miércoles, 19 de julio de 2017

ISLAS, MORGUES

Es propia de las islas la retención; les es extraña la dispersión.

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La falta de espacio de las islas obliga a cavar, a escarbar, a hundir en la tierra las manos y los ojos. Las islas están llenas de túmulos, de tumbas, de fosas comunes en las que la memoria se abisma, casi siempre en vano, para encontrar un hilo del pasado.

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Que levante la mano el que sea de las islas. Y todos dieron un paso atrás.

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La diferencia entre un isleño y un insular es que el primero rezuma isla y el segundo ve islas donde no las hay.

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Es a un isleño a quien peor le suena la palabra isleño. Por la misma regla de tres, es a un insular a quien mejor le suena la palabra insular.

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La mayoría de los habitantes de una isla no sabe que vive en una isla. La mayoría de los habitantes de una isla no sabe que vive. La mayoría de los habitantes de una isla no sabe. La mayoría de los habitantes de una isla. La mayoría de los habitantes. La mayoría. La.

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Como mejor se ve una isla es desde otra isla. Viceversa, depende.

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Los habitantes de las islas, incluso aquellos que no son conscientes de habitar una isla, emprenden algún día el viaje hacia otra isla, la de los muertos. He visto a algunos que parecían ya vivir en ella desde hace muchos años. Como si fueran muertos arribados a nuestras costas para darnos noticias de lo que allí ocurre, en aquella otra isla a la que alguna vez tendremos que viajar.

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Será enterrado en una isla. Vendrán a visitarlo las pardelas. Unos claveles le dejará el mar espumoso. Verano tras verano verá el sol hundirse como un bañista más en la playa desnuda. Recordará sus sueños de arena. Sostendrá con su cuerpo los castillos de entonces.

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La “mirada insular”, la “memoria insular”, la “poesía insular”, la “visión insular”, el “mito insular”. ¡Ya está bien, niños!

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Lugares donde se aprende bien la lección. Ojos vendados. Puertas blindadas. Las islas: ve a por lana y saldrás trasquilado.

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Isla: porción de tierra rodeada de macroalgas por todas partes.

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- Que no, que no. Que no me quiero ir de viaje. Que quiero quedarme aquí, en la isla.

- ¿Entonces no encontró una forma más original de suicidarse?

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Las islas no perdonan.

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Su delito fue nacer en una isla. El castigo que se le impuso fue morir en una isla.

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Soñó que un escritor peninsular, antiguo amigo suyo, visitaba una librería insular y le preguntaba a la librera: “¿Es este el único libro de autor local que tienen?” La librera, desolada, le respondía que sí.

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Ese mismo escritor, en otro sueño, visitaba una morgue. Le fueron mostrados diez cadáveres. Al llegar al último, preguntó: “¿Es ese el único muerto insular que tienen?”

La respuesta que le ofreció el funcionario podría incorporarse a cualquier anuario de estudios insulares. Reza así: “Debe saber que muerto e insular son sinónimos estrictos. Todo muerto es una isla y todo insular está, por definición, muerto”.

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Tengo un amigo que viajó en un mismo día cinco veces de una isla a otra. Lo consideraba una gran hazaña. En el último viaje le dijeron que había ganado un premio: a partir de entonces podría viajar siempre gratis entre isla e isla. 






viernes, 7 de julio de 2017

PLAYA DE LAS GAVIOTAS

¿Era antes tan oscuro el mar? ¿Cómo pude olvidarte, acantilado? ¿Quién trajo aquí esas plataformas que ultrajan con su silueta el horizonte? Tus perfiles, piedra de gargantilla que coruscas casi con timidez bajo las nubes, ya no los recordaba. Aún se hace nudismo aquí, qué milagro. Oí que hace unos años cayeron piedras sobre la carretera y que esas piedras aplastaron coches en el aparcamiento, obstruyeron el paso, impusieron su ley. No recuerdo con quién estuve aquí y creo que debería recordarlo. Presencias de la sal en el cuerpo, como si ellas sí hubieran quedado fijadas a la piel durante todos estos años. Gaviotas, señoras de la sombra, ¿creían ustedes que nunca volveríamos? La playa se desdice, entra en la mansedumbre, la arena es un veneno para el deseo, se introduce en las valvas de la luz. Esto no se hacía antes aquí, ¿se han vuelto locos?: ejercicios de gimnasia al aire libre, con cuerdas, barras, mancuernas. ¿El mar era tan denso, fluctuante? Secarse es fácil: basta luchar cuerpo a cuerpo con la arena. Hay quienes se quedan media hora dentro del agua y hay quienes prefieren verlo todo desde la orilla. Los acantilados tienen los ojos muy abiertos, clavadistas petrificados que se lanzan al mar. Libérate tú, gaviota: ¿para qué tienes las alas? Los nudistas pasean hasta la mitad de la playa, luego dan media vuelta. En la otra mitad, las familias revuelven en sus neveras portátiles en busca de un refresco. Cuerpos boca abajo como cadáveres: ¿no lo será alguno sin que nos hayamos dado cuenta? Pasan las lanchas a lo lejos, aceleran a ver cuál llega antes. Fui petrificado en la espesura del mar: ¿era antes tan espeso, tan grávido? En lo alto del acantilado un sendero traza una curva y desaparece: otro día iré a ver. ¿Me das una calada? Eso fue hace veinte años, ahora no te hace falta. Las fosas son del mar: las nasales, digo. El agua del mar le hará respirar mejor, dijo mi médico. Después de tanto tiempo, todo está relativamente igual. No esperaba menos. ¿Era antes tan pálido, tan entrecortado? Dibujaré el mapa de un abandono más, pero esta vez no deletrearé los lugares, las esquinas: dejaré que el mapa sea borrado por el mar. Hay que venir a veces a estas playas para cantarles las cuarenta a las gaviotas. Mi profesor de química ya no está tumbado allí, desnudo, riendo con sus amigos, respirando tan hondo como en una excursión nos enseñó una vez: ¿estará vivo?, ¿por qué no vino hoy? Bañarse no es adorar el mar, ni tampoco violarlo. Bañarse es confundirse, flotar, diluirse, olvidar. Quizá pronto lo sepamos mejor. Contrafaz, perfil, dibujo de gargantilla coruscante el del acantilado: ¿por qué te tenía casi olvidado? Hasta la piel olvida. Hasta los ojos se desentienden. Lo demás es mar, una y otra vez, no recomenzado, impertinente, impenitente, penitente, y ahora léase otra vez: pene y tiente, para qué somos nudistas si no. Es verdad que no hay mucho que tentar, pero hay tanto que penar… Solas las olas las olas las olas. Las solas, esas mujeres solitarias que recogen los desperdicios que los irresponsables dejan en la arena. Sin acritud, con paciencia de diosas, recogen las colillas, los envoltorios, papelería varia. Las solas. No miento cuando digo que no recuerdo con quién vine ni cuando digo que creo que debería recordarlo. ¿Era antes tan oscuro el mar?