sábado, 29 de julio de 2017

LA PALOMA COJA

Las mañanas: esas miserables prolongaciones de la diaria resurrección. Morimos cada noche. No nos importa dejarnos vencer por el sueño, desaparecer sin saber si emergeremos del otro lado de la noche, morir a la vez que la conciencia se disipa. Pero luego, después de desayunar, ya nos ha metido una vez más en cintura la rutina. Un paseo por calles sucias de aceras estrechas, un café en la mesa más apartada del local, un libro que se lee como se apaga una lámpara que casi ha dejado de alumbrar. ¿Haber sobrevivido a todo un sueño para esto? ¿Resucitar por 16575ª vez para vernos reflejados en un escaparate, a punto de comprar un bibelot –una pulsera, un cuenco tibetano, un reloj de arena– en la tienda de productos exóticos del centro comercial? Las camareras de la cafetería, cinco por lo menos, me miraron varias veces sin venir a atenderme. Yo les devolvía la mirada y parecía querer decirles que era preferible así, que me bastaba con poder ocupar una mesa junto a la cristalera sin necesidad de tomar nada, pues lo importante no eran el café o el zumo de naranja que pudieran traerme, sino la posibilidad de refugiarme del calor en la terraza interior aclimatada, en esa mesita de la esquina, sin gritos alrededor. Las camareras reían, miraban los móviles, salían a fumar, vacilaban con algunos clientes sentados fuera, dejaban sin recoger las mesas. El catálogo completo de la falta de profesionalidad (y así nos va). Como casi todo esto ocurría en el exterior, no me molestaba. Decidí no desesperarme, total. Una de las chicas vino a atenderme cuando habían pasado más de quince minutos. Lo hizo de mala gana, con esa mirada entre ceñuda y perpleja que ponen cuando les detallo mis condiciones: un cortado descafeinado de sobre (lo trajo de máquina), con sacarina y con la leche tibia (la trajo casi fría). La paloma se posó en una mesa de fuera, al lado de la mía, pero del otro lado de la cristalera. Su pata izquierda era un muñón. Era la segunda paloma coja que veía esta semana, y pensé si no sería la misma. ¿O acaso se estaban quedando cojas todas las palomas de la ciudad? Posada en una sola pata, la paloma era un animal casi elegante. Veía cómo su ojo izquierdo, sin párpados, miraba con inquietud a su alrededor. La pupila giraba en el interior de su ojo como dominada por una especie de terror. Ese animal no ha venido a este mundo para ser feliz. No ha recibido amor. Nadie lo ha acariciado. Ha perdido su pata izquierda en algún accidente, luchando por comida con alguna otra paloma, o atropellada por no haber echado a volar a tiempo. La paloma no me veía o, si me veía, yo era para ella un reflejo, una sombra, una realidad desdibujada y poco amenazante. La cristalera que nos separaba era la barrera entre su mundo y el mío. Parecía una paloma curtida, y no lo digo sólo por la cojera que ostentaba. Había en ella algo de vejez, de desgana, de descreimiento. Veía cómo las otras palomas se abalanzaban a las mesas vacías en busca de restos de comida, y ella permanecía posada allí, mirando con su ojo vacío la mañana vacía. Las camareras tarareaban las canciones de moda, se contoneaban, eran jóvenes y guapas, la vida les tenía reservado mucho placer y sólo más adelante se ocuparía de ellas para desequilibrarlas, para lastimarlas, para mutilarlas. Mientras tanto, despreocupadas, reían, ligaban por el móvil, cantaban la repulsiva Despacito. La paloma coja y yo estábamos apartados, como si nos hubiéramos entendido de algún modo a través de la cristalera, sin demasiadas ilusiones en la vida, con algunas heridas a cuestas (más ella que yo, la verdad sea dicha), razonablemente intactos pese a los manotazos del destino. ¿Así que esto es lo que la mañana me tenía reservado? Dicen que no hay día en que no se aprenda algo. Pensé –no sé si aprendí– que el desencanto se sostiene siempre sobre una sola pata; y que a veces, como esa paloma coja, echa a volar. Y también –esto creo que sí lo aprendí, aunque es una obviedad– que las palomas cojas, cuando vuelan, no se distinguen de las demás.

