miércoles, 20 de noviembre de 2019

UN TIEMPO DE HORMIGÓN PARA LO QUE FLOTA EN EL TIEMPO


* Sobre la exposición Tiempo, memoria, ficciones. 30 años del Centro de Fotografía Isla de Tenerife, Sala de Exposiciones del Colegio Oficial de Arquitectos de Tenerife, La Gomera y El Hierro. 18 de octubre-30 de noviembre de 2019.

Llamar a una exposición de fotografía Tiempo, memoria, ficciones es casi lo mismo que llamarla Sin título, pues resulta de una falta de imaginación que raya en lo irrespetuoso cuando se asiste a la magnitud de lo que en este caso se encuentra en el interior de la sala. Quizá sea un síntoma más de esa tenaza conceptual que se ha instalado en la que debería ser una de las principales instituciones culturales de la isla de Tenerife –TEA Tenerife Espacio de las Artes– y que ha dado en los últimos tiempos títulos tan estremecedores –por su insignificancia– como el supertrampiano –ya quisieran los comisarios y los comisarios-artistas que las perpetran– Crisis?, What crisis? (que va por la tercera temporada) o el no sé si goetheano o larsvontrieriano Europa. Ese exótico lugar, estremecimiento que en estos últimos casos ha afectado también al espectador de tales experimentos curatoriales (o laboratorios expositivos u oficinas de investigación artística, como se los quiera llamar), por cuanto se pone a prueba su capacidad de superación o, como se dice en estos tiempos, su grado de resiliencia: el espectador –al menos uno como el sujeto que les habla– no es que esté obligado a convertirse en un objeto más que deambula por la sala con el mismo desamparo o desánimo con que las piezas están expuestas en paredes, suelos, techos y vitrinas, sino que se ve forzado a dejar en la entrada –en el vestíbulo, como lo llaman– su capacidad de sorpresa, su sed de subversión, su sentido crítico y su sensibilidad estética. Lo que se exige de él es algo que se parece mucho más a la fe: se trata, en el fondo –las nombradas por último, digo–, de exposiciones religiosas, en las que se está obligado a creer que aquello que le sale a uno al paso tiene que ver con algún tipo de categoría artística. No se puede entrar allí descreído, pues el tortazo que se lleva uno es entonces monumental. Estoy, por tanto, en condiciones de afirmar que un museo que alberga tales exposiciones no respeta la libertad religiosa: constriñe al espectador a una fe absoluta en que, por mucho que las apariencias lo desdigan, aquello es, por decreto curatorial, una exposición de categoría, con piezas de calidad, con criterios estéticos de última generación, con riesgo máximo y, en definitiva, por decirlo austenianamente, con sentido y sensibilidad.

Tiempo, memoria, ficciones, sin embargo, pese a su título adormecedor o, a lo sumo, tautológico, pues, ¿qué otra cosa sino tiempo congelado es la fotografía?, ¿qué otra cosa sino memoria es el tiempo congelado? y ¿qué otra cosa sino ficciones son las memorias derivadas de la congelación del tiempo en la fotografía?, esta exposición tan adánicamente titulada plantea, sin embargo, digo, todo un recorrido que bien merece la pena una visita demorada, dos visitas, incluso varias visitas, detenerse ante algunas piezas para aniquilar con silencio y con pausa la vertiginosa velocidad de nuestro mundo y entrar así en otra dimensión, otras dimensiones, pero sin fe, sin seguridades, sin canalizaciones precisas que conduzcan el agua de las fuentes o las galerías a las tierras baldías de nuestra conciencia. Pedanterías al margen, puede decirse que ante muchas de estas imágenes se abre un abismo que nos conduce directamente al subsuelo de nuestra percepción, allí de donde manan los verdaderos nombres que casi nunca ostentan las cosas que en realidad importan.

Podrían hacerse muchos recorridos por esta exposición, y creo que casi todos desembocarían en la que parece la pieza principal de la muestra, una enorme fotografía de Carmela García en la que un grupo de personas, mayoritariamente mujeres, reunido en torno a una mesa de trabajo, en una habitación con cristaleras que parecen dar a un paisaje primaveral, contempla con atención –aunque alguna que otra se distrae, y quizá no haga mal– un libro de grandes dimensiones que bien podría ser un catálogo de arte o el libro de cuentas de una empresa de diseño interior. La pieza es extraordinaria: nos plantea toda una serie de cuestiones sobre la conjunción de la mirada, el empoderamiento de la mujer en el mundo laboral y la complejidad de las relaciones entre lo interior y lo exterior, todo al borde de quebrarse, todo bien sujeto en un instante de magia repentina. Es como si toda la exposición, las miradas de todos los espectadores, debieran confluir también en ese libro misterioso que, abierto sobre una mesa, parece contener el punctum de todo el recorrido.

