jueves, 19 de julio de 2018

EL TRADUCTOR

El traductor se despierta al amanecer. Va a hacer un buen día. El sol despunta sin una sola nube a su alrededor. Claridad. Luz sin ataduras. Calcinación de la materia para el renacimiento del espíritu. El traductor se prepara un café bien cargado. No desayuna, de momento, otra cosa, pues su sagrada labor debe comenzar en ayunas. “¿De qué lengua traduciré hoy?”, se pregunta. Repasa algunas de las menos frecuentes, con tradiciones poéticas sin duda valiosas pero poco conocidas en nuestro idioma. Romanche, galés, corso, esloveno, húngaro, bretón, gaélico, sami, letón, euskera. “Del letón”, dice. “Hoy voy a traducir del letón”. Consulta antologías de la poesía letona contemporánea. Lee a varios autores. Elige a Kārlis Blaumanis. Le seduce en sus poemas la irrupción de un mundo perdido, amado hasta la locura, en medio de la completa desesperación del presente. El traductor repasa su gramática letona. Incide sobre todo en los siete casos, especialmente en la sutil pero importante diferencia entre el instrumental y el locativo. Repasa también el vocabulario. Desempolva el refranero. Revisa sus conocimientos sobre la tradición poética letona, sobre la preceptiva métrica letona, sobre las figuras retóricas más frecuentes en la literatura letona. El sol se despereza. El mar resopla. Va a ser un día espléndido. Uno de esos días en los que cualquier texto que se traduzca reaparecerá mejorado en la lengua de llegada. Kārlis Blaumanis va a tener mucha suerte. ¿No dijo alguien que el mundo existe para desembocar en un poema y que todo poema existe para ser traducido? El traductor selecciona ocho textos de Blaumanis. Enviará sus traducciones a una revista argentina que las publicará en edición bilingüe, con notas al pie y con una breve introducción en la que el traductor resumirá la biografía del poeta y las características principales de su producción lírica. Al traductor le pagarán 8000 pesos argentinos por el trabajo, lo que no está nada mal en los tiempos que corren. El sol escala ya por el balcón. El cielo parece respirarlo y dejarse respirar. Los vencejos se desviven por anunciar la luz. Va a ser un día radiante, único, tal vez el más hermoso del verano. El traductor copia a mano los ocho poemas de Kārlis Blaumanis que va a traducir. Los lee varias veces. Se impregna de su sentido. Penetra entre las líneas. Se pierde en los paisajes de la lejana Letonia. En su pequeño territorio a caballo entre mundos contrapuestos. Se toma un segundo café. Siente un poco de hambre, pero se contiene. Esboza una versión de la primera estrofa de “Atmešana”, el primero de los poemas, que en español significa “El abandono”: “Sólo los que hemos atravesado la aurora de espaldas / sabemos hasta qué punto duele / llevar el corazón al otro lado del pecho / y no escuchar sino de lejos sus latidos.” La lee en voz alta. El resultado no le disgusta, pero hay algo que le rechina. No está seguro de haber conseguido reproducir la aliteración de las íes y úes letonas del primer verso mediante la de las aes españolas. Lee de nuevo el original: Tikai tie no mums, kas šķērsoja auroru mūsu mugurā. Corrige su traducción para incorporar otra a: “Tan sólo los que hemos atravesado la aurora de espaldas”. Ahora hay nueve aes por las diez íes y úes letonas, aunque haya tenido que añadir una sílaba. Retomará el verso más adelante. Se centra ahora en el último, donde la expresión “de lejos” no le termina de convencer. Ensaya: “y no escuchar sino a lo lejos sus latidos”. Esto se distancia un poco del original, pero mejora la prosodia castellana. Es verdad que parece como si ahora los latidos se produjeran fuera del cuerpo, y su sonido llegara desde allí al poeta que los escucha. En el original, sin embargo, los latidos (pārspēj) surgen de una parte del cuerpo a la que se le ha dado la espalda y por eso se escuchan lejanos, apagados. No importa. ¿No debe el auténtico traductor crear su propio poema a partir del original? Latidos provenientes de dentro o de fuera, en definitiva lo importante es que el poema que lean los lectores españoles, o argentinos, sea un buen poema, se parezca o no al escrito en su día por Blaumanis. Por cierto, ¿qué diría Kārlis