jueves, 30 de diciembre de 2010

DESPUÉS DE UN BREVE REGRESO A LA ISLA

He estado postergando, en estos últimos días, cualquier intento de elucidación de algo que llevaba bullendo en mi interior desde el pasado domingo. Sabía que había ocurrido algo, incluso, como en leves bocanadas de un aliento recién perfumado, sentía las señales de lo que, desde algún lugar interior, latía y me culpaba, o al menos así lo pensaba yo, por no ponerme inmediatamente manos a la obra, por no dejar cualquier otra actividad o no establecer imperiosamente las condiciones adecuadas para la aproximación o elucidación de lo que, oculto, no dejaba de bullir. Por qué lo postergaba: una buena pregunta. Tal vez quería abandonarlo a su suerte como un modo torpe de saber si era realmente algo, y también si ese algo merecía algún tipo de esfuerzo posterior por mi parte. O tal vez sospechaba que iba a agotarme la elucidación, que incluso podría ser superior a mis fuerzas: pues una cosa era haber experimentado involuntariamente, un domingo cualquiera de mi vida, en un regreso a la isla, una especie de melodía lumínica, un balanceo del ser en el corazón de la luz, una extraña apertura, como a través de un túnel imprevisto, de todo lo visible, hasta entonces, en comparación, tenebroso y confuso, y otra cosa muy distinta era sentarse, apoltronarse, recomenzar el ritual demasiadas veces repetido de teclear negro sobre blanco, esa sedentaria y acaso vana actividad. Así que lo había postergado, y, aunque me sintiera en cierto modo culpable por ello, jugaba con la idea de que de mí dependía que algo al parecer valioso (pues sin duda procedía de fuera de mí, del aire de un domingo transparente, de la luz que se filtraba a través de los pinos como el agua de un río transcurre sobre las piedras del cauce) pudiera perderse si yo así lo quería, lo cual demostraba, seguramente, que no era tan valioso, o tan solo que yo era una persona perezosa o indolente porque no me sometía a ninguna exigencia externa de trabajo y prefería vaguear, ir de un lado para otro en el interior de la casa, sentarme un rato a ver el telediario con mis padres, contestar un mensaje de móvil a un amigo, afeitarme, salir a echar un vistazo a la placita pegada a la trasera de la casa. Tampoco me parecía que fuera a interesarle a nadie el relato de un día en que decidí subir hasta lo alto de la isla, atravesé durante un buen rato las nubes que formaban una espesa capa de niebla, asistí, a medida que subía, a la disolución de esa misma niebla, cada vez más delgada, hasta que al final desemboqué en la llanura volcánica pisada por el sol, el cielo de un azul vivísimo en apasionada fricción con la tierra negra, ocre, esa increíble atalaya sobre las nubes, como si hubiera accedido a un mundo distinto del mundo del que procedía. Y, desde luego, aún menos podría interesarle a nadie el vínculo que, inconscientemente, establecí entre la luz exterior y la interior, entre la niebla exterior y la interior, lo que me hizo sentir que ese día, ya cerca del final del año, estaba dejando atrás una etapa oscura de mi vida; sentimiento absolutamente arbitrario, caprichoso y desmedido que lo único que revela, tal vez, es la fragilidad de nuestra alma, la imperiosa necesidad que sentimos, a veces, de que el mundo alumbre el tortuoso camino interior que transitamos.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

