jueves, 23 de marzo de 2017

PIDO LA DIMISIÓN DE DANIEL BERNAL SUÁREZ Y YURENA GONZÁLEZ HERRERA, PRESIDENTE Y SECRETARIA DE LA SECCIÓN DE LITERATURA DEL ATENEO DE LA LAGUNA

El Ateneo de La Laguna ha anunciado para hoy jueves día 23 de marzo un recital de poemas con el objeto de conmemorar el Día Mundial de la Poesía que se lleva celebrando cada año desde 1999 el 21 marzo, coincidiendo con el Equinoccio de Primavera en el Hemisferio Septentrional. En este recital participarán cinco hombres y ninguna mujer. Me parece absolutamente inaceptable que una institución como el Ateneo de La Laguna, cuya trayectoria progresista, en favor de la libertad, la igualdad y los derechos humanos puede considerarse intachable, vaya a albergar hoy un acto de estas características. Al parecer, Daniel Bernal Suárez, presidente de la Sección de Literatura del Ateneo, ha ofrecido en los días previos a la celebración del recital diversas aclaraciones sobre la llamativa ausencia de mujeres poetas en dicho acto. No las he leído, pues, entre otras cosas, no las ha dado a conocer a través de la web del Ateneo ni de ningún otro canal institucional, sino por medio de sus redes sociales particulares. (Sería deseable, y esto es algo que llevo pensando durante un tiempo, que se distinguiera escrupulosamente, en estos casos, lo que es actividad personal de lo que es difusión institucional, corporativa, en representación de una Junta Directiva o en ostentación de un cargo para el que se ha sido elegido en una asamblea de socios.) Sobre estas aclaraciones no he sabido sino lo que me han transmitido algunos amigos, es decir, que Daniel Bernal Suárez declara haber invitado al recital al menos a tres mujeres que declinaron la invitación por distintas razones. Cuánto se parecen, me temo, estas explicaciones a aquellas otras que ofreció el comité organizador del Congreso de Poesía Canaria, del que formaba parte el propio Daniel Bernal Suárez, en noviembre del año pasado: se invitó a este poeta o a aquel otro, pero por motivos de agenda no pudieron aceptar, dijeron. El resultado, como todo el mundo sabe, fue un congreso penoso, de escaso nivel y poco digno de tal nombre, que lo único que consiguió fue dejar en mal lugar a una institución, el Ateneo de La Laguna, en la que se han celebrado memorables encuentros en torno a la poesía insular o no insular. Cabría exigirles a los organizadores de tales eventos, tanto más si poco después después aparecen en el cargo de responsables de la Sección de Literatura de la misma institución, una reflexión sobre lo hecho y el firme empeño de hacer con posterioridad las cosas algo mejor o, en cualquier caso, lo mejor posible. No parece haber sido el caso de Daniel Bernal Suárez y de Yurena González Herrera, secretaria esta última de la Sección de Literatura del Ateneo y también coorganizadora de aquel triste congreso. Están prácticamente estrenando el cargo de presidente y secretaria, respectivamente, de la Sección de Literatura, pues fueron elegidos para los mismos en la junta del pasado diciembre. Este “recital de primavera”, con ocasión de un día tan destacado, es el primer acto importante que organizan en representación de la Junta Directiva del Ateneo. Es, además, un acto con el que se pretende visibilizar la poesía, que es justamente uno de los objetivos de la UNESCO al declarar el 21 de marzo Día Mundial de la Poesía. Y en el recital que organizan no incluyen a ninguna mujer. No me interesan las razones ni las explicaciones con que Daniel Bernal Suárez ha intentado justificar la ausencia de mujeres en el acto. Si las tres poetas que, según él, fueron invitadas no podían acudir, hay otras muchas de gran calidad con las que se podía haber contado. Lo único que importa aquí, como en la organización de cualquier otro evento (y esto es algo tan elemental que no puede no saberse), es el resultado: no la trastienda del acto, no las intenciones, no la problemática, no las llamadas que se hicieron ni las que dejaron de hacerse, sino el resultado final de la convocatoria. Y este es, me temo, tan insultantemente patriarcal, tan desmesuradamente poco sensible con la diversidad de género, que, al margen de la calidad de los cinco poetas varones invitados, en la que no entro, no cabe aquí sino indignarse. Es más, me parece que habría que exigir, por dignidad y por una mínima coherencia, que Daniel Bernal Suárez y Yurena González Herrera dimitieran inmediatamente de sus cargos. Y para eso escribo este texto: para pedir su dimisión.