Blaumanis, se pregunta el traductor, de este cielo que transpira, del mar desordenado allá abajo, del sol helénico cuya luz tamizada entre cortinas acaricia esta mesa en que sus poemas se transmutan y renacen? ¿Escribiría otra vez eso de “la aurora atravesada de espaldas”? “Vaya una manera de desdeñar la luz”, se dice el traductor, “por muy nórdico y letón que se sea”. Definitivamente, no entiende a los poetas que no se desnudan como neófitos para recibir la bendición de la caricia solar. Nunca los ha entendido, es más, los desprecia, por mucho que se vea obligado a traducirlos para revistas argentinas, bolivianas o españolas. “Sólo los que no nos hemos negado a sacrificar un pedazo de alma / en pro de la integridad del corazón / sabemos que los días no nos devolverán jamás / el recuerdo de aquellos a los que abandonamos”. “¿Esto es lo que dice literalmente el cretino de Blaumanis en la segunda estrofa?” Indignado, el traductor le da vueltas a lo que ha escrito. ¿Sacrificar un pedazo de alma no es sacrificar el alma entera? ¿Se puede salvar el corazón sacrificando el alma? ¿Qué empanada mental es esta? “O mis conocimientos de letón no son todo lo buenos que recordaba o este tipo se está contradiciendo”. Lo rehace: “Sólo los que no nos hemos negado a sacrificar el alma / para salvar la integridad del corazón / sabemos que los días no nos devolverán jamás / el recuerdo de aquellos que nos abandonaron”. Siguen pareciéndole unos versos romos, pero ahora al menos tienen sentido. Recuerda haber leído que en algún momento Blaumanis fue abandonado por su novia y que para combatir el dolor “decidió seguir amándola platónicamente para toda la vida”, según su biógrafo Arvis Menedis. ¿Pero no tenía otra forma de expresarlo? El traductor, que lleva ya más de una hora traduciendo estas dos primeras estrofas, decide hacer una pausa para desayunar. En la nevera encuentra huevos revueltos de la noche anterior, que se sirve en unas tostadas de pan integral. En este otro lado de la casa no hay tanta luz como en el despacho y el traductor aprovecha para intentar comprender mejor el mundo de Blaumanis, esas auroras atravesadas de espaldas, esas almas sacrificadas, esos latidos escuchados a lo lejos. Echa de menos los bosques, las estepas, las nubes de plomo, los obuses, los agridulces crepúsculos que asocia con Letonia. “Quizá debí de elegir a un poeta galés”, se dice. Acaso, en el fondo, lo que lamenta es que Kārlis Blaumanis se parezca demasiado a él, al traductor, y que al traducirlo no esté sino poniendo palabras a su propio vacío. Regresa a la zona noble de la casa. El sol está ahora justo delante de su cara, ya a una distancia inalcanzable para el mar. El sol lo mira y lo interpela. Es un rostro con el que, si se tuviera, podría intercambiarse luz. El traductor baja un poco la persiana, se concentra en la última estrofa. “Abandonar o ser abandonado es la clave de la vida, / al menos para quienes viven esperando / alcanzar la pureza que perdieron / a manos del dolor, en brazos del hastío.” Esto ya es demasiado. Las antologías describen a Kārlis Blaumanis como uno de los poetas letones contemporáneos más destacados, pero lo que ha traducido no pasa de ser cursilería en verso. “¿O será que no estoy captando todas las sutilezas?” Lo intenta de nuevo: “Abandonarse al abandono es el secreto de la vida, / al menos para quienes viven en la espera / de una transparencia que no fue nunca suya / en los tiempos de la desolación y del vacío”. No le disgusta esta nueva versión. “Va mejorando, ya lo creo”. La pasa a limpio. Al final, cuando haya traducido los ocho poemas, volverá a corregirla. Se prepara un tercer café. Son ya las once de la mañana. El sol es una gema que cuelga del cuello del cielo. Y el mar, un turbante de color índigo, sedoso. El traductor ya está preparado para abordar el segundo poema. Lo lee detenidamente, lo estudia. Cuando termine este día tan radiante y el sol haya vuelto a hundirse en el mar, convertido ya en un pozo de terrorífica negrura, el trabajo del día brillará en el cuaderno: ocho poemas de Kārlis Blaumanis traducidos por primera vez a nuestra lengua. Como si se les hubiera insuflado nueva luz. Una luz que ellos harán irradiar por el mundo.

