viernes, 9 de noviembre de 2018

CHARLA-COLOQUIO SOBRE ANNE PERRIER EN GRAN CANARIA

El próximo viernes, 16 de noviembre, a las 19.00 h., daré en la Casa Museo Tomás Morales (Moya) una charla sobre la gran poeta suiza Anne Perrier en el marco del nuevo ciclo 'De poeta a poeta'. Se trata de una iniciativa en la que antiguos Premios Tomás Morales de Poesía impartiremos una charla sobre un poeta de nuestra elección. Las próximas charlas estarán protagonizadas por Pedro Flores, Federico J. Silva y Tina Suárez. En este mismo blog, hace ya siete años, compartí mis primeras traducciones de Anne Perrier. Me agradará mucho compartir la charla, seguida de un coloquio, con quienes puedan acercarse hasta la brumosa Moya.



sábado, 3 de noviembre de 2018

MULTIPLICACIÓN INFINITA DEL INFIERNO (SOBRE GEORG HEYM)


 Resultado de imagen de el día eterno georg heym

Quizá no todos ni todas se hayan dado cuenta, pero mientras ustedes venían hacia aquí, en cada esquina, en cada tejado, en las azoteas y los zaguanes, agazapados, al acecho, asomaban dioses o demonios a los que Georg Heym hubiera llamado los dioses de la ciudad, los demonios de la ciudad. Se trata de personajes con los que convivimos diariamente y que nos susurran, cuando pasamos a su lado por las grandes avenidas o por las callejuelas más polvorientas, sus maldiciones, nos inoculan sus más espantosos infortunios y nos atrapan en su círculo de tiniebla y ceniza, de sangre y suciedad. Cualquier ciudad, y esta no pude ser menos, cualquier ciudad moderna es un tejido de individualidades arrastradas por vientos racheados, personas convertidas en personajes, personajes a los que, como a Franz Biberkopf, el protagonista de Berlin Alexanderplatz, los persigue la desdicha  y que deambulan como sonámbulos al modo de los presos en el patio de una penitenciaría, sin escapatoria ni esperanza. Cualquiera de ellos podría declamar (si aún fueran capaces de pronunciar palabra alguna) aquellos versos del poeta Antonio Gamoneda: “He atravesado las creencias. Durante mucho tiempo / nevó sin esperanza. / Había madres que enloquecían al amanecer: oigo sus gritos amarillos. / Aún nieva. Creo en la desaparición. / Creo en la ira.” El habitante de la ciudad moderna, la misma ciudad de la que habla Georg Heym en sus desoladores poemas, ha atravesado las creencias. Está más allá de ellas. Sus únicos sostenes son ahora las fuerzas elementales de la ira y la destrucción. Es él mismo una especie de dios vengador de su propia existencia. Con frecuencia estos habitantes se tiran de los puentes, lanzan sus coches (con ellos dentro) a la bahía, aparecen colgados de una lámpara en una cocina maloliente. Quién no conoce unos cuantos casos. Han consumado una venganza que es a la vez su único acto de heroísmo. Mucho antes, en su infancia, en su primera juventud, estuvieron cargados de ilusiones, hasta que un día se toparon con la cueva de un barranco, o con un rincón de la plaza con tres o cuatro colchones sucios, hablaron en un idioma desconocido que no había necesidad de entender con quienes allí malvivían: mediohumanos, infrahombres, caminadelado, submujeres, transeres, individuos a medio camino entre la existencia y la desaparición, seres demediados por los hachazos de la vida, esa tómbola, con grandes historias que contar pero sin lenguaje para contarlas, o al menos sin contenidos semánticos comprensibles para nadie. Un poco, se me ocurre, como los extraños personajes de las películas de Béla Tarr. Así, los habitantes de la ciudad moderna se convierten en seres que quieren escuchar historias inaudibles, habitar los márgenes de la propia ciudad, sumergirse en la niebla visionaria que sólo se encuentra en el subsuelo, en las calles mal iluminadas, en los diques portuarios, en los barrios de las afueras, allí donde cada noche se reúnen en intratable aquelarre los dioses y demonios de la ciudad, sus Molochs, sus Baales.
 
