lunes, 10 de junio de 2019

PAPIERMÜHLE

Empieza dejándose recomendar una cerveza. La camarera, de ojos brillantes como si desprendieran luz desde el fondo, le señala con el dedo en la carta. Le dice: creo que a usted le gustará la Jenaer Burschenpils. Lo dice convencida y sonriente, sin atisbo de duda. Prepara las cervezas un camarero elegante, vestido con chaleco, espigado, de porte aristocrático, que dispone las jarras debajo de un puente de latón con seis o siete surtidores. Vierte un poco de cerveza y deja que la espuma se asiente sobre el líquido. Echa otro poco de cerveza y vuelve a esperar. Al principio la espuma llena casi toda la jarra, pero mediante ese paciente proceso se consigue servir las cervezas con la cantidad de espuma justa. La espuma cumple una función fundamental que él desconoce. El camarero con sus jarras de cerveza es como un organista con sus tubos. Ninguna jarra está a la misma altura de espuma, ningún tubo da la misma nota. Le sirven la cerveza. Tiene que darle la razón a la camarera y concordar con ella en que la Jenaer Burschenpils es perfecta para él: suave, aromática, con un leve toque picante. Un licor de dioses. Debieron haber bajado, los dioses, si no los del Olimpo al menos los del Valhalla, alguna vez hasta aquí, hasta la primera fábrica de cerveza de Jena, para saciar su sed divina. Los dioses. Esos que vivían en las rocas y en los árboles, en las piedras y las cuevas, los que curaban la lepra y obtenían la unión de los amantes desavenidos. Pero poco a poco, mientras escribe —aunque no ha venido aquí a escribir— se le ha ido terminando la cerveza. El dorado marrón del líquido viscoso sube y baja a través de su cuerpo. Se le sube a la cabeza y casi se le baja hasta los pies. Empieza a flotar mientras se siente pesado, anclado al suelo. Las mesas y las sillas del local, de una madera antigua y pesada, están pensadas para anclar a los clientes, lo mismo que la lengua que hablan exhibe unas raíces profundas que se hunden en la noche de los tiempos. Un bosque rodea el Papiermühle, más allá hay rocas mágicas, claros en los que se derramó sangre en batallas no hace tanto tiempo, heces de jabalíes, una luz que es ya incapaz de competir con la iluminación envolvente del local. La camarera de ojos radiantes se ha marchado. Él se ve obligado a llamar al camarero espigado, que amablemente le explica las características de la Alt Jenaer, aunque lo único que capta —aquí no hay sonrisas ni ojos coruscantes— es que se trata de un producto original de sabor caramelizado y condiciones especiales de fermentación. Vuelve a sonar la música de órgano. Bach, Buxtehude. Cuando otro camarero le sirve la Alt Jenaer y la prueba, siente, en efecto, que no tiene nada que ver con la anterior. Ahora no hay nada leñoso ni chispeante. Sospecha que esta cerveza va a bajar más que a subir. Es como una savia, pero al revés, una savia que lo empezará a convertir en una raíz enroscada alrededor de la madera rugosa de la mesa. Cuando quiera levantarse no podrá. Lo que ocurre es que a la Alt Jenaer le sale al paso el Mutzbraten (asado de escápula de cerdo) que le acaban de servir y que, en cuanto empieza a ocupar, trozo a trozo, un lugar indeterminado entre pecho y espalda, le cierra el paso a la cerveza, que rompe a burbujear en la zona situada entre el estómago y el intestino grueso. Allí se va depositando, turbulenta, con su caramelizado espesor empujando hacia las partes inferiores del cuerpo, pero cada vez más obstaculizada a medida que los pedazos del Mutzbraten, debidamente cortados y deglutidos, van bajando camino del estómago. Lutero, Goethe y Napoleón vivieron a dos pasos de aquí, en el castillo del landgrave, del que no quedan más que las ruinas de la puerta de entrada, y aun así probablemente reconstruidas. Gente como esa debía de disponer de algún conducto especial entre el estómago y los pies, pues no dejaron de comer y de moverse, de atracarse y de bailar y hasta de manducar y de joder, esto