jueves, 27 de julio de 2017

LA EXPULSIÓN


Hay quienes opinan que la expulsión no fue un proceso repentino, ni tampoco fulminante. Dicen que, en rigor, es difícil precisar cuándo comenzó y si a día de hoy ha sido definitivamente consumada. Según ellos, estaríamos, por tanto, ante un acto demorado e incierto, de carácter discreto, casi clandestino; sin difusión ni resonancia alguna. Las causas de la expulsión son igualmente objeto de debate: algunos presumen que se debió a la contravención de una norma, pero este dictamen ha sido refutado por quienes creen que el motivo principal fue una falta de respeto a la autoridad; minoritaria, pero no del todo descabellada, es la idea de que la verdadera causa de la expulsión habría sido la presencia del expulsado en un lugar donde no era bienvenido, al menos el hipotético día en que se decretó su expulsión. La mera mención del expulsado podría dar a entender que se trata de una persona concreta, identificada; pero nada más lejos de la realidad: lo único seguro es que se decretó una expulsión contra alguien, que esa expulsión se debió a uno o varios motivos y que tuvo consecuencias. Todo lo demás es pura especulación. Lo mismo que sobre los motivos de la expulsión se han elaborado varias conjeturas, sobre las consecuencias de la misma corren no pocos rumores. La persona expulsada, según algunos, tuvo que renunciar a una serie de privilegios trabajosamente adquiridos durante los años en que perteneció a la corporación que la acabó expulsando; según otros, la expulsión procuró un alivio infinito al expulsado, que a partir de entonces pudo construirse una personalidad, desempeñar libremente su profesión, comprarse una casa, fundar una familia. Nadie duda, sin embargo, de que estas consecuencias positivas, si las hubo, vinieron después de un periodo de suspensión en el vacío, de perplejidad ante la nueva situación vital, incluso de hondo desamparo.


Objeto de controversia sigue siendo asimismo el peliagudo asunto de si el expulsado pudo prever o no que iba a serlo. Quienes opinan que la expulsión no fue un proceso repentino creen, en buena lógica, que el expulsado debió de percibir determinadas señales durante los meses previos a la expulsión. Miradas de reojo. Llamadas sin responder. Facturas sin firmar. Risas abortadas. En esa fase que no sería descabellado denominar fase de pre-expulsión, el expulsado pasa de ser considerado un miembro más de la corporación a ser visto como un cuerpo extraño, como un intruso. De forma quizá no del todo consciente, sus todavía compañeros empiezan a tratarlo con cierta distancia, con menor camaradería; que quien luego va a ser expulsado perciba o no estas muestras de prevención estará en relación con la mayor o menor dependencia que haya llegado a sentir respecto de su integración en el grupo. Si se trata de un individuo dependiente, las muestras de rechazo lo irán minando hasta hacerle sentir su nueva condición de expulsado como un castigo o una condena por alguna acción que quizá ni siquiera consiga precisar. Si, en cambio, estamos ante un individuo más bien independiente, la exclusión o el alejamiento de sus compañeros no serán considerados sino un fenómeno transitorio de difícil explicación que se espera reconducir con el paso del tiempo. Que la expulsión constituya o no un mazazo para el expulsado dependerá en gran medida de cómo viva este periodo de pre-expulsión anteriormente descrito.