 (Foto: Magdalena Fernández)

Georg Heym, que estaba, en principio, por tradición familiar y trayectoria académica, predestinado a una vida burguesa, a un trabajo reglado relacionado con la abogacía, se encontró de pronto subvirtiéndolo todo, introduciéndose en un mundo prohibido que le pareció mucho más auténtico, mucho más real que aquel del que procedía. Podría decirse que pasó al otro lado. Que encontró el modo de relacionarse con los muertos. Eso que tanto empeño pusieron en buscar autores como Musil o Mann, por nombrar sólo a algunos de sus mayores o contemporáneos, vino a descubrirlo Heym sin apenas moverse de Berlín, con la única arma de su hipertrofiada sensibilidad: descubrió lo que se esconde detrás de lo que vemos. Descubrió el horror y, además, que detrás del horror no hay nada salvo cuencas vacías pobladas por gusanos. Y, leyendo sobre todo a Baudelaire, a Rimbaud, descubrió las palabras para decir ese horror. Allí, en las estaciones destartaladas, laberínticas, en los pisos sin cuarto de baño de sus amigos, acaso en los prostíbulos de Mitte o de Charlottenburg, en los salones de baile, en decadentes Wintergarten, al atardecer, en los cementerios, en las morgues, el hijo del fiscal se extasiaba ante la degradación y la impudicia, se desprendía de lo aprendido en los infames pupitres prusianos de tantos institutos por los que pasó y fue capaz, incluso, de dejar atrás los temas sobre los que había escrito sus primeros poemas: la naturaleza, el amor, las reflexiones metafísicas. Ahora se encuentra solo con sus visiones, y estas lo son de lo que está detrás, detrás de lo visible y detrás de lo presente, más allá de lo vivo. Espacio y tiempo se desarticulan ante sus ojos para engendrar un antiespacio, la ciudad apocalíptica, y un antitiempo, el día eterno, es decir, el infierno en la tierra. Lo que Heym descubre en el interior de la vida, dentro de sí mismo, en las entrañas de la hiperindustrializada Berlín, es precisamente la no vida, el infierno. No sabe, acaso sólo intuye quién ha traído este infierno a la tierra –infierno que Heym identifica con frecuencia con el invierno, la estación de la muerte–, no sabe si han sido los propios seres humanos quienes lo han creado o si ha sido un condena impuesta contra ellos por algún demiurgo envidioso y manipulador, pero lo cierto es que, una vez reconocido el lugar donde se encuentra, el único recurso para conjurarlo, e incluso la única excusa para seguir residiendo en él, será la poesía. Una poesía que Heym comienza a concebir no como una escapatoria de aquello de lo que es imposible escapar, sino como una especie de termómetro para medir la temperatura infernal. Todo, cree Heym, va encaminado a una combustión purificadora, todo se dirige a una conflagración apoteósica que hará estallar el mundo y arrasará, por tanto, con el infierno en él asentado. La esperanza en una Gran Guerra es, pues, la ilusión, la creencia en la destrucción, en la ira, una vez cruzadas todas las creencias. Lo que vendrá después, como sabemos, Heym no lo conocerá. Su muerte accidental no le permitió ver, como sí hicieron otros compañeros de su generación, que la destrucción anhelada no liberaría al mundo de su gangrena sino que, por el contrario, traería males aún mayores, nunca antes vistos, imposibles de nombrar. Es decir, la multiplicación infinita del infierno.*

 (Foto: Nela Ochoa)

* Este fue el texto que escribí para la presentacion de El día eterno, de Georg Heym, traducido por Montserrat Armas y recientemente publicado por la editorial Trotta, que tuvo lugar el viernes 2 de noviembre de 2018 en la Librería de Mujeres de Santa Cruz de Tenerife.

