miércoles, 10 de mayo de 2017

UNA ESPECIE DE RELÁMPAGO




Nos encontramos esta noche en una situación extraña: estamos hablando de una exposición que ya no está, presentando un catálogo que resulta ser el testimonio de unas piezas que habitaron, como invitadas, un lugar concebido para otros fines. Sucedió entonces, en aquel tiempo mítico que quienes lo vivimos recordamos como irrepetible, que este lugar se transformó en otra cosa: en un espacio de reflexión, no digo de pensamiento, digo de reflexión, que no es lo mismo. Un espacio desde el que uno podía pararse a contemplarse o a escucharse a sí mismo, pero no como en un espejo, sino como en una encrucijada, más allá de lo que diariamente sabemos de nosotros, por fuera de lo que creemos ser, del otro lado de lo que encarnamos para quienes nos conocen por lo menos un poco. La reflexión se producía en el interior de un espacio por el que circulábamos con una cierta perplejidad, con precaución, pues estábamos al borde de lo frágil, como en aquel cuadro de Giorgione en el que está a punto de estallar una tormenta y todo se ha fijado en una espera amenazante. Se producían silencios aunque no los deseáramos y nos veíamos flotando entre sombras que no habían producido nuestros cuerpos. Afuera, en aquel espacio de allá, el barranquillo de lo cotidiano, el asfalto de las inclemencias, el chisporroteo de todas las fugacidades, nada había cambiado. Lo que aquí ocurría era como un reflejo de un cambio que sólo se había dado en el interior de cada uno. Así, si uno se detenía a pensar quizá no llegaba a ninguna conclusión más que la de encontrarse en un momento distinto de su vida, uno más; sin embargo, el paso siguiente, el de la reflexión, implicaba un movimiento hacia el interior, un paso atrás, podríamos decir, o un paso al lado, un ejercicio de desmemoria en medio de todos los recuerdos. Quiero decir que algo así, un cambio de esta especie, no significaba volver a ningún estadio anterior ni que uno se convirtiera súbitamente en otro; tampoco era un desdoblamiento ni una mascarada. No, no, nada de eso. De lo que aquí se trataba era de una decantación, de un lento apartamiento de capas sucesivas, como si en algún momento fuéramos a encontrarnos con el hueso último de nosotros mismos, con nuestra propia sustancia reducida a cero. Recuerdo que era aquel un tiempo de infiltraciones: había que dejarse poseer por verdades contrarias a las propias creencias, había que entrar en pasadizos laterales que desembocaban en cámaras recónditas. El lugar de magia nos había brindado la posibilidad de soñar sueños que no eran previsibles, que ninguno de nosotros debía haber soñado porque quizá no eran esos los sueños que nos convenía soñar o los que nuestras vidas requerían en aquellos momentos. ¿Dependía entonces todo de que ese lugar, ese universo transformado en un juego de esferas reflectantes, se prolongara en el espacio el tiempo suficiente para alcanzar la decantación definitiva? Así lo pensé en alguna ocasión, me dije que era necesario insistir y dejarse llevar cada vez más adentro hasta el torbellino final en el que la mente se desharía de todas las adherencias. Lo que no sabía, sin embargo, era que ese lugar, así transformado, era una especie de relámpago. No existía propiamente en el espacio, era un mera fulguración, un instante de intensidad en nuestra precaria existencia. Bastaba haberse acercado una sola vez hasta aquí para sentirse desnivelado, para desconcretizarse, para ignorarse a sí mismo, en el sentido en el que el poeta Philippe Jaccottet ha hablado de ignorancia: es decir, como conmoción expandida, como síntoma de una disponibilidad absoluta, como espejismo de una sabiduría sin conocimientos ni saberes. Díganme entonces si no resulta extraño estar ahora aquí, en esta situación en cierto modo póstuma: desmaterializada la costra que nos envolvía durante la fulguración, aquella fijeza, y celebrando el testimonio escrito, visual, de esos instantes de desrealización, de espesura, hubiera dicho Juan de la Cruz, que aquí fueron vividos. Seríamos ahora, de alguna manera, los fantasmales apócrifos de aquellos seres afortunados, intrusos en el festín de las decapitaciones, por evocar a Lezama Lima y no dejar así títere con cabeza, en esa cena de luz masticada en la pulpa de la verdad vacía, ese rito de ratos y de retos rotos una y otra vez frente al muro que ciega, frente a la atronadora caída de todas las certezas. Pese a lo cual, pese a nuestra mortaja de cadavéricos revenants, podemos hoy, de alguna manera, presentarnos ante ustedes como portadores o manipuladores de uno de esos hilos de mil puntas con que fueron cosidas aquí las imágenes para que no fueran sólo imágenes: para que, al trasluz, con la irrelevancia de lo que no pesa y la dignidad de lo que no existe, podamos ofrecer el testimonio de un viaje a ninguna parte. A ninguna parte, sí, porque es ahí adonde hay que atreverse a viajar. No supongan, sin embargo, que resulta fácil hablar de algo que fue como una vuelta de tuerca del silencio: lo que la memoria contiene, desbocada, es un camarín de sinuosidades, un territorio vago en el que las cosas sucedían al instante, pero sucedían no es el verbo, quizá mejor aparecían o sobrevenían, pues no había preparación ni consecuencia. Imagínense un lugar en el que lo que se cuece es justamente la pregunta por la propia existencia del lugar, del cuerpo, del instante. E intenten figurarse una mente que crea ese lugar, ese cuerpo y ese instante en el interior de la nada en que se ha convertido. Algo así era Tinnitus.*


