jueves, 30 de noviembre de 2017

LA HUIDA

Huyó, por el devastado salón, hasta el otro extremo de la casa. Pero la casa no era demasiado grande. Sólo disponía de dos habitaciones. Su única solución era huir unas veces a una y otras veces a otra. Llegar a una de ellas era olvidar lo que en la otra lo estaba amenazando, y viceversa. Descansaba por un tiempo, intentaba pensar en otra cosa, se desentendía de lo que hacía un instante lo mortificaba. Y luego, cuando volvía a sentir los traqueteos, los zumbidos, escapaba de nuevo: se iba hasta la otra habitación, unos cuantos metros más allá. Se serenaba otra vez, respiraba hondo, miraba un cuadro colgado en la pared. Subía la persiana, aspiraba un poco de luz, cada vez menos luz, pues se acercaba el invierno. Se sentaba en el filo de la cama. Y entonces volvía la inquietud, como un globo que explota, otros globos que explotan, alguien que comienza a martillear un tabique. Sale zumbando hacia la cocina, bebe un poco de agua, se come unas nueces, friega la loza, mira la fecha de caducidad de unos yogures. De pronto resuenan unos pasos, y un fragor de voces, amplificado por la caja de la escalera, se filtra por debajo de la puerta. Un coche arranca. Se le rompe una copa, recoge los pedazos, tropieza con una silla, la pata chirría al arrastrarse por el suelo. La persiana de madera se golpea contra el marco de la ventana. La puerta de la calle se ha quedado abierta. El coche lleva ya un rato con el motor encendido. De la cocina pasa al salón. No hay donde estar. El teléfono suena. Lo coge y lo lleva al dormitorio, lo pone sobre la cama. Al otro lado, alguien se desgañita, creyendo que él lo escucha, y reclama una respuesta. Sale del dormitorio, cruza el pasillo hasta la habitación que da a la calle. Por la ventana entreabierta ronronea el motor encendido. Debe de hacer ya diez minutos desde que lo arrancaron. Otro coche se detiene a su lado. Cree que el aparcamiento va a quedar disponible y toca la bocina. El coche aparcado le responde por ese mismo medio que no, que no se va a marchar. El otro reanuda bruscamente la circulación, acelera, frena en la curva que hay un poco más abajo. Deja con un par de zancadas la habitación que da a la calle, cierra la puerta, intenta olvidar el chirrido de las ruedas marcado en el asfalto, en las venas de la garganta, entra en el baño, cierra la puerta. Abre la ventana del patinillo, introduce la cabeza y mira hacia arriba. Por las tuberías circula, reconfortante, el agua de la cisterna de los vecinos de arriba. Se deja extasiar por esa cantilena, pero enseguida lo sobresalta un portazo, no sabe bien si del segundo o del tercero. Resiste un poco más con la cabeza dentro del patinillo, que sigue pareciéndole, a pesar del eco del portazo que retumba todavía, el lugar más tranquilo de la casa. Se lava las manos, varias veces. Espera un poco más dentro del baño, quizá ya hayan bajado los vecinos del segundo –o del tercero– y no se oigan sus pasos en la escalera. Sale del baño y vuelve al dormitorio. La cama es un remanso de dos metros de largo. Se tumba. No hay nada que hacer. Respira. Deja que el aire se quede unos segundos en el vientre. Lo repite tres veces. No está seguro de que el coche siga arrancado todavía. Se deja caer al suelo, se tumba boca abajo contra el frío de las losetas, sin camisa. La habitación no se lo traga como desearía. Todo raspa. Todo es borde que rebota. Todo reverbera inquietud, cansancio. No permanece sino unos pocos segundos en esa posición de decúbito prono. El silencio no existe. Las paredes son de papel; las puertas, de seda. Por el vientre suben hasta su cerebro los quejidos de las tripas. No es hambre: es infección, gastritis crónica, la consecuencia de haber comido mucho y mal durante años. Se levanta, se desviste, se ducha. El ruido del agua lo libera por unos minutos. Se sincroniza con su corazón. Lo alivia. Sale del baño, ya está de nuevo en la sala. Se sienta en el incómodo cheslón, mira la estantería. Nada es de verdad. ¿Todo está contrayéndose? ¿Todo está dilatándose? Vaga sobre la alfombra, entre los vasos amontonados en un rincón y la pila de libros sin leer desde hace meses. Coge uno de ellos, se recuesta a leerlo, la luz no es suficiente. No consigue concentrarse más de un párrafo seguido. Se levanta, va al baño y deja que el agua le caiga cinco minutos sobre la cabeza, necesita volver a sentirla sobre su piel. Sirenas, bocinas, motores suenan a lo lejos. Cuando dejan de oírse, los sigue oyendo.  

