sábado, 29 de diciembre de 2018

LA LUZ DE LAS LINTERNAS


Para bajar estas escaleras es preciso encender la linterna, menos mal que hoy en día los móviles vienen provistos con linternas, pues hasta hace unos años hubiéramos debido usar mecheros o caminar a ciegas, pues es total la oscuridad aquí, tanto en las escaleras como en el paseo al que conducen. Menos mal que hoy en día basta con llevar un móvil en el bolsillo para iluminarnos los pasos. ¿Ves allá enfrente, en la montaña, esas otras luces de linterna? Son también linternas de móviles, las han encendido unos jóvenes cuyas voces llegan hasta aquí, hasta el paseo que da sobre el barranco. Conozco ese costado de la montaña, pues lo he transitado a veces de día. Hay un sendero que sube varios kilómetros hasta un estanque rodeado por una valla metálica. Pero esos jóvenes no vienen de tan arriba, sólo han subido unos cientos de metros para fumarse unos canutos y beberse unas cervezas. En una noche así, intersticial, a dos días del fin de año, pero en sábado, apetece quizá algo diferente a lo que se hace normalmente, apetece subir por el camino de la montaña hasta alguna explanada, o hasta una de las casas abandonadas, casi del todo derruidas, en las que se puede, sin embargo, permanecer un par de horas tocando una guitarra mientras se fuma y se bebe a la luz de las estrellas. ¿Oyes las voces frescas, risueñas, acompañadas por la luz de las linternas? Ya deben de estar de vuelta, los jóvenes, pues parecen estar bajando y cierta alegría se trasluce en el tono. Desde aquí se los oye y se los ve, deben de ser cuatro o cinco, y no saben que los observamos, pues hemos apagado la linterna y estamos callados escuchando el silencio sólo roto por esas risas transparentes que se van descolgando montaña abajo. Hacía mucho tiempo que no veníamos a este lugar. Cuando aún no ha anochecido, se ve a grupos que se reúnen al final del paseo, en una especie de mirador sobre el barranco, y que cuando llega la noche se transforman en sonido puro, en voces, risas, música, un sonido que se va apagando a medida que los grupos se retiran y se queda vacío el mirador. A veces hemos estado allí, en ese lugar, cuando ya se ha marchado todo el mundo, y nos hemos preguntado por su ausencia. Hemos pensado que hasta hacía poco rato había una serie de grupos que se susurraban historias, que canturreaban acompañados de guitarras, que fundían sus cuerpos con la luz destilada por los astros. Y nos hemos preguntado por qué nos habíamos quedado hasta el final, si era para encargarnos de custodiar todo lo perdido, lo ido, lo pasado, o si acaso lo hacíamos para que nuestra conversación, nuestros secretos, las canciones que también nosotros cantábamos, no fueran atesorados por nadie cuando nos marcháramos. ¿Crees que hay una conexión entre el mirador y la montaña? Sé que desde el mirador hay un acceso hasta el barranco, y que una vez que se ha cruzado al otro lado es posible subir por la ladera hasta el camino principal que recorre la montaña. Pero dudo que esto pueda hacerse de noche, ni siquiera con linternas, salvo que se conozcan muy bien los recovecos del barranco. A veces, cuando hemos venido a esta hora, de noche, cuando todo el mundo se ha ido, y nos hemos apostado en la baranda del paseo que da sobre el barranco, nos hemos preguntado cómo hubiera sido ser ellos, ser los jóvenes que, en noches como esta, llevan sus guitarras, unas latas de cerveza, unos canutos, hasta el recinto de una vieja casa abandonada, o hasta alguna pequeña explanada junto al camino, cómo hubiera sido ser ellos para sentir la libertad absoluta de la noche, la confusión de sus sustancias con nuestras sustancias, la dispersión de las voces y la conjunción de los cuerpos, todo ello sin ser precisamente nosotros, siendo ellos, siendo otros, ¿o acaso no somos ellos ahora que los contemplamos reír mientras descienden con la loca luz de las linternas enredada a sus pies? ¿No somos o hemos sido ellos, no lo seremos alguna vez, cuando queramos, nosotros que contemplamos desde esta oscuridad, sin ser detectados, el tiempo que se escapa, la rueca que forma el hilo que habrá de ser cortado, el fondo ciego del barranco al que un día habremos de lanzarnos? ¿No eres tú aquel que acaba de hablar, no es ese tu tono de voz, no es esa la palabra que pronunciaste un día de finales de diciembre, antes de fin de año, hace tanto, y no soy yo quien te contesta y te dice que aún es temprano para regresar, quien te convence de volver a la casa abandonada para seguir bebiendo hasta que amanezca sin preocuparnos por el estado en que nos encontrará la luz de la mañana? Estamos aquí, al pie de la escalera, en el paseo sin iluminación, mirando las estrellas, escuchando unas voces que no nos pertenecen, soñando con pertenecer a otro mundo, al borde de nosotros mismos, sin la conciencia de quiénes somos exactamente, sin saber muy bien por qué estamos aquí ni cuándo volveremos, sin preguntarnos nada, tan sólo escuchando, escuchando unas voces, vigilando el regreso de los jóvenes montaña abajo, dibujando en nuestras mentes el recorrido de las luces de sus linternas encendidas y uniéndolo a lo que conocemos del trazado del camino. Pronto también nosotros nos recogeremos, pero no antes de que ellos regresen y apaguen sus linternas. Hemos de asegurarnos de que todo queda a oscuras, una noche más.

