jueves, 12 de octubre de 2017

LA MARAÑA

Lo que de lejos parecía un bosque resultó no ser sino una maraña. Escaló el terraplén agarrándose del tronco ralo de un arbusto. La maraña lo acogió como un cuerpo enfermo recibe otra enfermedad: las dos enfermedades se mezclan hasta convertirse en una dolencia sin nombre. Intentó buscar algún camino. Anduvo algunos metros, pero enseguida lo detenían las ramas impenetrables, los troncos atravesados, la espesa coyuntura de todo tipo de ramajes partidos que impedían el paso. Fue en otra dirección. Pensó que había tenido más suerte, pues por allí parecía haber un camino, pero a los quince o veinte metros se encontró atrapado, incluso sin saber muy bien cómo salir de aquel embrollo, pues los últimos metros los había dado apartando ramas insidiosas, doblándose para introducirse en medio de las estribaciones e incluso dejando que las estrías de los troncos le rozaran las piernas para poder ir un poco más allá. Se dio cuenta de que en la maraña no había caminos. Que era una insensatez intentar avanzar tropezándose cada vez con más obstáculos, pues en algún momento se vería imposibilitado de seguir y quizá ni siquiera podría volver atrás. Quedarse allí, en medio de una maraña que de lejos parecía un bosque fascinante, descubrir en el corazón de lo impenetrable que nada de lo que había previsto era como lo había previsto, que no había allí ningún estímulo para la sensibilidad ni para la razón, quedarse allí parado, en medio del falso bosque, en la desabrida maraña, era otro modo de perderse, perderse ahora sin ninguna esperanza de encontrar nada, perder incluso el sentido de la propia pérdida, y no simular ya que pudiera haber siempre algo tras de lo cual partir: aceptar que la maraña era un lugar sin ningún camino, sin pretensiones, sin misterios, sin nada por descubrir, sin emociones que sentir dentro de él, sin merodeos por los que aventurarse, sin experiencias dignas de ser vividas. La maraña era como un lugar al que se llega después de haber experimentado algunas de esas cosas sin demasiado entusiasmo, un lugar para purgarse o para no equivocarse demasiado, para detener lo que nos incita a desvivirnos y para desvanecernos, de algún modo, como sujetos de cualquier vivencia. La enfermedad que se trae, si no del todo original, sí al menos originada en fases concretas, anteriores, de la vida, se mezcla allí con una dolencia nueva, la de la incapacidad de hacer nada se vuelva uno hacia donde se vuelva, una especie de inmovilidad en medio de un paisaje vacío de tan lleno, desolado de tan espeso. Pensó en el coche que había dejado en el borde de la pista de tierra y no estuvo seguro de que fuera a estar allí a su regreso. Imaginó que al llegar lo vería rodeado por tres o cuatro asaltadores de caminos –¿dónde si no iban a operar los asaltadores de caminos sino en un lugar como aquel?–, gentes con la cara embadurnada de esa capa de tizne que en algunas personas parece instalarse allí, amenazadora, sórdida, desde que son niños. Mientras estaba en medio de la maraña, le dio por pensar que alrededor de su coche iban a congregarse los habitantes de aquellas regiones perdidas y que, mientras él permaneciera atrapado en su interior, practicarían rituales propiciatorios de la fertilidad, bañarían su coche de leche recién ordeñada, se subirían a la capota y copularían los unos con los otros mientras su coche chirriaba junto a la hierba segada. Creyó que era su presencia dentro de la maraña, la prohibición que con ella había transgredido, lo que desencadenaría unos rituales que llevaban tiempo sin practicarse en aquellas tierras altas. Supo que en cuanto él llegara al coche aquellos campesinos se dispersarían. No creía ya que fueran asaltadores de caminos. Le fascinaba más pensar en unos rituales invocatorios de la lluvia, en unas ceremonias solitarias provocadas por su profanación de la maraña: veía desde allí dentro los cuerpos desnudos, las penetraciones compulsivas, la leche derramada sobre la chapa negra del coche. Para abandonar la maraña hubo de regresar al terraplén desde el que había accedido, agarrarse de nuevo al tronco del principio y dejarse caer al camino que desde abajo parecía terminar en un bosque. Bajó apesadumbrado todo aquel camino cubierto de espigas. A un lado y a otro se veían tierras de labranza hacía mucho agostadas. Llegó a la pista forestal. Caminó aún un buen trecho hasta llegar a su coche. Este brillaba tanto en medio de los árboles que le pareció un objeto mágico, un tótem, los restos de un altar de obsidiana. Nada había ocurrido a su alrededor, sino tan sólo en su mente. Todo era como antes de emprender el camino hasta el bosque que había resultado no serlo. Lo único que había cambiado de sitio era la maraña, que ahora se movía con él en el coche.   

