lunes, 21 de enero de 2019

LA ADVERTENCIA

Noche 1

Ahora, es justamente ahora, cuando ya no hay tiempo, cuando es preciso que me acueste si quiero madrugar mañana, cuando la imagen acude con mayor fortaleza. Toda la tarde ha estado rondándome, desde que estuve en aquel lugar, pero como difusa, aletargada, incapaz de desentenderse de su propio letargo para abrazarme como deben hacerlo las imágenes que terminan proclamándose dueñas y señoras de la página escrita. Así, los pocos minutos que pasé en el interior del patio abandonado, entre la pila de escombros de múltiples orígenes y una arquitectura remansada, con sus bancos y ventanas, sus espacios para la cortesía y para la intimidad entre vecinos, antes de ser reconvenido por el ocupante del coche de alta gama que se detuvo en el camino a la espera de que yo abandonara aquellos predios, antes de escuchar sus palabras varicosas: Eso tiene su dueño, no está tirado ahí porque sí; debería tener cuidado porque eso de ahí tiene dueño; esos pocos minutos, digo, pretenden reconstruirse ahora que ya no queda tiempo para rememoraciones, cuando el cerebro atenaza todas las sinapsis y el sueño empieza a apoderarse de la debilitada conciencia. Habrá aún, sin embargo, un largo debate en la cama antes de dormir. Habrá un pensamiento, un último pensamiento al filo de la duermevela, sobre lo entrevisto hoy, inesperadamente, sobre un lugar que se asemejaba a una herida, sobre una herida que parecía haber sabido extraer de sí misma los jugos de su propia reconstrucción. Ya, ya debo abandonar estas líneas a su suerte y sé que no será lo mismo mañana. Mañana no habrá nada sino el recuerdo de la escritura, que era a su vez el recuerdo de unos minutos en el lado de allá, antes de la brusca interrupción en el camino; mañana será el cero en que terminan todas las cuentas y las palabras habrán dejado de estar conectadas con la porosidad de los instantes. 

