sábado, 16 de junio de 2012

ARGUAMUL

Quienes nunca hayan estado en Arguamul quizá no consigan imaginarse bien lo que quisiera describir aquí. (Quien ha estado en un lugar posee la arrogancia de una certeza: la certeza de haber estado en un lugar; quien ha estado en un lugar apartado posee, además, la arrogancia de una singularidad: la singularidad de haber estado en un lugar apartado. Cualquiera de estas dos arrogancias, me parece, es perfectamente disculpable.) Haré todo lo posible por canalizar los torrentes de imágenes que me ofrece mi abundante recuerdo en pinceladas accesibles, pues de otro modo estaría abusando de la imaginación y la paciencia del incauto lector. Me esmeraré en trasladar a las palabras una cierta sensación de apartamiento, quizá recurriendo a símiles o tropos un tanto exagerados pero justamente por ello, así lo espero, eficaces.

Para llegar a Arguamul debe conducirse, después de dejar la carretera dorsal de la isla, por un laberinto de pistas de tierra que concluye abruptamente y da paso a lo que podría denominarse un simple camino de cabras. Se deja el coche arrimado a un borde del barranco y se echa a andar con el mapa en la mano durante kilómetros en lo que a partir de entonces parece casi una isla desierta. La soledad retumba bajo los pies. Se suda solo para aplacar la sed de un viento racheado que sube por los costados del barranco. Se orina después de un par de horas sobre una tierra verdosa que acoge la deposición como parte del riego celeste que da vida a los numerosos bosques de palmeras.

Se sigue caminando hasta que se atraviesa un grupo de casas de barro en las que viven unos jipis alemanes que parecen drogados con leche de tabaiba. Una niña cuelga de los brazos de su supuesta madre y mira al caminante con unos ojos que no contienen traza alguna de desamparo sino, más bien, visiones impenetrables de la tierra nutricia. Vale más atravesar deprisa esas casas, pues no se sabe quién más habita en ellas, si algún patriarca desmemoriado o loco o si alguna antigua bruja lugareña contratada por los jipis para confeccionar brebajes de tomo y lomo.

Quienes nunca hayan estado en Arguamul, ya lo avisé al principio, tendrán dificultades para sentir que lo que digo pueda ser el comienzo o el final de una vivencia auténtica. Aseguro, sin embargo, a quienes desconfíen por ignorancia o por costumbre que hago todo lo posible por no alejarme ni un ápice de la sacrosanta veracidad de la experiencia. Así, cuando volví la vista, ya estaban lejos las casas de los jipis y me encontraba en lo alto de un promontorio casi antediluviano que atesoraba, al parecer, más de una cueva natural quizá hasta no muchos años atrás habitada. Sin embargo, mi destino era la playa de Arguamul y todo lo que me distrajese de él debía ser desechado, ya fueran cuevas de guanches o casas de mugrientos jipis alemanes.

Desde el promontorio antedicho contemplé la playa de Arguamul extendida a lo lejos. Pude haber detenido allí mi periplo, pues ver a lo lejos no es menos (o es incluso a veces más) que pisar de cerca, sobre todo si hay que seguir caminando un par de kilómetros para llegar a una monótona playa de pedruscos perdida en una isla que parece estar durmiendo una siesta perpetua. Por alguna razón, supe que debía bajar hasta la orilla, descalzarme y sentir en mi piel aquel solitario mar de Arguamul. Quizá lo supe entonces porque sospechaba que un día querría hablar de ello con conocimiento de causa, es decir, con la seguridad que da la constatación de unos hechos vividos y depositados para siempre en la alcancía del recuerdo.

Quienes no hayan estado nunca en Arguamul podrán quizá decir que estuvieron un día allí después de leer estas palabras mías que serán para ellos el sustituto de la vida, la prótesis de una experiencia de la que siempre carecieron, el simulacro de una memoria en blanco. Así que prosigamos. Qué podría decir de ese momento único, extático, en que pisé la playa de Arguamul. En kilómetros a la redonda, no solo si miraba hacia el bendito horizonte, sino también si recreaba la vista en las alturas boscosas o en el agreste y caprichoso dédalo de roques diseminados a lo largo de los acantilados, no se veía ni un alma. Yo era allí una especie de náufrago salvado en el mismo momento en el que había naufragado. No sabía qué hacer con mi cuerpo, pues los juegos solitarios son bastante aburridos cuando no hay ni siquiera la posibilidad de un espectador escondido al acecho. Cumplí el ritual de descalzarme y dejar que unas olas mansas como corderos bíblicos lamieran mis pies llenos de llagas. Lo confesaré, sí: me desnudé, pero no me bañé, no me creí digno de tanta perfección, de tanta inmensidad. Me daba miedo profanar aquel mar con mi cuerpo sucio en todos los sentidos. Verán: quería que Arguamul siguiera siendo para mí un santuario, un lugar intacto al que peregrinar a partir de entonces al menos en mi imaginación. Y para defenderlo de mis ansias posesivas tuve que abandonarlo rápido, no recrearme demasiado en él, regresar por el mismo camino hasta las casas de los jipis y luego hasta el coche de alquiler arrimado al borde del barranco. Tuve que renunciar a él para poder volver siempre a él.