lunes, 15 de octubre de 2018

DE MIEDOS, TEMBLORES Y AVENTURAS


Para Héctor Hernández Montecinos



Como siempre fui miedoso, no me atrevía a introducirme en los parques. Permanecía en el borde, por fuera de las verjas o junto a las estatuas de los puentes, en los claros de los primeros árboles, aún dispersos, aún no tupidos como en mi fuero interno imaginaba que poblarían el corazón del parque o del bosque donde sucedería todo aquello que sólo me era dado imaginar. Permanecía alerta, acechando las entradas y salidas, acercándome tímidamente a alguno de los visitantes, que por lo general me rechazaban porque o bien, si estaban llegando, lo que querían era entrar rápido hasta las profundidades en busca de aventura o bien, si venían de vuelta, lo hacían con los deseos ya extinguidos y no necesitaban a ningún desesperado de los que se quedan en las inmediaciones, aguafiestas, empalagosos y cargantes. Siempre fui así, miedoso y retraído, quizá porque en la adolescencia había sido víctima de una mala experiencia, de un atraco por parte de tres maleantes a los que aquella noche se les había terminado el crack y me retuvieron durante una hora con amenazas de lo más extrañas hasta que consiguieron que los acompañara a sacar un par de miles de pesetas al cajero más próximo. Eso había ocurrido la primera vez que entré en una de esas zonas prohibidas que la ciudad mantenía bien guardadas, pues se trataba de paseos laterales, de circunvalaciones absurdas por las que ningún viandante, sobre todo a ciertas horas, tenía motivos para aventurarse, y cuya presencia allí, sobre todo si actuaban con cierta parsimonia, mirando a un lado y a otro, o se detenían como para fumar o simplemente, con las manos en los bolsillos, ocupaban el cerco de luz de una farola, o los bordes de ese cerco, como animales asustados, mirando hacia la oscuridad, escudriñando entre las sombras la presencia de otros visitantes con las mismas sospechosas actitudes, todo aquello, aquella inexplicable situación que podía durar unos minutos antes de disolverse para reaparecer después en otro lugar, indicaba que la zona caliente se había reactivado, que era entonces cuando empezarían a darse los requerimientos, las aproximaciones, los susurros de quienes hasta entonces habían permanecido invisibles por fuera de los cercos de luz de las farolas, entre los árboles, en las proximidades de los bancos más solitarios, dando unas vueltas circulares por los paseos improbables, cuya existencia sólo ellos parecía conocer, hasta que aquella noche, sin saber por qué, me adentré en uno de esos sitios prohibidos, yo que sólo los conocía hasta entonces desde fuera, o por lo que un par de amigos me habían dicho, decidí explorar por mi cuenta uno de aquellos lugares de encuentros, inexperto, sin saber cómo actuar, lo que tal vez fue percibido por los atracadores que acechaban a los novatos como yo, y de repente me vi sujetado, en medio del paseo, por un brazo que me tumbó al suelo, mientras otro, por detrás, amortiguaba mi caída y un tercero me retenía con la mano en el cuello y me preguntaba por el dinero que llevaba encima. Esa accidentada iniciación fue quizá uno de los motivos por los que años más tarde, cada vez que en una ciudad me documentaba sobre los lugares de encuentro, llegaba sólo hasta las inmediaciones, me apostaba junto a los primeros árboles, o entre los setos, y esperaba a ver aparecer a los visitantes que iban o volvían de sus cacerías nocturnas. Con envidia veía en sus rostros el ardor del deseo o la satisfacción del cumplido placer y me daba rabia actuar como un registrador de aquellas sensaciones ajenas, como un espectador de las danzas iniciales de la seducción o de los laxos rituales postcoitales, maldita la gracia que me hacía limitarme a esas actividades vicarias que no se correspondían ni con mi edad ni con el ímpetu, sólo conocido por mí, de mi deseo. Hasta que un día, en el Parque del Retiro de Madrid, muy cerca de la estatua del príncipe de las tinieblas, me introduje a través de unos parterres, si puedo describirlo de manera tan cursi, unas avenidas estrechas atestadas de sombras humanas cuyos rostros era imposible ver, y cuanto más me adentraba más figuras había, unas paradas en seco como estatuas y otras discurriendo lentamente como fantasmas, apareciendo y desapareciendo en los cruces de los senderos. Me senté en un banco, con el corazón desbocado, no tanto de deseo cuanto de temor o temblor, y al poco rato vino a sentarse a mi lado una de esas figuras en las que la ceguera quiso que imaginara a un joven de aproximadamente mi misma edad, alguien que, por la forma de desplazarse, no parecía demasiado mayor y que no había elegido aquel banco por casualidad, sino que había venido ex profeso a sentarse a unos palmos de mí. Recuerdo que el silencio era absoluto y que formaba parte de la increíble tensión de aquel instante. Dentro de ese silencio podían escucharse las sacudidas del deseo, los llantos de la perversión, las ráfagas del desamparo y las voluptuosidades y sudores de los pálpitos primerizos, entrecortados, quizá míos, quizá no. Entre la figura sentada a mi lado y yo no debían distar más que unos centímetros, e imaginaba cómo su cuerpo buscaba en el mío un espejo en que perderse, la piel donde su piel dejara de ser suya, un ojo que le diera a su ojo la capacidad de ver en la oscuridad. Miraba hacia mi derecha y no lo veía, no lo escuchaba, no nos habíamos tocado, ni siquiera sentía su respiración, y, sin embargo, la seguridad de su presencia era superior a la de cualquier compañía diurna, palpable, cierta y racional. ¿Cuánto tiempo permanecimos en esa postura, quietos los dos en el banco de piedra, sabiendo lo que el otro sabía, desconociendo lo que cada cual desconocía, entregados a la inefable presencia que se basta a sí misma y que atraviesa el tiempo hasta llegar a un día como el de hoy y afirmarse como la más increíble de las experiencias: la de haber hecho el amor en la oscuridad, sin tocarnos, sin vernos, sin besarnos, sin hablarnos, sin ni siquiera saber si estábamos de verdad allí, esa increíble desposesión, esa incalculable y opaca transparencia de los cuerpos? A partir de aquella noche todo fue diferente. No dejé de ser la misma persona miedosa, tímida, que daba siempre unos pasos de reconocimiento antes de introducirse en la solidez de lo inconmensurable, pero sí supe a partir de entonces lo que podía esperar de aquellos recovecos y espesuras. Lo que buscaba allí no siempre lo supe a ciencia cierta. Lo que encontré, sin embargo, fue siempre para mí un misterio.  