LA MESA DE PIMPÓN

Goyo. Recuerdo este nombre. Y una mesa de pimpón. Un pasaje entre arbustos por el que nos colábamos. La larga pared del hotel a nuestro lado, con todos sus balcones iguales, normalmente vacíos, o como mucho con una o dos toallas puestas a secar al sol como indicios de una presencia humana. Sobremesas en las que esa pared nos protegía del sol, y en las que entre la pared y los arbustos, en aquella terraza, jugábamos incansables al tenis de mesa, practicábamos los rudimentos aprendidos en el colegio con aquel profesor catalán que años más tarde moriría en accidente de moto: Rodolfo Rosselló. Otro nombre perdido en la memoria agitada. Qué distinta esa terraza furtiva en la que nos colábamos algunas tardes del verano de las dependencias del colegio en las que practicábamos durante el curso nuestro deporte de mesa. Tantas horas en una y en las otras para tan pocos recuerdos: unos nombres a los que casi no van unidas imágenes de cuerpos, sensaciones inútiles de sombras que se desplazan, el taconeo de nuestros pasos alrededor de la mesa, los golpes con efecto, los saques retadores, los mates entrellados en la red, aquel muchacho, Goyo, que apareció un verano sin camisa y no estaba ya el siguiente, el tiempo suspendido, tan diferente al de ahora, una tarde en que jugué al pimpón con Rodolfo como si fuera un adulto, sin concesiones ni amaños, y puse en práctica todas mis dotes defensivas, aquel compañero que dijo —acaso inventó— haber sufrido ya varios infartos debidos a una patada que un hermano mayor le había dado a su madre en el vientre cuando estaba embarazada de él —y describía con todo detalle el mareo, y los ahogos, y cómo había estado a punto de morir, pero, aunque entonces consiguiera convencerme, hoy creo que su enfermedad no era precisamente coronaria. Tantas horas y tan poca memoria, ¿acaso porque el tiempo transcurría siempre igual, sin apenas cambios o fisuras, o porque inconscientemente hemos borrado lo que más nos importa, lo que está esperándonos dentro de algún nombre perdido para entregarnos, cuando ya no nos sirva, una verdad olvidada? Cruzábamos hasta el hotel y nos introducíamos por un pequeño pasadizo entre arbustos hasta aquella terraza que se convertía en el centro del mundo. Como nadie usaba aquella mesa de pimpón, la habíamos hecho nuestra. Años después vallaron el hotel y no pudimos ya entrar. Para entonces eran otros los juegos. Éramos otros nosotros.

lunes, 20 de diciembre de 2010

GAVETAS

Está casi al nivel del suelo y me siento en una silla para inclinarme hasta ella. Ahora que soy adulto me cuesta más agacharme, quedarme mucho rato en cuclillas o simplemente rodar por el suelo con las rodillas flexionadas como si llevara incorporado mi propio trineo. Soy más torpe, menos flexible. Y quizá también menos paciente. Ante aquella otra gaveta de mi infancia podía permanecer horas en cualquier posición. El tiempo no pasaba. El cuerpo no se resentía. Tampoco había allí nada guardado que me hiciera sonrojarme como lo han hecho hoy las fotos que he encontrado en esta gaveta en que acumulo todo aquello para lo que no encuentro un sitio. Unas fotos de hace un par de años, tomadas para la orla del instituto, en realidad la misma foto de mi cara repetida en diferentes tamaños. Una porquería de cara, con un ojo menos abierto que el otro, una nariz que ni pintiparada para un soneto barroco, unas entradas que avanzan sobre un pelo ralo, la pesadumbre de siempre en la mirada, la palidez de la piel, la destemplada atonía. En la otra gaveta, la de mi cuarto de niño, había un juego de cartas con las banderas de todos los países, una lupa guardada en un estuche, una peonza, cuadernos de dibujo de mi padre, postales enviadas por algún familiar durante los años de la guerra y todo lo demás que no recuerdo. Quien se pasaba las horas registrando, desordenando y manoseando lo que allí había no sabía nada de sí mismo, y tal vez por eso las horas transcurrían sin ninguna inquietud, sin pensamientos, sin la impresión de estar perdiendo el tiempo. Y todo estaba más presente, más auténticamente instalado en aquella gaveta como en su lugar apropiado, no como los documentos del banco, las tarjetas, los mecheros y los contratos que he ido sacando hoy como fantasmas de cosas, objetos desparramados que podrían perfectamente no estar ahí y nada se perdería. Aunque no exista ya aquella gaveta de mi cuarto de niño, ni sepa por dónde andará esparcido su contenido, aunque el mismo cuarto y hasta el piso en que se encontraba hayan sido desmantelados hace tiempo —¿y quién vivirá en él ahora, quién ocupará aquel cuarto, qué habrá en el lugar preciso en que estaba la gaveta?—, todo lo que en ella se guardaba sigue estando ordenado en mi memoria, intensamente presente como si obedeciera a una necesidad o a una energía inherentes a los propios objetos. Quién sabe si no he seguido siempre jugando a recordar las capitales de los países con aquellas banderas en miniatura, si no sigo todavía mirando a través de la lupa los cuadernos de dibujos de mi padre y jugando a lanzar la peonza a todo lo largo del cuarto, entre la estantería y la cama…