* Texto leído el 28 de abril de 2017 en Bibli durante la presentación del catálogo de la exposición Tinnitus, de José Herrera y Luis Palmero. 

miércoles, 3 de mayo de 2017

UN MIÉRCOLES DE CENIZA CON BERNARDO CHEVILLY

Lector: le propongo que pase hoy una velada muy especial. Hágase con un buen vino, un Marqués de Murrieta o un Marta Maté. Reserve tiempo, aparte de su pensamiento cualquier preocupación, deshágase por unas horas de todo compromiso. Desconéctese de las redes sociales. Es posible que sea Miércoles de Ceniza: una de esas fechas que no significan ya casi nada en su vida, pero que tienen acaso la ventaja de que albergan las huellas de un deseo apagado, de una fiesta antigua. Si vive cerca del centro, escuchará pasar las fanfarrias, pero será a lo lejos y no por mucho tiempo; las oirá con nostalgia, pensando que quizá en otra época se hubiera sumado a alguna mascarada, a algún sarao de esos; después, si tiene paciencia, volverá ese silencio que usted necesita para lo que yo le propongo. Y entonces no echará de menos la algarada: empezará a escuchar muy pronto otra música, una música callada. La de las Cartas imaginarias de Bernardo Chevilly. Comenzará, claro, por el prólogo, que firma nada menos que Pere Gimferrer, quizá uno de los escasos autores que con poquísimas palabras, pero precisas, finas, es capaz de trazar el retrato de un libro. Le basta referirse a Jules Laforgue o a Marcel Schwob y citar a Louis Aragon para sembrar en usted la más viva curiosidad; le hablará de “cartas poéticamente inverosímiles” y esto, unido al propio título del libro, lo dispondrá a usted a sumergirse en un extraño e invisible teatro. Intuirá que va a asistir a un intercambio fantasmagórico, sujeto a la lógica de lo espectral, y además por partida doble: los personajes de este libro son autores de unas cartas inexistentes que usted está leyendo en este mismo instante y que, de algún modo, lee como si fuera usted su receptor. Se disfraza usted de remitente y de destinatario, adopta la voz de quien escribe y el oído de quien lee, y esto lo hace, ¡oh milagro!, sin dejar de ser usted mismo, sin necesidad de maquillarse para la ocasión y sin someterse a los pisotones y las blasfemias de un Entierro de la Sardina como el que ahora mismo se está perdiendo. Póngase cómodo. Se dispone a leer la primera de las cartas, un sumun de delicadeza y de pasión, una carta de amor, una carta de amor y de locura, una carta que si usted o yo hubiéramos recibido alguna vez en nuestras tristes vida hubiéramos guardado para siempre en el corazón, esa hermosa antigualla. Sí: es Clara quien le escribe a Robert, Clara Wieck a Robert Schumann. Justo antes de su matrimonio. No le digo más, por ahora. Disfrute. “Comparte mi alegría, te lo ruego, porque muy pronto subiremos a una calesa bajo el sol de la mañana, entre cantos de ruiseñores y música de violas.” ¿Lo ve? Una mujer perdidamente enamorada. Se preguntará cómo es posible tanta empatía, cuánta capacidad de ensoñación hace falta para escribir una carta así. A mí también me resulta difícil de entender. Pero luego, cuando oigo hablar a Bernardo Chevilly de sus músicos, de sus autores favoritos, con esa mezcla de erudición y de ternura que sólo he encontrado en