último algunos de ellos, si no todos. Vaya tíos. La de Mutzbraten que se habrán echado al coleto, guerra va, Fausto viene, tesis por aquí, coronaciones por allá. Le retiran el plato vacío —no dejó ni un corpúsculo de Sauerkraut— y pide un Apfelstrudel y una Jenaer Schnellenbier. Ya ni siquiera le consulta al camarero. Esta, según acaba de leer, es negra. Su nombre, la rápida, es ya suficientemente amenazador. La graduación que figura en la carta supera a la de todas las demás. Bien. Que suenen los tubos del órgano cervecero. En el mostrador situado bajo el puente de surtidores de latón luce ya un tubo lleno de espuma. La gente ríe, juega a las cartas, habla una lengua de raíces profundas, espesa, cada vez más pastosa. Una lengua de madera anclada a la madera. Ahora recuerda haber estado aquí en una de sus despedidas de Jena, pero puede ser un recuerdo impostado, un ramalazo falso sugerido por los últimos tragos de la Alt Jenaer. Ya hay ocho tubos más junto al tubo negro, brillante, cuya espuma está casi asentada. Aleluya. Vayamos todos después al bosque misterioso y desnudémonos como elfos o corderos. Despedacémonos los unos a los otros y hagamos salchichas con nuestra sangre tratada con especias. La negra espera. Le falta el último chorrito. Se la ve amenazadora, como un bloque de obsidiana con poderes mágicos. Desprende un brillo espeso y negro, la cabrona, que da repelús mirar. Se la plantan sobre la mesa. Menos mal que acaban de servirle el Apfelstrudel con su salsita de vainilla y una coqueta bola de helado junto al espectacular hojaldre relleno de manzana. ¿Qué probar primero? La negra lo tiene hipnotizado, así que deja un momento el cuaderno donde escribe (casi no ha parado, el condenado) y la saborea. Es la bomba, como se temía. Rasposa, punzante, persuasiva. Toda una puta cabrona. Apfelstrudel, Apfelstrudel, ¡ah! Frío, caliente, hojaldre, helado, manzana, vainilla, frío, caliente. ¡Apfelstrudel! Todo menos dejarse conquistar por la negra, que parece capaz de volarle la tapa de los sesos. Pero, sin saber cómo ni cuándo, ya le queda menos de la mitad de la Jenaer Schnellenbier. No sabe adónde habrá ido, pues flota y se hunde al mismo tiempo, mientras los comensales de la mesa de enfrente, menos los jugadores de cartas (pues allí unos reían y otros jugaban seriamente a las cartas), se despiden y salen a la oscuridad de jabalíes, batallas y dioses. Algunos caminan casi como soldaditos de plomo. No es un recurso literario. Como si les hubieran dado cuerda, caminan por impulsos mecánicos, adelantan la mano de un solo golpe y mueven la cabeza como si se la sostuviera un resorte. Los jugadores de cartas se cambian de mesa y se sientan en una al lado de la suya. Una mesa saca a bailar a un camarero que, descontento por algún motivo, le lanza sillas para mitigar sus insinuaciones sensuales. El camarero espigado ha pasado media hora limpiando a fondo el mostrador y el puente de los grifos, pero hay que servir más cerveza, tocar más música, y los tubos vuelven a sonar para los jugadores de cartas. La negra es divina. Fuerte y sensual como una valkiria. Saldría a bailar con ella al bosque, se bañaría en ella y con ella, se hundiría en ella hasta perder la conciencia, la convertiría en su Jeanne Duval, en su négresse, haría de ella un mameluco al que acompañaría en una escaramuza contra el enemigo, una emboscada en el bosque, una claridad en el claro, una negrura en lo negro, una tragura en el trago, otro más, otro trago, más rápido, y ya se siente descender al fondo del aire, al torbellino de la historia, al desconcierto de la geografía, y es un jabalí que busca perseguido la manada, un soldado perdido —pero no de plomo— en la maraña desconocida, con la conciencia repentina de que va a morir, es un consejero áulico que cree haber encontrado la paz pero sabe que su mejor amigo, al que ama por su belleza y odia por saberlo más inteligente que él, no la encontrará. Último trago de la Schnellenbier. Fin.  

