martes, 23 de noviembre de 2010

ANTES DE DORMIR

Como quien al caer por un precipicio se agarra con una sola mano a las ramas de alguna planta milagrosamente resistente que lo salva de acabar aplastado en el fondo del abismo, así unas palabras, escritas al borde de la noche, parecen salvar un día; un día que iba cayendo sin remedio por las laderas de la indiferencia, del alejamiento y de la desilusión se sobrepone de pronto, casi sin que ya lo esperáramos, y se encarama sobre sí mismo para agarrarse a las puntas sarmentosas de unas palabras cualesquiera, unas palabras que podría creerse unidas en sus raíces a la pared más sólida y que impiden, al menos mientras duran, mientras dura su magia de sílabas sopladas desde un aliento desconocido, que el día se desplome. Luego, claro, vendrá la condena de la postración, la soledad de la cama, el ritual de desvestirse una vez más para dar término al día sin saber si otro día nos espera al regreso del sueño –y, lo que es peor, sin saber para qué podríamos querer que otro día nos sea concedido al regreso del sueño. Del otro lado, de ese lugar en el que depositamos nuestros deseos más escondidos, de esa irradiación silenciosa que nunca deja de abrirse paso por nuestras venas aun cuando creamos que la sangre fluye por ellas con la lentitud de un agua estancada, no llega ya apenas ningún mensaje cómplice, como si hubiéramos perdido la comunicación que hasta ahora fluía. El silencio nos pesa; si al menos supiéramos qué lo ha generado, podríamos escarbar en busca de un antídoto entre nuestras reservas de palabras. Pero nada sabemos sobre lo que nada dice. Se han callado las voces, al final de este día; no escuchamos ya el chisporroteo con que tal vez nos habían estado engañando, y las palabras no bastan porque, por desgracia, no son las que hacen faltan. Y, aunque no nos atrevamos a dejar de escribir por miedo a lo que vendrá a continuación, sabemos que sería más justo, más valiente, más honesto, callar ahora antes de que sea el silencio el que nos haga callar.

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