lunes, 16 de julio de 2018

LAS TRAMPAS DEL VERANO Y DE LA LUZ


Insisto, una vez más, en desviarme de la avenida principal y tomar la calle que limita con la montaña. Hay un momento del cielo de julio que queda fraguado como una especie de epifanía irreal: la luna finísima como una cuna que se balanceara sobre el barrio de chabolas, el revoltijo de las casuchas aderezado por una aureola que lo desdibujara, sublimándolo. Las trampas del verano y de la luz. No olvido lo que otras veces he visto en esos pasajes de la desolación. Avanzo junto a una valla que separa la ciudad de la montaña y en la que cada veinte metros cuelgan carteles que prohíben el paso por peligro de desprendimientos. Otro engaño más, en esta ocasión de las autoridades que intentan así impedir que los ciudadanos abandonen los recintos urbanos y se conviertan en trogloditas prontos a declararse insolventes con el fin de no pagar sus impuestos municipales. La casa solitaria, tantas veces imaginada como dormida en el tiempo, una especie de mansión destartalada rodeada de antiguos terrenos baldíos, aparece iluminada en lo que parece su salón: se ven incluso las sombras de lo que podría ser una pantalla de televisión. La imagino tomada por los hijos de los herederos para montar una sesión sadomasoquista, pero definitivamente creo que he pasado demasiados días solo sin salir de casa. Me hace bien tomar un poco de aire. Sé que voy a encontrarme con el mar y que cuando llegue cerca de él no me dirá nada nuevo: lo he escuchado demasiadas veces. O acaso es verdad que todos estos años finales, los de la cuarentena, ya superada, por cierto, en su primera mitad, han sido años carentes de reverberación, difícilmente asociables a experiencias arrebatadoras, o como mínimo productivas en el plano espiritual. Un auténtico desierto para los sentidos, en definitiva. Tal vez. Pero por insistir que no quede. Se ha de vagar como los ciegos, sin rumbo, detenerse en una esquina y mirar las ventanas de cristales ennegrecidos, los balcones por los que la poca brisa del verano impasible se adentra hasta los dormitorios donde los matrimonios duermen de espaldas o en camas separadas, dormitorios cuyas ventanas interiores dan a la montaña cortada a pico, ventanas a las que la esposa de un militar se ha asomado dos o tres veces en su vida pensando cómo quedaría su cuerpo tras lanzarse al vacío y ser desgarrado por las aristas de las rocas hasta caer al pavimento del patio posterior del edificio. La noche ciega de las ciudades de veranos impasibles. Antes de llegar al mar rodeo, como siempre, el Castillo de Paso Alto. Hay aquí algo que me une con recuerdos que no puedo datar. Antiguamente podía accederse a una zona inferior ajardinada con bancos y marquesinas a la que, me parece, nos traía mi madre a mi hermana y a mí, y en la que luego, cuando fui adolescente, estuve alguna vez solo y quizá acompañado. A esa zona no puede accederse hoy en día y está echada a perder, como tantos otros lugares de esta ciudad echada a perder y pensada para que todo el mundo se eche a perder y