ENTREVISTA DE LOS ESTUDIANTES DE COMUNICACIÓN SOCIAL DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA ANDRÉS BELLO DE VENEZUELA


sábado, 1 de junio de 2019

EN UN TRANVÍA DE LEIPZIG

Ir como uno más, como iba entonces, hace veinte años, en un tranvía de Leipzig, plenamente integrado en un tranvía multicultural junto al matrimonio de ancianos alemanes que vuelven a su casa, el padre turco que lleva a su hijo al parque de juegos infantiles, la pareja de amigas orientales que visten trajes ceñidos y lucen hermosos labios de colores brillantes, el joven árabe que sonríe mientras habla con alguien por el móvil, con su barba bien recortada, sus ojos aureolados de pestañas como las de las mil y una noches, el adolescente ruso que viene de comprar fruta y muestra sus pantorrillas musculadas, la estudiante africana que lee un libro de Schelling y recuerda la naturaleza infinita y virgen de su país natal. Ir como uno más, como el que se montaba entonces en los tranvías que cruzaban la ciudad, anónimo, con un libro en las manos, pensando en poca cosa, quizá en el mueble que falta en el salón del piso nuevo, acaso en la clase malograda a pesar del poema de Machado, sin poder leer por el cansancio, contemplando los edificios y los huecos, las manzanas y las mordidas de la historia. Ir como uno más, confundido entre las lenguas que se cruzan sin comprenderse, silencioso, sin hablar ninguna porque las olvidó todas, olvidó la lengua que traía de su país y olvidó la que no acabó de aprender en el nuevo, y así cayó en el mutismo de quien prefiere no relacionarse, tan sólo confundirse, integrarse en silencio, comulgar con los demás por medio de la contemplación o del olfato sin palabras. Ir como uno más, en este tranvía del fin del mundo, plenamente integrado en el viaje de la desintegración, socializado en medio de la sociedad descompuesta, de regreso de un pasado que no comprendió y camino de un futuro que no existe, solapado por su anónima presencia entre gente a la que no comprende y a la que nunca podrá acercarse, como un libro cuyas páginas fueran cada una de un color diferente, cada una escrita en una lengua, cada una con un número no consecutivo al de la anterior. Ir como uno más, así, desvalido, sin ninguna voluntad de apearse, sin destino, sin rumbo, sentado en un asiento que fuera el mismo de entonces, de hace veinte años, mirando por la misma ventanilla, viendo los mismos árboles de parques sucesivos, imaginando que alguien lo despidió en el andén y sabiendo que ese alguien que lo despidió en el andén lo hizo para siempre y no puede ya hacerlo ahora, ahora que, como entonces, se ha montado solo a la deriva en el tranvía sin tiempo, en un tranvía que, aun cuando se bajara el conductor, continuaría serpenteando por la ciudad con el ritmo repetitivo de las rutas perpetuas. Ir como uno más, sabiéndose nadie, nada, un cuerpo que ocupa fugazmente un asiento y lo cede para recuperarlo veinte años después, un hueco del aire que respira y saliva, que suda y olfatea, una celeridad inmovilizada en el tiempo, que aparece y desparece en medio de los años, de las décadas, sin buscarlo ni buscarse. Ir como uno más, con el equipaje abandonado en la taquilla de una estación olvidada, con un libro en las manos que no acabará nunca de leer, ni en veinte o cuarenta años más, recordando que al llegar a casa tendrá que reparar la pata de la cama, atornillar mejor el espejo del baño, colocar la planta cerca de la luz de la ventana. Ir como uno más, sin recordar nada, dejándose llevar, viendo cómo van cambiando sus compañeros de viaje, el matrimonio alemán, el padre turco, la pareja oriental, el joven árabe, el adolescente ruso, la estudiante africana, cómo, cuando levanta la vista, ya no están ahí, han debido de bajarse, pues ya no hay nadie en el tranvía, ni siquiera el conductor, sólo está él sentado en el primer asiento a la derecha, con un libro entre las manos, sin saber si está en movimiento o no, si es ahora o entonces, si está vivo o está muerto. 

