sábado, 26 de marzo de 2016

LOS PALILLOS

A usted –a usted, que quiere cambiar de vida− se le caen al suelo todos los palillos contenidos en una cajita de plástico provista de un agujero en la parte superior –un agujero de diámetro un poco mayor al de un palillo, diseñado para poder extraer a través de él, con sólo invertir la cajita mediante un giro de muñeca, un palillo cada vez−, una de esas cajitas de plástico transparentes formadas por dos concavidades simétricas que encajan la una en la otra sin que haya necesidad de cierre alguno; usted –usted, que desea cambiar de vida y se desespera últimamente porque no lo consigue− se queda perplejo al ver cómo se le desparraman por el suelo de la cocina de la casa de sus padres todos los palillos −¿cuántos?, ¿acaso unos cien?– que contiene la cajita, cuyas dos partes simétricas, desencajadas tras la caída, vienen casualmente a situarse cada una a un lado distinto del conjunto desordenado −¿azaroso?− que forman los palillos desparramados por el suelo; a usted –y a usted esto le resulta meridianamente claro− le parece que se hace necesario recoger enseguida los palillos, que se le han caído –aunque esto apenas carezca de importancia− cuando iba a retirar de uno de los armarios de la cocina el paquete de los sobres de sacarina –con la intención, lo que también carece apenas de importancia− de endulzar un café con leche que acababa de prepararse; a usted –a usted, cuyos deseos de cambiar de vida se topan una y otra vez con hábitos malsanos instalados en su vida de manera aparentemente cerril e inexorable− no le parece oportuno que los palillos esparcidos por el suelo de la cocina de la casa de sus padres permanezcan en ese lugar ni siquiera los cinco minutos que tardaría en endulzar su café con leche, esperar un poco a que se enfriara y tomárselo de un par de sorbos; a usted –a usted, que sigue perplejo por lo sucedido– le parece que sería obsceno, improcedente, estúpido o patético –aunque usted no se dice ninguna de estas palabras sino una especie de combinación inexistente y, por tanto, inefable de todas ellas− dejar que los palillos permanezcan desparramados por el suelo sin que usted mueva un dedo para recogerlos, y esto a pesar de que hacerlo de forma inmediata no es algo que, según cualquier planteamiento lógico, fuera a dotar de mayor sentido a la realidad en la que usted se encuentra desde hace tiempo hundido o ni siquiera pudiera conseguir –ese acto de recoger los palillos inmediatamente que usted considera imprescindible− que usted vaya a sentirse mejor en este mundo algo que, lo tiene usted más que comprobado, no hay nada en este mundo que pueda conseguir; usted –usted, que sabe o intuye todas estas cosas se agacha entonces, se pone de cuclillas y contempla por unos segundos el pequeño estropicio cometido por el desliz involuntario de uno de sus dedos, esa ínfima hecatombe frente a la que usted, sin embargo, tiene que resolverse a actuar como si se encontrara ante un momento peliagudo de su vida; usted –usted, que acababa de pensar unos minutos antes que su vida era como un círculo sin salida posible, sin ninguna abertura por la que escapar, un círculo vicioso, en el más amplio y más literal sentido de la palabra− piensa por un instante que, de pronto, no ha sido sólo un palillo el que se ha escapado de la cajita que lo encerraba –de esa cajita, insistamos, provista de un agujerito especialmente pensado para extraer por él uno a uno los palillos−, sino que han sido todos a la vez los que han abandonado la posición vertical, rígida, idéntica y apretada en que se encontraban dentro de la cajita y se han liberado, por decirlo así, para adoptar cada uno una posición singular, imprevisible, independiente de la de los demás, una posición horizontal y libérrima en su atrevida dispersión por el suelo; a usted –a usted, que no tiene ni idea de cómo puede hacer para cambiar de vida–, le urge planificar ahora el acto de recogida de los palillos desparramados, por lo que lo primero que hace, y hace bien, es recuperar una de las dos partes de la cajita, no la que está dotada del agujerito de diámetro un poco mayor al de un palillo, sino la otra, la parte inferior, colocarla sobre la mesa de la cocina y comprobar que no se ha roto con la caída; a usted –a usted, que ahora mismo está concentrado en esta actividad anodina sin saber que quizá se encuentra ante un momento decisivo para su vida– se le plantea entonces la inquietante cuestión de cómo recoger los palillos, es decir, de decidir entre agarrar varios a la vez, todos los que le quepan entre los dedos, o hacerlo de uno en uno; a usted –a usted, que es la primera vez que se encuentra ante esta disyuntiva– le parece, por supuesto, que sería mucho más rápido, más eficaz y económico, recogerlos de cuatro o cinco veces, como a paladas –o a manotazos, más bien–, pero se le ocurre, de pronto, que lo que procede, sin que sepa muy bien por qué, es recogerlos de uno en uno, como si los recogiera con pinzas –pinzas formadas por los dedos índice y pulgar de su mano derecha; a usted –a usted, que tiene ya el primer palillo atrapado en sus dedos y sabe que la vida no es en el fondo un círculo del que no se pueda escapar por ninguna abertura, aunque casi siempre pueda parecérnoslo− se le plantea ahora la segunda y determinante cuestión, que no es otra que la de cómo devolver los palillos a su cajita de plástico; a usted –a usted, tan perspicaz en todo lo que no atañe a su propia vida− se le ocurre que lo mejor sería ir disponiéndolos en la parte inferior de la cajita que ya tiene colocada sobre la mesa para, una vez que estén todos reunidos allí, cerrar la cajita con la parte superior, provista, como cualquier lector atento tendría ya que saber, de un agujerito diseñado para extraerlos uno a uno; a usted, sin embargo –a usted, que empieza a pensar que la única manera de cambiar de vida es entregarse a la locura−, le viene entonces la idea de que el proceso debe hacerse a la inversa: cerrar primero la cajita, contemplarla un instante en su esplendor vacío, en esa imprevista posibilidad de permanecer desalojada por un tiempo breve y a la vez infinito, y empezar luego a introducir uno a uno, por el agujerito pensado para extraerlos uno a uno, los palillos; usted –usted, que empieza a darse cuenta de que ha perdido completamente el juicio y, sin embargo, se siente extrañamente feliz y complacido− se dispone, por tanto, a introducir uno a uno los palillos por el agujerito diseñado para extraerlos uno a uno hasta que, en algún momento, sin que usted sepa cuándo ni tan siquiera le importe, la caja estará llena y usted regresará a su vida de siempre después de haber cambiado su vida.  