miércoles, 11 de octubre de 2017

jueves, 28 de septiembre de 2017

LOS FANTASMAS (O EL HOMBRE SENTADO EN UN BANCO)


Lo bueno –o lo terrible– de llevar mucho tiempo sin vivir en un lugar es que, poco después de regresar, un día, de pronto, empiezan a aparecer fantasmas. Esos fantasmas se parecen a personas que en otro tiempo, reales, uno frecuentaba. Creo poder afirmar que se ponen de acuerdo para aparecer todos el mismo día, uno de esos que están a punto de terminar sin mayores novedades, un jueves como el de hoy, por ejemplo. Entonces, cruzando un paso de zebra de la avenida marítima, se nos materializa una pareja de ancianos que en nuestra otra vida –si podemos hablar así– fueron los padres de un amigo del colegio, un compañero que alguna vez nos invitaba a merendar en su casa, en el salón comedor que ostentaba un piano de pared y unos ventanales con vistas al puerto, y en el que su madre, por entonces una mujer de treinta y cinco años, nos servía unos bizcochos que parecían acabantes de sacar del horno mientras nos sonreía desde su juventud recién abandonada. Ahora va cojeando del brazo del marido, que arrastra los pies, mientras la avenida ha sido literalmente tomada por hordas de practicantes del footing y del running que confrontan sus miradas perdidas con una ciudad que parecen no reconocer. ¿Serán ellos también fantasmas? Si acaso lo son, no pertenecen a la misma especie que los otros, pues aquellos, los ancianos que fueron un día los padres de mi amigo, o esta otra pareja igual de mayor que pasa ahora junto a las antiguas instalaciones del casino, son fantasmas personales, quiero decir, seres que una vez existieron y que quizá todavía sigan existiendo en lo que llamamos realidad, mientras que esa masa anónima de incivilizados corredores son fantasmas, diríamos, advenedizos, refractarios a cualquier identificación con un mundo precedente; es más, son fantasmas sin rostro, descabezados, a los que apenas si se les ve una espalda cubierta con un chándal sucio y prolongada por extremidades desproporcionadas. La ciudad misma, el espacio en el que todas estas apariciones tienen lugar, está cubierta de una pátina de alucinación: el puerto navega perdido entre los contenedores, las grúas levantan los brazos como pidiendo auxilio, unas plataformas petrolíferas amenazan con volver más negro el cielo de la noche negra y donde antaño hubo una estación de viajeros hay ahora luces fluorescentes que anuncian la celebración de una fiesta privada. Todo está patas arriba y todo está a la vez como revitalizado. Las antiguas categorías no nos sirven para describir lo que pasa. Nos detenemos en medio de esta marabunta de fantasmas desaforados y no nos damos cuenta de que estamos ocupando un carril bici por el que vienen a toda velocidad unos faros que se nos clavan en los ojos. En el barranco crecen lo que en algunos relatos rioplatenses llaman yuyos y cuyo nombre local hemos olvidado o quizá nunca supimos. Sentado en un banco solitario, cerca de la sede de los prácticos del puerto, un hombre delgado fuma junto a un hato en el que parece llevar resumida su vida. Los fantasmas pierden por un momento su preponderancia. Frente a esa figura salida de una novela, o llegada desde un país muy lejano, quizá nórdico, los fantasmas se desmaterializan y toda la luz mental de este instante recae en ese personaje aparentemente anodino que parece descansar de un largo viaje. Quiere contarnos una historia, estoy seguro. Pero o bien nosotros no tenemos tiempo para escucharla o bien son demasiado estridentes las voces que nos rodean, las voces de todos estos fantasmas que parlotean sobre sus fútiles vidas. Otro día, si está sentado en el mismo banco y si la fiesta privada no se lo lleva por delante, hablaremos con él, nos sentaremos a escuchar su historia y nos hablará de una hija a la que perdió en un accidente ferroviario, o de su primer amor, hace más de treinta años, una iraní a la que conoció en una discoteca de Roma y que años después regresó a su país para cuidar a sus padres –y él nunca la ha olvidado, aunque no volvió a saber de ella. Nos contará también sus aventuras en un barco que hacía la ruta entre Trinidad e Isla Margarita y en el que llegó a formar parte de un cártel que traficaba con drogas sintéticas. La historia de su vida, a falta de alguien que la escuche, se disuelve por ahora entre el enjambre de muertos vivos que abarrotan las calles. Algún día me gustaría ser, en una ciudad como esta, pero en la que no se hable esta lengua, en la que nadie pueda entenderme, en una ciudad de otro océano, dejada de la mano del tiempo, como esta, un personaje sentado en un banco junto a una fiesta privada, fumando mientras piensa en lo que dejó atrás, un personaje que recuerda un relato escrito hace mucho en el que un hombre estaba sentado en un banco rodeado de fantasmas.

