sábado, 22 de septiembre de 2018

APOLDA


En los últimos días me he estado preguntando si la imagen que me ronda desde hace tanto, la de un encuentro en una taberna en Alemania, no estará relacionada con mis recuerdos de Apolda. Son tan escasos, sin embargo, esos recuerdos, que resultaría extraño que alguno de ellos se hubiera infiltrado en ese espacio incierto de la memoria en el que la imagen de la taberna parece, pese a todo, haberse clavado en algún momento para rondarme desde entonces con su inútil enigma. Me veo entre personas que no recuerdo, sentados todos muy juntos, mientras suena lo que debía de ser una música en vivo, en la planta baja de una taberna de dos plantas, durante un par de horas, bastante entrada la noche. Quienes me acompañan no son ni amigos ni desconocidos: es ese tipo de gente a la que se trata durante un par de semanas, con intensidad, hasta que de pronto, sin motivo aparente y sin que apenas nos demos cuenta, desaparecen de nuestras vidas para siempre. Me veo, en un momento determinado, subir a la planta alta, posiblemente al baño, y conversar allí con alguien, tal vez un desconocido, en alemán, mientras la música sigue sonando en la parte baja de la taberna, mucho más concurrida. Esa conversación de arriba no dura mucho, apenas lo suficiente para que puedan intercambiarse unos teléfonos, se produzcan unas tímidas risas, se abra algún surco de interrumpido deseo. Recuerdo regresar a la planta baja, donde ahora hay más gente en el grupo y nos sentamos aún más apretados, pero felices, en una camaradería para mí desconocida hasta esa noche, tarareamos la música, acaso alguien se anima a bailar, bebemos unas cervezas que periódicamente nos sirven camareras de rústico delantal. Debía de ser en Apolda, pues es un recuerdo aislado, separado de todos los demás de aquella época, que conservo bastante bien ordenados por personas y sitios. A Apolda no fui sino dos o tres veces. Recuerdo que la primera vez lo hice en tranvía y que el trayecto hasta allí duraba unos veinte traqueteantes minutos. Tras serpentear por el interior de la ciudad, el tranvía salía a una larga avenida rodeada de bosque, un bosque espeso que, sobre todo de noche, no parecía recomendable recorrer. Apolda era un antiguo pueblo convertido en barrio residencial. Un lugar solitario con una iglesia de torre puntiaguda en el que los estudiantes encontraban habitaciones más baratas que en el centro de la ciudad. Unas cuantas tabernas le daban una vida nocturna medianamente animada los fines de semana. La segunda vez fui caminando, por la tarde, y atravesé el bosque que había visto de noche desde el tranvía. Era un bosque de abedules con caminos de tierra que, recorridos a media tarde, no parecían peligrosos. Recuerdo sentir una desazón que tenía que ver con la monotonía del paisaje, la superficie plana, sin recodos, sin lugares desde los que mirar con puntos de vista alternativos todo aquello. Caminé durante unas cuantas horas hasta llegar a Apolda cuando ya anochecía. Quizá fue esa noche cuando fui a la taberna. O pudo ser en otra ocasión, tras un viaje en coche que recuerdo posterior a esas dos visitas solitarias, un coche en el que íbamos unos cuantos, seguramente más de cinco, dispuestos a encontrarnos en Apolda con algún conocido que vivía allí. Tal vez un chico ceilandés al que por entonces trataba, o quizá era pakistaní. No estoy seguro de que fuera él uno de los amigos con los que fui a la taberna, pues lo extraño es que no recuerdo nada anterior ni posterior a lo que allí ocurrió. No sé, de hecho, cómo regresé a la ciudad, si lo hice en el mismo coche en el que había ido o en otro, si esperé a que saliera el primer tranvía de la mañana o si todo es posible pasé la noche en Apolda, en casa de algún desconocido. La noche en la taberna debió de haber terminado en un estado que incapacitaba para recordar nada de lo que había pasado después. En aquella época era frecuente que yo recorriera por las noches unos sitios y otros de la ciudad y sus alrededores, y que en cada uno me encontrara grupos de amigos diferentes con los que pasaba bebiendo bastantes horas hasta que cerraban el local o se disolvía, por alguna razón, la camaradería. Pero estoy seguro de que a Apolda no fui más de tres veces en todos aquellos años. Ahora que ha pasado tanto tiempo, me pregunto por qué. Lo lógico hubiera sido seguir yendo otros fines de semana, o simplemente ir alguna vez en tranvía como un modo de cambiar de aires. Pero algo debió de ocurrir allí, en Apolda, que me hizo descartarla, olvidarla, en cierto modo, hasta que el recuerdo de la taberna regresó a mí un día y me estuve preguntando durante años dónde había sido. Estoy convencido de que esa noche en la taberna, no sé si en la planta baja o en la alta, debió de ocurrir algo que influyó en que yo dejara de ir a Apolda. Sucesos de ese tipo me habían hecho alejarme de lugares como Sulza, Bucha o Neuengönna, quiero decir sucesos como el que sospecho que debió de ocurrir en la taberna de Apolda aquella noche: malentendidos, fascinaciones defraudadas, pifias, meteduras de pata que, en definitiva, no revestían gravedad, pero que arrasaban con lo que al principio prometía ser una fuente de distracción o compañía. Acaso en la conversación que tuvo lugar junto a los baños de la taberna, o en algún encuentro posterior relacionado con ella que he olvidado, se encuentre la respuesta al enigma de por qué un día dejé de ir a Apolda, ese pueblecito con una iglesia de torre puntiaguda del que apenas conservo recuerdos.  

