viernes, 12 de noviembre de 2010

MI LUGAR PARA LA ETERNIDAD

Como hace años, en otra especie de congreso o de encuentro entre desconocidos con los que solo se comparten al principio unos intereses profesionales o creativos y luego, a medida que avanzan los días, se acaba compartiendo mucho más o se deja definitivamente de compartir lo poco que se compartía, me han apuntado hoy en una servilleta de papel una dirección que puede serme útil. En algún momento la sobremesa se ha disuelto (debe de haberse terminado el licor eslovaco servido en pequeños chokos diseñados para beber sake). Un poema leído de pronto logró crear el silencio a su alrededor. Las risas corrieron a esconderse entre las palabras, pero eran tan estrechos o tan precarios los huecos que se abrían entre estas que las risas caían en un abismo del que quién sabe cuánto tardarían en ser rescatadas. El poema hablaba de un lugar para la eternidad: «Este es mi lugar / para la eternidad / una pequeña silla de paja / el silencio y el verano / un muro que el cielo ha agrietado / como una calle / y mi alma que se acostumbra / a decir tú». La servilleta roja pasa de la mano al bolsillo. Qué fácil parece encontrar un lugar para la eternidad después de escuchar este poema. Cualquier lugar bastaría. Este cuarto, ahora. O el de al lado, en el que alguien escribe o traduce páginas bajo una lámpara que lleva horas sin apagarse. O un rincón cualquiera de la ciudad, mañana, en el que pueda detenerme, mirar alrededor, extrañarme de mí mismo, reconocerme un instante, recordar algún otro día de mi vida, olvidarlos todos, sentir el frío en las mejillas, abrirme como con la mano paso hasta el lugar del corazón en que la sangre borbotea caliente como una cascada roja en el paraíso, quedarme quieto y escuchar lo que pueda sin dejar de mirar hacia ninguna parte. La vida, entonces, estaría por fin desparramada en su lugar para la eternidad, fluiría hacia donde nunca pensamos que acabaría dirigiéndose, sin que por ello dejara de estar recogida en el lugar del que nunca ha salido, del que solo saldrá cuando no se llame ya vida. La servilleta roja está ahora sobre mi mesa. Ostenta una dirección que es un destino posible. Tal vez me encuentre allí dentro de cuánto tiempo. ¿Seguirá habiendo entonces un cuerpo en el que la vida esté contenida y que sea a la vez el lugar desde el que pueda, esa misma vida, salir de sí misma, encontrarse con otras, frotarse con las pieles de otras vidas en busca de una chispa, aun efímera, que le haga olvidar por un instante el oscuro reverso que le espera? Quién sabe. Nadie puede saber nada. Ojalá, tan solo, sean esta mesa, esta silla, esta noche de ahora mi lugar para la eternidad. Y ojalá se acostumbre mi alma a decir tú.

(Wernetshausen)

6 comentarios:

  1. Hay algo de vibración esencial y a la vez de fallido en ese pequeño poema. Su aspiración a ese estado de realización desasido de casi todo es el trazo que opera como aldaba en nosotros. En los poemas tuyos que se dibuja esa descripción sabes que he encontrado lo mejor de tu obra. El hecho literario en ellos era lo de menos cuando lo que afloraba era un estado de comunión con la naturaleza y sus elementos a nuestro paso, a través del tuyo. El escritor habla desde el relieve de su tacto y ha de asumir su respiración y su yo.

    El "tú" me ha hecho recordar al expresado por Bécquer en aquel fundamental "poesía eres tú" dirigido hacia todo lo que se quiera exterior al yo en la contemplación de ese centramiento poético. Si te refieres, además, aquí a la aceptación vital del ser amado si aparece o al tú que cifra la relación con el otro, a la comunicación -vete a saber si posible en ocasiones- y vivencia del otro, es un motivo lleno de todas las posibilidades mientras la vida y la escritura responden a sus inquietudes y necesidades.

    ResponderEliminar
  2. Estimado Carlos: muchas gracias por tu comentario, que como siempre ilumina y acompaña. El poema que cito en el texto no es mío, por supuesto, sino de una gran poeta suiza llamada Anne Perrier, nacida en 1922. Creo que recuerda un poco a Emiliy Dickinson, o al menos al recuerdo que tengo de mis lecturas de Emily Dickinson. Y tiene esa capacidad de decir mucho con muy poco. Un saludo.