Quienes no hayan estado en Arguamul no sabrán nunca, y bien que lo siento por ellos, cómo es de verdad Arguamul, qué puede dejarse y qué no puede dejarse allí, qué nos regala y qué nos roba, qué nos pregunta y qué no nos responde, cuánto se pierde, cuánto se deja de ganar allí.  

domingo, 10 de junio de 2012

EL BULEVAR

Lo han llamado mucho tiempo después el bulevar del faro, seguramente porque el término francés le garantiza mucho más glamur que palabras de nuestro idioma como “avenida” o “paseo” a la zona de perfumerías, restaurantes, tiendas de ropa y discotecas que se ha creado en torno a un faro que poco tiene ya, al parecer, del aislamiento de antaño. Unos amigos me hablaron de un artista que lo pintó hace unas décadas, una y otra vez, como un verdadero faro obsesivo, totémico, en la lejanía de una de las puntas perdidas de la isla. El pintor fallecería luego en accidente de tráfico —y sus obras quedarían no solo como las huellas de otro tiempo más auténtico o esperanzado que el nuestro, sino como testimonios de una mirada intensa y deslumbrada. Imagino que quienes recuerden ese faro de otro tiempo no sabrán decidir si el proceso de rehabilitación consistió en un mero revoque del material original o en una reconstrucción completa desde sus cimientos. El faro erigido allí, en cualquier caso, se ha convertido en un símbolo de la prosperidad turística de la zona. Cada tarde llegan al bulevar decenas de autocares cargados de rubicundos tentetiesos nórdicos que son depositados junto a sus cónyuges en las aceras por las que se accede a la relumbrante avenida costera. No recuerdo qué hacía yo aquella tarde en que vi descender de uno de esos autocares al suizo. Enseguida me llamó la atención su aspecto de escritor de tercera fila, su delgadez enfermiza, sus lentes redondas a lo Hermann Hesse, su tiesura. Muy pronto se separó del grupo con el que había venido e hizo gala de una curiosidad solitaria que lo llevó a alejarse cada vez más de los paseos centrales y a adentrarse, después de media hora, en un palmeral desde el que se veía el faro ya muy desdibujado y que yo conocía por otras visitas en pos de otros curiosos como aquel. No se percató de mi presencia hasta que me aposté a la distancia de un par de palmeras y apoyé mi espalda contra el tronco de una de ellas, que emitió un ligero crujido. Me pareció sentir que no se asustó y que, por el contrario, agradeció la compañía que con mi aparición allí se le brindaba. No tardó en acercarse. Para entonces yo ya me había quitado la camiseta y exhibía como un reclamo que sabía infalible mi torso de descendiente de antiguos esclavos africanos trasladados a Cuba. Recordé, no sé por qué, unos versos del prócer José Martí en los que hablaba de un paseo por la jungla en compañía de una de sus damas. No sé si me identifiqué en ese momento con el héroe o con la puta, pero lo cierto es que la conversación que, en un inglés medianamente correcto, reforzó mis sentimientos patrióticos, me devolvió perdidos sones cubanos, intensificó mi nostalgia de la isla y, de resultas de tanto sentimiento incontrolable, acepté la proposición de acompañar al turista a su apartamento. Le ahorraré al paciente lector los detalles de mis andanzas patrióticas. El suizo se congestionaba, sudaba como un pollo, dulcificaba su dicción a cada una de mis embestidas y ejecutaba unos extraños movimientos encadenados que me hicieron pensar que quizá en su juventud hubiera practicado el ballet. Cuando terminamos la faena en el dormitorio salimos a un balconcito que daba al bulevar y allí, arropados por una brisa que yo hubiera preferido menos cálida, nos fumamos unos cigarrillos mientras contemplábamos el atardecer. El suizo me propuso que me quedara con él unos días. Yo dejé que mi mirada vagara por el horizonte durante un par de segundos antes de contestarle. Recordé la bala perdida que mató a Martí. No sabía si me estaba internando en terrenos pantanosos o si, después de mucho tiempo, se me brindaba una oportunidad de prosperar. El suizo entró en el apartamento y, al cabo de unos minutos, volvió con un par de billetes de doscientos euros en la mano. Los colocó sobre la mesa, junto al cenicero, y me dijo que serían míos —en aquel momento me pareció ver cuatro, pero luego supe que eran cinco— si me quedaba unos días con él y continuaba cumpliendo con mis deberes patrióticos (traduzco a un lenguaje honesto lo que él me espetó con términos soeces). Me está comprando, recuerdo que pensé. Este suizo asqueroso se cree que puede encerrarme aquí unos días con cuatro cochinos billetes de doscientos euros. Ni aunque me pagara uno de esos billetes por cada una de las arrugas que he tenido que sufrirle hace un rato me quedaría yo aquí. Le dije que se equivocaba conmigo, que yo era una persona trabajadora e independiente y que la cantidad que había en ese mismo momento sobre la mesa era el precio del servicio de lujo que acababa de prestarle. Me miró como un basilisco entre sus ridículos cristalitos empañados. Se alteró. Gritó como un condenado. Me dijo que me marchara, que nuestra relación había terminado. Yo entré con dignidad en el salón para dirigirme hacia la puerta. Sabía que estaba traicionando a mi patria, que el suizo estaba a punto de burlarse de mi ingenuidad y de mi entrega. Le pedí que me diera al menos uno de aquellos billetes. Se negó. Entonces lo abofeteé, ni siquiera demasiado fuerte, y cayó al suelo. Desde allí se puso a patalear, a darles patadas a los muebles, una patada a la mesa, otra al sofá, otra a la estantería. El espectáculo era bochornoso. Lo agarré del pelo y le zumbé otra bofetada que lo dejó seminconsciente. Se dedicó a gemir y a contonearse como si estuviera representando algún paso de El lago de los cisnes en el Zúrich de la posguerra. Le di un tercer golpe, aunque esta vez con el puño, que lo dejó inmóvil y en silencio. Me acerqué hasta la mesa del balcón y recogí los billetes. Cuando salí a la calle ya era casi de noche y en el bulevar solo quedaban unos pocos grupos que regresaban a sus autocares después de cenar. El faro, cuya luz ya no es más que parte de un decorado comercial, parecía señalarme un camino en la noche.