domingo, 19 de diciembre de 2010

EN UN LOCUTORIO DEL NORTE DE MADRID

Lo primero que escucho es un murmullo, como si estuviera hablando en voz muy baja para que no se la escuche fuera de la cabina o como si —así es, al menos, como el murmullo se proyecta en mi imaginación— tuviera la boca muy pegada al auricular, como si, por apurar hasta el máximo la imagen, todo su cuerpo estuviera enroscado en torno al teléfono en un último intento, desesperado, de salvarse. Susurraba, casi lloriqueante, y su voz, al principio, me pareció la de un hombre. La de un hombre sumiso, acabado, postrado. Sin embargo, cuando luego empezó a transformar sus susurros en frases plenamente articuladas, e incluso, más tarde, en gritos recriminatorios o interrogativos, quedó claro que era una mujer. Su voz era ronca, como la de una mujer que ha fumado o que ha bebido mucho. Acusaba al hombre con quien hablaba de mentir, de mentir como un bellaco, y le preguntaba si, por la virgen santísima, no le daba vergüenza mentir como un bellaco. Le estaba dando, le advertía, la última oportunidad antes de enviarlo a la guardia civil. Le preguntaba dónde se encontraba, en qué localidad, y le proponía un encuentro para esa misma noche, aun si cada uno de ellos tenía que desplazarse cientos de kilómetros. Daba la impresión de que él no aprobaba ese encuentro. Si ella estaba dispuesta a desplazarse trescientos, por qué, le gritaba, no podía él desplazarse cien. Le pedía que la dejara hablar, ya que era ella quien había tomado la iniciativa de llamarlo y quien iba a pagar la llamada. Le decía que no, una y otra vez, y en un momento determinado lo llamó con su nombre completo, nombre de pila compuesto y dos apellidos, como si con esa mención casi bautismal pudiera conseguir más atención o impedir que él hiciera lo que quiera que estuviera planeando hacer. Le dijo que, si no podía mover el camión de donde lo tenía aparcado, alquilara un coche para poder venir. Volvió a bajar la voz, como si nada de lo que había estado gritando sirviera para algo, y, casi llorando, le dijo que no tenía ni para comprar tabaco, que se arrastraba todas las noches por las calles de la ciudad de un lado para otro, que lo único que quería era mirarlo a los ojos. Cuando acabé mi sesión de internet y atravesé el pasillo hasta la salida, miré hacia la cabina donde ella estaba, pero no pude verle la cara. Era una mujer de estatura media, melena rubia teñida y, me pareció, no demasiado limpia, abrigo, bolso. Estaba, como la había imaginado al principio, como enroscada en torno al teléfono, agarrada a él quizá con las dos manos. Era una mujer sin nombre que hablaba, creo, con un hombre que ya no la quería.

lunes, 13 de diciembre de 2010

PARA UN HOMENAJE A ANTONIO GAMONEDA

Debió de ser este el año en que te conocí: 1996. La tarde no era especialmente fría. No recuerdo el mes. Sí que aquella mañana había recorrido León en un rápido avistamiento alucinado. La catedral, los frescos románicos de San Isidoro, las callejuelas y plazas. No he vuelto a ir a tu ciudad. Ojalá pueda hacerlo pronto. La recupero estos días leyendo tus memorias de infancia, Un armario lleno de sombra. No, no la recupero, pues nunca fue mía salvo en aquellos instantes que fijé en algún fragmento de diario y, sobre todo, en imágenes que alguna vez regresan: águilas, devoraciones y labranzas, vástagos y cepas, inscripciones en la piedra húmeda, gargantas y rastrillos, la ciudad silenciosa, dormida sobre la pira de los siglos. No fue, sobre todo, mía cuando le pregunté a mi abuelo paterno, ya al final de su vida, ya viudo, en una tarde agria e irrepetible, por su experiencia en la guerra, como militar del bando vencedor, justamente en Astorga y en León. Nada me contestó. Mudez de sus ojos, vacío en la mirada, ¿acaso ya un abismo de niebla en los recuerdos o tal vez el sordo martilleo de incontables imágenes de sangre, de violencia, de frío, de torturas, de insomnio, de fusilamientos? No sé, Antonio. Sabemos tan poco de aquellos de quienes procedemos. Toda tu obra, me parece, está recorrida por esa necesidad de ahondar en la memoria, de cavar, de adentrarse en donde no sabemos, en donde hemos nacido, en el silencio que estuvo o fue antes de nosotros.