lunes, 25 de septiembre de 2017

UNA PETICIÓN AL PRESIDENTE CLAVIJO

Hoy he creado mi primera petición en la plataforma www.change.com. El texto es el siguiente: 

Presidente Clavijo: dentro de poco tendrá usted que nombrar al jurado que fallará el Premio Canarias de Literatura 2018. Con esta petición los abajo firmantes queremos transmitirle nuestra más firme convicción de que este año debería elegirse un jurado independiente, cuyos miembros no sean los mismos que año tras año, trienio tras trienio, década tras década, desde tiempos inmemoriales, vienen fallando ese premio sin las más elementales garantías de ecuanimidad, justicia, atención a los méritos objetivos de los candidatos e independencia de criterio (véase si no la errática trayectoria del premio, los importantes escritores que no lo han recibido, la escasez de voces femeninas galardonadas, el desprestigio que todo esto ha conllevado, etc.). La presencia a título prácticamente vitalicio de escritores como Juan-Manuel García Ramos, Juan Cruz Ruiz o Justo Jorge Padrón en el jurado del Premio Canarias de Literatura no favorece la transparencia y la imparcialidad con las que un galardón tan destacado debería ser fallado. Creemos que tiene usted ahora una oportunidad inmejorable para renovar completamente el jurado de este premio y que, por el bien de las letras insulares, debería aprovecharla.

Si crees que debes firmar, puedes hacerlo aquí

viernes, 15 de septiembre de 2017

EL LETARGO, VERSIÓN KINDLE

Es un placer anunciar que mi libro El letargo ya está disponible también en versión Kindle. Puede conseguirse en este enlace.

jueves, 14 de septiembre de 2017

CREPÚSCULO

Me pregunté si me quedaba

algo más por hacer: palpar,

coser, dejarme ir

hacia la luz

por la calle que llevaba hasta el colegio,

y si no bastaba con rodar

hasta que la luz misma pusiera

fin a mi desubicada

memoria,

por un día no fiel

a circunstancias del pasado,

sino al círculo mismo

que sobrevuela el ojo corroído

por la pantalla dorada

de lo que antiguamente llamábamos crepúsculo,

ahora ya una imagen

incomprensible para el ojo

que, sin embargo, persigue

el señuelo de aquello

que una vez aprendió,

un saber que ahora espera

nacer de nuevo despojado

de aliento, y mientras tanto

la noche despedaza

la lengua que, sin saber,

se acomoda debajo de la lengua.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