Noche 2


Sí, he perdido el dibujo, pues hubo sueños que no recuerdo y sé que, pese a no recordarlos, se superpusieron a la superficie de lo visto, al engranaje de las conexiones. Creo que el camino se llamaba Camino de las Medianías. No conectaba con ningún otro, sino que terminaba en una última vivienda, una casa con finca que, cuando llegué hasta allí, tenía abierta la puerta de entrada: unos diez coches estaban aparcados en un terraplén en el que hubieran cabido otros diez más. Y de la casa, que no se veía desde fuera pero que sospeché de dos plantas por lo menos, salía música acompañada de risas, la música que los dueños habían puesto para una fiesta de domingo que prolongaba un almuerzo de carnes y vino del país, las risas de los comensales ahora ya dispersos por las terrazas, entre los jardines, tumbados al sol del invierno, felices, ebrios. ¿Por qué estaba abierta la puerta de entrada? ¿Se esperaban más coches? ¿O era una invitación a sumarse a la fiesta? Di la vuelta y volví a subir por el camino, que era el mismo de la ida sólo que ahora todo lo que me había encontrado a mi izquierda estaba a mi derecha, y viceversa, lo que parece una obviedad y lo es, salvo que cuando llegué a la entrada de las antiguas casas de servidumbre, pues eso es lo que debían de haber sido, me digo ahora, la tentación de entrar, pese a las advertencias del conductor del coche de lujo, volvió a aparecer, esta vez acrecentada precisamente por la prohibición tan inequívocamente enunciada, por la visión interrumpida de un lugar remansado y por la sensación de que más adentro, donde terminaba la última casa, se abría un camino que conectaba, esta vez sí, con otro principal paralelo al de las Medianías. Los vestigios de la incertidumbre se habían convertido ahora en señuelos de una bienaventuranza. No había ahora ni rastro del Mercedes, que parecía tener como única función subir y bajar continuamente el camino para advertir a los caminantes de que aquello tenía dueño, de que no estaba tirado allí al buen tuntún, sino que había alguien que podía demostrar la titularidad de aquella inmundicia amontonada entre la que, en mi primera aproximación, había vislumbrado ropa, juguetes, botellas, herramientas, neumáticos, muebles rotos y todo tipo de piezas inservibles, inidentificables. Quizá el vigilante, el conductor del coche de alta gama, era a su vez el dueño de la cosa, y prefería hablar de sí mismo en tercera persona, como alejando su condición de propietario de lo que, era patente, no tenía ningún tipo de existencia; es más, ni siquiera se había dignado mirar hacia las casas, ni mirarme a mí al declarar la naturaleza terminantemente privada del lugar, sino que su mirada había estado clavada todo el tiempo delante de él, en algún punto del camino, como si no fuera él quien hablara o como si lo hiciera hipnotizado por un pasado que no era fácil vislumbrar entre la ruina mugrienta del presente. Eso de ahí tiene dueño, había dicho, y ni siquiera se podía asegurar que se estuviera refiriendo a aquellas casas de servidumbre, pues los deícticos manejados no permitían sino una asociación muy lábil entre lo que él indicaba verbalmente y el lugar del que yo salía como si fuera un intruso, un forajido. Quizá se refería simplemente a la basura, que él no consideraba como tal, o incluso a la finca en su conjunto, destinada en un futuro incierto a ser vendida para la construcción de un nuevo chalé; o tal vez era el contenido de las casas lo realmente importante, a saber qué podía guardar el dueño de toda aquella cochambre en los tres o cuatro cuartos cerrados con puertas de latón. Pero, ay, aquí, por ahora, han de concluir todas las elucubraciones, una noche más la conciencia se deshace a la fuerza en beneficio del sueño y no hay espacio en la escritura, entonces, para que convivan superficie y memoria, impresión y extravío. Se vive escribiendo y se duerme borrando. Mañana será otro día, o no habrá nada.

Noche 3


Después de mi segunda aproximación, cuando ya había llegado a la carretera principal y me dirigía hacia la parada de guaguas, vi pasar el coche de alta gama, el Mercedes verde oscuro, conducido por el vigilante de las ruinas. Su mirada parecía aún más obtusa y frontal, como abotargada, y la barba de cuatro días no lograba ocultar una piel llena de bultos rojizos, la típica piel de quien a diario se sumerge en toneladas de alcohol. La nariz hinchada, el cuello sucio, el pelo cortado en pincho como para parecer más joven. El vigilante había salido del Camino de las Medianías, quién sabe cuántos caminos vigilaba, de cuántas ruinas era dueño, a cuántos intrusos tenía que reconvenir cada día. Pero esta visión no es la de entonces, la de la noche de aquel día, sino que está distorsionada por la borradura o por el sueño, pues no estoy seguro de no haber soñado con la figura del borracho o de no haberlo borrado un poco en estas dos noches que han pasado desde entonces. Su amenaza es menos firme, en cualquier caso. No estoy ya bajo el control de la mirada obtusa y frontal que aquel día pronunció, como un conjuro, la advertencia sobre la propiedad privada de la mugre ni siento ya mis pasos de intruso con la viveza de aquel día. Nunca recuperaré la sensación de estar cayendo en la irrealidad de otro tiempo mientras atravesaba el patio flanqueado, a mi izquierda, por los montones de escombros, y, a mi derecha, por las casuchas de un solo cuarto que no eran tal vez sino antiguos cobertizos o graneros. Caía mientras avanzaba, pero esa caída significaba la posibilidad de saber algo, una mansedumbre, una sabiduría poco sospechosa de convertirse en conocimiento o en certeza, sino acaso parecida a lo que se siente en el momento de unirse con la propia sombra. El cuerpo y la sombra avanzaban en la desposeída realidad de unos patios utilizados como basureros sin la sospecha de que al final de aquella travesía desaparecerían el uno en el otro, el cuerpo en la sombra, la sombra en el cuerpo. No era verdad: nada tenía dueño, todo aquello estaba tirado allí porque sí, no había que tener cuidado alguno. Era preciso avanzar, descuidarse, desposeer de toda posesión las cosas poseídas: convertirse en la sombra de un dueño, en el vigilante vigilado, en basura amontonada, en trapos quemados, en perros que ladraban para no saber que existían, o al contrario. Aquellos patios eran el lugar que permitía llegar a esa sabiduría, sólo que nadie podía alcanzarla porque el vigilante lo impedía, llegaba siempre tarde o temprano montado en su coche de alta gama para proclamar que todo eso de ahí tenía un dueño, que no estaba tirado allí porque sí, que había que tener cuidado. Morir, dormir: dormir, tal vez soñar.


