miércoles, 5 de enero de 2011

ESPERMÁTICA

Una vez más, este tiránico tirón de las palabras. Si no fuera porque hay algo en ellas, sobre todo si se dicen como al oído de uno mismo, en voz muy baja, con el respeto de quien no quiere romper el silencio en que ha sobrevivido una tarde, ni el alejamiento del mundo que lo ha acercado un poco a sí mismo, ni la tranquilidad de la atmósfera interior, perfumada de vez en cuando con un poco de incienso, ligeramente caldeada, que ha creado esta tarde contra el frío del invierno y contra las multitudes de las calles, si no fuera, decía, porque hay algo en ellas que le inspira ternura o que, al menos, lo conmueve en cuanto picotean la página como los picos aún tiernos de las crías de un pájaro, diría, si no fuera por esa condición de recién nacidas, que le cansan, que las palabras le cansan, que le cansa tener que sentarse a escribirlas, una y otra vez, cuando ellas lo exigen, en cuanto ellas se lo piden, desde el mismo momento en que están dispuestas a aparecer. No sabe si lo que lo cansa más es el acto físico de interrumpir lo que esté haciendo en ese instante para convertirse (disfrazarse casi) en escritor o malabarista de sonidos, o si es justamente pensar en que son ellas, las palabras, las que lo tironean, lo sacuden, lo despabilan, lo engatusan y lo transforman. Ahora mismo, por ejemplo. Fíjense: estaba tranquilamente leyendo, en una tarde como la descrita. Es verdad que tenía que leer varias veces cada frase, sin duda porque antes de retomar el libro había frustrado un encuentro en el que esperaba satisfacer el deseo que desde hace días siente de un modo compulsivo, como un fuego o una sed ardorosa. Esa intromisión de unas imágenes candentes (y completamente irreales: imágenes de lo que hubiera deseado hacer y finalmente no quiso hacer), como pequeños puñales que horadaran la página que lee, hacía que a la lectura se le fueran adhiriendo partículas ajenas a las propias palabras que leía, no solo procedentes de ese mundo espermático y truncado del deseo más vivo, sino también de otras regiones menos identificables. En pocas palabras: estaba despistado. Empezó a rondarlo la sensación de que algo, no esto mismo que está escribiendo ahora, sino algo relacionado con unas palabras pronunciadas hace unos días, una especie de apunte sobre la ineficacia o la torpeza de todo discurso, quería tomar forma. Pensó (espermática idea) en una manguera que se enrosca alrededor de un cuerpo (¡y que hasta se introduce en él y lo acaba mojando por dentro con su chorro!): se dijo que esa manguera era no solo el torpe trasunto de ese otro origen del mundo que no se atrevió a pintar Courbet, sino también una imagen de la asfixiante espiral de las palabras. Una imagen banal para escapar de la turbia avalancha del deseo y lanzarse, una vez más, en brazos de las palabras.

5 comentarios:

  1. Querido Rafael, sí, las palabras son como un raro señor feudal que impone su poder y su capricho a partir de la antigua promesa de protegernos contra aquellos peligros que, tal vez, ni conocemos bien ni existen; pero, en fin, ¿qué haríamos nosotros sin ellas, sin la poesía? Ya Cernuda lo escribió:"Señora". Gracias por tus textos, abrazos cariñosos.

    ResponderEliminar
  2. Amigo Iván: gracias por tu nuevo comentario. Esa "Señora" o "Senhor", como hubieran preferido los trovadores medievales, es siempre un arma de doble filo. Tal vez, dicho de un modo demasiado fácil, se trate de que cuando escribimos no vivimos (y viceversa). Un saludo.

    ResponderEliminar
  3. Te equivocas, amigo Rafael. No hay algo en las palabras: las palabras son todo.

    ResponderEliminar
  4. Amigo Antonio: yo creo que no, que las palabras no lo son todo. No tengo hoy lucidez suficiente para explicarte por qué lo creo así, pero tal vez otro día lo intente (quizá en nuevo texto de este blog). Lo más secreto no puede decirse con palabras. Las palabras solo a veces consiguen acercarnos un poco a la vida (a la verdadera, a la espermática, a la vida en estado naciente). Casi siempre son como una cortina que nos aleja del mundo. Y qué tristes los casos (tan abundantes) de escritores perdidos en su propio mundo de palabras trilladas que no les dejan ver apenas ninguna otra realidad. Un fuerte abrazo.

    ResponderEliminar
  5. Yo creo que las palabras, el lenguaje, en un sentido amplio, nos dan la oportunidad de pensar en que ni siquiera existen. Yo preferiría ser ciego a no poder usar las palabras. Y me interesará ese posible nuevo texto porque todo lo que leo en tu blog me toca.

    ResponderEliminar