viernes, 28 de diciembre de 2018

EL LUGAR DONDE VIVO

No es la primera vez que me ocurre, pero creo que es la primera vez que me da rabia: no poder proseguir una lectura porque se interpone la escritura, el deseo de escribir, una compulsión que se materializa en un cosquilleo de los dedos, una musiquilla inaudible que rezuma por los poros de las yemas y que, si se dispone de un teclado –pues se trata en estos casos de una escritura que se teclea, martilleante, contusa–, se vuelca sobre las teclas y se da a luz a sí misma, una escritura que hace nacer la escritura pero que en realidad ha sido procreada por unas líneas leídas, por una asociación de palabras, por unas palabras leídas que recuerdan otras escuchadas, o unas palabras que, al leerse, desvelan lo que nunca se acabó de leer, ¿o acaso es posible que sea el mero acto de la lectura, en abstracto y sin necesidad de recurrir al texto que se lee, lo que genera la escritura? No estoy seguro. Quizá el proceso es más simple y se trata tan sólo de que unas palabras producen una imagen que produce a su vez el deseo de decirla. En cualquier caso, no sé muy bien qué palabras leídas fueron las que me llevaron a visualizar aquella bañera que compartí hace tantos años con alguien a quien acababa de conocer. Es posible que fuera un verso que reza el lugar donde vivo, un verso sencillo que podría haberme hecho recordar cualquiera de los lugares donde he residido, pero que leído ahora, así, quizá por hacerlo en estos días de vacaciones, días de distancia y de respiración, de agobios menos pesarosos y tiempos más flexibles, me ha llevado a recordar aquella residencia universitaria y la bañera del cuarto de baño donde una vez compartí con alguien a quien acababa de conocer unos juegos eróticos bastante inocentes para nuestras respectivas edades. Lo curioso es que en mi recuerdo el lugar en que conocí a esa persona está ubicado en unas calles que no son las de la ciudad donde vivía entonces, sino las de una ciudad posterior, más grande y cosmopolita. De hecho, los demás recuerdos asociados a esa persona, especialmente el de un desayuno compartido en una terraza de una avenida principal en donde juraría haber saludado a varias personas más, conocidas o recién presentadas, gente que se marchaba o que llegaba, están todos ubicados en aquella ciudad posterior. El recuerdo de la bañera, sin embargo, por algún extraño motivo, está incrustado en el estudio de la residencia universitaria donde viví en la primera ciudad, unos años antes, y es del todo imposible que esa escena haya ocurrido allí, pues fue en la segunda ciudad, si mi memoria no se confunde por completo, donde conocí a aquella persona. Un día nos cruzamos por la calle y me llamaron la atención su pelo largo, su tez morena, su belleza hasta cierto punto salvaje para alguien procedente del norte de Europa, su desenvuelta forma de andar, como si fuera todo el tiempo abriendo puertas invisibles o como si se preocupara muy poco por llegar a algún sitio y simplemente disfrutara de la acción de caminar. Todo eso, unido a una complexión robusta, a un atractivo indudable frente al que sólo cabía dejarse subyugar, hizo que me fijara en él. Creo que uno de los dos debió de empezar a seguir al otro a lo largo de aceras con árboles, por jardines frondosos, como los que hay en las urbanizaciones llenas de recovecos, y esos jardines y esos recovecos hacían que apareciéramos y desapareciéramos el uno para el otro. Aparecer y desaparecer incentivaba el deseo: ¿volveríamos a vernos al cabo de la siguiente esquina? Nada era demasiado seguro, como no lo fue nunca en aquella extraña relación que se prolongó durante algo menos de un mes. Lo único seguro fue la tarde de la bañera, los juegos de descubrimiento a los que nos entregamos con absoluta pasión, pero precisamente esa seguridad total está recolocada en el recuerdo, trasladada a un lugar anterior, extraída del tiempo real de nuestra relación, como salvada de la incertidumbre a la que al parecer estuvimos siempre condenados, ya desde el principio, desde