jueves, 3 de enero de 2019

TRAS VOLVER DE CARACAS: LOS LIBROS REGALADOS

Entre el 24 de noviembre y el 2 de diciembre del año recién terminado viajé a Venezuela, invitado por la Embajada de España, para participar en la III Feria del Libro del Oeste de Caracas. Además de los actos previstos en la feria, tuve el honor de protagonizar una lectura poética en La Poeteca, un espacio ejemplar, íntegramente dedicado a la poesía, ubicado en la zona de Las Mercedes. Los encuentros con poetas venezolanos tuvieron lugar casi desde mi llegada y no cesaron hasta el último día, hasta el momento triste de la partida. Entre las múltiples atenciones que recibí, una de las más valiosas fueron los libros que esos poetas me regalaron. En el control de equipajes del aeropuerto no me sucedió lo que al otro escritor español invitado, el amigo José María Pérez Zúñiga, a quien uno de los policías, tras registrarle la maleta, le preguntó por qué se llevaba tantos libros, si es que iba a leérselos todos. Un país en el que a uno le regalan libros los amigos y en el que esos mismos libros se convierten en objetos sospechosos en el control de equipajes: esta podría ser una de las imágenes de la Venezuela actual. Una de las menos crudas, por cierto. Las líneas que vienen a continuación son, en cierto modo, una respuesta a ese registro de equipajes al que, pese a llevar varias bolsas con libros, no fui sometido: me los pienso leer todos, sí, pero de momento he estado leyendo al menos un libro de cada uno de los poetas que me regalaron sus obras y he querido dejar un breve testimonio de esas lecturas. Es también un modo de volver a estar un poco más cerca de los amigos de Caracas, de su afecto y su imperturbable humanidad.


Con Alfredo Chacón (San Fernando de Apure, Estado de Apure, 1937), que siempre estaba allí, en primera fila, con sus ojos fijos en lo inescrutable, sin mover los labios o reflexionando sin perder el hilo a través de los más complejos parajes del pensamiento o de la estética, indicando, en suma, con la mirada o las palabras, todas las posibilidades del mundo, coincidí en una mesa redonda sobre poesía actual. Su libro Sin mover los labios (2015) habla de piedras y restos, cuerpos y no cuerpos, lejanías que quedan como el único vínculo, poemas que dicen siempre lo mismo y tránsitos por el mundo como si se tuviera todo el tiempo del mundo. Cada poema suyo es una pequeña joya que se descubre al abrir un cofre, inesperadamente, una joya que creíamos ya imposible de contemplar, o incluso de tener entre los dedos, pero que sale a nuestro encuentro de un modo a la vez rotundo y lábil. El desgarramiento y el ahogo adoptan aquí las maneras de caballeros misteriosos que, con guantes de seda, nos cogen de las manos para llevarnos a terrazas friolentas, hasta heladas. Somos conducidos a la intemperie por medio de los más calibrados gestos, y en ese tránsito entre instantes que nos rebasan nos conducimos como hipnotizados hasta un lugar que está junto a nosotros y nunca habíamos visto. Alfredo Chacón ha estado muchas veces ahí. Es como un guía en el que se puede confiar, un guía que, sin mover los labios, nos dice las palabras importantes en cada momento.


