lunes, 21 de enero de 2019

LA ADVERTENCIA

Noche 1

Ahora, es justamente ahora, cuando ya no hay tiempo, cuando es preciso que me acueste si quiero madrugar mañana, cuando la imagen acude con mayor fortaleza. Toda la tarde ha estado rondándome, desde que estuve en aquel lugar, pero como difusa, aletargada, incapaz de desentenderse de su propio letargo para abrazarme como deben hacerlo las imágenes que terminan proclamándose dueñas y señoras de la página escrita. Así, los pocos minutos que pasé en el interior del patio abandonado, entre la pila de escombros de múltiples orígenes y una arquitectura remansada, con sus bancos y ventanas, sus espacios para la cortesía y para la intimidad entre vecinos, antes de ser reconvenido por el ocupante del coche de alta gama que se detuvo en el camino a la espera de que yo abandonara aquellos predios, antes de escuchar sus palabras varicosas: Eso tiene su dueño, no está tirado ahí porque sí; debería tener cuidado porque eso de ahí tiene dueño; esos pocos minutos, digo, pretenden reconstruirse ahora que ya no queda tiempo para rememoraciones, cuando el cerebro atenaza todas las sinapsis y el sueño empieza a apoderarse de la debilitada conciencia. Habrá aún, sin embargo, un largo debate en la cama antes de dormir. Habrá un pensamiento, un último pensamiento al filo de la duermevela, sobre lo entrevisto hoy, inesperadamente, sobre un lugar que se asemejaba a una herida, sobre una herida que parecía haber sabido extraer de sí misma los jugos de su propia reconstrucción. Ya, ya debo abandonar estas líneas a su suerte y sé que no será lo mismo mañana. Mañana no habrá nada sino el recuerdo de la escritura, que era a su vez el recuerdo de unos minutos en el lado de allá, antes de la brusca interrupción en el camino; mañana será el cero en que terminan todas las cuentas y las palabras habrán dejado de estar conectadas con la porosidad de los instantes. 

Noche 2


Sí, he perdido el dibujo, pues hubo sueños que no recuerdo y sé que, pese a no recordarlos, se superpusieron a la superficie de lo visto, al engranaje de las conexiones. Creo que el camino se llamaba Camino de las Medianías. No conectaba con ningún otro, sino que terminaba en una última vivienda, una casa con finca que, cuando llegué hasta allí, tenía abierta la puerta de entrada: unos diez coches estaban aparcados en un terraplén en el que hubieran cabido otros diez más. Y de la casa, que no se veía desde fuera pero que sospeché de dos plantas por lo menos, salía música acompañada de risas, la música que los dueños habían puesto para una fiesta de domingo que prolongaba un almuerzo de carnes y vino del país, las risas de los comensales ahora ya dispersos por las terrazas, entre los jardines, tumbados al sol del invierno, felices, ebrios. ¿Por qué estaba abierta la puerta de entrada? ¿Se esperaban más coches? ¿O era una invitación a sumarse a la fiesta? Di la vuelta y volví a subir por el camino, que era el mismo de la ida sólo que ahora todo lo que me había encontrado a mi izquierda estaba a mi derecha, y viceversa, lo que parece una obviedad y lo es, salvo que cuando llegué a la entrada de las antiguas casas de servidumbre, pues eso es lo que debían de haber sido, me digo ahora, la tentación de entrar, pese a las advertencias del conductor del coche de lujo, volvió a aparecer, esta vez acrecentada precisamente por la prohibición tan inequívocamente enunciada, por la visión interrumpida de un lugar remansado y por la sensación de que más adentro, donde terminaba la última casa, se abría un camino que conectaba, esta vez sí, con otro principal paralelo al de las Medianías. Los vestigios de la incertidumbre se habían convertido ahora en señuelos de una bienaventuranza. No había ahora ni rastro del Mercedes, que parecía tener como única función subir y bajar continuamente el camino para advertir a los caminantes de que aquello tenía dueño, de que no estaba tirado allí al buen tuntún, sino que había alguien que podía demostrar la titularidad de aquella inmundicia amontonada entre la que, en mi primera aproximación, había vislumbrado ropa, juguetes, botellas, herramientas, neumáticos, muebles rotos y todo tipo de piezas inservibles, inidentificables. Quizá el vigilante, el conductor del coche de alta gama, era a su vez el dueño de la cosa, y prefería hablar de sí mismo en tercera persona, como alejando su condición de propietario de lo que, era patente, no tenía ningún tipo de existencia; es más, ni siquiera se había dignado mirar hacia las casas, ni mirarme a mí al declarar la naturaleza terminantemente privada del lugar, sino que su mirada había estado clavada todo el tiempo delante de él, en algún punto del camino, como si no fuera él quien hablara o como si lo hiciera hipnotizado por un pasado que no era fácil vislumbrar entre la ruina mugrienta del presente. Eso de ahí tiene dueño, había dicho, y ni siquiera se podía asegurar que se estuviera refiriendo a aquellas casas de servidumbre, pues los deícticos manejados no permitían sino una asociación muy lábil entre lo que él indicaba verbalmente y el lugar del que yo salía como si fuera un intruso, un forajido. Quizá se refería simplemente a la basura, que él no consideraba como tal, o incluso a la finca en su conjunto, destinada en un futuro incierto a ser vendida para la construcción de un nuevo chalé; o tal vez era el contenido de las casas lo realmente importante, a saber qué podía guardar el dueño de toda aquella cochambre en los tres o cuatro cuartos cerrados con puertas de latón. Pero, ay, aquí, por ahora, han de concluir todas las elucubraciones, una noche más la conciencia se deshace a la fuerza en beneficio del sueño y no hay espacio en la escritura, entonces, para que convivan superficie y memoria, impresión y extravío. Se vive escribiendo y se duerme borrando. Mañana será otro día, o no habrá nada.

