domingo, 6 de septiembre de 2020

UN ÉXTASIS SIN NOMBRE, AL ATARDECER

Desde sus comienzos, hace unos años, la galería Bibli, de Santa Cruz de Tenerife, se ha convertido en un espacio revulsivo, capaz de poner en jaque los entumecidos estamentos del sistema artístico de Tenerife, de agitar sus menudos y muchas veces viperinos círculos de poder –instalados tanto en lo privado como, más grave aún, en lo público: pues la voracidad reptiliana de algunos intenta convertir todo lo público en coto privado de caza mayor y menor–; y, sin embargo, capaz también de provocar el enfado de parte del vecindario del barrio donde se ubica cuando, por ejemplo, hace unos años, incluyó un ataúd en una de sus exposiciones –un ataúd que, leído en el conjunto de la muestra, posibilitaba variadas lecturas, pero que, contemplado a través de las cristaleras de la galería por los vecinos del barrio, suscitó intranquilidad e ira, escándalo o perplejidad: un objeto de madera cargado de capas de simbolismo milenario–. Allí, en el espacio de la calle de La Rosa tuvieron lugar exposiciones memorables, performances, recitales poéticos, mesas redondas y otros actividades culturales que, en general, han sido ignoradas por la crítica. Se preguntarán: ¿pero acaso hay crítica de algún tipo en Tenerife? No, no la hay. Cuando dije crítica me refería con ese eufemismo a las habituales e inanes reseñas de los suplementos culturales o de las secciones de cultura de los –ya solo dos, como el Gordo y el Flaco– periódicos de la isla, o a los comentarios en algún muro de Facebook con ínfulas culturetas. 


Hace poco Bibli se instaló en la calle San Francisco Javier, en un nuevo espacio más amplio y con más posibilidades. La actual exposición, titulada De lo que no se dice, porque no es necesario, o no puede decirse (título, por cierto, al que yo, y posiblemente también Wittgenstein, le hubiéramos quitado varias palabras y una o dos comas) está formada por varias piezas de los artistas José Herrera, Juan de la Cruz y Jesús Hernández Verano. Decía que la nueva ubicación de la galería ofrece más amplitud y, sobre todo, un espacio más dúctil. Las dos habitaciones conectadas por la parte posterior de la galería posibilitan un recorrido casi circular en el que determinadas piezas van apareciendo a medida que el espectador se adentra en el espacio. El juego entre lo visible y lo invisible, que es parte de la obra de los tres artistas convocados, convive con una topografía sinuosa: lo visible para el espectador puede disponer de invisibilidades propias, íntimas, mientras que lo invisible al espectador puede ofrecerse en toda su desnuda carnalidad como una aparición doblemente sorpresiva. Como si se tratara de un tránsito entre lo cenital y lo velado, van demorando su intensidad de manifestación, su grado de presencia, unas piezas que dialogan no solo con el espacio que las acoge sino con las piezas que, en oposición frontal, se plantan frente a ellas y con las que, en diálogo oblicuo, se disponen tangencialmente en su órbita, en sus inmediaciones, como a la espera, en una cercanía irradiante. 


El visitante llega y pone su cuerpo, sus heridas, su memoria, su imaginación. Pero es mucho lo que aquí se le escatima, pues se trata de que se tome su tiempo, de que entrene su mirada –su memoria, sus heridas, su cuerpo, su imaginación– para no verse traicionado por ella. Se le escatima tiempo para que se zambulla en el tiempo. Se le escatima luz para que se aleje de la luz. Se le escatima verdad para que descrea de sí mismo. Expliquémonos. Los objetos irradian un misterio ante el cual no basta con plantarse delante y elucubrar interpretaciones. Empecemos, pues es la primera pieza que nos encontramos, por el muro negro formado por cuatro módulos frente al que se han dispuesto diez pequeños asientos: ojo, que ni se trata de un muro ni los asientos son asientos. El conjunto es una estructura compleja ante la que necesitamos sentir una especie de energía que irradia de la quietud, de la multiplicación, del vértigo de la quietud en medio de la multiplicación. Podríamos sentir la necesidad de reclinarnos, de ver esas planchas metálicas de un negro cadencioso como espejos de nuestra locura o nuestro deseo. Desprenden una imagen de nosotros que nosotros no aceptamos. Esa imagen que desprenden pero no nos devuelven nos lleva a vernos desde fuera, desde esas diez articulaciones sedentarias que parece situadas frente a la ley del relato de Kafka. ¿Son estas las entradas prohibidas de El castillo? José Herrera (Tenerife, 1956), que realizó esta pieza en los años 90, compensa su contundencia con un dibujo absolutamente blanco que se encuentra en el envés de la exposición, de espaldas a la calle, fuera de plano, diríamos, como una miniatura escondida en medio de la vastedad de un desierto pero que, precisamente, es la clave para descifrar el desierto, como aquel árbol del Teneré, el más aislado del mundo, que, en medio del Sáhara, servía como orientación para las caravanas. Ahí abrevamos, descansamos, en un delicado dibujo blanco hecho con las incisiones sutiles de un tiempo al que se le ha dado la vuelta: paz extraída de tormentas solares, visión de una quietud distinta, en el atardecer de todos los vértigos, en los márgenes de la locura. 