él, como si hubiera dedicado su vida a imaginar y vivir la vida de estos otros, a modo de un amigo muy cercano que ha permanecido siempre disponible, siempre atento, comprendo, entonces, que el milagro de estas cartas se debe a una sabiduría excepcional: ha convivido durante muchos años con estos autores, con estas obras, ha penetrado en la esencia de unas personalidades, de un estilo, de unas notas, de unos poemas, ha naufragado, si puedo expresarlo así, con ellos, quiero decir que se ha entregado a ellos para, y este es el milagro definitivo, resurgir transformado y ofrecer pequeños instantes de comunión con esas vidas en forma de cartas imaginarias. Lo que Chevilly regala ahora, lo que usted va a leer es, por tanto, un testimonio, unos pocos momentos de gracia, de frágil éxtasis poético en el nombre, y con la firma, de unos personajes amados, compositores, cantantes, virtuosos, un pintor, un constructor de órganos, una mujer amada en una novela. Con estos frágiles mimbres ha armado Bernardo Chevilly uno de los libros más originales, más inspirados, más inteligentes y menos pretenciosos que se han publicado en este país en los últimos años. Su lectura puede durar poco o mucho, y esto dependerá del tiempo que usted le dedique a soñar las vidas imaginarias que aquí quedan tan sólo apuntadas; porque, de algún modo, lo que se ofrece es una pequeña porción, o un breve instante, de la totalidad. Verá, por ejemplo, a Manuel de Falla poco después de estrenar la que fue quizá su obra más enigmática, el Concierto para clave; o a Händel (o, mejor, Handel, a la inglesa) mientras compone su ópera Ariodante; pero lo que más le conmoverá tal vez de esos precisos momentos de sus vidas en que, a través de estas cartas, los irá captando, son las pasiones humanas en medio de las cuales componen, escriben, tocan. No hay aquí torres de marfil, o si las hay es para derrumbarlas mediante la escritura, o la música, gracias a una simple carta firmada con un “Je t’adore” o un “Herzliche Grüsse” o un “Siempre suyo”. A partir de ese instante contenido en cada carta, es misión suya, si le interesa, recorrer el laberinto de unas vidas que vienen de algún lugar y van a parte alguna. Unas vidas recordadas por el testimonio que de ellas dejaron en forma de poemas, de música. De algún modo, el instante captado en cada carta es como una condensación de esas vidas, pero eso usted no lo sabrá hasta que no las conozca con detalle y las haga suyas como lo hizo una vez Bernardo Chevilly. Podrá preguntarse, quizá, por qué faltan aquí grandes epistológrafos como Rilke, Kafka o Chopin, autores a los que hubiera sido sencillo “imitar” en cartas apócrifas enviadas a Valéry, a Milena, a George Sand; pero poco o nada de este libro habrá entendido usted, querido lector, si se hace esa pregunta. Aquí se trata justamente de lo contrario: de escribir las cartas que no hubieran escrito nunca sus autores precisamente porque las han escrito en este libro. Sus cartas son, por tanto, auténticas desde el punto de vista de la poesía, es decir, son cartas escritas con un lenguaje inspirado en el silencio. Brotan de un silencio de siglos, estas cartas, y han esperado siglos –hasta las más recientemente fechadas– para venir a dar a leerse.