lunes, 21 de marzo de 2016

LA LLUVIA (O EN LA PENSIÓN)

Lo veía todo borroso.

Orinaba espeso.

En algún lugar por encima de la habitación alguien martilleaba sin parar.

Me veía verme detrás de la ventana, como si el reflejo que de mí se proyectaba por fuera no fuese el reflejo de mí, sino el de alguien que estuviera viéndome verme.

La columna plantada en medio de la habitación: un monolito, un punzón, una estaca a punto de clavarse en lo que quedaba del cuerpo.

Dejé las gafas sobre la mesa y supe que la miopía --su manquedad de visión-- me acompañaría siempre.

No saldré de este cuarto hasta que no deje de llover.

Orinaba algo parecido a una flema que ardía.

Ido, estaba ido. Me había ido de mí mismo. Ido a dónde.

Por la noche apagaba la luz y cruzaba como un ciego una habitación que no terminaba nunca.

Alongaba las manos y tanteaba la columna para saber si de momento no chocaría con ninguna pared.

Me estaba reponiendo. Sentía acalambrados los dedos de los pies. Bebía agua cada quince minutos.

La ventana del cuarto daba a un patio de vecinos. Evitaba asomarme a esa ventana.

Al tercer día, por el motivo que fuera, aún no habían hecho la habitación. Las sábanas, las toallas, el lavabo, las mesas de noche, la bañera, el wáter, el suelo y el bidé seguían conservando los restos depositados en ellos por los cuerpos.

Cae ahora una lluvia que desquicia, una de esas lluvias que conducen a la locura o al suicidio. Yo espero aquí a que amaine.

Tumbado de costado en la cama.

Verlo todo borroso es el camino para verlo todo por fuera del dolor.

No estoy aquí porque lo haya elegido. No estoy aquí porque sepa el porqué. Estoy aquí porque no lo he elegido y porque no sé el porqué.

La lluvia se ha vuelto ahora más amable, quizá porque ya no cae con tanta compulsión. Cae como si estuviera a punto de dejar de caer. 

La lluvia cae detrás de las paredes.

Llegan clientes nuevos. Se oye el timbre. Ruido de maletas por los pasillos. Conversaciones en el vestíbulo. Puertas que se abren.

Todo pasa de largo.

Bebo un agua que casi cuesta tragar. 

La lluvia cae ahora dentro del armario. 