las idas y venidas a través del laberinto de las calles y los jardines, como si quisiéramos vernos y dejarnos de ver y no encontrarnos nunca de verdad. Eso fue así incluso en la escena, que me viene ahora mismo a la memoria, que puso punto y final a ese juego del escondite: mi aparición en un bar al que creía haberlo visto entrar, y mi aproximación a la barra, sin haberlo descubierto todavía, hasta que acabé divisándolo en la última silla, sentado de espaldas, en medio del humo, con la melena cayéndole sobre los hombros, pero con la cara ladeada hacia la puerta, como si me esperara, o como si no estuviera seguro de que yo lo había visto entrar y temiera haberse escondido demasiado deprisa en aquel antro. Hasta en aquellos momentos, y en la conversación que mantuvimos, y que parecía absolutamente sincera, hubo siempre un reducto de incertidumbre. No recuerdo ahora si fue esa misma noche, creo que sí, cuando se vino a mi casa, pero sí me acuerdo con total intensidad de cómo me acerqué por detrás mientras él estaba mirando a través de una ventana, hacia el jardín, con la melena flotando en medio de la noche, y cómo le acaricié los hombros mientras el olor de su pelo aturdía la habitación, dejaba el rastro más punzante en cualesquiera de los sentidos, pues era más intenso que el tacto y que la vista, que el gusto y que el oído: el olor de su melena era capaz de matar si no se estaba preparado para lo peor, y yo no recuerdo haberlo estado, no recuerdo haber estado preparado para nada de lo que luego ocurrió, su invitación a visitar la casa de sus padres, la primera noche que pasamos en la buhardilla, la fiesta que allí, en ausencia de sus padres, tuvo lugar la segunda noche junto a muchos de sus amigos, la habitación comunal en la que esa noche dormimos quince o veinte personas sin que que yo estuviera seguro de si él dormía o no a mi lado, pues era tal la oscuridad, tal el mareo de la resaca, que unas veces creía reconocerlo por el olor de su melena y otras sentía que a mi lado dormía otra persona, chico o chica, mientras él iba y venía, se levantaba y se acostaba, me acariciaba y me abandonaba como había ocurrido siempre en su caso, salvo aquella vez en la bañera, donde fue indudable el encuentro, sin fisuras, con la luz plena del cuarto de baño iluminando los cuerpos desnudos bañados por el agua y el jabón, una luz que, lo recuerdo ahora, se encendía mediante una célula fotoeléctrica, y que era sin duda la del cuarto de baño del estudio de la residencia universitaria de la ciudad donde viví varios años antes de conocerlo. Es allí, en esa luz indudable, en esa bañera que iluminaba la presencia misma de los cuerpos, y cuya ausencia bastaba para que la luz se apagara e incluso donde, si no recuerdo mal, había alguna esquina en la que los cuerpos eran indetectables y la luz se apagaba después de unos minutos, hasta que un movimiento brusco, un regreso hacia el centro, bastaban para volver a encenderla; es allí donde la memoria sitúa la escena de la bañera, que ocurrió de verdad pero no allí, no pudo ser allí porque en aquella época todavía no nos habíamos conocido. Después de aquella fiesta en casa de sus padres, quizá por la acumulación de los cuerpos y la difuminación de los límites, o bien porque tuvo lugar allí algún encuentro del que no fui consciente, el contacto entre él y yo se fue debilitando. Fue como si la incertidumbre se decantara no por la cercanía sino por la distancia. Creo que el desayuno del que antes hablé fue nuestro último encuentro o, al menos, nuestra última cita, pues mucho más tarde, cuando la relación, o lo que fuera que nos vinculara, ya se había terminado, nos encontraríamos varias veces en una sauna. Una de ellas, recuerdo, estábamos sentados casualmente muy juntos, en medio de otros cuerpos, y volví a sentir el olor de su melena inolvidable. Creo que pasé la mano por su pelo mojado, por sus hombros, por su espalda erizada, y que él me sonrió con una mezcla de piedad y deseo antes de levantarse. Si mi memoria no me engaña, esa fue la última vez que lo vi. 