* Bernardo Chevilly, Cartas imaginarias. Prefacio de Pere Gimferrer. Dibujos de Ginés Liébana. Renacimiento, Sevilla, 2017. 

miércoles, 19 de abril de 2017

LOS MODERNÓLATRAS


De un tiempo a esta parte, ha proliferado en este avispero de los mil demonios un tipo de escritor que, a falta de otra cosa mejor que hacer, juega a los dados media hora todos los domingos, sólo que no con dados de verdad, ni con casitas de fantasía, sino nada menos que con palabras. Y no con grandes cantidades de palabras, sino con unas pocas, con unas pocas palabras que, de tanto manoseo –son ya muchos, incontables los domingos que este tipo de escritor lleva jugando a ese juego– han quedado completamente desgastadas, borrados de sus bordes los significados, las cifras, de tal manera que las palabras, los dados con que juega, se han vuelto intercambiables, sirven lo mismo para componer un artículo que un cuento, un poema que una crítica de arte, un discurso que un aforismo. 


Yo no sé si se trata de una enfermedad provocada por el sinvivir que significa vivir en islas tan sucias y pequeñas o de una especie de epidemia que se propala a golpe de exposición, de plaquette, de ratón. Veo aquí y allá cómo las sacrosantas instituciones que en otro tiempo defendieron la libertad del pensamiento, la autonomía de la palabra y la crítica al poder caen en brazos de esta pléyade de modernólatras, de estos cruzados de la pureza que, provistos de unos pocos libros de poemas por montera, o de una dilatada experiencia en la participación en talleres de traducción colectiva que, sin embargo, no parece haberlos animado a traducir libro alguno por cuenta propia o, en algún otro caso, munidos de un único libro aderezado de plúmbeas poéticas explicativas de tanta parquedad, se han acantonado lo más cerca posible de todo tipo de fundaciones, museos, concejalías y festivales con el legítimo objetivo de proclamar a los cuatro vientos las virtudes de su discurso modernófilo –además, claro, de poder echarse algo de vez en cuando al coleto.  


Cansino resulta ya leer una y otra vez los mismos anatemas contra la posmodernidad, las mismas citas de Valéry y de Gadamer, el anquilosamiento de las lecturas, la insipidez de los discursos, el sospechoso parecido de las prosas de unos y de otros, en definitiva: el círculo vicioso en que han caído unas mentes que aprovechan cualquier oportunidad, cualquier tribuna, para adoctrinarnos a todos, con la certeza que dan los oropeles de provincia, sobre unas verdades que son, cuando menos, cuestionables. 


La literatura y el arte de vanguardia –Klee, Celan, Webern– no necesitan a estos señores para que los defiendan. Lo que se necesita es que estos señores comprendan alguna vez que su monolítico discurso, instalado en una nostalgia de lo que ni siquiera vivieron y mucho menos han comprendido cabalmente –¿cómo si no podrían escribir lo que escriben?–, los invalida como intelectuales. Lo que sería deseable es que, de una vez por todas, se atrevan a desembarazarse de dogmas y doctrinas, de anteojeras y prejuicios, de mímesis y seguridades.


Si todavía creen que su vocación es la escritura, ¿no sería quizá saludable, uno de estos domingos, que se dieran una vuelta por ahí, lejos de las divinidades luminosas, que dejaran a un lado los amaneceres tutelados, se tiraran a sí mismos del aguijón y vieran si así es posible nombrar el mundo de otro modo, con otros presupuestos? ¿Es decir: que dejaran de escuchar por un día la voz interior que clasifica y relega, el discurso predeterminado que instaura y ordena, el metrónomo que halaga la cantinela y condena las discordancias, los arrebatos, los vuelos? Por otra parte, empieza a ser alarmante que, camino de los cincuenta, algunos estén más preocupados por hacerse un nombre entre los próceres de la cultura insular –acudiendo, si hace falta, a comisiones parlamentarias en las que disfrutan hablando de sí mismos y de su grupo de amigos como ejemplo de creadores a los que no se ha atendido como se hubiera debido– que por escribir algo de valía, algo que no siga estando a la sombra de otros nombres. 


Los lectores, los museos, las universidades, la red no están ahí para sufrir cada semana las cargantes proclamas de estos señores que, lo han demostrado con creces, no tienen ya nada que decir. La coralidad que en otro tiempo defendieron –una coralidad que no era probablemente sino un subterfugio con el que los menos dotados pretendían camuflar su medianía– se ha revelado con el paso del tiempo como un sistema de complicidades que les permite ayudarse los unos a los otros a mantenerse a flote en este avispero de los mil demonios.


En un poema publicado recientemente por Alejandro Krawietz se habla de unas piedras que “los parias” arrojan sobre unos “jóvenes” que han sido convocados a no se sabe bien qué por un ser de rostro luminoso. Pero esas piedras, según se lee en el mismo poema, las habían rescatado de la noche los jóvenes como regalo para los parias. Las habían suspendido sobre sus propias cabezas a modo de ofrenda. Y los parias, ¿no las convierten entonces en un arma arrojadiza porque se atreven a desestabilizar la posición, la posición central, que ellos, los descubridores del tesoro, han establecido para esas piedras? (Piedras, por cierto, que si fueran, al menos, rubíes o zafiros, explicarían tanto celo, pero ¿qué son, qué son esas piedras, tienen más valor que el mero cascajo, señor Krawietz?)