Esta noche, cuando la pensión esté en silencio, apagaré la luz, cruzaré la habitación a ciegas y me esconderé en el armario. 

Allí me acurrucaré al calor de la lluvia.

Estas pensiones que hace unos años eran sórdidas son ahora más cómodas y limpias. Menos propicias a las correrías por los pasillos.

El cubo de la basura rebosa de desperdicios: trozos de papel higiénico, bolsas de pan, cáscaras de mandarinas. Nadie lo vacía. 

Ya no llueve. La lluvia está escondida dentro del armario.

Hay un silencio denso en los pasillos. Aquí, en la habitación, lo único que se oye es el borboteo de la calefacción y mi voz mientras grabo estas líneas.

La lluvia se ha dormido. Yo sigo despierto.

Lo que orino no sé ya cómo se llama.

Creo que tampoco sé ya caminar en la oscuridad y que si lo intentara acabaría tropezando con la dichosa columna.

Tengo en mi cabeza los mapas de algunas pensiones donde he estado, pero de esta, en la que estuve hace muchos años, no guardo memoria.

La lluvia se despierta. Orino a ciegas. Me recuesto y uno en mi mente los dos repiqueteos.

Desvanecerse así, como el sonido de lo que se dice al oído de uno mismo.

Ahora lo que se oye es extraño, no ya la lluvia en su continuidad, en su insistencia, sino en su enfermedad, en su síncope. Una lluvia casi sin vida.

Me he dormido dentro del armario y sueño que me he dormido dentro del armario.




domingo, 13 de marzo de 2016

SOBRE EL DESEO DE SUBIR ESTA NOCHE AL MIRADOR DE LOS CAMPITOS


Si está hoy la noche así, tan cristalina, como si navegara por ella la memoria de estelas dejadas por astros repentinos, como si hubiéramos aterrizado de pronto aquí desde qué otros mundos imposibles y viéramos por primera vez el mar, la noche, un puerto, las montañas, grúas, dársenas, ventanas que titilan, la ciudad que llegó aquí casi como nosotros, desde otro tiempo, desde más allá del tiempo de su fundación, la ciudad cantarina en la que sólo resuenan a esta hora los ladridos de los perros insomnes; si está la noche así, como un pan de cristal, como la irrespirable, de tan pura, cadencia de una canción que sobreviene en la calma, remota canción de tumba, cantada por entre los dientes de los que ya no están (y nos vigilan: mírenlos, dicen, miren su extravagante vida, su desorientación, su necedad al borde de los acantilados); si la noche, sus bordes, sus caricias, son hoy como esas fricciones casi imperceptibles entre dos pieles ateridas en la madrugada, el roce que de pronto se revela como la única, precaria verdad –cuando todo lo demás ya ha callado y los cuerpos se hablan en el más profundo silencio–, transformada, la noche, en un biombo de finísima tela tras el que nos escondemos del ajetreo y de los nombres, un biombo que se pliega para dejarnos ver, para ser vistos y ver a nuestra vez lo único que en ese instante merece la pena verse, es decir, la transparencia del aire en una noche de marzo, pan recién hecho de delgadísima luz, luz cristalina a través de la cual todo se esconde para no dejarse ver sino en el momento preciso; si la noche está hoy llena de aromas, y no sólo de lejanos ladridos, y nos sostendría, lo sabemos, al salir del coche y dar unos pasos hacia el mirador, extasiados, después de haber hecho el amor en un coche aparcado al borde de la carretera, cansados como nunca lo habríamos estado, como si nuestros cuerpos se hubieran desplomado desde una de estas laderas y no nos respondieran, como atrapados en el fondo de la masa con la que se forma un pan de mudez y medianoche; si la noche está ahora detenida así, interpuesta entre un tiempo de miseria y otro de desilusión, abrigo de los cuerpos maduros que ya no saben hacia dónde volverse para contemplar las formas irradiantes, la gracia fugaz o el hechizo huidizo; si la noche, contraluz de nuestros días, irradiación desdoblada, pátina de todos los deseos vencidos, se hace hoy casi invisible, suspendida en un lugar que no es ningún lugar, dibujada en el corazón de lo que más quisimos de este lado de nuestras desdibujadas vidas, se vacía de todo lo inservible, de todo lo gastado, y se revela como lo que siempre fue, una vibración que resuena a la par que los latidos; si la noche se ha abierto, si la noche se entrega, ¿por qué no subir ahora al mirador de Los Campitos, ahora que aún podríamos, desde allí, incorporarnos a ella como partículas de sueño, como partes vivas de su oscura y silenciosa armazón?