Noche 3


Después de mi segunda aproximación, cuando ya había llegado a la carretera principal y me dirigía hacia la parada de guaguas, vi pasar el coche de alta gama, el Mercedes verde oscuro, conducido por el vigilante de las ruinas. Su mirada parecía aún más obtusa y frontal, como abotargada, y la barba de cuatro días no lograba ocultar una piel llena de bultos rojizos, la típica piel de quien a diario se sumerge en toneladas de alcohol. La nariz hinchada, el cuello sucio, el pelo cortado en pincho como para parecer más joven. El vigilante había salido del Camino de las Medianías, quién sabe cuántos caminos vigilaba, de cuántas ruinas era dueño, a cuántos intrusos tenía que reconvenir cada día. Pero esta visión no es la de entonces, la de la noche de aquel día, sino que está distorsionada por la borradura o por el sueño, pues no estoy seguro de no haber soñado con la figura del borracho o de no haberlo borrado un poco en estas dos noches que han pasado desde entonces. Su amenaza es menos firme, en cualquier caso. No estoy ya bajo el control de la mirada obtusa y frontal que aquel día pronunció, como un conjuro, la advertencia sobre la propiedad privada de la mugre ni siento ya mis pasos de intruso con la viveza de aquel día. Nunca recuperaré la sensación de estar cayendo en la irrealidad de otro tiempo mientras atravesaba el patio flanqueado, a mi izquierda, por los montones de escombros, y, a mi derecha, por las casuchas de un solo cuarto que no eran tal vez sino antiguos cobertizos o graneros. Caía mientras avanzaba, pero esa caída significaba la posibilidad de saber algo, una mansedumbre, una sabiduría poco sospechosa de convertirse en conocimiento o en certeza, sino acaso parecida a lo que se siente en el momento de unirse con la propia sombra. El cuerpo y la sombra avanzaban en la desposeída realidad de unos patios utilizados como basureros sin la sospecha de que al final de aquella travesía desaparecerían el uno en el otro, el cuerpo en la sombra, la sombra en el cuerpo. No era verdad: nada tenía dueño, todo aquello estaba tirado allí porque sí, no había que tener cuidado alguno. Era preciso avanzar, descuidarse, desposeer de toda posesión las cosas poseídas: convertirse en la sombra de un dueño, en el vigilante vigilado, en basura amontonada, en trapos quemados, en perros que ladraban para no saber que existían, o al contrario. Aquellos patios eran el lugar que permitía llegar a esa sabiduría, sólo que nadie podía alcanzarla porque el vigilante lo impedía, llegaba siempre tarde o temprano montado en su coche de alta gama para proclamar que todo eso de ahí tenía un dueño, que no estaba tirado allí porque sí, que había que tener cuidado. Morir, dormir: dormir, tal vez soñar.


jueves, 10 de enero de 2019

TAMPOCO YO ESTUVE NUNCA EN TUBINGA. UNA CARTA A ADALBER SALAS SOBRE "LA CIENCIA DE LAS DESPEDIDAS"


