sábado, 23 de octubre de 2010

ESTA VIDA EN DESORDEN

Esta vida en desorden, ¿adónde te conduce? (La respuesta no vendrá, sin duda, en las líneas que siguen.) Vuelves a casa con esa sensación de resaca que es una mezcla de lucidez y de mareo: estás lejos de todo y, sin embargo, lo sientes todo dentro de ti, desordenado. (Al llegar a casa encuentras: cenizas esparcidas en la mesa, que recoges con la mano y devuelves al aire; una taza con colillas mojadas que flotan en un agua de color marrón; el salón en penumbra; la cama sin hacer; restos de papel en el suelo, que también recoges sin saber qué hacer con ellos.) Te propones acostarte unas horas, descansar aunque no duermas, acurrucarte dentro de las sábanas cubiertas con la manta, y en cambio te quedas dando vueltas de un lado a otro de la casa, de la puerta al salón a través del pasillo, del dormitorio al baño, como un sonámbulo o como un ciego que quisiera memorizar los puntos de referencia de un lugar extraño. (A pesar de que ya la conoces bien, la casa es un lugar en el que el cuerpo se siente a la vez acogido y expulsado, pues otro es el lugar que desearía para su completo bienestar aunque la casa sea el único que lo recibe y devuelve a una cierta seguridad, a un cierto amparo.) El desorden de dentro y el desorden de fuera, la emborronada sucesión de los hechos exteriores y el marasmo de deseos, empecinamientos, desilusiones y frustraciones que la conciencia despliega: todo ese desorden solo te sirve, en cierto modo, para leer desde él tu vida precedente, la suma de recuerdos apacibles que surgen al trasluz de este momento de hoy en el que, extraño para ti mismo, te reconoces y te desconoces. (Tal vez sea cierto que nos vamos transformando a cada instante, que no somos del nacimiento a la muerte un ser unívoco, sino seres que nacen y mueren instantánea y sucesivamente: ¿entonces quien ahora eres nada tendría que ver con quien fuiste ayer, con quien fuiste hace veinte años, con quien serás mañana?) La siesta que deseas está ahí, esperándote, como una oportunidad para dejar atrás esta conversación absurda entre la imagen que de ti mismo te formas y el desorden que dentro y fuera de ti sientes, pues de poco, piensas, sirve intercambiar reproches, reparos o reconvenciones cuando lo que habría que hacer es, simplemente, intentar nacer de nuevo, romper el cascarón de este instante y asomar la cabeza a la luz desconocida de otro mundo. (Iluso, una vez más te engañas pensando que bastará un rato de duermevela para recomponer lo que está desde hace tiempo enquistado en la turbiedad y la angostura. Algo distinto haría falta si es eso lo que buscas. Algo parecido al milagro, salvo que los milagros no existen, o algo cercano al menos a un salto imprevisto como el que de pronto un tranquilo paseante por el borde de un acantilado da sin saber que caerá de pie en una terraza de arena tan solo unos pocos metros más abajo.) Tus articulaciones crujen, contracturas causadas no sabes bien por qué martillean tu espalda, los pulmones jadean como atenazados por polvo retenido en los alvéolos, los dedos de tus manos tiemblan si los extiendes sobre las teclas del ordenador, la nariz, a medias congestionada, se esfuerza en respirar. ¿Acabará la siesta también con todo esto? ¿Podrá proporcionarte un cuerpo nuevo? (Deja ya de una vez de preguntarte y actúa. Levántate y vete al dormitorio. Baja las persianas. Métete entre las sábanas y estírate en busca de la posición más adecuada para dejar de sentir todo lo que en tu cuerpo rechina y te amenaza. Cierra los ojos o déjalos solo entreabiertos para ver la pared del pasillo desde la que la tenue luz que llegará del salón irá poco a poco introduciéndose en ti hasta que, tal vez, te duermas.)

4 comentarios:

  1. "Lo que habría que hacer es, simplemente, intentar nacer de nuevo, romper el cascarón de este instante y asomar la cabeza a la luz desconocida de otro mundo"

    Rafa, creo que lo único razonable (aunque no sea fácil, desde luego) es la serena autoaceptación: cualquier otra cosa es fuente de sufrimiento, amén de estéril...

    Felicidades por la entrada, me siento muy identificado con ella.

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  2. Amigo Nicolás: entre esa serena autoaceptación y la ansiedad de la autotransformación transcurre, creo, nuestra vida. Y, así, sufrimos un vaivén sin reposo que pocas veces nos proporciona alguna iluminación y casi siempre insatisfacción, incertidumbre, dudas. Gracias por tu lectura cómplice. Un saludo.

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  3. Me siento mucho más a gusto en esta dimensión de lo íntimo que me parece una indagación mucho más permanente y valiosa que la de la crítica de la circunstancia cultural inmediata. La primera me alimenta; la segunda, pese a su validez, me desgasta. Es decir, una me conduce a lo mejor de mí y la otra (aunque no diga con esto que yo no tenga mi idea política de estas coordenadas más sociales) me impide esa conexión creativa y estado personal creciente.

    Releo un paréntesis para mí magnífico del que desearía ver su posible reconversión en poema, aquí está delimitada su materia: "(A pesar de que ya la conoces bien, la casa es un lugar en el que el cuerpo se siente a la vez acogido y expulsado, pues otro es el lugar que desearía para su completo bienestar aunque la casa sea el único que lo recibe y devuelve a una cierta seguridad, a un cierto amparo.)"

    Y a la vez, me alegro de tu anterior comentario que repito como el que saborea un licor apreciado: "entre esa serena autoaceptación y la ansiedad de la autotransformación transcurre, creo, nuestra vida. Y, así, sufrimos un vaivén sin reposo que pocas veces nos proporciona alguna iluminación y casi siempre insatisfacción, incertidumbre, dudas."

    Explora este dimensión de diario interno o exponlo en estas travesías ante las cuales surgiría el silencio reconocedor de esa deseada -y así merodeada- sabiduría que justifica y exalta esa dificultosa tarea que es en ocasiones la existencia.

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  4. Gracias una vez más, amigo Carlos, por tus lúcidos y generosos comentarios. A mí también (como lector y como autor) me satisfacen más estos textos de indagación en la memoria personal, en esa material memoria, como quería Valente, que se entremezcla a veces con el presente para que o bien nos desconozcamos un poco más a nosotros mismos o bien alcancemos una imagen fugaz y algo menos borrosa que de costumbre de un momento preciso de nuestras vidas. Lo otro, los textos sobre la realidad inmediata de un medio político o cultural corrupto, provinciano y autocomplaciente, no son más que exabruptos que escribo, como quien dice, por compulsión o por incontinencia. Un saludo.

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