La tarde en que te conocí no imaginé que tendría ese placer. Había quedado en León con el poeta Marcos Canteli. Elegimos esa ciudad como lugar intermedio entre Oviedo, de donde él venía, y Madrid, de donde venía yo. Después del café y de la conversación me propuso amablemente ir a visitarte. Recuerdo ahora que te llamó y le dijiste que fuéramos. Yo no daba crédito: deseé que mi timidez no estorbara el disfrute y la alegría. Creo que con tu ayuda (con la ayuda de tu sencillez y de tu cercanía) lo logré. Estuvimos unas dos horas en tu casa y me regalaste, firmada, Descripción de la mentira. Yo conocía ya, desde hacía unos años, el Libro del frío. Y acababa de conocer el frío real, el de mi primer invierno en Jena, a comienzos de 1995. Pero el frío de tu libro era más intenso aún. Poco después de nuestro encuentro en León yo regresé a Alemania. En el frío de los cuatro inviernos más que allí viví ardía siempre, por dentro, el tuyo, el frío de tu libro, que era al mismo tiempo una llama de vida.

Fue justamente en 1996, no sé si antes o después de nuestro encuentro, cuando escribí la serie La azotea – Réquiem. Se publicó cinco años después junto a ocho dibujos del pintor mexicano Vicente Rojo. Para mí es un solo poema en veinte fragmentos. Surgió como brota de pronto la sangre de una herida. Me desgarré algún lugar del alma en una visita a la azotea de la casa de mi abuela. Allí había tenido un palomar un primo mío muerto cuando yo era un niño en un accidente de moto. Seguían intactas las repisas donde descansaban las palomas. Mi abuela cuidaba de un montón de flores y plantas repartidas en macetas por toda la azotea. Unos alambres medio oxidados servían para colgar la ropa, que en poco tiempo al sol quedaba seca. Yo no fui sólo yo en aquella visita: alguien me acompañaba y susurraba palabras que casi siempre el aire se tragaba. Me detuve en la muerte como quien ya no quiere habitar otro lugar, y la muerte era el abismo que me separaba de la calle, la caída al asfalto, el cielo negro, la carne que se estrella contra la ausencia de carne, el palomar vacío, el sol en su repiqueteo infame sobre las pupilas de un niño o de una anciana. Algo se desgarró. Algo se detuvo en un desgarramiento. Algo brotó. Algo pude salvar. Estas palabras que ahora, Antonio, te ofrezco.*

* Texto leído el 15 de abril de 2009 como introducción a una lectura de La azotea - Réquiem en el congreso "Antonio Gamoneda. La palabra dañada", celebrado en la Universidad Autónoma de Madrid.

viernes, 10 de diciembre de 2010

BREVE MONÓLOGO AL ATARDECER


In memoriam Alberto Giordano


Todo está preparado. El silencio es el justo. Para qué. Para nada. La ausencia de mí mismo en mí comienza ahora. Todo está ya de más. Cualquier paso que dé será ilusorio. Cualquier deseo quedará sin cumplirse. Ninguna nueva amistad cuajará para siempre. El silencio es el justo porque en él escucho voces que no desentonan. Líneas de sonido muy tenue trazan en el fondo de este instante un mapa invisible de mi rostro. Sé que estoy por ahí en algún lugar, perdido, pero nunca lograré escuchar juntas todas esas voces que me dicen quién soy. Por eso estoy preparado para la ausencia. He renunciado a cualquier pregunta, a cualquier conocimiento, pues no quiero que sigan engañándome las respuestas equívocas, los saberes inútiles. Me desengaño y avanzo hacia el corazón de la nada. Me someto a los párpados que cubren mis ojos de mirada perdida, pues acaso es preferible no ver ya nada si no hay nada que ver antes que perder la mirada en lo que no puede verse. También se escuchan, por encima del canto monódico de las voces apagadas, sonidos estridentes, como de mandíbulas que rechinan o de parturientas abandonadas a su soledad. Qué hacer con ellos, me pregunto aunque enseguida aborrezca la pregunta. Luego vuelve el silencio, un silencio que anuncia el que no tardará en llegar, un silencio de rostros deshechos en llantos sin palabras, un silencio de manos acariciadas en los instantes previos a la muerte, el mismo silencio del cuerpo de un anciano solitario que se cae un día tras otro sin que nadie venga a recogerlo. El cuerpo anduvo tras el estertor de un sentido. Indagó las presencias, palpó carnes convulsas, se extendió sobre pieles distintas de la suya, se meció en las olas de un mar que lo abrazaba. Y ahora está de vuelta. Buenas noches. Me despido de él como si únicamente fuera a dormirse y me fuera dado volver a verlo a la mañana siguiente. Pero no está previsto despertar alguno. Se perderá en las cavidades de un sueño sin fin. Nada está preparado. Todo ocurrirá de golpe, en un instante que ya no durará, que no engendrará otros instantes. Tampoco el silencio es el justo. La luz es excesiva. Las voces son tantas que ninguna puede escucharse. La vida tiembla aún demasiado bajo los párpados de quien se aleja.

