miércoles, 1 de diciembre de 2010

AGRIMENSOR DEL DESIERTO


Para Mariano de Santa Ana y Orlando Franco


1) Crece el desierto: la extensión del desastre es mayor que el tamaño de la esperanza. 2) La cultura milenaria del mar que agoniza nada podrá hacer para salvarlo. 3) Ante el asedio imparable de los titanes de asfalto y de cemento, las antiguas pirámides apenas brillan ya en su ilusoria eternidad: sepulturas que acabarán, a su vez, sepultadas. 4) Ni siquiera las islas bendecidas con bosques de otras eras, santuarios habitados aún por ninfas y por faunos, han sabido protegerlos: unas horas han bastado para destruir la tela urdida durante milenios. 5) Recorrí el bosque quemado: la andrajosa memoria de las ramas en que, intacto, glorioso, gorjeó en tantas tardes de dicha el mágico pinzón azul me salía al encuentro a cada paso. 6) Cadáveres de árboles que fueron templos vivos de la brisa, de los juegos de niños confiados, de las risas del aire mezcladas con sus risas. 7) Quise bajar al mar, a acantilados que recordaba majestuosos, a playas en que el agua estaba antaño tan limpia que traslucía la piel del cuerpo amado entre mis manos: todo era fango y podredumbre y urbanizaciones turísticas y polígonos y fábricas y muros y vigilantes y putas y dolor y piscinas y solares alineados para la masacre futura. 8) Y orondos, en despachos con vistas, propietarios de hoteles caribeños, titulares de cuentas en dudosos bancos suizos o cómplices de mafias extranjeras, los culpables de toda esta historia universal de la infamia se frotan las manos manchadas con la sangre de su propia tierra. 9) Contempla, contra el asco, contra la desazón, contra la impotencia cada vez más profunda, una flor que renace en medio de cenizas, un delfín que aún da saltos en el pútrido mar. 10) Boquearan hasta hundirse en ese mar los miserables causantes de esta ruina sin retorno, de este lento apagarse de la luz de la vida. 11) Lo que perdura, me he dicho mientras escribía, un tiempo en la palabra es el brillo ocasional, condenado a extinguirse, de un ala imprevista, de una nube blanquísima, de un labio esperanzado sobre otro sometido, la efímera dulzura de un milagro ahí al lado, aquí mismo, junto a ti, junto a mí: nada más. 12) De ninguna otra hazaña es capaz la palabra, ni siquiera la palabra heroica del poema, liberada de cualquier atadura o convención: no va a enmudecer frente al más mínimo abuso, pero sólo podrá, aunque lo condene, decirse en soledad, acallada su voz por el estruendo de un mundo sordo a sus secretos, a su inútil lucidez. 13) No va a callarse, pero nadie va a oírla. 14) Y aun si alguien la oyera, le serían impedidos, como al agrimensor K., los accesos a las dependencias (¡oh sí, lujosos despachos con vistas!) del castillo en que los infames deciden la lenta pero implacable destrucción de la tierra. 15) Y un humus putrefacto absorberá nuestros huesos.

2 comentarios:

  1. Rafa, estoy impresionado con tu post. Lo compartiré en mi Facebook.
    Me quedo especialmente con esto:
    "11) Lo que perdura, me he dicho mientras escribía, un tiempo en la palabra es el brillo ocasional, condenado a extinguirse, de un ala imprevista, de una nube blanquísima, de un labio esperanzado sobre otro sometido, la efímera dulzura de un milagro ahí al lado, aquí mismo, junto a ti, junto a mí: nada más."

    Gracias, amigo

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  2. Gracias, amigo Nicolás, por leerlo y por compartirlo. Un saludo.

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