  




Algo profundamente conmovedor, e inexplicable, se siente al leer la poesía de María Antonieta Flores (Caracas, 1960), con quien me había estado escribiendo esos días y que pudo venir finalmente a La Poeteca. Al pasar a través de sus poemas, padecemos su misma intemperie, nos sentimos socavados en lo más íntimo del vivir, rendidos o cercados por unas palabras que, aun dichas en voz baja, punzan en algún lugar muy vulnerable de nuestros cuerpos. Las letanías de Los trabajos interminables (1998) se inmiscuyen en la sangre, bajo la piel, interminables, y comienzan allí su ciclo de carcoma y de devastación. Paradójicamente, es la propia palabra, la sinrazón del canto, la melodía turbadora, el ritmo compulsivo, lo que nos protege de sí misma, de sí mismo, en la medida en que la lectura devuelve a estos poemas su razón de ser: fueron dichos como garfios lanzados a lo más subterráneo en busca de pecios de un cuerpo roto y, al llegar hasta nosotros, les devolvemos nuestras roturas, nuestra indeclinable lealtad de sepultados y ausentes. 

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También en primera fila, pero en el otro lado, junto a María Antonieta Flores, se encontraba una persona concentrada, hierática, como imbuida de una colosal capacidad de escucha y percepción. Supe luego que era Santos López (Mesa de Guanipa, Estado Anzoátegui, 1955), que me regaló, entre otros libros, su Canto de luz negra (2018). Es un libro que ha permanecido hasta hoy envuelto en su retractilado, misterioso, con algo dentro, entre la cubierta y el plástico: un juego de siete cartas titulado “Oráculo del silencio”. Al abrirlo, el libro muestra sus entrañas: salvo dos, los poemas se atribuyen a alguien apellidado Solórzano que, mientras convivía con los indios del Amazonas, compuso un manuscrito inacabado que le es entregado al autor por un amigo para que lo termine. Descendemos a un mundo extraño, entre visiones de pájaros, bejucos, serpientes, exilios, en medio de una violencia desmedida y arcaica, en una especie de viaje iniciático que tiene mucho de exilio hacia lo desconocido de nosotros mismos. “La verdad no está en lo que se dice ni en lo que es posible decir, está siempre en lo que no se dice y en lo que no se puede decir”, afirma Adonis en una de las citas de la última sección.

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Entrar en la poesía de Graciela Yáñez Vicentini (Caracas, 1981), a quien conocí la primera noche, en “el chino de las cervezas”, junto a Rafael Castillo Zapata y Franklin Hurtado, es una experiencia extraña. Sin conocer las pistas, los trasfondos, uno se encuentra en medio de un mundo que se refleja a sí mismo. La poeta se desdobla en otra poeta desdoblada: Egarim Mirage, heterónimo descompuesto en un espejismo doble, que parece haber nacido como una gemela fantasmal y que podría haber escrito, sonámbula, en un simulacro de vida, todos los poemas de Íntimo, el espejo (2015). Tras una infinitud de desaprendizajes, en este libro, que es varios libros a la vez, no sólo porque contiene diversos ciclos de escritura sino porque lleva en su interior una invisible maquinaria de reduplicación indefinida, las páginas que vamos leyendo son puertas que abrimos con llaves que el propio libro nos ofrece: la fascinación por los espejos, como un gran espejo plantado en medio de una casa embrujada, contamina la pasión amorosa, las búsquedas del origen, la autoexploración incesante. Es un libro sobre la intimidad como fantasma o espejismo.




