jueves, 10 de agosto de 2017

PEQUEÑA ODA A LOS POETAS DE HOY EN DÍA

Apañarripios, tuerceversos, escrivividores,
telaraños, endecasibilinos, metronomistas
pejilgueros, apalabradores, alejandriños,
marwanes, silencieros, experiencistas,
soneteros, sonajistas, soniderramadores,
palabroteros, adjetivistas, verseadores,
calamburistas, metaforradores, jitanjaforistas,
simbolistas, escupecoplas, poetas-sin-ethos,
destrozaestrofas, sinecdoquistas, palabreros,
lanzapoemas, zurrabaladas, versicojos,
limpiaodas, fragmenteros, soplagárgolas,
tonadilleros, cantautores, acribillaestribillos,
¡ya está bien!, niños, ¡ya está bien!

sábado, 5 de agosto de 2017

CARTA A FÉLIX FRANCISCO CASANOVA

Mi querido Félix:


estos días he vuelto a leerte. Durante mucho tiempo he tenido el deseo de escribirte, pero siempre lo he postergado. Llega un momento en que las cosas no pueden postergarse más.


175 metros de distancia (según Google Maps, un utilísimo mapa virtual que han inventado) median entre el número 91 de la calle San Martín y el número 98 de la calle Méndez Núñez. El siglo XX en el que nacimos ya hace tiempo que es historia. Vine al mundo cinco años antes de que tú murieras. Pasé mi infancia en el número 91 de la calle San Martín. Me viste quizá alguna vez, de la mano de mi madre, cruzar la calle Méndez Núñez en dirección al parque (parque que para ti era el de las miradas y para mí, entonces, el de los juegos). Ninguno de los dos tiene memoria del otro, tú porque fuiste el prisionero de la memoria olvidada –la doble memoria olvidada de la vida y de la muerte–; yo, porque el olvido recordado –el de la no vida y el de la no muerte– no siempre se transfigura en memoria a través de la escritura. O quizá, también, asomado a la ventana de la que era la casa de mi abuela, frente al parque, te vi yo alguna vez, ¿eras tú aquel chico mayor que me pidió prestado el monopatín y me lo devolvió después de proyectar en el aire unas cabriolas entre locas risotadas?


Ayer terminé de leer tus Obras completas, las que ha publicado este año la editorial Demipage. Conocía tu poesía y tu diario. Tu diario fue lo primero tuyo que leí, quizá con una edad similar a la que tú tenías cuando lo escribiste. Julio García Monclús, el dueño de la librería Goytec, pariente político de mi padre, me dejaba pasar allí las tardes. En la planta alta, en la sección de literatura canaria, no solía haber nadie y era un lugar perfecto para leer. Debía de ser reciente la edición de Yo hubiera o hubiese amado, el volumen que contenía tu diario del año 1974. Recuerdo que lo leí una de aquellas tardes y que siempre lamenté después no haberlo comprado. Al releerlo ahora, compruebo que muchas de aquellas páginas quedaron impresas en mi memoria y han permanecido casi treinta años en ella: tus lecturas, en parte coincidentes con las mías de entonces, tus encuentros con los amigos (esas amistades de la adolescencia que nunca volverán a repetirse: al menos no con la misma intensidad), las llamadas que te hacía la misteriosa Voz de la que estabas enamorado, la música desgarrada que te hacía vibrar, y los poemas, poemas que iban surgiendo en tu cuaderno como flores en un jardín cubierto de cenizas. No sentí entonces el pudor que siento ahora al leerte: entonces era como compartir un secreto entre adolescentes; ahora yo soy un adulto que curiosea entre las intimidades de un joven. Ser joven para siempre produce estos extraños efectos.


Con tu poesía siempre he tenido más dudas. La he leído en tres momentos (creo que te hemos leído mucho, al menos aquí en Canarias, por lo que sé de otros lectores tuyos a los que conozco). La primera vez fue entonces, en Goytec: tu diario incluía muchos de los poemas que luego formarían La memoria olvidada. En ese contexto, eran poemas deslumbrantes, frescos, engarzados en tu día a día de adolescente culto, sensible y voraz. La segunda vez fue hacia 1992 o 1993, poco después de publicarse en Hiperión La memoria olvidada, el libro que recopilaba la mayoría de tus poemas. En aquella ocasión hizo su aparición un cierto desencanto: si aquello era todo lo que había, todo lo que habías escrito como poeta, era preciso reconocer que se trataba de una obra en ciernes, más abocetada que conseguida, con unos cuantos poemas deslumbrantes que destacaban entre una mayoría de poemas que no estaban a la altura de aquellos. ¿Pero qué importaba esto? El rayo seguía estando ahí, la brújula seguía apuntando a comarcas imprevistas, y lo casi milagroso de tu breve trayectoria me seguía encandilando como el primer día. Esta semana he vuelto a leerte, esta vez, como te decía, en la nueva edición de Demipage, un volumen que recoge buena parte de lo que escribiste (no estrictamente todo, al decir de algunos expertos, y lamentablemente sin criterios filológicos rigurosos). En cuanto a la poesía, ahora soy un lector más estricto que hace años. He marcado unos veinticinco poemas memorables; el resto no está, me parece, a la altura. ¿Y qué? ¿No es maravilloso que con dieciocho años hayas escrito veinte poemas que leeremos una y otra vez? Por otra parte, en este volumen he leído por primera vez El don de Vorace, tu novela publicada en 1975. La desazón del ser. El deseo de ser otro. El extravío de la vida. El hacha de los sueños. La búsqueda incansable. Es un libro inquietante que me recuerda a Crimen, de Espinosa, a Cerveza de grano rojo, de Arozarena, a Los puercos de Circe, de Alemany; es decir, a la mejor narrativa que se ha escrito en Canarias.


