jueves, 2 de diciembre de 2010

DOS VOCES

― Y tú, ¿para qué quieres coleccionar palabras, falsario, como si pretendieras parecerte a la savia de la vid que genera los racimos, impostor, como si no supieras que cualquier racimo nacido de la tierra será siempre más verdadero, más hermoso, más pleno y más invulnerable que tus pobres ristras de palabras, pelele, como si no te dieras cuenta de que los días se pierden como semillas esparcidas en el viento, se desparraman sin remedio, se disuelven hasta que nadie diría nunca que existieron? ¿Y tú quieres oponerles, tenorio, personilla, los espantapájaros de tus versos, las apocadas estrofas de tu pálida musa, el siniestro tesoro de tus noches sin vida, simuladas?

― Ya no quiero vivir. Me he resentido de todo lo que siempre quise vivir y nunca pude. Toco un arpa con dedos cada vez más delgados, cada noche, y dejo que su sonido quede resonando hasta que el sueño lo apaga como a lo que no tiene vida. Me he dormido en los brazos insomnes de la noche: resuenan como los de un esqueleto contra los míos cuando me acunan con su nana de nada. Para qué vivir ya. Qué me ofrece la vida. Para mí no fue siempre, ¿o quizás sí?, una canción escuchada a lo lejos, cantada con los labios cerrados a través de una garganta enferma. Los poemas que mi afán intenta componer no siempre fueron como colgajos resecos de cuerpos ahorcados junto a un camino polvoriento: un pútrido recuerdo de lo que alguna vez debió de ser la fuente y el galope de la vida.

― Ahora pretendes confundirme aludiendo al tarot. No me creo ya tus zarandajas. ¿La fuente y el galope de la vida? No dejas nunca de coleccionar palabras, casi siempre al tuntún. Intentas deslumbrar con medio gramo de paralelismos, una pizca de aliteración, cuatro rancias metáforas, unas puntitas de calambur y alguna renqueante paradoja. Muestras ante el respetable, como el escudo del gran héroe homérico, tu ekfrasis personal, los tatuajes absurdos con que abrumas tu piel todos los días, tus necios atributos que ni siquiera, como pretendes, vivieron épocas mejores. Simplemente te adornas como un pavo real de ojuelos falsos, de gastadas miradas que a la más mínima arremetida del exterior se repliegan, se esconden como lo que son: temerosas máscaras tras las que nada hay.

― ¿No es eso lo mismo que haces tú? ¿O son tus palabras más puras que las mías, más auténticas, o es que están hechas de una pasta diferente, de un aliento con mayor porcentaje de alma humana? ¿Por qué no las usas, tus palabras, como un espejo en el que mirarte? Tal vez aprendieras algo. Me preguntas, me defines, me instigas, me recriminas y me abates. ¿No sería más útil que ejercieras sobre ti mismo tus higiénicas prácticas? Pues desde el momento en que hablamos nos alejamos de la vida, y desde el mismo instante en que nos alejamos de la vida se desgasta nuestro rostro, y a partir de ese momento hemos empezado sin remedio a perdernos no solo para los demás, sino para nosotros mismos. Así que, si quieres permanecer intacto e impoluto, ¿por qué no empiezas por dejar ahora mismo de hablar?

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