jueves, 30 de diciembre de 2010

DESPUÉS DE UN BREVE REGRESO A LA ISLA

He estado postergando, en estos últimos días, cualquier intento de elucidación de algo que llevaba bullendo en mi interior desde el pasado domingo. Sabía que había ocurrido algo, incluso, como en leves bocanadas de un aliento recién perfumado, sentía las señales de lo que, desde algún lugar interior, latía y me culpaba, o al menos así lo pensaba yo, por no ponerme inmediatamente manos a la obra, por no dejar cualquier otra actividad o no establecer imperiosamente las condiciones adecuadas para la aproximación o elucidación de lo que, oculto, no dejaba de bullir. Por qué lo postergaba: una buena pregunta. Tal vez quería abandonarlo a su suerte como un modo torpe de saber si era realmente algo, y también si ese algo merecía algún tipo de esfuerzo posterior por mi parte. O tal vez sospechaba que iba a agotarme la elucidación, que incluso podría ser superior a mis fuerzas: pues una cosa era haber experimentado involuntariamente, un domingo cualquiera de mi vida, en un regreso a la isla, una especie de melodía lumínica, un balanceo del ser en el corazón de la luz, una extraña apertura, como a través de un túnel imprevisto, de todo lo visible, hasta entonces, en comparación, tenebroso y confuso, y otra cosa muy distinta era sentarse, apoltronarse, recomenzar el ritual demasiadas veces repetido de teclear negro sobre blanco, esa sedentaria y acaso vana actividad. Así que lo había postergado, y, aunque me sintiera en cierto modo culpable por ello, jugaba con la idea de que de mí dependía que algo al parecer valioso (pues sin duda procedía de fuera de mí, del aire de un domingo transparente, de la luz que se filtraba a través de los pinos como el agua de un río transcurre sobre las piedras del cauce) pudiera perderse si yo así lo quería, lo cual demostraba, seguramente, que no era tan valioso, o tan solo que yo era una persona perezosa o indolente porque no me sometía a ninguna exigencia externa de trabajo y prefería vaguear, ir de un lado para otro en el interior de la casa, sentarme un rato a ver el telediario con mis padres, contestar un mensaje de móvil a un amigo, afeitarme, salir a echar un vistazo a la placita pegada a la trasera de la casa. Tampoco me parecía que fuera a interesarle a nadie el relato de un día en que decidí subir hasta lo alto de la isla, atravesé durante un buen rato las nubes que formaban una espesa capa de niebla, asistí, a medida que subía, a la disolución de esa misma niebla, cada vez más delgada, hasta que al final desemboqué en la llanura volcánica pisada por el sol, el cielo de un azul vivísimo en apasionada fricción con la tierra negra, ocre, esa increíble atalaya sobre las nubes, como si hubiera accedido a un mundo distinto del mundo del que procedía. Y, desde luego, aún menos podría interesarle a nadie el vínculo que, inconscientemente, establecí entre la luz exterior y la interior, entre la niebla exterior y la interior, lo que me hizo sentir que ese día, ya cerca del final del año, estaba dejando atrás una etapa oscura de mi vida; sentimiento absolutamente arbitrario, caprichoso y desmedido que lo único que revela, tal vez, es la fragilidad de nuestra alma, la imperiosa necesidad que sentimos, a veces, de que el mundo alumbre el tortuoso camino interior que transitamos.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

LA MESA DE PIMPÓN

Goyo. Recuerdo este nombre. Y una mesa de pimpón. Un pasaje entre arbustos por el que nos colábamos. La larga pared del hotel a nuestro lado, con todos sus balcones iguales, normalmente vacíos, o como mucho con una o dos toallas puestas a secar al sol como indicios de una presencia humana. Sobremesas en las que esa pared nos protegía del sol, y en las que entre la pared y los arbustos, en aquella terraza, jugábamos incansables al tenis de mesa, practicábamos los rudimentos aprendidos en el colegio con aquel profesor catalán que años más tarde moriría en accidente de moto: Rodolfo Rosselló. Otro nombre perdido en la memoria agitada. Qué distinta esa terraza furtiva en la que nos colábamos algunas tardes del verano de las dependencias del colegio en las que practicábamos durante el curso nuestro deporte de mesa. Tantas horas en una y en las otras para tan pocos recuerdos: unos nombres a los que casi no van unidas imágenes de cuerpos, sensaciones inútiles de sombras que se desplazan, el taconeo de nuestros pasos alrededor de la mesa, los golpes con efecto, los saques retadores, los mates entrellados en la red, aquel muchacho, Goyo, que apareció un verano sin camisa y no estaba ya el siguiente, el tiempo suspendido, tan diferente al de ahora, una tarde en que jugué al pimpón con Rodolfo como si fuera un adulto, sin concesiones ni amaños, y puse en práctica todas mis dotes defensivas, aquel compañero que dijo —acaso inventó— haber sufrido ya varios infartos debidos a una patada que un hermano mayor le había dado a su madre en el vientre cuando estaba embarazada de él —y describía con todo detalle el mareo, y los ahogos, y cómo había estado a punto de morir, pero, aunque entonces consiguiera convencerme, hoy creo que su enfermedad no era precisamente coronaria. Tantas horas y tan poca memoria, ¿acaso porque el tiempo transcurría siempre igual, sin apenas cambios o fisuras, o porque inconscientemente hemos borrado lo que más nos importa, lo que está esperándonos dentro de algún nombre perdido para entregarnos, cuando ya no nos sirva, una verdad olvidada? Cruzábamos hasta el hotel y nos introducíamos por un pequeño pasadizo entre arbustos hasta aquella terraza que se convertía en el centro del mundo. Como nadie usaba aquella mesa de pimpón, la habíamos hecho nuestra. Años después vallaron el hotel y no pudimos ya entrar. Para entonces eran otros los juegos. Éramos otros nosotros.

lunes, 20 de diciembre de 2010

GAVETAS

Está casi al nivel del suelo y me siento en una silla para inclinarme hasta ella. Ahora que soy adulto me cuesta más agacharme, quedarme mucho rato en cuclillas o simplemente rodar por el suelo con las rodillas flexionadas como si llevara incorporado mi propio trineo. Soy más torpe, menos flexible. Y quizá también menos paciente. Ante aquella otra gaveta de mi infancia podía permanecer horas en cualquier posición. El tiempo no pasaba. El cuerpo no se resentía. Tampoco había allí nada guardado que me hiciera sonrojarme como lo han hecho hoy las fotos que he encontrado en esta gaveta en que acumulo todo aquello para lo que no encuentro un sitio. Unas fotos de hace un par de años, tomadas para la orla del instituto, en realidad la misma foto de mi cara repetida en diferentes tamaños. Una porquería de cara, con un ojo menos abierto que el otro, una nariz que ni pintiparada para un soneto barroco, unas entradas que avanzan sobre un pelo ralo, la pesadumbre de siempre en la mirada, la palidez de la piel, la destemplada atonía. En la otra gaveta, la de mi cuarto de niño, había un juego de cartas con las banderas de todos los países, una lupa guardada en un estuche, una peonza, cuadernos de dibujo de mi padre, postales enviadas por algún familiar durante los años de la guerra y todo lo demás que no recuerdo. Quien se pasaba las horas registrando, desordenando y manoseando lo que allí había no sabía nada de sí mismo, y tal vez por eso las horas transcurrían sin ninguna inquietud, sin pensamientos, sin la impresión de estar perdiendo el tiempo. Y todo estaba más presente, más auténticamente instalado en aquella gaveta como en su lugar apropiado, no como los documentos del banco, las tarjetas, los mecheros y los contratos que he ido sacando hoy como fantasmas de cosas, objetos desparramados que podrían perfectamente no estar ahí y nada se perdería. Aunque no exista ya aquella gaveta de mi cuarto de niño, ni sepa por dónde andará esparcido su contenido, aunque el mismo cuarto y hasta el piso en que se encontraba hayan sido desmantelados hace tiempo —¿y quién vivirá en él ahora, quién ocupará aquel cuarto, qué habrá en el lugar preciso en que estaba la gaveta?—, todo lo que en ella se guardaba sigue estando ordenado en mi memoria, intensamente presente como si obedeciera a una necesidad o a una energía inherentes a los propios objetos. Quién sabe si no he seguido siempre jugando a recordar las capitales de los países con aquellas banderas en miniatura, si no sigo todavía mirando a través de la lupa los cuadernos de dibujos de mi padre y jugando a lanzar la peonza a todo lo largo del cuarto, entre la estantería y la cama…

domingo, 19 de diciembre de 2010

EN UN LOCUTORIO DEL NORTE DE MADRID

Lo primero que escucho es un murmullo, como si estuviera hablando en voz muy baja para que no se la escuche fuera de la cabina o como si —así es, al menos, como el murmullo se proyecta en mi imaginación— tuviera la boca muy pegada al auricular, como si, por apurar hasta el máximo la imagen, todo su cuerpo estuviera enroscado en torno al teléfono en un último intento, desesperado, de salvarse. Susurraba, casi lloriqueante, y su voz, al principio, me pareció la de un hombre. La de un hombre sumiso, acabado, postrado. Sin embargo, cuando luego empezó a transformar sus susurros en frases plenamente articuladas, e incluso, más tarde, en gritos recriminatorios o interrogativos, quedó claro que era una mujer. Su voz era ronca, como la de una mujer que ha fumado o que ha bebido mucho. Acusaba al hombre con quien hablaba de mentir, de mentir como un bellaco, y le preguntaba si, por la virgen santísima, no le daba vergüenza mentir como un bellaco. Le estaba dando, le advertía, la última oportunidad antes de enviarlo a la guardia civil. Le preguntaba dónde se encontraba, en qué localidad, y le proponía un encuentro para esa misma noche, aun si cada uno de ellos tenía que desplazarse cientos de kilómetros. Daba la impresión de que él no aprobaba ese encuentro. Si ella estaba dispuesta a desplazarse trescientos, por qué, le gritaba, no podía él desplazarse cien. Le pedía que la dejara hablar, ya que era ella quien había tomado la iniciativa de llamarlo y quien iba a pagar la llamada. Le decía que no, una y otra vez, y en un momento determinado lo llamó con su nombre completo, nombre de pila compuesto y dos apellidos, como si con esa mención casi bautismal pudiera conseguir más atención o impedir que él hiciera lo que quiera que estuviera planeando hacer. Le dijo que, si no podía mover el camión de donde lo tenía aparcado, alquilara un coche para poder venir. Volvió a bajar la voz, como si nada de lo que había estado gritando sirviera para algo, y, casi llorando, le dijo que no tenía ni para comprar tabaco, que se arrastraba todas las noches por las calles de la ciudad de un lado para otro, que lo único que quería era mirarlo a los ojos. Cuando acabé mi sesión de internet y atravesé el pasillo hasta la salida, miré hacia la cabina donde ella estaba, pero no pude verle la cara. Era una mujer de estatura media, melena rubia teñida y, me pareció, no demasiado limpia, abrigo, bolso. Estaba, como la había imaginado al principio, como enroscada en torno al teléfono, agarrada a él quizá con las dos manos. Era una mujer sin nombre que hablaba, creo, con un hombre que ya no la quería.

lunes, 13 de diciembre de 2010

PARA UN HOMENAJE A ANTONIO GAMONEDA

Debió de ser este el año en que te conocí: 1996. La tarde no era especialmente fría. No recuerdo el mes. Sí que aquella mañana había recorrido León en un rápido avistamiento alucinado. La catedral, los frescos románicos de San Isidoro, las callejuelas y plazas. No he vuelto a ir a tu ciudad. Ojalá pueda hacerlo pronto. La recupero estos días leyendo tus memorias de infancia, Un armario lleno de sombra. No, no la recupero, pues nunca fue mía salvo en aquellos instantes que fijé en algún fragmento de diario y, sobre todo, en imágenes que alguna vez regresan: águilas, devoraciones y labranzas, vástagos y cepas, inscripciones en la piedra húmeda, gargantas y rastrillos, la ciudad silenciosa, dormida sobre la pira de los siglos. No fue, sobre todo, mía cuando le pregunté a mi abuelo paterno, ya al final de su vida, ya viudo, en una tarde agria e irrepetible, por su experiencia en la guerra, como militar del bando vencedor, justamente en Astorga y en León. Nada me contestó. Mudez de sus ojos, vacío en la mirada, ¿acaso ya un abismo de niebla en los recuerdos o tal vez el sordo martilleo de incontables imágenes de sangre, de violencia, de frío, de torturas, de insomnio, de fusilamientos? No sé, Antonio. Sabemos tan poco de aquellos de quienes procedemos. Toda tu obra, me parece, está recorrida por esa necesidad de ahondar en la memoria, de cavar, de adentrarse en donde no sabemos, en donde hemos nacido, en el silencio que estuvo o fue antes de nosotros.