Y ahora sí seguiré leyendo. El libro se titula Sin mover los labios.

domingo, 23 de diciembre de 2018

ANTES DE CAER


Antes de caer, antes de caer, o de dejarse caer, una vez más, como una bola de superficie rugosa, con semipatas parecidas a muñones, extremidades que tiemblan al menor contacto con la turbiedad del asfalto o las aceras, antes de caer, o de dejarse caer, en dirección al mar, sin entreverlo nunca, o sentir siquiera su brisa, la fría brisa nocturna que el mar exuda en estos días de otro año que termina, habría que intentar leer hasta el final el libro que se dejó una vez a medias, tanto tiempo atrás, aquel que describía los vericuetos que nos saldrían al paso, el que contenía un mapa poco fiable de la ciudad, un mapa que, a pesar de sus incoherencias, era el único que podía servir para llegar hasta abajo, hasta donde desembocan todas las calles como los hilos de agua que recoge un embudo, habría que sentarse, en el borde herido entre una hora y la siguiente, en un rincón del cuarto menos visitado, allí donde los muebles se amontonan sin criterio porque son propiedad de quienes ya no existen, y sus dueños, quienes ya no existen, disponen los lugares precisos en que cada mueble irradiará hasta el fin de los tiempos su misteriosa incandescencia, allí, en un rincón de ese cuarto concebido para la expulsión, habría que sentarse a leer, a terminar de leer el libro dejado a la mitad, o hacerlo de pie en un ir y venir ansioso entre puerta y pared, entre puerta y pared, el libro de instrucciones, el manual de las exploraciones clandestinas que contiene el secreto de cada uno de los lugares de paso, de cada una de las estaciones que el pie habrá de hollar sin dejar de sentir el ardor insoportable de su tránsito, habría que hacerlo, sí, antes de caer, antes de dejarse caer, rodando como una bola de contorno rugoso y repulsivo, por una de esas calles que conducen al barrio portuario, al barrio que todos conocemos desde niños, ese lugar donde fuimos felices cuando peor se nos trató y que por eso mismo nos resulta ahora extremadamente seductor, pues no sabemos cómo ni por qué hemos perdido la sabiduría que antes nos daba el contacto directo con la baba heredada de ese racimo de casas junto al mar, no lo sabemos ni sospechamos siquiera cómo ha sido posible que nos cueste tanto decidirnos a caer, o a dejarnos caer, por una de esas calles, y son muchas, que llevarían directamente al origen de todos nuestros males, al lugar en el que nuestra enfermedad se curaría al ser incorporada a la primitiva enfermedad del nacimiento, son muchas, lo sabemos, y no nos atrevemos a pensar ni siquiera en elegir uno de esos accesos, cualquiera de esas bocacalles sucias que, en un giro imprevisto, dan de lleno en el corazón de la ciudad, nos depositan en la indeseada desnudez del mar abierto que, lo sabemos, lo sabemos, dejó de existir hace ya mucho tiempo para nosotros, y sin ningún esfuerzo ni ninguna resistencia permiten acercarse a las emanaciones primordiales, aquellas que ya no queremos ni sabemos aspirar, como si no nos fuera en ello la vida, como si se pudiera seguir viviendo de este modo, con una desconexión tan brutal de esas verdades íntimas que cualquier asomo de pureza, cualquier incitación perturbadora nos frena y reconcome, cercena los deseos de salir, de aproximarnos, recorrer, explorar o calibrar las posibilidades de un encuentro, sí, es verdad, basta una música fuera de lugar, un perfume traído por el viento desde lejos, una reminiscencia de algo que no sabemos si existe todavía, para paralizarnos en el instante mismo en que íbamos a comenzar a andar, sí, es verdad, pero no por eso desaparece lo que estábamos a punto de vislumbrar a nuestra espalda, la zozobra de lo que nos precede, el instante que nos propulsa, lo sabemos, y antes de caer, antes de dejarnos caer una vez más por las calles tantas veces transitadas, pero también, tantas otras, olvidadas, sabemos que estamos obligados a documentarnos, que sería preciso recurrir a los conocimientos que nos facilitaría nuestra propia ignorancia, pues hubo una vez, la hubo sin duda, en que fuimos otros y supimos que seríamos los que somos ahora, o al contrario, en cualquier caso sería preciso no perder de vista la importancia de todos esos conocimientos, retomar la lectura del libro que dejamos a medias aquella tarde, la tarde en que estábamos tomando un té tranquilamente en casa y nos pidieron que fuéramos a hacer la compra, o aquella otra en que la espera desveló todos sus agujeros como si fuera una tela raída e inservible, la espera junto a un reloj, junto a un teléfono, la espera en la sombra, junto a una puerta, junto a un espejo de grueso marco de madera, junto a unas estanterías llenas de figuras de falsa porcelana, la espera junto al abatimiento, la espera en el centro de la disolución, sería aquel el instante que ahora habría que recuperar como se retoma la lectura de un libro dejado a medias una tarde, pues antes de caer, antes de dejarse caer por el siniestro laberinto de calles en dirección al puerto y su inmundicia, debería saberse, sería preciso saber que el mar cuya fragancia llegaba hasta la casa de entonces, y cuya azul lejanía nos hacía soñar como posesos en la ingrávida esquina de un balcón, fue arrebatado hace tiempo, aspirado por la devoradora boca de los días, pues nos dieron el cambiazo, como si dijéramos, con ese mar que ahora no es un mar sino un depósito inmundo de cáscaras de sueños, antes, sí, antes de caer, antes de dejarse caer rodando como una bola nauseabunda hacia las partes bajas de la ciudad, que deberían, en principio, detener la caída del cuerpo, si hubiera parapetos suficientes, barandas sin resquicios, contenedores bien alineados en las dársenas pesqueras, antes de todo eso, si hubiese ocasión, debería abrirse un libro por la página marcada, poner los dedos sobre las palabras que no supimos entonces leer, o no pudimos, amontonar las cuencas de los ojos de todos aquellos que nos precedieron en ese acto de impúdica, clandestina lectura, como si fuera preciso, para dar ese paso, el paso que nos llevaría hasta el final del muelle, allí donde un faro proclama la terminación de la ciudad, convocar todos los ojos posibles sobre una sola palabra, introducir todas las palabras leídas en los ojos de todos, ya borrados, ya borrados los ojos, borradas las palabras, y salir, y caer, y dejarse caer hasta el fondo de la ciudad sin mar, hasta el fondo del mar, hasta el fondo del mar, ¿no es cierto?    