NOCHE DE REYES


Mecánica de niebla y de silencio
en la afásica zona de diciembre
en que el candor perdido,
transformado en una cáscara sensible,
se desdibuja bajo nuestros rostros,
los rostros de los hijos huérfanos
de la mendacidad
de las sonrisas huecas. ¿Cuántas
pollas caben, me pregunté,
en ese coño ebrio, cuántas omisiones
resiste aún el ano complaciente,
cuántas vísperas faltan
para la alocución definitiva,
preguntaste?
Y voy a a responderte, a respondernos:
caben, resisten, faltan
todas las pollas, omisiones, vísperas
(respectivamente o no)
que ahora mismo dilatan la impaciencia
de quienes nunca supimos
hacer otra cosa que separarnos
de la muerte ajena,
rezagarnos en la minucia restallante
de los intersticios (¿viste?),
tozudos como alimañas apostadas
en el umbral de un suceso
siempre aplazado, siempre
intempestivo (¿me comprendes?),
justo este instante
de niebla y de silencio
del que nunca podremos escapar.

lunes, 4 de septiembre de 2017

MONTE DEL AGUA



No sé qué escribí entonces, aunque podría releerlo. Está publicado en un librito de pobre factura y escasa difusión. Creo que se trataba de una especie de relato sin continuidad, quizá la primera muestra de este tipo de escritura que me aventuré a practicar después de muchos años componiendo poemas en razón de una fórmula que, como todas las fórmulas, acabó por revelarse fallida y castrante. Quizá el truco estuvo, aquella vez, en no partir de un momento vivido, sino justamente de algo no vivido, de lo que había quedado encapsulado en el revés de lo vivido y que, precisamente por eso, era más intenso, se desataba con menos rigor, se desparramaba casi libremente por la página. Relato sin continuidad quería decir que los personajes, si los había, no representaban sino el armazón sobre el que se sostenían las sensaciones descritas, las conversaciones inventadas, las capturas silenciosas de los rostros al trasluz. No recuerdo tampoco en qué condiciones tuvo lugar el paseo real que engendró aquel relato, si el día era nítido o si, por el contrario, dominaba la niebla. Supongo que, si no la había, niebla, quiero decir, el relato la habría inventado. Qué mejor que la niebla para revelar lo discontinuo, lo amasado en el torpor de un intercambio sin fisuras, lo deshilachado a lo largo de los pasos dados por los excursionistas. El Monte del Agua es como un turgente pezón humedecido por un deseo innombrable. Se entra en él como si no fuera a salirse de él. Cuanto más se adentran los pasos más oscuridad se cava y más humedad se respira: se diría que fuera a entrarse en el ombligo del agua, en la fosa de la negrura última y, sin embargo, también la oscuridad se respira y también el agua lo cubre todo allí, del modo más sutil, como si se mezclaran, apenas indivisas, agua y oscuridad, lo húmedo y lo tenebroso, ombligo y pezón, raíz y nervio. Aquel relato sin continuidad que recogía una aventura posadolescente que posiblemente yo mismo, y menos con las herramientas de que por entonces estaba dotado, ni siquiera había comprendido bien no debió haber figurado nunca en aquel librito de pobre factura, compuesto, sin embargo, por otros textos algo menos endebles, un pequeño adelanto de lo que por entonces me encontraba escribiendo. Es curioso cómo la memoria construye o deja que se construyan en ella lugares que no han existido sino en un mapa muy distraídamente trazado. Las curvas, por ejemplo. Son las mismas que entonces. Dos o tres curvas que parecían sacadas de aquel relato que no he querido releer y que dibujan en el interior de lo recorrido el sentido sinuoso del bosque, sus recovecos cada vez más escondidos, su ascenso en espiral, la serpiente que se retuerce debajo de los pies. Y algún claro, también. Uno de esos huecos en los que los árboles parecen haber dejado espacio para que algo ocurra, y algo debió de haber ocurrido, si no en aquel relato sin continuidad, sí al menos en otros, no escritos por mí, apenas intuidos, ¿o si no qué hacían allí esas cáscaras de manzana esparcidas junto a unas piedras y ya resecas junto a esos clínex en lo que parecía la escena de un crimen, un crimen sin más víctimas que los personajes de una novela no escrita, de un cuento no narrado, de una leyenda de amores imposibles? Investiguemos un poco. O, más allá, “seis árboles plantados en recuerdo de los seis ángeles que murieron en el accidente de la galería Piedra de los Cochinos en 2007”, o algo similar, escrito por una mano temblorosa junto a una piedra cubierta de muchas otras piedrecillas de la memoria. ¿Cómo irse de allí sin añadir una más a aquella colección en equilibrio, incluso, si no una oración, sí un pensamiento con relativa capacidad para imaginar las vidas de los seis ángeles devorados por el extravío, por la bouche d’ombre, la galería asesina? Más allá, las telas de araña flotan entre dos ramas, mágicos encajes de la licuefacción. Aparecen de pronto en el borde del camino, sin que parezca haber arañas en ellas: han sido dibujadas con las gotas más gráciles y están allí para que el genio del bosque juegue con ellas lamiéndolas con su lengua invisible. Columpios que la brisa distribuye a lo largo del bosque para que las hormigas sepan lo que significa estar en el aire, ellas que no juegan nunca. Voy en dirección contraria a la otra vez, a aquel otro domingo de cuando tenía veinte años y el silencio no era tan necesario como ahora. Ahora lo bebo y lo aspiro con desesperación, me lo llevo conmigo aunque a la menor bocina, al menor grito se disipe, y con él el bosque entero y sus helechos, sus telas de araña y sus musgos trepadores. En algún momento habrá que dar la vuelta. El bosque no tiene límites. Descubrirlo es negarlo. No siento ninguna apetencia ahora por los símbolos, por las significaciones. No busco compartir ningún sentido. Ni siquiera puedo inventar un nudo de correspondencias, pues lo que hay es la imposibilidad de la lectura y la desaparición de las señales. En medio de esta soledad, en el mismo centro de este vértigo de todas las disoluciones, surge, aún, el resplandor del bosque, el silencio de su mundo verdeoscuro, el imposible sueño de estar y no estar en él a la vez.  