miércoles, 22 de marzo de 2017

RECITALES DE PRIMAVERA EN LALALÁGUNA

El Ateneo de Lalaláguna, la primera y más venerable de las instituciones progresistas de nuestra pequeña ciudad, el buque insignia de la defensa encarnizada de los derechos civiles de esta maltratada patria chica nuestra, ha decidido celebrar la primavera, la diversidad sexual y la pluralidad poética organizando un ciclo de recitales de poesía que tendrá lugar a lo largo de los meses de marzo y abril, a razón de un recital cada viernes por la tarde. La Sección de Literatura de este Ateneo, recientemente remozada y al parecer con ideas frescas y propuestas novedosas, anuncia complacida el calendario de estos seis recitales, a los que invita calurosa y puntualmente a acudir al lalalagunero público:

P@ESÍ@ EN PRIMAVERA

- 24 de marzo, 20.00 h.

Recital de cinco poetas masculinos heterosexuales de edades comprendidas entre los 30 y los 55 años de edad y de poética simbolista-social-humorística-visionaria-heterodoxa. Al final del recital habrá un coloquio sobre poesía, virilidad, hombría, heterosexualidad, andropausia, impotencia y potencia poéticas.

- 31 de marzo, 20.00 h.

Recital de cinco poetas femeninas bisexuales de edades comprendidas entre los 55 y los 80 años de edad y de poética neorromántica-legible-insular-vivencial-ortodoxa. Será un recital entrañable, de palabra preñada de pasión, en el que cada término será una sublimación de lo carnal volatilizado.

- 7 de abril, 20.00 h.

Recital de cinco poetas masculinos homosexuales de edades comprendidas entre los 18 y los 28 años de edad y de poética erótico-festiva-línea clara-corazón desnudo-pectorales marcados. (Se avisa que será un recital de lo más morboso y que ciertos poemas podrían herir la sensibilidad del espectador.)

- 14 de abril, 20.00 h. 

Recital de poetas femeninas transexuales de edades comprendidas entre los 18 y los 80 años de edad y de poética rilkeana-órfica-neogriega-drag. Este recital se celebra en Viernes Santo como alternativa a las procesiones lalaguneras de Semana Santa. Algunas de las participantes actuarán en paños menores y calzadas con plataformas. Se asume que la Fiscalía podría llegar a abrir diligencias y en ese caso las costas judiciales serán asumidas por todos los socios del Ateneo.

- 21 de abril, 20.00 h.

Recital de cinco poetas masculinos heterosexuales de edades comprendidas entre los 55 y los 80 años de edad y de poética postrasnochada-sucia-retroalcohólica-nostálgica-mordaz. En este recital los poetas tan sólo llorarán por dentro, lo que es de agradecer, mientras convidan al público a una copa de vino a la salud de los buenos y viejos tiempos.

- 28 de abril, 20.00 h.

Recital de cinco poetas femeninas heterosexuales de edades comprendidas entre los 25 y los 40 años de edad y de poética radical-feminista-lacrimógena-minimalista-funcional. Al finalizar el acto, y como colofón de todo este ciclo que habrá cubierto con creces el amplio espectro de la diversidad poético-sexual del Archipiélago Canario, se leerá un manifiesto, ¡firmado ya por 100.000 personas!, en favor de la concesión del nombre de una calle de Lalaláguna a una las más destacadas poetas femeninas de las Islas.

La Sección de Literatura del Ateneo de Lalaláguna quiere advertir que esto no es un congreso, sino tan sólo un ciclo de recitales poéticos de primavera. Y que habrá otros ciclos en verano, en otoño y en invierno.