La tarde en que te conocí no imaginé que tendría ese placer. Había quedado en León con el poeta Marcos Canteli. Elegimos esa ciudad como lugar intermedio entre Oviedo, de donde él venía, y Madrid, de donde venía yo. Después del café y de la conversación me propuso amablemente ir a visitarte. Recuerdo ahora que te llamó y le dijiste que fuéramos. Yo no daba crédito: deseé que mi timidez no estorbara el disfrute y la alegría. Creo que con tu ayuda (con la ayuda de tu sencillez y de tu cercanía) lo logré. Estuvimos unas dos horas en tu casa y me regalaste, firmada, Descripción de la mentira. Yo conocía ya, desde hacía unos años, el Libro del frío. Y acababa de conocer el frío real, el de mi primer invierno en Jena, a comienzos de 1995. Pero el frío de tu libro era más intenso aún. Poco después de nuestro encuentro en León yo regresé a Alemania. En el frío de los cuatro inviernos más que allí viví ardía siempre, por dentro, el tuyo, el frío de tu libro, que era al mismo tiempo una llama de vida.

Fue justamente en 1996, no sé si antes o después de nuestro encuentro, cuando escribí la serie La azotea – Réquiem. Se publicó cinco años después junto a ocho dibujos del pintor mexicano Vicente Rojo. Para mí es un solo poema en veinte fragmentos. Surgió como brota de pronto la sangre de una herida. Me desgarré algún lugar del alma en una visita a la azotea de la casa de mi abuela. Allí había tenido un palomar un primo mío muerto cuando yo era un niño en un accidente de moto. Seguían intactas las repisas donde descansaban las palomas. Mi abuela cuidaba de un montón de flores y plantas repartidas en macetas por toda la azotea. Unos alambres medio oxidados servían para colgar la ropa, que en poco tiempo al sol quedaba seca. Yo no fui sólo yo en aquella visita: alguien me acompañaba y susurraba palabras que casi siempre el aire se tragaba. Me detuve en la muerte como quien ya no quiere habitar otro lugar, y la muerte era el abismo que me separaba de la calle, la caída al asfalto, el cielo negro, la carne que se estrella contra la ausencia de carne, el palomar vacío, el sol en su repiqueteo infame sobre las pupilas de un niño o de una anciana. Algo se desgarró. Algo se detuvo en un desgarramiento. Algo brotó. Algo pude salvar. Estas palabras que ahora, Antonio, te ofrezco.*

* Texto leído el 15 de abril de 2009 como introducción a una lectura de La azotea - Réquiem en el congreso "Antonio Gamoneda. La palabra dañada", celebrado en la Universidad Autónoma de Madrid.

viernes, 10 de diciembre de 2010

BREVE MONÓLOGO AL ATARDECER


In memoriam Alberto Giordano


Todo está preparado. El silencio es el justo. Para qué. Para nada. La ausencia de mí mismo en mí comienza ahora. Todo está ya de más. Cualquier paso que dé será ilusorio. Cualquier deseo quedará sin cumplirse. Ninguna nueva amistad cuajará para siempre. El silencio es el justo porque en él escucho voces que no desentonan. Líneas de sonido muy tenue trazan en el fondo de este instante un mapa invisible de mi rostro. Sé que estoy por ahí en algún lugar, perdido, pero nunca lograré escuchar juntas todas esas voces que me dicen quién soy. Por eso estoy preparado para la ausencia. He renunciado a cualquier pregunta, a cualquier conocimiento, pues no quiero que sigan engañándome las respuestas equívocas, los saberes inútiles. Me desengaño y avanzo hacia el corazón de la nada. Me someto a los párpados que cubren mis ojos de mirada perdida, pues acaso es preferible no ver ya nada si no hay nada que ver antes que perder la mirada en lo que no puede verse. También se escuchan, por encima del canto monódico de las voces apagadas, sonidos estridentes, como de mandíbulas que rechinan o de parturientas abandonadas a su soledad. Qué hacer con ellos, me pregunto aunque enseguida aborrezca la pregunta. Luego vuelve el silencio, un silencio que anuncia el que no tardará en llegar, un silencio de rostros deshechos en llantos sin palabras, un silencio de manos acariciadas en los instantes previos a la muerte, el mismo silencio del cuerpo de un anciano solitario que se cae un día tras otro sin que nadie venga a recogerlo. El cuerpo anduvo tras el estertor de un sentido. Indagó las presencias, palpó carnes convulsas, se extendió sobre pieles distintas de la suya, se meció en las olas de un mar que lo abrazaba. Y ahora está de vuelta. Buenas noches. Me despido de él como si únicamente fuera a dormirse y me fuera dado volver a verlo a la mañana siguiente. Pero no está previsto despertar alguno. Se perderá en las cavidades de un sueño sin fin. Nada está preparado. Todo ocurrirá de golpe, en un instante que ya no durará, que no engendrará otros instantes. Tampoco el silencio es el justo. La luz es excesiva. Las voces son tantas que ninguna puede escucharse. La vida tiembla aún demasiado bajo los párpados de quien se aleja.

jueves, 9 de diciembre de 2010

CALLE MARÍA CRISTINA

Tuve que buscarla muchos años después, pues no recordaba dónde estaba. (Mira esos raspones que han aparecido en tus manos, huellas de no sabes ya qué andanzas, qué involuntarias contorsiones o respingos en algún lugar de las últimas noches.) Intacta en la memoria, conservada como en el interior de una de esas campanas de cristal que protegían alguna figura dudosamente valiosa en otras casas parecidas, seguía estando aquella casa de dos plantas de la calle María Cristina, y sin embargo no recordaba su ubicación, el lugar exacto en que la ciudad la guardaba. (Aparecen y al cabo de unos días desaparecen, como el corte en el pezón que te causaste sin querer el otro día al recortarte un poco el vello de esa zona.) Sabía que no era una calle céntrica, incluso que se trataba de una calle bastante poco transitada, como escondida o encajonada entre otras más importantes; y también recordaba que era una calle en pendiente y que la casa se hallaba en el lado izquierdo según se bajaba. (Lo primero que pensaste es que te habías cortado toda la punta del pezón, pero por suerte fue solo un pequeño corte superficial que enseguida sangró para acabar cicatrizando a los pocos minutos.) Debió de ser en una de esas épocas de la tardía adolescencia en que me sentía abrumado por los recuerdos del pasado, una de esas fases de arrebatos nostálgicos que me impelían a pasear por la ciudad en busca de rincones, de instantes, de aromas o de árboles de más allá del tiempo, de épocas perdidas. (Cómo puede causar, pensaste, tanto dolor un lugar tan pequeño, un botoncillo de la piel tan insignificante; pero enseguida asociaste ese dolor intenso al no menos intenso placer que el mismo lugar del cuerpo puede producir cuando es acariciado por manos expertas o entregadas.) Ya no vivía nadie en esa casa cuando volví a descubrirla: sus habitantes —una tía de mi padre, su marido, la criada de toda la vida— habían muerto hacía años, sin hijos, y lo que yo recordaba como unas pocas visitas junto a mi madre a lo largo de un par de años de mi infancia no habían sido más que unos pocos instantes sin importancia en la vida de aquellas personas —lo mismo que en la mía propia. (Esas pequeñas mutilaciones de la piel, ¿acaso quedan guardadas? ¿O una vez que se borran, que se cae la costra de la cicatriz, desaparecen para siempre? ¿No podría trazarse, te dices, un mapa al mismo tiempo exterior e interior de un ser humano a partir de esas marcas invisibles que llevamos hasta el final en nuestra piel?) La casa era el salón. El resto era para mi hermana y para mí inaccesible oscuridad. Queríamos entrar a explorar lo que nos imaginábamos como un laberinto de estancias, de pasillos, de patios interiores, pero no se nos permitía abandonar las sillas en que, alrededor de la señora de la casa, permanecíamos durante toda la visita. (Marcas de caídas, de choques, de mordidas, de despistes, de peleas, de juegos, de arrastres en el mar, de saltos, de desesperaciones, de arañazos, de besos que parecían no querer terminar nunca, de intervenciones, de heridas, sobre todo de heridas.) Recuerdo los nombres de quienes allí nos sentábamos. Debió de ser algunas tardes a la salida del colegio. Una anciana distante y altiva al final de sus días. Una criada dicharachera, cariñosa, solícita, que se desvivía por mi hermana y por mí. Años después, cuando encontré de nuevo la casa de la calle María Cristina, la vida no acababa de empezar ni estaba terminando como entonces. Yo estaba frente a ella y simplemente comenzaba ya a hablar conmigo mismo.

domingo, 5 de diciembre de 2010

CALLE BERNABÉ RODRÍGUEZ

- ¿Por dónde quieres que empecemos?
- Dejemos más bien que las imágenes vayan poco a poco empujando las cáscaras invisibles que parecen envolverlas: las que logren salir acaso puedan guiarnos a medida que hablamos.
- ¿Fueron tú y él compañeros de clase?
- Sí, desde los primeros cursos del colegio, desde que tengo memoria. Y lo seguimos siendo hasta que yo dejé el colegio por un instituto público. Siempre estuvimos en la misma clase, pues ninguno de los dos repitió curso.
- ¿Frecuentaste mucho su casa?
- Calculo que habré estado unas quince o veinte veces en ella, a lo largo de los años. Allí vi por primera vez un ordenador personal, que sus padres le habían regalado. Nos recuerdo tumbados en la cama de su dormitorio, obnubilados con aquella pantalla en la que unas figuras que hoy serían irrisorias conformaban unos juegos en los que ya no había juguetes.
- ¿Es ese tu recuerdo más intenso de aquella casa?
- No sabría decirte. La ropa que caía de los armarios empotrados a lo largo del pasillo cuando a algún otro compañero y a mí se nos ocurría abrir una de sus puertas nos hacía retorcernos de risa. En eso éramos crueles y, en cierto modo, creo que inconscientemente nos descolocaba esa cultura de la acumulación, proliferante, en la que la ropa, en cantidades industriales, parecía introducida a presión en aquellos armarios y abandonada allí durante un tiempo indefinido como si no hubieran podido o querido desprenderse de ella. También hay otros recuerdos, claro.
- ¿Te refieres a las fotos gigantescas de familiares muertos rodeadas de flores y de varas de incienso?
- Sí, y era como si su presencia siguiera flotando de algún modo en el aire. De hecho, llegué a conocer a un abuelo suyo que murió poco tiempo después. Cuando vi el altar en que lo recordaban, la inmensa fotografía en que lo habían fijado para siempre, en medio del salón, me dio realmente la impresión de que siguiera vivo.
- ¿Te hablaba mucho de su país?
- Casi nunca. Ni siquiera cuando volvía al colegio después del verano, tras haber pasado uno o dos meses allí, hablaba demasiado de su país. No recuerdo que me haya dicho de qué parte era su familia. Tampoco recuerdo que hablaran entre ellos otra lengua que no fuera el inglés o el español. Parecían querer borrar, al menos de cara a los demás, cualquier huella de su diferencia. Debían de haber heredado de la generación anterior el desprecio o la antipatía con que fueron acogidos en la isla.
- ¿Qué más podrías decirme?
- Eran sonrientes, pero también melancólicos. Te contaré una anécdota. Creo que habían pasado ya algunos años desde que yo había dejado el colegio cuando un día visité a mi amigo. Es posible, incluso, que haya sido la última vez que estuve en su casa. (Luego se mudaron a otro piso, que ya no conocí.) Al despedirnos, él en el descansillo y yo en el ascensor, nos dimos la mano y noté que durante unos instantes no me la soltó: sintió siempre hacia mí un verdadero cariño, pero sabía que en ese instante la vida iba a separarnos, como en efecto ocurrió. Y creo que lo supo con más lucidez que yo. No nos habían separado las religiones, las lenguas ni las costumbres, pero iba a separarnos el tiempo, contra el que nada se puede. Esa imagen contiene uno de los momentos más tristes de mi adolescencia.
- ¿Nunca más lo viste?
- Años más tarde me puse en contacto con él. Yo era ya profesor en un instituto del norte de la isla. Él era director de un hotel en esa misma zona. Me invitó a almorzar allí, junto con dos de sus subordinados. La conversación fue insulsa, protocolaria. Había engordado. Seguía igual de sonriente y de atento. Se había casado y tenía un hijo. Nos despedimos en la calle, junto al hotel, y nunca más lo he visto.
- ¿Sabes algo más de él?
- Dejó el hotel y pasó a trabajar con su padre en lo que siempre le gustó: la informática. Sufrió la tragedia de ver morir de cáncer a una hermana menor. Lo llamé cuando me lo contaron, pero no lo localicé: tal vez haya cambiado de número. Sé que viaja con frecuencia a su país por asuntos de trabajo. Y sé que volveremos a encontrarnos un día, de casualidad, en alguna de las calles de nuestra pequeña ciudad, y que al mirarnos a los ojos seguiremos reconociéndonos como si el tiempo nunca hubiera pasado.