jueves, 10 de agosto de 2017

PEQUEÑA ODA A LOS POETAS DE HOY EN DÍA

Apañarripios, tuerceversos, escrivividores,
telaraños, endecasibilinos, metronomistas
pejilgueros, apalabradores, alejandriños,
marwanes, silencieros, experiencistas,
soneteros, sonajistas, soniderramadores,
palabroteros, adjetivistas, verseadores,
calamburistas, metaforradores, jitanjaforistas,
simbolistas, escupecoplas, poetas-sin-ethos,
destrozaestrofas, sinecdoquistas, palabreros,
lanzapoemas, zurrabaladas, versicojos,
limpiaodas, fragmenteros, soplagárgolas,
tonadilleros, cantautores, acribillaestribillos,
¡ya está bien!, niños, ¡ya está bien!

sábado, 5 de agosto de 2017

CARTA A FÉLIX FRANCISCO CASANOVA

Mi querido Félix:


estos días he vuelto a leerte. Durante mucho tiempo he tenido el deseo de escribirte, pero siempre lo he postergado. Llega un momento en que las cosas no pueden postergarse más.


175 metros de distancia (según Google Maps, un utilísimo mapa virtual que han inventado) median entre el número 91 de la calle San Martín y el número 98 de la calle Méndez Núñez. El siglo XX en el que nacimos ya hace tiempo que es historia. Vine al mundo cinco años antes de que tú murieras. Pasé mi infancia en el número 91 de la calle San Martín. Me viste quizá alguna vez, de la mano de mi madre, cruzar la calle Méndez Núñez en dirección al parque (parque que para ti era el de las miradas y para mí, entonces, el de los juegos). Ninguno de los dos tiene memoria del otro, tú porque fuiste el prisionero de la memoria olvidada –la doble memoria olvidada de la vida y de la muerte–; yo, porque el olvido recordado –el de la no vida y el de la no muerte– no siempre se transfigura en memoria a través de la escritura. O quizá, también, asomado a la ventana de la que era la casa de mi abuela, frente al parque, te vi yo alguna vez, ¿eras tú aquel chico mayor que me pidió prestado el monopatín y me lo devolvió después de proyectar en el aire unas cabriolas entre locas risotadas?


