martes, 26 de octubre de 2010

Y APOYADO EN LA PARED, LLORABAS

Aquel llanto quedó adherido a la pared en la que te apoyaste, después de una noche de fiesta, como si fueras a caerte, y de hecho las piernas te temblaban, creo, convulsionado en parte por los efectos del alcohol y en parte por el dolor que te agitaba por dentro, mientras yo intentaba consolarte y solo conseguía acrecentar aún más tu llanto con mis torpes palabras. Después de transcurridos más de diez años desde aquella escena, contemplándola hoy con una conmoción que no ha cambiado en todo este tiempo pero a la vez con cierto desapego debido a la distancia, creo que fue el verdadero preludio de lo que vino luego. Comenzamos entonces a asomarnos al abismo al que poco después nos precipitaríamos. Lo que creo que aquella noche vislumbraste fue el callejón sin salida al que estábamos condenados, tú apegado a la isla y yo desprendido de ella, tú que acababas, a pesar de tu juventud, de encontrar un trabajo estable y yo que aún me debatía en nomadismos centroeuropeos sin perspectivas de asentarme en ninguna parte. Creo que luchabas, o empezaste entonces a luchar, con la imagen deseada de un convivencia en la isla, como si algún día nos hubiera sido dado prolongar para siempre las escapadas maravillosas de aquel verano que luego sería el único, como si la vida no nos fuera a devolver alguna vez su cara más oscura para cobrarse así toda la claridad, toda la dicha que, casi furtivamente, le habíamos arrancado. ¿Acabaría siendo más fuerte ese deseo, esa proyección imaginaria del deseo, que el súbito reconocimiento de que alguna vez dejaríamos de tener las fuerzas suficientes para mantener elevada como en una ofrenda al fulgor del horizonte la unidad sin fisuras del amor? Me parecía escuchar en tu llanto un grito que querías sacar de tu interior y que solo salía en forma de bocanadas, sollozos, ahogos, mocos, lágrimas. Tu llanto era una herida que sangraba en la noche. Era tarde, tal vez las cinco o las seis de la mañana. Ni tú ni yo podíamos conducir en nuestro estado. La calle estaba oscura. Entreverados con las casas había solares, huertas, cardones. Tú estabas como clavado en aquella pared, con la cabeza hundida sobre el pecho, los brazos colgantes a los lados, sin fuerza, los ojos enrojecidos, la voz quebradiza. Yo no podía ni siquiera sacarte de allí. Tal vez pasó junto a nosotros algún grupo que regresaba de la discoteca en la que habíamos estado: un sórdido recinto circular que cuando íbamos juntos cobraba un brillo insólito mientras te veía bailar, ir de un lado para otro saludando a tus amigos, perderte un rato para que te encontrara o llegar corriendo con cara de enfadado cuando yo me hacía el perdido. Pálidos residuos ahora, todos esos movimientos y gestos, de lo que entonces era un sinfín inagotable de instantes verdaderos, unos surgidos de otros, cada uno de ellos más pleno que el anterior. Pero me he perdido, sospecho, una vez más, con las palabras. Te hablaba a ti cuando empecé a escribir, te estaba hablando como tal vez nunca te hablé, con un cierto temblor, pero sobre todo con el aplomo que entonces no pude demostrarte, aquella noche en que llorabas apoyado a una pared en medio de ninguna parte, y tu llanto se filtraba en la piedra, aquella madrugada que solo existió para que al día siguiente, al despertarnos, empezáramos a alejarnos el uno del otro para siempre.

3 comentarios:

  1. No se me ocurre nada ingenioso ni ocurrente para decirte, sólo que me ha gustado.

    ResponderEliminar
  2. Estimada Susana: muchas gracias por tu comentario. Y, sobre todo, por tu lectura. Un saludo.

    ResponderEliminar
  3. Tras leer esta entrada he reencontrado el poema "Despedida" del libro "Treinta Monedas" de J.L. García Martín. Lo tienes a mano en la página web de a media voz. Puede ser un texto diferente, pero a la vez resonante. Han confluido estas lecturas en una noche relativa mientras pasa la gripe.

    ResponderEliminar