se vaya a vivir a otro lado pero siga trabajando y pagando sus impuestos aquí. El negocio perfecto. En las crónicas de hace dos siglos se pueden leer las maravillas y hazañas que en el Castillo de Paso Alto tuvieron lugar, incluso desde hace un tiempo se reproducen todos los 25 de julio los actos heroicos de la Gesta del 25 de Julio, quiero decir que sacan de los museos militares unas cuantas casacas y se las endosan a los primos y sobrinos de los concejales y notables de la ciudad, les ponen al hombro moscardones, les encasquetan bicornios con escarapelas y los congregan en la parte noble de la ciudad para simular en un espectáculo lo que hace unos cuantos siglos impidió que ahora hablemos inglés en estas islas y pertenezcamos de pleno derecho a la Commonwealth –oh las trampas del pasado, contra las que nada se puede sino maldecirlo–, pero al Castillo de Paso Alto, el lugar principal de todo aquel despropósito, desde donde el Cañón Tigre lanzó la maldita bala que mutiló a Nelson y evitó que se cumplieran los sueños de quienes opinamos que nos hubiera ido mucho mejor en manos de los ingleses, a ese sacrosanto lugar se lo deja morir, se lo abandona a su suerte y se permite que se convierta en pasto de las ratas y meadero municipal. Y todos tan felices. Venga a nosotros el mar, por fin. Pero un mar minúsculo, atrincherado, encajonado entre la Comandancia de Marina y los espigones de Valleseco. ¿Qué mar de mierda es este? Voy hasta la plataforma metálica de acceso y cierro los ojos. Todo me da vueltas. No hay redención ni retención posibles. Atender aquí a algo que se nos manifieste desde una posición inesperada es tarea casi imposible. No sólo porque no estamos en disposición de atender ni siquiera a los acontecimientos más intrascendentes, sino porque pretender que vayamos a convertirnos en sujetos de la posibilidad de un encuentro en estas mendaces circunstancias es poco menos que pedirle al mar naranjas, peras o plátanos. Muertos, pecios, maletas con cadáveres descuartizados, bolsos con joyas oxidadas, peces boquiabiertos, tesoros de la putrefacción y de la historia –criminalseguro que puede seguir brindando por un tiempo el mar, sobre todo este mar sucio que babea entre la Comandancia de Marina y los espigones de Valleseco. En fin, no voy a dar más pistas sobre el paseo. Cada cual que invente o imagine, que para eso aprendió a leer cuando niño. Piensen en alguien que lleva mucho tiempo sin salir de casa, un personaje sinuoso y escurridizo, que de pronto da un paseo por esta costa de los desbarajustes, contiene el vómito cuando pasa por delante del Club Náutico, retiene las náuseas cuando se topa con el Club Deportivo Militar, y se dirige hacia la ensenada maldita en la que los yonquis acampan algunas noches bajo unos toldos construidos con hojas de palmeras y secretean sus negocios y sus ruinas junto al ronco bramido de las olas que inducen a la locura o a la destrucción. Inventar o imaginar a un personaje así no es difícil. Háganlo y verán cómo el cuento les dura en sus mentes unas cuantas páginas más.  