DESCENSO AL VACÍO DE LOS TRONCOS



Por un resquicio se asoma, por el otro se pierde. Transforma la verdad en ceniza y la ceniza en verdad. Desordena los órdenes y solivianta las seguridades. Se conduce por el filo de un abismo entre la decadencia y la cadencia. Rescata, inimaginables, los trazos por los que circula, las huellas que deja al pasar. Carcelero y preso a la vez, carcelero de sí mismo, preso de su propia sinrazón, raspa con la impaciencia de un hambre de espacios los muros que levantó y, a través de orificios incalculables, se balancea entre la invisibilidad del cuerpo y la ominosa materialización del espíritu. Florece en un abismo. Desencadena estancias, reúne pedazos de un discurso intangible, estudia con detenimiento los cauces por los que nunca discurrirá. Ha levantado una piedra que pesa y, en el asombro del peso y de la piedra, se ha detenido a escuchar lo que no pesa, la piedra de la memoria, la impiedad de la piel. Encuentra en los resquicios el único lugar estable, y destila en cada impune reducto la atesorada minucia de una materia tierna, especiada, lavada mil veces entre las telas del corazón. Descorre las cortinas para una carrera entre el espacio y el tiempo, entre la tortuga y Aquiles, entre la almendra y el ojo. Vencen siempre, se vencen, las cortinas, que, corridas, descorridas, corridas, descorridas, balanceadas por el paso de los sudorosos contendientes, guardan un aliento que las hace ecuánimes, protectoras, salvíficas. 