miércoles, 29 de noviembre de 2017

"PARA UNA FOGATA", QUINCE AÑOS DESPUÉS


Releo hoy, quince años después, este librito del año 2000, Para una fogata: ligero, mínimo, tan delgado que se diría transparente, escrito en ocho días de junio, como en un rapto de estío, producto del comienzo del verano, de la incorporación al merecido descanso vacacional tras un nuevo curso universitario concluido. Se diría que es esta una escritura vacante, que deambula, se recrea, transpira, se despereza y se deja llevar por lo que Eugenio Padorno denomina “las amasaduras del azar”. Una escritura que está también especialmente atenta a cualquier signo que la devuelva al pasado, pero no a un pasado cualquiera, sino a precisos momentos de otros veranos, sobre todo, en la isla natal o en aquella otra de los veranos, casi siempre en la orilla, junto a la playa, sobre la arena, o dentro del mar. La lectura de este cuaderno procede casi como un acompañamiento: Eugenio Padorno nos invita a ser testigos de su propio témoignage, es decir, asistimos a la circulación de su mirada a través de paseos que son casi siempre regresos a lugares imprevisibles de su propio pasado, contemplado en todo momento con asombro. No sabemos –salvo que conociéramos la intimidad familiar de nuestro autor, lo que sólo ocurriría en quienes estén muy próximos a él– quiénes son Mati, Maru, Juanuco, Carlos, Luis, Alberto, nombres que aparecen en estas páginas vinculados a ese pasado, pero sabemos que su recuerdo es muy vivo y que suele estar asociado a impresiones sensoriales hondamente presentes en la memoria: la necesidad de evitar la sombra y las corrientes si se volvía sudoroso de los juegos, ciertas operaciones de alquimia infantil en la cocina, correrías por el Paseo de Las Canteras. La “alta pobreza de la iluminación” que el autor quisiera obtener como resultado de desprenderse de todo lo innecesario tras lanzarlo a las metafóricas hogueras de San Juan parece materializarse en este breve cuaderno de pobreza e iluminación: lo que la escritura recoge ha sido tamizado por la implacable combustión de las fogatas, no hay aquí nada que no sea esencial o que esté ahí sin que haya sido previamente depurado o cercenado por esa metafórica máquina de despojarse que es la escritura tal y como nuestro autor la concibe. Lo que en cierto modo singulariza la escritura de Eugenio Padorno –y no sólo la de este cuaderno– es la conciencia de que ese despojamiento, esa deseada economía conducente al hallazgo de la iluminación y el conocimiento, no son posibles sin arrastrar consigo un poso que el autor denomina en este libro “las pesadillas del tiempo, el destino y la muerte”. La permanente interferencia de imágenes traumáticas en medio del deseo de transparencia constituye, a mi entender, una de las características que hacen que la poesía –y la prosa, que en su caso viene a ser lo mismo– de Eugenio Padorno sea tan singular, resulte a veces tan difícil de comprender en su integridad y ofrezca al mismo tiempo la posibilidad de identificarse con ella desde las propias y diversas vivencias del lector en su tránsito por “el tiempo, el destino y la muerte”.

Pocas veces una plaquette tan breve ha conseguido ser tantas cosas a la vez: reflexión sobre un libro de poemas en marcha, diario fechado de las vivencias del comienzo de un verano, apuntes sobre la condición de la memoria y su relación con la propia identidad, baúl de borradores de poemas, inventario de recuerdos dispersos… Pero, sobre todo, si tuviéramos que destacar alguna de sus vertientes, Para  una fogata es un libro que se ofrece como en agradecimiento a “la mayor de las dádivas: la oportunidad a la conciencia de que percibiera el hecho de existir”. Esta es para mí la clave del libro, y quizá de buena parte de la obra de Eugenio Padorno: la conciencia que recuerda la conciencia de vivir, es decir, la superposición de momentos de la historia personal que emergen desde el pasado para que esa conciencia superlativa –cuyo epítome es quizá la escritura– los haga suyos, los filtre, de alguna manera, los arroje a esa personal hoguera de las vanidades hasta quedar despojados, esenciales, de nuevo vivos en la vida verdadera y actual del inasible presente. Esa conciencia podríamos decir que exacerbada lo es tanto más cuanto que está interiormente escindida por su condición insular: para Eugenio Padorno la insularidad –y aquí, me temo, no puedo sino simplificar más de lo que desearía– se reconoce en la conciencia de la escisión; el poeta, ser escindido por antonomasia dada su batalla permanente entre las palabras y las cosas, vive aquí su condición desde esa doble conciencia –o conciencia de la conciencia– que le lleva a subsumir su pasado en la imagen fragmentada de la isla-límite, la isla-laberinto o la isla-soledad.