Ayer terminé de leer tus Obras completas, las que ha publicado este año la editorial Demipage. Conocía tu poesía y tu diario. Tu diario fue lo primero tuyo que leí, quizá con una edad similar a la que tú tenías cuando lo escribiste. Julio García Monclús, el dueño de la librería Goytec, pariente político de mi padre, me dejaba pasar allí las tardes. En la planta alta, en la sección de literatura canaria, no solía haber nadie y era un lugar perfecto para leer. Debía de ser reciente la edición de Yo hubiera o hubiese amado, el volumen que contenía tu diario del año 1974. Recuerdo que lo leí una de aquellas tardes y que siempre lamenté después no haberlo comprado. Al releerlo ahora, compruebo que muchas de aquellas páginas quedaron impresas en mi memoria y han permanecido casi treinta años en ella: tus lecturas, en parte coincidentes con las mías de entonces, tus encuentros con los amigos (esas amistades de la adolescencia que nunca volverán a repetirse: al menos no con la misma intensidad), las llamadas que te hacía la misteriosa Voz de la que estabas enamorado, la música desgarrada que te hacía vibrar, y los poemas, poemas que iban surgiendo en tu cuaderno como flores en un jardín cubierto de cenizas. No sentí entonces el pudor que siento ahora al leerte: entonces era como compartir un secreto entre adolescentes; ahora yo soy un adulto que curiosea entre las intimidades de un joven. Ser joven para siempre produce estos extraños efectos.


Con tu poesía siempre he tenido más dudas. La he leído en tres momentos (creo que te hemos leído mucho, al menos aquí en Canarias, por lo que sé de otros lectores tuyos a los que conozco). La primera vez fue entonces, en Goytec: tu diario incluía muchos de los poemas que luego formarían La memoria olvidada. En ese contexto, eran poemas deslumbrantes, frescos, engarzados en tu día a día de adolescente culto, sensible y voraz. La segunda vez fue hacia 1992 o 1993, poco después de publicarse en Hiperión La memoria olvidada, el libro que recopilaba la mayoría de tus poemas. En aquella ocasión hizo su aparición un cierto desencanto: si aquello era todo lo que había, todo lo que habías escrito como poeta, era preciso reconocer que se trataba de una obra en ciernes, más abocetada que conseguida, con unos cuantos poemas deslumbrantes que destacaban entre una mayoría de poemas que no estaban a la altura de aquellos. ¿Pero qué importaba esto? El rayo seguía estando ahí, la brújula seguía apuntando a comarcas imprevistas, y lo casi milagroso de tu breve trayectoria me seguía encandilando como el primer día. Esta semana he vuelto a leerte, esta vez, como te decía, en la nueva edición de Demipage, un volumen que recoge buena parte de lo que escribiste (no estrictamente todo, al decir de algunos expertos, y lamentablemente sin criterios filológicos rigurosos). En cuanto a la poesía, ahora soy un lector más estricto que hace años. He marcado unos veinticinco poemas memorables; el resto no está, me parece, a la altura. ¿Y qué? ¿No es maravilloso que con dieciocho años hayas escrito veinte poemas que leeremos una y otra vez? Por otra parte, en este volumen he leído por primera vez El don de Vorace, tu novela publicada en 1975. La desazón del ser. El deseo de ser otro. El extravío de la vida. El hacha de los sueños. La búsqueda incansable. Es un libro inquietante que me recuerda a Crimen, de Espinosa, a Cerveza de grano rojo, de Arozarena, a Los puercos de Circe, de Alemany; es decir, a la mejor narrativa que se ha escrito en Canarias.


