viernes, 12 de noviembre de 2010

TAHODIO, UNA VEZ MÁS

Por qué estas imágenes ahora, la carretera que bordea el barranco, los eucaliptos de troncos moteados tras los que duermen los muros de una especie de granja misteriosa, mientras avanzamos por una carretera que se estrecha en algunos puntos (y cuando esos puntos son curvas cerradas es preciso alertar con la bocina por si otro vehículo viniera en dirección contraria). He sabido hace poco que el amigo que a veces me llevaba en su coche, que entonces tendría poco más de cuarenta años y hoy rondará los sesenta y cinco, ha sido ingresado ya varias veces por problemas de salud mental. Yo lo recuerdo tan sano, jovial, vigoroso, sonriente, atento. Así lo sigo viendo ahora mismo al volante por aquella carretera que bordeaba el barranco y que, después de dejar atrás el grupo de eucaliptos plantados allí como para esconder algo, se confrontaba de pronto con una montaña majestuosa en cuyas faldas se sucedían las fincas de plataneras. Cruzábamos luego por un pequeño puente a no mucha altura (aunque en aquella época era para mí un puente largo, ancho y alto) hasta el otro lado del barranco, que pasaba a quedar entonces a mano derecha. La fábrica (nunca supe de qué) era un conjunto variado de edificios pintados de blanco, de un blanco sucio, tiznado, apretados unos junto a otros en el borde del barranco, unos edificios que desprendían un ruido constante que hoy no logro identificar, como si algo en su interior estuviera en perpetuo movimiento (esa fábrica en la que nunca nos atrevimos a entrar: tan solo alguna vez nos aventuramos hasta la entrada, hasta la plataforma de cemento en la que aparcaban los coches, o hasta una puerta grande de metal por la que nunca vimos entrar ni salir a nadie, pero que en cualquier momento podía abrirse para arrastrarnos al interior). Por qué, ahora, todas estas imágenes que la escritura reúne en un movimiento que no se parece al de entonces, a las curvas y recodos y bifurcaciones y apeaderos y túneles y caminos de cabras por los que transcurrieron todos aquellos años que hoy parecen lejanos. Alguien, creo, los está recordando también ahora mismo, tal vez de un modo menos confuso que yo, alguien para quien esas imágenes no están apelmazadas en el confuso vaivén de la adolescencia, sino que vibran en la luz de la primera madurez, de los cuarenta años recién cumplidos que reúnen el vigor casi todavía íntegro de la juventud y la sabiduría ya reposada de las múltiples lecciones de la vida, alguien que ahora los recuerda desde el abismo de la enfermedad, desde la cama de un hospital rodeado por una autopista ruidosa y por edificios sin ninguna identidad, anónimos. Acaso mis recuerdos hayan surgido ahora mismo para juntarse con los suyos. Quién sabe si algún día volverá alguno de los dos a atravesar la carretera que bordea el barranco, quién sabe si no se detendrá a escuchar el cuchicheo casi inaudible de las pequeñas piedras que se desprenden en lo alto y caen por las laderas, la queja desesperada de algún gallo atrapado en un corral, la canción solitaria de la brisa que pasa a saludar cada tabaiba, cada palmera, cada cable colgante entre un lado y el otro del barranco.

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