Y entonces, y esto lo dice Eugenio Padorno una y otra vez, en el interior de ese laberinto, de esa ciudad de límites difusos o de esa playa de doble o hasta triple horizonte, incluso en el interior de esa casa que contiene la ciudad, la playa, el mar, lo único que la poesía busca –a su modo, sin buscar, tan solo echándose a ver qué resuelve el oleaje del tiempo– es una oscuridad fulgurante, una incitadora oscuridad, como (siempre me gusta recordarlo) la de aquel “pisapapeles en la arena” de un poema antiguo y memorable: de pronto, en lo que parecía destinado al olvido, o a ser devorado por una de tantas olas insulsas de la vana existencia –de la existencia devanada–, surge una imagen, una imagen a la vez oscura y luminosa que nos dice, esto es: que dice al poeta que la dice y que dice al lector que la lee, fundidos en esa palabra oscuramente luminosa, voz aún fresca y ya secada como la arena que el sol seca antes de que sea una vez más mojada por las olas copiosas. Así, también, la escritura de Para una fogata, o la escritura de otros cuadernos similares en los que Eugenio Padorno ha ido dejando testimonio de su testimonio: palabras que el mar se lleva tras fulgurar un instante bajo el cielo en la playa, palabras que se quedan en nosotros y, si ardieron junto con alguna de nuestras más íntimas verdades, “se hallarán en cada partícula de nuestras cenizas”.

                                                                                                                                 [2015]



domingo, 26 de noviembre de 2017

T(R)AC / TO: O DE CÓMO CONVALECER MIENTRAS SE GUARDA UN SECRETO

Una de las lecciones del arte contemporáneo es la siguiente: los espacios expositivos son parte de la exposición, forman –o deberían formar– una unidad con lo que en ellos se muestra, sean piezas o cuerpos en movimiento, cuadros o esculturas, fotografías o instalaciones, la música o la nada. Sin embargo, con demasiada frecuencia en el arte expuesto en Canarias se percibe un cierto o completo desinterés por este principio que requiere aunar el contenido y el continente, poner a dialogar el lugar y la obra, hacer que lo expuesto brote del espacio que lo porta y que el espacio se transforme en lo que allí se traza sobre él. Sorprende, por eso, de forma muy especial encontrar una exposición que explore los límites del principio señalado hasta extremos poco transitados. Cuando esto ocurre nos decimos que el artista ha arriesgado sobremanera, que ha cruzado límites normalmente infranqueables o que la potencia de sus visiones lo ha llevado a recrear los espacios mediante su propia obra, que en estos casos no suele diferenciarse mucho de su propio cuerpo.


Es por el cuerpo, quizá, por donde tendríamos que empezar a reflexionar en torno a la fascinante exposición Trau / ter, de Jesús Hernández Verano. Un cuerpo escindido, como el título de la propia exposición parece ya indicar. Un cuerpo partido en dos: el propio y el ajeno. Un cuerpo doble, doblegado, duplicado. Un cuerpo forzado a incorporar otro. Quizá una de las claves –al menos en mi lectura personal– de esta exposición tiene que ver con esa necesidad del cuerpo propio de recuperar una relación natural, dulcificada, con el cuerpo de los demás. Ha habido, percibimos, un trau / ma, una trama cuyos pormenores desconocemos, pero que nos permite asomarnos al abismo de una escisión: el grito desencadenado por la partición del cuerpo, por el re / parto forzoso del cuerpo propio en el ajeno, es decir, por la incorporación empática, frágil, de la propia carne en filamentos decididamente extraños –pero sentidos como propios–, se refleja en el espacio de un modo tan impactante como en la pieza que da título a la exposición: trece puntales de obra sostenidos por sábanas contra las paredes de la sala como si formaran una maraña de voces que se disparan, de gritos que se ahogan, imbricados, alocuciones en el interior de los cuerpos, de un cuerpo a otro, a través de las sábanas, infiltraciones en un aire que se ha vuelto irrespirable de tan lleno de tensiones como está. Las tensiones –frágil equilibrio, movimiento congelado, ocupación aparentemente azarosa del espacio– introducen al espectador en una trama trau / mática, en una fantasmagoría de interpolaciones. El espectador avanza. Es un lugar de difícil acceso. Aventura un pie y el otro queda desequilibrado. Su cabeza se dobla para poder pasar, pero aún está a medio camino. El pie que dejó atrás se introduce en un hueco. El hueco lo descompensa, hace que el pie no pertenezca ya al mismo cuerpo, la cabeza queda atrapada entre dos vigas y se desliga del tronco, que consigue avanzar hasta el siguiente intersticio. El primer pie está a punto de alcanzar el borde, la pared del fondo, mientras el primero intenta tirar de la cabeza que quedó desgajada en una postura bastante poco cómoda. ¿Qué tratamos de decir con esto? Hay múltiples posibilidades en esta trama traurig* (triste, en alemán), esta pesadumbre de vigas metálicas sucias en las que el cuerpo se enreda para sentir una especie de desmembramiento o quizá un deseo vivísimo de huida. Una vez que has llegado al final te preguntas por qué no lo abordaste desde el otro lado, pero para llegar hasta allí habría ahora que volver a salir –salir con todo el cuerpo de la trama del cuerpo–, y qué pereza. Es curioso, nos preguntamos, haber empezado por este lado de la exposición, el lado del trauma, al menos del trauma más visible, enhiesto, arborescente. Quizá apenas nos hayamos fijado, mientras tanto, en dos cortezas de bronce, una a cada lado, como guardianas del abismo o figuras situadas a las puertas de la ley: extraídas o, casi mejor, soñadas en un bosque, emblemas de la pacificación y al mismo tiempo máscaras quemadas, su sinuosa trama es distinta de aquella a la que anteceden. Quien alguna vez, paseando por el bosque, ha llegado hasta un pino quemado –hay tantos, y están allí como esperándonos– y ha tocado la corteza, sabe que la ceniza que desprenden esconde una pureza: basta levantar una capa de corteza para encontrarse un mundo intacto, un mundo que sobrevivió al desenfreno de las llamas y espera con su color de carne de árbol la mano que lo toque, la desorganizadora de las identidades, la piadosa. 