Hasta pronto, ya saben, la poesía junta pero no revuelta, amigos.

lunes, 20 de marzo de 2017

MUJER MUERTA JUNTO A UNA VÍA DE TREN


Hoy estuve a punto de contarte mi sueño. A veces nos los contamos, es verdad que casi siempre me cuentas tú los tuyos y no tanto al contrario. Yo llevo tiempo sin soñar y cuando lo hago considero que mis sueños son tan poco importantes que no merece la pena que los cuente o que, siquiera, los recuerde. El de anoche, sin embargo, sigue ahí, fijo en la mente, por mucho que no me haya preocupado de recordarlo, a pesar de no habértelo contado. Es un sueño que me perturba. Como casi todos los sueños, resultaba más perturbador en el instante de despertar, con esas imágenes flotando aún en la realidad de la duermevela, del pegajoso estado de indefinición en que solemos regresar de las interioridades del sueño: era como si todo siguiera tan perfectamente conectado como lo estaba en el sueño y como si, a pesar de haberse desvanecido, las imágenes siguieran teniendo vida en algún lugar, no muy lejos de mí, en ese mismo momento. Cuando algo así sucede con un sueño, su lógica enfermiza, su malsana tiniebla, parecen seguir intactas en algún lugar que no está del todo separado de nuestros cuerpos y eso nos turba hasta que, poco tiempo después, cuando estamos desayunando o vistiéndonos para salir, empiezan a disolverse las imágenes o, como mínimo, empiezan a distanciarse y a convertirse en piezas del museo portátil de sueños olvidados que cada uno de nosotros es. Con el de anoche no ha ocurrido, sin embargo, exactamente así. Es verdad que durante los inasibles segundos que transcurrieron nada más despertar lo seguía teniendo en la mente de ese modo íntimo, incrustado, pero no paradójico, que doy en explicar como la prolongación del sueño en la semidormida conciencia de la duermevela inmediata. Pero luego, al rato, fue como si hubiera habido un corte: el sueño se desgajó de su crisálida y fue a parar a una especie de congelada cámara en el interior de la conciencia que no se ha deteriorado por mucho que el tiempo haya transcurrido. Escribo estas líneas por la noche del día siguiente. El sueño sigue intacto ahí, en ese medallón que desafía hasta ahora las leyes de la disolución de los sueños. ¿Por qué no te lo he contado ya? Es verdad que no temo que pueda olvidarlo. Parece bien capturado ahí dentro, en esa cápsula de los milagros, y de algún modo parece un sueño que sólo yo, que lo viví, podría comprender. Contártelo sería someterte a la imposibilidad o, en todo caso, a la extrema dificultad de entender, a la ansiedad del que recibe un testigo que no va a poder