jueves, 20 de septiembre de 2018

PARA NO SOÑAR MÁS


Lo que imaginé cuando me dijo que iba a construir una pieza hecha de cristal, que había acudido a un maestro vidriero para que le puliera las distintas facetas de lo que iba a ser su pieza más perfecta, fue una especie de órgano o caverna, una construcción onírica mitad concha mitad ciprés, frágil como las sutiles edificaciones que los niños levantan con arena, bella como el más raro de los moluscos y misteriosa como sólo puede serlo un objeto que se refleja a sí mismo. Órgano o caverna porque me lo imaginaba resonante, reduplicador del sonido, recogido hacia dentro, escondido en su propia irrealidad, inexplorado, intocado, profundo, infinito. Concha o ciprés porque lo creía conectado con la naturaleza, parte en cierto modo de ella, cristalográfica fantasía procedente de las profundidades o ansiosa por tocar el cielo con su altiva verticalidad. La imaginaba vertical, sí, pero también porosa, multiplicada hacia dentro, indagadora de su propio origen, conectada con el fondo por un cordón de plata cristalina que le transmitía todas las sustancias, el humus de lo desvanecido y la marea de lo muerto. Cuando me contó que había acudido a un maestro vidriero lo imaginé en el taller, rodeado de etéreas creaciones, inmerso en el lenguaje de los vasos transparentes, decidido a extraer de lo invisible el más hermoso de sus deseos, el de la transparencia trascendida, el deseo de un pieza nunca antes construida, construida de destrucción, deconstruida hasta la sutileza: una pieza hecha con las transparencias de toda una vida. Empecé a soñar con lo que en la vigilia había imaginado a partir de su relato. Lo que soñaba no se parecía en nada a lo que había imaginado. Y lo que imaginaba no tenía nada que ver con lo que me había contado. De algún modo, parecía que la pieza se estaba construyendo en dos lugares a la vez: mi sueño y su taller. A mi sueño llegaban, arrebatados por el fuego de la imaginación, retazos de lo que me había contado, de sus conversaciones con el maestro vidriero sobre las propiedades menos conocidas del cristal, sobre los misterios de lo cristalino y su condición de realidad invisible que favorece y desvela lo visible, sobre su extraña génesis casi mitológica, su peculiar forma de envejecimiento, sus infinitas posibilidades morfológicas. En su taller, sin embargo, todo era oscuridad, al menos para mí: lo que conseguía imaginar no tenía respaldo alguno por su parte, es más, evitaba darme detalles del proceso, no únicamente, pensé, porque así debía ser tratándose de un trabajo solitario y penoso, sino porque se había vuelto mucho más reservado de lo que habitualmente era. Las formas crecían de este lado, del lado de mi sueño, arborescentes, se ramificaban por todos los vericuetos del aire, constituían una fantasía sin peso, líquida, evanescente, que difería cada noche y que, por lo tanto, era construida y destruida cada noche, llorada y añorada cada día, pues con cada conversación que mantenía con él se