Tacto, tracto es nuestra vida. Conductos que llevan de una zona a la otra. Antes de todo esto, no lo hemos olvidado, existe un umbral. Palabra fácil de pronunciar, difícil de pensar. El umbral físico es aquí una pieza de tela blanca colgada a la entrada de la sala. Con su aire japonés, o en cualquier caso zen, parece decirnos que lo traspasado somos nosotros mismos, el instante que somos y no somos, el cuerpo abrazado a la tela y el que se desembaraza de ella. Quizá hubiéramos hecho mejor en quedarnos allí, en el interior de esa tela, que de hecho dispone de pliegues como para acogernos. Quizá todo lo demás forma parte de un trasfondo demasiado personal: de algún modo, parece decirnos que hemos de entrar allí protegidos y dispuestos a desguarnecernos, atentos a los detalles y no pendientes de nada en concreto, respetuosos ante lo ajeno y a la vez dispuestos a hacerlo nuestro, a incorporárnoslo.

Una vez dentro, las ventanas clausuradas por telas blancas, finísimas, tapizan la luz y conforman un mundo desiluminado. Caemos en la desubicación: estamos dentro, pero no hay afuera. Estamos en una especie de dentro absoluto, pero dentro de ese dentro hay capas que atravesar, afueras dentro de las cuales no se debería entrar, adentros fuera de los cuales no convendría salir. Es a esto a lo que me refería al principio cuando decía que el artista ha reinventado con su cuerpo el espacio. Lo ha purificado para contaminarnos. Se ha esterilizado para que nos contagiemos. Trauma, trampa. Cuanto más en silencio se permanezca en este espacio, tantos más alaridos se escucharán, más llantos. Permanecer quietos aquí dentro es traicionarnos a nosotros mismos, pues todo invita a derramarse, a desvanecerse, a infiltrarse en un lugar, en otro. Prosigamos, pues.


Tal vez todo nos lleve ahora, después de la maraña de la que nunca logramos salir del todo, al otro lado de la sala. Como unas ramas de oro, sin árbol que las sostenga, sin cortezas ahora, meras inscripciones doradas, surgen en la pared unas marcas. Es una pieza casi invisible, pero reveladora: revela lo que la pared contiene, un trasluz de sangre dorada, una articulación de trazos desgarrados. Estamos ahora fuera del cuerpo, que ha querido inscribirse ahí, en la propia pared, en un vaivén de venas que chorrean, ramas desnudas que fueron purificadas tras sangrar durante mucho tiempo. Es el mundo después de la corteza.


Y empezamos a escuchar. Oímos la sonoridad del desgarro: el punzón hiere la carne y la carne se deshoja en ramas verticales, como si fueran la filigrana de un descendimiento. Si antes había que tener cuidado, es decir, literalmente, practicar el cuidado de uno mismo y el de los demás, sobre todo en lo que a los aspectos más delicados del cuerpo se refiere, ahora nos adentramos en el terreno de lo sin cuidado. Nos trae sin cuidado desgarrarnos, abalanzarnos contra el muro del tiempo, pues lo importante ahora no somos ya nosotros, sino una cierta purificación que consiste en desistir de nosotros. En esa carga y descarga contra la pared, una vez apuntalado el dolor, incorporado como la verdad última del cuerpo, no nos importa ya sino sentir el desgarro, un desgarro que no es ya de nadie, un desgarro sin sujeto, que flota contra el muro y es el más paradójico sinónimo de la pureza. La desgracia como reverso del más irreprochable amor. Lo incuestionable nos sale al paso ahora como una flor dorada abierta en medio de la rotura: es una flor hecha de rotura.