domingo, 1 de julio de 2018

JUNTO AL BARRANCO DE ALMEIDA


1. Basta haber visto un día, hace algunos años, a una mujer que parecía extranjera tomar un camino cuya existencia no se conocía, al final del aparcamiento, junto al barranco, en la parte trasera del Colegio de Arquitectos, al atardecer, introducirse entre un eucalipto y el muro de contención del edificio aledaño a la clínica, como un fantasma que regresa al hogar donde vivió cuando aún no lo era, una mujer joven, de elegante figura, con una carpeta bajo el brazo, dirigirse por el camino hasta lo que parecía una escalera, acceder por ella a lo que debía de ser una puerta y desaparecer en lo que no podía ser una casa, pues no hay casas propiamente dichas en esa zona de la ciudad, junto al barranco, en todo caso un cobertizo, un palomar o un gallinero, una de esas instalaciones en las que es muy probable que todavía hoy siga viviendo gente. 2. Basta esa imagen poco nítida, casi borrosa con el paso de los años, para que, un día, el que contempló aquella escena –sin que su contemplación fuera fruto de una razón distinta del azar– se introduzca por el mismo camino, más abrupto de lo que había creído al recordar los pasos gráciles de la extranjera, sin saber adónde irá a dar, él mismo parecido a un fantasma perdido esta vez en la irrealidad de un mediodía soleado, un fantasma que trastabilla entre flores y piedras, que llega, tras subir una escalera, a un pasaje flanqueado de cobertizos en ruina, al final de los cuales destaca una puerta que parece la de una casa habitada, el pequeño hogar de un fantasma a orillas del barranco. 3. Allí, imagina, vivió alguna vez una extranjera entre gallinas y palomas, una escritora en lengua ucraniana o finesa, alguien a quien se lo pusieron muy difícil para desaparecer pero que, cuando lo consiguió, supo que desaparecer no es volver a nacer ni morir para uno mismo sino seguir siendo quien se es sólo que con el peso del doble que se superpone a quienes somos. 4. ¿Seguiría viviendo allí o habría cedido su hogar a otros extranjeros necesitados de desaparición? 5. El que había contemplado, unos años atrás, aquella escena de tránsito, y ahora, perdido en la espesura del tiempo transcurrido, se preguntaba cómo habría continuado todo aquello, prosiguió su camino y accedió a otro pasaje en el que, bordeando el barranco, se abrían nuevos cobertizos, más casas de dudosa habitabilidad, algunas de ellas al pie mismo del barranco, como si alguna vez hubieran servido de embarcaderos para barcazas fantasmales que se pararan en aquellos parajes para avituallarse. 6. Todo estaba sumergido en una luz que no era la de ese mismo momento, sino que venía de lejos, bañaba los ladrillos desgastados y se perdía en el tiempo llevándose consigo las partículas, los instantes, las imágenes que el visitante hubiera querido guardar de su visita: un gato que dormitaba a la sombra en un zaguán, un hombre que fumaba asomado a una ventana, las pocas y apagadas señales de vida que animaban aquel lugar en el que la vida parecía haberse había dado la vuelta y correr hacia detrás, hacia el nacimiento del barranco, hacia donde la vida todavía no había sido imaginada. 7. Las casas, para desaparecer, se envolvían en árboles, detrás de los cuales era imposible saber lo que ocurría. 8. Las ventanas eran pequeños agujeros que las azadas y los picos habían abierto en los muros más para dejar salir el vaho de la inexistencia que para hacer que entrara la luz del exterior. 9. Si había que pintar algo, era el laberinto de escaleras, pasillos interiores, terrazas y patios lo que se pintaba, mientras que las paredes exteriores quedaban sin revocar, con los ladrillos y el cemento a la vista, de un gris uniforme que convertía toda aquella zona en un teatro de sombras que el sol iluminaba con fuerza sólo para sumirlo aún más en la negrura. 10. El visitante, el contemplador, años atrás, de la fantasmagórica escena que acaso lo había convertido a él también en un fantasma, pensó que vivir allí, si acaso era posible, equivaldría a vivir de espaldas al mundo, entendiendo la vida como una larga contemplación del vacío al que todo está sometido: abriendo cada día una ventana y respirando, a través de las ramas verdísimas de un árbol, la brisa del no saber, la luz del otro lado del mundo.      

sábado, 30 de junio de 2018

OJO AVIZOR

* Jesús Hernández Verano, Affatus. Exposición de la residencia artística Tarquis Robayna 2017. Museo de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife. Del 1 de junio al 7 de julio de 2018.