En lo que casi todo el mundo concuerda, sin embargo, es en que el expulsado merecía su expulsión. Al parecer se la había ganado a pulso. Es comprensible que una corporación no pueda seguir admitiendo en su seno a individuos en los que no puede confiar, miembros que no muestran plena convicción o simbiosis con las creencias corporativas. En estos casos, el periodo de pre-expulsión puede concebirse como una fase pedagógica orientada a la corrección de determinadas conductas o al reforzamiento de la comprensión del sistema de valores que rige la corporación. Son muchos los ejemplos de individuos reconducidos, de cuerpos que empezaron a ser considerados extraños y que tras un proceso de pulimiento y de afinación fueron reintegrados en la comunidad corporativa. La expulsión sería, así pues, la última reacción del sistema ante la presencia de cuerpos extraños sin ninguna posibilidad de ser asimilados. En el caso que nos ocupa, se cree que la expulsión tuvo lugar después de varios periodos fallidos de pre-expulsión correctiva, fases sucesivas en las que la corporación, de modos más o menos imaginativos, hizo esfuerzos por reeducar al individuo díscolo en aras de su reincorporación a la comunidad. Quienes han estudiado el caso enumeran los siguientes procedimientos: encuentros entre pares, charlas de concienciación, conferencias plenarias, entrevistas con la autoridad, talleres de autoexploración en dependencias aisladas. Se sobreentiende que ninguna de estas tácticas debió de dar resultado y que la expulsión se consideró el último recurso capaz de preservar la pureza de los ideales de la corporación. Los cuerpos extraños que se mantienen en un ámbito comunitario sin ser expulsados acaban contagiando a los individuos con los que conviven y la propagación de sus valores e ideas pone en peligro la integridad corporativa. El bisturí de la expulsión no es en estos casos sino una medida terapéutica que no tiene por qué dañar ni a una parte ni a la otra: se separa el grano de la paja y se deja que la paja intente dar grano por su cuenta. No hará falta explicar que el expulsado es aquí la paja y la corporación, el grano.

miércoles, 19 de julio de 2017

ISLAS, MORGUES

Es propia de las islas la retención; les es extraña la dispersión.

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La falta de espacio de las islas obliga a cavar, a escarbar, a hundir en la tierra las manos y los ojos. Las islas están llenas de túmulos, de tumbas, de fosas comunes en las que la memoria se abisma, casi siempre en vano, para encontrar un hilo del pasado.

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Que levante la mano el que sea de las islas. Y todos dieron un paso atrás.

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La diferencia entre un isleño y un insular es que el primero rezuma isla y el segundo ve islas donde no las hay.

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Es a un isleño a quien peor le suena la palabra isleño. Por la misma regla de tres, es a un insular a quien mejor le suena la palabra insular.

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La mayoría de los habitantes de una isla no sabe que vive en una isla. La mayoría de los habitantes de una isla no sabe que vive. La mayoría de los habitantes de una isla no sabe. La mayoría de los habitantes de una isla. La mayoría de los habitantes. La mayoría. La.

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Como mejor se ve una isla es desde otra isla. Viceversa, depende.

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Los habitantes de las islas, incluso aquellos que no son conscientes de habitar una isla, emprenden algún día el viaje hacia otra isla, la de los muertos. He visto a algunos que parecían ya vivir en ella desde hace muchos años. Como si fueran muertos arribados a nuestras costas para darnos noticias de lo que allí ocurre, en aquella otra isla a la que alguna vez tendremos que viajar.

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Será enterrado en una isla. Vendrán a visitarlo las pardelas. Unos claveles le dejará el mar espumoso. Verano tras verano verá el sol hundirse como un bañista más en la playa desnuda. Recordará sus sueños de arena. Sostendrá con su cuerpo los castillos de entonces.

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La “mirada insular”, la “memoria insular”, la “poesía insular”, la “visión insular”, el “mito insular”. ¡Ya está bien, niños!

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Lugares donde se aprende bien la lección. Ojos vendados. Puertas blindadas. Las islas: ve a por lana y saldrás trasquilado.

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Isla: porción de tierra rodeada de macroalgas por todas partes.

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- Que no, que no. Que no me quiero ir de viaje. Que quiero quedarme aquí, en la isla.

- ¿Entonces no encontró una forma más original de suicidarse?

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Las islas no perdonan.

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Su delito fue nacer en una isla. El castigo que se le impuso fue morir en una isla.

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Soñó que un escritor peninsular, antiguo amigo suyo, visitaba una librería insular y le preguntaba a la librera: “¿Es este el único libro de autor local que tienen?” La librera, desolada, le respondía que sí.

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Ese mismo escritor, en otro sueño, visitaba una morgue. Le fueron mostrados diez cadáveres. Al llegar al último, preguntó: “¿Es ese el único muerto insular que tienen?”