lunes, 8 de octubre de 2018

RESEÑAS

Escribe reseñas para citar a autores a los que no ha leído. 


*

Malabarismo: decir en la reseña que el libro es "incomparable" y al mismo tiempo dar a entender entre líneas que su autor podría haberse ahorrado escribirlo...

*

Cada vez que se escribe una reseña, un gusanito se muere en las cuencas vacías de los cráneos de los poetas de antaño.  


¿Por qué escribir una reseña pudiendo perpetrar --con mejores aptitudes-- un panfleto, una loa?

*

Señor reseñador: nos hemos reunido hoy aquí para emitir un juicio razonable y sensato sobre su reseña y debe disculparnos, pues no hemos sido capaces de llegar a ninguna conclusión. ¿Podría, por favor, volver a escribirla? 

*


Las reseñas son a los libros de poemas lo que las cigüeñas a los campanarios: el pajarraco vil que viene a defecar junto a lo inmaculado de los tañidos.

*

El punto cero de toda reseña es o debería ser el libro reseñado, pero hay reseñas, sobre todo aquellas redactadas con mayor devoción, que, obviando tal anclaje, se originan en sí mismas y desembocan en ninguna parte. 

*

(Habla un poeta discreto.) Llevar años de paciente silencio, de callado sacrificio, de búsqueda mortificada... ¡para leer esto! 

*

El poeta se levanta una mañana henchido de inspiración, infuso de gráciles volutas, etéreo como una golondrina, una golontrina, una golonbrisa. Se sienta en su escritorio y dice, ufano: ¡Hoy haré una reseña!

*

¿Por qué se reseña un libro? ¿Qué hace que el ser humano, dotado de un destino casi equiparable al de los dioses, dijo Pico della Mirandola, qué hace que un semejante mío, un ser imbuido de alma y de razón, de cuerpo y sinrazón, de partículas mortales llamadas a la inmortalidad, escriba reseñas? ¿Qué? ¿Por qué?


*

Le reseñaron un libro. Escribió otro. Se lo volvieron a reseñar. Volvió a escribir otro. Apareció de este último una infame reseña. Escribió un cuarto libro. Adivinen cómo se las ingenió para que no lo reseñara nadie.