viernes, 31 de mayo de 2019

LÜTZEN

Fue al abandonar la autopista 38 por la salida 28 cuando entré en el pueblo de Lützen. Ya el nombre me resultaba familiar. Lo repetí en voz baja: Lützen, Lützen. Lo atravesé en un suspiro, pero, de alguna manera, a pesar de esa rápida travesía superficial que me llevó después hasta unos extensos campos de cultivo, me pareció que había ahondado en aquel lugar, que cada fachada entrevista, cada tienda, cada monumento, tenían su correspondencia en algún lugar profundo de mí, aunque no estaba seguro de haberlo visitado, ni de haber pasado siquiera por allí, cuando vivía en Leipzig. Era muy probable que en alguna excursión, o en alguno de los trayectos que realicé al aeropuerto para recoger y dejar a amigos que me visitaron, tuviera que pasar por Lützen. Reconocía y no reconocía sus calles. El color marrón apagado de algunas de las fachadas era el mismo de entonces, de tantas fachadas como debí de haber contemplado con fruición —y, a veces, hasta habría inventado sin querer alguna historia sobre quienes allí vivían o habían vivido—, pero no había ninguna garantía de que fuera en Lützen y no en cualquiera de los muchos pueblos que rodean Leipzig donde yo había visto esas fachadas. ¿Qué era, entonces, lo que me emocionaba al pasar por allí, lo que hizo que estuviera a punto de pararme en el aparcamiento de la iglesia para pasear unos minutos y confirmar a pie esa sensación oceánica de placidez, regreso e inmersión, la muy sutil y quizá equivocada impresión de que yo ya había estado en Lützen alguna vez, o que al menos había pasado por allí las veces suficientes como para recordar su nombre? Lützen, Lützen, repetía como un mantra, como si al decir en voz alta y varias veces la palabra pudieran volver las imágenes de entonces. Y seguí repitiéndola cuando, una vez que dejé atrás los campos cultivados, y también el siguiente pueblo, Markranstädt, cuyo nombre sí que no me decía nada y que, al atravesarlo, me pareció totalmente desconocido, vi el lago. Empezaba a desvanecerse la sensación de haber estado alguna vez en Lützen cuando vi a mi derecha el lago y pensé que podía ser ese el lago donde había ido varias veces en el verano de 1999. Tampoco estaba seguro de que así fuera, pues, al preparar el viaje, y recordando aquel lugar tan especial, había visto en el mapa que Leipzig está rodeado por varios lagos. Yo sólo había ido a uno —pero no recordaba su nombre— desde que compartí allí un picnic con un amigo, su hermana, su cuñado y sus sobrinos —una experiencia extraña—. Luego empecé a ir solo. Recuerdo lo fascinante que era dejar la orilla en la que se congregaba la gente —y donde había incluso un populoso quiosco de bebidas— y caminar hasta el otro extremo, donde no solía haber nadie y era mucho más agradable bañarse. Quizá era por eso por lo que me resultaba familiar el nombre de Lützen, porque estaba cerca del lago y alguna vez quizá había continuado hasta allí después de bañarme. O tal vez era simplemente la emoción de regresar a Leipzig —veinte años después— lo que me hizo aferrarme al nombre del primer pueblo con que me crucé al dejar la autopista y me estaba autosugestionando con que ya había estado allí. Lo cierto es que ahora me doy cuenta de que quizá no sabré nunca si estuve o no estuve en Lützen y que no es eso lo importante —si es que algo importa—: lo que importa —si algo importa— es haber sentido con toda seguridad una conexión con ese lugar, haberme identificado en lo profundo con él —no en la realidad ni en la memoria, no en el presente ni en la imaginación—, haber sentido que, a través de las sílabas de la palabra Lützen, regresaba a regiones más auténticas, menos conocidas, de quien acaso soy o no soy. 

