lunes, 20 de diciembre de 2010

GAVETAS

Está casi al nivel del suelo y me siento en una silla para inclinarme hasta ella. Ahora que soy adulto me cuesta más agacharme, quedarme mucho rato en cuclillas o simplemente rodar por el suelo con las rodillas flexionadas como si llevara incorporado mi propio trineo. Soy más torpe, menos flexible. Y quizá también menos paciente. Ante aquella otra gaveta de mi infancia podía permanecer horas en cualquier posición. El tiempo no pasaba. El cuerpo no se resentía. Tampoco había allí nada guardado que me hiciera sonrojarme como lo han hecho hoy las fotos que he encontrado en esta gaveta en que acumulo todo aquello para lo que no encuentro un sitio. Unas fotos de hace un par de años, tomadas para la orla del instituto, en realidad la misma foto de mi cara repetida en diferentes tamaños. Una porquería de cara, con un ojo menos abierto que el otro, una nariz que ni pintiparada para un soneto barroco, unas entradas que avanzan sobre un pelo ralo, la pesadumbre de siempre en la mirada, la palidez de la piel, la destemplada atonía. En la otra gaveta, la de mi cuarto de niño, había un juego de cartas con las banderas de todos los países, una lupa guardada en un estuche, una peonza, cuadernos de dibujo de mi padre, postales enviadas por algún familiar durante los años de la guerra y todo lo demás que no recuerdo. Quien se pasaba las horas registrando, desordenando y manoseando lo que allí había no sabía nada de sí mismo, y tal vez por eso las horas transcurrían sin ninguna inquietud, sin pensamientos, sin la impresión de estar perdiendo el tiempo. Y todo estaba más presente, más auténticamente instalado en aquella gaveta como en su lugar apropiado, no como los documentos del banco, las tarjetas, los mecheros y los contratos que he ido sacando hoy como fantasmas de cosas, objetos desparramados que podrían perfectamente no estar ahí y nada se perdería. Aunque no exista ya aquella gaveta de mi cuarto de niño, ni sepa por dónde andará esparcido su contenido, aunque el mismo cuarto y hasta el piso en que se encontraba hayan sido desmantelados hace tiempo —¿y quién vivirá en él ahora, quién ocupará aquel cuarto, qué habrá en el lugar preciso en que estaba la gaveta?—, todo lo que en ella se guardaba sigue estando ordenado en mi memoria, intensamente presente como si obedeciera a una necesidad o a una energía inherentes a los propios objetos. Quién sabe si no he seguido siempre jugando a recordar las capitales de los países con aquellas banderas en miniatura, si no sigo todavía mirando a través de la lupa los cuadernos de dibujos de mi padre y jugando a lanzar la peonza a todo lo largo del cuarto, entre la estantería y la cama…

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