alejaba más de sí misma y era sometida a nuevas variaciones inconscientes. Las inquietantes sombras que empezaron a aparecer cerca del final, en mis últimos sueños, fueron acaso el preludio de lo que iba a ocurrir el día de la inauguración. No pude evitar que algunos cristales se fueran oscureciendo, lo mismo que otros desaparecían pese a la solidez que habían mostrado la noche anterior. La pieza parecía querer destruirse a sí misma. En lo que pudo ser un último intento por mantenerla incólume, en el penúltimo sueño apareció una luz muy poderosa, como la de un mediodía que penetrara desde una ventana junto al mar, y la pieza, que para entonces era un triste espectáculo de opacidad y descomposición, brilló durante unos instantes antes de despertarme. La última noche ya no soñé con ella, ni con nada. Parecía preparado para lo que iba a ocurrir al día siguiente en la inauguración. En algún momento de la tarde barajé quedarme en casa. Poca gente, exceptuando al artista, notaría mi ausencia, y tendría ocasión, en los días posteriores, de ver la pieza reproducida en los periódicos. En el último momento me vestí. Cuando llegué a la galería la gente se acumulaba en el exterior. Varios corrillos comentaban con sorna sus impresiones sobre la pieza. En otro, formado por los aduladores del artista, la exultación, casi mística, se palpaba en las caras. Casi abriéndome paso con los codos, entré en la galería. Lo que vi me marcó para siempre. Una única pieza no demasiado grande ni demasiado alta ocupaba el centro de la sala. Estaba hecha de cristal, pero ese cristal parecía una piel, una piel transparente del color de la piel. En el interior de esa pieza había otra pieza idéntica de cristal negro, opaco, un cristal opaco que, sin embargo, milagrosamente, dejaba entrever en su interior otra pieza igual que la primera, del color de la piel, que contenía a su vez otra pieza de cristal negro, opaco, que, sin embargo, milagrosamente… Nada de aquello podía explicarse según las leyes de la física y tampoco era un truco óptico o mecánico. No podía dejar de mirarlo. Allí, en el centro de la sala, estaba la pieza que yo no me había atrevido a soñar…   

viernes, 14 de septiembre de 2018

PODCAST DE LA CHARLA COLOQUIO "HABLANDO SOBRE LIBROS"

El pasado lunes 10 de septiembre tuvo lugar en el Craft Gastrobar Coffee de La Laguna, un lugar relativamente nuevo y muy acogedor, el segundo encuentro del ciclo "Hablando sobre libros", que coordina Luis Javier Capote Pérez, responsable de Radio Campus y de la ONG 'Hacer para el desarrollo'. En un ambiente distendido y junto a unos pocos amigos, que participaron en el coloquio con sus preguntas y aportaciones, tuve ocasión de hablar de un par de libros recientes, leer algún texto inédito --demasiado largo, me temo, y mal leído por culpa de unos brackets que acaban de colonizar mi dentadura-- y, sobre todo, pasar un rato muy agradable que ahora, gracias al podcast de Radio Campus que cuelgo aquí, me es grato compartir con los lectores de 'Travesías'.  

