos es arrojarse a la ciudad. Se estaba tan bien allí, pensó. Recuérdenlo.

domingo, 11 de febrero de 2018

ACURRUCADO

No fue hasta mucho después cuando se dio cuenta de que llevaba horas en la misma posición. El tiempo se le había pasado volando. No, quizás, porque hubiera estado entretenido en nada –pues nada había hecho desde que había llegado allí–, sino porque, de alguna manera, el haberse quedado quieto, inmovilizado, en una posición intermedia entre estar en cuclillas y arrodillado, semiescondido entre dos arbustos, había tenido para él el efecto de olvidarse de sí mismo: y olvidarse de uno mismo es uno de los modos de conseguir que el tiempo desaparezca o se transforme. Sobre cómo llegó hasta allí no sabe nada. Se encuentra en un lugar indeterminado del barranco que une la ciudad con la cumbre, cerca de una de las grandes curvas que la fuerza del agua ha trazado durante milenios. Hay un bosquecillo de arbustos en uno de los laterales del cauce y ahí se encuentra él, entre acuclillado y de rodillas, vestido con pantalones vaqueros y una chaqueta gris bastante envejecida, como las que se ponía de adolescente y no se quitaba casi ni para dormir. Mira las piedras del lecho. La tierra humedecida. Hierba temblorosa. Hormigas que acuden en fila a rematar el cadáver de alguna abeja o escarabajo. Recupera recuerdos de anoche, sabe que se internó entre la multitud que bailaba en la primera noche del carnaval: esa forma ondulante de atravesar las calles abarrotadas le hacía regresar a lo que en sus primeras veces, en sus primeras salidas de carnaval, le había hecho sentirse devorado por la multitud y a la vez aislado dentro de ella, poseído y desposeído al mismo tiempo, como un alma en pena que busca su cuerpo entre los cuerpos o como un animal acorralado que intenta escapar de sus depredadores. Ahora, tantos años después, las sensaciones son otras, y todo se ha vuelto más lúdico, menos serio, como un reto que se precia de lanzarse a sí mismo para saber de qué será esta vez capaz, si podrá como entonces ir hasta el final de la muchedumbre que baila y regresar a través de los quioscos, deteniéndose en algunos de ellos para absorber el carácter de cada uno, el ambiente que lo define, cada quiosco con sus peculiaridades, sus enseñas y blasones, su público, su música. Como otras muchas veces, recorría aquellos vericuetos sin disfraz alguno, vestido de calle, con esa chaqueta que reservaba para este tipo de noches, una chaqueta que guardaba en casa de su madre y que lo transformaba en una especie de vagabundo, un ruinoso ejemplar de buscavidas que, al pedir un ron en uno de los quioscos, miraba con desgana al camarero y amagaba con no pagar su consumición, aunque al final colocaba sobre el mostrador de metal tres euros o cuatro, lo que costara, sin mirar otra cosa que su vaso de plástico, concentrado en el sabor dulzón del ron barato y perdido en las circunvoluciones de la música mezclada con la brisa que soplaba desde el mar. Ahora, acurrucado entre los dos arbustos que lo protegen de las ráfagas de viento frío, no recuerda cómo llegó hasta allí, si lo trajo alguien en coche o vino caminando desde la parte baja de la ciudad. En épocas menos solitarias de su vida, cuando jugaba a la promiscuidad y todas las noches terminaba en distinta compañía, alguna vez había conducido o sido conducido hasta aquellos parajes, por la carretera que bordea el barranco, para encontrar un lugar en el que beber la última cerveza o mantener relaciones sexuales. Recuerda el frío de la capota del coche contra su espalda desnuda y un cuerpo, o muchos cuerpos, incapaz, incapaces de brindar el calor suficiente para contrarrestar aquella tiritera. Recuerda recodos apartados en los que era fácil retirarse de la vista de cualquiera para abandonarse al más salvaje de los actos. Ahora, sin embargo, se encuentra solo, y sin coche, en el interior del barranco, entre dos arbustos, sin saber cuánto tiempo lleva allí, como si hubiera llegado por sus propios medios para escapar de algo o para esperar a alguien. Más arriba, lo sabe por sus otras visitas, hay unas casas dispersas, en las laderas de las montañas, en las que viven familias poco sociables, incluso algún individuo introvertido