viernes, 3 de diciembre de 2010

ANTIGUA CALLE DE LOS CAMPOS

Para María José Alemán

Como las dos casas eran vecinas, alguna vez pensó —¿o lo piensa ahora por primera vez?— en la posibilidad de conectarlas mediante un túnel labrado por su imaginación por el que, mientras la troupe familiar confabulaba sobre cláusulas de contratos, últimas voluntades y demás disposiciones testamentarias, podría escabullirse desde el cuarto de los pájaros hasta la casa aledaña y desembocar así en el suntuoso salón de sillones morados, fotografías arracimadas sobre pacientes veladores y una televisión al fondo, casi siempre encendida aunque con el volumen muy bajo. Detrás de la cortina que dividía en dos el cuarto de los pájaros para que no estuvieran a la vista los tarecos diversos que su abuela guardaba como restos de otras épocas o, a veces, como repuestos para la presente, entre un sofá desvencijado y una cómoda inservible, se encontraba el comienzo imaginario del túnel. Hasta allí se llegaba cuando lo aburrían los cónclaves sobre viejas herencias que terminaban siempre con fumata negra y caras largas: escarbaba en la pared, o apoyaba en ella, en el lugar exacto en donde se abría el acceso a la otra casa, su oído, impaciente por saber si del otro lado sesteaban, charlaban animadamente o tan solo permanecían tumbados con las piernas estiradas sobre escabeles desgastados, indolentes, ociosos. Las dos ramas de su familia, separadas únicamente por ese tabique que él taladraba con su imaginación, en casi nada se parecían. Los de acá eran ruidosos y los de allá parsimoniosos. Los de acá eran campesinos y los de allá burgueses. Los de acá eran transparentes y los de allá laberínticos. Así que, lo mismo que de vez en cuando tenía que escapar de las sobremesas airadas de la casa de acá, otras veces necesitaba alejarse de la desangelada parsimonia del otro lado. Para eso era el túnel: para vivir dos vidas cuando estaba condenado a vivir solo una, para no sentirse nunca encerrado en un modo exclusivo de ser, en un único lugar, para ausentarse sin dejar de estar presente, para presentarse aun permaneciendo ausente. Nadie sabía que existía, pero un día su abuela descorrió la cortina y le preguntó qué andaba buscando en aquella esquina del cuarto, sentado junto a la pared, como si estuviera escuchando lo que ocurría al otro lado.

jueves, 2 de diciembre de 2010

DOS VOCES

― Y tú, ¿para qué quieres coleccionar palabras, falsario, como si pretendieras parecerte a la savia de la vid que genera los racimos, impostor, como si no supieras que cualquier racimo nacido de la tierra será siempre más verdadero, más hermoso, más pleno y más invulnerable que tus pobres ristras de palabras, pelele, como si no te dieras cuenta de que los días se pierden como semillas esparcidas en el viento, se desparraman sin remedio, se disuelven hasta que nadie diría nunca que existieron? ¿Y tú quieres oponerles, tenorio, personilla, los espantapájaros de tus versos, las apocadas estrofas de tu pálida musa, el siniestro tesoro de tus noches sin vida, simuladas?

― Ya no quiero vivir. Me he resentido de todo lo que siempre quise vivir y nunca pude. Toco un arpa con dedos cada vez más delgados, cada noche, y dejo que su sonido quede resonando hasta que el sueño lo apaga como a lo que no tiene vida. Me he dormido en los brazos insomnes de la noche: resuenan como los de un esqueleto contra los míos cuando me acunan con su nana de nada. Para qué vivir ya. Qué me ofrece la vida. Para mí no fue siempre, ¿o quizás sí?, una canción escuchada a lo lejos, cantada con los labios cerrados a través de una garganta enferma. Los poemas que mi afán intenta componer no siempre fueron como colgajos resecos de cuerpos ahorcados junto a un camino polvoriento: un pútrido recuerdo de lo que alguna vez debió de ser la fuente y el galope de la vida.

― Ahora pretendes confundirme aludiendo al tarot. No me creo ya tus zarandajas. ¿La fuente y el galope de la vida? No dejas nunca de coleccionar palabras, casi siempre al tuntún. Intentas deslumbrar con medio gramo de paralelismos, una pizca de aliteración, cuatro rancias metáforas, unas puntitas de calambur y alguna renqueante paradoja. Muestras ante el respetable, como el escudo del gran héroe homérico, tu ekfrasis personal, los tatuajes absurdos con que abrumas tu piel todos los días, tus necios atributos que ni siquiera, como pretendes, vivieron épocas mejores. Simplemente te adornas como un pavo real de ojuelos falsos, de gastadas miradas que a la más mínima arremetida del exterior se repliegan, se esconden como lo que son: temerosas máscaras tras las que nada hay.

― ¿No es eso lo mismo que haces tú? ¿O son tus palabras más puras que las mías, más auténticas, o es que están hechas de una pasta diferente, de un aliento con mayor porcentaje de alma humana? ¿Por qué no las usas, tus palabras, como un espejo en el que mirarte? Tal vez aprendieras algo. Me preguntas, me defines, me instigas, me recriminas y me abates. ¿No sería más útil que ejercieras sobre ti mismo tus higiénicas prácticas? Pues desde el momento en que hablamos nos alejamos de la vida, y desde el mismo instante en que nos alejamos de la vida se desgasta nuestro rostro, y a partir de ese momento hemos empezado sin remedio a perdernos no solo para los demás, sino para nosotros mismos. Así que, si quieres permanecer intacto e impoluto, ¿por qué no empiezas por dejar ahora mismo de hablar?

miércoles, 1 de diciembre de 2010

AGRIMENSOR DEL DESIERTO


Para Mariano de Santa Ana y Orlando Franco


1) Crece el desierto: la extensión del desastre es mayor que el tamaño de la esperanza. 2) La cultura milenaria del mar que agoniza nada podrá hacer para salvarlo. 3) Ante el asedio imparable de los titanes de asfalto y de cemento, las antiguas pirámides apenas brillan ya en su ilusoria eternidad: sepulturas que acabarán, a su vez, sepultadas. 4) Ni siquiera las islas bendecidas con bosques de otras eras, santuarios habitados aún por ninfas y por faunos, han sabido protegerlos: unas horas han bastado para destruir la tela urdida durante milenios. 5) Recorrí el bosque quemado: la andrajosa memoria de las ramas en que, intacto, glorioso, gorjeó en tantas tardes de dicha el mágico pinzón azul me salía al encuentro a cada paso. 6) Cadáveres de árboles que fueron templos vivos de la brisa, de los juegos de niños confiados, de las risas del aire mezcladas con sus risas. 7) Quise bajar al mar, a acantilados que recordaba majestuosos, a playas en que el agua estaba antaño tan limpia que traslucía la piel del cuerpo amado entre mis manos: todo era fango y podredumbre y urbanizaciones turísticas y polígonos y fábricas y muros y vigilantes y putas y dolor y piscinas y solares alineados para la masacre futura. 8) Y orondos, en despachos con vistas, propietarios de hoteles caribeños, titulares de cuentas en dudosos bancos suizos o cómplices de mafias extranjeras, los culpables de toda esta historia universal de la infamia se frotan las manos manchadas con la sangre de su propia tierra. 9) Contempla, contra el asco, contra la desazón, contra la impotencia cada vez más profunda, una flor que renace en medio de cenizas, un delfín que aún da saltos en el pútrido mar. 10) Boquearan hasta hundirse en ese mar los miserables causantes de esta ruina sin retorno, de este lento apagarse de la luz de la vida. 11) Lo que perdura, me he dicho mientras escribía, un tiempo en la palabra es el brillo ocasional, condenado a extinguirse, de un ala imprevista, de una nube blanquísima, de un labio esperanzado sobre otro sometido, la efímera dulzura de un milagro ahí al lado, aquí mismo, junto a ti, junto a mí: nada más. 12) De ninguna otra hazaña es capaz la palabra, ni siquiera la palabra heroica del poema, liberada de cualquier atadura o convención: no va a enmudecer frente al más mínimo abuso, pero sólo podrá, aunque lo condene, decirse en soledad, acallada su voz por el estruendo de un mundo sordo a sus secretos, a su inútil lucidez. 13) No va a callarse, pero nadie va a oírla. 14) Y aun si alguien la oyera, le serían impedidos, como al agrimensor K., los accesos a las dependencias (¡oh sí, lujosos despachos con vistas!) del castillo en que los infames deciden la lenta pero implacable destrucción de la tierra. 15) Y un humus putrefacto absorberá nuestros huesos.

jueves, 25 de noviembre de 2010

EL NUEVO REGALO

En aquella playa, ¿recuerdas?, que fue para nosotros algo así como la playa del fin del mundo, o incluso del fin de los tiempos, pues ¿acaso estábamos allí en un lugar o en un tiempo concretos?, aparecieron estas caracolas que hoy he querido inmortalizar para ti. En aquella playa, ¿o lo has olvidado ya?, las arenas ardían enredadas con tus pies que se enredaban a los míos que se enredaban a las olas persuasivas a su vez enredadas las unas con las otras. La misma forma en espiral de estos milagros que el mar nos regaló tenía en aquella playa el tiempo, que giraba alrededor de sí mismo e invitaba a los cuerpos a dejarse caer girando el uno sobre el otro por la ligera pendiente de la arena mojada hasta llegar al mar. Es posible que no recuerdes ya el paseo que di hasta el final de la playa, mientras tú contemplabas en los charcos, bajo la potente lupa del sol, los peces atrevidos o incautos que hasta allí habían llegado. Fue durante aquel paseo cuando encontré estas caracolas. Algo de aquel día, sin embargo, debe de haber permanecido en ti, pues durante los meses posteriores hablabas alguna vez del arrullo de la brisa, de las locas acometidas de las olas, del roque en equilibrio en lo alto del acantilado, de tantas otras cosas que vimos o sentimos y que solo porque éramos dos y porque todo lo compartíamos pudimos ver o sentir. Hablar de ellas después era volver a vivirlas, no con la nostalgia de haberlas perdido, sino con la alegría de saber que en cualquier momento podríamos recuperarlas. De las caracolas, de esas tres joyas delicadas cuyo único valor era el haberlas encontrado yo para ti y el haberlas aceptado tú como regalo mío, no hubo nunca necesidad de hablar, pues las teníamos siempre a la vista sobre algún estante en medio de libros o de discos, o en la mesa bajo el ventanal que daba a la terraza, o en la cómoda que había junto a nuestra cama. A la vista significaba entonces que su presencia silenciosa (pues aunque digan que se oye en ellas el mar si se las acerca al oído no es el mar lo que se oye, sino un viento que parece venir más bien del corazón) era para nosotros, que apenas nos fijábamos en ella, como la de esos lares de las casas antiguas que protegían a quienes las habitaban. ¿Crees tal vez que nos equivocamos? ¿Que no debí recogerlas aquel día o que no debiste aceptarlas de mis manos? ¿Que debimos haberlas devuelto al mar que nos las entregó? ¿Que sin ellas, sin su aliento escondido como al final de un laberinto, hubiera perdurado nuestro amor? Quién sabe. Lo que ahora sabemos o desconocemos no es lo mismo que sabíamos o desconocíamos entonces. Lo que entonces hicimos no coincide con lo que querríamos hacer ahora. Y todo adquiere con el paso del tiempo un sentido imprevisto. Cuando desmantelamos nuestra casa, después de la separación (pero ¿nos separamos o fue más bien un abandono de uno por el otro?), no sé por qué, yo conservé esas caracolas. En realidad eran tuyas, pero entendí que me las devolvías en silencio como para negar en cierto modo aquella tarde en que las encontré para ti. O quizá no quisiste llevártelas para dejarme algo tuyo que también era mío, algo que simbolizase aquel momento en que no había nada que no compartiéramos, nada que se interpusiera entre nosotros. Las he conservado durante todos estos años. Si alguna vez me atrevía a escuchar en su interior me parecía estar oyendo tus latidos, o la voz con que hablabas durante el sueño, un rumor parecido al de las olas, es cierto, pero más cálido y al mismo tiempo más lejano. Y un día ya no quise verlas ni escucharlas más. Las dispuse sobre una mesa, en torno a un jarrón que compré mucho después de que nos separáramos (un jarrón que podría contener tanto una flor como unas cenizas, pero que no contiene nada), y las fotografié. Ahí están, te las entrego de nuevo, pero esta vez no están mojadas porque acaban de ser sacadas del agua, ni desprenden el aroma salino del mar, ni guardan en su seno murmullos de ninguna clase. Son mi nuevo regalo para estos nuevos tiempos en los que todo no es ya sino una sombra de la vida.