Tampoco yo estuve nunca en Tubinga, mi querido Adalber,
y seguro que cuando pronuncio “Tübingen” o “Túbingen” lo hago mal,
posiblemente porque el alemán es ese idioma que no se aprende nunca
por mucho que se viva durante años en el país de Hölderlin,
es ese idioma que te expulsa, lengua de dientes afilados como los de las fauces
de un cocodrilo o de un caimán (de estos últimos, por cierto, vi hace poco imponentes ejemplares
en el Parque del Este de Caracas y estoy convencido
de que sus mandíbulas producen sílabas sangrientas, cortantes
enunciados que la ciudad difunde hasta los barrios por sus arterias colapsadas
y que demuestran que la lengua del origen lleva ya incorporada su propia perversión;
hablando de Caracas, es curioso que tan sólo en cuatro poemas hablas de ella en este libro,
como si todo el resto dibujara, en filigrana, la despedida o la ausencia de esa ciudad,
los tiempos de penuria en que la lejanía es un rapto en modo alguno divino).
Pero, volviendo a Tubinga y a Hölderlin, que es como decir a Grecia y a Odiseo,
a ciertos héroes o dioses más o menos añorados,
¿qué fue del inmigrante ilegal que naufragó en las costas de una isla cuyo nombre no era Ítaca?
¿Moriría de hambre o asesinado a cuchilladas por el otro mendigo?
Es la historia de tantos, en Europa, en Norteamérica, que dejan atrás la guerra
y cambian su destino de muertos por un presente de excluidos,
hasta que tarde o temprano viene la muerte a tocar a su puerta, como a todos,
sólo que ellos llevan escuchando los golpes de la famosa caníbal desde casi antes de nacer.
Los golpes, esos mismos golpes que no escuchaba sino que sufría en propia carne
Adrian Jones, el hijo de Michael A. Jones, el ciudadano de Kansas que en 2017 confesó
haber asesinado de una paliza a su hijo dos años antes,
cuando Adrian tenía siete años, y haber utilizado sus restos para darles de comer a los cerdos.
Como en un raro privilegio, estos, los cerdos, se convierten en tu poema
en los depositarios de las historias que les cuentan los huesos del niño,
pues cuando uno muere, dice Adrian, aprende un montón de palabras nuevas.
¿Es esta, acaso, la ciencia nueva que hemos nosotros de aprender,
la ciencia de las despedidas,
Osip Mandelstan, Adalber Salas,
la sinrazón de lo que yace enterrado en nuestro mundo racional,
unas palabras nuevas para cada horror nuevo, para cada nuevo tiempo de miseria?
Esa ciencia nueva, sin embargo, habría de fundarse en conocimientos antiguos,
sería necesario rescatar, como hacen los peces, las voces de los dos esclavos tirados por la borda
de un barco esclavista de 1724, esas voces de la rebelión que fueron acalladas,
como lo es actualmente cualquier rebelión contra las tiranías:
cuerpos apaleados en plena calle para escarnio de todos,
torturas sistemáticas y atroces de las que sólo se filtran rumores
para que el miedo se infiltre hasta en las mentes más audaces.
Que no sepamos los nombres, que desconozcamos los rostros de las víctimas,
que las sospechemos amontonadas en fosas comunes tan anónimas como aquel mar,
¿no es este el propósito de todas las dictaduras?
Borrar, hacer desaparecer, arrasar la memoria, mutilar
cualquier posibilidad de reconocimiento y testimonio,
¿no es este el lenguaje heredado que renueva cada tiranía,
por mucho que se disfrace de democracia parlamentaria?
Pero las cabezas, aun decapitadas, siguen hablando,
quizá no de un modo tan elocuente
como la de aquella, encantada, que Don Quijote escuchó en casa de Antonio Moreno, en Barcelona;
siguen hablando, digo, las cabezas desenterradas, profanadas, extirpadas
de sus cuerpos, aunque no sea sino una baba tenaz lo que susurren.
En la memoria llueve todo el tiempo, dices, mi querido Adalber,
consciente de que recorremos terrenos pantanosos
cada vez que nos acercamos al origen, sobre todo
cuando en el origen está marcada a fuego la violencia de un tiroteo
que destruye una ventana mientras un niño de cuatro años
mira en la televisión unos dibujos de Bugs Bunny.
La erosión por la lluvia, que no es sino una metáfora
del desgaste y de la fuga que es la vida, se inscribe en el análisis geológico
de la piel y la memoria, cuántas capas es preciso raspar
para acceder a la primera, originaria, al albor de la vida, a esa escena
en un piso tranquilo que de pronto es lanzado al aluvión de la historia,
en pleno intento de golpe de estado de 1992 en Venezuela.
Tenemos todos cuatro años y nos reímos con Bugs Bunny antes de leer ese poema.