Entre el desfondamiento y la recuperación, entre la respiración y la maraña, Trau / ter nos lleva hasta un territorio en el que al dolor se le han habilitado respiraderos, drenajes, vías de escape para salir, quizá, a un mundo igualmente desesperado, pero dotado ya de mecanismos capaces de regular la desesperación, o de hacer al menos que esta no se desboque. Escribo todo esto con tinta roja, y me doy cuenta de que el rojo, que no existe en la superficie de esta exposición, es el ausente pensado, el fantasma exorcizado. Quizá esas sábanas estuvieron un día manchadas de rojo y ahora las soñamos blancas, lo mismo que el umbral que parece interponerse entre nosotros y ese mundo construido al calor o al abrazo de lo atroz: estuvo manchado durante mucho tiempo de sangre, pero se nos ofrece lavado, prístino, porque, ¿qué otra cosa sino un testimonio de curación es todo esto que aquí dentro ocurre, desgracia aventada lejos, purga de todos los amaneceres sombríos.*

* Jesús Hernández Verano, Trau / ter, Sala de Exposiciones del Ateneo de La Laguna. Del 6 de octubre al 1 de noviembre de 2017. Texto publicado en La Opinión de Tenerife el 20 de noviembre de 2017.

jueves, 9 de noviembre de 2017

EL ACCESO

Como si se tratase de una de esas visiones que sólo se tienen en el lecho de muerte, del modo más tardío e inesperado, un día, sin buscarlo, dio con el acceso al submundo en el que vivían los puniti, esos seres que cantan con la boca cerrada y viven atados a las raíces de los árboles. 


Era una de esas tardes nebulosas, típicas de la ciudad. Se había levantado algo de viento. Durante unos minutos vio el agua de la dársena precipitarse contra los diques, sin salida. Los pocos paseantes se tapaban los cuellos porque el aire llegaba de través, no de frente, y era viscoso, grasiento, como si contuviera trazas de petróleo. Los hoteles, o al menos sus terrazas, lucían, sin embargo, esplendorosos, llenos de turistas de mediana edad que parecían disfrutar de un clima apacible. Deambuló por entre las distintas terrazas, con su típica figura de personaje poco sociable, mirando sólo de reojo a un lado y a otro no fuera a encontrarse de pronto con algún viejo amigo dispuesto a darle la tabarra. Ese día no había trasatlánticos estacionados en el puerto, sino buques de carga: era una de esas tardes grises, comerciales, en las que la ciudad no es sino un apéndice del puerto, sin que el puerto tenga, por el contrario, nada que ofrecerle a la ciudad. Dos mundos paralelos que no se tocan ni se conocen, pero que fluctúan el uno hacia el otro y que no podrían existir por separado. 


Fue justo en el límite entre ambos, en algún lugar de esa avenida construida para delimitar el final de la ciudad y el comienzo del puerto, o viceversa, donde encontró la entrada al mundo subterráneo donde vivían los puniti. Como casi todo el mundo, había oído hablar de ellos, conocía algunas de las leyendas que les contaban los padres a los hijos, pero nunca imaginó que un día podría encontrar un acceso a ese trasfondo que para los habitantes de la ciudad era siempre un tabú, un misterio, un mito. Los puniti, se decían, eran los responsables de que la ciudad supurara casi siempre esa extraña inestabilidad que sólo quienes vivían en ella desde niños alcanzaban a identificar con claridad: había lugares que parecían succionar lentamente a quienes allí se detenían, había zonas que, al atravesarlas, producían leves mareos, aprensiones. También se atribuía a los puniti el zumbido permanente que buena parte de los residentes sentía, un ronroneo que a algunos acababa desquiciando y que la mayoría creía debido a causas fisiológicas, a desarreglos mentales. En fin, nunca se sabrá cuándo comenzó la costumbre de trasladar a determinadas personas, acusadas de puniti, al subsuelo de la ciudad. Tampoco se sabía bien quién lo hacía, con qué medios, bajo qué órdenes.


Lo cierto es que los puniti, en esas raras circunstancias, debido a la incomunicación y al contacto con los miasmas del mar y del subsuelo, habían desarrollado la capacidad de cantar sin abrir la boca –que les era escrupulosamente cosida al ingresar en su cautividad–, no estaba claro si para comunicarse entre ellos o para provocar una molestia sutil pero constante en la ciudadanía que los había condenado a vivir bajo tierra. Para evitar que los puniti se escaparan se los había sometido a otra humillación: se les dejaba crecer el cabello, que era atado fuertemente a las raíces de los árboles plantados por toda la ciudad. Había quien decía que había tantos puniti como árboles y que cada vez que se arrancaba un árbol, lo que ocurría con frecuencia, se debía a la muerte de un punito. De hecho, el zumbido que producían llegaba en ocasiones a ser tan punzante –aunque había quien ni siquiera lo notaba– que su intensidad sólo era achacable a un número elevado de individuos.


