miércoles, 31 de diciembre de 2014

NOCHE OSCURA DEL TUIT

La felicidad es un momento imperceptible que se encuentra justo entre un cuadro de Francis Picabia y un libro de Cristóbal Serra.

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Si existe una razón de peso por la que no deseo morirme es porque no quisiera convertirme en objeto de un obituario de Juan Cruz Ruiz.

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Todo escritor que se precie debería ser capaz de escribir al menos uno de estos tres tipos de textos: un obituario, un pregón o una sextina.

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Uno de los miembros del jurado preguntó a sus cofrades si no se le podía conceder a él el premio pese a que ya lo había recibido hacía unos años.

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La editorial y la empresa funeraria lo contrataron al alimón para redactar obituarios de escritores a razón de un euro por lágrima.

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Lo que más destacaba en su forma de escribir era lo que un crítico denominó sus "metáforas fúnebres". Con alguna de ellas estuvo a punto de matar a algún lector.

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El escritor presentó su libro en un restaurante. Sus amigos lo invitaron a cenar y compraron el libro. El escritor dejó abundante propina.

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El escritor presentó su libro en una nevera. Sus amigos estornudaron y compraron el libro. Luego fueron todos servidos en bandeja para cenar.

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El escritor presentó su libro en el vientre de una ballena. Jonás le dijo: te denunciaré por plagio. Melville le dijo: sal de aquí "immediately".

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El escritor presentó su libro en un acuario. Con cada palabra que leía, soltaba una burbuja. La última burbuja decía: "socorro". Luego murió.

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El escritor presentó su libro en una floristería. Sus amigos le compraban flores y él les regalaba libros. Alguien le preguntó por su flor favorita.

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El escritor presentó su libro en una lavandería. Durante una hora, dio vueltas y retruécanos en el tambor de una lavadora. Al salir, recitó el final del Apocalipsis

martes, 23 de diciembre de 2014

AGRI(E/A)TADA PALABRA

Con permiso del autor y del editor, doy a conocer el prólogo que escribí para el libro Tratado de entrañeza, de Mario Martín Gijón, publicado el año pasado por la editorial Polibea. Completo la entrada con los cinco poemas que componen la primera sección del libro. 