Claro que antes de llegar hasta allí se ha atravesado por cuerpos desnudos en la lejanía insular o en los albores de una democracia en la que quizá no se creía demasiado, construcciones de hormigón armado que, instaladas en las calles de la ciudad comercial o en los terrenos baldíos del sur turístico, requerían de la fotografía –de la ficción– para terminar de existir, exploraciones de rincones insulares que a veces identificamos –a través del bruma del bromuro de plata, en ese pálpito único que desvela, revela y vela la mirada– y otras veces punzan nuestro frágil deseo como enigmas de los que no sabríamos separarnos. Hemos cruzado a través de la gravedad y de la gracia, hemos viajado fugazmente hasta la isla de San Borondón y a una fiesta neoyorkina –se diría– cuyas copas a medio vaciar revelan el amor pleno entre dos ancianas ante la atenta mirada de un gato. Y también realidades menos amables, no tanto instaladas en los recovecos del sueño o del amor sino en las anfractuosidades de las cajas de los museos arqueológicos, como en la impresionante serie de Teresa Correa que retrata huesos, calaveras, tejidos, agujas, todo el arsenal de restos de lo que fueron las momias mirladas de los aborígenes canarios. Aquí descendemos a la parte de la memoria que más alejada está de lo reconocible, pues aunque una y otra vez nos digan las fotografías de una ciudad lo que la hicieron dejar de ser para convertirse en memoria difuminada, y lo mismo con ese vasto territorio de los seres venerables, bien anónimos o bien célebres, que en muchas fotografías se nos aparecen de nuevo como recién salidos de nuestros sueños, aquí, en las cajas de los huesos, en los restos de las momias, la comunicación con el pasado es prácticamente inviable y, por eso mismo, tanto más necesaria.

Se ha dicho que los fotógrafos coleccionan sombras o instantes, que congelan con su revelación lo que estaba destinado a la pérdida o disolución en la lluvia del tiempo, pero lo que no sabíamos es que también eran capaces de llevarnos, como Virgilio, por el infierno de la precariedad existencial –las colecciones de vida de Alexis W, por ejemplo, con esas miradas que duelen–, por las pesadillas de la vida domesticada de toda una época –bodas de la burguesía, paraísos artificiales en medio de los arenales del sur, ciudades que gravitan en su abandono de siglos–; o, como Beatriz, guiarnos hacia la luz mediante la desnudez de un cuerpo hermoso, los brazos enérgicos de un padre etíope o la incalculable evasión en la caída ingrávida de la Judith de David LaChapelle. Entre esos extremos infernales y lumínicos –negativos y positivos de por medio– transcurre una exposición que, de todas formas, podría haberse esmerado mucho más en el montaje para evitar la sensación de "batiburrillo" y la falacia nostálgica que introducen la incorporación de algunas piezas de escaso valor estético y un par de vitrinas con objetos y documentos de anticuario que nada aportan a la obra expuesta.

Todo es en esta exposición tiempo, sí, todo es memoria y ficción, por supuesto. Pero también lo contrario: instante eternizado, presente permanente y realidad de lo que se revela como necesario y verdadero.      


lunes, 18 de noviembre de 2019

PRESENTACIÓN DE "UMBRALES DONDE APENAS LLEGA LA LUZ" EN TENERIFE


El jueves 12 de diciembre a las 19.30 h. presentaré en el Instituto de Estudios Canarios mi primera antología, Umbrales donde apenas llega la luz. Publicado en Bogotá por la joven editorial El Taller Blanco Ediciones, se trata de una selección de poemas de todos mis libros publicados y algunos textos inéditos. Me hace mucha ilusión compartir con los amigos este libro creado con tanto cariño por Néstor Mendoza, Geraudí González y Cristian Garzón, editores entusiastas que cuidan hasta el último detalle de los libros que crean. También es muy especial para mí que me presente el libro mi amigo el joven poeta Antonio Martín Piñero.

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