jueves, 9 de diciembre de 2010

CALLE MARÍA CRISTINA

Tuve que buscarla muchos años después, pues no recordaba dónde estaba. (Mira esos raspones que han aparecido en tus manos, huellas de no sabes ya qué andanzas, qué involuntarias contorsiones o respingos en algún lugar de las últimas noches.) Intacta en la memoria, conservada como en el interior de una de esas campanas de cristal que protegían alguna figura dudosamente valiosa en otras casas parecidas, seguía estando aquella casa de dos plantas de la calle María Cristina, y sin embargo no recordaba su ubicación, el lugar exacto en que la ciudad la guardaba. (Aparecen y al cabo de unos días desaparecen, como el corte en el pezón que te causaste sin querer el otro día al recortarte un poco el vello de esa zona.) Sabía que no era una calle céntrica, incluso que se trataba de una calle bastante poco transitada, como escondida o encajonada entre otras más importantes; y también recordaba que era una calle en pendiente y que la casa se hallaba en el lado izquierdo según se bajaba. (Lo primero que pensaste es que te habías cortado toda la punta del pezón, pero por suerte fue solo un pequeño corte superficial que enseguida sangró para acabar cicatrizando a los pocos minutos.) Debió de ser en una de esas épocas de la tardía adolescencia en que me sentía abrumado por los recuerdos del pasado, una de esas fases de arrebatos nostálgicos que me impelían a pasear por la ciudad en busca de rincones, de instantes, de aromas o de árboles de más allá del tiempo, de épocas perdidas. (Cómo puede causar, pensaste, tanto dolor un lugar tan pequeño, un botoncillo de la piel tan insignificante; pero enseguida asociaste ese dolor intenso al no menos intenso placer que el mismo lugar del cuerpo puede producir cuando es acariciado por manos expertas o entregadas.) Ya no vivía nadie en esa casa cuando volví a descubrirla: sus habitantes —una tía de mi padre, su marido, la criada de toda la vida— habían muerto hacía años, sin hijos, y lo que yo recordaba como unas pocas visitas junto a mi madre a lo largo de un par de años de mi infancia no habían sido más que unos pocos instantes sin importancia en la vida de aquellas personas —lo mismo que en la mía propia. (Esas pequeñas mutilaciones de la piel, ¿acaso quedan guardadas? ¿O una vez que se borran, que se cae la costra de la cicatriz, desaparecen para siempre? ¿No podría trazarse, te dices, un mapa al mismo tiempo exterior e interior de un ser humano a partir de esas marcas invisibles que llevamos hasta el final en nuestra piel?) La casa era el salón. El resto era para mi hermana y para mí inaccesible oscuridad. Queríamos entrar a explorar lo que nos imaginábamos como un laberinto de estancias, de pasillos, de patios interiores, pero no se nos permitía abandonar las sillas en que, alrededor de la señora de la casa, permanecíamos durante toda la visita. (Marcas de caídas, de choques, de mordidas, de despistes, de peleas, de juegos, de arrastres en el mar, de saltos, de desesperaciones, de arañazos, de besos que parecían no querer terminar nunca, de intervenciones, de heridas, sobre todo de heridas.) Recuerdo los nombres de quienes allí nos sentábamos. Debió de ser algunas tardes a la salida del colegio. Una anciana distante y altiva al final de sus días. Una criada dicharachera, cariñosa, solícita, que se desvivía por mi hermana y por mí. Años después, cuando encontré de nuevo la casa de la calle María Cristina, la vida no acababa de empezar ni estaba terminando como entonces. Yo estaba frente a ella y simplemente comenzaba ya a hablar conmigo mismo.

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