Pocas veces asistimos al nacimiento de un lenguaje nuevo, quiero decir a la invención de un código surgido a raíz de una necesidad profunda. Para una buena parte de nuestras actividades cotidianas no precisamos de lenguaje alguno, pues se realizan en silencio, dentro del ritmo de la respiración o del movimiento, del sueño o de la mirada, del tacto o de la digestión. Para otra buena parte de nuestros quehaceres usamos nuestras lenguas maternas, esos códigos aprendidos que viajan con nosotros desde la infancia a la muerte y nos permiten quejarnos, manipular, recordar, pedir, pensar, seducir, convencer, contar y mil hazañas más de nuestras vidas de homínidos. Hay, sin embargo, un reducto inaccesible tanto para la ausencia de lenguaje como para los lenguajes aprendidos. Se trata de un fondo de experiencias que necesitan imperiosamente una verbalización pero rehúsan, igualmente pertinaces, el empleo de cualquier código pragmático. Es entonces cuando surge la poesía. O cierto tipo de poesía muy poco frecuente a la que le resulta imposible acogerse a los lenguajes consabidos. Se trata de una excepción, de un proceso de simbiosis entre el lenguaje y el silencio. En estos casos el lenguaje se desmorona para que entre sus pedazos puedan aparecer, de pronto, los restos de una vivencia indecible. Es un proceso contradictorio, pues, en rigor, lo que ocurre es que con los fragmentos dispersos de lo que anteriormente conformaba un código unitario el poeta ha creado un lenguaje nuevo, un lenguaje que no está destinado a comunicar nada. Lo que ha vivido no puede comunicarse, está entrañado en la propia sangre y es a la vez tan extraño a lo que sabe de sí mismo que el poeta se enfrenta con una especie de espejo roto, inservible. Se mira en los fragmentos y no se reconoce. Tampoco está ya seguro de tener un rostro. Sin embargo, esas piezas, esas teselas, esas ruinas son lo único que le queda. Con ellas no va a intentar reconstruir lo que quizá ni siquiera existió nunca, ese espejo entero en el que una vez creyó ver la unitaria imagen de sí mismo, sino que va a componer algo nuevo. Esas piezas son sílabas, fragmentos de palabras, fonemas, desinencias, raíces, resonancias, ecos, filamentos, huecos, paréntesis, vacíos, el otro lado del lenguaje tal y como lo conocemos. La poesía de Mario Martín Gijón responde a la necesidad de asomarse al otro lado de la experiencia desde ese otro lado del lenguaje. El literal entrecortamiento de las palabras, el hecho de que se desdoblen constantemente o de que generen nuevas palabras aunque parezcan ya haber concluido, responde al parpadeo indecible de una intensidad que no es otra que la intensidad amorosa. Trátese de la plenitud o de la separación, trátese del beso o de la ausencia, el instante vivido está irrigado por la corriente de la indeterminación, es inestable, carnal y fantasmal al mismo tiempo, y las palabras que genera, como un vaho que enseguida se borra en un cristal, son ellas mismas y son otras, no quieren o no pueden estabilizarse en una única forma, se transparentan y se desmienten, se responden para anularse: como un intenso diálogo de amor. Despojadas de ritos y retóricas, reducidas a un balbuceo de sílabas que se atropellan como en un afán por revelar lo imposible, estas palabras imprecan y conminan, ruegan y acarician, desvelan y ocultan, soplan y abrazan el cuerpo amado o la imposibilidad del cuerpo amado. Nada, sin embargo, es aquí lo que parece y cualquier lectura puede superponerse a otra lectura hasta la casi disolución de la necesidad de leer. Pues a lo que asistimos, precisamente, es a una nueva fundación del acto de la lectura. Estos poemas son palimpsestos de sí mismos, contienen numerosos dobles de sí mismos porque están vivos como los impalpables instantes de la vida. Ya no es posible continuar leyendo del mismo modo en que lo hemos hecho hasta ahora. La monotonía de un proceso lineal y consecutivo debe ser sustituida por el balanceo de un movimiento que se parece al de quienes, en vez de avanzar por los caminos señalados, se van por las ramas o se descuelgan por los abismos. Debe leerse de arriba abajo y de abajo arriba, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, entre líneas, entre palabras, entre letras, en los huecos, en cascada, en el aire y de través. Imagino incluso una lectura estereofónica, en la que cada partícula debiera ser leída por una parte de la mente, por una voz distinta dentro de nosotros. No en vano se trata, creo, de una poesía que, quizá sin pretenderlo, podría estar muy próxima de ciertas experiencias extremas de la música contemporánea. Tal vez sería posible hablar de nudos o de puentes sonoros, de ensamblajes o de acoplamientos, pero nada de esto daría cuenta de la radicalidad esencial de estos poemas. Poemas hueso, poemas hueso de un hombre de barro, palabras en cuyos adentros se sopla para que echen a andar tambaleándose y arrasen con todo lo que encuentren a su paso. Estas palabras abiertas por dentro, estas entrañas expuestas pero nunca desentrañadas, no dejan de balbucear a su vez nuevas palabras en una especie de discurso abarcador sin principio ni fin. En nuestros oídos —o en nuestra lengua— quedan resonando las distintas sílabas que las conforman, cada una con su pulso propio, su textura, su succión, su vida, y es justamente esa resonancia lo que constituye el verdadero sentido del poema. Una resonancia compuesta de múltiples generaciones simultáneas de sonido surgidas con la dulzura de un ruego o con la impetuosidad de una imprecación. Y al mismo tiempo, como al trasluz o como en filigrana, este cuaderno Mario Martín Gijón no deja tampoco de ser un maravilloso diario de amor, un conjunto de albadas, lamentos, oraciones, éxtasis, un ramillete de extrañas flores regaladas, desde la entraña, a un omnipresente u omniausente tú. 



