jueves, 10 de agosto de 2017

PEQUEÑA ODA A LOS POETAS DE HOY EN DÍA

Apañarripios, tuerceversos, escrivividores,
telaraños, endecasibilinos, metronomistas
pejilgueros, apalabradores, alejandriños,
marwanes, silencieros, experiencistas,
soneteros, sonajistas, soniderramadores,
palabroteros, adjetivistas, verseadores,
calamburistas, metaforradores, jitanjaforistas,
simbolistas, escupecoplas, poetas-sin-ethos,
destrozaestrofas, sinecdoquistas, palabreros,
lanzapoemas, zurrabaladas, versicojos,
limpiaodas, fragmenteros, soplagárgolas,
tonadilleros, cantautores, acribillaestribillos,
¡ya está bien!, niños, ¡ya está bien!

sábado, 5 de agosto de 2017

CARTA A FÉLIX FRANCISCO CASANOVA

Mi querido Félix:


estos días he vuelto a leerte. Durante mucho tiempo he tenido el deseo de escribirte, pero siempre lo he postergado. Llega un momento en que las cosas no pueden postergarse más.


175 metros de distancia (según Google Maps, un utilísimo mapa virtual que han inventado) median entre el número 91 de la calle San Martín y el número 98 de la calle Méndez Núñez. El siglo XX en el que nacimos ya hace tiempo que es historia. Vine al mundo cinco años antes de que tú murieras. Pasé mi infancia en el número 91 de la calle San Martín. Me viste quizá alguna vez, de la mano de mi madre, cruzar la calle Méndez Núñez en dirección al parque (parque que para ti era el de las miradas y para mí, entonces, el de los juegos). Ninguno de los dos tiene memoria del otro, tú porque fuiste el prisionero de la memoria olvidada –la doble memoria olvidada de la vida y de la muerte–; yo, porque el olvido recordado –el de la no vida y el de la no muerte– no siempre se transfigura en memoria a través de la escritura. O quizá, también, asomado a la ventana de la que era la casa de mi abuela, frente al parque, te vi yo alguna vez, ¿eras tú aquel chico mayor que me pidió prestado el monopatín y me lo devolvió después de proyectar en el aire unas cabriolas entre locas risotadas?


Ayer terminé de leer tus Obras completas, las que ha publicado este año la editorial Demipage. Conocía tu poesía y tu diario. Tu diario fue lo primero tuyo que leí, quizá con una edad similar a la que tú tenías cuando lo escribiste. Julio García Monclús, el dueño de la librería Goytec, pariente político de mi padre, me dejaba pasar allí las tardes. En la planta alta, en la sección de literatura canaria, no solía haber nadie y era un lugar perfecto para leer. Debía de ser reciente la edición de Yo hubiera o hubiese amado, el volumen que contenía tu diario del año 1974. Recuerdo que lo leí una de aquellas tardes y que siempre lamenté después no haberlo comprado. Al releerlo ahora, compruebo que muchas de aquellas páginas quedaron impresas en mi memoria y han permanecido casi treinta años en ella: tus lecturas, en parte coincidentes con las mías de entonces, tus encuentros con los amigos (esas amistades de la adolescencia que nunca volverán a repetirse: al menos no con la misma intensidad), las llamadas que te hacía la misteriosa Voz de la que estabas enamorado, la música desgarrada que te hacía vibrar, y los poemas, poemas que iban surgiendo en tu cuaderno como flores en un jardín cubierto de cenizas. No sentí entonces el pudor que siento ahora al leerte: entonces era como compartir un secreto entre adolescentes; ahora yo soy un adulto que curiosea entre las intimidades de un joven. Ser joven para siempre produce estos extraños efectos.