sábado, 2 de junio de 2012

EL BOTARATE

Para Miguel Pérez Alvarado


1

Cuando algunos amigos me preguntan (una de tantas preguntas a las que no se puede responder) si echo de menos las islas, si no me falta el mar, si sobrevivo en el secano de una ciudad sin mar, en esa lejanía del mar que está a tantos kilómetros que incluso a la memoria le cuesta a veces trabajo recordarlo, esbozo una sonrisa y no sé qué contestarles. El mar que se pierde, les digo a unos pocos, no se recupera nunca. El mar al que se regresa, me lanzo, presocrático, a creer, no es nunca el mismo mar. El mar tenebroso atesorado dentro, en los vericuetos de quien lo recuerda a su pesar, no es más que una tiniebla sin rayo que la cruce. Si van un poco más allá, a veces no solo algunos amigos sino también meros conocidos o recién conocidos, y me plantean la socorrida ecuación que identifica el acto de escribir con la pasividad de la nostalgia, me exalto un poco y les respondo que no se escribe nunca para recuperar nada, que no hay nunca nada que recuperar y que lo único que se consigue escribiendo es alejar por un rato el aburrimiento cotidiano. Así, con este exabrupto, los mantengo a distancia. Pues quien mucho curiosea acaba como la mayoría de los gatos: saltando a la desesperada a su siguiente vida. Quizá haya en mi respuesta una pequeña parte de verdad. Escribir puede ser una protección contra el aburrimiento o también, a veces, el acto más aburrido del mundo. ¿No se escribe siempre a falta de algo mejor? A ver quién es el guapo (escritor) que no preferiría estar bañándose en una de esas calas rodeadas de rocas caprichosas moldeadas por el viento antes que inclinado y destrozándose la espalda mientras escribe unas frases casi siempre obsoletas que no van a leerle, si acaso, más que un par de amigos compasivos. Y quien dice bañándose dice también refocilándose en cualquier situación placentera imaginable. Escribir no es en el fondo más que traicionarse a sí mismo. Así que esas monsergas de que debería escribirse arrodillado como quien reza ante un altar o que con la escritura se salva y se celebra para siempre la realidad que se escapa o, incluso, que a través de la escritura alcanzamos cierto estado de conocimiento superior que nos permite tomar mayor conciencia de nosotros mismos, en fin: no son más que eso, monsergas, componendas para no tener que reconocer la verdad del asunto. Desde luego, de cara a la galería (a la galería de uno mismo), suenan maravillosamente bien todas esas loables misiones de la escritura. En realidad, se escribe porque uno no ha sido capaz de vivir como la vida manda.