e(x/n)trañas
lo v(í/i)vido
                    nado
entre dos (a)gua(s)
                              ntes
que es
          crib(e/a)n
de-más-ya-do
                       y






desfiliado
               lo(o)r
de ausenci(a/e)
                        no
en que me [quemo]
(d/r)ebato
hasta el vómito
                         logías
invento






divin(i/ae)dad ausente

perdías
            bal díos
sin mirada
                 ría igual
(de) lo que fueras





tiempo
            ema
                   durado
en el instante
                      ado
                             rado
sobre t(u/o)do lo(o)r





la voz e(n/x)trañada

le désir / el decir
                           realisable
que corta
                se(a)
hasta la e(n/x)traña
de la(s) lengua(s)

como un ósculo oscuro
grabado sobre p(ap/i)el.  

sábado, 6 de diciembre de 2014

LAS TRANSMISIONES


"Este libro, lector, está lleno de negación y de no saber. Rebosa de vacíos, huidas y renuncias porque la vida y la escritura poética solo se hacen negándose. O, más aún: cuando la vida es tomada por la escritura, y la escritura por la poesía, ambas no se darán más que a condición de negarse. Negarse a ofrecer cualquier sentido que pueda ser confundido con un modo cualquiera de expresión o de comunicación. Suprimir, denegar, olvidar toda referencialidad demasiado concreta, dibujada en exceso; vaciar toda insistencia de mundo definido y significado es premisa inicial, iniciática del impulso poetizador. El abandono, la plenitud oscura del abandono --en todos sus sentidos-- es la raíz poética." (comienzo del prólogo escrito por Alberto Ruiz de Samaniego)

El pasado mes de noviembre la editorial Polibea publicó en su colección 'La espada en el ágata' mi libro de prosas Las transmisiones. Veinticuatro lugares y una carta, con el prólogo de Alberto Ruiz de Samaniego cuyas primeras líneas acabo de copiar.

En su presentación del libro el pasado 21 de noviembre en el Ateneo de Madrid, el escritor Nicolás Fabelo dijo: "Parece como si Rafael se acercara a cada uno de estos lugares -además de para huir, para olvidar, para liberarse de tensiones y fantasmas- para que le revelasen alguna verdad profunda. A veces lo hace de manera casi clandestina, a escondidas, guiado por una curiosidad por encontrar una pista o clave".

Confieso no saber si esto es, de hecho, así. Ojalá lo fuera. 

Los lectores de este blog que deseen adquirir un ejemplar del libro pueden solicitarlo escribiendo un correo a una de las siguientes direcciones: maqueta@polibea.com o rafaeljosediaz1971@gmail.com. 

lunes, 3 de noviembre de 2014

EL CABILDO DE TENERIFE CENSURA MI PROYECTO VISIONARIO

Me es ingrato anunciarles que los responsables del programa Visionarios de Tenerife, puesto en marcha por el Cabildo de Tenerife, han censurado el proyecto que presenté y que publico ahora bajo estas líneas para darlo a conocer a la opinión pública. En un tuit lanzado hace unos días, me comunicaban que "la idea no se ha publicado por considerarse inadecuado su contenido". Un programa que admite todo tipo de ideas, desde plátanos congelados en rodajas hasta una mascota con forma de pato para la isla de Tenerife, un programa que lanza alegremente lemas como "las ideas llevan a otras ideas y así hasta el infinito y más allá" o "las ideas que no se comparten son como velas sin viento", que parecen una mezcolanza de Einstein y Paulo Coelho, rezuma contradicción al censurar un proyecto que, como el mío, solo busca embellecer una ciudad alicaída, incívica, sucia y gris como Santa Cruz de Tenerife; y, a partir de aquí, proponer un modelo de embellecimiento y ornamentación sostenible y biodegradable para todos los espacios urbanos de la isla. Permítanme compartir con ustedes, amigos, el proyecto que el Cabildo de Tenerife ha censurado.


RED DE CANALES URBANO-ESCATOLÓGICOS

Mi propuesta para el programa "Visionarios", del Cabildo de Tenerife, consiste en la instalación de una red de canales urbano-escatológicos en las áreas urbanas de la isla de Tenerife. Inicialmente, en una primera fase piloto, se instalaría esta canalización en Santa Cruz de Tenerife. En una segunda fase, en las ciudades de San Cristóbal de la Laguna, Puerto de la Cruz y Costa Adeje. Y, por último, en el resto de áreas urbanas del territorio insular.