que de vez en cuando baja a la ciudad a comprar alcohol para sus noches en vela. En el tiempo que lleva sin moverse de allí no ha pasado ningún coche y el único movimiento ha sido el de un par de conejos que, bajo la luz indecisa de la luna, ha visto deslizarse entre las piedras del barranco, sus cuerpos de lana plateada como monedas que la cumbre lanza a la ventura de los barrancos. Un poco más adelante, en el lado contrario, hay una hacienda que nunca supo si estaba habitada o no, un lugar con un portón junto al que alguna vez vio coches aparcados, quizá visitantes ocasionales de fin de semana, o cuidadores de cultivos no siempre prósperos, pero que ahora parece completamente silencioso, incluso lóbrego. Se mira los zapatos y los encuentra sucios, no sólo manchados de bebidas y meados, sino cubiertos de polvo, lo que le hace pensar que debió de llegar allí a pie, incluso por medio del barranco y no tanto por la carretera, como si en algún momento de la noche festiva hubiera decidido cambiar de aires, buscar la soledad, echar a andar por el barranco, refugiarse en un bosquecillo de arbustos. Se imagina estar esperando a alguien, quizá tras concertar una cita a través de alguna aplicación de móvil. O, simplemente, agazapado para saltar sobre el primero que pase, aunque sabe que, aparte del susto, sería incapaz de causar daño alguno a hombre o a mujer. Lo más probable es que se encuentre a la espera de una experiencia cuya condición desconoce: un ruido proferido por alguien, el derrumbe de un risco, la aparición de una cabra asustada, la comparecencia de un ser humano parecido a él y la subsiguiente conversación como si ambos se conocieran desde hace mucho tiempo. Cualquiera de esas experiencias, se dice, le valdría para justificar su presencia allí, probablemente debida a su cansancio de la fiesta, a la idea de que la transformación de lo festivo en una convención perfectamente previsible conlleva el desencanto y conduce al desvío, a la búsqueda de una contrafiesta, en el envés de la ciudad, es decir: a quedarse quieto en mitad de un barranco en medio de la noche. De su estancia allí tampoco recuerda apenas nada, como si no hubiera ocurrido nada, salvo el transcurso apacible de las horas. En algún momento debió de apagarse el fragor de la música, el griterío de la gente debió de quedar definitivamente a sus espaldas, y entonces comenzó un silencio por el que se dejó envolver con sumisión: no había que hacer nada para sentirse mejor, sólo estar allí sin moverse, permanecer a la escucha sin nada que escuchar, pese a los mil pequeños ruidos de la noche, y sin nada que ver, pese a los mil destellos de la luz de la luna diseminada alrededor. Fue entonces cuando, sumando todos esos pequeños ruidos, esos destellos, los olores y las sensaciones de todos sus sentidos, llegó a la conclusión de que llevaba mucho tiempo allí, gran parte de la noche, y que quizá no faltara demasiado para el amanecer. Su posición no había cambiado, su mirada había permanecido, quizá por efecto del alcohol o de alguna otra droga consumida, fija en lo que parecía un montículo construido para separar el barranco de la entrada a la hacienda abandonada. A veces, por el rabillo del ojo, veía las piedras del barranco, la tierra humedecida, hierba temblorosa, hormigas que acudían en fila a rematar el cadáver de alguna abeja o escarabajo. Veía y escuchaba como si lo más importante estuviera por llegar. Un coche en el que viajaran cuatro jóvenes, uno de los cuales iba a ser violado y asesinado y cuyo cuerpo iba a ser lanzado al barranco, unos metros más allá de donde él se encontraba. Los aullidos de una perra parturienta perteneciente a la hacienda. Un chubasco que duraría diez minutos y que haría brillar con más viveza el lecho del barranco. Un cuerpo joven que aparecería desnudo por la carretera, con los jirones de un disfraz enredados en la cintura, y que se tumbaría a dormir en medio del asfalto. Pero lo cierto es que cualquiera de esas apariciones o epifanías, improbables aunque no imposibles, lo hubiera perturbado y hubiera deshecho el instante infinito de su bienestar, de su estar allí acurrucado entre dos arbustos en medio de un barranco en lo más profundo de la noche.