En los años 70 Juan de la Cruz (Tenerife, 1949) trabajó una serie de tapices hechos con telas bastas de diversas procedencias que nos hacen pensar en el mundo de las arpilleras de Millares o en los tejidos que cubrían las momias aborígenes. Leídas ahora aquí, sin embargo, estas obras de colores suaves, cálidos, marrones claros u oscuros, rojizos, azafranados, nos remiten al calor de la piel, a la sustancia memorable del tacto. Son, también, espejos donde reflejarnos, pero en este caso nos devuelven un pasado que hemos olvidado. El de la piel acariciada, protegida por tejidos orgánicos, el de los hilos entrelazados para subvertir la desunión, el de un mundo de costuras en reposo que tardarán un tiempo inmemorial en cicatrizar, en integrarse con los tejidos sanos. Reverbera en estos textiles de Juan de la Cruz la idea de que hemos perdido el contacto con algo que nos precedía y de donde procedemos: precedencia y procedencia cuelgan aquí como estandartes casi revolucionarios, pues no se limitan a recordarnos superficies perdidas de nuestra memoria-piel sino que nos invitan a bucear en los restos de lo orgánico, en cualquier materia primordial que encontremos a nuestro alrededor para encarnarnos en ella. En este mundo nuestro plastificado, los textiles de Juan de la Cruz –hermosa coincidencia la de su nombre con el del poeta místico– son cánticos espirituales a la materia cálida y orgánica. 


Las tres piezas de Jesús Hernández Verano (Tenerife, 1970) que se han incorporado a esta exposición son muy distintas entre sí pero resumen de manera muy intensa las búsquedas de este artista. La primera que nos encontramos, a la entrada de la primera habitación, frente a la primera de las piezas de José Herrera, está formada por diecinueve pequeños óvalos con forma de almendra dispuestos sobre la pared a la altura aproximada de los ojos de un ser humano de estatura media. La fragilidad de la propuesta, frente a la aparente contundencia de la pieza de Herrera, le permite una especie de descanso a la mirada que anteriormente se ha devanado los ojos hasta llegar a la conclusión de que delante de la ley no cabe rezar ni blasfemar sino permanecer en el más vertiginoso de los silencios. El descanso, sin embargo, es ficticio, pues los ojos se ven ahora multiplicados por pequeñas figuras simbólicas de sí mismos: se buscan desesperadamente para fijarse, salen de sus cavidades para verse desde fuera, pero en esas correrías se tropiezan, caen, se rompen las pupilas o los iris, se astillan, en definitiva, como almendras que son, mordidas por la vastedad del viento del desierto, y tienen que ser curadas, como alegóricamente se representa con la tirita que cubre una de las almendras, para que la potencia visual pueda seguir produciendo imágenes aunque el viaje en busca de su origen haya sido un tanto accidentado. Y es que todo está roto. Todo está lleno de llagas, magullado y rebanado en la obra de Jesús Hernández Verano. Y el milagro, pues es difícil encontrar otra palabra menos altisonante, es que, de algún modo, las heridas han sido tratadas, las magulladuras reciben su cauterio, lo mutilado se trasforma en delicada fisura y la ceguera del dolor se cicatriza por medio de la alquimia del deseo. Volvamos a explicarnos. Si, por ejemplo, en su tercera pieza, y última de la exposición, amparada y como abrigada por uno de los textiles de Juan de la Cruz, Hernández Verano propone una compleja composición de dos mesas de diferentes alturas, una de las cuales aparece cubierta con una tela blanca sobre la que reposa una figura de bronce que representa la corteza de un árbol, el artista nos obliga a preguntarnos qué está ocurriendo ahí. Algo muy íntimo, parece decirnos, ha tenido lugar. He palpado el abismo y se parece a estar desequilibrado y, en medio del desequilibrio, suspender lo que amamos hasta que lo que amamos nos devuelva toda su plenitud, nos dice. El dolor, que procede de interrogarse por el vacío del mundo, conduce a un deseo absoluto del mundo, del cuerpo del otro, de la sanación in extremis, incluso de la resurrección, diríamos. La madera, esto puede advertirlo cualquier espectador, remite a la cruz, que a su vez remite al dolor y a la resurrección. Pero lo singular en Hernández Verano es que todo el proceso está atravesado por una especie de soplo muy difícil de definir: como si para cauterizar bastara con soplar sobre los cuerpos.


Aquí termina un viaje por aquello que no se dice: lo innombrado se ha transformado en materia irradiante. Bien desde el más intenso de los negros metálicos o desde el blanco más profundo y embriagador, bien desde los tejidos más cálidos y hasta aromáticos, conectados con lo antiguo, bien desde los árboles que producen almendras y cortezas que mordemos y a las que nos abrazamos, respectivamente, para ahondar en la herida y volver sanados de ella, el viaje ha merecido la pena. Los guías del desierto dicen a veces que lo más cercano es lo más lejano, y viceversa. Estar en medio de un mundo sin lenguaje es como ver lo invisible: ese éxtasis no tiene nombre. Cesen aquí, pues, todas las explicaciones.

* José Herrera, Juan de la Cruz, Jesús Hernández Verano, De lo que no se dice, porque no es necesario, o no puede decirse, Bibli, Santa Cruz de Tenerife. Del 19 de julio al 11 de septiembre de 2020. Las fotografías que acompañan el texto son cortesía de la galería.   

jueves, 27 de agosto de 2020