El proyecto “Canalización urbano-escatológica para la isla de Tenerife" parte de la necesidad de dar una solución al alto índice de residuos fecales de procedencia humana existente en la isla. Del mismo modo, en el origen de este proyecto yace la preocupación por el importante número de fuentes de aguas estancadas, de lagos urbanos desaprovechados, de estanques de patos erradicados, de plazoletas de ranas que han perdido su capacidad de eyacular sin prisa ni pausa. Todo ciudadano responsable, y partimos de la base de que cualquier ciudadano de Tenerife lo es, sería incapaz de realizar sus necesidades en la vía pública. La calle, entre la gente de esta isla, se concibe como un espacio de convivencia ciudadana, el sanctasanctórum de la limpieza y de la higiene cívicas. Sin embargo, incluso el ciudadano más respetuoso, incluso el más modélico de los tinerfeños, puede verse alguna vez, por la circunstancia que sea (urgencia, ebriedad, indisposición) en la necesidad de orinar (o incluso defecar o vomitar) en plena calle. El sistema que propongo consiste en instalar nueve o diez macrofuentes de deposición en puntos estratégicos de la ciudad. Estos dispositivos permitirían que cualquier ciudadano a quien le urgiera hacer sus necesidades (o incluso escupir o vomitar) fuera de casa, y cabría pensar sobre todo en la juventud tinerfeña, tan sanamente juerguista, que tiene derecho de vez en cuando a distraerse con un poco de ron o con unas cervezas, cualquier ciudadano, por tanto, en ese desagradable trance, podría acudir a una de esas macrofuentes de deposición, llamadas “recogedores urbano-escatológicos” e instaladas en las zonas más céntricas de la ciudad, para realizar allí sus necesidades; estas, las necesidades, posteriormente, mediante un sistema de desodorización biodegradable único en el mundo, serían tratadas con el fin de proporcionarles un aroma agradable, y, a continuación, a través de una amplia red de canales perfectamente sostenible, subacuáticamente iluminada y juguetonamente serpenteante por toda la ciudad, serían conducidas a modo de ornamentación urbana en un despliegue visual multicolor por el que acabarían conociéndonos como “la isla de los mil canales urbano-escatológicos” o "la Venecia de la caca flotante de colores". Con este novedoso proyecto se terminaría con las esquinas malolientes, con las jardineras de flores podridas, con las fuentes contaminadas, con los portales humedecidos a altas horas de la madrugada, con las vomitonas indiscriminadas a la vista de la familias decentes y hasta con la proliferación de roedores inmundos en las calles de nuestras ciudades.

Espero que este proyecto obtenga los votos que se merece y que, sea o no el ganador, reciba del Cabildo de Tenerife una atención lo suficientemente importante como para convertirlo pronto en realidad. Creo que la isla lo está necesitando.

                                                                                                                                                                                                                                                          Tenerife, a 28 de octubre de 2014

viernes, 31 de octubre de 2014

EL ALCALDE NIÑO

El alcalde niño de la ciudad juguete quiso jugar a las canicas dado en uno de sus parques plaza, pero una ordenanza municipal lo prohibía.

El alcalde niño dijo que su infancia en la casa cuna había sido una fiesta bomba pero que ahora su vida infierno distaba años luz de aquello.

El alcalde niño dijo que de mayor hubiera querido ser o un hombre lobo o un hombre bala, pero que al final no pudo llegar sino a niño dios.

En su infancia, el alcalde niño jugaba a las canicas dado en el hogar escuela. La suerte siempre le sonreía con caramelos chicles de pera piña.

El alcalde niño de la ciudad jardín nada a estilo mariposa en la piscina lago de su chalé kínder junto a su esposa niña y su señora madre.

El alcalde niño quería una playa jardín donde antes no había sino costa basura. Las cosas salieron mal. El alcalde niño acabó en la cárcel cuna.