devolver. Créeme si te digo que el sueño es aterrador. Hay algo inapelable en él, como cuando se escucha una campana y se sabe que dobla por nosotros, por algún deudo nuestro, por un padre, por una madre, llamados a mejor vida. Leer los sueños como una premonición, a estas alturas, no tiene ningún sentido, pero hay algo en el de anoche que me produce inevitablemente un malestar, una sensación de impotencia ante lo que pueda o vaya a ocurrir. Hay unas vías de tren. Un observador, que soy yo, situado a una distancia de unos diez metros, en cualquier caso suficientemente alejado para no poder intervenir en lo que va a ocurrir. Llega una mujer joven, rubia, con un vestido que es, creo, azul, muy fino, una mujer con el pelo recogido hacia atrás que viene caminando como una sonámbula o una ciega, fantasmal ya en su mera apariencia, una mujer que se convierte de pronto en lo único que yo veo mientras contemplo la escena. Las vías del tren se prolongan hasta el infinito, o al menos hasta más allá del sueño. La mujer se acerca y, de un modo brusco, violento, se golpea contra algo en la nuca, no sé contra qué, contra algo que hay cerca de las vías del tren, una viga, lo que quiera que fuera, y la mujer cae muerta en el acto. Pero, sorprendentemente, queda de rodillas con los ojos abiertos, su vestido la cubre por completo y cubre el suelo alrededor de su figura. Es casi como si llevara un velo que la cubre y dejara ver sus ojos vidriosos, ya muertos, fijos en algo que tiene delante y que fue lo último que vio. Es una mujer arrodillada en la muerte. Casi viva, como si un hilo de vida le permitiera mantener el equilibrio, pero muerta, absolutamente muerta para mí que lo he visto y sé. Yo la contemplo desde lejos y el nudo en la garganta me impide gritar. Poco a poco van llegando familiares suyos: el marido, que se abalanza contra el cuerpo de ella y llora desconsolado; varios amigos del marido que lo rodean y lo instan a permanecer firme, a ser fuerte. Todos hablan en ruso. A nadie se le ocurre hacer descansar el cuerpo, que permanece de rodillas, como el de una suplicante, como un tótem, junto a las vías del tren. Recuerdo poco más: es la escena esencial de la muerte instantánea, del cadáver arrodillado y de los instantes elegíacos en que el marido y sus amigos la rodean lo que, por algún motivo, contiene las avalanchas de nuevos recuerdos que hacen que de los sueños, por lo general, no se tenga ya memoria veinticuatro horas después. Ahora que te lo he contado, dime qué te parece. Qué crees que puede significar y si puedo estar seguro de que ese sueño terrible no tendrá nada que ver con mi vida.

