jueves, 29 de agosto de 2019

EL HURÓN DE TENERIFE, UN POEMA DE FABIO PUSTERLA


En el curso de nuestros intercambios epistolares, hace unos años, el poeta suizo de lengua italiana Fabio Pusterla (Mendrisio, 1957) me envió “El hurón de Tenerife”, que publicaría más tarde en su libro Corpo stellare, de 2010. Me explicaba el autor que escribió este hermoso poema tras visitar en Bolzano una exposición dedicada a las momias, tanto humanas como animales. Uno de los animales que más lo impresionó allí fue un pequeño hurón que debió de quedar atrapado en una iglesia en ruinas en Tenerife. Eso es, al menos, lo que indicaba la cartela correspondiente. Es posible que en mi respuesta al envío le explicara a Fabio, como curiosidad, que los aborígenes prehispánicos de Canarias, de origen líbico-bereber, conocían el arte de la momificación y constituyen, de hecho, según los expertos, una de las civilizaciones antiguas que mejor dominó ese arte funerario. 

En abril de este año el profesor Francisco José Rodríguez Mesa, de la Universidad de Córdoba, me invitó a participar en el II Seminario de Estudios Suizos con una conferencia sobre diversos escritores --entre otros Fabio Pusterla-- y dos talleres: uno de traducción de textos de lengua francesa y otro de traducción de textos italianos. El ejercicio final que propuse en este último taller fue, una vez divididos los alumnos en pequeños grupos, traducir "Il furetto di Tenerife". Me arrepiento ahora de no haber anotado las versiones que surgieron de la creatividad y el entusiasmo de aquellos jóvenes. Demostraban algo que todos los traductores sabemos pero que a veces se olvida: un texto admite muchas lecturas y traducciones en función de la sensibilidad de sus lectores y traductores. 

Hace unos días contactó conmigo el agregado cultural de la Embajada de Suiza en España, Alberto Giovanetti. Me consultaba la posibilidad de enviarle la traducción de un breve texto suizo relacionado con España para ser leído por él en el Hay Festival de Segovia. En recuerdo de los días de Córdoba, donde conocí a Alberto, y también para conmemorar --un homenaje íntimo y sentimental-- la lectura que hace diez años dio Fabio Pusterla en las 'Veladas poéticas' de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo con motivo de la publicación de mi traducción de su libro Bocksten (Quálea, 2008), lectura en la que tuve el privilegio de acompañarlo, he querido traducir "Il furetto di Tenerife". En un reciente viaje a Bogotá le hablé a mi amigo Cristian Garzón, uno de los editores de El Taller Blanco, de ese libro de Pusterla. Al día siguiente apareció con él, sacado en préstamo de la Biblioteca Luis Ángel Arango, encuadernado con tapas duras de protección (como debería hacer con los libros cualquier biblioteca que se precie). Al tercer día ya lo había leído y comentamos pasajes de ese libro inspirado en el Bokstenmannen sueco del siglo XIV. Que la poesía es un lenguaje capaz de unir realidades distantes parece una obviedad: quizá no lo sea tanto pensar que entre Suecia, el Tesino, Italia, Santander, Segovia, Tenerife y Bogotá se ha dibujado, gracias a la poesía de Fabio Pusterla, una extraña rayuela sobre la que seguir saltando mientras algunos se empeñan en destruir el mundo. 
 


IL FURETTO DI TENERIFE

La iena striata del deserto
dal ventre squarciato, le lucertole,
lo scoiattolo dormiente sorpreso da qualcosa
nel sottotetto, ignaro dei suoi giorni, l’elefantino
dei ghiacci: ora riposano muti,
fermati sul confine della vita
e della morte, vane mummie rassegnate.
Solo il furetto, chiuso in una smorfia
di dolore di rabbia o stupore,
grida tutto l’inganno il desiderio
di correre nei prati per conigli e profumi,
di mordere o baciare tramutarsi
in luce sangue latte,
per svanire e rivivere in eterno,
come le nuvole e i fiumi.

[Corpo stellare, Marcos y Marcos, Milán, 2010]


EL HURÓN DE TENERIFE

La hiena manchada del desierto
de vientre rasgado, los lagartos,
la ardilla que duerme sorprendida por algo
en el desván, ignorante de sus días, el elefante
de los hielos: descansan ahora callados,
quietos en los confines de la vida
y de la muerte, vanas momias resignadas.
Sólo el hurón, capturado en un gesto
de dolor de rabia o estupor
grita todo el engaño grita todo el deseo
de correr por los prados tras conejos y perfumes,
de morder o besar o transformarse
en luz en sangre en leche,
para desvanecerse y revivir en lo eterno,
como las nubes y los ríos.