Los concejales juguete del alcalde niño decidieron un día no acudir a un pleno trampa. El cuñado empresario del alcalde niño pidió que se aprobara una licencia bomba.

La verdad sobre el caso del alcalde niño la sabía tan solo el constructor pelucas. Este, desde su oficina jacuzzi, convocó al alcalde niño a una merienda cena.

El hotel escuela de la ciudad jardín organizó unas jornadas taller sobre la isla territorio. El alcalde niño delegó en su señora madre para una ponencia charla.

La escultura fuente que el yerno artista diseñó a petición del alcalde niño no gustó al populacho chusma. El alcalde niño dijo que tanto montaba y que montaba tanto.

La vida chiste del alcalde niño terminó una tarde noche en la que su yate cuna sufrió una embestida padre por parte de un bebé cetáceo en uno de sus jardines playa. El alcalde niño murió al caer por la borda al mar.

jueves, 30 de octubre de 2014

TUITISMOS DESAFORADOS


Santa Cruz está muerto. Lo mataron ellos. Lo mataron poco a moco, toco a poco, moco a loco. Santa Cruz está muerto. Lo mataron ellos.

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El poeta más mafiosillo del país, célebre por la transparencia de sus participaciones en jurados de premios, se proclama demócrata de pro.

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A menudo el escritor que ya no escribe se pregunta cómo pudo escribir lo que escribió. La respuesta es casi siempre abstrusa o perogrullesca.

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¿Deja un cacique de serlo en el momento en que muere, para, inmediatamente, convertirse en un santo, en un dechado de virtudes, en un modelo para sus abatidos conciudadanos?

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Se está estudiando prohibir que se enseñe en clase de literatura a Espronceda, pues "mi única patria, la mar" demuestra su nefasto antipatriotismo.

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Entre un círculo y una purga no hay más que una leve frontera que, como el filo de una navaja, puede cortar el aire o unas cuantas gargantas.

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Los mismos nacionalistas canarios que ahora se llenan la boca con la sostenibilidad son los que han destrozado las islas con su infatigable depredación.

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Los depredadores hablan ahora de turismo sostenible, de arquitectura efímera y de energía solar. Esto, después de depredar las Islas durante 30 años.

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Ser o no ser cuñada de un expresidente autonómico no es óbice para dejar de respetar la ortografía castellana y el medio ambiente hongkonés.

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La casta, la caspa, la carca, la caca literaria. Están en todas partes. Los reconocerán ustedes cuando los oigan hablar mucho y no decir nada.

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Del círculo a la purga no hay más que un paso. Del círculo a la dictadura del iluminado de peluca, de coleta, de mostacho o de barba no hay sino un soplo, un soplo helado.

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El círculo, a priori, parece la figura geométrica ideal para el debate; no olvidemos que lo es también para la delación y la denuncia.

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El asalto al cielo supone una gran pérdida de ángeles, arcángeles, dioses y nubes. No nos lo podemos permitir. No podemos. ¿O sí, Hölderlin?

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La palabra es la brecha por la que, en la enfermedad y la tiniebla que es la vida, asoman tímidas señales de un mundo pleno, luminoso e intacto: el otro lado.

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No se crea usted nada de lo que le digan al oído. De lo que le digan a la boca, créase la mitad.

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El arlequín brinca. El ventrílocuo falsea. El corista corea. El político perpetra, hurta y cacarea.

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En otra facultad, aunque de la misma carrera, esas miradas que en nuestra facultad de entonces, hace veinte años, no nos atrevimos a darnos.

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El repertorio de preguntas de un periodista especializado en entrevistas puede ser infinito. Y cuanto más infinito, más cansino será. [Nota aclaratoria: El periodista en cuestión no tiene por qué ser necesariamente Juan Cruz Ruiz.]

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Si se crea un círculo Podemos de poesía joven, estará integrado por seis poetas de Córdoba, uno de Madrid y medio del resto de España.

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Dice una poeta cordobesa, es decir, universal, de los poemas escritos por otra poeta que son serenos y rotundos. Y yo, humildemente, pregunto: ¿puede un poema ser sereno y rotundo?