lunes, 27 de mayo de 2019

LLEGADA A KARLSRUHE

Lo primero que hizo cuando llegó a la habitación del hotel fue mirar por la ventana. Eso fue lo primero que hizo, mirar por la ventana de la habitación del hotel. Mirar por la ventana le hizo recordar otras habitaciones de hotel, otras ventanas de otras habitaciones de hotel, otros hoteles. Lo primero que hizo al mirar por la ventana de la habitación del hotel fue preguntarse qué es lo que estaba viendo. No se esperaba ver una calle, ni un parque, ni siquiera un semáforo. (Eso había visto desde otras ventanas de otras habitaciones de hotel, podía asegurarlo, aunque no fuera capaz de ubicar los hoteles, las ciudades, las épocas.) Lo primero que hizo al mirar por la ventana de la habitación del hotel fue preguntarse por qué estaba viendo lo que veía. Se decía que era algo que ya había visto antes, o que al menos le recordaba algo visto antes, al mirar por alguna ventana, no necesariamente una ventana de la habitación de un hotel, pero sí, en cualquier caso, una ventana de una ciudad alemana. Mirar por la ventana de la habitación de un hotel en una ciudad alemana le recordaba a mirar por cualquier otra ventana de una ciudad alemana. No sabía por qué, y eso formaba parte de la pregunta que se hacía, lo que allí veía al mirar por la ventana sólo podía formar parte de lo que se veía al mirar por la ventana de una ciudad alemana. Permaneció así, asomado a la ventana de la habitación del hotel, largo rato, un tiempo que no pudo calcular: mirando por la ventana y preguntándose qué era lo que en aquello que veía formaba parte de lo que podía verse desde cualquier ventana de cualquier ciudad alemana, preguntándose qué había en común entre todos aquellos momentos y por qué tenía que ser necesariamente así. Lo que recordaba de otras veces en que había mirado por ventanas de hoteles en ciudades alemanas —y eran muchas, muchas las veces en que había mirado por ventanas de hoteles en ciudades alemanas— no era nada preciso, nada que pudiera verbalizar o distinguir claramente respecto a lo que recordaba de las veces en que había mirado por ventanas de hoteles en ciudades no alemanas. La imprecisión, lo evanescente, lo grisáceo, lo indefinido, formaban parte de lo que caracterizaba aquello que, estaba seguro, podía afirmar reconocer ahora que, nada más llegar a la habitación, se había puesto a mirar por la ventana. La habitación daba a un patio que no quedaba claro si era exterior o interior. Había una plataforma de función indefinida, abajo, sobre la que se erigía una barandilla de metal oxidado. Las baldosas de la plataforma estaban cubiertas de musgo, o en todo caso de una mugre que no se limpiaba hacía tiempo. Detrás de esa plataforma había un jardín o, más que un jardín, un terreno poblado por unos cuantos árboles, que habían dejado caer las hojas, aunque ya no estábamos en otoño, tanto sobre la tierra como sobre la plataforma. Detrás del jardín o del terreno arbolado —y los árboles casi impedían verlo— había un edificio con ventanas que daban a ese mismo patio. En el patio había un banco de madera con respaldo metálico. Tanto la plataforma como la barandilla, tanto el edificio como el jardín, tanto las bicicletas —porque también había un par de bicicletas— como la madera del banco eran del mismo color gris tirando a marrón, un color indefinido que parecía, más que un color, una pátina que hubiera cubierto los colores anteriores, olvidados. Todo estaba cubierto por una pátina de humedad, de viscosa irrelevancia, de malsana uniformidad, de inmovilidad silenciosa, que hacía que estar asomado a la ventana de la habitación de aquella ciudad alemana supusiera sumarse o confundirse con el húmedo, malsano, irrelevante, uniforme, inmóvil y silencioso escenario que allí comparecía. Recordó haber pensado, no, no haber pensado sino haber sentido lo mismo —pues esas cosas no se piensan—, muchos años atrás, en una vida que no parecía la suya, cuando una vez se quedó solo en una casa de las afueras de otra ciudad alemana —el dueño de la casa se había ido a trabajar y él se quedó como un convidado de piedra—: una sensación de abandono, de irremediable distancia respecto del mundo, como si todos se hubieran marchado y él se hubiera quedado en medio de un lugar devastado. Lo que allí se veía, desde la ventana del hotel y desde la ventana de aquella casa de las afueras, era, pensaba ahora, lo que el final de la historia hace con el mundo (al menos el final de la historia personal con el mundo de uno). Un grajo podía venir a posarse sobre la tierra mojada, podía picotear una lombriz, posarse en la barandilla para deglutirla, graznar, si es que los grajos graznan (krächzen, creyó recordar que se decía eso en alemán), y levantar el vuelo en un arrebato dejando la más angustiosa de las ausencias en el jardín desprotegido. Eso, lo primero que hizo cuando llegó a la habitación del hotel de aquella ciudad alemana, no tenía demasiado que ver con respirar, sino con ahogarse, no se parecía a dejar entrar la luz, sino a hundirse en la sombra, no contribuía al descanso apetecido después de un viaje en coche, sino que prolongaba el vértigo de la autopista sumándole ahora el vértigo de la inmovilidad. En las ventanas de enfrente no había movimiento. No esperaba, como en otro tiempo, que las sombras evanescentes tras unas cortinas transparentaran la imagen de un cuerpo con quien coincidir en algún momento en el jardín compartido, si siquiera había cortinas, y mucho menos luces en aquellas ventanas. Y no porque el edificio estuviera despoblado, sino porque era la sinrazón de la lejanía la que ahora se había impuesto en todos los órdenes de la vida. Lo primero que hizo, sí, al llegar a la habitación del hotel, fue asomarse a la ventana y sentirse más lejos que nunca, lejos de sí mismo, lejos de los demás, lejos del propio hotel donde estaba, lejos del tiempo. Ni siquiera, se dijo, un reloj de cuco surgido de otra época, uno de esos relojes mágicos como los espejos de los cuentos, al que le hubieran dado cuerda en otra dimensión, podría devolverle lo que había perdido: el cucú de la vida, el cucú del zumo perdido de la luz. 

