martes, 11 de enero de 2011

EL LECTOR

¿No es esto —se decía— lo que siempre le había ocurrido: que se enamoraba de una escritura, de la suntuosidad de unos sonidos, del balanceo de un cuerpo hecho de palabras, del encanto de unas imágenes, del movimiento de un rostro que se oculta detrás de la boca que habla, que se oculta a su vez detrás de lo que dice como de una cortina casi transparente? ¿Y enamorarse de este modo de una escritura no era como enamorarse de una sensibilidad, del alma del prestidigitador secreto cuyo único truco era vencer con la verdad su incredulidad y su indolencia? Así le estaba ocurriendo ahora, una vez más —se decía—, con este libro que leía en ratos sueltos, casi como arrancándole al tiempo cotidiano alguna costura por la que respirar, por la que hacer que entrara un poco de luz en su vida. Apenas se había informado sobre el autor del libro. Sabía que había muerto relativamente joven, de una terrible enfermedad, y que su escritura era una respuesta a la sucesión de persecuciones, tragedias, pérdidas y caídas en que había consistido su vida. Unas palabras levantadas sobre el vacío, sobre la duda permanente, sobre los límites entre la existencia y la inexistencia, pero unas palabras tan bellas, tan elegantes, tan sabias en su incertidumbre, tan incitantes y seductoras sin apenas quererlo, tan acogedoras. Podría estar leyéndolas durante horas como quien apoya su cabeza en el regazo de un amigo o de un hermano o de una madre o de un padre. Parecían hablarle directamente a él, estar siendo dichas en ese mismo instante para él, perderse para siempre en un único corazón que era el de él. No había nada vano en lo que leía porque todo procedía de un dolor verdadero, de una mirada amorosa sobre un mundo que apenas merecía haber sido amado, de un afecto por todo que no era sino el reverso de la escasa preocupación por sí mismo. Sabía que el autor de aquel libro había viajado a través de un dolor que nadie podía compartir y, sin embargo, sus palabras habían sido dichas —pensaba— en busca de algún compañero de viaje.

5 comentarios:

  1. La literatura como amor... es comprensible ese "cariño" que surge entre lector y autor, surgido del verse retratado, comprendido...

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  2. Estimado anónimo: hay tal vez tan pocos autores capaces de "comprender" al lector como lectores capaces de "comprender" de verdad a un autor. No creo contarme entre unos ni otros. Mi texto habla de una simple experiencia de lector entregado. Gracias por tu comentario y un saludo.

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  3. En enfecto, algo así es lo que quería decir, aunque veo que lo he expresado mal: lector entregado al "verse" retratado. No es una comprensión real, es la sensación del lector (subjetiva, proyección quizá) de que el texto "ha sido escrito para él", de que tiene alguna relación con él mismo... y de ahí la entrega...

    Muchas gracias por responderme.
    Un saludo.

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  4. Un lector, sí, ante un texto valioso, sabe que no sólo está recibiendo información estética, sino que ha sido convidado a una comida, a alimentarse, como en ese poema bellísimo de Sikelianós que se llama "Cena griega de difuntos",y donde el poeta comparte con el resto de comensales el vino de Dionisos, oscuro como su tierra. Gracias Rafa por tus bellos y atinados textos en tu hermoso blog.

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  5. Gracias a ti, querido Iván, por tus comentarios cariñosos y llenos, como este, de jugosas referencias. No conozco el poema de Sikelianós, de hecho apenas he leído a este poeta al que, sin embargo, durante años he mantenido en esa recámara de lecturas latentes. Ojalá tu comentario me anime a sacarlo de ella y leerlo, por fin, como un alimento necesario. Abrazos.

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