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Redondo le salió el negocio: construyó una rotonda rotunda. En muchos kilómetros a la redonda --de la rotonda-- nada redunda en nada, todo retumba en todo.

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¿Saben el del poeta que afirma "leer poemas en público muy de vez en cuando" y resulta que tiene uno y hasta dos recitales cada semana?

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Hubo en España poetas franquistas, felipistas, aznaristas, zapateristas y hasta rubalcabianos. ¿Ahora qué hay, aparte de poetas cordobeses?

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Entre la poesía y la aromaterapia hay conexiones aún por explorar. Si no lo cree, pruebe a dormir una noche junto a un poeta performativo.

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El niño alcalde quiso montarse en un columpio. Pero, por ordenanza municipal, ya no había columpios. Entonces el niño alcalde destituyó a su concejal de parques y jardines.

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Estaba tan acostumbrado a los elogios que cuando recibió su primera crítica se deshizo en elogios con su adversario.

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La casta es la caspa es la costra es la cosa nostra. Nostra es la casta es la carpa es la carta es la cata es la caca es la cosa nostra.

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Cuidado, amigos: no es lo mismo una ginebrita que una ginebrina.

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Como tampoco es lo mismo estar dispuestos que estar depuestos, en cualquiera de las acepciones escatológicas de ambos términos.

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Pido perdón, pedo un montón. Pido perdón, pedo mogollón. Pido perdón, pedo por Dios. Pido perdón, pedo, pedón. Peto, pito, puto, pudro, podo, pedo, pido un montón. Adiós.

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En poesía, lo único que importa es la intensidad de lo que no se ha dicho. Es esa intensidad, no mensurable, la que estremece y fascina.

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Va a dirigir un curso universitario sobre la deconstrucción de su propia poesía. En la última sesión, tiene previsto suicidarse ante el público.

viernes, 12 de septiembre de 2014

UN PASEO POR LA LAGUNA


En 2007 unos amigos que coordinaban una revista de viajes me encargaron un texto que iba a publicarse en un monográfico sobre las ciudades españolas Patrimonio de la Humanidad. Yo me encargaría de escribir el dedicado a San Cristóbal de La Laguna. No pude entonces dejar de acordarme de uno de sus habitantes más ilustres, el poeta Arturo Maccanti. Quienes alguna vez tuvimos el privilegio de coincidir con él en uno de los paseos que daba por la pequeña ciudad no podremos olvidarnos nunca del entrañable modo con que Arturo se volcaba en la amistad, la poesía y la vida vivida sin tapujos. Esos instantes son uno más de sus muchos regalos. Ahora que Arturo se ha marchado, como un viajero insomne, y su vida empieza a convertirse en el eco del eco del resplandor que fue, quiero traer a este blog, en homenaje a su memoria, este texto que a él le gustó en su momento. Consuélenos pensar quizá que quien vivió sobre la vida muere también por encima de la muerte.
                                                           In memoriam Arturo Maccanti


¿Por qué no empezar a medianoche, o a una hora cualquiera de la madrugada de un sábado, y mezclarse entre los miles de estudiantes que abarrotan las calles del llamado cuadrilátero, esas pocas manzanas en que se concentran las tascas, los bares, los pubs, las discotecas y los afterhours? Entremos tambaleándonos en el Cholas, en el Búho, en el Strasse, en el Granero o en el Pecados: nuestros relucientes zapatos acabarán manchados por los pisotones y nuestros cuerpos resecos por la soledad o la abstinencia se bañarán de un sudor comunitario que alimentará cada vez más el afán de apretarnos, de frotar nuestros cuerpos con los cuerpos vecinos en una algarabía de roces, miradas, voces, músicas, gestos, empujones, recuerdos, deseos, tragos, besos y bailes. A esa misma hora (pero apenas lo recordamos, o tal vez ni siquiera lo sabemos) un cuerpo muy diferente del nuestro, radicalmente distinto de todos los cuerpos que nos rodean y nos seducen o desengañan, duerme incorrupto el sueño de la muerte. Recluido en un sarcófago en el interior de uno de los conventos más antiguos de la ciudad, el de Santa Catalina de Siena, el cuerpo venerable de la  Siervita de Dios permanece intacto a la corrupción de la materia, a las devastaciones de la muerte, al desgaste del tiempo. Podríamos decir que asiste impasible, desde su inmovilidad, al aquelarre de cánticos profanos, de impurezas, de acciones deshonestas y de vicios que ha ocupado la ciudad en que ella, Sor María de Jesús, vivió volcada en la virtud. ¿Nos bendice, magnánima, o nos condena, implacable? Nunca lo sabremos. Despreocupados, buscamos éxtasis sinténticos, intensidades de instantes imposibles, amistades que al día siguiente no recordaremos.