Charla coloquio "Hablando sobre libros", podcast de Radio Campus.

jueves, 19 de julio de 2018

EL TRADUCTOR

El traductor se despierta al amanecer. Va a hacer un buen día. El sol despunta sin una sola nube a su alrededor. Claridad. Luz sin ataduras. Calcinación de la materia para el renacimiento del espíritu. El traductor se prepara un café bien cargado. No desayuna, de momento, otra cosa, pues su sagrada labor debe comenzar en ayunas. “¿De qué lengua traduciré hoy?”, se pregunta. Repasa algunas de las menos frecuentes, con tradiciones poéticas sin duda valiosas pero poco conocidas en nuestro idioma. Romanche, galés, corso, esloveno, húngaro, bretón, gaélico, sami, letón, euskera. “Del letón”, dice. “Hoy voy a traducir del letón”. Consulta antologías de la poesía letona contemporánea. Lee a varios autores. Elige a Kārlis Blaumanis. Le seduce en sus poemas la irrupción de un mundo perdido, amado hasta la locura, en medio de la completa desesperación del presente. El traductor repasa su gramática letona. Incide sobre todo en los siete casos, especialmente en la sutil pero importante diferencia entre el instrumental y el locativo. Repasa también el vocabulario. Desempolva el refranero. Revisa sus conocimientos sobre la tradición poética letona, sobre la preceptiva métrica letona, sobre las figuras retóricas más frecuentes en la literatura letona. El sol se despereza. El mar resopla. Va a ser un día espléndido. Uno de esos días en los que cualquier texto que se traduzca reaparecerá mejorado en la lengua de llegada. Kārlis Blaumanis va a tener mucha suerte. ¿No dijo alguien que el mundo existe para desembocar en un poema y que todo poema existe para ser traducido? El traductor selecciona ocho textos de Blaumanis. Enviará sus traducciones a una revista argentina que las publicará en edición bilingüe, con notas al pie y con una breve introducción en la que el traductor resumirá la biografía del poeta y las características principales de su producción lírica. Al traductor le pagarán 8000 pesos argentinos por el trabajo, lo que no está nada mal en los tiempos que corren. El sol escala ya por el balcón. El cielo parece respirarlo y dejarse respirar. Los vencejos se desviven por anunciar la luz. Va a ser un día radiante, único, tal vez el más hermoso del verano. El traductor copia a mano los ocho poemas de Kārlis Blaumanis que va a traducir. Los lee varias veces. Se impregna de su sentido. Penetra entre las líneas. Se pierde en los paisajes de la lejana Letonia. En su pequeño territorio a caballo entre mundos contrapuestos. Se toma un segundo café. Siente un poco de hambre, pero se contiene. Esboza una versión de la primera estrofa de “Atmešana”, el primero de los poemas, que en español significa “El abandono”: “Sólo los que hemos atravesado la aurora de espaldas / sabemos hasta qué punto duele / llevar el corazón al otro lado del pecho / y no escuchar sino de lejos sus latidos.” La lee en voz alta. El resultado no le disgusta, pero hay algo que le rechina. No está seguro de haber conseguido reproducir la aliteración de las íes y úes letonas del primer verso mediante la de las aes españolas. Lee de nuevo el original: Tikai tie no mums, kas šķērsoja auroru mūsu mugurā. Corrige su traducción para incorporar otra a: “Tan sólo los que hemos atravesado la aurora de espaldas”. Ahora hay nueve aes por las diez íes y úes letonas, aunque haya tenido que añadir una sílaba. Retomará el verso más adelante. Se centra ahora en el último, donde la expresión “de lejos” no le termina de convencer. Ensaya: “y no escuchar sino a lo lejos sus latidos”. Esto se distancia un poco del original, pero mejora la prosodia castellana. Es verdad que parece como si ahora los latidos se produjeran fuera del cuerpo, y su sonido llegara desde allí al poeta que los escucha. En el original, sin embargo, los latidos (pārspēj) surgen de una parte del cuerpo a la que se le ha dado la espalda y por eso se escuchan lejanos, apagados. No importa. ¿No debe el auténtico traductor crear su propio poema a partir del original? Latidos provenientes de dentro o de fuera, en definitiva lo importante es que el poema que lean los lectores españoles, o argentinos, sea un buen poema, se parezca o no al escrito en su día por Blaumanis. Por