                        [Traducción al español de Rafael-José Díaz]

viernes, 2 de agosto de 2019

LOS DIARIOS DE VIAJES DE RAFAEL CASTILLO ZAPATA




La escritura y el viaje: antiquísima simbiosis. Viajar en las palabras es una de las metáforas de la escritura: el escritor genera un movimiento, que es oral, manual, psíquico, lingüístico, a medida que las palabras van desplegándose en la página, y ese movimiento se traduce en un viaje, en muchos viajes que se van materializando en el interior de la escritura. Una palabra lleva a otra, una frase se prolonga en otra, un párrafo desaparece para que se aviste el siguiente. El paisaje que se descubre, entonces, es un trasunto de paisajes reales, mentales, que, surgidos en la mente del escritor, pasan a través de su mano a la página que alguien leerá como si recorriera un camino, muchos caminos que se bifurcan, un laberinto de palabras del que se sale al terminar el libro: se sale otro, transformado como ocurre con cualquier viajero que ha viajado de verdad.

Cuando la escritura es la de diarios y los diarios son de viaje, este proceso aquí vagamente descrito no sólo se intensifica, sino que se convierte en el núcleo generador de la escritura. El viajero no es ahora sólo una metáfora del escritor, sino que se identifica con él. Y el viaje no es sólo un trasunto verbal de lo vivido en las travesías de la mente, sino que es el medio físico, el contexto real, en el que la escritura surge y cobra sentido. Si vivir es un viaje permanente, viajar, para el escritor, es una vida más auténtica: el viaje permite, paradójicamente, la detención necesaria a la escritura, ese ahondamiento en el propio ser que es propio del diario, la receptividad exacerbada, casi hipersensibilidad, que hace que el escritor observe con extrañeza y con sorpresa todo lo que le rodea.

Los diarios de viaje de Rafael Castillo Zapata (Caracas, 1958) se titulan Travesías. El primer volumen, La relación infinita, publicado por La Laguna de Campoma en 2012, recoge ocho cuadernos escritos entre 1990 y 2010. Cada uno de los cuadernos lleva el lugar (los lugares) y el año de escritura. Los diarios comienzan con un breve cuaderno escrito en Madrid, Barcelona y Sitges, que comienza precisamente con la descripción de la llegada del autor a Madrid: las autopistas entre el aeropuerto y la ciudad se comparan con construcciones romanas. El autor encuentra “reminiscencias de acueductos” en las anchas avenidas. Revela este primer cuaderno una lectura de la ciudad desde coordenadas culturales: se compara una nube con un móvil de Calder, un amanecer en Madrid con un Canaletto, la luna es melancólicamente leopardiana. En Barcelona, el último día de diciembre de 1990, el autor escucha un cante flamenco desde su ventana.

El segundo cuaderno, de 1992, es el más extenso del libro. Escrito entre Lisboa, Madrid, Barcelona, París y Bruselas, podría dividirse acaso en dos partes: una primera en la que se encuentra una reflexión, no por fragmentaria menos lúcida, sobre la propia escritura de diarios; y la segunda, a partir de la llegada a Bruselas y la visita a otras ciudades belga, que se orienta sobre todo a la exploración de la ciudad como un espacio para la melancolía. Las anotaciones metadiarísticas, por decirlo así, son reveladoras. Castillo Zapata concibe la escritura del diario como una “forma que, por su propia naturaleza, escapa al proyecto”. El diario, como escritura apegada al instante, a lo cotidiano, dota de trascendencia –la trascendencia que toda escritura conlleva– a lo nimio y precario; al mismo tiempo, lo destruye, es decir, desnaturaliza el carácter efímero del instante al fijarlo en la página. El diario es bifronte: “la escritura pone a dormir el instante y lo despierta en otro orden, en otro espacio y en otro tiempo, amortajado, como momia, como memoria de lo que fue”. Aparecen entre estas reflexiones la idea del viaje no tanto como un motivo cuanto como una situación propiciatoria de la máxima libertad de la escritura, de la extrema receptividad de la conciencia del escritor.