Quizá si los detentadores de la claridad se pararan a pensar por un momento que el resto de los mortales estamos hartos de sus seguridades y de sus dioses, de sus escuelas y de sus coros, sería mucho más fácil volver a recuperar cierta cordura: la de un espacio literario en el que la poesía que se escriba no nazca encadenada por poéticas manidas, en el que un autor de casi cincuenta años no acuda a un recital a demostrar soporíferamente lo bien aprendida que lleva la lección; un espacio, en definitiva, en el que las divergencias y las individualidades no sean denostadas como lo son, a día de hoy, en este avispero de todos los demonios.

jueves, 23 de marzo de 2017

PIDO LA DIMISIÓN DE DANIEL BERNAL SUÁREZ Y YURENA GONZÁLEZ HERRERA, PRESIDENTE Y SECRETARIA DE LA SECCIÓN DE LITERATURA DEL ATENEO DE LA LAGUNA

El Ateneo de La Laguna ha anunciado para hoy jueves día 23 de marzo un recital de poemas con el objeto de conmemorar el Día Mundial de la Poesía que se lleva celebrando cada año desde 1999 el 21 marzo, coincidiendo con el Equinoccio de Primavera en el Hemisferio Septentrional. En este recital participarán cinco hombres y ninguna mujer. Me parece absolutamente inaceptable que una institución como el Ateneo de La Laguna, cuya trayectoria progresista, en favor de la libertad, la igualdad y los derechos humanos puede considerarse intachable, vaya a albergar hoy un acto de estas características. Al parecer, Daniel Bernal Suárez, presidente de la Sección de Literatura del Ateneo, ha ofrecido en los días previos a la celebración del recital diversas aclaraciones sobre la llamativa ausencia de mujeres poetas en dicho acto. No las he leído, pues, entre otras cosas, no las ha dado a conocer a través de la web del Ateneo ni de ningún otro canal institucional, sino por medio de sus redes sociales particulares. (Sería deseable, y esto es algo que llevo pensando durante un tiempo, que se distinguiera escrupulosamente, en estos casos, lo que es actividad personal de lo que es difusión institucional, corporativa, en representación de una Junta Directiva o en ostentación de un cargo para el que se ha sido elegido en una asamblea de socios.) Sobre estas aclaraciones no he sabido sino lo que me han transmitido algunos amigos, es decir, que Daniel Bernal Suárez declara haber invitado al recital al menos a tres mujeres que declinaron la invitación por distintas razones. Cuánto se parecen, me temo, estas explicaciones a aquellas otras que ofreció el comité organizador del Congreso de Poesía Canaria, del que formaba parte el propio Daniel Bernal Suárez, en noviembre del año pasado: se invitó a este poeta o a aquel otro, pero por motivos de agenda no pudieron aceptar, dijeron. El resultado, como todo el mundo sabe, fue un congreso penoso, de escaso nivel y poco digno de tal nombre, que lo único que consiguió fue dejar en mal lugar a una institución, el Ateneo de La Laguna, en la que se han celebrado memorables encuentros en torno a la poesía insular o no insular. Cabría exigirles a los organizadores de tales eventos, tanto más si poco después aparecen en el cargo de responsables de la Sección de Literatura de la misma institución, una reflexión sobre lo hecho y el firme empeño de hacer con posterioridad las cosas algo mejor o, en cualquier caso, lo mejor posible. No parece haber sido el caso de Daniel Bernal Suárez y de Yurena González Herrera, secretaria esta última de la Sección de Literatura del Ateneo y también coorganizadora de aquel triste congreso. Están prácticamente estrenando el cargo de presidente y secretaria, respectivamente, de la Sección de Literatura, pues fueron elegidos para los mismos en la junta del pasado diciembre. Este “recital de primavera”, con ocasión de un día tan destacado, es el primer acto importante que organizan en representación de la Junta Directiva del Ateneo. Es, además, un acto con el que se pretende visibilizar la poesía, que es justamente uno de los objetivos de la UNESCO al declarar el 21 de marzo Día Mundial de la Poesía. Y en el recital que organizan no incluyen a ninguna mujer. No me interesan las razones ni las explicaciones con que Daniel Bernal Suárez ha intentado justificar la ausencia de mujeres en el acto. Si las tres poetas que, según él, fueron invitadas no podían acudir, hay otras muchas de gran calidad con las que se podía haber contado. Lo único que importa aquí, como en la organización de cualquier otro evento (y esto es algo tan elemental que no puede no saberse), es el resultado: no la trastienda del acto, no las intenciones, no la problemática, no las llamadas que se hicieron ni las que dejaron de hacerse, sino el resultado final de la convocatoria. Y este es, me temo, tan increíblemente patriarcal, tan desmesuradamente poco sensible con la igualdad y la diversidad de género, que, al margen de la calidad de los cinco poetas varones invitados, fuera de toda duda, se supone, no cabe aquí sino indignarse. Es más, me parece que habría que exigir, por dignidad y por una mínima coherencia, que Daniel Bernal Suárez y Yurena González Herrera dimitieran inmediatamente de sus cargos. Y para eso escribo este texto: para pedir su dimisión.