(A partir de una fotografía de Otho Lloyd)

martes, 23 de noviembre de 2010

ANTES DE DORMIR

Como quien al caer por un precipicio se agarra con una sola mano a las ramas de alguna planta milagrosamente resistente que lo salva de acabar aplastado en el fondo del abismo, así unas palabras, escritas al borde de la noche, parecen salvar un día; un día que iba cayendo sin remedio por las laderas de la indiferencia, del alejamiento y de la desilusión se sobrepone de pronto, casi sin que ya lo esperáramos, y se encarama sobre sí mismo para agarrarse a las puntas sarmentosas de unas palabras cualesquiera, unas palabras que podría creerse unidas en sus raíces a la pared más sólida y que impiden, al menos mientras duran, mientras dura su magia de sílabas sopladas desde un aliento desconocido, que el día se desplome. Luego, claro, vendrá la condena de la postración, la soledad de la cama, el ritual de desvestirse una vez más para dar término al día sin saber si otro día nos espera al regreso del sueño –y, lo que es peor, sin saber para qué podríamos querer que otro día nos sea concedido al regreso del sueño. Del otro lado, de ese lugar en el que depositamos nuestros deseos más escondidos, de esa irradiación silenciosa que nunca deja de abrirse paso por nuestras venas aun cuando creamos que la sangre fluye por ellas con la lentitud de un agua estancada, no llega ya apenas ningún mensaje cómplice, como si hubiéramos perdido la comunicación que hasta ahora fluía. El silencio nos pesa; si al menos supiéramos qué lo ha generado, podríamos escarbar en busca de un antídoto entre nuestras reservas de palabras. Pero nada sabemos sobre lo que nada dice. Se han callado las voces, al final de este día; no escuchamos ya el chisporroteo con que tal vez nos habían estado engañando, y las palabras no bastan porque, por desgracia, no son las que hacen faltan. Y, aunque no nos atrevamos a dejar de escribir por miedo a lo que vendrá a continuación, sabemos que sería más justo, más valiente, más honesto, callar ahora antes de que sea el silencio el que nos haga callar.

domingo, 21 de noviembre de 2010

HOSTAL LOS ALPES

Siempre me han gustado los cuartos de hostal. Fueron en algunas épocas moradas ocasionales desde las que salía a pasear por ciudades más o menos desconocidas. No tiene sentido ahora elaborar un recuento (la memoria no es un listado de instantes, sino más bien una amalgama en la que se superponen las distintas capas de lo que hemos ido viviendo). Ayer, después de mucho tiempo, acabé en un cuarto de hostal. No lo planeé, claro. Fue el resultado de una coincidencia sobrevenida durante la noche, de un encuentro que requería una prolongación más íntima, la demorada continuidad de una noche compartida aunque se sepa que tras ella llegarán el corte inevitable, la despedida, la separación (el viaje, en este caso), la intensidad del recuerdo que se enfrenta a la pérdida, la progresiva disolución de lo sentido esa noche, el desapego, el olvido. Pero mientras los cuerpos se devoran en la hoguera del deseo no piensan en nada, y mucho menos en despedidas, disoluciones u olvidos. El cuarto era pequeño, opresivo. No daba a la calle, sino a un patio interior que ni siquiera se veía, pues la única salida a él era un ventanuco situado a altura considerable sobre la cabecera de la cama. Esta era como cualquier cama de hostal barato: un lecho para descansar en el que no se descansa, no solo porque no se ha ido allí para descansar, sino porque a la hora de dormir los cuerpos se hunden en el colchón desvencijado, y en las vueltas que dan constantemente en busca de la mejor posición para el descanso se acaban topando enseguida con la pared o con el suelo. Así que la noche transcurre, tras las furiosas o tiernas embestidas, tras todos los encaramamientos y los roces, las cosquillas y los abrazos, las incorporaciones y las omisiones, las mordidas, las torsiones y los apuntalamientos, en un insomnio casi placentero, en el que los cuerpos, erizados el uno por el otro, se acoplan aplacados durante lo que queda de noche. Junto a esta pareja aparentemente idílica que parece dormir aunque no lo haga hay un lavabo, una bañera, una mesita de noche y un armario. Las ropas yacen junto a la cama. Un ventilador de techo combate el calor del cuarto, caldeado en exceso. Los pensamientos conforman en la mente una maraña de cuartos habitados una noche, cuartos que se parecen todos y en los que se ha dormido solo o acompañado (y no siempre fue lo mismo una cosa que otra). ¿Qué es el insomnio sino un modo de poblar la noche, de llenar su oscuridad y su vacío con imágenes que surgen de donde no se esperaba que aún quedara nada? ¿Y puede en esta vida desearse algo mejor que un insomnio como este, poblado por dentro y acompañado por fuera, en el que los recuerdos imprevistos se enredan con las caricias de un cuerpo dulce y hermoso a nuestro lado?

lunes, 15 de noviembre de 2010

ESCARAMUZA

La habitación está en silencio. Te has acostado a la hora habitual. El día ha acabado, como siempre. Las imágenes pasan por tu mente con una rapidez que tu inmovilidad parece desmentir. ¿Es ahora cuando el día empieza realmente a vivir, ahora cuando corres sin trabas entre los setos, cuando bajas unas escaleras y subes por otras después de haber sido solo una sombra fugaz que el sol del mediodía no pudo perseguir? No hay gran diferencia, te dices (te dices sin palabras), pues todo lo que ocurrió durante el día sigue ocurriendo ahora mismo en tu mente de niño. Nada separa lo que ha dejado de existir de lo que sigue existiendo en las imágenes vivas que preceden al sueño. Mañana continuarás, desde que te levantes, los juegos en el césped, la captura de escarabajos, la persecución de lagartijas, los chapuzones en compañía de tu hermana y de los amigos de todos los veranos. La noche es solo una pausa entre una claridad y otra. Un descanso, la recuperación de la energía para el día siguiente. Sin embargo, las imágenes no te dejan dormir.

Al final te has dormido. Deben de ser las tres o las cuatro de la mañana cuando te despiertas. Una luz muy tenue entra por la rendija del balcón, seguramente la luz de la farola del paseo. La escalera está oscura. Tus padres deben de estar profundamente dormidos en su habitación del piso de abajo. Crees incluso escuchar cómo respiran. También tu hermana duerme, en la cama de al lado. Sientes unas ganas intensas de orinar. En alguna rara ocasión te ha ocurrido lo mismo: te has despertado a media noche con ganas de orinar y, cuando estabas llegando al final de la escalera que desemboca en la puerta misma del baño, has oído la voz de tu madre que te llamaba, desde la cama, preguntándote qué te ocurría, si te sentías mal, si no podías dormir. Ahora no quieres despertarla. Sabes que son los crujidos de la escalera los que la despiertan, pues su sueño es ligero, y sabes también que no hay forma de evitarlos aunque bajes despacio y con el máximo cuidado. Así que se te ocurre algo.

La idea es orinar sin tener que ir al baño. Como las ganas te apremian, no te lo piensas: lo harás en una de las gavetas vacías del armario. Así mismo, como suena. Te levantas muy lentamente, para que tu hermana no se despierte, y te acercas a la puerta de madera del armario, la abres, empiezas luego a abrir la gaveta con sumo cuidado, y allí tienes ya el lugar en el que podrás orinar sin temor a que se despierte tu madre. Orinas. Durante medio minuto sientes el alivio, esa sensación de liberación, como si te estuvieran desinflando desde dentro. La gaveta es grande y el orín se reparte por toda su superficie, formando una fina capa, una especie de charquito que brilla a la tenue luz que entra desde fuera. Como luego cierras la gaveta, y a continuación la puerta del armario, como además esa parte del armario apenas se utiliza, y como, por si fuera poco, en el colegio te han enseñado que el agua se evapora al contacto con el aire, confías en que, tal vez al día siguiente, habrán desaparecido ya las huellas de tu escaramuza nocturna. Vuelves a la cama, te acuestas, y enseguida te quedas dormido.

Y, claro, al día siguiente tu madre lo descubre todo.

viernes, 12 de noviembre de 2010

TAHODIO, UNA VEZ MÁS

Por qué estas imágenes ahora, la carretera que bordea el barranco, los eucaliptos de troncos moteados tras los que duermen los muros de una especie de granja misteriosa, mientras avanzamos por una carretera que se estrecha en algunos puntos (y cuando esos puntos son curvas cerradas es preciso alertar con la bocina por si otro vehículo viniera en dirección contraria). He sabido hace poco que el amigo que a veces me llevaba en su coche, que entonces tendría poco más de cuarenta años y hoy rondará los sesenta y cinco, ha sido ingresado ya varias veces por problemas de salud mental. Yo lo recuerdo tan sano, jovial, vigoroso, sonriente, atento. Así lo sigo viendo ahora mismo al volante por aquella carretera que bordeaba el barranco y que, después de dejar atrás el grupo de eucaliptos plantados allí como para esconder algo, se confrontaba de pronto con una montaña majestuosa en cuyas faldas se sucedían las fincas de plataneras. Cruzábamos luego por un pequeño puente a no mucha altura (aunque en aquella época era para mí un puente largo, ancho y alto) hasta el otro lado del barranco, que pasaba a quedar entonces a mano derecha. La fábrica (nunca supe de qué) era un conjunto variado de edificios pintados de blanco, de un blanco sucio, tiznado, apretados unos junto a otros en el borde del barranco, unos edificios que desprendían un ruido constante que hoy no logro identificar, como si algo en su interior estuviera en perpetuo movimiento (esa fábrica en la que nunca nos atrevimos a entrar: tan solo alguna vez nos aventuramos hasta la entrada, hasta la plataforma de cemento en la que aparcaban los coches, o hasta una puerta grande de metal por la que nunca vimos entrar ni salir a nadie, pero que en cualquier momento podía abrirse para arrastrarnos al interior). Por qué, ahora, todas estas imágenes que la escritura reúne en un movimiento que no se parece al de entonces, a las curvas y recodos y bifurcaciones y apeaderos y túneles y caminos de cabras por los que transcurrieron todos aquellos años que hoy parecen lejanos. Alguien, creo, los está recordando también ahora mismo, tal vez de un modo menos confuso que yo, alguien para quien esas imágenes no están apelmazadas en el confuso vaivén de la adolescencia, sino que vibran en la luz de la primera madurez, de los cuarenta años recién cumplidos que reúnen el vigor casi todavía íntegro de la juventud y la sabiduría ya reposada de las múltiples lecciones de la vida, alguien que ahora los recuerda desde el abismo de la enfermedad, desde la cama de un hospital rodeado por una autopista ruidosa y por edificios sin ninguna identidad, anónimos. Acaso mis recuerdos hayan surgido ahora mismo para juntarse con los suyos. Quién sabe si algún día volverá alguno de los dos a atravesar la carretera que bordea el barranco, quién sabe si no se detendrá a escuchar el cuchicheo casi inaudible de las pequeñas piedras que se desprenden en lo alto y caen por las laderas, la queja desesperada de algún gallo atrapado en un corral, la canción solitaria de la brisa que pasa a saludar cada tabaiba, cada palmera, cada cable colgante entre un lado y el otro del barranco.