Para nosotros tu mito o tu leyenda han sido siempre tan poderosos como tu obra. Como en otros escritores de biografía accidentada, quizá en tu caso no sea tan fácil separar ambas vertientes. Te hemos admirado mucho y te hemos envidiado mucho. La dirección del piso de Méndez Núñez la busqué anoche en internet (internet es una red virtual de intercambio de datos que se inventó hace un par de décadas). Al parecer tu hermano José Bernardo sigue viviendo allí, en Méndez Núñez 98. Esta mañana estaba yo sentando en el café que hay en la esquina de San Martín con Méndez Núñez. Ahora es una franquicia, pero cuando era niño había allí un bar que se llamaba Galaxy y que era atendido por un matrimonio mayor con fama de malas pulgas. Me estaba tomando el café de media mañana cuando de pronto vi pasar a un señor vestido con ropa deportiva, el pelo corto, algo canoso, de unos cincuenta y cinco años. Lo vi casi de perfil, pero supe que era José Bernardo. No podía creérmelo: ayer por la noche había buscado alguna foto suya, pues en la edición de Demipage figura casi siempre como el autor de las fotografías, pero su rostro no aparece sino en una de cuando era niño. Encontré dos fotos suyas en internet: la primera en un blog en el que se publica un poema suyo y la segunda en un periódico que daba noticia de la presentación de tus Obras completas. En esta última José Bernardo aparece en una mesa junto a Villanueva y Aramburu, editor y prologuista del volumen, respectivamente, en la Feria del Libro de Las Palmas. Esta es la foto que me permitió identificarlo esta mañana. 


Pero aquí no acaban las coincidencias. Como las desgracias, nunca vienen solas. Ya lo he comprobado muchas otras veces. Basta abrir la caja de Pandora para que empiece a encadenarse un hecho tras otro, a cuál más inquietante. Estaba siguiendo a José Bernardo con la mirada hasta que a la altura de la esquina con San Antonio ya no pude verlo más. Entonces volví al libro que estaba leyendo: Crónicas de motel, de Sam Shepard. Iba a empezar el cuarto párrafo de la página 17: “Una noche entré dormido en el baño y me metí en la bañera. Me encontraron allí, tendido de lado y durmiendo. Su reacción fue esta vez más severa que cuando me encontraron al final del pasillo. Una entonación levemente preocupada asomaba a sus voces. Por algún extraño motivo creían que meterme en la bañera resultaba una extravagancia. Una chifladura quizá.” El cuento trata de un niño sonámbulo al que sus padres castigan porque creen que finge serlo. A Sam Shepard nunca lo había leído. Murió hace unos días y por eso compré el libro. Me quedé un rato con la mirada perdida antes de terminar el relato.


Pagué mi café y fui hasta el número 98 de Méndez Núñez. La calle está en obras. Le han abierto las entrañas y el ayuntamiento ha garantizado que la dejará dos veces peor que como estaba antes. Entre otras cosas, han arrancado los árboles de la acera izquierda y afirman que ya hay demasiados árboles en la ciudad y que no van a devolverlos a su lugar original. ¿Que la democracia es la voluntad del pueblo? ¡Y un carajo! La democracia es la voluntad de la sobrina del alcalde y del suegro del concejal de urbanismo. ¡Cuántas veces no habré pasado por delante de Méndez Núñez 98 sin saber que fue allí donde todo ocurrió! Miré hacia arriba, no sabía cuál era el piso. Había una señora asomada en el último balcón. No creo que la vida haya cambiado mucho en estos cuarenta años, al menos en este barrio. Es verdad que nos hemos vuelto más virtuales, hoy no hablaríamos con una Voz al teléfono, sino con treinta o cuarenta, y por diferentes medios: en los chats, en las aplicaciones de móvil, por whatsapp (otro día te explicaré estas novedades que nos han vuelto a todos locos). No sé si te gustaría. Atrapados como estamos en estas múltiples redes de comunicación virtual, nos parecemos a ese pájaro que tú describías en alguna parte: contento de estar en la jaula porque sabe que todos sus congéneres también están en ella. Las únicas escapatorias, mi querido Félix, siguen siendo la poesía, el vino, la locura y la muerte.


Te mando un abrazo (lo menos virtual posible).


P. D. Te alegrará saber que Catherine Deneuve sigue estando tan guapa como siempre.

jueves, 3 de agosto de 2017

ADOLESCENCIA

¿Recuerdas cuando escribías a ciegas, en aquellos grandes cuadernos para dibujar, con la letra hipertrofiada por culpa de la oscuridad, entre una fisura abierta entre la vigilia y el sueño? Entonces tenías quince años, adolescente dañado ya por el vicio de la escritura, pequeño monstruo abúlico que te despertabas por las noches y contraponías una lámina al vacío de la ventana entreabierta.

Chamán de pacotilla, con tu pijama de franela azul, te asomabas por el rectángulo que quedaba libre y, como si fuera a ser guillotinada, tu cabecita se extasiaba al contacto con la brisa. La ciudad vociferaba a las tres de la mañana: lamentos de desaparecidos, chispazos de semáforos, gorjeos de estrellas, aleteos de pajarracos sin nombre ni número.

Te esperaba allá afuera un mundo que no estabas preparado para conocer, un universo que se entrelazaba con los que ya conocías de tus andanzas entre libros, maldito letraherido sabihondo, repelente sabelotodo encorvado. Alguna vez llegarías a darte cuenta de que el mundo que te llamaba desde los recovecos de la noche no se parecía en nada al que te habías formado en tu retorcida imaginación.

Agarrabas el cuaderno, lo ponías sobre las sábanas, buscabas el bolígrafo en la mesa de noche, garabateabas. “Lejos, la sabiduría / trazará su olvidado perímetro / más allá de esta vida / reducida a la sed.” Y, al rato, te volvías a dormir. Por la mañana el cuaderno aparecía en el suelo, junto a la cama, como si lo hubieras dejado caer estando ya dormido. No te atrevías a leer lo escrito. Preferías que se fuera acumulando en el cuaderno, noche tras noche, como las monedas que guardabas en la hucha o la arena que caía en las esferas gemelas del reloj.

Maldito aprendiz de brujo. Casi dejabas de vivir durante el día para que la noche te regalara esos pequeños diamantes dibujados. Despertar varias veces era para ti una increíble victoria. Y los “poemas” que escribías tanteando en las sombras eran las medallas que atestiguaban tu triunfo. Vencidos quedaban todos los momentos del día, ese territorio al que te arrojaban y del que deseabas volver lo antes posible para recostarte en la cama y empezar la aventura de cada noche. Vencidos quedaban los desmanes, las burlas, los silencios, las arbitrariedades, los cuchicheos, los pisotones, las falsas sonrisas.

En la escritura te sentías libre y nadie te abroncaba porque nadie sabía que por las noches hacías “eso”: escribir. Había que guardar lo escrito, protegerlo de la vista de cualquiera, reservarlo para “tiempos mejores”. El bolígrafo volaba por los meandros de la oscuridad, se retorcía como un ídolo utilizado para un sacrificio ritual, engendraba lo inesperado, perfumaba la noche, sacaba chispas de tus aletargados dedos. “Tienes, brisa, memoria de mi paso / por esta vida de huecos / unos dentro de otros. / No me olvides, recuerda, / pasa pronto a buscarme.”

