martes, 29 de octubre de 2019

BESO

Veo en tus ojosojos lo que nuncanunca
pude verver, aunque en tus labioslabios
muerdamuerdo lo que nuncanuca
pude morder: la saviasavia
que nosnos devuelvevuelve a la vidavida
perdidaída,
fluidoído, señalsoñar
de que el origen rige
un cesto de sustancias, ansias
de detenertener un ratorrato la miradamirada
y volvervolver a las fuentesentes de la vidavida,
los saborolores de las papilaslilas,
los aromasramos
del paladarradar.

Veo en los ojosojos de tus labioslabios lo que nuncanunca
pudedude oler, aunque en tus ojosojos
muerdomuerto el hálito
de algo escondidoído entre la saviasabia
que se propagavaga por entre el troncotronco
del árbolinvisibleárbol donde vemosvamos
a través de espejos,
autorretratotrato de nosotrosotros
mismosmimos que nos admiramos,
tú en mis ojosojos,
yo en tus labiosabios
que libaniban la sustancia, el ansia
de beberver tu bocaboca
hasta lo más profundo de tu palardor.

miércoles, 9 de octubre de 2019

LA IMAGEN

Es una imagen, siempre una imagen, pero ¿qué hacer cuando la imagen se ha perdido? Saber que la hubo hoy, que al doblar una esquina o mientras esperaba a que cambiara un semáforo, en medio de la ansiedad, de pie frente al asfalto ensordecedor, como alguien desorientado en una ciudad que no entiende o como quien perdió hace mucho las señales de ruta, vislumbró esa imagen, pues no llama imagen a lo que ve sino a lo que se entrevé, a lo que se sugiere desde detrás de cientos de cortinas invisibles, saber que estuvo frente a esa imagen y que esa imagen lo sostuvo en medio del desorden, no contribuye a aminorar la inestabilidad que se ha traído consigo del paseo, al contrario: saber que estuvo a punto de retenerla, de identificarse con esa imagen o de reconocer en esa imagen un filamento de lo que pudo ser una vez o de lo que algún día será, es decir, una hebra del precario tejido que conforman juntos su presente, su pasado y su futuro, una chispa en medio de la disipación, no disminuye el sentimiento de orfandad, como si hubiera sido mejor no darse cuenta de nada, andar vagando como una marioneta por las calles, con el rumbo al revés, parado en medio de los puentes viendo el cauce seco del barranco, las oficinas vacías de las mutualidades laborales, una luz al final de los pabellones deportivos como si hubiera allí un campamento donde alguien alumbraría con un quinqué el espacio vacío entre unos sacos de dormir. Seguro: la imagen sigue circulando por las pasarelas que conducen a los pabellones, o permanece a la espera en las plataformas metálicas que sostienen esas pasarelas, como si fuera allá abajo, en el punto en que la ciudad se confunde con las orillas del cauce, adonde la imagen quisiera conducirlo, mientras que él prefiere permanecer en lo alto, asomado al puente desde el que puede, a un lado, ver el mar que se oscurece con las luces de los barcos varados a lo lejos, y, al otro, el contorno de las montañas como trazado al carbón sobre el cielo reacio a ser devorado por la noche, asomado al puente, que es donde mejor se está en esta ciudad, pues en cualquier momento puede dejar de estarse, basta con encaramarse en el borde e impulsarse con las manos como quien salta a una piscina que no existe, sino el abismo de cincuenta metros al fondo del cual las rocas, teñidas por el contacto centenario con las materias fecales, y los arbustos, renegridos por el abandono que la ciudad ha dedicado a su barranco más célebre, serían magros colchones para su caída, caída que al día siguiente sería contabilizada en el registro más secreto de la ciudad como la número seiscientos veintitrés desde que se inició en 1857 la contabilidad de las caídas por los distintos puentes que cruzan el barranco, un registro