miércoles, 22 de marzo de 2017

RECITALES DE PRIMAVERA EN LALALÁGUNA

El Ateneo de Lalaláguna, la primera y más venerable de las instituciones progresistas de nuestra pequeña ciudad, el buque insignia de la defensa encarnizada de los derechos civiles de esta maltratada patria chica nuestra, ha decidido celebrar la primavera, la diversidad sexual y la pluralidad poética organizando un ciclo de recitales de poesía que tendrá lugar a lo largo de los meses de marzo y abril, a razón de un recital cada viernes por la tarde. La Sección de Literatura de este Ateneo, recientemente remozada y al parecer con ideas frescas y propuestas novedosas, anuncia complacida el calendario de estos seis recitales, a los que invita calurosa y puntualmente a acudir al lalalagunero público:

P@ESÍ@ EN PRIMAVERA

- 24 de marzo, 20.00 h.

Recital de cinco poetas masculinos heterosexuales de edades comprendidas entre los 30 y los 55 años de edad y de poética simbolista-social-humorística-visionaria-heterodoxa. Al final del recital habrá un coloquio sobre poesía, virilidad, hombría, heterosexualidad, andropausia, impotencia y potencialidad poética.

- 31 de marzo, 20.00 h.

Recital de cinco poetas femeninas bisexuales de edades comprendidas entre los 55 y los 80 años de edad y de poética neorromántica-legible-insular-vivencial-ortodoxa. Será una lectura entrañable, de palabra preñada de pasión, en el que cada término declamado será una sublimación de lo carnal intrínseco.

- 7 de abril, 20.00 h.

Recital de cinco poetas masculinos homosexuales de edades comprendidas entre los 18 y los 28 años de edad y de poética erótico-festiva-línea clara-corazón desnudo-pectorales marcados. (Se avisa que será un recital de lo más morboso y que ciertos poemas podrían herir la sensibilidad del espectador.)

- 14 de abril, 20.00 h. 

Recital de poetas femeninas transexuales de edades comprendidas entre los 18 y los 80 años de edad y de poética rilkeana-órfica-neogriega-drag. Este recital se celebra en Viernes Santo como alternativa a las procesiones lalaguneras de Semana Santa. Algunas de las participantes actuarán en paños menores y calzadas con plataformas. Se asume que la Fiscalía podría llegar a abrir diligencias y en ese caso las costas judiciales serán asumidas por todos los socios del Ateneo.

- 21 de abril, 20.00 h.

Recital de cinco poetas masculinos heterosexuales de edades comprendidas entre los 55 y los 80 años de edad y de poética postrasnochada-sucia-retroalcohólica-nostálgica-mordaz. En este recital los poetas tan sólo llorarán por dentro, lo que es de agradecer, mientras convidan al público a una copa de vino a la salud de los buenos y viejos tiempos.

- 28 de abril, 20.00 h.

Recital de cinco poetas femeninas heterosexuales de edades comprendidas entre los 25 y los 40 años de edad y de poética radical-feminista-lacrimógena-minimalista-funcional. Al finalizar el acto, y como colofón de todo este ciclo que habrá cubierto con creces el amplio espectro de la diversidad poético-sexual del Archipiélago Canario, se leerá un manifiesto, ¡firmado ya por 100.000 personas!, en favor de la concesión del nombre de una calle de Lalaláguna a una las más destacadas poetas femeninas de las Islas.

La Sección de Literatura del Ateneo de Lalaláguna quiere advertir que esto no es un congreso, sino tan sólo un ciclo de recitales poéticos de primavera. Y que habrá otros ciclos en verano, en otoño y en invierno.

Hasta pronto, ya saben, la poesía junta pero no revuelta, amigos. Y el Ateneo, a nuestro servicio (que es lo mismo que decir al servicio de ustedes).

