sábado, 24 de marzo de 2018

DECANTACIONES DEL DESEO



A la poesía puede llegarse por muchos caminos. Unas veces es la intensidad de lo vivido la que, fulminada poco después por la inexorable impermanencia de la vida, nos lleva a contemplarla como un cadáver reluciente: allá, a lo lejos, los despojos de nuestras pasiones, nos decimos, brillan y seducen todavía, nos convocan para que los conservemos, para que hagamos con ellos una especie de homúnculo dotado de nuestras mismas facciones, de nuestros ojos un día fascinados por la belleza y por el mundo, de nuestros brazos que formaron parte de ese mismo mundo y se mezclaron con él, de nuestras piernas que lo recorrieron, unas veces ansiosas y otras casi contemplativas, de nuestra entrepierna, también, claro, que nos brindó los momentos más perfectos y más inolvidables de nuestra danza en medio de la realidad; dotado también, sobre todo, ese homúnculo hecho con palabras, de un pálido reflejo de la sede de la memoria y del deseo, de la conciencia y la esperanza, es decir, dotado del cerebro que teje y desteje averiguaciones sobre lo que somos, sobre cuánto de ardor y cuánto de agonía hay en la vida que se nos da a vivir.


Otras veces, la poesía surge como el ensueño de lo no vivido, la alegoría de lo que hubiéramos podido ser, un memorial de las plegarias no atendidas que restallan en medio de lo vivido como piedras que, colgadas al cuello, nos arrastraran hasta el fondo de una no vida, de algo parecido a un destino incumplido: el exacto revés de lo que somos aquí y ahora.


Hay muchos otros caminos por los que puede llegarse hasta la poesía, aunque la poesía, más que un lugar al que se llega, es la imposibilidad de llegar a lugar alguno: pero llegar a esa imposibilidad de un lugar al que llegar es ya un lugar al que se llega, por raro que esto, dicho así, pueda parecernos. José Enrique Lite Otazo acaba de publicar un libro que, de algún modo, y a pesar de su brevedad, o tal vez porque esa brevedad es justamente condensación de posibilidades, refleja algunos de estos caminos que permiten llegar al no lugar de la poesía. Los diecinueve textos que contiene conviven con otras tantas imágenes de diversos artistas en un diálogo que va más allá de lo que suele ser habitual en este tipo de libros “ilustrados”. Los poemas navegan en medio de las imágenes, las imágenes parecen respaldarlos o cobijarlos. Los poemas surgen como breves momentos de descanso en un mundo de imágenes inquietantes que el lector va dejando atrás como quien se interna en un bosque desconocido al filo del anochecer: todo un mundo crepuscular, de enroscados y obsesivos trazados lunares, subacuáticos, indescifrables, le sale al paso a quien avanza en la lectura de unos poemas que han querido respirar entre lianas, dejarse seducir por las salobres sustancias que los envuelven como paisajes de otro mundo que se hubieran incrustado de pronto en el nuestro.


Supiste que vivir es el título elegido para el libro. Una frase inacabada, como lo es siempre la vida. Una frase sin atributos, como lo es cada uno de nosotros, perdidos como estamos en esta época de preguntas sin respuesta y puntos suspensivos abiertos cada día entre abismo y abismo. El título refleja la paradoja de una certeza a la que se le ha sumado un vacío. Sabiduría y vida aparecen aquí unidas indisolublemente, pues no en vano el único saber importante, válido, parece decírsenos, es el obtenido por medio de la vida, en el mismo tráfico de vivir, en la baba y embriaguez de lo vivido. Y, sin embargo, por muy indisolublemente unidas que estén, su propio vínculo comporta un vacío: nos falta la respuesta a esa pregunta que nos hacemos y con la que abrimos el libro ávidos de respuesta. ¿Qué es vivir?  ¿Cuál es el significado de la vida? Esa pregunta que todo poeta se hace y que ninguno está en condiciones de contestar. La pregunta, por tanto, carece de sentido desde el momento en que se sabe que no puede ser respondida. Por eso, se diría, José Enrique Lite Otazo formula el título como una afirmación en suspenso: lo que falta es secundario, lo importante es ese saber adquirido en el periplo de vivir.