      Si una ciudad es sobre todo un tejido de calles y plazas, de edificios y jardines, de paseos y bancos, de árboles y coches, de personas y animales, no es menos cierto que una ciudad es también un tejido de sílabas, un nombre o muchos nombres. La Laguna sigue recordando en las sílabas que la sostienen lo que la emparenta con la antigua Tenochtitlan: su fundación junto a una laguna. Desecada hace ya mucho tiempo, esa laguna permanece en la sombra de un nombre. Y, en cierto modo, la fertilidad de toda la vega lagunera, es decir, de la extensa campiña que rodea la ciudad y con la que ésta se funde en sus extremos (a pesar de los desmanes urbanísticos de políticos y empresarios), recuerda también las aguas perdidas para los ojos pero ganadas para el suelo, para los terrenos, para la vida, al fin. Pero antes de ser La Laguna o, con mayor propiedad, San Cristóbal de La Laguna, pues bajo la advocación de ese santo la fundaron los conquistadores castellanos, la ciudad se llamaba Aguere (probablemente del sustantivo amazigh agaraw, que significaba 'laguna') para sus primitivos moradores. También ha recibido por metonimia el nombre de Nivaria, una de las denominaciones antiguas de la isla de Tenerife, «donde la gran pirámide nevada / Parece competir con las estrellas», como dijera uno de los grandes poetas canarios de los Siglos de Oro, Bartolomé Cairasco de Figueroa. Y son precisamente dos poetas, pero esta vez actuales, los que han rebautizado a la ciudad de La Laguna desde sus propios puntos de vista, desde sus personales visiones creadoras. Arturo Maccanti, que aunque no nació en La Laguna vive en ella y pasea infatigable por sus calles, la ha llamado Guerea en algunos de sus poemas. Combinando anagramáticamente los topónimos Nivaria y Aguere, pero aludiendo también a las nereas o nereidas, hijas del dios griego Nereo, hijo a su vez de Océano y Tetis, Maccanti traza un recorrido mítico y a la vez melancólico por una ciudad en la que los recuerdos deambulan al mismo ritmo que los pasos para acabar terminando en unas pocas palabras frágiles y valientes a la vez. Muy distinto, e incluso contrapuesto, es el caso de José Carlos Cataño: nace en La Laguna y la abandona a los veinte años. En una de las entradas de 1974, el año en que comienza su diario Los que cruzan el mar, se debate entre marcharse o quedarse en «esta ciudad a la que llamo Féretra». La ciudad, así pues, como un féretro, como una cárcel, como una condena. Y escribe: «Esto empieza a ser un infierno. No quedan más que vestigios sobre el alféizar. Vestigios opacos de un antiguo esplendor, acumulaciones, residuos.»