Al llegar a Bruselas, y sobre todo al recorrer Gante y Brujas, Castillo Zapata transforma el tono de su escritura. Esta se vuelve menos reflexiva y más experiencial. La sensación de extranjería, de absoluto anonimato, de extrañeza en medio de un paisaje del norte con el que no acaba de identificarse, lleva al diarista a volcarse en la ciudad como espacio de acontecimientos y como motivo de reflexión. Por un lado, nos encontramos aquí una mayor atención a lo cotidiano: cafés, encuentros, paseos; por otro, los viajes a Gante y Brujas, incitan al autor a reflexionar sobre esas “ciudades que se ven a sí mismas, ciudades ensimismadas en el espejo de sus aguas, melancólicas como se inclina naturalmente a la melancolía todo aquel que se contempla a sí mismo”. Esta reflexión será desarrollada en numerosos pasajes, lo que permite contemplar el diario también como un taller para la escritura de ensayos: esos fragmentos desordenados podrán ser ordenados más tarde, en los regresos al país natal, y, en la calma de una escritura menos súbita, transformados en un ensayo sobre las ciudades melancólicas.


El tercer cuaderno, escrito en 1993 en Providence, Montevideo y Buenos Aires, recoge dos viajes distintos: una estancia profesional en la ciudad norteamericana y un viaje de placer al Río de la Plata. Los fragmentos escritos en Providence ofrecen un tono escritural absolutamente nuevo: son una especie de canto amoroso a la ciudad invernal. Están más cerca del poema en prosa –de hecho, recuerdan en su factura a la serie “Providence” incorporada en el poemario Estancias, de 2009– que de la escritura propiamente diarística. En su belleza sombría, mortuoria y a la vez luminosa, revelan la ductilidad del diario, su condición de cuaderno de apuntes inmediatos, su resistencia a la uniformidad. Los fragmentos escritos en Montevideo y en Buenos Aires, por el contrario, regresan al modo de escritura más apegado a lo factual. Destacan las descripciones de la belleza masculina que prolifera en las calles y avenidas de Montevideo y Buenos Aires. La fruición contemplativa de estos pasajes tiene también que ver con el diario como escritura del deseo.

Buenos Aires es también la ciudad del cuarto cuaderno, brevísimo, de 1998. El autor recuerda aquí su viaje anterior, pero intenta ahora crear unas rutinas que lo incorporen como un habitante más a la vida de la ciudad. Estará sólo una semana. A diferencia de Gante y Brujas, lugares en los que la conciencia se abismo en lo profundo de sí misma, la ciudad es aquí una especie de máquina de cambio de identidad: volverse uno más es volverse otro. Pasear como un porteño es dejar de ser quien se es.

Piscataway, 2006. Han pasado bastantes años. Otra estancia profesional, una nueva universidad norteamericana. El hermoso cuaderno escrito durante sus meses como profesor en la Universidad Rutgers consta de breves fragmentos escritos casi a diario en los que el autor parece atenerse a este deseo expresado en uno de ellos: “Debería volver a mis apuntes taciturnos y descarnados de la nada cotidiana. Hacer el recuento de la banalidad de cada día. Su resumen escueto y descarnado”. En efecto, lo atractivo de este cuaderno es el día a día de un poeta y profesor visitante entre Piscataway y Nueva York. Los breves fragmentos, nada pretenciosos, constituyen una modalidad nueva que enriquece este abanico de estilos que son los diarios de viaje de Castillo Zapata.

Este estilo será el predominante en los tres cuadernos finales: Nueva York, 2008; Madrid y París, 2009; Madrid, Buenos Aires y Córdoba, 2010. Visitas, cenas, lecturas, paseos, encuentros, compras. Todo ello enmarcado en una conciencia cada vez más aguda del paso del tiempo: “Cada vez me cuesta más sobrellevar la implacable prueba de los espejos. Los enormes espejos de los baños de estos hoteles bien acondicionados son casi una tortura: me obligan a asistir al triste espectáculo de mi cuerpo deteriorado”. El último de los viajes de este libro describe la participación en un congreso sobre Lezama Lima en Córdoba, Argentina. El diarista mezcla aquí anécdotas del congreso con reflexiones sobre la importancia de la conversación en la escritura lezamiana. Es el nombre del autor cubano, precisamente, la palabra con la que terminan estos diarios. No deja de ser revelador que la presencia del “peregrino inmóvil”, del “etrusco de la Habana Vieja”, figure como postrero talismán de estos diarios de viajes. Viajar ha sido también fijar en la inmovilidad de la página el vértigo de la mirada. El benjaminiano collage, autoría del propio Castillo Zapata, que figura en la cubierta y la contracubierta del libro, no es menos emblemático: sellos, billetes de barco y avión de diversas procedencias (Alemania, Francia, Bélgica, Italia, España): el viaje es esa conjunción, esa mezcla de lenguas y países; y el diario es la escritura de esa conjunción o confusión.


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