Ha construido un telar de revelaciones, mesas para la meditación, la viva efigie de la desmesura que se contenta con parecerse a la nada. Declara las bodas del oro y el basalto, que suman sus brillos como los cuerpos negros y dorados de los pobladores de una selva permutan sus extasiados miembros en devoraciones incesantes. Da a entender lo indescifrable, lo que queda agarrado a un ápice del sentido, a punto de desvanecerse en la decoloración. Posibilita los asombros que nadie espera porque ya nadie espera nada y regala los resquicios que nadie regala porque nadie ha regalado nunca nada: dueño y señor de los asombros y de los resquicios, dadivoso y desprendido vasallo de sí mismo. Navega a través de las cortezas que flotan. Sume sueños enmarañados en la maraña del fieltro. Retuerce los nudos y los alfileres, distorsiona los sentidos de la desnudez y de la unción. 


No se sitúa enfrente del dolor, sino en el interior del dolor: ha metido las manos en la masa sufriente y ha amasado con toda la fortaleza de la que ha sido capaz las estatuillas del duelo, que no ve nadie a menos que se funda con esa misma masa sufriente que hierve, tampoco esto se ve, como la lava recién brotada de un volcán. No se sitúa enfrente del dolor: salta sobre él después de haberse hundido en él. Se abraza a las cortezas para respirar el vacío de los troncos, el interior desnudo de la vida, y cada corteza que atrapa, cada corteza que lo atrapa, se desmaterializa y se desorganiza: aparece a su través un mundo nuevo que no es el del origen ni el del fin de los tiempos, sino el mundo del instante, el mundo del resquicio, el de la rugosidad del tiempo. Hace que la ceniza cante porque la voz ha perdido carne. Renueva en la ceniza la carne que ha perdido su voz. Vence en la voz la ceniza que revela el yugo vacío de la carne. Amedrenta con sólo sugerir. Atesora con nada más que malograr. Aturde con tan sólo mostrar. Revela el corazón que palpita cada miles de años y que por ello parece muerto, cuando es su salmo, el salmo del corazón que palpita cada miles de años lo que realmente merece la pena detenerse a escuchar. Dora con oro de vida lo dormido, lo muerto, lo que no existió nunca, lo solo, lo desaparecido, lo que estuvo y se fue. Se desembaraza de las sombras dibujándolas en su propio cuerpo y se desembaraza del cuerpo clavándolo en la diana del desamparo y de la sombra.


Habla sin hablar, nace sin acabar de nacer, muere para no morir, vive sin vivir en sí, respira para dejar de respirar y rumia sin dejar nunca de rumiar, pues lo que rumia es su propio rumiar.


Cuánto, qué difícil, desde dónde, con quiénes, dando lugar a qué, cómo, hasta cuándo.

La herida viva, la paz buscada, la ceniza compartida, el amor desfigurado, el sueño abierto, la verdad rasgada, la pared insomne, el peso muerto, la piedra levantada, la sábana interpuesta, la desazón temida, el canto cancelado, el ojo expuesto, la verdad herida, la busca apaciguada, la vida amada, la figura partida, la abertura soñada, el insomnio emparedado, la muerte en peso, la piedra levantada, el miedo cancelado entre las sábanas.

O no, o como si entráramos en la devastación más luminosa. En las entrañas de lo irrecuperable. Hay una acidez en el interior de la gracia. Más acá o más allá, alguien ha carcomido con sus uñas prehistóricas los perfiles de la luz. Inoculada, la gota de oro arde en las entrañas de la vida. Allí se transforma en un río de oro por el que navegan las barcas que atraviesan el orco. Al final del viaje no renacen los cuerpos, no se reconstituyen las memorias ni se revitalizan los sentidos. No. El extremo de los suspiros que lanzan al abismo las almas capturadas es un canto inaudible que sólo se escucha cuando se ha alcanzado el territorio de la indefinición: reducidos a la materia más viscosa o más etérea, por alguno de los poros que transpiran aún nuestro sudor calcificado, ceniciento, se escapa el hilo de una canción perdida. Quien la escucha puede decir que está más allá de la vida o la muerte.



* Jesús Hernández Verano, Rumia, SAC (Sala de arte contemporáneo), Casa de la Cultura de Santa Cruz de Tenerife. Del 16 de noviembre de 2018 al 4 de enero de 2019. Todas las fotografías son de Sergio Acosta.  

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