El primero de los poemas, que da título al libro, parece responder por un instante a esa pregunta, pero su respuesta es engañosa. La vida es un grito, nos dice. Un grito animal de desamparo. Debajo de ese grito está la sangre que hierve y debajo de esa sangre el cuerpo que no miente nunca y debajo de ese cuerpo los cuerpos de ceniza que se mezclaron con ese cuerpo nuestro y que conforman la sustancia del olvido sobre la que vuelve a brotar el grito. ¿Es este atroz juego de Sísifo la vida? En los siguientes poemas, José Enrique Lite Otazo irá desmenuzando sus razones o sinrazones sobre qué pueda ser el vivir, sobre el amor, cuya pasión de compañía encuentra su sentido “con tal de conseguir / que caminemos juntos / hacia ninguna parte”, sobre la fulgurante irrealidad de lo que llamamos realidad, sobre el sinsentido del estoicismo y la verdad incuestionable del deseo, ese mantra que no significa nada y que, sin embargo, parece contener todas las respuestas.


Se trata de un libro que debe ser leído –¿qué libro de poemas no?– con calma, dejando que las palabras vayan llegando hasta algún lugar dentro de nosotros por medio del diálogo y la confidencia. Es este tipo de lectura el que permite descubrir cuánto de decantación, de madurez, de lejanía y cercanía a la vez respecto de la propia existencia afloran entre estas páginas. El pasajero roto que habla en estos poemas ha traído de sus viajes una pequeña colección de imágenes que quizá puedan ayudarnos en nuestra propia travesía: las ha decantado, seleccionado, sin duda, de entre muchas otras, ha elegido las que mejor reflejan la rotura y el paso, la condición inmutable del viaje y la quiebra permanente del pasajero. En lo que aquí se denomina el “infame veneno del presente” se es incapaz de dar nada por perdido. Las pérdidas vienen después, cuando ese veneno se ha transformado en recuerdo, en una pócima tan sólo nominal, en la piel desechada por la serpiente que avanza sobre la piel siempre nueva del mundo. Saber que mereció la pena vivir, sobre todo si se vivió de acuerdo con lo que la vida probablemente es, es decir, pasión, inconstancia, arrojo, deseo, extinción, vacío, viene a ser como una ganancia añadida a la propia vida, uno de esos premios que, en una tómbola, recaen inesperadamente en alguien que, por haber jugado mucho, apenas quiso jugar ese día y que, sin embargo, en ese momento, comprende la importancia del juego cotidiano y guarda lo ganado para siempre, bajo siete llaves. O lo comparte, como José Enrique Lite Otazo, en un bello libro hecho para unos cuantos amigos.


* José Enrique Lite Otazo, Supiste que vivir, Ediciones Sin aquí, 2018.
   

miércoles, 14 de marzo de 2018

NODOS




FRENTE AL LLANO DE UCANCA

Ahora que,
por primera vez en todo el día,
ves un poco de azul
entreabierto en el cielo por encima
de las últimas nubes, después de conducir
por curvas siempre iguales a través
de la niebla de abril ─en este último
invierno de la isla sin inviernos─,
miras
todos esos caprichos que una vez fueron dones,
el llano estremecido bajo el paso
de las nubes que viajan tenaces sin destino,
las piruetas que traza, equilibrista, la lava
desde hace milenios
o la pasividad de las retamas,
cuya fuerza reside en saberse estar quietas cuando la niebla decide atravesarlas;
miras
lo que siempre has venido aquí a mirar
y sientes, por primera vez,
que no hay nada que ver, que todo
lo mirado otras veces no fue acaso mirado
o que un ojo que mira
es una forma de estar más cerca del abismo
donde no hay ojo ni abismo
ni retamas ni nubes ni volcanes ni nada.*


* "Frente al Llano de Ucanca" es uno de los cinco poemas míos que se han publicado en Nodos (Next Door Publishers, 2017), libro coordinado por Gustavo A. Schwartz y Víctor E. Bermúdez. 