jueves, 9 de diciembre de 2010

CALLE MARÍA CRISTINA

Tuve que buscarla muchos años después, pues no recordaba dónde estaba. (Mira esos raspones que han aparecido en tus manos, huellas de no sabes ya qué andanzas, qué involuntarias contorsiones o respingos en algún lugar de las últimas noches.) Intacta en la memoria, conservada como en el interior de una de esas campanas de cristal que protegían alguna figura dudosamente valiosa en otras casas parecidas, seguía estando aquella casa de dos plantas de la calle María Cristina, y sin embargo no recordaba su ubicación, el lugar exacto en que la ciudad la guardaba. (Aparecen y al cabo de unos días desaparecen, como el corte en el pezón que te causaste sin querer el otro día al recortarte un poco el vello de esa zona.) Sabía que no era una calle céntrica, incluso que se trataba de una calle bastante poco transitada, como escondida o encajonada entre otras más importantes; y también recordaba que era una calle en pendiente y que la casa se hallaba en el lado izquierdo según se bajaba. (Lo primero que pensaste es que te habías cortado toda la punta del pezón, pero por suerte fue solo un pequeño corte superficial que enseguida sangró para acabar cicatrizando a los pocos minutos.) Debió de ser en una de esas épocas de la tardía adolescencia en que me sentía abrumado por los recuerdos del pasado, una de esas fases de arrebatos nostálgicos que me impelían a pasear por la ciudad en busca de rincones, de instantes, de aromas o de árboles de más allá del tiempo, de épocas perdidas. (Cómo puede causar, pensaste, tanto dolor un lugar tan pequeño, un botoncillo de la piel tan insignificante; pero enseguida asociaste ese dolor intenso al no menos intenso placer que el mismo lugar del cuerpo puede producir cuando es acariciado por manos expertas o entregadas.) Ya no vivía nadie en esa casa cuando volví a descubrirla: sus habitantes —una tía de mi padre, su marido, la criada de toda la vida— habían muerto hacía años, sin hijos, y lo que yo recordaba como unas pocas visitas junto a mi madre a lo largo de un par de años de mi infancia no habían sido más que unos pocos instantes sin importancia en la vida de aquellas personas —lo mismo que en la mía propia. (Esas pequeñas mutilaciones de la piel, ¿acaso quedan guardadas? ¿O una vez que se borran, que se cae la costra de la cicatriz, desaparecen para siempre? ¿No podría trazarse, te dices, un mapa al mismo tiempo exterior e interior de un ser humano a partir de esas marcas invisibles que llevamos hasta el final en nuestra piel?) La casa era el salón. El resto era para mi hermana y para mí inaccesible oscuridad. Queríamos entrar a explorar lo que nos imaginábamos como un laberinto de estancias, de pasillos, de patios interiores, pero no se nos permitía abandonar las sillas en que, alrededor de la señora de la casa, permanecíamos durante toda la visita. (Marcas de caídas, de choques, de mordidas, de despistes, de peleas, de juegos, de arrastres en el mar, de saltos, de desesperaciones, de arañazos, de besos que parecían no querer terminar nunca, de intervenciones, de heridas, sobre todo de heridas.) Recuerdo los nombres de quienes allí nos sentábamos. Debió de ser algunas tardes a la salida del colegio. Una anciana distante y altiva al final de sus días. Una criada dicharachera, cariñosa, solícita, que se desvivía por mi hermana y por mí. Años después, cuando encontré de nuevo la casa de la calle María Cristina, la vida no acababa de empezar ni estaba terminando como entonces. Yo estaba frente a ella y simplemente comenzaba ya a hablar conmigo mismo.