martes, 14 de marzo de 2017

OBLIGARSE A ESCRIBIR


Obligarse a escribir: pensemos en este oxímoron inquietante, obliguémonos a escribir sobre la autoimpuesta obligación de escribir. ¿Cuánto has escrito últimamente? ¿Qué libros guardas en el baúl de los inéditos? ¿En qué estás trabajando ahora mismo? Antes de responder: “En nada”, “Hace mucho tiempo que no escribo nada”, “No tengo ningún libro inédito” o “No estoy escribiendo nada desde hace mucho”, antes de decepcionarnos a nosotros mismos con la cruda verdad de que muchas veces no hay por qué escribir, o de que con frecuencia ni siquiera conseguimos sentarnos a escribir –y hay múltiples razones para ello: desde la falta de tiempo a la ausencia de inspiración, desde la impericia a la saturación, incluyendo todos los grados de insatisfacción con lo anteriormente escrito–, antes de destrozar la reputación en que nos tenemos a nosotros mismos o la fama de prolíficos que nos conceden nuestros amigos, somos capaces de obligarnos a escribir. ¡Curioso suplicio! Bastará con empezar, nos decimos. Sentémonos, cualquier cosa puede servir de excusa. No tenemos sino que tirar del hilo, elegir un tema cualquiera, un sencillo motivo de inspiración. Lograrlo o no, es decir, conseguir escribir o no, dependerá muchas veces de la habilidad que se tenga o de la importancia que uno le otorgue a la constancia y abundancia de su escritura. Un escritor exigente debería poder pasarse sin escribir tanto como escribir sin pasarse. Parar de escribir antes que escribir sin parar. Dejar de lado la escritura antes de que la escritura lo deje de lado a él. ¿Cómo se consigue esto? ¿Cómo se logra dejar de escribir? ¿Cómo se obliga uno a dejar de escribir si a todas horas se está uno obligando a escribir? En primer lugar, conviene distanciarse de lo que para nosotros representa la escritura. Escribir no es nada, no significa apenas nada comparado con lo imprescindible para vivir. Escribir no es respirar. Escribir no es comer. Escribir no es amar. Escribir ni siquiera es dormir. ¿Escribir no es soñar? ¿Escribir no es respirar? ¿Escribir no es amar? El escritor que se plantea estos interrogantes está perdido. Ha comenzado a confundir la escritura con la vida o la vida con la escritura. Cuando duerme, cree estar escribiendo. Cuando sueña no sabe que está soñando y piensa que alguien escribe sus sueños. Cuando escribe se imagina estar amando por medio de su escritura a personajes que inventa a propósito para tal fin; y cuando ama, al contrario, o cuando cree que ama, piensa que hacerlo consiste en acariciar con las palabras cuerpos inexistentes, meras emanaciones de su sobreexcitada imaginación. Un escritor que se obliga a escribir es uno de los especímenes más curiosos de la especie humana. Lo que para otros, para los escritores que no se obligan a escribir, es natural, silencioso, amargo o reparador, para él es, sin embargo, una hazaña, una gesta en la que triunfar –pero esto él no lo sabe– es caer derrotado. El escritor que se obliga a escribir es un mártir de sí mismo. Sufre un tormento que él mismo se impone a diario. Cada noche, cuando revisa lo escrito y se dice que no ha estado mal, que por lo menos ese día no ha terminado sin algún aforismo, sin un esbozo de cuento, sin el borrador de un artículo, sin unos pocos versos germinados al filo de la madrugada, el escritor que se ha obligado a escribir cae víctima de algo peor que una impostura: la revelación de todo lo que ha dejado de hacer por escribir. Todo aquello que hubiera deseado acometer y que dejó a un lado porque “la escritura me llamaba”, porque “era vital para mí escribir estos versos”, porque “con este artículo doy por cumplido el objetivo de este día” se le aparece entonces, en lo más profundo de las tinieblas, para reprocharle su desafección, su inquina. El escritor que se ha obligado a escribir descubre entonces el regusto amargo de los placeres despreciados, de las conversaciones abortadas, de los cafés no compartidos. Repasa una vez más lo escrito, lo que concienzudamente redactó para aplacar la voz interior que le reprochaba su pereza, su incapacidad o su indolencia. Ahora le parece pésimo, siente que no está a la altura de sus exigencias, duda del valor objetivo de esos textos. Se plantea incluso si mereció la pena dejar de ver aquella película, no ir a darse un baño aquel domingo, renunciar a un paseo en compañía de aquella persona que entonces lo adoraba. Y se dice que quizá no, que quizá no mereció la pena, pero que en cualquier caso la escritura le devolverá algún día esos momentos, tal vez no ahora, tal vez no pronto, pero sí cuando consiga entregarse de verdad a ella, fundirse con esa llamada de la voz interior, atender de verdad a su destino de escritor. Y vuelve a intentarlo. Se sienta al final del día. Saca un folio en blanco. Comienza a escribir estas palabras. No es difícil, se dice, basta con dejarse llevar. La escritura es como un vuelo del que solo se cae si se llevan las alas equivocadas.