Nada voy a decir sobre la ausencia. Querer hablar sobre lo que está atrapado en infinitas capas de silencio superpuestas solo puede ser obsceno o ridículo. Los patios de atrás, las losetas descoloridas, las fuentes secas, los codos y recodos del camino de los cuerpos tristes: emítanse ahí alaridos, derrámense lágrimas desde lagrimales sin ojos o hágase retumbar el eco por las cámaras que se encierran las unas en las otras; eso, solo eso o mándense a mudar calladitos y en fila india todos los que crean saber decir lo que aquí debe decirse, declamarse. Vates, críticos, artistas, comisarios: mutis por el foro. Pero volvamos al principio. Sacúdanse las palabras de las palabras mismas, lo mismo que los pigmentos, con los años, se sacudieron el polvo con capas sucesivas de parasitarios pigmentos. Espolvoréense aquí las palabras con el barniz más delicado y dígase algo como esto: pena más allá de la cual se abren todas las posibilidades, pasión destinada a que los cuerpos se exalten en su carne sufriente, gangrena de lo blanco contra las dentelladas del rojo desquiciado. Huesos, carne, brazos, nucas, ojos, lenguas, bocas, dedos, labios, dientes, pechos, manos, huesos, carne, brazos, nucas, ojos, lenguas. Descoyuntado, el cuerpo declaró no estar en condiciones de levantarse para saludar: si acaso, exigió que sus verdugos, una vez ejecutado el tormento, dejaran los maderos de la cruz apoyados contra el muro y transformaran sus maldiciones en cánticos, bañaran las llagas con sus lenguas de lobos destetados y formaran con la sangre recogida en tales libaciones un mísero arroyuelo que desembocara algún día en el estanque de las mitigaciones. Final, si lo hubo, que no satisfizo a ninguna de las partes, pues ni las llagas curaron ni los lobos fueron aplacados; ni, mucho menos, quedó mitigado lo que fuera que hubiera que mitigar en el estanque. Se creyó buena idea atenuar entonces la luz para que la mirada pudiera atravesar el paseo de la gloria sin ser fulminada. Venir a desvanecerse justo ahora, en este instante en que parecía superado el desafío, no parecía la mejor de las opciones para llegar intactos al final del suplicio. Y luego esto: yace un corazón partido en dos sobre una mesa a la que se sienta un joven soldado. Su víctima, otro joven soldado, yace en el suelo sin marca alguna de tortura. ¿Cómo pudo serle extraído el corazón? ¿Acaso va a comerse el soldado victorioso el corazón de su víctima? ¿Sobre qué más cabe meditar una vez que se ha cumplido en otro ser el destino de uno? Preguntas que inadvertidamente nos planteamos sin pretensión de contestar, pues lo importante aquí está en otra parte. Hay que tumbarse a escuchar en el suelo. O bien sentémonos o, incluso mejor, acostémonos boca abajo y dejemos que sobre nosotros se posen capas de tiempo, costras de revelación, paños de silencio, sábanas de olvido. Envolvámonos con ese sudario de todos los demonios durante el tiempo suficiente para expulsar de nosotros a los demonios de compacta osamenta. No se irán lejos, pero al menos nos dejarán por un tiempo solos con nuestros propios huesos, a los que podremos preguntarles a través de nuestra carne de seda qué esconden en sus médulas, qué hay más allá de sus formas sinuosas de uroboros siniestros. Callarán nuestros huesos, pero nos ofrecerán flores. Con estas flores, además de dejar por escrito que sean llevadas al pie de nuestras tumbas, traspasaremos el umbral. ¿Qué umbral? El que separa nuestro cuerpo mutilado de nuestro cuerpo inmutable. El que se abre entre las palabras y los vacíos infinitos. El que se interpone entre las sombras del deseo y los éxtasis de la carne. El umbral que está lejos de todo y solo cerca de sí mismo. Las flores son la clave, amigos. Y el ojo avizor. Sin ojo avizor no hay nada que hacer. Y aviso que sin nada que hacer no hay ojo avizor que valga. Si lo hay, y si no hay nada que hacer, basta con no hacer nada. Pues eso, no hacer nada, es lo que hacen las flores. Desaparecen de nuestra vista cuando las miramos. Se desdibujan y quedan impresas en el fondo de nuestros ojos. No de nuestro ojo avizor. Lo que está a la vista no significa otra cosa sino que va a desaparecer para que no sigamos mirándolo. Lo que no está a la vista encuentra su sentido en permanecer oculto para ser descubierto en el momento menos pensado. Dicen que hay precipicios donde crecen las flores para no ser vistas sino por las aves de paso.

ENTREVISTA EN RADIO CAMPUS

Entrevista de Luis Javier Capote Pérez sobre "Dos o tres labios"

viernes, 22 de junio de 2018

DE TRADUCTOR A EDITOR, CON UN ABRAZO (HOMENAJE A MAURICIO JALÓN)

Los traductores estamos acostumbrados a trabajar en silencio, en soledad, “lejos del mundanal ruido”. Practicamos una labor casi autista, una especie de retraída cantería en la que cada piedra es labrada y trasladada de un lugar a otro no tanto para construir sino para reconstruir a la vez que deconstruimos: pieza a pieza, un texto desaparece para reaparecer transformado en otro texto. Solemos perpetrar este tipo de operaciones casi clandestinas con la sensación de que el resultado no estará nunca a la altura. Bifrontes, seres divididos, incluso bífidos, aunque pocas veces venenosos, los traductores somos paladines de la ambigüedad y titiriteros de las sombras, asumimos que nuestro trabajo implica el uso dudoso de máscaras que deforman nuestras voces y sobrellevamos nuestra silenciosa tarea con poca esperanza de que alguna vez nos comprendan. Cuando un traductor se encuentra con un editor como Mauricio Jalón, experimenta algo que se repetirá pocas veces en su vida: el toque finísimo de la complicidad, la impresión de estar siendo escuchado y comprendido de verdad, una sabiduría compartida de la forma más natural posible.