domingo, 5 de diciembre de 2010

CALLE BERNABÉ RODRÍGUEZ

- ¿Por dónde quieres que empecemos?
- Dejemos más bien que las imágenes vayan poco a poco empujando las cáscaras invisibles que parecen envolverlas: las que logren salir acaso puedan guiarnos a medida que hablamos.
- ¿Fueron tú y él compañeros de clase?
- Sí, desde los primeros cursos del colegio, desde que tengo memoria. Y lo seguimos siendo hasta que yo dejé el colegio por un instituto público. Siempre estuvimos en la misma clase, pues ninguno de los dos repitió curso.
- ¿Frecuentaste mucho su casa?
- Calculo que habré estado unas quince o veinte veces en ella, a lo largo de los años. Allí vi por primera vez un ordenador personal, que sus padres le habían regalado. Nos recuerdo tumbados en la cama de su dormitorio, obnubilados con aquella pantalla en la que unas figuras que hoy serían irrisorias conformaban unos juegos en los que ya no había juguetes.
- ¿Es ese tu recuerdo más intenso de aquella casa?
- No sabría decirte. La ropa que caía de los armarios empotrados a lo largo del pasillo cuando a algún otro compañero y a mí se nos ocurría abrir una de sus puertas nos hacía retorcernos de risa. En eso éramos crueles y, en cierto modo, creo que inconscientemente nos descolocaba esa cultura de la acumulación, proliferante, en la que la ropa, en cantidades industriales, parecía introducida a presión en aquellos armarios y abandonada allí durante un tiempo indefinido como si no hubieran podido o querido desprenderse de ella. También hay otros recuerdos, claro.
- ¿Te refieres a las fotos gigantescas de familiares muertos rodeadas de flores y de varas de incienso?
- Sí, y era como si su presencia siguiera flotando de algún modo en el aire. De hecho, llegué a conocer a un abuelo suyo que murió poco tiempo después. Cuando vi el altar en que lo recordaban, la inmensa fotografía en que lo habían fijado para siempre, en medio del salón, me dio realmente la impresión de que siguiera vivo.
- ¿Te hablaba mucho de su país?
- Casi nunca. Ni siquiera cuando volvía al colegio después del verano, tras haber pasado uno o dos meses allí, hablaba demasiado de su país. No recuerdo que me haya dicho de qué parte era su familia. Tampoco recuerdo que hablaran entre ellos otra lengua que no fuera el inglés o el español. Parecían querer borrar, al menos de cara a los demás, cualquier huella de su diferencia. Debían de haber heredado de la generación anterior el desprecio o la antipatía con que fueron acogidos en la isla.
- ¿Qué más podrías decirme?
- Eran sonrientes, pero también melancólicos. Te contaré una anécdota. Creo que habían pasado ya algunos años desde que yo había dejado el colegio cuando un día visité a mi amigo. Es posible, incluso, que haya sido la última vez que estuve en su casa. (Luego se mudaron a otro piso, que ya no conocí.) Al despedirnos, él en el descansillo y yo en el ascensor, nos dimos la mano y noté que durante unos instantes no me la soltó: sintió siempre hacia mí un verdadero cariño, pero sabía que en ese instante la vida iba a separarnos, como en efecto ocurrió. Y creo que lo supo con más lucidez que yo. No nos habían separado las religiones, las lenguas ni las costumbres, pero iba a separarnos el tiempo, contra el que nada se puede. Esa imagen contiene uno de los momentos más tristes de mi adolescencia.
- ¿Nunca más lo viste?
- Años más tarde me puse en contacto con él. Yo era ya profesor en un instituto del norte de la isla. Él era director de un hotel en esa misma zona. Me invitó a almorzar allí, junto con dos de sus subordinados. La conversación fue insulsa, protocolaria. Había engordado. Seguía igual de sonriente y de atento. Se había casado y tenía un hijo. Nos despedimos en la calle, junto al hotel, y nunca más lo he visto.
- ¿Sabes algo más de él?
- Dejó el hotel y pasó a trabajar con su padre en lo que siempre le gustó: la informática. Sufrió la tragedia de ver morir de cáncer a una hermana menor. Lo llamé cuando me lo contaron, pero no lo localicé: tal vez haya cambiado de número. Sé que viaja con frecuencia a su país por asuntos de trabajo. Y sé que volveremos a encontrarnos un día, de casualidad, en alguna de las calles de nuestra pequeña ciudad, y que al mirarnos a los ojos seguiremos reconociéndonos como si el tiempo nunca hubiera pasado.