MI LUGAR PARA LA ETERNIDAD

Como hace años, en otra especie de congreso o de encuentro entre desconocidos con los que solo se comparten al principio unos intereses profesionales o creativos y luego, a medida que avanzan los días, se acaba compartiendo mucho más o se deja definitivamente de compartir lo poco que se compartía, me han apuntado hoy en una servilleta de papel una dirección que puede serme útil. En algún momento la sobremesa se ha disuelto (debe de haberse terminado el licor eslovaco servido en pequeños chokos diseñados para beber sake). Un poema leído de pronto logró crear el silencio a su alrededor. Las risas corrieron a esconderse entre las palabras, pero eran tan estrechos o tan precarios los huecos que se abrían entre estas que las risas caían en un abismo del que quién sabe cuánto tardarían en ser rescatadas. El poema hablaba de un lugar para la eternidad: «Este es mi lugar / para la eternidad / una pequeña silla de paja / el silencio y el verano / un muro que el cielo ha agrietado / como una calle / y mi alma que se acostumbra / a decir tú». La servilleta roja pasa de la mano al bolsillo. Qué fácil parece encontrar un lugar para la eternidad después de escuchar este poema. Cualquier lugar bastaría. Este cuarto, ahora. O el de al lado, en el que alguien escribe o traduce páginas bajo una lámpara que lleva horas sin apagarse. O un rincón cualquiera de la ciudad, mañana, en el que pueda detenerme, mirar alrededor, extrañarme de mí mismo, reconocerme un instante, recordar algún otro día de mi vida, olvidarlos todos, sentir el frío en las mejillas, abrirme como con la mano paso hasta el lugar del corazón en que la sangre borbotea caliente como una cascada roja en el paraíso, quedarme quieto y escuchar lo que pueda sin dejar de mirar hacia ninguna parte. La vida, entonces, estaría por fin desparramada en su lugar para la eternidad, fluiría hacia donde nunca pensamos que acabaría dirigiéndose, sin que por ello dejara de estar recogida en el lugar del que nunca ha salido, del que solo saldrá cuando no se llame ya vida. La servilleta roja está ahora sobre mi mesa. Ostenta una dirección que es un destino posible. Tal vez me encuentre allí dentro de cuánto tiempo. ¿Seguirá habiendo entonces un cuerpo en el que la vida esté contenida y que sea a la vez el lugar desde el que pueda, esa misma vida, salir de sí misma, encontrarse con otras, frotarse con las pieles de otras vidas en busca de una chispa, aun efímera, que le haga olvidar por un instante el oscuro reverso que le espera? Quién sabe. Nadie puede saber nada. Ojalá, tan solo, sean esta mesa, esta silla, esta noche de ahora mi lugar para la eternidad. Y ojalá se acostumbre mi alma a decir tú.

(Wernetshausen)

jueves, 11 de noviembre de 2010

EL LAGO, AL FONDO, ACARICIADO UN INSTANTE

Fotografía: © Cristina de Melo

por la luz que se filtraba a través de alguna fisura entre las nubes, y que no habría visto si E., sentada a mi lado, no me lo hubiese señalado, recobró enseguida su apacible presencia de cinta desplegada sobre las faldas de unas montañas que poco a poco iban a ir perdiendo sus distintos colores para adoptar un azul uniforme como impreciso preludio de la oscuridad con que terminaría el día. La charla que nos estaba impartiendo aquella editora, ya casi anciana pero de ojos juveniles que no dejaban de chispear mientras la voz, serena, iba proyectando nombres de autores, historias, anécdotas e impresiones, se veía amenazada por la somnolencia de sobremesa que estaba a punto de arrastrarla consigo a unas profundidades en que todas aquellas palabras se hubieran mezclado con el dedo de luz que acariciaba el lago hasta producir no se sabe qué sueño imprevisto de cadáveres femeninos que son conducidos en un convoy hasta una granja en la que se les acondicionará para un viaje final que los devolverá a la vida. De algo así trataba Le Convoi du colonel Fürst, de Jean-Marc Lovay, “el hombre más libre que conozco”, dijo la editora, no sé si porque sabía de su afición a lanzarse en parapente desde las cimas de su Valais natal (aunque no hable nunca de eso en sus novelas) o porque se trata de un autor que desde los dieciséis años dejó de estudiar y se dedicó a ganarse la vida en diversos oficios a los que nunca se ha dejado atar de forma exclusiva. La prosa de Lovay, según dijo, está llena de constantes descubrimientos y sorpresas que la alejan de cualquier estilo reconocible; en ella, afirmó uno de los grandes amigos de Lovay, el poeta Maurice Chappaz, “por primera vez el sinsentido adquiere sentido”. Como la somnolencia y los repentinos descensos de volumen de la voz que escuchaba me impedían captar del todo lo que las palabras decían, no estoy seguro de que la singularidad de este escritor, tal y como nos fue descrita, se corresponda sin exageración a su singularidad real, pero al menos se me han despertado las ganas de comprobarlo leyendo alguna obra suya. Circularon después otros nombres, a los que presté menos atención, no solo porque iba pensando cada vez más que la charla había sido programada a una hora imprudente, sino porque la propia editora había mostrado su interés especial por Jean-Marc Lovay, mientras que al resto de autores suizos de lengua francesa que iba a presentarnos parecía situarlos en puestos secundarios: Catherine Safonoff, si no me equivoco una autora cuyas novelas, de signo autobiográfico, rescatan todo tipo de encuentros que la autora, en sus numerosos paseos en bicicleta, tiene por aquí y por allá, sin que la cotidianidad sea en este caso sinónimo de banalidad o de superficialidad, sino, al contrario, la puerta de acceso a un mundo de intimidades conflictivas e intensas; Rose-Marie Pagnard, autora de una obra misteriosa titulada Le Motif du rameau et autres liens invisibles, en la que despliega una sorprendente fuerza de imaginación que le permite, en una atmósfera estilizadamente oriental, describir la persecución que una mujer emprende por las calles de Tokio en busca de su marido, seducido por una japonesa casi invisible; Michel Layaz, autor de Les Larmes de ma mère, entre otras obras, del que no recuerdo nada de lo que su editora contó para incitarnos a leerlo e incluso a atrevernos alguna vez a traducirlo (objetivo último de aquella charla: ganar traductores de distintas lenguas para los autores de la editorial); y, finalmente, Adrien Pasquali, autor de desbordante inteligencia, ensayista, narrador, traductor, que se suicidó hace ya más de diez años casi con la edad que tengo yo ahora, y que descendía de inmigrantes italianos llegados a la Suiza francesa: su novela corta Le Pain du silence, que la editora me regaló y que ostenta un título tan bello, es la crónica de una infancia dura entre dos lenguas y entre dos culturas que acaban desembocando en el silencio (y, años más tarde, en la escritura; a la que a su vez sucederá el suicidio). Estas dos horas que ha durado la charla han sido como un paseo somnoliento por lugares casi solo entrevistos desde lejos, como si fuéramos atravesando los cantones del Jura, de Neuchâtel, de Vaud, de Friburgo, del Valais y de Ginebra desde un tren impaciente pero minucioso, mientras al fondo un lago, acariciado un instante horas atrás por un dedo de sol, forma ya parte indisoluble de la oscuridad que nos rodea.

(Wernetshausen)

miércoles, 10 de noviembre de 2010

ENTRE LENGUAS ANDA EL JUEGO

Entre lenguas anda el juego. Y entre letras. Elijo ―de entre los cientos de variantes tipográficas que me ofrece el ordenador― una que nunca había usado, pero que hace muchos años nos sirvió a unos amigos y a mí para señalar la búsqueda (quién sabe si vana) de la elegancia en una colección de libros de la que solo logramos publicar dos volúmenes. Es un tipo de letra, en efecto, elegante, cómodo, discreto y destacado a la vez, en el que las palabras van fluyendo sin demasiado esfuerzo, seguramente también porque no están hablando de nada, ni siquiera de sí mismas, pues, ¿acaso es algún tema para las palabras el molde que las contiene, la trama tipográfica que se ha elegido para ellas, el tipo de letra de nombre italiano que, seleccionado en un tamaño no demasiado grande ni demasiado pequeño, convierte la pantalla del ordenador en el simulacro de una página impresa? Y, en cambio, estas letras, me digo, son la impalpable frontera o el intangible puente entre mi cerebro y un discurso que va separándose de él a medida que se desarrolla, el receptáculo de algo que no existe en el infinitesimal instante previo al instante en que existe, y así, continúo diciéndome, las letras aparecen ante mi vista casi como los lugares mágicos en que se va creando a sí mismo el discurso, como una tela de araña que de pronto se nos muestra donde antes estaba solo la entrada de la cueva en la que nos escondimos de nuestros perseguidores. ¿Nos protegen también, acaso, las palabras, o sus elegantes formas negras alineadas unas junto a otras, como protegió a aquel otro ser humano, hace muchos siglos, la telaraña milagrosa que disuadió a sus enemigos de entrar en una cueva en la que probablemente, pensaron, no podría haberse escondido? ¿No nos mantienen retenidos dentro de nuestra guarida, protegidos en cierto modo, sí, protegidos de tanta cruda realidad o irrealidad como estaríamos condenados a experimentar sin esa tela protectora de las palabras, pero en definitiva aislados, incluso de los demás, aunque creamos comunicarnos con ellos, aislados incluso de nosotros mismos, de lo más auténtico o terrible o inalcanzable o silencioso de nosotros mismos? Pero había empezado diciendo que entre lenguas anda el juego. Y luego me desvié con la excusa de la tipografía hacia unas reflexiones insulsas. El juego al que me refería está vinculado a una tensión. Había, antes de que encendiera el ordenador, una tensión en la espera a la que me obligaba el hecho de que la única toma de corriente en que hubiera podido conectar el enchufe del ordenador estaba ocupada por el cargador del móvil, que hacía un rato que se estaba recargando. Me había propuesto dejar apagado el ordenador hasta que el móvil completara su carga. Pero al cabo de un tiempo empecé a sentir una especie de hormigueo. Había algo que realizaba cierta presión para salir, aunque yo no sintiera en ningún lugar de mi cuerpo esa presión. Tampoco podía atribuir el hormigueo al tic compulsivo de teclear, pues, de hecho, cuando llega el momento de hacerlo, no encuentro apenas placer en el juego autómata de los dedos que martillean las teclas. Sin embargo, había sin duda algo que, en algún lugar, iba cobrando una especie de vida, un movimiento contenido, inseguro, como el revoloteo de los pájaros que se preparan para echar a volar. En cuanto el ordenador estuvo encendido, las letras que los dedos proyectaban fueron formando las palabras de este texto que en cierto modo vienen de una parte de mi cuerpo y terminan en algún lugar fuera de él. Considero una osadía pretender que todo esto pueda venir de otro lugar que no sea mi cuerpo. Aunque, desde luego, estoy dispuesto a admitir que lo que quiera que sea que en algún momento indeterminado se puso en movimiento dentro de mí está alimentado por elementos innumerables de la más variada naturaleza que no son mi cuerpo pero que, en cierto modo extraño, coinciden en mi cuerpo y danzan y hasta acaso se funden dentro de él unos con otros hasta que terminan saliendo a algún lugar exterior (ahora mismo la pantalla del ordenador) en forma de palabras. Vacas. Un gato. Libros. Un ventanal a través del cual se iban volviendo azules las montañas. La luna. Personas. Conversaciones. La vida recluida durante una semana en una casa para traductores a ochocientos metros de altura. Una mariposa nocturna, ahora mismo, detrás del cristal de la ventana. Una pradera húmeda atravesada ayer para llegar a un banco en lo alto de un bosque. El sendero empinado en el que me resbalé mientras lo bajaba. Las barras de metal que sujetaban cada escalón de madera de ese sendero del bosque y que en mi imaginación coincidían exactamente al final de mi caída con el punto exacto de mi nuca en el que el contacto era mortal. Cincuenta vacas que venían por otro sendero conducidas por sus propietarios, vacas apacibles, que ni siquiera se adelantaban las unas a las otras, azuzadas por un perro raquítico al que cualquiera de ellas podría haberle destrozado el cuello con un simple pisotón. La anciana suiza que me habló en el sendero de esas vacas que se acercaban y con quien hablé durante diez minutos, en una lengua transparente, como si nos conociéramos desde siempre. El reflejo del sol, un instante, sobre el lago, allá abajo, captado a través del ventanal. Las lenguas que se cruzan y que en algún instante dejo de escuchar porque estoy pensando en algo que no sé bien lo que es. El nombre nunca escuchado de un escritor enigmático. Los caminos que parten de un libro que se está traduciendo y que nos llevan muy lejos hasta que al volver somos otros y el libro tampoco es ya el mismo. Un perro casi autista. La primera nieve, muy fina, como una exhalación, posada después de un par de horas sobre las copas de los árboles. Ovejas asustadizas. La casa en miniatura fabricada en lo alto del tronco de un árbol: ¿un nido de regalo o el escondite para los secretos de un adolescente? Y todo esto, todo lo que parece haber perdido el habla, o no haber aprendido nunca hablar, acaba entremezclándose con las palabras, como si estas, a pesar de venir del interior de mi cuerpo, vinieran de todo lo contemplado, de todo lo que, reunido en algún lugar caluroso capaz de devolverle la vida, renace ahora en forma de palabras.