viernes, 24 de mayo de 2019

LA LIBRETA

Desde que llegó, salió a pasear todas las tardes. Iba descubriendo los diferentes caminos, y en ocasiones, más que descubriéndolos, los redescubría a partir de los recuerdos que de ellos tenía de su estancia anterior, hacía seis años. Por algunos de esos caminos ya había transitado entonces, y otros los descubría ahora extrañándose de no haberlos descubierto entonces, sobre todo porque no estaban demasiado alejados de otros que ya conocía, o constituían bifurcaciones o continuaciones de caminos por los que había pasado. Había incluso alguno que resultaba muy extraño no haberlo recorrido en aquella estancia anterior. El caso más flagrante era el de un camino que comenzaba unos metros más abajo de la puerta de su casa y que ascendía a la parte de la ladera que dominaba el grupo de casas altas entre las que se encontraba la suya, un camino que serpenteaba por encima y a la vez por detrás de esas casas y que, cuando llegaba a la altura de la suya, le permitió ver desde el otro lado lo que veía –y lo que había visto seis años antes– desde la ventana del dormitorio y desde la claraboya del baño. Ese camino iba paralelo a unas enormes mallas metálicas instaladas en la ladera para retener las piedras que pudieran caer o para proteger de avalanchas. Por un momento se imaginó durmiendo cuando hasta el dormitorio caía una de esas inmensas piedras, o un alud, que se empotraba contra la pared de madera y lo aplastaba sin que alcanzara a despertarse antes de morir: una dulce muerte violenta. Ese camino desembocaba en otro que sí conocía de la vez anterior, es más, en el que había sido su preferido, el que más había recorrido en aquellos meses de invierno, varias veces por semana, pero que en esta segunda estancia sólo había transitado en dos o tres ocasiones, quizá porque lo conocía demasiado bien o quizá porque el recuerdo que de él tenía, cubiertos los campos por una nieve espesa, congelados los arroyos que atravesaban la hierba y ataviados con carámbanos los tejados de los graneros, era tan vivo que no compadecía comparación con el mismo camino transitado en primavera: hermoso, sí, pero sin aquella magia del invierno.

Un día, sin saber por qué –ya había pasado mes y medio desde su llegada–, salió a caminar con una libreta bajo el brazo. Era una libreta de tapas rojas que había comprado en los días previos al viaje y que había permanecido envuelta en su funda de plástico durante todo ese tiempo. El día que rasgó la funda y salió con la libreta a su paseo diario pensó que en algún momento se detendría a escribir algunas notas. No había escrito nada sobre los paseos anteriores. En realidad, no había escrito nada desde que llegó. Al volver a casa retomaba sus rutinas, pero en ningún momento sintió la necesidad de transformar en palabras las impresiones de un paseo. Se limitaba a percibir, a sentir, a dejarse fluir a través de lo desconocido, o a través de lo recordado y vuelto a visitar, sin que en ningún momento se planteara que podía haber otro lado, una salida o escapatoria para todo aquello. Le resultaba excesivamente puro lo que sentía como para contaminarlo con la escritura. O bien no creía estar a la altura de lo que sentía para poder decirlo con palabras. Vivía con intensidad cada instante, cada encuentro. El descubrimiento de unas marismas. Los caracoles arracimados en un humedal. Las arenas de una pequeña playa en la orilla del río. Un banco de madera escondido entre los árboles. El arroyo que tuvo que saltar para alcanzar el camino del que se había desviado. La majestuosa y constante cantinela de los cencerros del ganado. La cabina del funicular como si fuera el juguete de un gigante en la distancia. Las tres llamas de mirada nostálgica encerradas en un pequeño prado delimitado con una valla eléctrica. El zorro saltarín visto dos veces en el mismo lugar y la cría de zorro, juguetona, vista en otro lugar, junto a unos mirlos. Las enormes vacas capaces de calmar toda ansiedad si uno las miraba fijamente. Los caballos negros en el atardecer, comiendo hierba, a punto de ser devorados por la noche. La cruz de madera solitaria en medio de los campos. El croar portentoso de las ranas en los estanques. Los patos descubiertos en la intimidad de su amor. Los viñedos impecables que componían teoremas geométricos de difícil solución. Los bosquecillos en medio de los campos de labranza. Las cascadas. Las pequeñas capillas blancas al borde del abismo. Nada de esto estaba ahí para ser dicho y, sin embargo, él lo vivía y lo interiorizaba como si formara parte de una historia que tuviera que ver con él, parte de un relato relacionado con su vida, o parte de su propia vida destinada a exponerse en una futura escritura. Sabía que no era él, no obstante, quien la escribiría, ni esperaba que nadie la escribiera por él, como si cada paseo transcurriera en el interior de una escritura imposible pero inminente, invisible y anónima, misteriosa por cuanto no podía explicarse mediante ninguna lógica racional, una escritura que no estaba destinada a ningún lector y que, sin embargo, él sentía leyéndose, leída antes de escribirse, o leída mientras se escribía, lo mismo que al caminar iba apoyando los pies en el camino y a la vez se sentía casi suspendido en el aire, irrelevante, efímero, pasajero en el doble sentido de la palabra.