cierto, ¿qué diría Kārlis Blaumanis, se pregunta el traductor, de este cielo que transpira, del mar desordenado allá abajo, del sol helénico cuya luz tamizada entre cortinas acaricia esta mesa en que sus poemas se transmutan y renacen? ¿Escribiría otra vez eso de “la aurora atravesada de espaldas”? “Vaya una manera de desdeñar la luz”, se dice el traductor, “por muy nórdico y letón que se sea”. Definitivamente, no entiende a los poetas que no se desnudan como neófitos para recibir la bendición de la caricia solar. Nunca los ha entendido, es más, los desprecia, por mucho que se vea obligado a traducirlos para revistas argentinas, bolivianas o españolas. “Sólo los que no nos hemos negado a sacrificar un pedazo de alma / en pro de la integridad del corazón / sabemos que los días no nos devolverán jamás / el recuerdo de aquellos a los que abandonamos”. “¿Esto es lo que dice literalmente el cretino de Blaumanis en la segunda estrofa?” Indignado, el traductor le da vueltas a lo que ha escrito. ¿Sacrificar un pedazo de alma no es sacrificar el alma entera? ¿Se puede salvar el corazón sacrificando el alma? ¿Qué empanada mental es esta? “O mis conocimientos de letón no son todo lo buenos que recordaba o este tipo se está contradiciendo”. Lo rehace: “Sólo los que no nos hemos negado a sacrificar el alma / para salvar la integridad del corazón / sabemos que los días no nos devolverán jamás / el recuerdo de aquellos que nos abandonaron”. Siguen pareciéndole unos versos romos, pero ahora al menos tienen sentido. Recuerda haber leído que en algún momento Blaumanis fue abandonado por su novia y que para combatir el dolor “decidió seguir amándola platónicamente para toda la vida”, según su biógrafo Arvis Menedis. ¿Pero no tenía otra forma de expresarlo? El traductor, que lleva ya más de una hora traduciendo estas dos primeras estrofas, decide hacer una pausa para desayunar. En la nevera encuentra huevos revueltos de la noche anterior, que se sirve en unas tostadas de pan integral. En este otro lado de la casa no hay tanta luz como en el despacho y el traductor aprovecha para intentar comprender mejor el mundo de Blaumanis, esas auroras atravesadas de espaldas, esas almas sacrificadas, esos latidos escuchados a lo lejos. Echa de menos los bosques, las estepas, las nubes de plomo, los obuses, los agridulces crepúsculos que asocia con Letonia. “Quizá debí de elegir a un poeta galés”, se dice. Acaso, en el fondo, lo que lamenta es que Kārlis Blaumanis se parezca demasiado a él, al traductor, y que al traducirlo no esté sino poniendo palabras a su propio vacío. Regresa a la zona noble de la casa. El sol está ahora justo delante de su cara, ya a una distancia inalcanzable para el mar. El sol lo mira y lo interpela. Es un rostro con el que, si se tuviera, podría intercambiarse luz. El traductor baja un poco la persiana, se concentra en la última estrofa. “Abandonar o ser abandonado es la clave de la vida, / al menos para quienes viven esperando / alcanzar la pureza que perdieron / a manos del dolor, en brazos del hastío.” Esto ya es demasiado. Las antologías describen a Kārlis Blaumanis como uno de los poetas letones contemporáneos más destacados, pero lo que ha traducido no pasa de ser cursilería en verso. “¿O será que no estoy captando todas las sutilezas?” Lo intenta de nuevo: “Abandonarse al abandono es el secreto de la vida, / al menos para quienes viven en la espera / de una transparencia que no fue nunca suya / en los tiempos de la desolación y del vacío”. No le disgusta esta nueva versión. “Va mejorando, ya lo creo”. La pasa a limpio. Al final, cuando haya traducido los ocho poemas, volverá a corregirla. Se prepara un tercer café. Son ya las once de la mañana. El sol es una gema que cuelga del cuello del cielo. Y el mar, un turbante de color índigo, sedoso. El traductor ya está preparado para abordar el segundo poema. Lo lee detenidamente, lo estudia. Cuando termine este día tan radiante y el sol haya vuelto a hundirse en el mar, convertido ya en un pozo de terrorífica negrura, el trabajo del día brillará en el cuaderno: ocho poemas de Kārlis Blaumanis traducidos por primera vez a nuestra lengua. Como si se les hubiera insuflado nueva luz. Una luz que ellos harán irradiar por el mundo.