Por eso, encontrar la entrada al reino de los puniti fue para él, aquella tarde, como una especie de regalo envenenado. Había entrado en un pequeño jardín por imperativas necesidades fisiológicas. Fue allí donde encontró la rejilla. Miró por ella y vio el acceso. Llegó a pensar, mientras bajaba por una mohosa escalerilla de metal, si acaso no era así como ingresaban los puniti al mundo del subsuelo: por propia voluntad, por azar. Estaba en medio de un oscuro laberinto. Se alumbró con la linterna del móvil y echó a andar. Creyó que sentía cierto alivio, que el zumbido no resultaba tan molesto allá abajo. Quizá los puniti no fueran, al cabo, sino una invención de las autoridades para atemorizar a la población. O acaso hubieran existido alguna vez y no fueran ahora sino parte del pasado. Quizá, se dijo, el zumbido, los mareos, el malestar, todos aquellos padecimientos, no fueran al cabo sino los estigmas de lo que una vez existió. Siguió andando. Las paredes, húmedas, exhalaban salitre. Sabía que del otro lado estaba el mar. 

Unos días más tarde encontraron su cuerpo entre los tetrápodos, sin dientes, como si se los hubieran arrancado uno a uno las olas.   

martes, 31 de octubre de 2017

EL DESPACHO

Lo llevan en volandas al despacho del nuevo catedrático. Más que un despacho, el lugar parece la sala de reuniones de un consejo de administración. El nuevo professor doktor viene del oeste. Es joven, de unos cuarenta años. Rubio, pálido, lampiño. Parece estar muy contento en su nuevo destino. Su sonrisa no se le borra ni un solo segundo de la cara. Durante los siguientes tres años, permanecerá allí, imperturbable (la sonrisa), pero no habrá más conversaciones entre ellos. La primera y única charla bastará para que el nuevo catedrático sepa que no tiene nada que compartir con el lector de español recién llegado. Su castellano es pulcro (aunque posiblemente menos pulcro que su francés o su italiano) y manifiesta admirar la prosperidad económica y la salud democrática de la España de la última década. Las relaciones bilaterales son inmejorables, de lo que es muestra inequívoca el lector enviado por el gobierno español para desempeñar sus funciones en la universidad, es decir, usted. Desde el gran ventanal del piso 24 de la torre de la universidad se divisan grandes extensiones de land, palabra que el lector de español, ese que acaba de ser calificado como "muestra inequívoca" en impecable castellano, aprenderá mucho más tarde y no comprenderá nunca del todo. Comienza una nueva era. Gentes de todas partes –y no sólo, como antes, de los países del orbe comunista– van llegando a la ciudad, que, en torno a una universidad volcada en recobrar el prestigio de otras épocas, está a punto de convertirse en un pequeño enclave cosmopolita. Van a suceder muchas cosas allí y quienes ahora mismo conversan en este despacho –mientras toman, sin duda, un café preparado por el asistente del catedrático en una de esas máquinas instaladas en los pasillos de todas las plantas– asistirán tan sólo a algunas de ellas, pero se creerán con todo derecho protagonistas de un tiempo nuevo. No tienen gran cosa que decirse, ni lo harán durante los tres años siguientes y, sin embargo, cada vez que se vean sabrán que comparten un momento histórico, que se encuentran asistiendo a una nueva era del mundo occidental y que, por poco que observen, percibirán una ingente cantidad de novedades que tan sólo una década después formarán parte de la vida cotidiana de los europeos. El nuevo catedrático parece ser uno de esos expertos en las partículas adverbiales del español medieval, especialidad que compagina con el estudio de la evolución de los verbos irregulares en el francés del Renacimiento: cualquier pequeño matiz de la lengua es percibido con el respeto y la admiración de, por ejemplo, un entomólogo que se enfrentase a un ejemplar intacto de una especie rara de mariposa tropical. Mientras conversan, el lector se sabe escuchado con un interés que va más allá del sentido de sus insulsas palabras: es en ese instante objeto de estudio, material para un futuro artículo sobre las variedades prosódicas del español meridional actual. Y, a pesar de eso, siguen conversando como si nada. Unos minutos antes, en uno de sus primeros intentos de hablar alemán, ha sido bruscamente corregido por una de las asistentes de otro de los catedráticos, una joven licenciada leonesa, por no haber colocado al final de la oración, después de los complementos, el participio verbal. Terrible cosa que delata el nulo o escaso dominio de la lengua por parte de un lector recién nombrado por el ministerio en cuyos méritos debió de haber figurado el conocimiento de la lengua del país receptor. Esto huele a chamusquina, habrá pensado la asistente, que algunos años más tarde mantendrá una sonada relación con otro catedrático, ya en otra universidad, en el oeste. Aunque esta es otra historia, es evidente que por entonces nuestro lector de español ya sabía el suficiente alemán como para enterarse de chismes (y hasta para propalarlos). En fin, que el nuevo professor doktor, con su piel reluciente de nórdico de pura cepa, se recuesta en el sillón de oficina y mira hacia una mesa impoluta sobre la que en los próximos tres años redactará informes, corregirá trabajos, preparará clases y acuñará conceptos novedosos para el estudio de la sintaxis del aragonés occidental del siglo XI. El lector de español mira por la ventana y observa quizá una grulla que se posa a lo lejos, en la margen derecha de un río sin nombre, en una breve pausa en medio de la gran migración.     