Como si te creyeras un médium, formabas una ouija con tus palabras enlazadas en la oscuridad. ¿A qué espíritus convocabas? ¿Creías que alguno vendría a salvarte? El cuaderno se llenó de garabatos. Cada noche, la ciudad vomitaba sus desvaríos para competir contigo. Dentro de la habitación eras un pequeño dios que modificaba el mundo emborronando un cuaderno. Fuera, eras un crío insoportable, a quien sus compañeros evitaban, que se encerraba en los baños durante el recreo y recogía las cucarachas muertas para repartirlas entre los pupitres de los empollones de la clase.

La vida se encargaría de ponerte en tu sitio. Mientras tanto, tú seguirías tanteando cada noche el gigantesco cuaderno. “Surgida al filo de la madrugada / esta voz que no busqué, / me pregunta los nombres / de lo que está escondido: / y yo no sé responderle”.   

sábado, 29 de julio de 2017

LA PALOMA COJA

Las mañanas: esas miserables prolongaciones de la diaria resurrección. Morimos cada noche. No nos importa dejarnos vencer por el sueño, desaparecer sin saber si emergeremos del otro lado de la noche, morir a la vez que la conciencia se disipa. Pero luego, después de desayunar, ya nos ha metido una vez más en cintura la rutina. Un paseo por calles sucias de aceras estrechas, un café en la mesa más apartada del local, un libro que se lee como se apaga una lámpara que casi ha dejado de alumbrar. ¿Haber sobrevivido a todo un sueño para esto? ¿Resucitar por 16575ª vez para vernos reflejados en un escaparate, a punto de comprar un bibelot –una pulsera, un cuenco tibetano, un reloj de arena– en la tienda de productos exóticos del centro comercial? Las camareras de la cafetería, cinco por lo menos, me miraron varias veces sin venir a atenderme. Yo les devolvía la mirada y parecía querer decirles que era preferible así, que me bastaba con poder ocupar una mesa junto a la cristalera sin necesidad de tomar nada, pues lo importante no eran el café o el zumo de naranja que pudieran traerme, sino la posibilidad de refugiarme del calor en la terraza interior aclimatada, en esa mesita de la esquina, sin gritos alrededor. Las camareras reían, miraban los móviles, salían a fumar, vacilaban con algunos clientes sentados fuera, dejaban sin recoger las mesas. El catálogo completo de la falta de profesionalidad (y así nos va). Como casi todo esto ocurría en el exterior, no me molestaba. Decidí no desesperarme, total. Una de las chicas vino a atenderme cuando habían pasado más de quince minutos. Lo hizo de mala gana, con esa mirada entre ceñuda y perpleja que ponen cuando les detallo mis condiciones: un cortado descafeinado de sobre (lo trajo de máquina), con sacarina y con la leche tibia (la trajo casi fría). La paloma se posó en una mesa de fuera, al lado de la mía, pero del otro lado de la cristalera. Su pata izquierda era un muñón. Era la segunda paloma coja que veía esta semana, y pensé si no sería la misma. ¿O acaso se estaban quedando cojas todas las palomas de la ciudad? Posada en una sola pata, la paloma era un animal casi elegante. Veía cómo su ojo izquierdo, sin párpados, miraba con inquietud a su alrededor. La pupila giraba en el interior de su ojo como dominada por una especie de terror. Ese animal no ha venido a este mundo para ser feliz. No ha recibido amor. Nadie lo ha acariciado. Ha perdido su pata izquierda en algún accidente, luchando por comida con alguna otra paloma, o atropellada por no haber echado a volar a tiempo. La paloma no me veía o, si me veía, yo era para ella un reflejo, una sombra, una realidad desdibujada y poco amenazante. La cristalera que nos separaba era la barrera entre su mundo y el mío. Parecía una paloma curtida, y no lo digo sólo por la cojera que ostentaba. Había en ella algo de vejez, de desgana, de descreimiento. Veía cómo las otras palomas se abalanzaban a las mesas vacías en busca de restos de comida, y ella permanecía posada allí, mirando con su ojo vacío la mañana vacía. Las camareras tarareaban las canciones de moda, se contoneaban, eran jóvenes y guapas, la vida les tenía reservado mucho placer y sólo más adelante se ocuparía de ellas para desequilibrarlas, para lastimarlas, para mutilarlas. Mientras tanto, despreocupadas, reían, ligaban por el móvil, cantaban la repulsiva Despacito. La paloma coja y yo estábamos apartados, como si nos hubiéramos entendido de algún modo a través de la cristalera, sin demasiadas ilusiones en la vida, con algunas heridas a cuestas (más ella que yo, la verdad sea dicha), razonablemente intactos pese a los manotazos del destino. ¿Así que esto es lo que la mañana me tenía reservado? Dicen que no hay día en que no se aprenda algo. Pensé –no sé si aprendí– que el desencanto se sostiene siempre sobre una sola pata; y que a veces, como esa paloma coja, echa a volar. Y también –esto creo que sí lo aprendí, aunque es una obviedad– que las palomas cojas, cuando vuelan, no se distinguen de las demás.

jueves, 27 de julio de 2017

LA EXPULSIÓN


Hay quienes opinan que la expulsión no fue un proceso repentino, ni tampoco fulminante. Dicen que, en rigor, es difícil precisar cuándo comenzó y si a día de hoy ha sido definitivamente consumada. Según ellos, estaríamos, por tanto, ante un acto demorado e incierto, de carácter discreto, casi clandestino; sin difusión ni resonancia alguna. Las causas de la expulsión son igualmente objeto de debate: algunos presumen que se debió a la contravención de una norma, pero este dictamen ha sido refutado por quienes creen que el motivo principal fue una falta de respeto a la autoridad; minoritaria, pero no del todo descabellada, es la idea de que la verdadera causa de la expulsión habría sido la presencia del expulsado en un lugar donde no era bienvenido, al menos el hipotético día en que se decretó su expulsión. La mera mención del expulsado podría dar a entender que se trata de una persona concreta, identificada; pero nada más lejos de la realidad: lo único seguro es que se decretó una expulsión contra alguien, que esa expulsión se debió a uno o varios motivos y que tuvo consecuencias. Todo lo demás es pura especulación. Lo mismo que sobre los motivos de la expulsión se han elaborado varias conjeturas, sobre las consecuencias de la misma corren no pocos rumores. La persona expulsada, según algunos, tuvo que renunciar a una serie de privilegios trabajosamente adquiridos durante los años en que perteneció a la corporación que la acabó expulsando; según otros, la expulsión procuró un alivio infinito al expulsado, que a partir de entonces pudo construirse una personalidad, desempeñar libremente su profesión, comprarse una casa, fundar una familia. Nadie duda, sin embargo, de que estas consecuencias positivas, si las hubo, vinieron después de un periodo de suspensión en el vacío, de perplejidad ante la nueva situación vital, incluso de hondo desamparo.