lunes, 16 de julio de 2018

LAS TRAMPAS DEL VERANO Y DE LA LUZ


Insisto, una vez más, en desviarme de la avenida principal y tomar la calle que limita con la montaña. Hay un momento del cielo de julio que queda fraguado como una especie de epifanía irreal: la luna finísima como una cuna que se balanceara sobre el barrio de chabolas, el revoltijo de las casuchas aderezado por una aureola que lo desdibujara, sublimándolo. Las trampas del verano y de la luz. No olvido lo que otras veces he visto en esos pasajes de la desolación. Avanzo junto a una valla que separa la ciudad de la montaña y en la que cada veinte metros cuelgan carteles que prohíben el paso por peligro de desprendimientos. Otro engaño más, en esta ocasión de las autoridades que intentan así impedir que los ciudadanos abandonen los recintos urbanos y se conviertan en trogloditas prontos a declararse insolventes con el fin de no pagar sus impuestos municipales. La casa solitaria, tantas veces imaginada como dormida en el tiempo, una especie de mansión destartalada rodeada de antiguos terrenos baldíos, aparece iluminada en lo que parece su salón: se ven incluso las sombras de lo que podría ser una pantalla de televisión. La imagino tomada por los hijos de los herederos para montar una sesión sadomasoquista, pero definitivamente creo que he pasado demasiados días solo sin salir de casa. Me hace bien tomar un poco de aire. Sé que voy a encontrarme con el mar y que cuando llegue cerca de él no me dirá nada nuevo: lo he escuchado demasiadas veces. O acaso es verdad que todos estos años finales, los de la cuarentena, ya superada, por cierto, en su primera mitad, han sido años carentes de reverberación, difícilmente asociables a experiencias arrebatadoras, o como mínimo productivas en el plano espiritual. Un auténtico desierto para los sentidos, en definitiva. Tal vez. Pero por insistir que no quede. Se ha de vagar como los ciegos, sin rumbo, detenerse en una esquina y mirar las ventanas de cristales ennegrecidos, los balcones por los que la poca brisa del verano impasible se adentra hasta los dormitorios donde los matrimonios duermen de espaldas o en camas separadas, dormitorios cuyas ventanas interiores dan a la montaña cortada a pico, ventanas a las que la esposa de un militar se ha asomado dos o tres veces en su vida pensando cómo quedaría su cuerpo tras lanzarse al vacío y ser desgarrado por las aristas de las rocas hasta caer al pavimento del patio posterior del edificio. La noche ciega de las ciudades de veranos impasibles. Antes de llegar al mar rodeo, como siempre, el Castillo de Paso Alto. Hay aquí algo que me une con recuerdos que no puedo datar. Antiguamente podía accederse a una zona inferior ajardinada con bancos y marquesinas a la que, me parece, nos traía mi madre a mi hermana y a mí, y en la que luego, cuando fui adolescente, estuve alguna vez solo y quizá acompañado. A esa zona no puede accederse hoy en día y está echada a perder, como tantos otros lugares de esta ciudad echada a perder y pensada para que todo el mundo se eche a perder y