depositado en el archivo provincial, entre otros legajos de difícil consulta como el que contiene el número de criaturas humanas de menos de un mes encontradas entre los callaos de las antiguas playas junto a las dársenas pesqueras o el que contabiliza la cantidad de casas de contratación de sicarios que desde 1914 actúan con el fin de hacer desaparecer a los habitantes más díscolos de la ciudad, números y cantidades que asombrarían a los cronistas más incrédulos, y que los historiadores oficiales no siempre conocen y, cuando lo hacen, tienden a esconder para que así sus empleadores, los alcaldes de la ciudad, no tengan que dar explicaciones a los medios. De modo tal que, a pesar de perder la imagen que resolvía buena parte de sus incomprensibles circunstancias como transeúnte ocasional de la ciudad, pues, de algún modo, estaba relacionada con anteriores paseos de los que no había tomado registro y que se habían perdido en el tiempo como lágrimas en la lluvia, quiso, creyó o pensó que, parado en el borde la baranda del puente, a medio metro del abismo, pero protegido por kilos de hormigón armado, podría recibir cuando menos un efluvio de la imagen, un aroma o sinsabor de lo que, difuminado por el dióxido de carbono, por el griterío de las manadas barbudas de milenials neandertales y por el coruscante ondear de las banderas de la patria en las oficinas vacías de las mutualidades laborales, se le hubiera ofrecido como una guía propicia, el geolocalizador de su ansiedad, la perfecta contraprogramación de su distorsionado cronograma vital destinado a un accidente o a la caída desde una pasarela silenciada por la puñetera historiografía de esta ciudad de mil demonios, es decir, si no una guía de perfección, sí al menos el camino hacia alguna morada desde donde verlo ya todo más claro, su perfil de aire, su cara aligerada desgracia, como si la imagen presentida y enseguida abolida lo situara en la más radical de las indisciplinas respecto de sí mismo, es decir, dispuesto a bajar por una de las plataformas hasta el fondo del barranco, buscar en una de las cuevas las perdidas señales de ruta, robarlas como se roba el fuego en un campamento, cruzar los pedregosos senderos que atraviesan el cauce bordeado de antiguas tumbas aborígenes de las que ya no queda el más mínimo rastro, buscar en la arenilla los anillos de los recién casados que en la noche de bodas se emborracharon tanto que descendieron al barranco y se perdieron el uno al otro para siempre antes de hacer por primera vez el amor, ascender penosamente por las cuerdas y ganchos dispuestos en las paredes, subir por el barranco a las partes altas de la ciudad, no tan pestilentes como afirma la prensa de derechas, salir por el barranco fuera de la ciudad, encontrarse en tierra de nadie, en medio de la noche, como si fuera un peregrino en busca de posada, y llegar a la casa donde, en uno de los primeros sueños que recuerda, cuando era un menor de edad absolutamente alelado, había un hombre que tocaba la guitarra en una habitación iluminada, un hombre junto al que se sentaba a escuchar los acordes de un grupo de rock cuyo nombre ha olvidado, y acaso ya en el sueño fumaba y se asomaba a la ventana para aspirar el silencio de la noche rodeada por los campos fragantes de un mundo que era imposible que existiera, una casa y un mundo que él imagino como ciertos y que a través de la imagen que ha perdido pueden volver a él para decirle al oído no tanto que volvió a perderlos al perderla esa tarde, como que siguen estando ahí mientras no la recupere, mientras el recuerdo de la imagen perdida siga siendo una especie de imagen de la imagen, la imagen de la imagen que conecta sus diferentes y perdidas vidas entre sí.