Nada cambió el día que salió a pasear con la libreta de tapas rojas. Era un adminículo más, como la bufanda o la mochila, casi una parte de su vestimenta, algo parecido a los prismáticos que también había comprado antes del viaje pero que no había llevado consigo en ninguno de sus paseos. Llegaba al final de un camino, a una valla de metal que impedía continuar, levantaba la mirada y veía arriba, en un prado en pendiente de un verde deslumbrante, entre pinos, una casa solitaria, o un granero, y tal era la belleza del instante que la libreta le temblaba bajo el brazo, como si lo incitara a abrirla, como si fuera necesario escribir lo que allí se había producido, la unión del deseo y de la luz, la irradiación de la belleza en medio de la melancolía de la tarde, el nacimiento de un lugar en la memoria, fuera del tiempo, para siempre, intacto, perdurable, no destinado al olvido, y era eso lo que le hacía quedarse rígido con la libreta sin abrir debajo del brazo, mirando hacia la casa de madera oscura en medio del prado de un verde de promesa, u obnubilado con el bosque que rodeaba la casa, un bosque que lo llevaba a evocar todo lo misterioso de su infancia, escondrijos y animales, duendes y fantasmas, pero esa evocación era fugaz como un relámpago, duraba apenas el tiempo de un vistazo y luego desaparecía, y aun cuando hubiera querido sentarse en el borde del camino, junto al arroyo, a anotar el repentino rumor llegado desde el bosque, la belleza de la casa sin edad unida con el prado milenario, ni siquiera hubiera llegado a tiempo, no habría podido trazar sino un par de palabras desconectadas de todo, perdidas en la inane pobreza de la página en blanco. Así que no escribía. Llevaba la libreta para no escribir. Le colgaba del brazo como la mano de una novia muerta, una novia que lo hubiera amado mucho en otro tiempo pero cuyo amor no fuera ahora sino un recuerdo fantasmal, un hálito incomprensible, una verdad vacía.

jueves, 9 de mayo de 2019

CORRECCIÓN DE PRUEBAS

Estoy imaginando a mi amigo Ricardo mientras corrige las pruebas de imprenta de su nuevo libro, un libro que no es ni mucho menos reciente, pues tuvo una edición digital antes de esta que va a salir en papel, un libro que contiene la narración de una vida, o de buena parte de una vida, y que Ricardo tardó años en escribir: y escribirlo fue para él, en cierto modo, lo contrario a suicidarse, si esa palabra existiera, si existiera algo así como desuicidarse o inextinguirse, es decir, lo que ocurre cuando todas las fuerzas negativas de la vida pasan por el tamiz de un luz muy pura, implacable, vivísima, y revelan al trasluz toda la energía vivificadora que contienen. Los traumas se convierten entonces en corazas; las inseguridades, en mantras; las desgracias, en palabras para tejer el tapiz de las mil y una recomposiciones. Debe de ser extraño para mi amigo Ricardo estar corrigiendo las pruebas de un libro que pensó haber publicado hace unos años, cuando apareció la versión digital, sobre todo porque un libro como ese es algo que requiere vida propia, es un artefacto creado con la expresa voluntad de independizarse de su creador, precisamente porque es tanto lo que de él lleva en su interior que se correría el riesgo, si no se produce la ansiada separación, de que ambos, autor y obra, creador y creación, hombre y novela, acabasen siendo como esas parejas de siameses que se roban la comida, el aire y hasta los pensamientos el uno al otro hasta que uno de ellos languidece y el otro lo sobrevive sólo unos días. Por eso, que el texto haya regresado a él y él al texto, esa segunda oportunidad dada a la simbiosis, a ese espacio rarefacto, común, en el que la mano y la tinta vuelven a ser una sola cosa y la escritura no se ha separado aún de la conciencia que la escribe en su papel transparente, deben de estar siendo, para mi amigo Ricardo, una experiencia inquietante: lo imagino intentando leer su libro como si fuera el de otro, surcando cada línea sin intentar comprenderla, cada palabra como si estuviera aislada en la hoja, sin conexión con las demás, pues lo contrario, pensar que el texto vuelve a ocupar en la conciencia de mi amigo el mismo lugar del que una vez salió, y que mi amigo vuelve a zambullirse en él como si las palabras fueran parte de su respiración, supondría imaginarlo en una tarea que no puede exigírsele a nadie y que equivaldría a revivir lo ya vivido como si estuviera ocurriendo ahora mismo. 

