jueves, 30 de diciembre de 2010

DESPUÉS DE UN BREVE REGRESO A LA ISLA

He estado postergando, en estos últimos días, cualquier intento de elucidación de algo que llevaba bullendo en mi interior desde el pasado domingo. Sabía que había ocurrido algo, incluso, como en leves bocanadas de un aliento recién perfumado, sentía las señales de lo que, desde algún lugar interior, latía y me culpaba, o al menos así lo pensaba yo, por no ponerme inmediatamente manos a la obra, por no dejar cualquier otra actividad o no establecer imperiosamente las condiciones adecuadas para la aproximación o elucidación de lo que, oculto, no dejaba de bullir. Por qué lo postergaba: una buena pregunta. Tal vez quería abandonarlo a su suerte como un modo torpe de saber si era realmente algo, y también si ese algo merecía algún tipo de esfuerzo posterior por mi parte. O tal vez sospechaba que iba a agotarme la elucidación, que incluso podría ser superior a mis fuerzas: pues una cosa era haber experimentado involuntariamente, un domingo cualquiera de mi vida, en un regreso a la isla, una especie de melodía lumínica, un balanceo del ser en el corazón de la luz, una extraña apertura, como a través de un túnel imprevisto, de todo lo visible, hasta entonces, en comparación, tenebroso y confuso, y otra cosa muy distinta era sentarse, apoltronarse, recomenzar el ritual demasiadas veces repetido de teclear negro sobre blanco, esa sedentaria y acaso vana actividad. Así que lo había postergado, y, aunque me sintiera en cierto modo culpable por ello, jugaba con la idea de que de mí dependía que algo al parecer valioso (pues sin duda procedía de fuera de mí, del aire de un domingo transparente, de la luz que se filtraba a través de los pinos como el agua de un río transcurre sobre las piedras del cauce) pudiera perderse si yo así lo quería, lo cual demostraba, seguramente, que no era tan valioso, o tan solo que yo era una persona perezosa o indolente porque no me sometía a ninguna exigencia externa de trabajo y prefería vaguear, ir de un lado para otro en el interior de la casa, sentarme un rato a ver el telediario con mis padres, contestar un mensaje de móvil a un amigo, afeitarme, salir a echar un vistazo a la placita pegada a la trasera de la casa. Tampoco me parecía que fuera a interesarle a nadie el relato de un día en que decidí subir hasta lo alto de la isla, atravesé durante un buen rato las nubes que formaban una espesa capa de niebla, asistí, a medida que subía, a la disolución de esa misma niebla, cada vez más delgada, hasta que al final desemboqué en la llanura volcánica pisada por el sol, el cielo de un azul vivísimo en apasionada fricción con la tierra negra, ocre, esa increíble atalaya sobre las nubes, como si hubiera accedido a un mundo distinto del mundo del que procedía. Y, desde luego, aún menos podría interesarle a nadie el vínculo que, inconscientemente, establecí entre la luz exterior y la interior, entre la niebla exterior y la interior, lo que me hizo sentir que ese día, ya cerca del final del año, estaba dejando atrás una etapa oscura de mi vida; sentimiento absolutamente arbitrario, caprichoso y desmedido que lo único que revela, tal vez, es la fragilidad de nuestra alma, la imperiosa necesidad que sentimos, a veces, de que el mundo alumbre el tortuoso camino interior que transitamos.

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