Pero después, cuando lo leemos, nos damos cuenta, cada uno de nosotros,
de que hubo para nuestra piel una primera capa, un rasguño preciso
que la marcó para siempre y sobre el que se superpusieron,
instante tras instante, día tras día, año tras año,
muchos otros rasguños, rasguños sobre los que llueve
comme il pleut dans mon coeur, que diría Verlaine.
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento,
habríamos de recordar aquel primer rasguño,
pues en ese momento final en que la despedida se inscribe en nuestra piel
las capas se transparentan y descubren las unas a las otras.
Y lo que más nos sorprende es darnos cuenta de la cantidad de vidas
que conviven dentro de nosotros: no hay diferencia alguna
entre lo auténtico y lo apócrifo, pues con el agua que cae la memoria moldea
figuras de barro que presumimos verdaderas
hasta que caemos en la cuenta de que no somos quienes somos, sino otros o nadie,
dependiendo de si ese día hayamos estado releyendo a Homero o a Rimbaud.
Dubia et spuria, esto es, las obras dudosas y las espurias
forman parte de la edición completa de nuestra vida encuadernada,
son fragmentos que conservamos en estados a veces muy precarios,
ideas rotas de nosotros mismos,
borradores que no estamos seguros de haber escrito nunca
pero que nos descubren el otro lado de esta vigilia perezosa en que solemos vivir.
Nuestro cuerpo asediado es tanto más nuestro cuanto más asediado se ve,
pero tampoco el cuerpo de los demás se diferencia del nuestro,
no al menos cuando se ha convertido en cadáver, y es necesaria entonces
la creación de una agencia para la protección de los derechos civiles de los muertos,
que en el poema vigésimo del libro reclaman su condición de ciudadanos,
su reconocimiento como posibles candidatos a las elecciones,
y obtienen tanta fuerza –pues quién puede dudar de que los muertos son poderosos–
que las encuestas más recientes vaticinan
que pronto el país podría hallarse gobernado por un muerto.
No sabemos, Adalber, si se tratará de un muerto embalsamado
o carcomido por la podre, como diría un mal traductor de Baudelaire,
pero en cualquier caso esa perspectiva, la de ser gobernados por un muerto,
a nosotros, los españoles, nos resulta cada vez menos lejana e inviable.
Bromas aparte, a estas alturas no cabe ya la menor duda
de que cualquier indicio de muerte aparece en primer lugar en la lengua,
quiero decir en la lengua del Tercer Imperio o Tercer Reich,
la lengua manipulada, retorcida, adulterada, prostituida,
por medio de la cual la farsa de este mundo pretende convertirse en verdad absoluta,
hasta que la única verdad, como bien supo Victor Klemperer,
acaba siendo el ostracismo, la persecución y el holocausto.
Frente a esta nueva neolengua de la posverdad de nuestro tiempo, la poesía acude
con su palabra truncada, interrogante, amiga del subsuelo y de los extrarradios,
puesta frente a nosotros como un espejo parlante.
Lo mismo que un corazón de res, diseccionado a los quince años
en clase de biología, constituye el mejor correlato objetivo de nuestra fragilidad,
así la lengua que se habla nos permite distanciar el dolor, verlo escrito en el aire.
Desde el aire, o desde Google Earth, los barracones
de Auschwitz-Birkenau son cráneos relucientes, puro esqueleto:
no hay allí carne ni ceniza,
la carne que fue quemada y convertida en ceniza quedó dispersada por el soplo de un ángel
que ya Rilke o Klee, en los años 20, habían presentido.
Cráneos relucientes, fríos esqueletos,
objetos abandonados en una pantalla de ordenador, como si la historia no fuera
un largo toque de queda donde realmente nada concilia el sueño por completo.
Porque esto es así, porque a los sueños se transfieren los cuerpos dolientes de los otros,
el sufrimiento que hemos vivido junto a quienes amamos,
o incluso el que se infiltra en nuestra locura al conocer ciertas tragedias,
deportaciones, exilios, persecuciones, diásporas, genocidios,
no es concebible que la palabra nos libere, sino que hemos de ser nosotros,
los cautivos, quienes intentemos liberar la palabra en el poema,
a sabiendas de que los poemas son vísceras que cuelgan de los ganchos de una carnicería.
En definitiva, liberar la palabra,
aprender la ciencia de las despedidas,
es convertir la propia vida en un viaje infinito,
en un poema que cruza de una lengua a otra lengua, como un cuerpo que traspasa las fronteras,
llegar al último poema y poder declarar los motivos del viaje
sin que lo que dejamos atrás nos pese demasiado, pero sin olvidarlo.