Para nosotros tu mito o tu leyenda han sido siempre tan poderosos como tu obra. Como en otros escritores de biografía accidentada, quizá en tu caso no sea tan fácil separar ambas vertientes. Te hemos admirado mucho y te hemos envidiado mucho. La dirección del piso de Méndez Núñez la busqué anoche en internet (internet es una red virtual de intercambio de datos que se inventó hace un par de décadas). Al parecer tu hermano José Bernardo sigue viviendo allí, en Méndez Núñez 98. Esta mañana estaba yo sentando en el café que hay en la esquina de San Martín con Méndez Núñez. Ahora es una franquicia, pero cuando era niño había allí un bar que se llamaba Galaxy y que era atendido por un matrimonio mayor con fama de malas pulgas. Me estaba tomando el café de media mañana cuando de pronto vi pasar a un señor vestido con ropa deportiva, el pelo corto, algo canoso, de unos cincuenta y cinco años. Lo vi casi de perfil, pero supe que era José Bernardo. No podía creérmelo: ayer por la noche había buscado alguna foto suya, pues en la edición de Demipage figura casi siempre como el autor de las fotografías, pero su rostro no aparece sino en una de cuando era niño. Encontré dos fotos suyas en internet: la primera en un blog en el que se publica un poema suyo y la segunda en un periódico que daba noticia de la presentación de tus Obras completas. En esta última José Bernardo aparece en una mesa junto a Villanueva y Aramburu, editor y prologuista del volumen, respectivamente, en la Feria del Libro de Las Palmas. Esta es la foto que me permitió identificarlo esta mañana. 


Pero aquí no acaban las coincidencias. Como las desgracias, nunca vienen solas. Ya lo he comprobado muchas otras veces. Basta abrir la caja de Pandora para que empiece a encadenarse un hecho tras otro, a cuál más inquietante. Estaba siguiendo a José Bernardo con la mirada hasta que a la altura de la esquina con San Antonio ya no pude verlo más. Entonces volví al libro que estaba leyendo: Crónicas de motel, de Sam Shepard. Iba a empezar el cuarto párrafo de la página 17: “Una noche entré dormido en el baño y me metí en la bañera. Me encontraron allí, tendido de lado y durmiendo. Su reacción fue esta vez más severa que cuando me encontraron al final del pasillo. Una entonación levemente preocupada asomaba a sus voces. Por algún extraño motivo creían que meterme en la bañera resultaba una extravagancia. Una chifladura quizá.” El cuento trata de un niño sonámbulo al que sus padres castigan porque creen que finge serlo. A Sam Shepard nunca lo había leído. Murió hace unos días y por eso compré el libro. Me quedé un rato con la mirada perdida antes de terminar el relato.


Pagué mi café y fui hasta el número 98 de Méndez Núñez. La calle está en obras. Le han abierto las entrañas y el ayuntamiento ha garantizado que la dejará dos veces peor que como estaba antes. Entre otras cosas, han arrancado los árboles de la acera izquierda y afirman que ya hay demasiados árboles en la ciudad y que no van a devolverlos a su lugar original. ¿Que la democracia es la voluntad del pueblo? ¡Y un carajo! La democracia es la voluntad de la sobrina del alcalde y del suegro del concejal de urbanismo. ¡Cuántas veces no habré pasado por delante de Méndez Núñez 98 sin saber que fue allí donde todo ocurrió! Miré hacia arriba, no sabía cuál era el piso. Había una señora asomada en el último balcón. No creo que la vida haya cambiado mucho en estos cuarenta años, al menos en este barrio. Es verdad que nos hemos vuelto más virtuales, hoy no hablaríamos con una Voz al teléfono, sino con treinta o cuarenta, y por diferentes medios: en los chats, en las aplicaciones de móvil, por whatsapp (otro día te explicaré estas novedades que nos han vuelto a todos locos). No sé si te gustaría. Atrapados como estamos en estas múltiples redes de comunicación virtual, nos parecemos a ese pájaro que tú describías en alguna parte: contento de estar en la jaula porque sabe que todos sus congéneres también están en ella. Las únicas escapatorias, mi querido Félix, siguen siendo la poesía, el vino, la locura y la muerte.


Te mando un abrazo (lo menos virtual posible).


P. D. Te alegrará saber que Catherine Deneuve sigue estando tan guapa como siempre.