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La ópera prima de Carlos Egaña, jovencísimo poeta nacido en Caracas en 1995 con quien también compartí la mesa redonda sobre poesía actual, se titula Los Palos Grandes (2017). El último texto del libro es una suerte de “poética” que lo define como “un libro anarquista, verdaderamente blanchoteano: / un experimento que supera los géneros, la opresión, el fascismo de la lengua”. En efecto, hasta llegar a ese último texto hemos atravesado por toda una serie de escrituras de muy diversa índole: poemas, aforismos, fragmentos de novela, lo que parecen anotaciones de diario, siempre en la órbita de la pulsión experimental, declaradamente urbana, caraqueña, escritos con un lenguaje dislocado, autorreferencial, polifónico. La violencia de este lenguaje es un trasunto de la violencia de fondo, omnipresente, en que se han criado los millennials venezolanos. Con una lucidez y un bagaje que no condicen con su juventud, Carlos Egaña traza el retrato de una ciudad inhabitable en la que, entre la mugre y los tiroteos, en el desorden de todos los sentidos, al amparo del humo de los bajos fondos, la poesía se sigue postulando como “motor de la última euforia”.


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En 2014 publica Kira Kariakin (Caracas, 1966) su libro En medio del blanco. A Kira la conocí una luminosa mañana en la Universidad Católica Andrés Bello, junto a Fedosy Santaella, y luego compartimos con otros amigos cervezas en la terraza 360º del hotel Altamira Suites. Integrado por cincuenta poemas breves, más algunas fotografías también obra de la autora, En medio del blanco es una especie de breviario de incertidumbres. Portadora de “la compulsión de la huida”, Kariakin viaja a través del instante para entresacar sus zumos vitales. Pero las únicas certezas de cada instante son las de su ingrávida presencia y su ausencia inmediata. El poema se teje como una red protectora, pues la huida a través de las penumbras de la vida es un ejercicio arriesgado. Se descubren en esas interioridades de luz amortiguada pasajes del corazón que no siempre quisieran haberse descubierto. En medio del blanco es un libro valiente: muestra heridas sin cauterizar, enfermedades incurables, la rotura del ser por todas sus costuras. Al mismo tiempo, sin embargo, es un muestrario de estrategias de defensa. Ante esta poesía es pertinente recordar aquel verso con que Rilke concluye su Réquiem para el poeta Wolf von Kalckreuth: “¿Quién habla de victorias? Resistir lo es todo.”

 
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Que la piel tiene memoria no es conocimiento exclusivo de los dermatólogos. De alguna manera, tatuar, escribir sobre la piel es impugnar su transitoriedad, plantarse ante la asombrosa recuperación de los tejidos y trazar en las orillas del cuerpo un destino que se acarrea hasta el final, hasta la liberación de todos los tatuajes que se alcanza sólo en el último poema. Estoy hablando del libro Tatuajes criminales rusos (2018), el primer poemario de Fedosy Santaella (Puerto Cabello, Estado Carabobo, 1970), destacado narrador y ensayista a quien tuve el placer de conocer en la UCAB. Dar voz a lo que yace bajo la piel, a las inscripciones traumáticas que combinan belleza y sufrimiento: he aquí el designio de este libro sorprendente e inspirador. La combinación de prosa y verso, muchas veces en un mismo texto, la disposición de varias series que se van alternando (las historias de reclusos, las seis “baladas de la Educación Siberiana”, los poemas dedicados a frases inscritas en partes del cuerpo o aquellos que describen los dibujos tatuados) y la exploración de los tatuajes como códigos al límite de lo indecible hacen de este libro de Santaella todo un tratado sobre la memoria del cuerpo y sobre la convulsa relación entre crimen, supervivencia y belleza.