miércoles, 7 de febrero de 2018

A POCOS DÍAS DEL CARNAVAL, RECUERDAS…

Una y otra vez, las sombras de la mente. Las mentiras oblicuas. Las mondas resbaladizas de la fruta. Sombras de la mente son las mentiras calladas. Callejeas. Cada casa, un fruto podrido. Una y otra vez, manos detenidas en quicios de ventanas. Manos resguardadas ante los méritos del día. Desvías la mirada. Miríadas de sombras, milagros de modorra, miradores de la mente. Te vas dejando raspar por las calles. En una esquina los árboles fruncen sus raíces en la mermelada de asfalto. Frotas los ojos contra todas las resoluciones. Frenesí. Fritura. Cada casa, una punzada de sombra. Frutas, una y otra vez, en la memoria. Un miércoles de ceniza, hace no mucho, entró el amigo, alelado, en un bar de siluetas, todo estaba sombrío, colmado de coca el aire del local, embebidos los ojos en el alcohol de muchas horas. El amigo lo contó y tú viste su casa al pasear por las calles que esconden las respuestas. Dijo que había entrado en el bar y se había dejado apretujar entre las sombras, en turbia soledad, confianza ciega, consentida desaparición del ser. Aún no estaba enfermo entonces el amigo. Calles que callan. Sombras de la mente, una y otra vez. Fisgoneas tras los cristales arrebujados en las sombras. Torres cilíndricas, jardines laterales, vidrieras ovaladas de los vestíbulos. Casas que no se ven, que no se oyen. Casas de porcelana en calles de cristal. Algunas veces, una casa de piedra, envejecida, como un menhir silencioso en medio del arrebol: su fachada como dada la vuelta, basta detenerse frente a ella para estar del otro lado del mundo, muy lejos de donde se está, en el revés de uno mismo, dando volteretas de instante en instante. Fijeza. Frenesí. Mentiras espolvoreadas. Por calles mojadas cruzas. Mondas de fruta secas, resbaladizas, como bragas sucias dejadas en un charco tras un minuto de sexo silencioso. Miríadas de seca sombra sobre los mismos pasos que hemos dado siempre. Calle arriba, calle abajo. Metros de obsesión. Esquina tras esquina, contenedores en cada una, cada esquina más mugrienta a medida que avanzas. El amigo no sabía entonces que ahora tendría un tumor. Penetraba resquicios entre los cuerpos. Barajaba su propia sombra con la de los demás. Supuración de todo acercamiento. Chispa de cualquier conversación. Festivo, salvaje, licencioso, el amigo había entrado en un bar repleto de máscaras. Se había acercado a la barra entre el sudor del frufrú. Un ron cargado y al baño para drogarse. Así es aquí. Sombras de madrugada. Morir es fácil con los ojos abiertos. Menos fácil con la mirada ciega. Se irá de este mundo, el amigo de las máscaras, con ojos vueltos del revés, apadrinando sombras, celebrando en la trastienda rituales de intervenciones mínimas, sembrando certezas con que rehacerlo todo en el último segundo. Musitando palabras más para los demás que para sí mismo. Él es así. (Tú callejeas, pero no entras en los bares si no es para desayunar. Huyes de las sombras que te aguardan enmascaradas en arcenes y solares, tras postigos y dédalos, dedos de dulzura aferrados al perímetro de los recuerdos. Das, dados o dedos, demoledores informes a jardines impasibles: el uno es la mejor de las tiradas; cuatro unos seguidos son un cáliz de bienvenida unidad: uno, uno, uno, uno; dos dirán que dan más, pero son muchos, muchos doses sin ningún uno son dosis delicadas de asimilar: dos dosis, dos, dosis de doses; tres veces tres y cuatro veces cuatro a saber cuántos seises suman; el cinco sigue al cuatro como el tres al dos y a todos los sigue siempre un síncope; cinco cincos seguidos suman veinticinco y entonces la jugada se vuelve arisca: cinco, cinco, cinco, cinco, cinco; infame, ¿no?) Todas las combinaciones posibles de las tiradas de dados son como las sombras que los dedos trazan cada tarde en el resol de las ventanas. Dedos solos que se han descolgado de la mano y que, como dudas o dados, atruenan en los tableros huecos de fachadas mudas. Una y otra vez, las sombras de la mente. Están ahí en una aureola de insatisfacción, de perdido contacto con la vida, saturado tropel de irrealidades. El amigo contaba el estupor y el brío del contacto, la tropelía del sudor, el pistoletazo de las risas, los arabescos de los disfraces locos. Nada de esto se perderá para él en el último segundo, en el último consciente, al menos, cuando aún no se haya hundido en el pérfido sopor del infortunio. Lanzas ahora para él los dados de los dedos, avanzas: uno, tres, dos, cinco, cinco, uno, seis, tres, tres, tres, cuatro, dos, seis, cinco. La única fortuna, poder lanzarlos otra vez. Y otra, y otra. Vivir entre dos puntos seguidos, un instante más. O entre comas, al menos. La máscara, la plaza, los palacios, la inconsistencia, el milagro, las sombras, las mentiras, el jardín, los bares, las casualidades, el tira y afloja de los dados diarios. El amigo contó más cosas, pero no las recuerdas. Pronto no las contará más y tú las recordarás. Un cuento y un recuerdo, un cuerdo y un recuento: ¿qué te apuestas?   

PRESENTACIÓN DE "LA ALTA RUTA" DE MAURICE CHAPPAZ EN TENERIFE


ENTRADAS POPULARES