Objeto de controversia sigue siendo asimismo el peliagudo asunto de si el expulsado pudo prever o no que iba a serlo. Quienes opinan que la expulsión no fue un proceso repentino creen, en buena lógica, que el expulsado debió de percibir determinadas señales durante los meses previos a la expulsión. Miradas de reojo. Llamadas sin responder. Facturas sin firmar. Risas abortadas. En esa fase que no sería descabellado denominar fase de pre-expulsión, el expulsado pasa de ser considerado un miembro más de la corporación a ser visto como un cuerpo extraño, como un intruso. De forma quizá no del todo consciente, sus todavía compañeros empiezan a tratarlo con cierta distancia, con menor camaradería; que quien luego va a ser expulsado perciba o no estas muestras de prevención estará en relación con la mayor o menor dependencia que haya llegado a sentir respecto de su integración en el grupo. Si se trata de un individuo dependiente, las muestras de rechazo lo irán minando hasta hacerle sentir su nueva condición de expulsado como un castigo o una condena por alguna acción que quizá ni siquiera consiga precisar. Si, en cambio, estamos ante un individuo más bien independiente, la exclusión o el alejamiento de sus compañeros no serán considerados sino un fenómeno transitorio de difícil explicación que se espera reconducir con el paso del tiempo. Que la expulsión constituya o no un mazazo para el expulsado dependerá en gran medida de cómo viva este periodo de pre-expulsión anteriormente descrito.


En lo que casi todo el mundo concuerda, sin embargo, es en que el expulsado merecía su expulsión. Al parecer se la había ganado a pulso. Es comprensible que una corporación no pueda seguir admitiendo en su seno a individuos en los que no puede confiar, miembros que no muestran plena convicción o simbiosis con las creencias corporativas. En estos casos, el periodo de pre-expulsión puede concebirse como una fase pedagógica orientada a la corrección de determinadas conductas o al reforzamiento de la comprensión del sistema de valores que rige la corporación. Son muchos los ejemplos de individuos reconducidos, de cuerpos que empezaron a ser considerados extraños y que tras un proceso de pulimiento y de afinación fueron reintegrados en la comunidad corporativa. La expulsión sería, así pues, la última reacción del sistema ante la presencia de cuerpos extraños sin ninguna posibilidad de ser asimilados. En el caso que nos ocupa, se cree que la expulsión tuvo lugar después de varios periodos fallidos de pre-expulsión correctiva, fases sucesivas en las que la corporación, de modos más o menos imaginativos, hizo esfuerzos por reeducar al individuo díscolo en aras de su reincorporación a la comunidad. Quienes han estudiado el caso enumeran los siguientes procedimientos: encuentros entre pares, charlas de concienciación, conferencias plenarias, entrevistas con la autoridad, talleres de autoexploración en dependencias aisladas. Se sobreentiende que ninguna de estas tácticas debió de dar resultado y que la expulsión se consideró el último recurso capaz de preservar la pureza de los ideales de la corporación. Los cuerpos extraños que se mantienen en un ámbito comunitario sin ser expulsados acaban contagiando a los individuos con los que conviven y la propagación de sus valores e ideas pone en peligro la integridad corporativa. El bisturí de la expulsión no es en estos casos sino una medida terapéutica que no tiene por qué dañar ni a una parte ni a la otra: se separa el grano de la paja y se deja que la paja intente dar grano por su cuenta. No hará falta explicar que el expulsado es aquí la paja y la corporación, el grano.

miércoles, 19 de julio de 2017

ISLAS, MORGUES

Es propia de las islas la retención; les es extraña la dispersión.

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La falta de espacio de las islas obliga a cavar, a escarbar, a hundir en la tierra las manos y los ojos. Las islas están llenas de túmulos, de tumbas, de fosas comunes en las que la memoria se abisma, casi siempre en vano, para encontrar un hilo del pasado.

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Que levante la mano el que sea de las islas. Y todos dieron un paso atrás.

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La diferencia entre un isleño y un insular es que el primero rezuma isla y el segundo ve islas donde no las hay.

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Es a un isleño a quien peor le suena la palabra isleño. Por la misma regla de tres, es a un insular a quien mejor le suena la palabra insular.

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La mayoría de los habitantes de una isla no sabe que vive en una isla. La mayoría de los habitantes de una isla no sabe que vive. La mayoría de los habitantes de una isla no sabe. La mayoría de los habitantes de una isla. La mayoría de los habitantes. La mayoría. La.

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Como mejor se ve una isla es desde otra isla. Viceversa, depende.

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Los habitantes de las islas, incluso aquellos que no son conscientes de habitar una isla, emprenden algún día el viaje hacia otra isla, la de los muertos. He visto a algunos que parecían ya vivir en ella desde hace muchos años. Como si fueran muertos arribados a nuestras costas para darnos noticias de lo que allí ocurre, en aquella otra isla a la que alguna vez tendremos que viajar.

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Será enterrado en una isla. Vendrán a visitarlo las pardelas. Unos claveles le dejará el mar espumoso. Verano tras verano verá el sol hundirse como un bañista más en la playa desnuda. Recordará sus sueños de arena. Sostendrá con su cuerpo los castillos de entonces.

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La “mirada insular”, la “memoria insular”, la “poesía insular”, la “visión insular”, el “mito insular”. ¡Ya está bien, niños!

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Lugares donde se aprende bien la lección. Ojos vendados. Puertas blindadas. Las islas: ve a por lana y saldrás trasquilado.

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Isla: porción de tierra rodeada de macroalgas por todas partes.

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- Que no, que no. Que no me quiero ir de viaje. Que quiero quedarme aquí, en la isla.

- ¿Entonces no encontró una forma más original de suicidarse?

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Las islas no perdonan.

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Su delito fue nacer en una isla. El castigo que se le impuso fue morir en una isla.