Con tu poesía siempre he tenido más dudas. La he leído en tres momentos (creo que te hemos leído mucho, al menos aquí en Canarias, por lo que sé de otros lectores tuyos a los que conozco). La primera vez fue entonces, en Goytec: tu diario incluía muchos de los poemas que luego formarían La memoria olvidada. En ese contexto, eran poemas deslumbrantes, frescos, engarzados en tu día a día de adolescente culto, sensible y voraz. La segunda vez fue hacia 1992 o 1993, poco después de publicarse en Hiperión La memoria olvidada, el libro que recopilaba la mayoría de tus poemas. En aquella ocasión hizo su aparición un cierto desencanto: si aquello era todo lo que había, todo lo que habías escrito como poeta, era preciso reconocer que se trataba de una obra en ciernes, más abocetada que conseguida, con unos cuantos poemas deslumbrantes que destacaban entre una mayoría de poemas que no estaban a la altura de aquellos. ¿Pero qué importaba esto? El rayo seguía estando ahí, la brújula seguía apuntando a comarcas imprevistas, y lo casi milagroso de tu breve trayectoria me seguía encandilando como el primer día. Esta semana he vuelto a leerte, esta vez, como te decía, en la nueva edición de Demipage, un volumen que recoge buena parte de lo que escribiste (no estrictamente todo, al decir de algunos expertos, y lamentablemente sin criterios filológicos rigurosos). En cuanto a la poesía, ahora soy un lector más estricto que hace años. He marcado unos veinticinco poemas memorables; el resto no está, me parece, a la altura. ¿Y qué? ¿No es maravilloso que con dieciocho años hayas escrito veinte poemas que leeremos una y otra vez? Por otra parte, en este volumen he leído por primera vez El don de Vorace, tu novela publicada en 1975. La desazón del ser. El deseo de ser otro. El extravío de la vida. El hacha de los sueños. La búsqueda incansable. Es un libro inquietante que me recuerda a Crimen, de Espinosa, a Cerveza de grano rojo, de Arozarena, a Los puercos de Circe, de Alemany; es decir, a la mejor narrativa que se ha escrito en Canarias.


Para nosotros tu mito o tu leyenda han sido siempre tan poderosos como tu obra. Como en otros escritores de biografía accidentada, quizá en tu caso no sea tan fácil separar ambas vertientes. Te hemos admirado mucho y te hemos envidiado mucho. La dirección del piso de Méndez Núñez la busqué anoche en internet (internet es una red virtual de intercambio de datos que se inventó hace un par de décadas). Al parecer tu hermano José Bernardo sigue viviendo allí, en Méndez Núñez 98. Esta mañana estaba yo sentando en el café que hay en la esquina de San Martín con Méndez Núñez. Ahora es una franquicia, pero cuando era niño había allí un bar que se llamaba Galaxy y que era atendido por un matrimonio mayor con fama de malas pulgas. Me estaba tomando el café de media mañana cuando de pronto vi pasar a un señor vestido con ropa deportiva, el pelo corto, algo canoso, de unos cincuenta y cinco años. Lo vi casi de perfil, pero supe que era José Bernardo. No podía creérmelo: ayer por la noche había buscado alguna foto suya, pues en la edición de Demipage figura casi siempre como el autor de las fotografías, pero su rostro no aparece sino en una de cuando era niño. Encontré dos fotos suyas en internet: la primera en un blog en el que se publica un poema suyo y la segunda en un periódico que daba noticia de la presentación de tus Obras completas. En esta última José Bernardo aparece en una mesa junto a Villanueva y Aramburu, editor y prologuista del volumen, respectivamente, en la Feria del Libro de Las Palmas. Esta es la foto que me permitió identificarlo esta mañana. 


Pero aquí no acaban las coincidencias. Como las desgracias, nunca vienen solas. Ya lo he comprobado muchas otras veces. Basta abrir la caja de Pandora para que empiece a encadenarse un hecho tras otro, a cuál más inquietante. Estaba siguiendo a José Bernardo con la mirada hasta que a la altura de la esquina con San Antonio ya no pude verlo más. Entonces volví al libro que estaba leyendo: Crónicas de motel, de Sam Shepard. Iba a empezar el cuarto párrafo de la página 17: “Una noche entré dormido en el baño y me metí en la bañera. Me encontraron allí, tendido de lado y durmiendo. Su reacción fue esta vez más severa que cuando me encontraron al final del pasillo. Una entonación levemente preocupada asomaba a sus voces. Por algún extraño motivo creían que meterme en la bañera resultaba una extravagancia. Una chifladura quizá.” El cuento trata de un niño sonámbulo al que sus padres castigan porque creen que finge serlo. A Sam Shepard nunca lo había leído. Murió hace unos días y por eso compré el libro. Me quedé un rato con la mirada perdida antes de terminar el relato.


Pagué mi café y fui hasta el número 98 de Méndez Núñez. La calle está en obras. Le han abierto las entrañas y el ayuntamiento ha garantizado que la dejará dos veces peor que como estaba antes. Entre otras cosas, han arrancado los árboles de la acera izquierda y afirman que ya hay demasiados árboles en la ciudad y que no van a devolverlos a su lugar original. ¿Que la democracia es la voluntad del pueblo? ¡Y un carajo! La democracia es la voluntad de la sobrina del alcalde y del suegro del concejal de urbanismo. ¡Cuántas veces no habré pasado por delante de Méndez Núñez 98 sin saber que fue allí donde todo ocurrió! Miré hacia arriba, no sabía cuál era el piso. Había una señora asomada en el último balcón. No creo que la vida haya cambiado mucho en estos cuarenta años, al menos en este barrio. Es verdad que nos hemos vuelto más virtuales, hoy no hablaríamos con una Voz al teléfono, sino con treinta o cuarenta, y por diferentes medios: en los chats, en las aplicaciones de móvil, por whatsapp (otro día te explicaré estas novedades que nos han vuelto a todos locos). No sé si te gustaría. Atrapados como estamos en estas múltiples redes de comunicación virtual, nos parecemos a ese pájaro que tú describías en alguna parte: contento de estar en la jaula porque sabe que todos sus congéneres también están en ella. Las únicas escapatorias, mi querido Félix, siguen siendo la poesía, el vino, la locura y la muerte.