lunes, 5 de marzo de 2018

LO QUE ELLOS VEN, LO QUE VEO YO

Lo que ellos ven, me temo, no se parece en nada a lo que veo yo. Ellos vienen a visitar a un hijo, su primogénito, de cuarenta y seis años, alguien que cuando era niño pasaba mucho tiempo encerrado en su cuarto, alguien que, es verdad, no tenía entonces demasiados amigos, pero que luego sí que tuvo unos cuantos. Vienen a visitar y a compartir el domingo con su hijo mayor, que vive solo y no duerme bien, que da clases y dedica su tiempo libre a escribir, y lo que ven es la confirmación de lo que saben: que vive solo y que no duerme bien, que a veces corrige exámenes y que dedica su tiempo libre a leer y a escribir. Lo que yo veo, en cambio, es la escisión, la fractura, el empozamiento, la discontinuidad. Veo la separación y la lejanía, la incomunicación y la distancia. Ellos ven la realidad a partir de un mapa que llevan incorporado desde hace muchos años y que apenas ha sufrido variaciones sustanciales. Yo soy incapaz de ver la realidad, veo sólo una sombra previa a las cosas, y los mapas los he ido tachando y corrigiendo durante mucho tiempo: no pueden ayudarme, ya no entiendo las tachaduras ni las correcciones. Vienen a visitarme y organizan un mediodía que es perfecto para ellos, y que tendría que serlo también para mí, y lo que resulta es un mediodía casi perfecto para ellos y una fuente incesante de preguntas para mí. ¿Cuándo dejó todo de ser como antes? ¿Qué podría yo hacer para volver a ser el que era? ¿Quién soy ahora? ¿Cómo recuperar el equilibrio, la fluidez, la proporción? Lo que ellos ven, cuando almorzamos juntos mientras el telediario escupe su ramillete de desgracias y estupideces, es a un hijo al que le ha ido medianamente bien en la vida, que disfruta de un puesto de trabajo fijo, alguien a quien la existencia no ha tratado demasiado mal pero que, para decirlo todo, no parece haber hecho demasiados esfuerzos por integrarse en ninguno de los modelos que ellos le han ofrecido y que, por este motivo, lleva una vida un tanto rara, con aficiones difíciles de compartir y con un modus vivendi que ellos, definitivamente, no acaban de entender del todo. Lo que yo veo, mientras compartimos el delicioso jurel al horno que mi madre ha preparado, es esto: los veo a ellos, a mis padres, muchos años después, los mismos de entonces y sin embargo tan cambiados, tan mayores, y me veo a mí mismo apartado, irreconocible, desfigurado, como un extraterrestre que, de pronto, hubiera ocupado mi cuerpo y al que ellos siguieran viendo como su hijo pero que ya no es capaz de sentir nada de lo que sentía antes, pues le han sido extirpadas las glándulas pertinentes, un ser solitario e incapaz de entender qué hace en cada momento allí donde está, por qué hace en cada momento lo que hace: un desastre, en definitiva, en todos los sentidos. Veo fisuras sin cuento donde ellos ven continuidad. Veo a alguien que debió haber llevado una vida diferente, o que cree haber debido haber llevado una vida diferente y que no entiende lo que le ocurre, alguien que extraña lo que no vivió y que se sepulta en el sentimiento de que no haberlo vivido lo convierte en un desgraciado y un abyecto. Lo que ellos ven, o lo que yo veo que ellos ven, es a alguien que persigue ciertas metas, poco claras o poco comunes, es verdad, pero que en cualquier caso ha demostrado su relativa solvencia a la hora de hacerse a sí mismo: alguien que podría haber sido incluso un buen marido, un buen padre o, llegado el momento, un buen abuelo, si la vida no hubiera elegido para él otros derroteros, menos convencionales. Lo que yo veo es un dibujo desquiciado, lleno de tachones, cuyo borrador apenas se reconoce bajo una maraña de rayas demenciales que se amontonan unas sobre otras. Ver eso es doloroso porque cualquier mirada querría ser correspondida con alguna reacción de la realidad. O quizá lo que duela es saber que lo que ellos ven es lo que ya no soy y lo que yo veo es lo que voy camino de ser. Me figuro que, mientras almorzamos y compartimos de postre unas naranjas, unos yogures, deberíamos ser como una piña, una trinidad perfectamente cohesionada, padre, madre e hijo enlazados por un cordón parecido al umbilical: seres conectados por una inefable corriente no destinada a debilitarse. Lo que siento, sin embargo, es que siempre estoy lejos, en otro lugar, fuera de allí, fuera de mí, ni aquí ni allá, ido o perdido, irrecuperable, oculto no sólo para ellos sino para mí mismo y para cualquiera, enfermo de impresencia, herido de alteridad, desubicado, hueco, insonoro, insípido. Alguien que no sabe nada y que no sabe ya a nada. Una especie de muerto en vida, pero, eso sí, con bastante apetito.    

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