      Regresemos, aunque sea tarde, de nuestra desbocada salida. Tarde es aquí temprano, pues después de deslizarnos entre los zombis danzantes del psicodélico Barock hemos aterrizado en el BB+ (¡oh este siglo de siglas!) que abre a las seis de la mañana como afterhours para quienes se han procurado fuerzas contra el cansancio nocturno. Regresemos, aunque sea a las once o doce de la mañana y la humedad de la noche se haya convertido en benéficos rayos de un sol omnipresente. Deslicémonos desde el cuadrilátero, que en definitiva ya no nos interesa (pues nada histórico, antiguo o venerable hay en él: sus únicos vestigios son vómitos o bragas o vasos de plástico en las calles), hasta la Plaza del Adelantado. Decía don José Rodríguez Moure en su Guía histórica de La Laguna que «[en esta plaza] se realizaron otros hechos que mejor es callar, pues no todo debe decirse aunque se pueda». Todo centro guarda celosamente sus misterios. La plaza, que recibe el nombre del fundador de la ciudad, el adelantado Alonso Fernández de Lugo, está flanqueada por edificios emblemáticos como el Palacio de Nava, el Ayuntamiento, el convento de Santa Cantalina de Siena, ya mencionado, con su ajinez suspendido a la altura de las copas frondosas de los castaños de Indias. También da a la plaza la casa natal de José de Anchieta, poeta y evangelizador del Brasil, en la que viviría más tarde uno de los poetas canarios más interesantes del pasado siglo, Manuel Verdugo, heredero de los parnasianos y flâneur enclaustrado entre las tristes calles de La Laguna de su tiempo como lo siguen estando hoy en sus conventos las monjas clarisas y dominicas. En su último libro, Huellas en el páramo, Manuel Verdugo incluye un soneto titulado «Ciudad de La Laguna» que es, posiblemente, uno de los mejores poemas que podremos leer sobre esta ciudad: «Hace honor a su nombre: ella es una laguna / que nos brinda el reposo de la quietud inerte... / Amo su paz severa, claustral, cuando la luna / el hechizo magnético de su blanca luz vierte. // Aquí --grato refugio-- quizás como en ninguna / de las viejas ciudades, con sorpresa se advierte / un perpetuo contraste, algo extraño que aúna / optimismo de aurora y tinieblas de muerte. // Yo he soñado con cosas muy tristes y muy bellas / contemplando el remoto temblor de las estrellas, / en el hondo silencio de la ciudad dormida... // Y en sus campos feraces, una clara mañana / ya maduras las mieses, vibró mi alma pagana / al ritmo dionisiaco y triunfal de la vida.»



      ¿También nuestra mañana es clara y dionisiaca? Dejamos la plaza. Apenas somos conscientes de que estamos en la primera ciudad-territorio, la primera ciudad no amurallada, modelo de las nuevas ciudades americanas y construida a partir de los mapas de navegación de la época: cada punto representa una estrella que nos guía en nuestro recorrido. Ciudad-constelación, ciudad de paz, ¿ciudad-paraíso? Atravesamos la calle de San Agustín con sus casonas barrocas, manieristas, neoclásicas o a veces todo esto a la vez. Una de ellas albergará próximamente la Fundación Cristino de Vera, que ligará para siempre la obra del gran pintor de lo humilde a la ciudad de La Laguna. Llegamos a la Iglesia y Ex-Convento de San Agustín, con sus dos claustros que parecen construidos por ángeles. Y ahora, en este silencio, ya apenas recordamos el estruendo de anoche. Podríamos continuar hasta el Camino Largo: nos cruzaríamos tal vez con el gran escritor Isaac de Vega. Pero desviémonos más bien hasta la Plaza del Cristo y escuchemos, como en sueños, nuestras propias risas de niños montados en los caballitos del carrusel que hace tiempo retiraron. Nos adentramos en la calle Viana y, como en un túnel del tiempo, venimos a desembocar en el edificio central de la Universidad de La Laguna. Como un hombre de luz, el profesor Alberto Giordano sube unas escaleras hasta abrazarnos sonriente antes de sus mágicas clases sobre literatura portuguesa. Murió hace años pero aún sigue estando, como todo o casi todo en esta ciudad. Bajamos por la calle paralela al campus. Se ha hecho tarde y apenas hemos notado el paso del tiempo. El tranvía, otro resucitado, vuelve a conectar desde hace poco La Laguna con su antiguo puerto, la actual ciudad de Santa Cruz de Tenerife. Nos montamos en él: dejamos atrás los jolgorios, los cuerpos incorruptos, la opresión conventual, pero también los años universitarios con sus luces y sombras, las tardes de paseos familiares, las citas amorosas, los encuentros anónimos, las conversaciones eruditas, La Laguna. Subimos al tranvía. Bajémonos junto al mar.