martes, 4 de enero de 2011

EINE DEUTSCHE FRAU

Acaso la coincidencia de su nombre con el de la protagonista de unos idílicos dibujos animados que nos tenían hechizados cuando éramos niños suavizaba la aspereza de su trato, el rudo recibimiento que alguna vez nos dio cuando tocábamos el timbre de su apartamento para que sus hijos nos acompañaran en nuestras expediciones infantiles a lo largo y a lo ancho de la urbanización. Su voz ronca pronunciaba con dificultad nuestro idioma; a pesar de que debía de llevar media vida entre nosotros, no lo había aprendido sino a un nivel muy básico, como si su lengua nativa la mantuviera aprisionada en un mundo del que, en el fondo, tampoco ella estaba segura de querer liberarse. Su apartamento no dejó nunca de sorprendernos, las dos o tres veces que estuvimos en él, porque el suelo estaba cubierto de moqueta y porque era tal el abigarramiento del vestíbulo y del salón que casi nos sentíamos mareados después de permanecer unos segundos allí. Nos resultaba curioso que su apartamento, del todo idéntico por fuera a los de nuestros padres, pudiera albergar en su interior un mundo tan distinto, un aroma extraño, señales de un origen lejano, referencias a una vida que no era ni había sido como la de nuestros padres. Tenía algo de bruja, de dama solitaria caída en desgracia, de madre celestina que tal vez un día había sido joven, de prostituta envejecida, de gruñona madrastra de cuentos de hadas. Un día, mientras ella iba a la cocina para buscar algo que debíamos llevarles a nuestras madres, leímos furtivamente una lista de nombres masculinos que se encontraba junto al teléfono en la mesita del vestíbulo. Elucubramos, como niños diabólicos que éramos. Acaso llegamos alguna vez a preguntar en nuestras casas por ella, a qué se dedicaba, quién era el padre de sus hijos, pero cualquier respuesta obtenida, si alguna se obtenía, venía envuelta en velos, disimulada por el silencio que cubre aquello de lo que no puede o debe hablarse. Sus hijos eran y no eran nuestros amigos. Parecían estar muy apegados a su madre y, al mismo tiempo, desear siempre salir de aquel ambiente opresivo del apartamento enmoquetado. Se casaron pronto, y ella se quedó sola. En mis esporádicas visitas a la urbanización, en todos estos años que han pasado desde entonces, la he visto con frecuencia entrar y salir del apartamento, siempre sola, cada vez más gruesa y avejentada. Casi nunca me ha reconocido, e incluso yo he hecho lo posible por pasar desapercibido —oculto tras mis gafas de sol, en aparente duermevela en una hamaca de la piscina. No eran ya los tiempos en que estábamos todos juntos, aquellos niños diabólicos, un día tras otro del verano. La soledad de ella se fue convirtiendo, creo, en un abandono cada vez más acusado. Murió sola, el otro día. Su hijo mayor encontró su cadáver en el apartamento. Una investigación rutinaria confirmó que había muerto por causas naturales.

1 comentario:

  1. Es muy hermoso el texto, pero terrible en su desolación, donde el tiempo parece coagularse, como en aquellas interminables tardes de verano que jamás comprendemos en su belleza excesiva. Y claro, esos raros extranjeros como aves confundidas en la tormenta que no saben en que sutil paraíso han metido sus vidas o en que laberinto que siempre va a dar en el mar, a veces, desesperante, a veces, sanador. Y los amigos de la infancia, ¿dónde diablos se han metido? Qué solos nos quedamos muchas veces.

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