jueves, 16 de marzo de 2017

ESTOY EN PARÍS CON UN LIBRO DE JEAN-LOUIS GIOVANNONI EN LAS MANOS


Estoy en París con un libro de Jean-Louis Giovannoni en las manos: me lo ha regalado un amigo y hace poco lo he estado hojeando en un café. Estoy en uno de esos cruces de París en donde el río pasa como al fondo de un escenario, el de las vidas ajenas, un río sucio y dorado al que tantas veces nosotros, y quizá también ellos, nos hemos asomado en busca de respuestas que sólo pueden ser amargas. Estoy en París a punto de cruzar uno de esos largos pasos de zebra junto al Sena, quizá cerca del bulevar Henri IV o incluso en los alrededores de la Gare de Lyon –recuerdo el momento pero no el lugar, la sensación pero no la vivencia, recuerdo las sombras sin la luz. Estoy en París, solo, al atardecer, deambulando después de salir de una de esas brasseries donde a los jóvenes trotamundos como yo un café les cuesta un ojo de la cara y por eso lo apuramos hasta que el camarero empieza a revolotear a nuestro alrededor con cara de pocos amigos y entonces, cuando nos pregunta qué más va a tomar el señor, nos hacemos los que no entendemos bien el francés… y nos marchamos. Estoy en París y Jean-Louis Giovannoni, con quien he hablado esa misma mañana por teléfono, me ha dicho que estará fuera unos días y que a su regreso podríamos vernos, y yo no sé aún cuántos días más me quedaré en París y le digo que volveré a llamarlo antes de marcharme. Recuerdo que el libro que llevo en las manos se titula Pas japonais y que sus poemas, al menos los pocos que he leído, son de esos que lo hacen a uno sentirse más frágil y a la vez más felizmente consciente de su fragilidad. Estoy al borde de una acera, a punto de cruzar una calle, quizá el bulevar Henri IV o quizá cualquier otra avenida de las que confluyen en la Gare de Lyon, y por algún motivo no me decido a cruzarla, me quedo contemplando la cubierta del libro de Jean-Louis Giovannoni, su finura radiante, sintiendo su delicado tacto en mis manos, y me digo: llevas ahora mismo un libro de Jean-Louis Giovannoni en las manos, o es el libro el que acaso te está llevando de paseo por París. Paso a paso, con paso japonés. El libro parece saber mucho más de lo que dice, incluso tan sólo hojeado, apenas presentido, con sus páginas apretadas como si escondieran un gran secreto, como si no hubiera sido fácil decirlo todo hasta ese punto, y recuerdo haber pensado que leerlo en esas condiciones, en la irrupción de una inestabilidad hasta entonces desconocida, como si fuera el libro a convertirse en el testigo de una catarsis, de una liberación, no podría significar sino destruir el propio acto de la lectura, volverse uno mismo una diana contra la que los poemas dispararían sus dardos. Estoy en París y no sé adónde ir. Los coches circulan a mi alrededor como si se dirigieran todos a la periferia: tan impetuosos, frenéticos, tan amenazantes. Los dedos se aferran al libro de Jean-Louis Giovannoni, se dejan seducir por la suavidad levemente rugosa del cartón elegido para la cubierta: casi diría al tocarla que las letras del título están estampadas en un ligero bajorrelieve y que puedo recorrerlas una a una mientras mi mirada se detiene en el balcón de una esquina, en su piedra recubierta de una capa de hollín, casi tan sucia como el río. En un piso como esos vivirá quizá Jean-Louis Giovannoni. Su voz al teléfono era la de alguien que lleva mucho tiempo solo, recluido como en el fin del mundo, acostumbrado al silencio y temeroso, por ello, del exceso de palabras. Paso japonés: paso dado en el reverso de la ansiedad, paso dado como una suprema desnudez, paso sigiloso que se da en las cenizas de la conciencia y de la percepción. Llevo Pas japonais en la mano, sin apenas haberlo leído, y creo que cualquier esquina de mi vida me devolverá a esta de ahora, como si los pasos que vayan a irse encadenando fueran dejando atrás una horma, un surco, una sucesión de huellas que me llevaría, aun con dificultad, con incertidumbre, hasta esta esquina indecisa. No hay adónde ir porque ya estoy aquí, en París, cerca del Quai des Célestins, saludando con una mano al que seré de mayor, visitando con el envés de la memoria las vueltas de la vida. Tengo veinticuatro años, mi tren ha llegado esta mañana desde Jena a la Gare du Nord y mi maleta está depositada en la pensión Ladagnous, donde madame Ladagnous me ha prometido que tendré una habitación libre esta noche. Allí habrá de ir a buscarme mañana Stéfan Drouart y yo no estaré porque habré salido una hora antes, pero esa es otra historia. Ahora mismo, con el libro de Jean-Louis Giovannoni entre las manos, la mirada distraída en los revoloteos de la luz que cae envuelta por la sombra, junto al río que fue, en medio de esta tarde de París que no tendría por qué regresar, me pregunto si algún día será posible volver a este lugar de otra manera, con el libro leído, con la indecisión transformada en incertidumbre, el tacto conservado y la mirada aún disponible, volver para dar unos cuantos pasos más, sin afán de saber adónde hubiera ido, adónde fui, simplemente por darlos, por cruzar quizá la avenida y esperar allí a que se haga de noche.