jueves, 3 de marzo de 2016

UN CAMINO, A VECES

                                                                          Para Bernardo Chevilly

¿Por qué, por qué, como si se asomaran a hurtadillas, vienen a visitarme a veces aquellas imágenes, los restos de lo que viví en aquel camino nevado, en la profundidad de febrero, en el acortamiento drástico del año, quieto y como alelado, casi como si el mundo me hubiera expulsado de su entraña y al mismo tiempo como si hubiera entrado en el interior de la más remota entraña del mundo: allí, donde nunca volveré a estar, en la diafanidad de febrero, en la congelación de las orillas, en la altura desprovista de nombre, feraz como un recién nacido, invisible como las pértigas de la más grácil música?

Nada dará nunca respuesta a esto que pregunto, pues de allí no procede ningún nombre, ningún recuerdo firme que pueda sostenerme, y desde aquí no hay conexión alguna con lo que una vez viví, no hay estremecimiento o huella de aquella detención, de aquella –fugacísima– estancia.

Y, sin embargo, a veces, digo, se asoman, sin que me dé apenas cuenta, como rostros de lo que fui, como máscaras intercambiables por un rápido instante, unos pocos fragmentos, ciertas pistas contra el gran despiste en que vivo, irisaciones de un febrero sin sol, de la gran heladura de febrero: todo intacto, las cuchillas de hielo amenazantes en la orilla, el aturdimiento de los meandros, toda esa fuerza devastadora de las cadencias que no comprendemos, más aún, de lo que de alguna manera fuimos a ver y nos vio, fuimos a decir y nos dijo, quisimos parir y nos parió, creímos comprender y nos comprendió –aunque no nos dijera qué somos ni qué sentido tenemos, si es que tenemos alguno.

¿Entonces todo se reduce a un intercambio de papeles, a uno de esos pases invisibles en un juego imprevisto, como si, espectadores a disgusto en una función de pacotilla, nos hubieran invitado a subir al escenario y los actores ocuparan ahora nuestras butacas y se rieran de nuestras ridículas posturas?

Sé que hubo algo allí, en aquel camino al que subí sabiendo que no llevaba a ningún lado –a pesar del cartel que indicaba unos cuantos kilómetros para llegar a uno de esos lugares de nombre indescifrable–, algo que yo debía conservar, algo que debía sentir y algo que debía sacarme de lo que había sido hasta entonces, algo que me decía que nada servía si no era acaso para llegar hasta allí, a un camino en medio de una montaña detrás de un pequeño pueblo en lo profundo de febrero. Algo que se revelaba sólo permaneciendo allí sin decir nada, sintiendo cómo la incorporación a lo desconocido ocurría de forma imperceptible, como esos abscesos que brotan en las ingles de algunos cuerpos y permanecen allí agazapados durante años hasta que un día se revelan como lo que nunca fueron: quistes, tumores, cáncer.

Lo diré de una vez por todas: el camino hacía una curva y en esa curva me detuve y me dije que mi vida no debió haberme conducido nunca hasta allí, o quizá que nada de lo anterior tenía significado alguno si no era para que yo estuviera en aquel momento en medio del invierno. No sé exactamente qué me dije, no sé si me dije algo allí, pero sé que hubo un instante en que yo sentía que hubiera debido decirme algo y que ese algo era importante para mí, al menos entonces, y por lo visto también ahora, pues a veces, pocas veces, pero de un modo enigmático e intenso, se asoma a mi vida de hoy aquello que no dije o aquello que dije y me cuestiona por entero, se deshace en reproches, reprimendas, me interroga por lo que dije entonces que haría, por lo que hago ahora que dije que no haría o por lo que, sin decirlo o no decirlo, hago o no hago o dejo de hacer.

Un camino perdido a media altura, tras Raroña, en el Alto Valais: esa es mi perdición, esa la fulgurante denuncia de que todo se encuentra ahora del revés, ese el interregno entre todas las vidas posibles de mi vida perdida. La lucidez que, por un instante, me hace ver lo que había detrás de todo lo vivido y yacía escondido entre las ruinas de las sensaciones y los desvaríos: es eso lo que, a veces, asoma como a hurtadillas y me desdice e incita a rebelarme contra lo que no tiene ningún sentido seguir repitiendo, lo que hace que suspenda todas las revelaciones y me limite a sentarme a escuchar, silencioso, en un recodo del camino…