*

"Le monde est fait pour aboutir à un beau livre", dijo Mallarmé. Un traductor vertió: "El mundo existe para abatir a los libros". Y el reseñador: "Los libros se han convertido, según Mallarmé, en una perversión incalculable que amenaza con hacer desaparecer el mundo. O viceversa. Sin ir más lejos, Borges, en La biblioteca de Babel, sostiene que...". Etc. 


*

Imagina un mundo en el que no existan las reseñas. Chulo, ¿verdad? Ahora imagina un mundo en el que a las reseñas se las lleve el viento. Una pasada, ¿no? Ahora imagina un viento que haga rodar reseñas por el mundo. Y pregúntate: ¿hay forma humana de librarse de ellas?

*

Escribió un colofón en la última página del libro: "Ruego que este retoño de mi corazón, hijo de tantos días de penuria y embrutecimiento, no se convierta en carne de reseña. Imploro piedad. Prometo no escribir más, si es necesario."

*

Reseñar se ha convertido, de un tiempo a esta parte, en una actividad muy poco seria. Se reseña para tener la conciencia tranquila o para deshacerse de la influencia nociva --o nocilla-- de un libro. Reseñar no debería ser eso. Reseñar tendría que ser como desaparecer para siempre dentro de un libro. Serse él, ea.

*

Ahí es nada: su bibliografía activa contabiliza quinientas veinticuatro reseñas, de las cuales se sabe que cuatro son apócrifas, que seis fueron escritas con seudónimo por él mismo sobre libros de su propia autoría y que doscientas treinta y ocho versan sobre libros de sus maestros, condiscípulos, amigos y sucesores. En cuanto a su bibliografía pasiva, se han registrado trescientas setenta y siete reseñas, de las cuales tres son apócrifas, ocho, anónimas, seis fueron escritas con seudónimo por él mismo y ciento sesenta y seis son obra de sus maestros, condiscípulos, amigos y sucesores.

*

¿Alguien se anima a reseñar este post? Venga, si está chupado...  

domingo, 23 de septiembre de 2018

LA GRAN MASCARADA DE ELAD LAROM


Fui esta tarde a la inauguración de Voodoo Child, la exposición del israelí Elad Larom que presenta la Agencia de Tránsitos Culturales. Uno de sus cuadros me hizo recordar la película Toni Erdmann, de Maren Ade. Un hombre escondido en un árbol. Un gigantón que camina como un niño. Alguien que ha hecho de la vida un circo permanente, un espectáculo de transformismo en el que no se sabe nunca cuándo se representa a sí mismo o qué representa en cada ocasión. La irreverencia como forma de vida que, finalmente, nos brinda el único acceso posible a la verdad más íntima de quienes nos rodean.
Más tarde, una media hora más tarde, asistí a una de esas escenas que se repiten en nuestra capital de provincias cada verano: el instante en el que uno de los jóvenes de una pandilla se quita la camiseta, se la ata a la cintura, y camina mostrando su torso bronceado y esculpido por varios meses de calistenia solar. Pensé en los opuestos que se contaminan: el cuerpo desnudo –basta con el torso para hacerse una idea de todo lo demás– frente al cuerpo cubierto por la naturaleza (un árbol, la piel de un oso, el Erdmann u hombre de tierra) o la cultura (máscaras rituales, religiosas, teatrales, circenses). Impugnaciones de la vestimenta al uso, de la grisura del traje o de las medianías del atuendo casual, el desnudo y la máscara proponen lecturas diferentes del cuerpo, tránsitos alucinados por la ciudad sacristía, y no es extraño así ver de pronto cómo esa pandilla que imaginamos oriunda de los cerros semiclandestinos se interna en el portal de un edificio recoleto de la parte noble de la ciudad, con un jardín al fondo y vistas sobre la bahía, mientras que los seres enmascarados de los cuadros de Elad Larom ocupan espacios irreconocibles, un permanente primer plano que los aleja de cualquier contexto y les permite ofrecernos de primera mano sus miradas alocadas, melancólicas, juguetonas, asombradas, pensativas o soñadoras. 