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A Carmen Verde Arocha (Caracas, 1967) la conocí el primer día de la feria, pues compartimos una lectura de poemas junto a Miguel Marcotrigiano. Luego asistió, junto con sus alumnos, a todos los actos en los que participé. Para leer su libro Canción gótica (2017) es imprescindible un sutil movimiento de retracción: el que somete la lógica a los sentidos, la razonable superficie a los légamos profundos. Sólo así, retirándonos como lectores a un espacio de encantamiento, como si hubiéramos descendido a una mina envueltos en tímidas antorchas, podemos recorrer los pasillos de ese palacio suntuoso que es Canción gótica. A lo largo de sus páginas, en poemas que con frecuencia se presentan en dos o hasta tres versiones distintas (como si la autora supiera que la poesía es siempre una aproximación, un inestable  estandarte, un balbuceo), se corroen las ideas y las convenciones más asentadas. Cada poema está dicho con la sutileza de quien teje en silencio un vestido que una muchacha llevará al altar para ser allí desnudada por unas pocas monedas y convertida en concubina de noches con sabor a limón. Al mismo tiempo, se produce el milagro de una sensualidad que brota de varias bocas a la vez, como las varias versiones de muchos de los textos. Y es que “la quemadura del deseo” ha arrasado aquí con la vida, duplicándola, multiplicándola hasta el infinito. 

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¿Qué podría decir de Rafael Castillo Zapata (Caracas, 1958)? Él no recordaba que hace muchos años, quizá hacia 1996 o 1997, nos habíamos carteado en una ocasión (sé que conservo una exquisita tarjeta postal de su puño y letra). Fue siempre para mí, desde entonces, una referencia, alguien a quien, a pesar de no conocer, creía conocer. Lo poco leído entonces, sobre todo el poema sobre la mejor obra de arte del Whitney Museum, quedó en mi memoria como un secreto talismán. Conocer a Rafael y compartir con él tantos momentos impagables fue uno de los grandes regalos del viaje. Su libro Estancias (2009) contiene tres series de poemas en prosa, cada una formada por veinticinco textos. En la primera, “Parte de piedra”, se establece la identificación del poema con el guijarro y, a partir de ahí, un contrapunto entre el amor no correspondido y la piedra, que, desde su centro o su marginalidad, irradia, a pesar de (o gracias a) haber sido hendida por un rayo y haber sufrido la erosión de las aguas, un brillo inmarcesible. Castillo Zapata busca aquí la condición de la piedra: “Parecerse a ti sin ser la muerte”, dice el penúltimo fragmento. Es decir, transformar el dolor en poema, brillo nocturno, quieto resplandor. En la segunda sección, “Mecánica celeste”, la mirada, en un movimiento quizá juanramoniano, se dirige de la piedra al cielo, esa “página clara”: allí observa, como después de mucho tiempo a oscuras, la vastedad de la luz, las nubes (trasunto ahora de la palabra evanescente), la tormenta, el día que termina. Frente a todo ello, la mirada, la pupila, extasiadas, prorrumpen en una adoración hipnótica, casi hímnica. Por último, la sección “Providence” es un canto de amor a esa ciudad, feminizada: a sus tobillos de arena, sus muslos de madera, sus brazos de pizara, su cabellera de humo de fogatas. El amor por la ciudad se vuelve más intenso cuando la nieve la cubre: la palabra busca entonces los labios enterrados para saciar su pasión.

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A Miguel Marcotrigiano (Caracas, 1963) lo conocí, como dije antes, en la lectura que compartimos con Carmen Verde Arocha en la feria. Generosa iniciativa suya fue invitarme a leer mis poemas en La Poeteca, donde además me acompañó y presentó. Lo que Marcotrigiano nos propone en su penúltimo libro, Fosa común (2016), es un viaje en el tiempo. Mejor: treinta viajes en el tiempo. Adoptando las voces de muertos célebres, la mayoría escritores (salvo Marylin Monroe, que, sin embargo, escribió unos cuantos bellos poemas, y Bob Marley, algunas de cuyas letras pueden considerarse poemas), y al menos la mitad suicidas, Marcotrigiano adopta la voz de cada uno de ellos, a veces en forma de epitafio (y entonces el libro recuerda al de Edgar Lee Masters, uno de los integrantes de esta fosa común), otras veces como revisión de toda una trayectoria, como en el caso de Montaigne o Emily Dickinson. Cuando se trata de un escritor suicida, el poema reconstruye las circunstancias del suicidio, pero vividas desde dentro, desde la propia conciencia, sabedora de que se encuentra ante lo que Keats, en la cita inicial, señala como “la muerte, la alta recompensa de la vida”. En esta fosa común, de la que curiosamente forma parte un solo venezolano, el crítico y profesor Basilio Tejedor, vida y muerte son cara y cruz de la misma moneda. En cada poema leemos la cara y lo que se nos transparenta bajo las palabras es la cruz.