Cuando le propuse a Mauricio publicar la traducción de El paseo bajo los árboles nunca pensé que ese libro se convertiría en una auténtica promenade también para mí, un recorrido por nombres, autores, libros, vinculaciones, lecturas compartidas, descubrimientos. A través, primero, de cartas, luego de correos electrónicos y, por último, de encuentros personales en Madrid –creo que el primero fue en la cafetería-pecera del Círculo de Bellas Artes–, el libro de Philippe Jaccottet fue trenzando entre nosotros una amistad y una conversación que, a pesar de las distancias, se ha mantenido hasta hoy. Un traductor no está acostumbrado a que un editor se tome un libro tan en serio como para componer una exhaustiva cronología del autor, buscar las referencias de todas las citas, incluir notas explicativas de lo más pertinentes, revisar con solvencia la propia traducción y proponer sus sugerencias sin traza alguna de imposición o autoritarismo. Cuando Mauricio me regaló otros libros de la editorial Cuatro me fui dando cuenta de que el de Jaccottet no era una excepción: todos ellos eran libros singulares, en los que el editor había intervenido con suma discreción, con elegancia pero con pasión, para ofrecer una edición única, no sólo increíblemente rigurosa e inteligente sino también delicada, hermosa, como un regalo pensado para determinados lectores.

Amigo, cómplice, lector apasionado, conocedor sin igual del autor a quien el traductor está traduciendo, cuando se trabaja o se conversa con Mauricio se tiene la impresión de estar atravesando un bosque en el que a cada paso se pueden descubrir rincones sorprendentes. Recuerdo oírle hablar de Camilo Castelo Branco, de Agustina Bessa-Luis, de Juan Benet, de Yves Bonnefoy, de Foucault, por supuesto, de tantos otros autores pasados y presentes, y la sensación era siempre la de estar asistiendo a auténticas vivencias, a lecturas hechas desde lo profundo del ser que, quizá por eso mismo, eran capaces de compartirse y despertar tanta curiosidad, tanto deseo. 

Me da mucha pena no poder acompañarte hoy, Mauricio, en este homenaje que te hacen tus amigos. Y agradezco a Félix Gómez Crespo la oportunidad que me ha brindado de escribir estas líneas para, de algún modo, poder abrazarte. Estoy seguro de que somos muchos los que, estando en deuda contigo por el saber y por los libros, queremos decirte hoy que lo que más nos conmueve es, sin embargo, tu amistad, esa pasión casi amorosa sin la que el saber y los libros no serían sino lugares comunes, sin alma, sin verdadera importancia. *

* Texto enviado para el homenaje que sus amigos, compañeros y discípulos brindaron a Mauricio Jalón, profesor de Matemáticas de la Universidad de Valladolid, además de historiador de la ciencia, pensador, editor y traductor, el pasado día 19 de junio en la Biblioteca de Castilla y León (Valladolid).  