(Wernetshausen)

lunes, 8 de noviembre de 2010

SEGUIR AVANZANDO, SEGUIR PERDIÉNDOSE,

se dijo, porque los círculos en que la vida se expande son cada vez más amplios, sin que deje de haber en el principio ―en un principio solo entrevisto a través de las nieblas de la nostalgia y del olvido― una especie de corazonada, la mordida de un lugar de la piel que más tarde sangrará hasta que la herida se infecte y se gangrene... Avanza, sin pensar en la pérdida pero rodeado de cuerpos desconocidos, de lenguas bruscas como borbotones de sangre, por pasillos, una y otra vez, siempre por pasillos que conducen los unos a los otros, un laberinto en el que se abren de vez en cuando habitaciones separadas por cortinajes sucios, habitaciones que podrían estar a su vez subdivididas en diferentes espacios, rincones extraviados en los que se oye el aliento jadeante de un cuerpo o se palpa sin querer el sudor pegajoso de una piel escondida. Seguir avanzando, seguir perdiéndose por ese laberinto que nunca, ni en sus peores pesadillas, llegó a imaginar, es tan aparentemente fácil como quedarse sentado en un sillón junto a una mesa atestada de botellas vacías, de colillas aplastadas sobre el cristal de un cenicero, mientras son los demás los que siguen avanzando, los que siguen perdiéndose en una rueda sin fin, como si estuvieran atados por una soga invisible de la que alguien, situado fuera del escenario, no dejara de tirar para ir retirándolos de la vista de ese espectador sentado en un sillón junto a una mesa atestada de huellas de anteriores ocupantes. Aquí estuvo hace años, aunque no recordaba con detalle las complicadas anfractuosidades de este laberinto. Como residuo de aquellas horas permanece tan solo la imagen de un breve encuentro, de una conversación, de una nacionalidad ―la serbia― dicha tal vez entonces como un dato más entre muchos y que la memoria ha guardado por algún extraño motivo. Igual que entonces, está ahora casi seguro de que todos sus afanes, las pequeñas frustraciones que implica cualquier búsqueda compulsiva en un lugar en el que hay mucha otra gente que busca lo mismo, acabarán convertidos en un paño de uniforme tonalidad grisácea situado en algún lugar de su confuso cerebro. Destacará, quién sabe durante cuánto tiempo, en el centro de ese paño, el relieve brillante de una piel africana, tersa, erizada, bellísima a la luz agrietada de una penumbra cambiante según irradiaba más o menos luz la pantalla de un televisor encendido en algún lugar del laberinto. Esa piel que bastaba rozar con las puntas de los dedos para que todo el cuerpo se agitara, se estirara en su enorme envergadura, convulso o, más bien, herido de deseo, electrizado: la magia de esa piel destacaría, sí, se dijo, sobre el grisáceo fondo de sus avances y sus pérdidas por aquellos pasillos giratorios, no como una refutación a su voluntad de seguir avanzando, de seguir perdiéndose ―pues ninguna otra cosa podía ya hacerse cuando se habían dejado atrás la certidumbre y el origen―, sino como una breve luz (el brillo de una luz sobre una piel oscura) rescatada de las sombras que se hundían las unas en las otras.

(Zúrich)

miércoles, 27 de octubre de 2010

EL CALCETÍN

Para José Herrera

¿Hasta cuándo vas a dejar que ese calcetín agujereado que lavaste hace unos días y colgaste para que se secara en la barandilla de la litera, y que, sin que sepas exactamente cuándo ni por qué, acabó cayéndose, siga tirado por el suelo en el cuarto de invitados? (Hasta aquí el cruce entre las palabras y la imagen, entre la imagen y el objeto, entre la alteridad del mundo material y la subjetividad de tu mirada sobre él, entre las palabras y el mundo, entre el espacio y el objeto, entre el presente y el fondo incierto del tiempo transcurrido hasta él, entre el objeto y el tiempo, entre las palabras y el tiempo, entre la mirada y la pregunta, entre el misterio y un calcetín, ¿o entre la eternidad y un día?) Cuando eras niño detestabas los cuellos altos de los jerséis que tu madre y, sobre todo, una vecina que era como tu segunda madre insistían en que te probaras cuando llegaba el invierno, hasta que un día dijiste que preferías seguir llevando una chaqueta raída a la que le tenías cariño, que nada te importaba vestir ropa nueva y que la pobreza, una de las exigencias de la religión que profesabas —algo así dijiste ante la perpleja mirada de tu madre y de la vecina—, no solo la pobreza en el vestir sino también la pobreza en todos los aspectos de la vida, era para ti más importante que cualquier presión social que quisiera ejercerse sobre ti. (Aún hoy sigues detestando los cuellos altos: ese rechazo de tu piel ha durado más que aquella religión en tu alma. Lo que no sabes muy bien es cómo las palabras convocan a las palabras, o cómo una vez atravesado el umbral que separa las palabras del silencio empieza un viaje con frecuencia retrospectivo en el que son rescatados, sin ninguna premeditación, fragmentos de recuerdos que parecían sepultados. Es, en cierto modo, como si se descubriera una filigrana que une diferentes puntos dispersos y se mantiene oculta hasta que se sopla o se pule o se raspa sobre ella.) Sobre la tapa de la cisterna descansan desde esta mañana el suéter y los calzoncillos que usaste ayer y que siempre colocas en el mismo sitio antes de ducharte. Los recoges y los llevas a la cesta de la ropa sucia. Durante el breve trayecto a través del pasillo piensas que una de las rutinas del día es precisamente ese traslado de las prendas sucias que dejaste en el baño antes de marcharte al trabajo y que allí siguen cuando vuelves a casa; pensar en este traslado rutinario te hace reflexionar también sobre el arco o la fisura que señalan las prendas por la mañana y las prendas por la tarde, esos objetos que son y que no son los mismos, sobre la ausencia del cuerpo que esas prendas dejadas allí todos los días de una manera inconsciente te hacen ver: no solo la ausencia del cuerpo que se despojó de las prendas y las transformó en trapos sucios que habrá que lavar, sino también la ausencia del cuerpo entre la mañana y la tarde, el peso de esas horas en que las prendas esperan sin moverse a que las recojas y, en cierto modo, cierres, al hacerlo, esa fisura o ese hueco en que el cuerpo no estuvo. (Y es el movimiento, el movimiento del cuerpo, el toque de algo íntimo aunque inerte, o la mirada que se detiene un brevísimo instante en un calcetín caído en el suelo, lo que, dirías, pone en marcha el movimiento del lenguaje, la cascada de palabras que en cierto modo asedian lo que no has podido ver ni tocar, lo que la sensación del cuerpo vivo que se mueve por la casa no puede transmitirte porque se esconde dentro de ella, muy dentro de esa vida tuya que vives sin apenas vislumbrar lo que en su fondo contiene —salvo, alguna rara vez, por medio de unas pocas palabras que son como las lámparas de la vida.)

LO POCO O NADA QUE SÉ SOBRE LA PÁGINA EN BLANCO

Siempre he querido comprender a qué se referían algunos escritores, sobre todo poetas, cuando hablaban del terror a la página en blanco. Nunca he experimentado nada semejante. Imagino que con esa expresión querían dar a entender una ansiedad causada por el deseo una y otra vez frustrado de escribir, como si lo que en su interior se había ido formando al modo de un discurso silencioso, apenas verbal, conformado tal vez por meras imágenes o por retazos deshilvanados de palabras, no encontrara el conducto para verterse en la página de un modo coherente, con frases y oraciones que estuvieran a la altura del conglomerado mental del que brotaban. Hay, creo, siempre una fisura insalvable entre las palabras y las cosas, o entre las palabras y las imágenes mentales de las cosas, entre nuestro lenguaje y nuestras vivencias, pues son mundos radicalmente distintos que en la escritura, en la poesía, quisieran encontrarse. El poema soñado es siempre el doble del mundo, pero una vez que desciende del sueño y se transforma en realidad de palabras de una lengua concreta se convierte en algo diferente del mundo, en otro mundo con sus propias leyes, con sus propias incandescencias y penumbras. Siempre que me he sentado a escribir, hasta donde recuerdo, lo he hecho porque sentía la necesidad de unirme a un ritmo que había escuchado en mi interior, quiero decir que las palabras se habían formado por sí solas en razón de no sé muy bien qué recuerdo o qué experiencia o qué intuición o qué vacío. Luego, claro, la torpeza inherente a la mano, o a la propia mente incapaz de seguir como hubiera sido deseable esa canción desconocida, hacían que muchas veces trastabillara, que me bloqueara, que no le viera salida a lo que llevaba ya escrito. Pero siempre había algo escrito. No me he enfrentado nunca a ese desierto de la página en blanco, como ha sido también definido, para ver qué podía depararme. El desierto, si lo había, estaba mucho más allá de la página en blanco, en un lugar invisible, y su desolación era la misma de la vida, una especie de desgana, un malestar, una fatiga, una falta de energía, un abismo cuyo final no veía y que nada entregaba porque nada había en él. Por eso, las veces en que escuchaba esa llamada cuya primera nota era siempre una palabra entrañable, sabía que por unos instantes me había sido otorgado encontrarme con el reverso de ese desierto, con las fuentes vivientes que suelen estar escondidas tan adentro que casi nunca afloran para que bebamos en ellas. Si tenía a mano un papel anotaba esas sílabas perdidas de cuyo hilo habría de tirar para no perderme del todo, y si, como también ocurría, no tenía acceso a un bolígrafo o a un papel, entonces las memorizaba hasta donde podía para poder transcribirlas más tarde. Creo que, en vez del terror al papel en blanco, lo que realmente sentía era la incertidumbre de no saber si lo que estaba escribiendo procedía de una de esas fuentes escondidas o si era más bien una de esas canciones engañosas con que al viento le gusta jugar en nuestros oídos.

martes, 26 de octubre de 2010

Y APOYADO EN LA PARED, LLORABAS

Aquel llanto quedó adherido a la pared en la que te apoyaste, después de una noche de fiesta, como si fueras a caerte, y de hecho las piernas te temblaban, creo, convulsionado en parte por los efectos del alcohol y en parte por el dolor que te agitaba por dentro, mientras yo intentaba consolarte y solo conseguía acrecentar aún más tu llanto con mis torpes palabras. Después de transcurridos más de diez años desde aquella escena, contemplándola hoy con una conmoción que no ha cambiado en todo este tiempo pero a la vez con cierto desapego debido a la distancia, creo que fue el verdadero preludio de lo que vino luego. Comenzamos entonces a asomarnos al abismo al que poco después nos precipitaríamos. Lo que creo que aquella noche vislumbraste fue el callejón sin salida al que estábamos condenados, tú apegado a la isla y yo desprendido de ella, tú que acababas, a pesar de tu juventud, de encontrar un trabajo estable y yo que aún me debatía en nomadismos centroeuropeos sin perspectivas de asentarme en ninguna parte. Creo que luchabas, o empezaste entonces a luchar, con la imagen deseada de un convivencia en la isla, como si algún día nos hubiera sido dado prolongar para siempre las escapadas maravillosas de aquel verano que luego sería el único, como si la vida no nos fuera a devolver alguna vez su cara más oscura para cobrarse así toda la claridad, toda la dicha que, casi furtivamente, le habíamos arrancado. ¿Acabaría siendo más fuerte ese deseo, esa proyección imaginaria del deseo, que el súbito reconocimiento de que alguna vez dejaríamos de tener las fuerzas suficientes para mantener elevada como en una ofrenda al fulgor del horizonte la unidad sin fisuras del amor? Me parecía escuchar en tu llanto un grito que querías sacar de tu interior y que solo salía en forma de bocanadas, sollozos, ahogos, mocos, lágrimas. Tu llanto era una herida que sangraba en la noche. Era tarde, tal vez las cinco o las seis de la mañana. Ni tú ni yo podíamos conducir en nuestro estado. La calle estaba oscura. Entreverados con las casas había solares, huertas, cardones. Tú estabas como clavado en aquella pared, con la cabeza hundida sobre el pecho, los brazos colgantes a los lados, sin fuerza, los ojos enrojecidos, la voz quebradiza. Yo no podía ni siquiera sacarte de allí. Tal vez pasó junto a nosotros algún grupo que regresaba de la discoteca en la que habíamos estado: un sórdido recinto circular que cuando íbamos juntos cobraba un brillo insólito mientras te veía bailar, ir de un lado para otro saludando a tus amigos, perderte un rato para que te encontrara o llegar corriendo con cara de enfadado cuando yo me hacía el perdido. Pálidos residuos ahora, todos esos movimientos y gestos, de lo que entonces era un sinfín inagotable de instantes verdaderos, unos surgidos de otros, cada uno de ellos más pleno que el anterior. Pero me he perdido, sospecho, una vez más, con las palabras. Te hablaba a ti cuando empecé a escribir, te estaba hablando como tal vez nunca te hablé, con un cierto temblor, pero sobre todo con el aplomo que entonces no pude demostrarte, aquella noche en que llorabas apoyado a una pared en medio de ninguna parte, y tu llanto se filtraba en la piedra, aquella madrugada que solo existió para que al día siguiente, al despertarnos, empezáramos a alejarnos el uno del otro para siempre.