2

Por eso no es más que una aberración ver a ese escritor, que puede ser uno mismo, sentarse al atardecer en una terraza del paseo, a la altura de la calle Portugal, y sacar un cuaderno. La imagen revela todo su patetismo cuando al cuaderno se le agrega un bolígrafo con el que el escritor comienza a arañar una de las hojas. Acaba de salir de un establecimiento masculino situado en la calle Portugal y ha decidido disfrutar del contraste entre el aire viciado de esa gruta posmoderna y la brisa marina que sopla desde el mar. Como se siente una especie de botarate que pierde su tiempo en esfuerzos casi siempre infructuosos por intercambiar un poco de placer momentáneo con otros individuos, decide investirse de su personalidad provechosa, es decir, tener al alcance el cuaderno y el bolígrafo con los que se redimirá de tanta miseria. Veámoslo cómo primero recorre con la mirada la playa en el atardecer, cuenta los pocos bañistas que aún resisten, se demora en algún gesto o en alguna postura, continúa hasta el final de la playa y percibe, a lo lejos, el fastuoso auditorio, regresa repasando la fila de edificios de variadas alturas que constituyen la primera línea del paseo, atrapa un instante a alguno de los paseantes, gente solitaria, parejas, grupos, jóvenes en camisetas de asillas, corredores, familias que conversan tomándose un helado. Regresa con la mirada a su cuaderno y escribe. Ha elegido una terraza poco asocada y, por lo tanto, poco concurrida. Su figura solitaria es triste, sentado allí como el último y ya casi trastornado defensor de un puesto fronterizo, su cerveza a medio beber en una mano y el bolígrafo pensativo en la otra, apartado del verdadero transcurso de la vida, de las conversaciones y de los paseos, de las callejuelas que llevan al centro de la ciudad y de los balcones desde donde quienes han decidido vivir plenamente contemplan por un instante, mientras preparan la cena, a los últimos chicuelos subidos a la barra. No se sabe qué escribe. Quisiera, acaso, ser capaz de interrogarse por su propia vida, enunciarse a sí mismo los problemas que arrastra, dibujar, si hace falta, sus deformidades, sus carencias, todo ese lado monstruoso que aflora, por ejemplo, en el establecimiento de la calle Portugal. Pero, por alguna razón, da numerosos rodeos, evita ciertos términos, se traza un plan en el que apenas cabe una parte de su vida y termina escribiendo una especie de poema breve y estilizado que podría leerse como un mantra o una letanía. La playa empieza a vaciarse. El paseo se extiende a lo largo de kilómetros como una serpentina repleta de lugares, rincones, tiendas, casas, placitas, bancos, miradores que él casi se conoce de memoria. Arranca la página escrita del cuaderno y hace con ella una bolita que guarda en el bolsillo derecho del pantalón. Está de nuevo frente a una página en blanco. Lo conmueve la brisa, esa brisa racheada que parece desprenderse del mar y que lo envuelve como si quisiera encerrarlo, a él solo, en una burbuja que le permita mirar la realidad sin tener que participar en ella. Intenta no pensar en el final de ese instante, en el momento en que tendrá que pagar lo consumido y regresar al coche, aparcado en la misma calle Portugal, para atravesar la ciudad y dirigirse, por autopista, al pueblo donde vive. Guarda el cuaderno en la mochila y el bolígrafo en el bolsillo izquierdo del pantalón. Aún le queda un poco de cerveza. Se queda un poco más contemplando las montañas de la costa norte de la isla, ya difuminadas. Aprovecha el único momento sin brisa para marcharse.