lunes, 17 de septiembre de 2012

CANTOBLANCO

Llegas y hay unos almendros
que no lo dicen todo, en flor,
pero aquello que dicen
lo dicen para nadie, pues esperan desde hace tanto tiempo
que han olvidado ya el deseo de ocultarse
o el deseo de darse.

Y un intercambio silencioso es todo.

lunes, 10 de septiembre de 2012

HOPPER EN MADRID


¿No hay algo gelatinoso, como caramelizado, incluso pasteloso en muchas de estas pinturas? Sí, ya sé que es un disparate, pero hay o veo yo un cierto rictus soufflé lo que quiera que esto signifique en la luz que abotarga edificios que son como grandes tartas de cumpleaños en medio de ciudades inhóspitas.

Y no lo digo lo de gelatinoso, caramelizado y hasta pasteloso solo por la actitud exageradamente solemne de buena parte de los personajes pintados. Viendo estas pinturas, se puede pensar que la vida consiste en plantarse frente a una ventana para contemplar el patio trasero de una fábrica en sombras por toda la eternidad. O que los baños de luz a las siete de la mañana conducen a una iluminación no exclusivamente cutánea. Fingen, y fingen triplemente, puesto que han sido pintados mientras fingían que fingían, todos estos personajes sin rostro.

¿Será por eso por lo que aquí, en la exposición, la gente se permite hablar de cualquier cosa, de una transacción inmobiliaria en el valle de Arán o de la última contrarreloj de la vuelta ciclista? Una pintura que permita a quienes la contemplan o la circunscriben hablar incluso con mayor intimidad de lo habitual sobre cualquier tema. Una pintura que no solo no escucha a quienes van a verla, sino que además les ofrece el marco ideal para sus conversaciones compulsivas.

Tan compulsivas que, en un momento determinado, uno de los vigilantes tiene que chistar para que los visitantes se callen.

En algunas pinturas como esa, tan célebre, en la que una chica lee un papel en una habitación el artista parece haber llegado hasta el grado cero de la curiosidad. Uno se pregunta por qué no ha esperado un poco más para pintarla desnuda. ¿O acaso se llega hasta donde se puede llegar, es decir, se pinta como si uno fuera el botones que ha abierto de improviso la puerta del cuarto y se ha encontrado la escena de la recién llegada ya casi del todo desvestida? El misterio de lo que lee ha dado lugar, supongo, a ríos de malsana tinta interpretativa. Yo creo que es la lista de servicios del hotel. 

Hay gente que mira estos cuadros con envidia. Confieso que no se me alcanza si se trata de envidia por no haberlos pintado, envidia por no poder estar dentro del cuadro en ese momento o envidia por no ser su propietario. 

¿Hay un límite para el número de ventanas que un hombre puede pintar a lo largo de su vida?

Pocos se han atrevido a pintar el viento. Hopper lo pinta.

Es un mundo en el que, a pesar de la sinuosa presencia de la luz que una y otra vez insiste en detenerse donde no debiera, se tiene la impresión de estar encerrado sin ninguna posibilidad de escapar. Y no me refiero tanto a los cuadros de interiores, sino sobre todo a los de exteriores: las llanuras son aterradoras, los puentes solo sirven para mordisquear las conciencias, los balcones no son más que pozos de luz y los bikinis, siento decirlo, parecen modernos cinturones de castidad.  

Calculo que habrá más de doscientos visitantes en las cuatro o cinco salas de que consta la exposición. Esto no hay Hopper que lo resista. Llega un momento en que para ver un matiz de crepúsculo en un surtidor de gasolinera tiene uno que darse de codazos con un par de marujas.

Por aquí anda siempre la hierba como una presencia entre la luz y la sombra.