sábado, 23 de octubre de 2010

ESTA VIDA EN DESORDEN

Esta vida en desorden, ¿adónde te conduce? (La respuesta no vendrá, sin duda, en las líneas que siguen.) Vuelves a casa con esa sensación de resaca que es una mezcla de lucidez y de mareo: estás lejos de todo y, sin embargo, lo sientes todo dentro de ti, desordenado. (Al llegar a casa encuentras: cenizas esparcidas en la mesa, que recoges con la mano y devuelves al aire; una taza con colillas mojadas que flotan en un agua de color marrón; el salón en penumbra; la cama sin hacer; restos de papel en el suelo, que también recoges sin saber qué hacer con ellos.) Te propones acostarte unas horas, descansar aunque no duermas, acurrucarte dentro de las sábanas cubiertas con la manta, y en cambio te quedas dando vueltas de un lado a otro de la casa, de la puerta al salón a través del pasillo, del dormitorio al baño, como un sonámbulo o como un ciego que quisiera memorizar los puntos de referencia de un lugar extraño. (A pesar de que ya la conoces bien, la casa es un lugar en el que el cuerpo se siente a la vez acogido y expulsado, pues otro es el lugar que desearía para su completo bienestar aunque la casa sea el único que lo recibe y devuelve a una cierta seguridad, a un cierto amparo.) El desorden de dentro y el desorden de fuera, la emborronada sucesión de los hechos exteriores y el marasmo de deseos, empecinamientos, desilusiones y frustraciones que la conciencia despliega: todo ese desorden solo te sirve, en cierto modo, para leer desde él tu vida precedente, la suma de recuerdos apacibles que surgen al trasluz de este momento de hoy en el que, extraño para ti mismo, te reconoces y te desconoces. (Tal vez sea cierto que nos vamos transformando a cada instante, que no somos del nacimiento a la muerte un ser unívoco, sino seres que nacen y mueren instantánea y sucesivamente: ¿entonces quien ahora eres nada tendría que ver con quien fuiste ayer, con quien fuiste hace veinte años, con quien serás mañana?) La siesta que deseas está ahí, esperándote, como una oportunidad para dejar atrás esta conversación absurda entre la imagen que de ti mismo te formas y el desorden que dentro y fuera de ti sientes, pues de poco, piensas, sirve intercambiar reproches, reparos o reconvenciones cuando lo que habría que hacer es, simplemente, intentar nacer de nuevo, romper el cascarón de este instante y asomar la cabeza a la luz desconocida de otro mundo. (Iluso, una vez más te engañas pensando que bastará un rato de duermevela para recomponer lo que está desde hace tiempo enquistado en la turbiedad y la angostura. Algo distinto haría falta si es eso lo que buscas. Algo parecido al milagro, salvo que los milagros no existen, o algo cercano al menos a un salto imprevisto como el que de pronto un tranquilo paseante por el borde de un acantilado da sin saber que caerá de pie en una terraza de arena tan solo unos pocos metros más abajo.) Tus articulaciones crujen, contracturas causadas no sabes bien por qué martillean tu espalda, los pulmones jadean como atenazados por polvo retenido en los alvéolos, los dedos de tus manos tiemblan si los extiendes sobre las teclas del ordenador, la nariz, a medias congestionada, se esfuerza en respirar. ¿Acabará la siesta también con todo esto? ¿Podrá proporcionarte un cuerpo nuevo? (Deja ya de una vez de preguntarte y actúa. Levántate y vete al dormitorio. Baja las persianas. Métete entre las sábanas y estírate en busca de la posición más adecuada para dejar de sentir todo lo que en tu cuerpo rechina y te amenaza. Cierra los ojos o déjalos solo entreabiertos para ver la pared del pasillo desde la que la tenue luz que llegará del salón irá poco a poco introduciéndose en ti hasta que, tal vez, te duermas.)

miércoles, 20 de octubre de 2010

EL ARQUERO Y YO

Si no fuera porque apenas siento sueño, a pesar de lo tarde que es —tal vez porque esta mañana me desperté un par de horas después de lo habitual—, acaso no estaría ahora sentado escribiendo estas líneas que quisieran convocar algo vivido hace poco. Si no fuera, como digo, por el cúmulo de unas circunstancias propicias aunque inesperadas, lo vivido hace poco estaría ya incorporado a la bruma de los más vanos recuerdos, a esa masa informe de brasas que van apagándose una detrás de otra sin que sean capaces de iluminar nada antes de desaparecer. Esto que escribo ahora, sin embargo, es como un soplo dirigido a una de esas brasas que ningún otro procedimiento, creo, podría rescatar. Da la impresión de que actúo como un arquero que elige, a saber en función de qué capricho, su presa, saca una flecha del carcaj, apunta hacia su víctima indefensa, dispara y da en el blanco, todo en cuestión de un par de segundos de intensa pero monótona efectividad. Pero no es exactamente así, aunque haya algunas semejanzas. La presa y la brasa están, las dos, a punto de morir. La flecha y el soplo, en cambio, destruyen y reaniman, respectivamente. En el carcaj hay un número limitado de flechas que no se corresponden con la cifra ilimitada de las palabras con que podría elaborarse el soplo. El arquero y yo miramos hacia algún lado, es cierto, pero él mira hacia fuera de sí y yo hacia dentro de mí. Su capricho es tan insensato como el mío, aunque él podría sustraerse al suyo y yo, en cambio, no puedo sino someterme al mío. Su pericia en apuntar le garantiza un acierto sin apenas probabilidades de error; yo, sin embargo, no es que no aprenda nunca, sino que un soplo es aire que, una vez que abandona la boca, aunque vaya henchido de palabras, discurre y se disuelve en el aire. Hasta aquí lo que creo que nos une y separa a ese arquero imaginario y a mí. Digamos, entonces, que si lo que viví hace unos días fue simplemente el hecho de que la luz del sol recaía sobre uno de los peldaños de la escalera interior que sube hasta mi casa, sin que pudiera ver, mientras subía, por dónde entraba esa luz ni qué ángulo exacto le permitía evitar los demás peldaños y concentrarse en uno solo, tendremos ya la brasa, incluso una especie de brasa casi literal, que con estas palabras tendría que apuntar —convocar— para lanzarle un soplo capaz, si no de hacerla agrandarse, al menos de mantenerla en su imprevista presencia allá al final de la escalera, a una hora temprana de la tarde, como un latido ahogado pero aún perceptible, un escalón con una brasa encima que pareciera no venir de ningún sitio y que en el mismo momento en que lo capta la mirada abriera en quien lo mira un pasadizo entre la oscuridad de su vida y la más oculta luz del universo.

viernes, 15 de octubre de 2010

CALLE JOSÉ NAVEIRAS

Sé que hay, detrás de alguna de estas líneas que ahora comienzan, un fondo indecible. Las motas de polvo se han ido depositando imperceptiblemente en la pantalla del ordenador desde que, anoche, dejé la pantalla abierta después de ver una película. Cuántas capas han de atravesarse para llegar a lo que nos espera, sin que parezca esperarnos, detrás de las palabras. Lo mejor será empezar por los pasillos. Había un silencio en ellos, cómo decirlo, atroz o condensado, atesorado o intacto, después de que muriera mi abuela. Era un silencio como el de los animales disecados, sobre todo las aves, que parecen estar a punto de moverse o saltar o levantar el vuelo. Al recorrerlos sentía que pisaba sobre un suelo acolchado, me apoyaba en las paredes acolchadas de túneles que conducían a las habitaciones. En las varias esquinas de las distintas eles que formaban aquella red de pasillos mi abuela había dispuesto esquineras de las que a veces sacaba una taza, un mantel, una botella, una caja. La casa era como un diamante de muchas facetas, pero la luz nacía siempre de la sala desde la que se veían balancearse las ramas de los castaños mecidos en una brisa que parecía perpetua. Desde allí, el hilo de la luz se iba adelgazando hasta llegar al final del laberinto: la humilde cocina en la que nos sentábamos para comer como en una plegaria junto a los fogones. Los pasillos mezclaban la luz candente que recibían de las ventanas del lado de la calle y la otra, más esquiva, de las que daban al patio interior. En cambio, había habitaciones interiores más luminosas que algunas exteriores, pues en ese juego extraño de los intercambios de luz mi abuela había creído conveniente compensar el ruido de la calle con una penumbra siempre acariciada por los rayos finísimos que entraban a través de las rendijas entrecerradas de las contraventanas. Todos estos malabarismos parecían seguir manteniéndose en frágil equilibrio cuando visité la casa a los pocos días de morir mi abuela. Pero es verdad que, igual que hay motas de polvo invisibles que modifican la mirada sin que nos demos cuenta, tal vez yo no veía los cambios que se habían producido. Me senté en la cama del cuarto de invitados, donde yo había dormido alguna vez, y los muelles crujieron como siempre. Comprobé que sobre la cómoda del dormitorio de mi abuela había un pequeño espejo de mano con el mango de plata y el azogue desgastado: no parecía haber sufrido el más leve temblor desde que ella se fue. Todo era una giratoria mudez de escombros ordenados: la ropa en los armarios, las cortinas solemnes que llegaban hasta el suelo, las jaulas que colgaban de aros de metal, las esquineras, el televisor, las sillas. Todo era un peso que se desplomaba en la hora ingrávida de aquel atardecer, un cuerpo que cruzaba los pasillos en busca de otro cuerpo que ya no los cruzaba. Todo era tan simple que no lo comprendía. Yo la veía y no la veía sentada y no sentada en el sillón que ya no era su sillón. Y no sabía si era más fuerte el vacío de la ausencia o la insistencia del recuerdo, la irradiación de cada huella o el silencio de todo. Entonces decidí que aquella tarde, de algún modo, debía darle vida de nuevo a aquella casa, insuflarle un aliento con el que ella, mi abuela, volviera a respirar y a estar allí conmigo para siempre, aunque no fuera su aliento, como alguien que se acerca a una lechuza disecada y le sopla en los ojos para que vuelva a mirar.