jueves, 12 de octubre de 2017

LA MARAÑA

Lo que de lejos parecía un bosque resultó no ser sino una maraña. Escaló el terraplén agarrándose del tronco ralo de un arbusto. La maraña lo acogió como un cuerpo enfermo recibe otra enfermedad: las dos enfermedades se mezclan hasta convertirse en una dolencia sin nombre. Intentó buscar algún camino. Anduvo algunos metros, pero enseguida lo detenían las ramas impenetrables, los troncos atravesados, la espesa coyuntura de todo tipo de ramajes partidos que impedían el paso. Fue en otra dirección. Pensó que había tenido más suerte, pues por allí parecía haber un camino, pero a los quince o veinte metros se encontró atrapado, incluso sin saber muy bien cómo salir de aquel embrollo, pues los últimos metros los había dado apartando ramas insidiosas, doblándose para introducirse en medio de las estribaciones e incluso dejando que las estrías de los troncos le rozaran las piernas para poder ir un poco más allá. Se dio cuenta de que en la maraña no había caminos. Que era una insensatez intentar avanzar tropezándose cada vez con más obstáculos, pues en algún momento se vería imposibilitado de seguir y quizá ni siquiera podría volver atrás. Quedarse allí, en medio de una maraña que de lejos parecía un bosque fascinante, descubrir en el corazón de lo impenetrable que nada de lo que había previsto era como lo había previsto, que no había allí ningún estímulo para la sensibilidad ni para la razón, quedarse allí parado, en medio del falso bosque, en la desabrida maraña, era otro modo de perderse, perderse ahora sin ninguna esperanza de encontrar nada, perder incluso el sentido de la propia pérdida, y no simular ya que pudiera haber siempre algo tras de lo cual partir: aceptar que la maraña era un lugar sin ningún camino, sin pretensiones, sin misterios, sin nada por descubrir, sin emociones que sentir dentro de él, sin merodeos por los que aventurarse, sin experiencias dignas de ser vividas. La maraña era como un lugar al que se llega después de haber experimentado algunas de esas cosas sin demasiado entusiasmo, un lugar para purgarse o para no equivocarse demasiado, para detener lo que nos incita a desvivirnos y para desvanecernos, de algún modo, como sujetos de cualquier vivencia. La enfermedad que se trae, si no del todo original, sí al menos originada en fases concretas, anteriores, de la vida, se mezcla allí con una dolencia nueva, la de la incapacidad de hacer nada se vuelva uno hacia donde se vuelva, una especie de inmovilidad en medio de un paisaje vacío de tan lleno, desolado de tan espeso. Pensó en el coche que había dejado en el borde de la pista de tierra y no estuvo seguro de que fuera a estar allí a su regreso. Imaginó que al llegar lo vería rodeado por tres o cuatro asaltadores de caminos –¿dónde si no iban a operar los asaltadores de caminos sino en un lugar como aquel?–, gentes con la cara embadurnada de esa capa de tizne que en algunas personas parece instalarse allí, amenazadora, sórdida, desde que son niños. Mientras estaba en medio de la maraña, le dio por pensar que alrededor de su coche iban a congregarse los habitantes de aquellas regiones perdidas y que, mientras él permaneciera atrapado en su interior, practicarían rituales propiciatorios de la fertilidad, bañarían su coche de leche recién ordeñada, se subirían a la capota y copularían los unos con los otros mientras su coche chirriaba junto a la hierba segada. Creyó que era su presencia dentro de la maraña, la prohibición que con ella había transgredido, lo que desencadenaría unos rituales que llevaban tiempo sin practicarse en aquellas tierras altas. Supo que en cuanto él llegara al coche aquellos campesinos se dispersarían. No creía ya que fueran asaltadores de caminos. Le fascinaba más pensar en unos rituales invocatorios de la lluvia, en unas ceremonias solitarias provocadas por su profanación de la maraña: veía desde allí dentro los cuerpos desnudos, las penetraciones compulsivas, la leche derramada sobre la chapa negra del coche. Para abandonar la maraña hubo de regresar al terraplén desde el que había accedido, agarrarse de nuevo al tronco del principio y dejarse caer al camino que desde abajo parecía terminar en un bosque. Bajó apesadumbrado todo aquel camino cubierto de espigas. A un lado y a otro se veían tierras de labranza hacía mucho agostadas. Llegó a la pista forestal. Caminó aún un buen trecho hasta llegar a su coche. Este brillaba tanto en medio de los árboles que le pareció un objeto mágico, un tótem, los restos de un altar de obsidiana. Nada había ocurrido a su alrededor, sino tan sólo en su mente. Todo era como antes de emprender el camino hasta el bosque que había resultado no serlo. Lo único que había cambiado de sitio era la maraña, que ahora se movía con él en el coche.   