martes, 14 de marzo de 2017

OBLIGARSE A ESCRIBIR


Obligarse a escribir: pensemos en este oxímoron inquietante, obliguémonos a escribir sobre la autoimpuesta obligación de escribir. ¿Cuánto has escrito últimamente? ¿Qué libros guardas en el baúl de los inéditos? ¿En qué estás trabajando ahora mismo? Antes de responder: “En nada”, “Hace mucho tiempo que no escribo nada”, “No tengo ningún libro inédito” o “No estoy escribiendo nada desde hace mucho”, antes de decepcionarnos a nosotros mismos con la cruda verdad de que muchas veces no hay por qué escribir, o de que con frecuencia ni siquiera conseguimos sentarnos a escribir –y hay múltiples razones para ello: desde la falta de tiempo a la ausencia de inspiración, desde la impericia a la saturación, incluyendo todos los grados de insatisfacción con lo anteriormente escrito–, antes de destrozar la reputación en que nos tenemos a nosotros mismos o la fama de prolíficos que nos conceden nuestros amigos, somos capaces de obligarnos a escribir. ¡Curioso suplicio! Bastará con empezar, nos decimos. Sentémonos, cualquier cosa puede servir de excusa. No tenemos sino que tirar del hilo, elegir un tema cualquiera, un sencillo motivo de inspiración. Lograrlo o no, es decir, conseguir escribir o no, dependerá muchas veces de la habilidad que se tenga o de la importancia que uno le otorgue a la constancia y abundancia de su escritura. Un escritor exigente debería poder pasarse sin escribir tanto como escribir sin pasarse. Parar de escribir antes que escribir sin parar. Dejar de lado la escritura antes de que la escritura lo deje de lado a él. ¿Cómo se consigue esto? ¿Cómo se logra dejar de escribir? ¿Cómo se obliga uno a dejar de escribir si a todas horas se está uno obligando a escribir? En primer lugar, conviene distanciarse de lo que para nosotros representa la escritura. Escribir no es nada, no significa apenas nada comparado con lo imprescindible para vivir. Escribir no es respirar. Escribir no es comer. Escribir no es amar. Escribir ni siquiera es dormir. ¿Escribir no es soñar? ¿Escribir no es respirar? ¿Escribir no es amar? El escritor que se plantea estos interrogantes está perdido. Ha comenzado a confundir la escritura con la vida o la vida con la escritura. Cuando duerme, cree estar escribiendo. Cuando sueña no sabe que está soñando y piensa que alguien escribe sus sueños. Cuando escribe se imagina estar amando por medio de su escritura a personajes que inventa a propósito para tal fin; y cuando ama, al contrario, o cuando cree que ama, piensa que hacerlo consiste en acariciar con las palabras cuerpos inexistentes, meras emanaciones de su sobreexcitada imaginación. Un escritor que se obliga a escribir es uno de los especímenes más curiosos de la especie humana. Lo que para otros, para los escritores que no se obligan a escribir, es natural, silencioso, amargo o reparador, para él es, sin embargo, una hazaña, una gesta en la que triunfar –pero esto él no lo sabe– es caer derrotado. El escritor que se obliga a escribir es un mártir de sí mismo. Sufre un tormento que él mismo se impone a diario. Cada noche, cuando revisa lo escrito y se dice que no ha estado mal, que por lo menos ese día no ha terminado sin algún aforismo, sin un esbozo de cuento, sin el borrador de un artículo, sin unos pocos versos germinados al filo de la madrugada, el escritor que se ha obligado a escribir cae víctima de algo peor que una impostura: la revelación de todo lo que ha dejado de hacer por escribir. Todo aquello que hubiera deseado acometer y que dejó a un lado porque “la escritura me llamaba”, porque “era vital para mí escribir estos versos”, porque “con este artículo doy por cumplido el objetivo de este día” se le aparece entonces, en lo más profundo de las tinieblas, para reprocharle su desafección, su inquina. El escritor que se ha obligado a escribir descubre entonces el regusto amargo de los placeres despreciados, de las conversaciones abortadas, de los cafés no compartidos. Repasa una vez más lo escrito, lo que concienzudamente redactó para aplacar la voz interior que le reprochaba su pereza, su incapacidad o su indolencia. Ahora le parece pésimo, siente que no está a la altura de sus exigencias, duda del valor objetivo de esos textos. Se plantea incluso si mereció la pena dejar de ver aquella película, no ir a darse un baño aquel domingo, renunciar a un paseo en compañía de aquella persona que entonces lo adoraba. Y se dice que quizá no, que quizá no mereció la pena, pero que en cualquier caso la escritura le devolverá algún día esos momentos, tal vez no ahora, tal vez no pronto, pero sí cuando consiga entregarse de verdad a ella, fundirse con esa llamada de la voz interior, atender de verdad a su destino de escritor. Y vuelve a intentarlo. Se sienta al final del día. Saca un folio en blanco. Comienza a escribir estas palabras. No es difícil, se dice, basta con dejarse llevar. La escritura es como un vuelo del que solo se cae si se llevan las alas equivocadas.