se vaya a vivir a otro lado pero siga trabajando y pagando sus impuestos aquí. El negocio perfecto. En las crónicas de hace dos siglos se pueden leer las maravillas y hazañas que en el Castillo de Paso Alto tuvieron lugar, incluso desde hace un tiempo se reproducen todos los 25 de julio los actos heroicos de la Gesta del 25 de Julio, quiero decir que sacan de los museos militares unas cuantas casacas y se las endosan a los primos y sobrinos de los concejales y notables de la ciudad, les ponen al hombro moscardones, les encasquetan bicornios con escarapelas y los congregan en la parte noble de la ciudad para simular en un espectáculo lo que hace unos cuantos siglos impidió que ahora hablemos inglés en estas islas y pertenezcamos de pleno derecho a la Commonwealth –oh las trampas del pasado, contra las que nada se puede sino maldecirlo–, pero al Castillo de Paso Alto, el lugar principal de todo aquel despropósito, desde donde el Cañón Tigre lanzó la maldita bala que mutiló a Nelson y evitó que se cumplieran los sueños de quienes opinamos que nos hubiera ido mucho mejor en manos de los ingleses, a ese sacrosanto lugar se lo deja morir, se lo abandona a su suerte y se permite que se convierta en pasto de las ratas y meadero municipal. Y todos tan felices. Venga a nosotros el mar, por fin. Pero un mar minúsculo, atrincherado, encajonado entre la Comandancia de Marina y los espigones de Valleseco. ¿Qué mar de mierda es este? Voy hasta la plataforma metálica de acceso y cierro los ojos. Todo me da vueltas. No hay redención ni retención posibles. Atender aquí a algo que se nos manifieste desde una posición inesperada es tarea casi imposible. No sólo porque no estamos en disposición de atender ni siquiera a los acontecimientos más intrascendentes, sino porque pretender que vayamos a convertirnos en sujetos de la posibilidad de un encuentro en estas mendaces circunstancias es poco menos que pedirle al mar naranjas, peras o plátanos. Muertos, pecios, maletas con cadáveres descuartizados, bolsos con joyas oxidadas, peces boquiabiertos, tesoros de la putrefacción y de la historia –criminalseguro que puede seguir brindando por un tiempo el mar, sobre todo este mar sucio que babea entre la Comandancia de Marina y los espigones de Valleseco. En fin, no voy a dar más pistas sobre el paseo. Cada cual que invente o imagine, que para eso aprendió a leer cuando niño. Piensen en alguien que lleva mucho tiempo sin salir de casa, un personaje sinuoso y escurridizo, que de pronto da un paseo por esta costa de los desbarajustes, contiene el vómito cuando pasa por delante del Club Náutico, retiene las náuseas cuando se topa con el Club Deportivo Militar, y se dirige hacia la ensenada maldita en la que los yonquis acampan algunas noches bajo unos toldos construidos con hojas de palmeras y secretean sus negocios y sus ruinas junto al ronco bramido de las olas que inducen a la locura o a la destrucción. Inventar o imaginar a un personaje así no es difícil. Háganlo y verán cómo el cuento les dura en sus mentes unas cuantas páginas más.  