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Soñó que un escritor peninsular, antiguo amigo suyo, visitaba una librería insular y le preguntaba a la librera: “¿Es este el único libro de autor local que tienen?” La librera, desolada, le respondía que sí.

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Ese mismo escritor, en otro sueño, visitaba una morgue. Le fueron mostrados diez cadáveres. Al llegar al último, preguntó: “¿Es ese el único muerto insular que tienen?”

La respuesta que le ofreció el funcionario podría incorporarse a cualquier anuario de estudios insulares. Reza así: “Debe saber que muerto e insular son sinónimos estrictos. Todo muerto es una isla y todo insular está, por definición, muerto”.

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Tengo un amigo que viajó en un mismo día cinco veces de una isla a otra. Lo consideraba una gran hazaña. En el último viaje le dijeron que había ganado un premio: a partir de entonces podría viajar siempre gratis entre isla e isla. 






viernes, 7 de julio de 2017

PLAYA DE LAS GAVIOTAS

¿Era antes tan oscuro el mar? ¿Cómo pude olvidarte, acantilado? ¿Quién trajo aquí esas plataformas que ultrajan con su silueta el horizonte? Tus perfiles, piedra de gargantilla que coruscas casi con timidez bajo las nubes, ya no los recordaba. Aún se hace nudismo aquí, qué milagro. Oí que hace unos años cayeron piedras sobre la carretera y que esas piedras aplastaron coches en el aparcamiento, obstruyeron el paso, impusieron su ley. No recuerdo con quién estuve aquí y creo que debería recordarlo. Presencias de la sal en el cuerpo, como si ellas sí hubieran quedado fijadas a la piel durante todos estos años. Gaviotas, señoras de la sombra, ¿creían ustedes que nunca volveríamos? La playa se desdice, entra en la mansedumbre, la arena es un veneno para el deseo, se introduce en las valvas de la luz. Esto no se hacía antes aquí, ¿se han vuelto locos?: ejercicios de gimnasia al aire libre, con cuerdas, barras, mancuernas. ¿El mar era tan denso, fluctuante? Secarse es fácil: basta luchar cuerpo a cuerpo con la arena. Hay quienes se quedan media hora dentro del agua y hay quienes prefieren verlo todo desde la orilla. Los acantilados tienen los ojos muy abiertos, clavadistas petrificados que se lanzan al mar. Libérate tú, gaviota: ¿para qué tienes las alas? Los nudistas pasean hasta la mitad de la playa, luego dan media vuelta. En la otra mitad, las familias revuelven en sus neveras portátiles en busca de un refresco. Cuerpos boca abajo como cadáveres: ¿no lo será alguno sin que nos hayamos dado cuenta? Pasan las lanchas a lo lejos, aceleran a ver cuál llega antes. Fui petrificado en la espesura del mar: ¿era antes tan espeso, tan grávido? En lo alto del acantilado un sendero traza una curva y desaparece: otro día iré a ver. ¿Me das una calada? Eso fue hace veinte años, ahora no te hace falta. Las fosas son del mar: las nasales, digo. El agua del mar le hará respirar mejor, dijo mi médico. Después de tanto tiempo, todo está relativamente igual. No esperaba menos. ¿Era antes tan pálido, tan entrecortado? Dibujaré el mapa de un abandono más, pero esta vez no deletrearé los lugares, las esquinas: dejaré que el mapa sea borrado por el mar. Hay que venir a veces a estas playas para cantarles las cuarenta a las gaviotas. Mi profesor de química ya no está tumbado allí, desnudo, riendo con sus amigos, respirando tan hondo como en una excursión nos enseñó una vez: ¿estará vivo?, ¿por qué no vino hoy? Bañarse no es adorar el mar, ni tampoco violarlo. Bañarse es confundirse, flotar, diluirse, olvidar. Quizá pronto lo sepamos mejor. Contrafaz, perfil, dibujo de gargantilla coruscante el del acantilado: ¿por qué te tenía casi olvidado? Hasta la piel olvida. Hasta los ojos se desentienden. Lo demás es mar, una y otra vez, no recomenzado, impertinente, impenitente, penitente, y ahora léase otra vez: pene y tiente, para qué somos nudistas si no. Es verdad que no hay mucho que tentar, pero hay tanto que penar… Solas las olas las olas las olas. Las solas, esas mujeres solitarias que recogen los desperdicios que los irresponsables dejan en la arena. Sin acritud, con paciencia de diosas, recogen las colillas, los envoltorios, papelería varia. Las solas. No miento cuando digo que no recuerdo con quién vine ni cuando digo que creo que debería recordarlo. ¿Era antes tan oscuro el mar?      

