sábado, 22 de enero de 2011

CUERPO A CUERPO

Se deja tocar como si su cuerpo fuera una cuerda muy tensa. Sabe que es solo una la persona que lo acaricia, pero siente varias manos sobre su piel, no solo dos, como si la piel ajena tuviera dedos, como si la otra persona fuera capaz de utilizar también sus pies como si fuesen manos o como si, magia insuperable, consiguiera que su aliento, muy cerca de su nuca, de sus mejillas, de sus hombros, sembrara en su piel la sensación de una caricia. Es muy difícil, por lo que de su pasado amoroso recuerda, que alguien logre que permanezca completamente estático, flotando en una inmovilidad tan placentera que casi termina perdiendo la fuerza de sus piernas, y entonces tiene que apoyarse en el cuerpo ajeno, dejarse sujetar por unos brazos que le impiden caerse. Siente que ser tocado de esa forma es como una constante pregunta por su cuerpo. Su cuerpo es requerido, instado, interrogado mil y una veces en cada segundo, en cada poro de su piel erizada. Y la única respuesta a esa pregunta es el temblor, un goce incomparable unido al temor de haber sido sometido al imperio de unas manos ajenas. A partir de este instante, deja de pertenecerse a sí mismo. Sale de su cuerpo. Ofrece su carne como un instrumento para el deleite de otro. Se deshace en innumerables milímetros cuadrados de tejido cutáneo en cada uno de los cuales un roce distinto al anterior inventa una turbación para la que no hay apenas palabras. Se deja rozar. Se deja arder. Se entrega. Olvida dónde está, olvida quién es, cómo se llama, cuándo salió de casa, cuándo tendría que volver, qué está buscando, cuáles son sus ideas o qué asuntos suelen ocuparlo con más asiduidad. Esa pausa entre lo que hubo antes, olvidado, y lo que habrá después, inexistente, le parece infinita. El tiempo en ella no se desgasta, como no se desgasta su piel por mucho que sea acariciada una y otra vez por todas esas manos que no son sino dos. Las uñas rasgan las cuerdas extendidas de sus tendones, las pulsan con finura, y las yemas aprietan o rozan, se deslizan o percuten, se enredan con el vello o encienden las llamas que esconden los pezones. La respiración se acompasa a esta disolución de un cuerpo en otro hasta que acaba escuchándose una sola inhalación, una sola exhalación, un solo aliento para dos cuerpos que no están ya seguros de no haberse convertido en uno solo.

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