De todo hay aquí, lo mismo que la panoplia de máscaras es amplia y variada: las hay africanas, japonesas, carnavaleras, de indios norteamericanos, quizá hasta del remoto valle de Lötschental, pero también máscaras políticas como las que usan los manifestantes palestinos. Esta gran mascarada no tiene grandes pretensiones, lo que viene a ser otra de las virtudes de esta exposición: señalarnos que, de algún modo, somos mucho más de lo que creemos ser y que podríamos ser mucho más de lo que somos. Pero no, sin embargo, como de un tiempo a esta parte estamos acostumbrados a hacer, quiero decir escondiéndonos detrás de avatares o nicks, identidades virtuales o apodos digitales, perfiles falsos y la demás morralla cibernética que campa a sus anchas en los océanos de la red amenazando con devorar el mundo con grandes dosis de impostura y posverdad. No: lo que Larom propone es justamente lo contrario. Vestimentas que van a permitirnos acceder a una dimensión que no conocíamos y que, y esto es lo fundamental, van a hacer posible una conexión especial con los demás. Caretas capaces de destruir el malestar y la podredumbre producidos por las convenciones sociales, por la cadena de favores en que se ha convertido una buena cantidad de porciones de nuestra vida. Máscaras que nos transforman en iluminados, en desaparecidos, en activistas, en personajes fascinantes cuyo relato debe inventar cada espectador de esta exposición. Y que, de cara (o de máscara) a nuestros semejantes, nos desapropia de nuestras fatuidades, nos desdisfraza de nuestras rémoras. 
No sé nada de Elad Larom, no hablé con él esta tarde, no me detuve demasiado tiempo en la exposición, pues la noche era calurosa y apetecía salir para airearse entre los laureles de Indias, pero lo que vi fue suficiente para darme cuenta de que lo único que podemos aprender en este extraño tránsito de la vida es un nombre que desconocemos, un nombre que está escondido en lo más oculto de nosotros mismos y que sólo puede revelarse a través de la mirada y la complicidad de los demás, que sin embargo no basta. Nuestra vida transcurre en esa disyuntiva entre lo que somos y lo que podríamos ser, entre lo que no somos y lo que querríamos ser. 
Imagino que el vudú, como el kabuki, o como cualquier actividad profundamente transformadora, bien religiosa, bien estética o bien política (o todo ello a la vez), implica los procesos de desaparición, descubrimiento, nacimiento, muerte, resurrección. Al final de la película Historia del último crisantemo, de Kenji Mizoguchi, el protagonista, un actor de kabuki, ha descubierto, a través de la muerte y el sacrificio, un nuevo rostro que expone a la multitud que lo aclama. Es un rostro iluminado, sin máscara, desnudo, diríamos, más allá de la desnudez. Mudo pero elocuente.



* Elad Larom (Tel Aviv, 1976), Voodoo Child. Agencia de Tránsitos Culturales, Santa Cruz de Tenerife. Del 6 de septiembre al 20 de octubre de 2018.