viernes, 30 de junio de 2017

EL CUMPLIDOR

Son las dos y media de la tarde del viernes 30 de junio de 2017. El que fuera durante dieciséis años alcalde de Santa Cruz de Tenerife, Miguel Zerolo, apura su cigarro y tira la colilla al suelo. La colilla cae frente al portal de un edificio de la calle Sabino Berthelot. Después de rodar unos centímetros, desaparece en una alcantarilla situada en el centro de la calle. Esa colilla, que hace unos segundos humeaba todavía en la boca de Miguel Zerolo, y que era chupada ansiosamente por sus labios en pos de la última bocanada, se acaba de perder para siempre en el subsuelo. Antes de abrir el portal, Miguel Zerolo comprueba que la colilla ha caído entre las ranuras de la alcantarilla, lo que demuestra que se trata de un ciudadano con sentido cívico, con urbanidad, con conciencia ecológica, con un alto sentido de su responsabilidad como ciudadano. Miguel Zerolo, que también llegó a ser consejero del gobierno autonómico, diputado regional y senador, no es lo que se dice una persona intachable –varias causas judiciales jalonan su carrera y recientemente fue condenado a siete años de cárcel por prevaricación y malversación de fondos–, pero en lo que atañe a civismo nada puede reprochársele. Estaríamos dispuestos a asegurar que si, por alguna razón, la colilla no hubiera caído por sí sola en la alcantarilla, Miguel Zerolo la hubiera empujado con la punta del zapato, no la hubiera dejado, todavía humeante, allí, en plena calle, ¡por nada del mundo! Es verdad que esa colilla, que hace nada estuvo en contacto con la saliva de Miguel Zerolo, no es una colilla cualquiera. Por la forma casi desesperada con que el expolítico fumaba, se diría que no es la primera colilla que Miguel Zerolo tira al suelo hoy. Ha habido unas cuantas anteriores. Y estamos casi seguros de que todas han sido chupadas con la misma fruición, con la misma avidez de quien parece fumar para no ahogarse, fumar para huir del mundo, fumar para sobrevivir. Miguel Zerolo, que durante el breve trayecto en que lo hemos seguido entre la Plaza de Weyler y la calle Sabino Berthelot, vestía una ropa informal, descuidada, y que parecía, con sus gafas de sol y sus andares ágiles, querer pasar lo más desapercibido posible, se detiene, sin embargo, por un instante, a vigilar que la colilla haya caído, sin lugar a errores, en la alcantarilla de Sabino Berthelot. ¿Qué quiere decir esto? Vemos aquí, y acaso sea esta la explicación más plausible, la victoria de la urbanidad sobre el desasosiego, el gesto cívico de alguien que, a pesar de haber sido perseguido por la justicia con toda la saña de que esta es capaz, se muestra como un ciudadano de primera, cuidadoso con su entorno, íntegro. Es evidente que no está pasando por la mejor época de su vida, síntoma manifiesto de lo cual es su extrema delgadez, que, junto a la ropa descuidada y las gafas de sol, lo ayuda a pasar desapercibido en uno de los lugares más concurridos de la ciudad cuyo bastón de mando ostentó con firmeza durante década y media. Sin embargo, denota elegancia y hasta podría despertar en nosotros cierta simpatía esa atención suya por las pequeñas cosas, por los detalles. Cualquier otro, incluso los más rimbombantes defensores de la sostenibilidad, los ecologistas de boquilla o cualquier activista de medio pelo en favor del medio ambiente, tiraría una colilla al suelo y se despreocuparía de su destino, de cómo podría afectar a sus conciudadanos, de los perjuicios que generaría ese residuo no biodegradable en la diversidad ambiental de la ciudad. Miguel Zerolo, en cambio, hace todo lo contrario: antes de entrar en lo que no sabemos si es un piso suyo, una oficina, su más reciente guarida o el zulo donde guarda los millones que ganó jugando a la lotería, si es que aún le queda algo de ellos, cumple. Cumple como ciudadano, que es lo fundamental, en definitiva. ¿Debiera importarnos más lo que una persona hace con el dinero que gana que lo que es capaz de hacer como ciudadano, en lo que a todas luces parece un gesto espontáneo, hecho a solas, sin que el exsenador crea estar siendo observado por nadie, una acción sincera y salida de su lado más solidario y comprometido? Miguel Zerolo, su yo más íntimo, no el personaje público con sus bondades y defectos, no el exalcalde que amó como nadie a su ciudad y convirtió su amor en una locura que lo llevó al banquillo de los acusados, no el político, sino el hombre, no el que todos conocen, sino el desconocido, el ser-humano-de-carne-y-hueso, se nos ha revelado. No podemos quedar indiferentes ante esta revelación. A veces la verdad nos encandila, nos frotamos los ojos y no creemos posible haber visto determinadas cosas, pero en tales circunstancias debemos ser valientes para aceptar el vértigo de la revelación, por mucho que nuestros prejuicios y nuestras debilidades nos indiquen la dirección contraria. Miguel Zerolo cumple. Podrán ser mentiras deliberadamente maquinadas todos sus alegatos exculpatorios ante el tribunal que lo juzgó, podrá tener razón la justicia al condenarlo como líder de una mafia de especulación inmobiliaria capaz de saquear las arcas públicas en unos pocos años, podrá ser cierto que prevaricó, que malversó fondos, pero, en lo que a civismo se refiere, Miguel Zerolo es un auténtico dechado. Este señor, sépase bien, no va a dejar nunca una colilla tirada en plena calle. Atribúyase tal celo ciudadano a la educación esmerada que recibió en el seno de su familia o a la autenticidad de su amor por una ciudad que lo ha acabado tratando como a un apestado: lo cierto es que esa colilla da testimonio de una verdad oculta, subterránea. Una verdad que no podemos permitirnos menospreciar. En estos tiempos de posverdad en los que tan difícil resulta distinguir lo cierto de lo probable, lo verdadero de lo dudoso, lo sabido de lo sospechado y lo comprobado de meramente atribuido, una verdad tan palpable como esta, como la de que Miguel Zerolo, el exalcalde condenado a siete años de cárcel, es un ser humano cívico, alguien consciente de sus deberes para con los demás, no debe quedar relegada al olvido. Sirvan estas líneas como testimonio de que hoy, 30 de junio de 2017, a las 14.30 h., en Santa Cruz de Tenerife, Miguel Zerolo cumplió con sus deberes de ciudadano.

lunes, 26 de junio de 2017

BREVE DICCIONARIO DE POESÍA CANARIA ACTUAL

A



Aprendizaje: lento proceso mediante el cual un poeta canario interioriza un idiolecto procedente de otro poeta canario y lo transforma para adaptarlo a una realidad que, una vez completado el proceso, afirmará ser suya y exclusivamente suya. El aprendizaje en la poesía canaria termina siempre en una especie de ventriloquia: sobre la voz que se escucha --la voz del aprendiz inconfeso-- planea siempre la sombra de la voz de otro poeta, una voz superior e instigadora que, de alguna manera, dicta inconscientemente las palabras o, cuando menos, la melodía que las une. 



B



Baño: proceso de purificación ejecutado durante el verano en alguna playa por el cual el cuerpo de un poeta canario –no necesariamente atlético– se desmaterializa y se funde con la verdad del instante como si escuchara la llamada de los númenes telúricos. Un baño se realiza siempre al mediodía. Y el mediodía es siempre la morada de los dioses.



Beneplácito: acción mediante la cual un poeta canario concede a otro poeta canario el permiso para utilizar determinados rasgos de estilo que a partir de entonces lo identificarán como “miembro” de una determinada corriente. El poeta beneficiado con un beneplácito sólo tiene que escribir una reseña al año sobre algún libro del poeta benefactor; en algunos casos, basta con mencionarlo en una nota al pie o con invitarlo a un congreso.

Bucle: espiral de sentido mediante la que un grupo de poetas canarios puede sostener durante décadas las mismas e inalterables majaderías. Los bucles tienen en esta microtradición algo de las cárceles de Piranesi: los personajes que las habitan son los reyes de las sombras y emanan una fosforescencia que sólo los conduce cada vez más hacia el interior de su tenebrosa y autocomplaciente telaraña.