lunes, 6 de marzo de 2017

EL MENUDEO CRÍTICO



Se ha puesto de moda últimamente, en ciertos periódicos, entre ciertos columnistas de opinión, una perniciosa práctica que podríamos denominar el “menudeo crítico”. Probablemente se la debamos a la transformación que los hábitos de lectura han experimentado en los últimos años: se lee poco, deprisa y mal, se lee a trompicones y con descuido; o quizá se la debamos también a la escasa elasticidad de ciertas doctrinas mal asimiladas en los años de formación universitaria, a la malsana obsesión por unos pocos temas recurrentes que, a la larga, acaban constituyendo el entero “mundo” mental de estos columnistas. Sus referencias son siempre las mismas, año tras año, columna tras columna. Sus fobias y sus filias permanecen incólumes durante décadas. Descrita muy a vuelapluma, esta práctica se conduce del siguiente modo. El columnista hace un viaje o visita una exposición. Lo hace deprisa, quiero decir que el viaje es de unos pocos días y la visita de una hora a lo sumo –el tiempo de tomar una copa de vino con un canapé. Al llegar a su casa, el columnista se prepara un café bien cargado, se lía un cigarrillo y contempla cómo la calima empieza a deshacerse en el horizonte. Es domingo. El columnista se aburre. Hacía mucho tiempo que no se aburría tanto. Y es que la columna de los lunes no es más que un entretenimiento, es decir, una especie de pasatiempos para combatir el hastío de todos los domingos. El columnista sabe que a esas horas podría estar recorriendo uno de los senderos del Macizo de Anaga o leyendo a Ungaretti o incluso, por qué no, escuchando el Petrushka de Stravinski, y, aunque está seguro de que esas actividades le reportarían mayores beneficios espirituales, por algún motivo que siempre desconoceremos lo que más le atrae, lo que más cree que le ayudará a matar el tiempo, a sobrellevar la molicie de todos los domingos es escribir uno de esos artículos de lo que aquí califico como “menudeo crítico”. Diré por fin en qué consiste tal cosa: una vez elegida la isla o la exposición sobre la que va a hablar, el columnista, antes de ponerse a divagar, dedica un primer párrafo a razonar la necesidad de su viaje como una escapatoria, por ejemplo, de la mediocridad a la que sus conciudadanos lo condenan a diario, o acaso a defender las bondades de una visita a una exposición frente a las ocupaciones vulgares a las que se entrega la mayoría de la población: carnaval, reguetón, fútbol. Una vez enfatizado así, por una especie de petitio principii más que sui géneris (discúlpenseme los latinajos), el higiénico distanciamiento de la cochina realidad, el columnista, desde esa posición de espectador dotado de una infrecuente sensibilidad y de una amplia cultura, despliega un abanico de iluminaciones que no podrá sino deslumbrar al lector. Este se sabe entonces en contacto con experiencias superiores. La exposición se ha convertido en una fuente de conocimiento. La isla visitada se descubre como un racimo de referencias salvadoras cuyo vórtice se encuentra en la mirada ebria, loca, visionaria, del columnista. Es entonces, entrado ya en materia, cuando este da paso al ejercicio minucioso de su “menudeo crítico”. Separa el grano de la paja. Encumbra y defenestra. Nombra y calla. Alaba en un holgado párrafo la obra de uno de los artistas de la exposición y apenas menciona de pasada el nombre del otro. Cita un poema de un libro, ¡pero solo para afirmar que se trata del poema más “citable” de ese libro! Elogia una de nuestras novelas míticas, aunque se trate de un elogio envenenado, pues resulta que hay otra novela, ¡griega, cómo no!, que trata con mayor profundidad y solvencia los mismos temas que la primera. El columnista picotea aquí y allá, trafica con los nombres de, al menos, diez escritores o pintores y los sitúa en un eje de pensamiento que coincide siempre con cuestiones tales como lo numinoso, la medularidad, lo atlántico, lo metafísico, lo habitable o la teoría de los dones. En ocasiones inventa nuevas normas de acentuación, pero no porque desconozca las de la ortografía castellana sino porque el léxico que maneja es a veces tan rico, tan exótico, que aún no existen reglas para acentuar según qué palabras y, por tanto, da lo mismo cómo se las acentúe. Ocurre con frecuencia que el lector, al menos es lo que me ha ocurrido a mí, termina de leer una de estas columnas y se queda pensativo, alelado. Se dice: “¿Qué será lo próximo?” O: “¿Por qué carajo...?” O quizá: “¿Había necesidad de esto?” Son preguntas que no tienen respuesta o, en todo caso, para echar algo de luz sobre ellas hay que esperar a la siguiente columna, al siguiente puñetero –o piñatero– lunes.