sábado, 26 de mayo de 2018

LOS BARRIOS INTERMEDIOS


Ahora que pienso en aquella tarde, en cómo crucé el puente para llegar al otro lado del río, donde no encontré nada, y regresé hasta la catedral, sentí la vaharada de las columnas gigantescas, las lágrimas de piedra, el círculo de la bóveda como un espasmo en mi interior, me interné luego en la estación, atravesé sus recovecos subterráneos, conté los números de los andenes a través del pasillo repleto de viajeros solitarios, como yo; ahora que recuerdo aquella tarde en que una avenida me condujo a otra, cada una más alejada del centro que la anterior, en busca de iglesias románicas escrupulosamente reconstruidas, y pese a ello rebosantes de una sensación de impostura, como si fuera atravesando las calles de una ciudad soñada más que vivida, una ciudad posterior a sí misma, que no era sino un simulacro de la que había sido, fascinante, sin duda, como experimento, pero ya invalidada para proporcionarnos otra cosa que decepción entreverada de hastío; ahora que vuelvo con el pensamiento a mi paseo de entonces, me veo en una esquina, con una pequeña maleta en la mano, esperando que un semáforo cambie de color. Las sombras han ido cercando los recuerdos. Me gustaba entonces llegar hasta los extremos de las ciudades, quizá para demostrarme a mí mismo que las había recorrido enteras y que era capaz de regresar después de haberme perdido. Pero aquella tarde estaba parado en una esquina, había visitado varias iglesias románicas únicas en su despojamiento y su esbeltez, coronadas por cimborrios, situadas en barrios cada vez menos céntricos en los que nada se me había perdido. No quería seguir andando, no quería regresar. Prefería permanecer allí en medio de una ciudad a la que nunca habría de volver, en esa zona de nadie que son los barrios intermedios, sin encanto, llenos de edificios que se parecen los unos a los otros y en los que, si nos acercamos a un portal, leemos placas de consultas de dentistas, bufetes de abogados, corredurías de comercio, anuncios de antiguos restaurantes de posguerra ubicados en las primeras plantas, alguno acaso todavía abierto. Las discotecas en las que había estado, en ese o en otros viajes, me habían agotado. Las estancias en pisos de gente conocida en otras ciudades y que me habían invitado a pasar una noche, o a lo sumo un fin de semana, terminaban con caras largas y con el huésped, en aquel caso yo, invitado a dejar el piso a la mayor brevedad posible, si no abandonado en él tras la salida precipitada de los anfitriones con la excusa de una visita familiar. Era entonces cuando llegaba a aborrecer las discotecas y los encuentros, las invitaciones y las noches, y al día siguiente salía a media mañana, tras desayunar solo en una cocina con una pequeña ventana que daba a un patio de vecinos en el que había muchos geranios desplegados en macetas como adalides de la luz contra las huestes del invierno, salía y en mi mano llevaba ya una pequeña maleta de ruedas que traqueteaban por las calles adoquinadas. Me dirigía a la estación para subir al primer tren que saliera hacia la ciudad donde vivía, en el otro extremo del país, pero ese tren tardaría aún un par de horas en llegar. Anotaba en un cuaderno los horarios y me internaba por una avenida, una avenida me conducía a otra, cada una más alejada del centro que la anterior, en busca de las iglesias románicas que me había recomendado visitar uno de mis mejores profesores de la universidad. Iba con la maleta y con mi abrigo, la garganta forrada con una bufanda de lana tejida por mi madre, irreconocible en una ciudad en la que ya no conocía a nadie, dispuesto a darle la espalda por última vez y no volver nunca, pero antes quería ver aquellas iglesias románicas, olvidar allí las voces y las caras de mis anfitriones de paso, entrar en las naves solitarias, silenciosas, de columnas más amables e íntimas capillas, aun a sabiendas de que todo aquello era puro simulacro sin sustancia, como lo habían sido también mis amores en aquella ciudad, las amistades de las discotecas, las conversaciones en los reservados de sillones magenta con gente a la que nunca conseguía comprender del todo, y no únicamente por causa del idioma. Allí, en la espera, en la indefinición, en aquella esquina de un barrio intermedio en donde sabía que terminaba mi relación con la ciudad, tuvo lugar una experiencia que ahora, cuando pienso en aquella tarde, en aquel último día mío allí, no sé si llegué a comprender como lo he hecho luego con otras experiencias similares: estaba a punto de entrar en una zona desconocida, como si fuera a cambiar de piel, como si me estuviera sacudiendo de encima un pasado que no me correspondía; estaba a punto de cruzar un semáforo que iba a conducirme al otro lado de la calle, y esa calle me llevaría a una avenida, esta avenida desembocaría en otra, y esta otra en otra más céntrica, y así sucesivamente hasta llegar a la estación, en cuya entrada me volvería por última vez para tener ante mis ojos la fachada monstruosa, bellísima y ya incapaz de destruirme de la catedral gótica más hermosa del mundo, y despedirme así, sin otras lágrimas que las de piedra o de plomo que se derraman hacia dentro, de aquella ciudad; y dirigirme luego al andén para que un tren a punto de llegar me dejara, horas más tarde, en un mundo que ya no sería nunca el de antes del viaje.