C



Can: estatuilla con forma canina hecha de telurio a la que algunos poetas canarios adoran a modo de ídolo y frente a la que, antes de escribir un poema, rezan una breve plegaria. En algunas ocasiones esa plegaria ha pasado a convertirse en el propio poema. A estos poemas prepóstumos se los denomina preces telúricas o cánones caninos.   




Concreta (poesía): estilo poético nacido en Brasil e imitado por poetas canarios de los años noventa con desiguales resultados. En homenaje a las Galaxias de Haroldo de Campos --aunque sin que necesariamente hayan leído ese libro--, estos poetas produjeron en unos casos galaxias a medianoche y, en otros, galaxias a mediodía. En algunos manuales se ha llegado a hablar de galaxitis. Lo más probable, en cualquier caso, es que el término galaxia sea para estos poetas una metáfora hiperbólica del archipiélago. Las islas serían, por tanto, soles, y los poetas, dioses generadores de la luz. Los autores de este tipo de textos son canarios concretos. Son entre tres y seis. Hay concretos mayores y concretos menores. Se considera barbarismo y no está aceptada por el Instituto de Estudios Canarios la expresión los concretos canarios.



Congreso: encuentro de tres o cuatro mesas redondas a lo largo de una semana organizado cada diez años –a veces cada veinte– por la sección de literatura de alguna institución centenaria de San Cristóbal de La Laguna. A los poetas que participan se los escoge según criterios contrastadamente objetivos y se busca en todo caso ofrecer la mayor pluralidad posible. Hay quienes afirman, sin embargo, que para organizar un congreso de poesía no hace falta saber una sola palabra de poesía ni media palabra de congresos. Los congresos de poesía canaria existen para que los poetas canarios se pongan finos los unos a los otros.   



Coralidad: subterfugio con el que los poetas menos dotados de una generación pretenden camuflar su medianía aprovechándose del lustre de otros miembros de la misma. En algunos casos, y con el paso del tiempo, la coralidad se ha revelado como un sistema de complicidades que permite a los poetas medianos ayudarse los unos a los otros a mantenerse a flote en los ambientes literarios.




Crítica: modalidad de escritura que en el caso de Canarias ha quedado reducida o bien al más empalagoso de los halagos o bien a la parodia más soez. La crítica de poesía es en esta comunidad autónoma especialmente repulsiva, pues ha elevado al olimpo a poetas pésimos, ha ignorado a poetas buenos, ha ridiculizado a poetas óptimos y ha dado a conocer a poetas que ni siquiera lo son.




D



Dios: escrito en minúscula, entidad simbólica frecuentemente utilizada por algunos poetas canarios para referirse a sí mismos como contempladores privilegiados de la realidad o, según otras interpretaciones, para aludir a la realidad misma transubstanciada por la mirada privilegiada del poeta. Completado a menudo con el adjetivo “diurno”, el término supone la cristalización más acendrada de toda una poética de la divinización del ser que constituye una de las líneas más radicales (o más radiantes, según otros manuales) de la poesía española actual.



E

Escritura: acto con el que la existencia cobra sentido y queda trascendida. Escribir no es simplemente emborronar unas cuartillas. Escribir es prometerse escribir. Escribir es proclamar que se escribe. Escribir es renunciar a escribir. Escribir en Canarias no es llorar: es, sobre todo, no escribir. 


Existencia: sinónimo de escritura en la poesía canaria actual. Para un poeta canario, existir es escribir. Sólo se existe para escribir. Y la escritura es la mejor de las existencias posibles. De hecho, aquellos que no escriben no existen. Y existir sin escribir es la mayor de las vilezas posibles. (Para la definición de escribir, véase la entrada anterior.)
 
F

Fiesta: revoltijo extático de luz o de palabras. Se usa casi siempre en las expresiones “fiesta del lenguaje”, “fiesta de la luz”, “fiesta de las palabras”. La poesía canaria es festiva por naturaleza. Es más, a veces ese gozo lumínico o verbal se denomina con el término aún más exultante de festín

G

Genio: sinónimo de poeta en la poesía canaria actual. La genialidad se demuestra sobre todo publicando lo menos posible. Es más, si un poeta logra publicar sin ni siquiera escribir su genialidad se considerará absoluta.  

H 


Hornada: grupo de poetas que se reúnen en los bares de San Cristóbal de La Laguna para recitar delante de un micrófono. Se habla, así, de la "hornada" de El Siete o de la "hornada" de El Otro o incluso de la "hornada" de Los Nibelungos Tristes. 


I



Isla: en la poesía canaria actual, porción de materia divinizada elevada a residencia mística de las potencias irradiadoras de verdad y protección. A la tautología “Una isla es una isla” los poetas canarios han respondido con valentía solar: “La isla soy yo”. A los habitantes de las islas puede llamárselos "isleños" o "insulares". La única diferencia entre un isleño y un insular es que el primero rezuma isla y el segundo ve islas donde no las hay. 



J



Jefe: dícese del ur-poeta, del poeta primordial del que derivan todas las temáticas y estilemas. La poesía canaria actual constituye una estructura jerárquica en la que las jefaturas se van distribuyendo según la cantidad de temas y recursos que se es capaz de poner en circulación. En última instancia, el jefe o ur-poeta de la poesía canaria actual es un griego llamado Odysséas Elýtis.



K



Kamikaze: poeta que dispara contra sí mismo, poeta que se estrella contra su propio destino, poeta que se lanza contra su propia sombra, poeta que desaparece en los abismos de su propia nada, poeta que combate su mismísimo y mesmérico ser. Los kamikazes afloran de vez en cuando en la poesía canaria, pero, por su propia esencia y condición, no duran mucho. El lema de los kamikazes es: Hacia ninguna parte.



L



Levedad: sensación de ingravidez que el poeta canario debe sentir inmediatamente después de la escritura de un poema. Se escribe para perder peso. Se escribe para sentirse más cerca de los dioses. Un poeta canario que no se vuelva más leve al escribir o no es poeta o no es canario. También puede ocurrir que sufra sobrepeso y quede, por tanto, exceptuado del duro precepto de la levedad.  



M



Mar: término que en la poesía canaria puede simbolizar la voz del inconsciente colectivo, la profunda imbricación coral de las mentes sintonizadas o el correlato objetivo de la conexión del poeta con las divinidades del fondo, oceánicas, tenebrosas. El mar es, de algún modo, el sueño eterno de los poetas-dioses canarios.

