sábado, 2 de octubre de 2010

SANGRE EN LOS LABIOS

Se despierta, sin saber qué hora es, con los labios llenos de sangre, como si durante su sueño hubiera estado besando o mordiendo algún cuerpo ensangrentado. El espejo, sin embargo, no le revela toda la verdad, pues es más intenso el sabor de la sangre —que deglute, mezclada con su saliva, con prevención al principio pero con creciente deleite a medida que la saborea— que la imagen contemplada, al fin y al cabo un rostro que se parece al suyo solo que pintarrajeado hoy por esa mancha roja sobre sus labios. Qué lugares se ha visto obligado a visitar, qué fríos embozados a soportar a altas horas de la noche, en qué entradas de parques desembocaba algún portal de alguna de las casas en que vivió, qué sórdidos descensos por escaleras de suciedad apelmazada se le ofrecieron como la única opción si descartaba la locura o el perdón (o incluso acaso el suicidio): todo esto era solo una pequeña parte del cúmulo de preguntas que se formaba en su mente en ese instante, preguntas todas sin respuesta porque siempre faltaría, al contestarlas, un detalle olvidado, algún matiz importante, unos segundos pasados en el respaldo de un banco de aquel parque una mañana o el desliz de una pierna —suya o de otro— indecisa en la escalera, o acaso, insignificante pero verdadero, el momento en que el frío, por mucho que se tapara el rostro, hacía que sus ojos lagrimaran como si alguna pena lo corroyera por dentro. Así que ahora quería intentar grabar el sabor de la sangre lamida con la lengua, como quien se relame hasta las comisuras de los labios sin conseguir limpiárselos del todo, con algo más de atención que la imagen insólita de esa especie de cruento manantial que había aparecido en ellos, después de despertarse sin saber qué hora era: quién sabe si algún día no le haría falta poder sumergirse en el sabor que ahora sentía para entender otro sabor que todavía no era capaz de sentir, o si debería rescatar las sensaciones que ahora eran nuevas para él como el bagaje que le ayudaría a afrontar otras aún desconocidas, difíciles o imposibles de afrontar sin estas que ahora experimentaba. La boca ensangrentada, se dice, es el umbral (cómo había olvidado esta palabra, cómo había tenido que olvidarla) que podría llevarlo algún día a lo que aún no está preparado para sentir.

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