viernes, 3 de diciembre de 2010

ANTIGUA CALLE DE LOS CAMPOS

Para María José Alemán

Como las dos casas eran vecinas, alguna vez pensó —¿o lo piensa ahora por primera vez?— en la posibilidad de conectarlas mediante un túnel labrado por su imaginación por el que, mientras la troupe familiar confabulaba sobre cláusulas de contratos, últimas voluntades y demás disposiciones testamentarias, podría escabullirse desde el cuarto de los pájaros hasta la casa aledaña y desembocar así en el suntuoso salón de sillones morados, fotografías arracimadas sobre pacientes veladores y una televisión al fondo, casi siempre encendida aunque con el volumen muy bajo. Detrás de la cortina que dividía en dos el cuarto de los pájaros para que no estuvieran a la vista los tarecos diversos que su abuela guardaba como restos de otras épocas o, a veces, como repuestos para la presente, entre un sofá desvencijado y una cómoda inservible, se encontraba el comienzo imaginario del túnel. Hasta allí se llegaba cuando lo aburrían los cónclaves sobre viejas herencias que terminaban siempre con fumata negra y caras largas: escarbaba en la pared, o apoyaba en ella, en el lugar exacto en donde se abría el acceso a la otra casa, su oído, impaciente por saber si del otro lado sesteaban, charlaban animadamente o tan solo permanecían tumbados con las piernas estiradas sobre escabeles desgastados, indolentes, ociosos. Las dos ramas de su familia, separadas únicamente por ese tabique que él taladraba con su imaginación, en casi nada se parecían. Los de acá eran ruidosos y los de allá parsimoniosos. Los de acá eran campesinos y los de allá burgueses. Los de acá eran transparentes y los de allá laberínticos. Así que, lo mismo que de vez en cuando tenía que escapar de las sobremesas airadas de la casa de acá, otras veces necesitaba alejarse de la desangelada parsimonia del otro lado. Para eso era el túnel: para vivir dos vidas cuando estaba condenado a vivir solo una, para no sentirse nunca encerrado en un modo exclusivo de ser, en un único lugar, para ausentarse sin dejar de estar presente, para presentarse aun permaneciendo ausente. Nadie sabía que existía, pero un día su abuela descorrió la cortina y le preguntó qué andaba buscando en aquella esquina del cuarto, sentado junto a la pared, como si estuviera escuchando lo que ocurría al otro lado.

jueves, 2 de diciembre de 2010

DOS VOCES

― Y tú, ¿para qué quieres coleccionar palabras, falsario, como si pretendieras parecerte a la savia de la vid que genera los racimos, impostor, como si no supieras que cualquier racimo nacido de la tierra será siempre más verdadero, más hermoso, más pleno y más invulnerable que tus pobres ristras de palabras, pelele, como si no te dieras cuenta de que los días se pierden como semillas esparcidas en el viento, se desparraman sin remedio, se disuelven hasta que nadie diría nunca que existieron? ¿Y tú quieres oponerles, tenorio, personilla, los espantapájaros de tus versos, las apocadas estrofas de tu pálida musa, el siniestro tesoro de tus noches sin vida, simuladas?

― Ya no quiero vivir. Me he resentido de todo lo que siempre quise vivir y nunca pude. Toco un arpa con dedos cada vez más delgados, cada noche, y dejo que su sonido quede resonando hasta que el sueño lo apaga como a lo que no tiene vida. Me he dormido en los brazos insomnes de la noche: resuenan como los de un esqueleto contra los míos cuando me acunan con su nana de nada. Para qué vivir ya. Qué me ofrece la vida. Para mí no fue siempre, ¿o quizás sí?, una canción escuchada a lo lejos, cantada con los labios cerrados a través de una garganta enferma. Los poemas que mi afán intenta componer no siempre fueron como colgajos resecos de cuerpos ahorcados junto a un camino polvoriento: un pútrido recuerdo de lo que alguna vez debió de ser la fuente y el galope de la vida.