Te mando un abrazo (lo menos virtual posible).


P. D. Te alegrará saber que Catherine Deneuve sigue estando tan guapa como siempre.

jueves, 3 de agosto de 2017

ADOLESCENCIA

¿Recuerdas cuando escribías a ciegas, en aquellos grandes cuadernos para dibujar, con la letra hipertrofiada por culpa de la oscuridad, entre una fisura abierta entre la vigilia y el sueño? Entonces tenías quince años, adolescente dañado ya por el vicio de la escritura, pequeño monstruo abúlico que te despertabas por las noches y contraponías una lámina al vacío de la ventana entreabierta.

Chamán de pacotilla, con tu pijama de franela azul, te asomabas por el rectángulo que quedaba libre y, como si fuera a ser guillotinada, tu cabecita se extasiaba al contacto con la brisa. La ciudad vociferaba a las tres de la mañana: lamentos de desaparecidos, chispazos de semáforos, gorjeos de estrellas, aleteos de pajarracos sin nombre ni número.

Te esperaba allá afuera un mundo que no estabas preparado para conocer, un universo que se entrelazaba con los que ya conocías de tus andanzas entre libros, maldito letraherido sabihondo, repelente sabelotodo encorvado. Alguna vez llegarías a darte cuenta de que el mundo que te llamaba desde los recovecos de la noche no se parecía en nada al que te habías formado en tu retorcida imaginación.

Agarrabas el cuaderno, lo ponías sobre las sábanas, buscabas el bolígrafo en la mesa de noche, garabateabas. “Lejos, la sabiduría / trazará su olvidado perímetro / más allá de esta vida / reducida a la sed.” Y, al rato, te volvías a dormir. Por la mañana el cuaderno aparecía en el suelo, junto a la cama, como si lo hubieras dejado caer estando ya dormido. No te atrevías a leer lo escrito. Preferías que se fuera acumulando en el cuaderno, noche tras noche, como las monedas que guardabas en la hucha o la arena que caía en las esferas gemelas del reloj.

Maldito aprendiz de brujo. Casi dejabas de vivir durante el día para que la noche te regalara esos pequeños diamantes dibujados. Despertar varias veces era para ti una increíble victoria. Y los “poemas” que escribías tanteando en las sombras eran las medallas que atestiguaban tu triunfo. Vencidos quedaban todos los momentos del día, ese territorio al que te arrojaban y del que deseabas volver lo antes posible para recostarte en la cama y empezar la aventura de cada noche. Vencidos quedaban los desmanes, las burlas, los silencios, las arbitrariedades, los cuchicheos, los pisotones, las falsas sonrisas.

En la escritura te sentías libre y nadie te abroncaba porque nadie sabía que por las noches hacías “eso”: escribir. Había que guardar lo escrito, protegerlo de la vista de cualquiera, reservarlo para “tiempos mejores”. El bolígrafo volaba por los meandros de la oscuridad, se retorcía como un ídolo utilizado para un sacrificio ritual, engendraba lo inesperado, perfumaba la noche, sacaba chispas de tus aletargados dedos. “Tienes, brisa, memoria de mi paso / por esta vida de huecos / unos dentro de otros. / No me olvides, recuerda, / pasa pronto a buscarme.”

Como si te creyeras un médium, formabas una ouija con tus palabras enlazadas en la oscuridad. ¿A qué espíritus convocabas? ¿Creías que alguno vendría a salvarte? El cuaderno se llenó de garabatos. Cada noche, la ciudad vomitaba sus desvaríos para competir contigo. Dentro de la habitación eras un pequeño dios que modificaba el mundo emborronando un cuaderno. Fuera, eras un crío insoportable, a quien sus compañeros evitaban, que se encerraba en los baños durante el recreo y recogía las cucarachas muertas para repartirlas entre los pupitres de los empollones de la clase.

La vida se encargaría de ponerte en tu sitio. Mientras tanto, tú seguirías tanteando cada noche el gigantesco cuaderno. “Surgida al filo de la madrugada / esta voz que no busqué, / me pregunta los nombres / de lo que está escondido: / y yo no sé responderle”.