viernes, 8 de octubre de 2010

EL HUÉSPED

Aunque viniera de lejos —del otro extremo del mundo— podíamos comunicarnos en una lengua que ambos habíamos aprendido por razones diversas: él, porque en su país era obligatoria en la educación primaria y secundaria; yo, porque había pasado unos años de mi vida en un país donde se hablaba esa lengua. Si le propuse que se quedara unos días conmigo, que se instalara por una corta temporada en mi casa —en un pequeño cuarto que yo no utilizaba—, no fue solo porque supe que había dejado el hotel en el que había pasado las primeras noches en nuestro país y estaba buscando habitación, sino también porque sus ojos me encandilaron a la primera mirada: sentí que me decían algo que yo debía intentar descifrar, aunque muy bien podría estarme equivocando —pensé también desde el principio— al vislumbrar en ellos otra cosa distinta de su brillo exterior. Nunca le había abierto tan rápidamente las puertas de mi casa a nadie; era incluso bastante celoso con mi intimidad, pues después de tantos años como llevaba viviendo solo cualquier insinuación de convivencia me parecía una intrusión que debía evitar. Así que la noche en que lo estaba esperando —me había llamado para confirmarme que vendría, pero tenía que ir al hotel a recoger su equipaje, y luego tomaría un taxi hasta mi casa—, fue extraña para mí: de pronto, por un arranque de hospitalidad tal vez extravagante, alguien estaba a punto de abrir una brecha en el caparazón que yo había ido labrando, consciente o inconscientemente, a lo largo de muchos años; temía el desequilibrio que eso conllevaría; pero, por otro lado, había asimismo una emoción indefinible, la sensación de que esa brecha y ese desequilibrio acabarían con cierto letargo, con una especie de insensibilidad en la que había ido hundiéndome sin duda como un modo de protección frente a lo que consideraba un sinfín de amenazas invisibles —no contra mi integridad física, sino contra mi salud mental o espiritual. Así que me encontraba en una encrucijada y el único culpable era yo. No había, es verdad, ninguna intención en mí más que la de brindar un sitio de tránsito a alguien que, en su juventud y en su relativo desamparo, me recordaba a mí mismo cuando tenía su edad y deambulaba por las ciudades de un país extranjero. Pero no menos cierto es que fantaseaba con la posibilidad de una convivencia más larga, con el desencadenamiento de una serie de encuentros, de aproximaciones, que esa misma convivencia podría propiciar, sin que a la vez quisiera pensar que mi finalidad al proponérsela hubiese sido precisamente tenderle una trampa de la que le fuera difícil escapar. Buscaba reforzar en mí la creencia de que lo único que ocurría era que, de pronto, mi soledad había encontrado la ocasión perfecta para ponerme a prueba, para preguntarme si estaba ya saciado de ella o si el amor que le profesaba —por decirlo de algún modo— era más fuerte que la monotonía que ella me imponía. Me vi obligado a recoger un poco el cuarto que iba a cederle: solo me servía para ir acumulando trastos que no usaba. Recogí un poco mi mesa de estudio, la cocina, el baño. Me afeité. Vaporicé un poco de ambientador en el aire. Todo lo demás lo dejé como estaba. Me consideraba muy lejos de batir ningún récord de limpieza y de orden, pero tampoco vivía en una leonera. Luego me senté a esperar. Me di cuenta de que era incapaz de ninguna actividad que requiriera concentración, tranquilidad y despreocupación. Aquella ansiedad me paralizaba al mismo tiempo que me vigorizaba. Cuando escuché el sonido del portero automático —estaba en el baño, pasándole un último trapo al lavabo—, me dije que todo aquel tiempo de espera había terminado y que en cuanto subiera las escaleras y me lo encontrara con su maleta en el umbral de mi puerta empezaría otro tiempo distinto, desconocido.

sábado, 2 de octubre de 2010

SANGRE EN LOS LABIOS

Se despierta, sin saber qué hora es, con los labios llenos de sangre, como si durante su sueño hubiera estado besando o mordiendo algún cuerpo ensangrentado. El espejo, sin embargo, no le revela toda la verdad, pues es más intenso el sabor de la sangre —que deglute, mezclada con su saliva, con prevención al principio pero con creciente deleite a medida que la saborea— que la imagen contemplada, al fin y al cabo un rostro que se parece al suyo solo que pintarrajeado hoy por esa mancha roja sobre sus labios. Qué lugares se ha visto obligado a visitar, qué fríos embozados a soportar a altas horas de la noche, en qué entradas de parques desembocaba algún portal de alguna de las casas en que vivió, qué sórdidos descensos por escaleras de suciedad apelmazada se le ofrecieron como la única opción si descartaba la locura o el perdón (o incluso acaso el suicidio): todo esto era solo una pequeña parte del cúmulo de preguntas que se formaba en su mente en ese instante, preguntas todas sin respuesta porque siempre faltaría, al contestarlas, un detalle olvidado, algún matiz importante, unos segundos pasados en el respaldo de un banco de aquel parque una mañana o el desliz de una pierna —suya o de otro— indecisa en la escalera, o acaso, insignificante pero verdadero, el momento en que el frío, por mucho que se tapara el rostro, hacía que sus ojos lagrimaran como si alguna pena lo corroyera por dentro. Así que ahora quería intentar grabar el sabor de la sangre lamida con la lengua, como quien se relame hasta las comisuras de los labios sin conseguir limpiárselos del todo, con algo más de atención que la imagen insólita de esa especie de cruento manantial que había aparecido en ellos, después de despertarse sin saber qué hora era: quién sabe si algún día no le haría falta poder sumergirse en el sabor que ahora sentía para entender otro sabor que todavía no era capaz de sentir, o si debería rescatar las sensaciones que ahora eran nuevas para él como el bagaje que le ayudaría a afrontar otras aún desconocidas, difíciles o imposibles de afrontar sin estas que ahora experimentaba. La boca ensangrentada, se dice, es el umbral (cómo había olvidado esta palabra, cómo había tenido que olvidarla) que podría llevarlo algún día a lo que aún no está preparado para sentir.

jueves, 30 de septiembre de 2010

PALABRAS QUE UN RAYO REFLEJADO EN LA VENTANA TRAJO HASTA MIS LABIOS

La primera condición es la ternura. (Pero somos lo que podría llamarse hombres de decisiones solitarias.) Ninguna necesidad hay de otra piel o de otro cuerpo para acercarse de un modo tierno aunque sea a ningún lado. (¿Y si tanta aspereza, tanto resquemor, nos hubieran convertido en seres bruscos, levantiscos, rasposos?) Toda aspereza puede limarse y todo resquemor refrescarse siempre que el corazón bombee sangre perfumada cuyo aroma acabe humeando por los poros de la piel. (Nuestra sangre no es más que un modo de sobrevivir en medio de un aire cada vez más seco.) Imaginad un viento que soplara dentro de vosotros y que de pronto estuviera también soplando fuera de vosotros. (Nos hemos ido transformando casi en autistas, cada vez más alejados unos de los otros, incapaces de tendernos la mano o de mirarnos, y cuando nos dirigimos alguna palabra sus sílabas raspan.) La segunda condición es el silencio. (Antes parecías exigirnos que habláramos, que nos acariciáramos con las palabras.) El silencio es la resonancia interior de lo que, si fuera pronunciado, se desmoronaría; esa resonancia es unas veces estruendosa y otras veces taciturna. (Cómo vamos a alcanzar algo que no sabemos ni siquiera qué es, pues no puede decirse.) Nada hay que alcanzar: hablo de lo que existe desde siempre como un don en vuestro interior, de lo que incontables capas mantienen amordazado allá dentro. (A veces hemos sentido los arañazos de nuestras propias uñas en nuestra propia piel como si estuviéramos intentando desgarrar una coraza.) La tercera condición es la entereza. (Todo empezó una tarde: permanecimos quietos cuando hubiéramos debido reaccionar; nos despedimos de quienes nos necesitaban; nos engañamos pensando que acudíamos a quienes, en vez de llamarnos, nos encandilaban.) Enteros son quienes se dan del todo a sí mismos. (¿No es preferible entonces renunciar de una vez? Todo es intransferible; cuanto más cerca nos sentíamos de otra persona más lejos de ella estábamos: nadábamos siempre en la soledad de un atardecer en dirección a un horizonte cada vez más tenebroso.) La entereza puede, aunque parezca extraño, contener la renuncia. (No te entendemos.) Cada una de vuestras brazadas, ¿no era plena en sí misma, no empezaba y terminaba en sí misma como un movimiento en el mar que os contenía y al que a la vez vosotros conteníais? (Sí.) La entereza es eso: no dejar que nada vuestro se aleje de su propio centro. (¿Hablas de algo parecido a la fidelidad?) Ternura, silencio y entereza son solo las tres condiciones para que algo nazca, pero una vez que nace, si nace, habrá que alimentarlo cada día.

domingo, 26 de septiembre de 2010

UN POETA

Para Ada Salas

Después de cada poema que escribía se le agotaba la voz. Se quedaba como vacío, despojado, estéril. Permanecía así durante meses, como si en su interior hubieran estado cavando en busca de algún tesoro escondido y al final no hubieran encontrado sino tierra, paletadas de tierra arrojadas a su alrededor, inútiles. Y luego, de pronto, surgía una palabra, como una minúscula grieta de luz abierta entre la tierra, alojada allá dentro, pensaba, desde siempre, un surco que podría conducirlo, si se tuvieran las fuerzas para seguir excavando, a insospechados círculos de claridad cada vez mayores, pero que únicamente le servía, una vez descubierto, para dejarlo agotado. Y los días pasaban entonces en torno a él, ajenos, como tapices de tiempo más o menos borrosos, cada vez más extraños a medida que se iban alejando del centro del que nacían, de esa palabra insólita que solo parecía haber surgido para transformarse luego en semanas y semanas de desolación. Todo fulgor no era más que el comienzo de ese vasto tejido de sombras en que se iba convirtiendo su vida. Y cada vez se espaciaban más los encuentros, los descubrimientos, los instantes de gracia que lo iluminaban. Hasta que dio en pensar si no era preferible fundirse con las sombras, considerar que no eran más que espejismos las aberturas de luz, espejismos provocados por su sed, por su cansancio, por su torpeza o por su soledad. ¿No podría hallarse precisamente allí, en esa fusión con las sombras, el secreto que buscaba, el otro lado desconocido, el punto en que su cuerpo se convertiría por fin en todo lo que no era su cuerpo?

LAS ÚLTIMAS CERILLAS

En algún lugar aprendí o me enseñaron (lo que podría no ser lo mismo) que el presente es lo único que existe. Solo ahora he comprendido que no es cierto. O que, al menos, no es del todo cierto. Lo he sabido porque, cuando hace casi una hora (ya pasado) me encontré esta caja de cerillas, el fuego que imaginaba poder encender con ellas (aún futuro) era más real que las propias cerillas (el presente). No solo había confiado en que serían suficientes, incluso si alguna fallaba por encontrarse en mal estado, humedecida, o por haber sido ya utilizada, para conseguir iluminar durante algunos instantes el recinto en que me hallaba. ¿Era acaso el deseo, la necesidad de esa lumbre lo que la hacía tan real? El presente era entonces la alegría de una inesperada caja de cerillas encontrada en medio de los escombros que me rodeaban, la esperanza suscitada por la posibilidad de conseguir unos pocos momentos de luz que me ayudaran a buscar una salida. El presente era entonces, permítaseme jugar con las palabras ahora que ya todo está quizá perdido para siempre, ese presente del azar: una bendita caja de cerillas que parecían intactas al tacto. ¿Qué puede hacer alguien que ha quedado atrapado entre escombros, sepultado vivo tal vez a muchos metros de profundidad? Después de agotarme gritando, después de reconocer que el completo silencio que me rodeaba era el signo fatídico de mi total aislamiento, empecé a tantear por el suelo, a gatas, por lo que parecían rincones, entrantes y salientes, paredes de superficie irregular, techos bajos con los que tropezaba al levantarme (cuántas heridas debo de haberme abierto en la cabeza). No conseguí hacerme una idea cabal de la forma en que estaba constituido el lugar en el que me encontraba, pues por mucho que me desplazara continuaba tropezando con molduras, vigas, paredes, esquinas y techos de diferentes tamaños. Me dije que era casi imposible encontrar a ciegas una escapatoria. Debía de haber pasado, además, un par de días inconsciente, pues el hambre y, sobre todo, la sed, empezaban a asediarme. No recordaba cómo había llegado hasta allí, y supuse que la amnesia se debería al golpe producido por alguna caída. El presente era entonces la más completa desolación. Fue entonces cuando encontré la caja de cerillas. Durante unos pocos instantes la confundí con cualquier otro objeto intrascendente. Pero por suerte (o por desgracia) no la deseché antes de manipularla y darme cuenta de lo que era y de lo que contenía. Lo que hice a continuación fue contar las cerillas: once. El presente fue entonces once instantes de luz prometedora, once posibilidades de encontrar algún hueco, de desplazar alguna viga o de tumbar algún tabique en busca de una luz mayor, de rumores humanos, de más aire, de algún signo que pudiera salvarme. No hará falta decir con qué ilusión intenté encender la primera y con qué congoja voy a intentar encender la última. Cuando ya solo me quedaba esta, el presente era la aterradora sospecha de que ocurriría con ella lo mismo que con las diez anteriores: que no encendería. Probablemente humedecidas por filtraciones procedentes de alguna alcantarilla o de una tubería rota, o quizás ya utilizadas anteriormente (por quién, en qué aciago pasado), las diez primeras cerillas no habían producido ni siquiera un mínimo chispazo que me permitiera intuir las dimensiones de lo que empezaba a considerar ya mi sepulcro. El presente, me dije cuando tenía ya la última en la mano y me disponía a intentar encenderla, es la frágil línea que separa ahora mismo la oscuridad de la luz, la vida de la muerte, lo que existe de lo que no existe.