jueves, 28 de septiembre de 2017

LOS FANTASMAS (O EL HOMBRE SENTADO EN UN BANCO)


Lo bueno –o lo terrible– de llevar mucho tiempo sin vivir en un lugar es que, poco después de regresar, un día, de pronto, empiezan a aparecer fantasmas. Esos fantasmas se parecen a personas que en otro tiempo, reales, uno frecuentaba. Creo poder afirmar que se ponen de acuerdo para aparecer todos el mismo día, uno de esos que están a punto de terminar sin mayores novedades, un jueves como el de hoy, por ejemplo. Entonces, cruzando un paso de zebra de la avenida marítima, se nos materializa una pareja de ancianos que en nuestra otra vida –si podemos hablar así– fueron los padres de un amigo del colegio, un compañero que alguna vez nos invitaba a merendar en su casa, en el salón comedor que ostentaba un piano de pared y unos ventanales con vistas al puerto, y en el que su madre, por entonces una mujer de treinta y cinco años, nos servía unos bizcochos que parecían acabantes de sacar del horno mientras nos sonreía desde su juventud recién abandonada. Ahora va cojeando del brazo del marido, que arrastra los pies, mientras la avenida ha sido literalmente tomada por hordas de practicantes del footing y del running que confrontan sus miradas perdidas con una ciudad que parecen no reconocer. ¿Serán ellos también fantasmas? Si acaso lo son, no pertenecen a la misma especie que los otros, pues aquellos, los ancianos que fueron un día los padres de mi amigo, o esta otra pareja igual de mayor que pasa ahora junto a las antiguas instalaciones del casino, son fantasmas personales, quiero decir, seres que una vez existieron y que quizá todavía sigan existiendo en lo que llamamos realidad, mientras que esa masa anónima de incivilizados corredores son fantasmas, diríamos, advenedizos, refractarios a cualquier identificación con un mundo precedente; es más, son fantasmas sin rostro, descabezados, a los que apenas si se les ve una espalda cubierta con un chándal sucio y prolongada por extremidades desproporcionadas. La ciudad misma, el espacio en el que todas estas apariciones tienen lugar, está cubierta de una pátina de alucinación: el puerto navega perdido entre los contenedores, las grúas levantan los brazos como pidiendo auxilio, unas plataformas petrolíferas amenazan con volver más negro el cielo de la noche negra y donde antaño hubo una estación de viajeros hay ahora luces fluorescentes que anuncian la celebración de una fiesta privada. Todo está patas arriba y todo está a la vez como revitalizado. Las antiguas categorías no nos sirven para describir lo que pasa. Nos detenemos en medio de esta marabunta de fantasmas desaforados y no nos damos cuenta de que estamos ocupando un carril bici por el que vienen a toda velocidad unos faros que se nos clavan en los ojos. En el barranco crecen lo que en algunos relatos rioplatenses llaman yuyos y cuyo nombre local hemos olvidado o quizá nunca supimos. Sentado en un banco solitario, cerca de la sede de los prácticos del puerto, un hombre delgado fuma junto a un hato en el que parece llevar resumida su vida. Los fantasmas pierden por un momento su preponderancia. Frente a esa figura salida de una novela, o llegada desde un país muy lejano, quizá nórdico, los fantasmas se desmaterializan y toda la luz mental de este instante recae en ese personaje aparentemente anodino que parece descansar de un largo viaje. Quiere contarnos una historia, estoy seguro. Pero o bien nosotros no tenemos tiempo para escucharla o bien son demasiado estridentes las voces que nos rodean, las voces de todos estos fantasmas que parlotean sobre sus fútiles vidas. Otro día, si está sentado en el mismo banco y si la fiesta privada no se lo lleva por delante, hablaremos con él, nos sentaremos a escuchar su historia y nos hablará de una hija a la que perdió en un accidente ferroviario, o de su primer amor, hace más de treinta años, una iraní a la que conoció en una discoteca de Roma y que años después regresó a su país para cuidar a sus padres –y él nunca la ha olvidado, aunque no volvió a saber de ella. Nos contará también sus aventuras en un barco que hacía la ruta entre Trinidad e Isla Margarita y en el que llegó a formar parte de un cártel que traficaba con drogas sintéticas. La historia de su vida, a falta de alguien que la escuche, se disuelve por ahora entre el enjambre de muertos vivos que abarrotan las calles. Algún día me gustaría ser, en una ciudad como esta, pero en la que no se hable esta lengua, en la que nadie pueda entenderme, en una ciudad de otro océano, dejada de la mano del tiempo, como esta, un personaje sentado en un banco junto a una fiesta privada, fumando mientras piensa en lo que dejó atrás, un personaje que recuerda un relato escrito hace mucho en el que un hombre estaba sentado en un banco rodeado de fantasmas.