En la lectura que imagino que mi amigo Ricardo hace de su propio libro para cumplir con sus obligaciones como autor (no como quienes, al recibir las galeradas de su próximo libro, las miran por encima, les dan el visto bueno y condenan a sus futuros lectores al mal trago de leer un libro lleno de erratas), en esa relectura de un texto ya escrito e incluso ya publicado, hay algo que me intriga, siempre que se entienda esta intriga como parte del proceso imaginario en el que recreo a mi amigo entregado al juego de releerse sin demasiadas ganas de hacerlo, medio obligado por la editorial y por su conciencia: ¿tendrá la tentación de modificar el relato, quiero decir, no tanto de corregir detalles sueltos de estilo, lo que sería comprensible teniendo en cuenta el tiempo que ha pasado, sino de practicar con el texto algunos de los procedimientos que la crítica textual contempla como habituales en los trabajos de reescritura: inserción, supresión, sustitución, desplazamiento? Porque, tratándose de un texto que estuvo escribiendo durante muchos años y que ni siquiera quedó definitivamente fijado con su publicación digital (pues mi amigo supo siempre que esa operación fantasmal que consistía en poner a disposición de los lectores un texto en la nube no suponía ni mucho menos distanciarse del texto al modo en que se consigue con la publicación convencional), tratándose, además, de un texto laberíntico en el que son muchas las puertas de entrada y de salida y pocas las formas de conseguir llegar hasta unas y otras, la tentación de reescribirlo ahora, cuando los acontecimientos que en el libro se narran han adquirido la condición de ficciones triplemente ficticias (pues tres instancias, la del recuerdo, la de la escritura y la de la publicación, les imprimieron a los hechos el indeleble marchamo de la ficción), supondría acaso una vuelta de tuerca en la que el personaje, incorporado al narrador, y este a su vez restituido al autor, devolvería retrospectivamente la condición de realidad a unos hechos que flotaban desde hacía ya tiempo en la burbuja de lo triplemente ficcional.

¿Es eso posible? ¿Puede el ejercicio de la reescritura aplicado a un texto alucinadamente escrito y fantasmagóricamente publicado devolver a los hechos su condición de verdad? Imaginemos a un autor, a mi amigo Ricardo, en este caso, corrigiendo esas pruebas de imprenta (pruebas que, téngase en cuenta, habrá de corregir hasta en tres juegos, si quiere ser meticuloso y no dejar al albur la aparición de gazapos y lapsus). Vuelve a estar asomado al abismo. No sólo asomado: le han puesto una escalerilla en el borde y le han dicho que baje. Sigilosamente, como para no despertar a fantasmas, espíritus y sombras, mi amigo desciende hasta el fondo del libro. Lo que se encuentra allí son las palabras (palabras que él mismo escribió pero que creía haber olvidado) transformadas en seres aparentemente vivos que unas veces le hablan y otras parecen condenados a un mutismo perpetuo. El fondo del abismo es la verdad del libro, que el autor está ahora obligado a recorrer no como autor, sino como corrector de pruebas, es decir, como un funcionario que comprueba que cada palabra se ajusta a lo que debía haber dicho, que no ha pervertido su forma ni su significado y que no finge, como una máscara, ser otra distinta a la que es. El autor se acerca a una oración y siente un leve mareo que lo aturde. Intenta limpiar el polvo de una sílaba y la sílaba siguiente le escupe en la cara. Pone la mano en una tilde para comprobar el calor de la intensidad con que una palabra fue dicha y siente frío el acento, gélido como un cadáver. Más adelante, esa misma palabra, con el acento cambiado, le quema la mano. El autor, mi amigo, recorre el laberinto de lo que dijo e intenta ponerse en la piel del lector: no ve señales luminosas que lo orienten, se pierde en medio de la oscuridad, se confunde de callejón, de cruce, de pasaje. Su libro, que creía un ente muerto con vida propia, separado de él, habitante de un no lugar entre la realidad y la inexistencia, resulta ser parte de su propio cuerpo y, cuando cree estar recorriéndolo para inspeccionarlo, corregirlo y sancionarlo, en realidad ha entrado en el interior de sí mismo y es su propia vida lo que tiene ante sí: no unos hechos recordados, contados, publicados, sino la propia esencia intemporal de su existencia devuelta de un modo milagroso al propio protagonista mucho tiempo después. Y entonces sabe, imagino, que debe intentar corregir a ciegas, tan sólo rozando el papel con los dedos, sin mirar las oraciones, las letras que son como las larvas de una verdad vivida.    


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