sábado, 5 de octubre de 2019

DE DENTRO DEL CAÑAVERAL



Debió de haber salido por un agujero abierto en la valla de protección, aunque cree recordar que en aquella época no había valla de protección sino tan sólo el espeso cañaveral que a ellos les parecía impenetrable. Si los dueños del solar mandaron construir más tarde el vallado –salvo que estuviera hecho ya en aquella época–, no debió de haber sido porque quisieran evitar que alguien entrara en su propiedad, pues, en primer lugar, no había nada allí, y, en segundo lugar, parecía muy difícil atravesar el cañaveral de tan tupido como era. Alguna otra razón debían de tener. Lo cierto es que tuvo que haber sido por allí, por algún agujero abierto en la valla de protección o por algún resquicio entre las cañas, por donde salió al saco sin fondo de la calle una tarde, mientras ellos jugaban con otros niños vecinos de los alrededores. El saco sin fondo era el lugar donde los coches daban la vuelta al final de la calle sin salida, y tenía una forma circular lo bastante amplia como para no tener que dar marcha atrás al realizar el giro de sentido. Era muy poco común que aparecieran coches en aquella calle, al menos en la época de su infancia, pues había sólo cuatro o cinco casas en la calle y la mayoría de ellas tenía garaje. Alguna vez, sin embargo, ellos y los otros niños tenían que subirse a la acera para dejar pasar a un coche desde el que los miraba una pareja, o un hombre solo, que claramente no vivían en aquella zona sino que o bien se habían equivocado de dirección o bien deambulaban sin rumbo en busca de vaya a saberse qué. No recuerda que nadie se bajara de ninguno de los coches que pasaron por allí aquel día, por lo que debió de salir, como queda dicho, del cañaveral que empezaba en el lado derecho del saco sin fondo y continuaba hacia la calle de atrás, que, sin embargo, a ellos les parecía que estaba mucho más lejos de lo que realmente estaba. Alguien así tenía que haber salido de allí. No recordaba sus facciones, ni siquiera su sexo ni su edad, pero lo que sí creía haber conservado en la memoria era el aspecto desaseado, la vestimenta descuidada, un cierto aire a aparición sobrevenida desde otro mundo, otra época u otra dimensión. Ellos siguieron jugando, es verdad que cohibidos entonces por la presencia misteriosa de quien los miraba a medias con asombro y a medias con reconvención. Parecía irradiar un halo de venganza heredada, de destino incumplido, de fantasmal y acuciante relación con la desdicha. Los juegos que ellos practicaban eran en aquella época inofensivos: pintaban con tiza rayas en el suelo y las convertían mentalmente en casillas por las que brincaban, reunían en un montículo ramitas que recogían agitando los árboles que sobresalían de los otros solares; perseguían a algún lagarto o espantaban a los pájaros que se posaban en los muros que protegían los jardines de las casas. Era él quien por lo general proponía o inventaba los juegos. Conseguía que los demás niños se sumaran a la fiesta que él dirigía desde dentro, como uno más, pero con la conciencia de haber sido el creador de aquella placentera burbuja. No había perversidad alguna, salvo la de saberse el escrutador de los juegos que él mismo inventaba para su propio disfrute y el de los demás niños. Se reían todo el tiempo, se tiraban por el suelo, daban volteretas y se perseguían mientras sabían que dentro de la casa los adultos iban desapareciendo con la caída de la luz: las siluetas de sus abuelos, las siluetas de sus padres y, más abajo, en las demás casas, las de los padres y abuelos de los otros niños, se disipaban como si una mano gigantesca las fuera borrando con un paño. Mientras tanto, esa misma caída de la luz era para ellos un alborozo, la fiesta de saberse inmersos en un tiempo infinito que se perpetuaba a sí mismo mediante la generación de la luz por la sombra y viceversa. Debió de ser aquella persona, si lo era, que salió por un resquicio del cañaveral, o por un agujero en el vallado, quien le susurró un nuevo juego que a él le pareció original, divertido, pues nunca lo habían practicado. Debían recoger las cañas secas que se habían ido cayendo en la acera del fondo de saco, cañas resecas que medían metro y medio o dos metros y que se iban acumulando junto al cañaveral, recogerlas y colocarlas en el centro del círculo. Enseguida se pusieron los niños manos a la obra. Muy pronto hubo seis o siete cañas que a una palmada suya debían ser retiradas del montón y, tras una breve carrera de alejamiento, lanzadas contra otro de los niños, que a su vez lanzaba su caña contra otro niño, y así sucesivamente (pero todos al mismo tiempo). El efecto era el de una pelea entre apaches y comanches en el que las lanzas casi nunca acertaban a dar en el cuerpo del contrario y, si lo hacían, caían a sus pies sin haberle hecho apenas daño. Alguien que debió de ser el desharrapado personaje aparecido desde el otro lado del cañaveral le susurró que las cañas debían lanzarse con mayor puntería, sobre todo apuntando a la cabeza del contrario. Así se lo transmitió a sus compañeros de juego, que una vez más recogieron las cañas, las amontonaron en el centro del saco sin fondo, las recogieron, se alejaron unos cuantos metros y, al oír la palmada, las lanzaron en dirección a las cabezas de sus víctimas. Volvió a haber pocos aciertos, aunque alguna dio de lleno en una frente o en un cuello, lo que provocaba algún gemido y la risa de los demás. El tercer lanzamiento se efectuó siguiendo la misma estrategia que el anterior, pero esta vez él se encontró de frente a su hermana, tres años menor que él, y le lanzó la caña. Esta fue directa al ojo derecho de su hermana. Llegó impulsada con tanta fuerza que el ojo empezó a sangrar. Su hermana se tiró al suelo, llorando. Él sólo supo salir corriendo al interior de la casa para avisar a sus padres. Cuando volvió a salir con ellos a la calle, la persona misteriosa ya no estaba allí. Les preguntó a los otros niños y estos dijeron no haber visto a nadie. Él les describió a alguien de aspecto descuidado, que vestía una camisa vieja y que había estado allí mirándolos jugar. Los niños afirmaron no haber visto a nadie. Estaban espantados por la sangre que salía del ojo de la hermana. Él permanecía como hipnotizado. Miraba la sangre y lo que veía era una voz. Oía una voz y lo que escuchaba era sangre. En mitad de la calle, con sus padres y sus abuelos agachados consolando a su hermana, se preguntaba dónde estaría aquella persona que había salido del cañaveral, si existiría de verdad, si no sería otra de sus invenciones, si no sería, incluso, él mismo, pero... ¿cuándo había tenido él un aspecto tan sucio?, ¿cuándo había vestido ropas tan desgastadas?, ¿cuándo, en qué momento de su vida había hablado consigo mismo como si lo hiciera con otro?  

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