“Fosa común”, de Miguel Marcotrigiano




















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El último e impactante libro publicado por Jacqueline Goldberg (Maracaibo, 1966) se titula Las bellas catástrofes (2018). Jacqueline me regaló en La Poeteca también un ejemplar de su poesía completa, que reúne sus trece libros anteriores, con el temor de que hiciera demasiado pesado mi equipaje. No fue así: vino conmigo y estoy deseando leerlo tras conocer sus bellas catástrofes. Este libro lleva el subtítulo de “poesía documental”. Cada uno de los diez textos viene precedido por una fotografía, una cita (desde Anna Ajmátova hasta Victoria de Stefano, pasando por Lezama Lima o William Blake); asimismo, la mayoría de ellos termina con unas palabras a modo de colofón o recordatorio. Se trata de poemas que narran una catástrofe que se ha convertido, con el paso del tiempo, en belleza, es decir, en imagen, en horror petrificado, en relato y, ahora, en poema. Desde el tsunami de 2004 en el Océano Índico hasta el Desastre de Vargas ocurrido en 1999 en ese estado venezolano, pasando por catástrofes más íntimas como la muerte de Robert Walser, el suicidio del Neil y Kazumi Puttick, el matrimonio inglés que en 2009 se lanzó por el acantilado de Beachy Head junto al cadáver de su hijo de cinco años, hasta “el suicidio más bello del mundo”, el de Evelyn McHale, que se tiró desde lo alto del Empire State Building en 1947 y cuyo cadáver "durmiente" fue fotografiado por Robert Wiles. Los poemas sellan una alianza testimonial con el suceso, que es interiorizado por el poema hasta el punto de secretar, como un cuerpo que hubiera sufrido punciones en una zona infectada, pasajes simbióticos, versos de entrañada comunión que refutan el carácter de mero “documento” de estos textos.

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Por último, pues hubo también algo de colofón en nuestro encuentro, hablaré de Carlos Katán (Caracas, 1992). Coincidimos en la mesa redonda sobre poesía actual, pero lo más increíble fue encontrarnos en la puerta de embarque del vuelo Caracas-Madrid. Vinimos conversando en el avión, entre turbulencia y turbulencia, sobre poesía venezolana, española y latinoamericana. Estudiamos la posibilidad de organizar una lectura de poetas latinoamericanos y españoles en Madrid, que finalmente se va a materializar el próximo 26 de enero en la librería Enclave de Libros. Unas semanas después de regresar, supe que uno de los libros que Carlos me había enviado en pdf había ganado el III Concurso Anual de Poesía Lugar Común-Embajada de Italia. Se trata de Formas de la aridez, un poemario de lenguaje sintético y hasta minimalista que habla del retroceso a las formas elementales de la experiencia. Los lugares, la infancia, las partidas, los regresos, los sentidos son transformados por una especie de fiebre –nombrada ya en el primer poema– que, de algún modo, atenúa el peso de cada elemento. Es como vivir sostenido por nada, como esas levitaciones que se van intercalando entre los poemas por medio de las imágenes de la serie Pleasures and Terrors of Levitation (1961) del fotógrafo norteamericano Aaron Siskind. “La desnudez / de los signos / es mi única / morada”: así termina un libro que abre nuevos caminos a la poesía venezolana del siglo XXI. 

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