lunes, 8 de noviembre de 2010

SEGUIR AVANZANDO, SEGUIR PERDIÉNDOSE,

se dijo, porque los círculos en que la vida se expande son cada vez más amplios, sin que deje de haber en el principio ―en un principio solo entrevisto a través de las nieblas de la nostalgia y del olvido― una especie de corazonada, la mordida de un lugar de la piel que más tarde sangrará hasta que la herida se infecte y se gangrene... Avanza, sin pensar en la pérdida pero rodeado de cuerpos desconocidos, de lenguas bruscas como borbotones de sangre, por pasillos, una y otra vez, siempre por pasillos que conducen los unos a los otros, un laberinto en el que se abren de vez en cuando habitaciones separadas por cortinajes sucios, habitaciones que podrían estar a su vez subdivididas en diferentes espacios, rincones extraviados en los que se oye el aliento jadeante de un cuerpo o se palpa sin querer el sudor pegajoso de una piel escondida. Seguir avanzando, seguir perdiéndose por ese laberinto que nunca, ni en sus peores pesadillas, llegó a imaginar, es tan aparentemente fácil como quedarse sentado en un sillón junto a una mesa atestada de botellas vacías, de colillas aplastadas sobre el cristal de un cenicero, mientras son los demás los que siguen avanzando, los que siguen perdiéndose en una rueda sin fin, como si estuvieran atados por una soga invisible de la que alguien, situado fuera del escenario, no dejara de tirar para ir retirándolos de la vista de ese espectador sentado en un sillón junto a una mesa atestada de huellas de anteriores ocupantes. Aquí estuvo hace años, aunque no recordaba con detalle las complicadas anfractuosidades de este laberinto. Como residuo de aquellas horas permanece tan solo la imagen de un breve encuentro, de una conversación, de una nacionalidad ―la serbia― dicha tal vez entonces como un dato más entre muchos y que la memoria ha guardado por algún extraño motivo. Igual que entonces, está ahora casi seguro de que todos sus afanes, las pequeñas frustraciones que implica cualquier búsqueda compulsiva en un lugar en el que hay mucha otra gente que busca lo mismo, acabarán convertidos en un paño de uniforme tonalidad grisácea situado en algún lugar de su confuso cerebro. Destacará, quién sabe durante cuánto tiempo, en el centro de ese paño, el relieve brillante de una piel africana, tersa, erizada, bellísima a la luz agrietada de una penumbra cambiante según irradiaba más o menos luz la pantalla de un televisor encendido en algún lugar del laberinto. Esa piel que bastaba rozar con las puntas de los dedos para que todo el cuerpo se agitara, se estirara en su enorme envergadura, convulso o, más bien, herido de deseo, electrizado: la magia de esa piel destacaría, sí, se dijo, sobre el grisáceo fondo de sus avances y sus pérdidas por aquellos pasillos giratorios, no como una refutación a su voluntad de seguir avanzando, de seguir perdiéndose ―pues ninguna otra cosa podía ya hacerse cuando se habían dejado atrás la certidumbre y el origen―, sino como una breve luz (el brillo de una luz sobre una piel oscura) rescatada de las sombras que se hundían las unas en las otras.

(Zúrich)

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