jueves, 19 de agosto de 2010

UN SANTIAMÉN

Crepita, con el fragor al fondo de los truenos lejanos, el repiqueteo del agua contra las jardineras: gotas que no se sabe bien si aumentan o decrecen (si la lluvia arrecia o amaina, como podría igualmente decirse), y en esa crepitación sin fuego, apenas un cosquilleo para los oídos en el atardecer de un día de verano que ardió por la mañana y ahora se ha derretido entero en una tarde de otoño, lo que se oye es acaso más que lo que suena, un viento de memorias vanas que sopla sin mucho convencimiento más allá de esta tarde, una fricción de luces con sus propias sombras, de sombras sin luces que las hayan engendrado, una boca entreabierta por la que palabras apenas susurradas parecen escucharse en lo que podría llamarse un santiamén (un abrir y cerrar de ojos, iba a decir, pero no es aquí la mirada la que se abre o se cierra, sino algo más cercano al oído, e incluso tal vez al olfato); lo que se oye en esta vaharada de frescor repentino, después de la mañana ardiente, es parecido al silbo que atraviesa unas ramas mientras descansamos de un viaje a través de una antigua carretera sinuosa, en el sur, bajo una higuera quizás, al borde de un bancal derruido, sin compañeros de viaje si no es tan solo acaso un único amigo ocasional, cuando de pronto desciende de las nubes arriba arracimadas, en las nacientes de los barrancos, un temblor desconocido, algo más intenso que una brisa de otoño, el soplo que silba a través de las ramas, y que llega a nosotros, hasta el pie de la higuera, para refrescarnos y hacer que, fugazmente, sonriamos. La puerta que da al balcón, abierta, deja pasar un hilo de aire suave de tormenta lejana, cruza el salón por detrás de mi espalda (¿de qué puede servir estar ahora escribiendo de espaldas a esa brisa que pasa, a no ser que sea justamente darle aquí la espalda entregarle el resto del cuerpo, de los poros abiertos del cuerpo en la escritura?), se enreda acaso brevemente en las dos habitaciones que encuentra a su paso, y sale finalmente por la abertura enrejada sobre la puerta de entrada. Y es ese viaje breve de la brisa a través de la casa el que trae de pronto el temblor casi olvidado de una escena perdida entre tantas y tantas otras memorias vanas.

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