lunes, 6 de marzo de 2017

EL MENUDEO CRÍTICO



Se ha puesto de moda últimamente, en ciertos periódicos, entre ciertos columnistas de opinión, una perniciosa práctica que podríamos denominar el “menudeo crítico”. Probablemente se la debamos a la transformación que los hábitos de lectura han experimentado en los últimos años: se lee poco, deprisa y mal, se lee a trompicones y con descuido; o quizá se la debamos también a la escasa elasticidad de ciertas doctrinas mal asimiladas en los años de formación universitaria, a la malsana obsesión por unos pocos temas recurrentes que, a la larga, acaban constituyendo el entero “mundo” mental de estos columnistas. Sus referencias son siempre las mismas, año tras año, columna tras columna. Sus fobias y sus filias permanecen incólumes durante décadas. Descrita muy a vuelapluma, esta práctica se conduce del siguiente modo. El columnista hace un viaje o visita una exposición. Lo hace deprisa, quiero decir que el viaje es de unos pocos días y la visita de una hora a lo sumo –el tiempo de tomar una copa de vino con un canapé. Al llegar a su casa, el columnista se prepara un café bien cargado, se lía un cigarrillo y contempla cómo la calima empieza a deshacerse en el horizonte. Es domingo. El columnista se aburre. Hacía mucho tiempo que no se aburría tanto. Y es que la columna de los lunes no es más que un entretenimiento, es decir, una especie de pasatiempos para combatir el hastío de todos los domingos. El columnista sabe que a esas horas podría estar recorriendo uno de los senderos del Macizo de Anaga o leyendo a Ungaretti o incluso, por qué no, escuchando el Petrushka de Stravinski, y, aunque está seguro de que esas actividades le reportarían mayores beneficios espirituales, por algún motivo que siempre desconoceremos lo que más le atrae, lo que más cree que le ayudará a matar el tiempo, a sobrellevar la molicie de todos los domingos es escribir uno de esos artículos de lo que aquí califico como “menudeo crítico”. Diré por fin en qué consiste tal cosa: una vez elegida la isla o la exposición sobre la que va a hablar, el columnista, antes de ponerse a divagar, dedica un primer párrafo a razonar la necesidad de su viaje como una escapatoria, por ejemplo, de la mediocridad a la que sus conciudadanos lo condenan a diario, o acaso a defender las bondades de una visita a una exposición frente a las ocupaciones vulgares a las que se entrega la mayoría de la población: carnaval, reguetón, fútbol. Una vez enfatizado así, por una especie de petitio principii más que sui géneris (discúlpenseme los latinajos), el higiénico distanciamiento de la cochina realidad, el columnista, desde esa posición de espectador dotado de una infrecuente sensibilidad y de una amplia cultura, despliega un abanico de iluminaciones que no podrá sino deslumbrar al lector. Este se sabe entonces en contacto con experiencias superiores. La exposición se ha convertido en una fuente de conocimiento. La isla visitada se descubre como un racimo de referencias salvadoras cuyo vórtice se encuentra en la mirada ebria, loca, visionaria, del columnista. Es entonces, entrado ya en materia, cuando este da paso al ejercicio minucioso de su “menudeo crítico”. Separa el grano de la paja. Encumbra y defenestra. Nombra y calla. Alaba en un holgado párrafo la obra de uno de los artistas de la exposición y apenas menciona de pasada el nombre del otro. Cita un poema de un libro, ¡pero solo para afirmar que se trata del poema más “citable” de ese libro! Elogia una de nuestras novelas míticas, aunque se trate de un elogio envenenado, pues resulta que hay otra novela, ¡griega, cómo no!, que trata con mayor profundidad y solvencia los mismos temas que la primera. El columnista picotea aquí y allá, trafica con los nombres de, al menos, diez escritores o pintores y los sitúa en un eje de pensamiento que coincide siempre con cuestiones tales como lo numinoso, la medularidad, lo atlántico, lo metafísico, lo habitable o la teoría de los dones. En ocasiones inventa nuevas normas de acentuación, pero no porque desconozca las de la ortografía castellana sino porque el léxico que maneja es a veces tan rico, tan exótico, que aún no existen reglas para acentuar según qué palabras y, por tanto, da lo mismo cómo se las acentúe. Ocurre con frecuencia que el lector, al menos es lo que me ha ocurrido a mí, termina de leer una de estas columnas y se queda pensativo, alelado. Se dice: “¿Qué será lo próximo?” O: “¿Por qué carajo...?” O quizá: “¿Había necesidad de esto?” Son preguntas que no tienen respuesta o, en todo caso, para echar algo de luz sobre ellas hay que esperar a la siguiente columna, al siguiente puñetero –o piñatero– lunes.