domingo, 1 de julio de 2018

JUNTO AL BARRANCO DE ALMEIDA


1. Basta haber visto un día, hace algunos años, a una mujer que parecía extranjera tomar un camino cuya existencia no se conocía, al final del aparcamiento, junto al barranco, en la parte trasera del Colegio de Arquitectos, al atardecer, introducirse entre un eucalipto y el muro de contención del edificio aledaño a la clínica, como un fantasma que regresa al hogar donde vivió cuando aún no lo era, una mujer joven, de elegante figura, con una carpeta bajo el brazo, dirigirse por el camino hasta lo que parecía una escalera, acceder por ella a lo que debía de ser una puerta y desaparecer en lo que no podía ser una casa, pues no hay casas propiamente dichas en esa zona de la ciudad, junto al barranco, en todo caso un cobertizo, un palomar o un gallinero, una de esas instalaciones en las que es muy probable que todavía hoy siga viviendo gente. 2. Basta esa imagen poco nítida, casi borrosa con el paso de los años, para que, un día, el que contempló aquella escena –sin que su contemplación fuera fruto de una razón distinta del azar– se introduzca por el mismo camino, más abrupto de lo que había creído al recordar los pasos gráciles de la extranjera, sin saber adónde irá a dar, él mismo parecido a un fantasma perdido esta vez en la irrealidad de un mediodía soleado, un fantasma que trastabilla entre flores y piedras, que llega, tras subir una escalera, a un pasaje flanqueado de cobertizos en ruina, al final de los cuales destaca una puerta que parece la de una casa habitada, el pequeño hogar de un fantasma a orillas del barranco. 3. Allí, imagina, vivió alguna vez una extranjera entre gallinas y palomas, una escritora en lengua ucraniana o finesa, alguien a quien se lo pusieron muy difícil para desaparecer pero que, cuando lo consiguió, supo que desaparecer no es volver a nacer ni morir para uno mismo sino seguir siendo quien se es sólo que con el peso del doble que se superpone a quienes somos. 4. ¿Seguiría viviendo allí o habría cedido su hogar a otros extranjeros necesitados de desaparición? 5. El que había contemplado, unos años atrás, aquella escena de tránsito, y ahora, perdido en la espesura del tiempo transcurrido, se preguntaba cómo habría continuado todo aquello, prosiguió su camino y accedió a otro pasaje en el que, bordeando el barranco, se abrían nuevos cobertizos, más casas de dudosa habitabilidad, algunas de ellas al pie mismo del barranco, como si alguna vez hubieran servido de embarcaderos para barcazas fantasmales que se pararan en aquellos parajes para avituallarse. 6. Todo estaba sumergido en una luz que no era la de ese mismo momento, sino que venía de lejos, bañaba los ladrillos desgastados y se perdía en el tiempo llevándose consigo las partículas, los instantes, las imágenes que el visitante hubiera querido guardar de su visita: un gato que dormitaba a la sombra en un zaguán, un hombre que fumaba asomado a una ventana, las pocas y apagadas señales de vida que animaban aquel lugar en el que la vida parecía haberse había dado la vuelta y correr hacia detrás, hacia el nacimiento del barranco, hacia donde la vida todavía no había sido imaginada. 7. Las casas, para desaparecer, se envolvían en árboles, detrás de los cuales era imposible saber lo que ocurría. 8. Las ventanas eran pequeños agujeros que las azadas y los picos habían abierto en los muros más para dejar salir el vaho de la inexistencia que para hacer que entrara la luz del exterior. 9. Si había que pintar algo, era el laberinto de escaleras, pasillos interiores, terrazas y patios lo que se pintaba, mientras que las paredes exteriores quedaban sin revocar, con los ladrillos y el cemento a la vista, de un gris uniforme que convertía toda aquella zona en un teatro de sombras que el sol iluminaba con fuerza sólo para sumirlo aún más en la negrura. 10. El visitante, el contemplador, años atrás, de la fantasmagórica escena que acaso lo había convertido a él también en un fantasma, pensó que vivir allí, si acaso era posible, equivaldría a vivir de espaldas al mundo, entendiendo la vida como una larga contemplación del vacío al que todo está sometido: abriendo cada día una ventana y respirando, a través de las ramas verdísimas de un árbol, la brisa del no saber, la luz del otro lado del mundo.