La respuesta que le ofreció el funcionario podría incorporarse a cualquier anuario de estudios insulares. Reza así: “Debe saber que muerto e insular son sinónimos estrictos. Todo muerto es una isla y todo insular está, por definición, muerto”.

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Tengo un amigo que viajó en un mismo día cinco veces de una isla a otra. Lo consideraba una gran hazaña. En el último viaje le dijeron que había ganado un premio: a partir de entonces podría viajar siempre gratis entre isla e isla. 






viernes, 7 de julio de 2017

PLAYA DE LAS GAVIOTAS

¿Era antes tan oscuro el mar? ¿Cómo pude olvidarte, acantilado? ¿Quién trajo aquí esas plataformas que ultrajan con su silueta el horizonte? Tus perfiles, piedra de gargantilla que coruscas casi con timidez bajo las nubes, ya no los recordaba. Aún se hace nudismo aquí, qué milagro. Oí que hace unos años cayeron piedras sobre la carretera y que esas piedras aplastaron coches en el aparcamiento, obstruyeron el paso, impusieron su ley. No recuerdo con quién estuve aquí y creo que debería recordarlo. Presencias de la sal en el cuerpo, como si ellas sí hubieran quedado fijadas a la piel durante todos estos años. Gaviotas, señoras de la sombra, ¿creían ustedes que nunca volveríamos? La playa se desdice, entra en la mansedumbre, la arena es un veneno para el deseo, se introduce en las valvas de la luz. Esto no se hacía antes aquí, ¿se han vuelto locos?: ejercicios de gimnasia al aire libre, con cuerdas, barras, mancuernas. ¿El mar era tan denso, fluctuante? Secarse es fácil: basta luchar cuerpo a cuerpo con la arena. Hay quienes se quedan media hora dentro del agua y hay quienes prefieren verlo todo desde la orilla. Los acantilados tienen los ojos muy abiertos, clavadistas petrificados que se lanzan al mar. Libérate tú, gaviota: ¿para qué tienes las alas? Los nudistas pasean hasta la mitad de la playa, luego dan media vuelta. En la otra mitad, las familias revuelven en sus neveras portátiles en busca de un refresco. Cuerpos boca abajo como cadáveres: ¿no lo será alguno sin que nos hayamos dado cuenta? Pasan las lanchas a lo lejos, aceleran a ver cuál llega antes. Fui petrificado en la espesura del mar: ¿era antes tan espeso, tan grávido? En lo alto del acantilado un sendero traza una curva y desaparece: otro día iré a ver. ¿Me das una calada? Eso fue hace veinte años, ahora no te hace falta. Las fosas son del mar: las nasales, digo. El agua del mar le hará respirar mejor, dijo mi médico. Después de tanto tiempo, todo está relativamente igual. No esperaba menos. ¿Era antes tan pálido, tan entrecortado? Dibujaré el mapa de un abandono más, pero esta vez no deletrearé los lugares, las esquinas: dejaré que el mapa sea borrado por el mar. Hay que venir a veces a estas playas para cantarles las cuarenta a las gaviotas. Mi profesor de química ya no está tumbado allí, desnudo, riendo con sus amigos, respirando tan hondo como en una excursión nos enseñó una vez: ¿estará vivo?, ¿por qué no vino hoy? Bañarse no es adorar el mar, ni tampoco violarlo. Bañarse es confundirse, flotar, diluirse, olvidar. Quizá pronto lo sepamos mejor. Contrafaz, perfil, dibujo de gargantilla coruscante el del acantilado: ¿por qué te tenía casi olvidado? Hasta la piel olvida. Hasta los ojos se desentienden. Lo demás es mar, una y otra vez, no recomenzado, impertinente, impenitente, penitente, y ahora léase otra vez: pene y tiente, para qué somos nudistas si no. Es verdad que no hay mucho que tentar, pero hay tanto que penar… Solas las olas las olas las olas. Las solas, esas mujeres solitarias que recogen los desperdicios que los irresponsables dejan en la arena. Sin acritud, con paciencia de diosas, recogen las colillas, los envoltorios, papelería varia. Las solas. No miento cuando digo que no recuerdo con quién vine ni cuando digo que creo que debería recordarlo. ¿Era antes tan oscuro el mar?