sábado, 22 de septiembre de 2018

APOLDA


En los últimos días me he estado preguntando si la imagen que me ronda desde hace tanto, la de un encuentro en una taberna en Alemania, no estará relacionada con mis recuerdos de Apolda. Son tan escasos, sin embargo, esos recuerdos, que resultaría extraño que alguno de ellos se hubiera infiltrado en ese espacio incierto de la memoria en el que la imagen de la taberna parece, pese a todo, haberse clavado en algún momento para rondarme desde entonces con su inútil enigma. Me veo entre personas que no recuerdo, sentados todos muy juntos, mientras suena lo que debía de ser una música en vivo, en la planta baja de una taberna de dos plantas, durante un par de horas, bastante entrada la noche. Quienes me acompañan no son ni amigos ni desconocidos: es ese tipo de gente a la que se trata durante un par de semanas, con intensidad, hasta que de pronto, sin motivo aparente y sin que apenas nos demos cuenta, desaparecen de nuestras vidas para siempre. Me veo, en un momento determinado, subir a la planta alta, posiblemente al baño, y conversar allí con alguien, tal vez un desconocido, en alemán, mientras la música sigue sonando en la parte baja de la taberna, mucho más concurrida. Esa conversación de arriba no dura mucho, apenas lo suficiente para que puedan intercambiarse unos teléfonos, se produzcan unas tímidas risas, se abra algún surco de interrumpido deseo. Recuerdo regresar a la planta baja, donde ahora hay más gente en el grupo y nos sentamos aún más apretados, pero felices, en una camaradería para mí desconocida hasta esa noche, tarareamos la música, acaso alguien se anima a bailar, bebemos unas cervezas que periódicamente nos sirven camareras de rústico delantal. Debía de ser en Apolda, pues es un recuerdo aislado, separado de todos los demás de aquella época, que conservo bastante bien ordenados por personas y sitios. A Apolda no fui sino dos o tres veces. Recuerdo que la primera vez lo hice en tranvía y que el trayecto hasta allí duraba unos veinte traqueteantes minutos. Tras serpentear por el interior de la ciudad, el tranvía salía a una larga avenida rodeada de bosque, un bosque espeso que, sobre todo de noche, no parecía recomendable recorrer. Apolda era un antiguo pueblo convertido en barrio residencial. Un lugar solitario con una iglesia de torre puntiaguda en el que los estudiantes encontraban habitaciones más baratas que en el centro de la ciudad. Unas cuantas tabernas le daban una vida nocturna medianamente animada los fines de semana. La segunda vez fui caminando, por la tarde, y atravesé el bosque que había visto de noche desde el tranvía. Era un bosque de abedules con caminos de tierra que, recorridos a media tarde, no parecían peligrosos. Recuerdo sentir una desazón que tenía que ver con la monotonía del paisaje, la superficie plana, sin recodos, sin lugares desde los que mirar con puntos de vista alternativos todo aquello. Caminé durante unas cuantas horas hasta llegar a Apolda cuando ya anochecía. Quizá fue esa noche cuando fui a la taberna. O pudo ser en otra ocasión, tras un viaje en coche que recuerdo posterior a esas dos visitas solitarias, un coche en el que íbamos unos cuantos, seguramente más de cinco, dispuestos a encontrarnos en Apolda con algún conocido que vivía allí. Tal vez un chico ceilandés al que por entonces trataba, o quizá era pakistaní. No estoy seguro de que fuera él uno de los amigos con los que fui a la taberna, pues lo extraño es que no recuerdo nada anterior ni posterior a lo que allí ocurrió. No sé, de hecho, cómo regresé a la ciudad, si lo hice en el mismo coche en el que había ido o en otro, si esperé a que saliera el primer tranvía de la mañana o si todo es posible pasé la noche en Apolda, en casa de algún desconocido. La noche en la taberna debió de haber terminado en un estado que incapacitaba para recordar nada de lo que había pasado después. En aquella época era frecuente que yo recorriera por las noches unos sitios y otros de la ciudad y sus alrededores, y que en cada uno me encontrara grupos de amigos diferentes con los que pasaba bebiendo bastantes horas hasta que cerraban el local o se disolvía, por alguna razón, la camaradería. Pero estoy seguro de que a Apolda no fui más de tres veces en todos aquellos años. Ahora que ha pasado tanto tiempo, me pregunto por qué. Lo lógico hubiera sido seguir yendo otros fines de semana, o simplemente ir alguna vez en tranvía como un modo de cambiar de aires. Pero algo debió de ocurrir allí, en Apolda, que me hizo descartarla, olvidarla, en cierto modo, hasta que el recuerdo de la taberna regresó a mí un día y me estuve preguntando durante años dónde había sido. Estoy convencido de que esa noche en la taberna, no sé si en la planta baja o en la alta, debió de ocurrir algo que influyó en que yo dejara de ir a Apolda. Sucesos de ese tipo me habían hecho alejarme de lugares como Sulza, Bucha o Neuengönna, quiero decir sucesos como el que sospecho que debió de ocurrir en la taberna de Apolda aquella noche: malentendidos, fascinaciones defraudadas, pifias, meteduras de pata que, en definitiva, no revestían gravedad, pero que arrasaban con lo que al principio prometía ser una fuente de distracción o compañía. Acaso en la conversación que tuvo lugar junto a los baños de la taberna, o en algún encuentro posterior relacionado con ella que he olvidado, se encuentre la respuesta al enigma de por qué un día dejé de ir a Apolda, ese pueblecito con una iglesia de torre puntiaguda del que apenas conservo recuerdos.