    ResponderEliminar
  3. Gracias, Rafael, por compartir un texto y autora a los que yo no hubiera llegado. Este poema de Anne Perrier es muy hermoso, acabo de leerlo de nuevo recibiendo otra vez su singular regalo. Y explico lo que, subjetivamente, dije de encontrar en él de fallido: "un muro que el cielo ha agrietado / como una calle". No sé, algo en esta expresión se me cae de las manos, no me revela algo más detrás de la literalidad de esas menciones. O puede ser un fallo de lectura rápida mía. Así lo intento ver, porque con cada poema hay que establecer una convivencia hasta que se conocen todas o sus principales pieles.

    ResponderEliminar
  4. Seguramente el problema se deba a un error mío como traductor. Dudé entre traducir “fendu” como “agrietado” o como “partido”. Opté por la primera versión, pero sigo sin ver clara la comparación entre ese muro agrietado y una calle. Qué hermosa y verdadera la última frase de tu comentario: esa convivencia que hay que establecer con el poema como si este tuviera una piel cuyo calor o cuya frialdad, cuya suavidad o cuya aspereza hemos de sentir de verdad en nuestra propia piel...

    ResponderEliminar
  5. Cuando el poema es perfecto, las asociaciones a veces nos sorprenden o no las descubrimos. Hoy en clase, ante alumnos ajenos al hábito de la lectura poética, sus interpretaciones se basaban, dada esa ausencia de tradición lectora, en una traslación básica del poema que veían delante. Ese mismo texto, ante otro lector con más recorrido, conocedor de una mayor parte de la obra y de la trayectoria vital de su autor, guardaba otros sentidos no accesibles al de estos pequeños lectores, sumidos además en la imperfecta catástrofe de la Eso.

    Desconozco la obra y vida de esta autora donde quizás otros datos personales y poemas confirmen las elecciones léxicas de este verso. Al leer "un muro que el cielo ha agrietado / como una calle" el sentido inesperado, la imagen reveladora parece haberse adormecido respecto al decir hechizante del resto del poema. Pero tal vez no. ¿Y si el muro -pared, apoyo, edificio, pero también limitación- se abre como una calle, es decir, se llena de una vitalidad casi humana, habitable... ante esa constatación elemental de la luz? ¿Recordar aquí el juvenil y emblemático verso de arranque "siempre la claridad viene del cielo" de Claudio Rodríguez? Hasta los autores que entre sí se han desconocido por sus diferentes lenguas, siglos o culturas apelan a unas claves universales que alguien podría perfectamente codificar -¿Cirlot hizo algo así?-, no sé si propias de un inconsciente colectivo poético o humano.

    Cito una afirmación que me regaló inesperadamente un amigo de los años de Facultad cuando me dijo "el poema ha de ser un esfuerzo irremplazable". Cada palabra entonces es una pieza de relojería imprescindible. Se exige entonces una lectura capaz de este rigor, incompatible con las prisas, la aceptación de la solución retórica o la trivialidad de la contingencia intercambiable. La vida preside el poema y con su imagen en palabras dialoga y se reconoce incluso para salir de sí misma, pero si la vivencia particular no se alza en revelación o en categoría, la deriva fácil es coleccionar ocurrencias entretenidas de lo cotidiano, puede que ingeniosas, pero nada interesantes en unas pericias verbales cada vez más esperables. Cierto tipo de poesía más radical y permanente como la de este poema de Anne Pierre, (o los de Fray Luis de León, por citar a alguien que me volvió a asombrar y remover hace poco) transita otros cauces: los de la autenticidad, los de la esencia que descubre la cara inadvertida de vivir y de las cosas, que a algunos, mientras este experimento dure, nos importa, más o tanto que escribir incluso. Pero qué bendición si lo hacemos en palabras, esas palabras perseguidas y casi inalcanzables siempre, pero algún día, sí, posibles.

    ResponderEliminar
  6. Estimado Carlos: olvidé agradecer tu último comentario, tan intenso. No puedo dedicarle ahora mismo mucho tiempo al blog, pues entramos en fase de exámenes finales de trimestre en mi instituto. Un abrazo.

    ResponderEliminar