Metafísica: Preñez del ser acogotado por la luz, unción de soledad y de palabra, de una casa solitaria y de un desierto de juguete, misterio de la inconcebible materia encumbrada a puro perfil del aire por la pulverizada palabra de los poetas canarios. Metafísicas son la poesía, la pintura, la música, la fotografía, la danza, el cine, el teatro hechos en Canarias desde el momento en que las islas son también, por definición y sin remedio, entidades metafísicas.  


Ñ



Ños: Interjección que algunos poetas canarios utilizan en sustitución de la canónica "ah" o incluso, a veces, del elegante "oh". Así, hay versos de la poesía canaria que suenan de un modo tan curioso como: "Ños, el horizonte límpido bendice nuestros besos" o "Supiste, ¡ños, dios!, del declinar del día". 



O



Orilla: lugar definitorio de la insularidad en el que los poetas canarios suelen acampar en verano con el objetivo de escuchar lo que el mar viene a decirles al oído. Hasta la orilla llegan a veces naranjas (cosa que la mar no tiene), pero la mayor parte de las veces sólo llegan los pecios del gran buque naufragado de la poesía canaria, que sería algo así como una nave de los locos, pero con poetas en vez de locos.



P


Pintura: arte hermanado con la poesía que puede servirle a un poeta canario para una de las dos siguientes cosas: 1) Para practicarlo en los momentos en que no escribe poesía (y en estos casos el resultado es lo de menos; para ellos, como para Leonardo, la pintura es una “cosa mentale”); 2) Para escribir y conferenciar sobre arte, demostrando que con sensibilidad, unos cuantos poemas publicados y unos buenos contactos se puede ser el mejor crítico de arte de la isla aunque no se sepa casi nada de pintura.



Plaquette: publicación de tirada corta que todo poeta canario debe publicar al menos una vez en la vida y que algunos publican una vez al mes.

Poesía: género literario en el que las palabras surgen súbitas como chispas de una luz primordial y salvífica. Quienes nacen tocados por la magia de la poesía son seres iluminados, impolutos, sabios y silenciosos. Los "poetas", como se los conoce, son a veces tan silenciosos que se muestran incapaces de escribir absolutamente nada. Esa nada que no escriben pero que con frecuencia publican es un silencio precioso que debería ser admirado como la decantación más pura del lenguaje. El verdadero poeta es también, necesariamente, un excelente crítico de arte, de cine, de literatura. Puede ser también pintor, bailarín, músico. Puede ser lo que quiera, pues lo esencial ya lo lleva consigo: su capacidad de no decir nada sin por ello callarse nunca. 



Q



Quietud: estado místico alcanzado unas cuantas veces por dos o tres poetas canarios inmediatamente después de escribir un poema. Logran estarse quietos, es decir, no escribir nada a continuación. Nada de nada. En alguna ocasión la quietud ha sido total y han dejado de escribir para siempre. Ese tipo de quietud es la meta más sublime que un poeta canario puede ponerse a sí mismo.



R


Revista: publicación colectiva y periódica cuya finalidad esencial es dotar de pensamiento único, solidario, riguroso y coral a la poesía canaria, aunque para ello haya que arruinarse enviando ejemplares a México o a Francia, pagando honorarios a los colaboradores --que tienen derecho a cobrar por su trabajo, ¿o no?-- o supliendo con el propio bolsillo las subvenciones municipales que no llegan o llegan tarde y mal (¡Ej que no pue habé perras pa' to', mi niño!). Todos contra uno y uno contra todos: ese ha sido siempre el lema de las mejores revistas canarias.
  

S



Silencio: mecanismo retórico que permite acumular la mayor cantidad de palabras posible para decir lo mínimo imprescindible. La mejor poesía del silencio será, por tanto, aquella que, con el más suntuoso de los discursos, sea capaz de no decir absolutamente nada. 



T



Támara: véase “dios”. Canarismo en desuso que en algún libro se utiliza como epítome de la incandescencia matricial de la materia, es decir, como nódulo del que irradia la luz primordial del ser, del yo, del mundo y de la isla.

U



Ubicuidad: método o capacidad que les permite a los poetas canarios actuales participar en tres recitales al mismo tiempo sin que por eso se les eche de menos en ninguna parte.



Umbral: territorio difuso que algunos poetas canarios han confundido con no se sabe bien qué estado del espíritu con la exclusiva finalidad de parecer sublimes y apasionados. Quienes hablan de canto en el umbral hacen, así, el ridículo ante sus semejantes al proponerse como seres transmisores, iluminados y más sensibles que la mayoría.



V



Verdad: Conciencia de la realidad del mundo que un poeta canario, por el mero hecho de serlo, concibe en su mente y defiende a capa y espada por medio de su poesía. La verdad es aquello que justifica el poema. Y un poema es la sede más visible de la verdad. Poesía y verdad son, por tanto, en Canarias –ese otro “país donde florece el limonero”, como cantaba Goethe–, una sola e indisoluble cosa.  



W



Whisky: bebida que algún poeta canario bebe antes de recitar para que su voz suene borboteante, mística, irreverente y zafia.



X



Xilófono: instrumento de percusión que un poeta canario menor identificó en una ocasión con el brillo del sol repercutido en un acantilado a lo largo de todo un día. La majadería de tal comparación, tanto más cuanto que el susodicho no sabía ni papa de música, ha sido uno de los momentos más ridículamente sublimes de toda la historia de la poesía canaria.



Y



Yoga: conjunto de ejercicios que todo poeta canario debería realizar antes de componer un poema. El poema es el doble del cuerpo, ¿no? Entonces habría que disponer el cuerpo de un modo propicio antes de escribir. La incomprensión de este principio ha llevado a muchos poetas canarios a escribir gran cantidad de poemas sin cuerpo, sin eje, sin peso ni contrapeso. No en vano para algunos poetas canarios escribir una columna semanal es casi tan relajante como una asana



Z


Zen: Estética oriental a la que se adscriben unos cuantos poetas canarios que, tras haber leído alguna antología del haiku japonés y las Sendas de Oku traducidas al castellano por Octavio Paz y tras haber visto sin comprender nada tres o cuatro películas de Ozu, se declaran poetas zen y escriben a partir de entonces poemas de incalculable brevedad capaces de transformar el mundo con la callada por respuesta. La imagen emblemática del zen canario es una roca a la que se llega desde otra roca por un puente colgante hecho de bambú: en medio del puente el poeta canario ve saltar una rana, croa un breve poema, se calla, reza a un can, pim, pam, pum.