A pesar de todas las sandeces que yo pueda decir, Hopper es un pintor extraordinario y cada una de estas obras merecería que se permaneciera contemplándola a solas y en silencio durante horas.  

viernes, 7 de septiembre de 2012

LA URRACA


La urraca que pasó junto a mí parecía estar ciega. Esos pájaros nunca se acercan tanto si no es por alguna causa mayor como esa. Iba dando saltos, como si no se atreviera a volar, saltos de tres en tres o de cuatro en cuatro, saltos hacia delante como si solo supiera avanzar a tientas y casi a rastras, apoyándose al caer firmemente en la hierba, temerosa. Son unos bichos monstruosos las urracas. Esta, además de un pájaro ciego, parecía un autómata, una especie de máquina acorazada en su avance campo a través. Cuando pasó junto a mí yo alargué la mano como para comprobar si me veía. Aunque no llegué a tocarla, solo se desvió al escuchar el ruido involuntario que hice cuando me giraba hacia atrás en el banco donde estaba sentado. Creo que no vio mi brazo alargado hacia ella y que si yo hubiera sido más silencioso al girarme casi hubiera conseguido rozarla. Era un pájaro atroz que se impulsaba solo para saciar su compulsión de movimiento. No se le veían los ojos, quizá porque era ya una urraca anciana y los llevaba tapados con matas de pelo colgante. Debía de ser eso: no una ceguera producida por accidente o por enfermedad, sino la ceguera propia de quien ha envejecido más allá de lo razonable. Nadie, por supuesto, le había hecho el favor de cortarle las matas de pelo colgante que le impedían ver; no existe todavía un servicio municipal de atención a las urracas que pueblan nuestros parques. Se las consiente, pero nadie se ocupa de que nazcan sanas, de que crezcan sin enfermedades, de que se reproduzcan apropiadamente y de que mueran sin excesivo sufrimiento. Y aquella urraca, por la que acabé sintiendo lástima, pues en muy poco nos diferenciábamos si teníamos en cuenta el escaso presupuesto que las administraciones públicas destinan a quienes, a pesar de todo, seguimos considerándonos sus ciudadanos, parecía consciente de su destino aciago. Su búsqueda era la ansiosa persecución de una escapatoria imposible. Yo no podía quedarme toda la tarde sentado en aquel banco contemplándola. Cada día los tiempos se nos vuelven más exiguos y es menor el espacio de nuestras vidas que dedicamos a la provechosa actividad de la contemplación. De todas formas, en aquel preciso momento de la tarde, puedo asegurarlo, yo era el único habitante del universo —pues es ahí donde vivimos y es ese el único lugar al que podemos llamar nuestra maldita casa: el universo— que perseguía con la mirada a aquella urraca. Esta coincidencia no me volvía más importante que nadie ni tampoco convertía aquel instante en diferente de muchos otros vividos o atravesados sin apenas vivirlos. Es una mera constatación cuya única finalidad es que, en cierto modo, se perciba el inmenso abandono en que se encontraba la abuela urraca en aquel parque. Debía de haber cumplido ya hace tiempo su misión procreadora. Sus hijos, a los que sin duda había criado como cualquier urraca responsable, andarían ahora desperdigados entre las arboledas de aquel o de otro parque. Sus ocasionales compañeros en la procreación debían de haber acabado, la mayoría, aplastados contra el asfalto por las ruedas de coches y camiones. Era casi una urraca póstuma, una urraca conclusiva, una urraca de la que ya no dependía nada salvo su propia vida de saltos desorientados en la hierba. No podía pasarme mucho tiempo mirándola, así que me volví hacia la avenida, hacia las parejas que corrían, hacia las madres que paseaban sus carritos, hacia los otros bancos ocupados por gente solitaria. Y entonces me pareció escuchar un aleteo. Miré hacia donde estaba la urraca y no la vi. Creo que había echado a volar a través de los árboles.

lunes, 3 de septiembre de 2012

LA GRUTA

Queríamos nadar hasta meternos en la gruta
ya que el mar parecía estar en calma.
Negociamos, benévolos, con los abruptos
laberintos de lava de la costa
el punto en que nos lanzaríamos.
Desde allí hasta la gruta
unas pocas brazadas
en el mar centelleante, pero oscuro,
llevarían los cuerpos casi en abandono.
Gritos como los que daríamos
habría repetido ya la gruta otras veces,
gritos como los de quienes
ya no estarían allí porque un día estuvieron o porque
no estuvieron nunca y fueron engañados.
El mar era la herida
y el agua oscura era
la sangre que brotaba sin descanso.
Jadeantes nadaríamos hasta donde los otros niños
para gritarle al techo de la gruta
un revuelo de sílabas,
nuestra forma de dar
las gracias desde el fondo
como peces aún vivos.