― Ahora pretendes confundirme aludiendo al tarot. No me creo ya tus zarandajas. ¿La fuente y el galope de la vida? No dejas nunca de coleccionar palabras, casi siempre al tuntún. Intentas deslumbrar con medio gramo de paralelismos, una pizca de aliteración, cuatro rancias metáforas, unas puntitas de calambur y alguna renqueante paradoja. Muestras ante el respetable, como el escudo del gran héroe homérico, tu ekfrasis personal, los tatuajes absurdos con que abrumas tu piel todos los días, tus necios atributos que ni siquiera, como pretendes, vivieron épocas mejores. Simplemente te adornas como un pavo real de ojuelos falsos, de gastadas miradas que a la más mínima arremetida del exterior se repliegan, se esconden como lo que son: temerosas máscaras tras las que nada hay.

― ¿No es eso lo mismo que haces tú? ¿O son tus palabras más puras que las mías, más auténticas, o es que están hechas de una pasta diferente, de un aliento con mayor porcentaje de alma humana? ¿Por qué no las usas, tus palabras, como un espejo en el que mirarte? Tal vez aprendieras algo. Me preguntas, me defines, me instigas, me recriminas y me abates. ¿No sería más útil que ejercieras sobre ti mismo tus higiénicas prácticas? Pues desde el momento en que hablamos nos alejamos de la vida, y desde el mismo instante en que nos alejamos de la vida se desgasta nuestro rostro, y a partir de ese momento hemos empezado sin remedio a perdernos no solo para los demás, sino para nosotros mismos. Así que, si quieres permanecer intacto e impoluto, ¿por qué no empiezas por dejar ahora mismo de hablar?

miércoles, 1 de diciembre de 2010

AGRIMENSOR DEL DESIERTO


Para Mariano de Santa Ana y Orlando Franco


1) Crece el desierto: la extensión del desastre es mayor que el tamaño de la esperanza. 2) La cultura milenaria del mar que agoniza nada podrá hacer para salvarlo. 3) Ante el asedio imparable de los titanes de asfalto y de cemento, las antiguas pirámides apenas brillan ya en su ilusoria eternidad: sepulturas que acabarán, a su vez, sepultadas. 4) Ni siquiera las islas bendecidas con bosques de otras eras, santuarios habitados aún por ninfas y por faunos, han sabido protegerlos: unas horas han bastado para destruir la tela urdida durante milenios. 5) Recorrí el bosque quemado: la andrajosa memoria de las ramas en que, intacto, glorioso, gorjeó en tantas tardes de dicha el mágico pinzón azul me salía al encuentro a cada paso. 6) Cadáveres de árboles que fueron templos vivos de la brisa, de los juegos de niños confiados, de las risas del aire mezcladas con sus risas. 7) Quise bajar al mar, a acantilados que recordaba majestuosos, a playas en que el agua estaba antaño tan limpia que traslucía la piel del cuerpo amado entre mis manos: todo era fango y podredumbre y urbanizaciones turísticas y polígonos y fábricas y muros y vigilantes y putas y dolor y piscinas y solares alineados para la masacre futura. 8) Y orondos, en despachos con vistas, propietarios de hoteles caribeños, titulares de cuentas en dudosos bancos suizos o cómplices de mafias extranjeras, los culpables de toda esta historia universal de la infamia se frotan las manos manchadas con la sangre de su propia tierra. 9) Contempla, contra el asco, contra la desazón, contra la impotencia cada vez más profunda, una flor que renace en medio de cenizas, un delfín que aún da saltos en el pútrido mar. 10) Boquearan hasta hundirse en ese mar los miserables causantes de esta ruina sin retorno, de este lento apagarse de la luz de la vida. 11) Lo que perdura, me he dicho mientras escribía, un tiempo en la palabra es el brillo ocasional, condenado a extinguirse, de un ala imprevista, de una nube blanquísima, de un labio esperanzado sobre otro sometido, la efímera dulzura de un milagro ahí al lado, aquí mismo, junto a ti, junto a mí: nada más. 12) De ninguna otra hazaña es capaz la palabra, ni siquiera la palabra heroica del poema, liberada de cualquier atadura o convención: no va a enmudecer frente al más mínimo abuso, pero sólo podrá, aunque lo condene, decirse en soledad, acallada su voz por el estruendo de un mundo sordo a sus secretos, a su inútil lucidez. 13) No va a callarse, pero nadie va a oírla. 14) Y aun si alguien la oyera, le serían impedidos, como al agrimensor K., los accesos a las dependencias (¡oh sí, lujosos despachos con vistas!) del castillo en que los infames deciden la lenta pero implacable destrucción de la tierra. 15) Y un humus putrefacto absorberá nuestros huesos.